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martes, 22 de diciembre de 2009

TRATADOS HERMETICOS -- TRATADO V

TRATADOS HERMETICOS

TRATADO V

EL DIOS INAPARENTE ES MUY EVIDENTE

(De Hermes a su hijo Tat)

1.

He aquí una doctrina, ¡oh Tat!, que voy a exponerte sin escatimarte nada, a fin de que seas iniciado en los misterios de Aquél que es demasiado grande para ser llamado Dios. Si lo comprendes, lo que parece invisible a la mayoría se tornará para ti muy evidente.

En efecto, Él no podría existir siempre si no fuese inaparente; toda apariencia es creada, puesto que ha sido manifestada[1]; pero lo inaparente está siempre, sin tener necesidad de manifestación. El es eterno y hace a todas las cosas visibles, aunque él, en sí mismo, sea inaparente pues existe siempre. Increado, manifiesta a todas las cosas en la apariencia; engendra, pero él mismo no es engendrado, no se ofrece a nosotros en imagen sensible, pero él es quien da una imagen sensible de las cosas. No hay más presentación sensible que aquella de los seres engendrados pues venir al ser no es otra cosa que aparecer a los sentidos.

2.

De ahí que sea evidente que lo único inengendrado sea inaparente y no susceptible de ofrecerse en imagen sensible, pero, en tanto da una imagen sensible a todas las cosas, aparece a través de todas y en todas ellas se revela y, sobre todo, ante aquellos a los que ha querido revelarse.

Por tanto, ¡oh Tat, hijo mío!, ruega primero al Señor y Padre, el Solo, el Único, a aquél que no es el Uno sino la fuente del Uno, que se muestre propicio y puedas aprehender por el pensamiento a ese Dios tan grande, y que sobre tu inteligencia haga incidir aunque sea uno solo de sus rayos.

¡Sólo el pensamiento puede ver lo inaparente, pues él mismo es inaparente! Entonces aparecerá a los ojos de tu inteligencia, ¡oh Tat!, pues el Señor se manifiesta con plena generosidad a través de todo el universo.

¿Acaso tú puedes ver el pensamiento y cogerlo con tus propias manos y contemplar la imagen de Dios? Si hasta lo que está en ti es inaparente para ti, ¿cómo esperas que Dios se manifieste en ti por medio de los ojos corporales?

3.

Por lo tanto, si quieres ver a Dios, considera al Sol, considera el curso de la Luna, considera el orden de los astros. ¿Quién es aquél que mantiene su orden? Todo orden está determinado por el número y el lugar. Incluso el Sol, dios supremo entre los dioses del cielo, a quien todos los dioses celestes ceden el paso como a su rey y dinastía, sí, el Sol, con su talla inmensa, que es más grande que la tierra y el mar, tolera tener por encima de él a otros astros más pequeños cumpliendo su revolución.

¿Qué respeto, qué temor le obliga a ello, oh hijo mío? Cada uno de esos astros que están en el cielo, ¿acaso no cumple un curso semejante o equivalente? ¿Quién ha determinado en cada uno de ellos el modo y la amplitud de su ciclo?

4.

Mira la Osa, que gira alrededor de sí misma, arrastrando en su revolución al universo, ¿quién se sirve de ella como de un instrumento?, ¿quién ha contenido el mar dentro de sus límites?, ¿quién es el que ha fijado a la tierra sobre su fundamento? Solo uno, ¡oh Tat!, es el creador y el gobernador de todas estas cosas. No sería posible que el lugar, o el número, o la medida se cumplieran regularmente si no existiese alguien que los hubiese creado. De todo buen orden se deduce un creador y tan sólo la ausencia de lugar y de medida no exige ninguno. Pero incluso esta ausencia no carece de gobernante, hijo mío, y si lo desordenado es deficiente, no por ello desobedece al gobernador, sino que es señal de que aún no se ha impuesto el buen orden a la ausencia de lugar y orden.

5.

Plugiera al cielo que te fuera concedido el tener alas para ascender por el aire y, allí, entre la tierra y el cielo, poder ver la masa sólida de la tierra, las olas del mar, las fluidas corrientes de los ríos, los movimientos libres del aire, la sutilidad del fuego, el curso de los astros y el movimiento del cielo que los envuelve.

¡Oh, hijo mío, que visión tan dichosa! ¡Contemplar en un instante único todas esas maravillas, lo inmóvil puesto en movimiento, lo inaparente haciéndose aparente en el orden y la belleza del mundo!

6.

Si además quieres contemplar a Dios a través de los seres mortales, de los que viven sobre la tierra y de los viven en el abismo, considera, hijo mío, de qué forma han sido formados en el vientre materno, examina cuidadosamente la técnica de esta producción y aprende a conocer quien ha formado esta bella, esta divina imagen que es el hombre.

¿Quién ha trazado la esfera de los ojos? ¿Quién ha horadado las aberturas de la nariz y de las orejas? ¿Quién ha hecho la abertura de la boca? ¿Quién ha tensado los músculos y los ha ligado? ¿Quién ha trazado los canales de las venas? ¿Quién ha solidificado los huesos? ¿Quién ha recubierto toda la carne con la piel? ¿Quién ha separado los dedos y miembros? ¿Quién ha alargado las plantas de los pies? ¿Quién ha abierto los conductos? ¿Quién ha desplegado el bazo? ¿Quién ha formado el corazón en forma de pirámide? ¿Quién ha cosido los nervios? ¿Quién ha ensanchado el hígado? ¿Quién ha ahuecado las cavidades del pulmón? ¿Quién ha construido el amplio receptáculo del bajo vientre? ¿Quién ha formado las partes más nobles para que sean bien evidentes y quien ha ocultado las otras?

7.

¡Mira cuántas técnicas distintas han sido aplicadas a una única materia, cuántas obras de arte juntas en una sola figura, y todas admirablemente bellas, todas exactamente medidas, todas distintas unas de otras!

Por tanto, ¿quién ha creado todas esas cosas?, ¿qué madre, qué padre, sino Dios invisible que, por voluntad propia, lo ha fabricado todo?

8.

Nadie pretende que una estatua o una pintura pueda existir sin escultor o pintor, ¿cómo podría esta creación haber venido al ser sin Creador?

¡Oh, colmo de ceguera! ¡Oh, colmo de impiedad! ¡Oh, colmo de irreflexión! Jamás quieras, hijo mío, Tat, separar las obras creadas de su creador; más bien: Él es más grande de lo que el nombre de Dios implica: tal es la grandeza de padre de todas las cosas pues, en verdad, él es el único Padre, y ésa es precisamente la función que le es propia: ser padre.

9.

Incluso, si me obligas a ello, voy a decirte algo todavía más osado, te diré que su esencia es la de alumbrar y producir todas las cosas y, del mismo modo que sin productor nada puede venir al ser, asimismo Dios no puede existir eternamente sin crear, siempre, todas las cosas, en el cielo, en el aire, sobre la tierra, en las profundidades, en todas las regiones del universo, en todo el Todo, en el ser y en la nada.

En todo el mundo, no existe nada que no sea Él mismo. Él es, al mismo tiempo, las cosas que son y las que no son, pues las cosas que son, él las ha hecho aparecer, y las cosas que no son, las contiene en sí mismo.

10.

Dios es demasiado grande para tener un nombre: es inaparente y muy evidente, se revela al espíritu, se revela a los ojos; es incorporal y multiforme, o mejor aún, omniforme. Nada existe que no sea él, pues todo cuanto es, eso es él. Y de ahí que posee todos los nombres, porque todas las cosas han surgido del único padre, y de ahí que no tenga ningún nombre, porque es padre de todas las cosas.

¿Quién podría bendecirte, hablando de Ti o dirigiéndose a Ti? ¿Hacia dónde girar mi rostro cuando te quiero bendecir? ¿Hacia lo alto, hacia lo bajo, hacia dentro, hacia fuera? No hay ningún camino, ningún lugar en torno tuyo, ni ningún ser: todo esté en ti, todo proviene de ti. Todo lo das y no recibes nada, pues posees todas las cosas y nada hay que no te pertenezca.

11.

¿Cuándo te alabaré yo? Pues no puede concebirse ni tu estación, ni tu tiempo, ni tu hora. Y, ¿por qué te alabaré yo? ¿por las cosas que has creado o por las que no has creado? ¿Por aquéllas que has revelado o por aquéllas que has mantenido ocultas? Y, ¿cómo te alabaré? ¿Cómo si me pertenecieras a mí mismo? ¿Cómo si tuvieras alguna cosa propia? ¿Cómo si fuera distinto de ti? Pues tú eres todo lo que soy, tú eres todo lo que hago, tú eres todo lo que digo.

Tú eres todo, y no existe otra cosa sino tú, incluso eres lo que no existe. Tú eres todo lo que ha venido al ser y todo lo que no ha venido al ser, tú eres pensado en tanto que pensador, padre en tanto que formador del mundo, Dios, en tanto que energía en acto, bueno, en tanto creador de todas las cosas. Lo que hay más sutil en la materia es el aire, en el aire el alma, en el alma la inteligencia, y en la inteligencia Dios[2].



[1] O bien, “En efecto, él no podría existir siempre sino fuese inaparente, pues todo lo que aparece ha sido engendrado, por cuanto un día apareció”, García i Amat, en “Obras Completas”, Ed. Continente..

[2] Este último párrafo está solamente en L. Menard, “Los Libros de Hermes Trismegisto”, Ed. Edicomunicación.

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