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lunes, 31 de marzo de 2008

TRATADOS HERMETICOS *** PIEDRA FILOSOFAL


TRATADOS HERMÉTICOS
ANÓNIMO
TRATADO SOBRE LA MATERIA DE LA PIEDRA DE
LOS FILÓSOFOS EN GENERAL
*
De la materia de la piedra en general
La materia primera y lejana de la piedra es triple, a saber, mercurio, plata y oro, pues
toda perfección consiste en estos tres, dado que todo lo que es trino es perfecto. No
hay sino una perfección soberana e independiente que es Dios, pero en su unidad
encierra la trinidad de personas.
Los espíritus desprendidos por todas las materias son de tres tipos, y en el hombre
algunos son buenos, otros malos y otros intermedios, y cabe decir que todas las cosas
más perfectas aman la trinidad.
Sus miembros principales son tres, a saber, el corazón, el cerebro y el hígado, a partir
de los cuales se expanden por todo el cuerpo las arterias, los nervios y las venas, por
los que fluyen los espíritus naturales vitales y animales, que sustentan las facultades
naturales vitales y animales.
Y para no alejarnos de nuestro propósito, decir que en el género humano encontraréis
tres sexos: el masculino, el femenino y el hermafrodita. Y en nuestra obra, el oro es el
macho, la plata, la hembra y el andrógino es el mercurio, debiendo concurrir los tres a
una misma obra.
Y si otros aseguran lo contrario, como aquellos que dicen que la materia de la piedra
es el tártaro, el vitriolo, el antimonio, el vinagre, la orina, el menstruo, la simiente, las
secundinas, la sangre, la celidonia, la lunaria, la salamandra y otras cosas parecidas, o
bien es que ignoran el arte o es que se refieren a otra cosa que quizá se parezca en el
color, o en la consistencia o en otras cualidades parecidas.
Así pues, todos aquellos que buscan la materia fuera del género metálico y en cuerpos
distintos a los metales trabajan inútilmente y en vano. Placería a Dios que éstos
hubieran impreso fuertemente en sus espíritus este axioma de los filósofos: lo
semejante engendra lo semejante.
¿Acaso alguien ha visto a un buey engendrar un león? ¿Engendra el hombre un árbol,
una planta o un metal? Siempre ha sido una norma que el hombre engendre a un
hombre, el caballo, un caballo o, lo que es lo mismo, el hombre es engendrado de la
semilla del hombre, el caballo de la semilla del caballo, y de la semilla de la ruda es
producida la ruda y no la salvia. Lo mismo sucede con el oro, que no podréis producir
jamás sino con oro, ni la plata sin plata; y si alguno se aleja de este camino debe
saber que perderá su tiempo y su aceite y que empleará en ello todas sus riquezas e
invertirá en ello toda su vida. Y dado que son muchos los que emplean muchos años
en este trabajo con grandes dispendios, quiero advertirles que se hallan fuera de la
verdadera vía, pues no es menester tanto tiempo ni son necesarios tantos gastos, pues
lo más costoso en esta obra es el fuego.
Del mercurio de los filósofos
Puesto que lo principal en nuestra obra consiste en saber qué cosa es nuestro
hermafrodita, a saber, el mercurio, tener especial cuidado en conocer lo que es el
leproso mercurio vulgar, que no es, en absoluto, apropiado para nuestro objeto.
¿Pero dónde queréis pues, -me diréis-, que lo busque y de dónde lo debo tomar? Yo os
respondo que se encuentra apresado y atado por muchas cadenas, y sólo el filósofo lo
puede rescatar y dejar en libertad. Él lo ve siempre, pues su casa no tiene puertas ni
ventanas; pero el vulgo no lo ve ni lo reconoce, aunque se encuentra en todo lugar y
está presente en todo momento, lo posee tanto el pobre como el rico, la noche como el
día. Todo el mundo lo manipula, lo toca y lo pisa con el pie, y sin embargo lo
desconoce, porque, como ha sido dicho, su prisión no tiene puertas ni ventanas.
Mas cierto individuo, tras oír decir que el vulgo lo tocaba, lo pisaba con los pies, lo
despreciaba y ensuciaba, se dirigió hacia una montaña de la que había oído decir que
estaba habitada por cuatro hombres y dos mujeres que se ocupaban en cavar los
minerales, y que cada uno de ellos llevaba en su vientre lo que buscaba. Persuadido de
esto, se llegó hasta la montaña y se encontró con el primer personaje, que estaba
ocupado en trabajar y cavar la tierra; le miró atentamente y vio a un hombre fuerte y
robusto, vestido de soldado, de color rojo, que había vuelto de la guerra y que no
sabía de otro oficio para ganarse la vida. Pero éste, al ver al caminante, le habló con
rudeza y le preguntó qué era lo que buscaba y qué lo había tornado tan osado como
para venir a aquellos lugares donde nadie había estado antes.
El viajero, fuertemente sorprendido al saberse mirado con desdén y ser tratado con
unas palabras tan rudas, respondió con gran dulzura: ¡Oh, fortísimo hombre, he oído
decir que sois cuatro los hombres, y dos las mujeres, que trabajáis en esta montaña, y
que por un gran esfuerzo todos vosotros poseéis la materia de la piedra de los
filósofos. Y, puesto que yo ardo de amor por esta bendita piedra, no he tenido ningún
temor en venir a este lugar atravesando las aguas, las montañas y los peñascos;
¿acaso no me daréis vos la esperanza de obtener de alguno de vosotros lo que yo
busco?
Has oído bien, le respondió aquel fuerte hombre, somos cuatro hombres y dos mujeres
y, en efecto, lo poseemos en tanto nosotros somos lo que tú buscas, y es también
cierto que podríamos dártelo, pero dudo si sucederá tal cosa, sin embargo puedes
obtenerlo más fácilmente de uno que de otro. En lo que respecta a mí no lo obtendrás
si no combates valientemente conmigo como un soldado experto, y si no me matas,
pues lo que tú buscas lo guardo en el fondo de mi corazón, y es mi alimento y lo que
me da la vida; y lo mismo sucede con todos los que estamos en esta montaña.
El viajero le respondió: ¡Oh, fortísimo hombre, vos sois duro y robusto; yo no quiero
combatir contra vos pues sería como enfrentar a un pequeño troyano con Aquiles, aún
y cuando fuese capaz de hacer todo lo que hizo David contra Goliat.
Te aconsejo - le dijo el robusto hombre - que no toques tampoco a mi concubina y
vecina, pues aún es más fuerte en el combate, y si yo soy un león, en verdad ella es
una leona. Te aconsejo también que no ataques a nuestro soberano capitán ni a su
esposa, pues son el rey y la reina, y poseen una gran pompa y esplendor, cuida pues
de no atacarlos, aunque puedas vencerlos. Pero si sigues adelante encontrarás a otros,
y si puedes vencerlos llevarás a buen término tus deseos.
El viajero continuó, pues, su camino hasta encontrarse con un hombre muy bello, bien
vestido y espléndido, al que habló como al anterior. Este hombre le respondió que
nunca le daría una cosa de la que obtenía su alimento y que le daba la vida, y que
además si accedía a lo que pedía, no sólo estaba en juego su vida sino también la del
rey y la de la reina.
El caminante miró hacia todos los lados para ver si alguien le veía, pues fue presa del
deseo de matarle y de extraer de su vientre lo que guardaba con tanto celo. Y tras
haberle dicho que de su muerte dependía también la muerte del rey y de la reina,
todavía se sentía más dichoso, pues alimentaba la esperanza de matarlos también y
extraer de ellos el tesoro que anhelaba.
Al ver pues que no aparecía nadie, atacó al hombre espléndido tomándolo por el
cuello, por lo que aquél comenzó a pedirle clemencia prometiéndole que si se la
concedía le revelaría cualquier secreto que le pidiese.
Cuando el viajero le soltó, el hombre le dijo: Si continúas adelante te encontrarás con
un anciano que posee con más abundancia que yo el tesoro que buscas, y le vencerás
fácilmente porque ya es viejo. Es además muy próximo a nuestro rey y a nuestra
reina, pues es su portero y el portador de las llaves, por ello, cuando le venzas podrás
acercarte fácilmente al rey y a la reina para poder matarlos también.
El viajero prosiguió pues su camino hasta que al fin se encontró con un anciano,
hombre de pobre semblante y mal vestido, el más miserable y el más despreciado por
todos, por lo que se mostraba triste y melancólico, y a él le dirigió el mismo discurso
que a los anteriores. Pero el anciano le respondió: ¡Oh buen hombre, buscáis aquí una
cosa que ni los príncipes ni los reyes pueden obtener; es cierto que la podéis encontrar
fácilmente en mí, y que vos podéis vencerme con facilidad en el combate, pues soy
viejo y débil y no llevo lo que buscáis en el fondo de mi corazón, como el primero que
os ha hablado, ni como su concubina. Yo lo guardo en mi vientre, porque mi cuerpo y
el de todos los demás extraen de él su alimento.
Sin embargo perderé la vida si me quitáis lo que buscáis. Pero perdonadme la vida, os
lo ruego, pues soy viejo, pobre y miserable, y podéis encontrar un tesoro mejor en mi
vecino, que es brillante, soberbio y aliado de nuestra reina. Si lo hubieseis vencido
habríais obtenido un tesoro más precioso que el que obtendréis de mí, pues yo soy
pobre, y no encontraréis jamás cosas bellas y relucientes en casa de los pobres y de
los despreciables.
El viajero tuvo piedad del pobre anciano al que podría haber matado fácilmente,
creyendo que era mejor arrebatar un tesoro más preciado al vecino del anciano,
aunque fuera por la fuerza de las armas si no se lo quería dar voluntariamente.
Sin embargo, cuando el viajero se iba, el anciano comenzó a sonreír, pues poseyendo
un tesoro tan precioso había engañado al caminante, el cual, al darse cuenta de ello,
se volvió sobre sus pasos y montando en cólera le dijo: ¡Ah, vil anciano!, ¿así que te
estás burlando de mí? Ahora comprendo que aparentas ser pobre y que sin embargo
posees el mayor tesoro, tal y como tu vecino me había dicho. Paga pues tu burla
recibiendo la muerte de mi mano. Así fue muerto el anciano.
Es fácil saber por todo lo que acabamos de decir de donde se debe tomar el mercurio.
Sería ahora necesario declarar la manera de hacerlo nacer y salir del vientre corporal
en el que está encerrado. Esto lo dan a conocer suficientemente todos los filósofos y es
lo que relatan todos los libros químicos acerca de la importunidad (sic). De aquí el
dicho común de los filósofos: Haz el mercurio por el mercurio; y es cosa esta en la
que, por ser conocida por muchos, no nos vamos a detener más.
De la preparación y purificación del mercurio.
Tomad, pues, vuestro mercurio, y purificadlo bien pasándolo a través de un lienzo
plegado tres veces, cosa que haréis varias veces hasta que aparezca puro como el
agua límpida y cristalina.
Nosotros rechazamos todas las demás formas de purificar el mercurio, como aquellas
que lo purifican mediante el vinagre, la sal, la orina, la cal viva, el vitriolo y otros
corrosivos que destruyen la humedad del mercurio en lugar de exaltarla, y que más
que ser útiles, estorban.
Del sol, de la luna y de su preparación
La segunda materia de la piedra, que es llamada hembra, es la luna, que conviene
tomar tal y como sale de la mina, purísima, que no haya sido empleada para ningún
uso y que no haya probado la violencia del fuego, que no haya sido mezclada con
ningún cuerpo extraño y que sea fácilmente maleable. En una palabra, que sea la más
excelente en su género. Ésta deberá ser reducida a finísimas láminas, aunque otros la
reduzcan en cal. Lo que digo de la luna, lo digo también del sol, que conviene tomar
del color más encendido que hacer se pueda, pues según sea la semilla que sembréis,
tal será cosecha que recojáis.
Comienzo de la obra
Lo primero que conviene señalar aquí es que para hacer la piedra al blanco o bien al
rojo, se debe tomar una materia distinta. Sin embargo la manera de operar en la una y
en la otra es similar. Así pues, lo que se diga de la operación al blanco, debe también
entenderse para la operación al rojo.
En primer lugar es necesario hablar de la putrefacción de la materia, que deberá ser
seguida por la resurrección y exaltación, la cual no tendrá lugar si la putrefacción no la
ha precedido, pues la corrupción del uno es la generación del otro. La semilla de
cualquier hierba lanzada sobre la tierra, se pudre y pierde su forma, después de lo
cual, la virtud que estaba escondida en ella, favorecida por el calor celeste, se
manifiesta, y la tierra que contiene la semilla putrefacta, al ser humectada por las
lluvias y el rocío del cielo, le concede un cuerpo más noble y más perfecto, haciéndole
dar frutos en abundancia.
La naturaleza opera de la misma manera en todos los animales; primero se alimentan,
después crecen y, finalmente, engendran. Y si esto es cierto en los hombres, en los
animales y en las plantas, de lo que no cabe ninguna duda, sería necesario estar ciego
para no ver que la misma cosa sucede en los minerales. Vosotros me diréis que la cosa
es muy distinta en los animales, ya que para la producción de una animal son
necesarias las semillas de dos, a saber, del macho y de la hembra. Yo respondo que lo
que hace la unión de las dos semillas, la del macho y la de la hembra, en la producción
de un animal, una sola semilla lo hace en los minerales. ¿Y por qué no podría hacerlo?
dado que en los vegetales, la semilla que los produce no procede de dos plantas sino
de una sola. Pues no conviene pensar que el sexo del macho o de la hembra atribuido
a las plantas, a causa de su amor mutuo, contribuye en nada en la producción de sus
semejantes. Pero para no dilatar más la cosa, he aquí.
Primera parte de la obra
Tomad doce partes del más puro menstruo de una hembra prostituida y una parte del
cuerpo inferior perfectamente lavado, mezcladlo todo junto hasta que toda la materia
sea amalgamada en un vaso ovalado y de cuello largo Pero es necesario añadir
primero al cuerpo dos o cuatro partes del menstruo, y dejarlo reposar
aproximadamente durante quince días, tiempo en el que se realiza la disolución del
cuerpo.
Tomad después esta materia y estrujadla para extraer de ella el menstruo, que
guardaréis sobre el cuerpo que quedará tras la compresión, añadiréis una o dos partes
de nuevo menstruo, y lo dejaréis reposar aún ocho días, después de los cuales
procederéis como al principio, reiterando en lo mismo hasta que todo el cuerpo sea
llevado a agua.
Todas estas operaciones se harán a fuego lento de cenizas y con el vaso bien cerrado
(bouché avec de la carte).
Segunda parte de la obra
Tomad toda el agua de vida y colocadla en un vaso cerrado como el de antes, y con el
mismo grado de fuego de cenizas, que es el primer grado de fuego, cada ocho días se
formará una piel negra que flotará en la superficie y que es la cabeza del cuervo, la
cual mezclaréis con el polvo negro depositado en el fondo del vaso, después de haber
tirado por inclinación el agua de vida.
Volveréis a colocar esa agua en el vaso y volveréis a proceder del mismo modo, hasta
que ya no se forme más negrura.
Tercera parte de la obra
Tomad toda la cabeza de muerto que habéis amasado y colocadla en el huevo filosófico
a fuego de cenizas de encina, y sellad herméticamente su orificio, pero usad una sola
pasta en las junturas de las dos partes del huevo a fin de que pueda ser abierto con
facilidad.
Durante los primeros ocho días, más o menos, no daréis más de beber a vuestra tierra
negra y muerta, porque está aún embriagada de humedad. Después, cuando haya sido
desecada y alterada, la abrevaréis con agua de vida en igual peso. Abriendo el vaso a
este efecto, mezcladlo bien y, a continuación, lo volvéis a cerrar y lo dejáis reposar, no
hasta que sea totalmente desecado, sino sólo hasta la coagulación; continuad después
imbibiendo hasta que la materia haya absorbido toda el agua.
Cuarta parte de la obra
Tomad después esta materia y colocadla en un huevo a fuego de segundo grado,
dejándola así durante algunos meses hasta que finalmente, después de haber pasado
por diversos colores, se vuelva blanca.
Quinta parte de la obra
Una vez la tierra sea blanca, tendrá una potencia apropiada para recibir la semilla, a
causa de la fecundidad que ha adquirido por las operaciones precedentes. Tomad pues
esta tierra, después de haberla pesado, y divididla en tres partes. Tomad una parte de
fermento, cuyo peso sea igual a una de las partes de vuestra materia dividida y cuatro
partes del menstruo de la hembra prostituida, y haced una amalgama con el fermento
laminado, como antes, y con el menstruo, y haced la disolución a calor lento durante
catorce días, hasta que el cuerpo sea reducido a una cal sutil, pues aquí no se busca el
agua de vida.
Tomad después el menstruo con la cal del cuerpo y las tres partes de vuestra tierra
blanca, y haced con todo esto una amalgama en un mortero de mármol, amalgama
que pondréis en un vaso de cristal a fuego de segundo grado durante un mes.
Finalmente, dadle al fuego su tercer grado hasta que la materia se vuelva muy blanca,
y su aspecto será como el de una masa grosera y dura como la piedra pómez, pero
pesada.
Hasta aquí llega la operación de la piedra al blanco. Para hacer la piedra al rojo se
debe operar de la misma manera, pero al final es necesario someterlo a fuego de
tercer grado durante más tiempo y de forma más vehemente que para la piedra al
blanco.
Sexta parte de la preparación de la piedra para hacer la proyección
Son muchos los que han hecho la piedra desconociendo, sin embargo, la manera de
hacer la preparación para hacer la proyección. Y, sin embargo, la piedra hecha y
acabada no hace ninguna transmutación si no se hace que tenga ingreso en los
cuerpos. Por ello, romped vuestra piedra a trozos, moledla y colocadla en un vaso bien
enlutado hasta el cuello para que pueda soportar un gran fuego, como el de cuarto
grado, y sometedlo a fuego de carbón tan fuerte que la arena alcance una temperatura
tal que al lanzar sobre ella unas gotas de agua se oiga un ruido, y tan fuerte que no
sea posible tocar con la mano el cuello del vaso que está sobre la arena a causa de su
gran calor.
Mantened vuestro vaso en este grado de fuego hasta que vuestra materia se convierta
en un polvo muy sutil y muy ligero, cosa que, de ordinario, ocurre en el espacio de un
mes y medio.
Séptima y última parte del aumento y multiplicación de la piedra
Una vez hayáis hecho la piedra, la podéis multiplicar hasta el infinito sin necesidad de
volver a hacerla de nuevo.
Una vez tengáis la piedra hecha y acabada por la quinta parte de la operación,
tomaréis la mitad de ella para usarla en la preparación necesaria para la proyección, y
la otra mitad la guardaréis para multiplicarla.
Pesad pues esta parte, y si pesa tres partes, tomad una parte, pero no del menstruo,
sino del agua de vida. Tendréis de este modo cuatro partes que pondréis en un huevo
a fuego de segundo grado durante un mes, después del cual pasaréis al tercer grado
del fuego hasta el final, como ya hemos enseñado antes en la quinta parte de la
operación.

TRATADOS HERMETICOS *** EL APOCALIPSIS DE HERMES


TRATADOS HERMÉTICOS
EL APOCALIPSIS DE HERMES POR EL MUY
CÉLEBRE HELVETIUS AUREOLUS, EL SEGUNDO
HERMES



De la revelación del espíritu oculto de la naturaleza
Hermes, Platón, Aristóteles y los demás filósofos que han florecido en tiempos
diferentes, inventores de las artes que han considerado con asiduidad las potencias de
las criaturas inferi ores, se han preguntado, animados por un gran deseo, si era posible
encontrar entre las criaturas alguna cosa que protegiese el cuerpo del hombre de la
destrucción y que le mantuviese en una vida permanente. La respuesta ha sido que no
existía nada que liberase al cuerpo destructible de la muerte, pera que no obstante
existía realmente una cosa que suprimía la corrupción, devolvía la juventud,
prolongaba la breve vida hasta la edad de los patriarcas. La muerte ha sido el castigo
infligido a nuestros antepasados: Adán, Eva y sus descendientes no pueden sustraerse
de ella. Así, dichos filósofos y otros aún se han esforzado mucho en buscar, antes de
cualquier otra cosa, este uno único, y han descubierto que lo que preserva el cuerpo
del hombre de la corrupción y prolonga la vida es, en todas sus propiedades,
comparable al cielo por lo que respecta a su relación con los demás elementos.
Han comprendido que el cielo es una esencia superior a los cuatro elementos tanto
como a las cuatro cualidades y lo han considerado como la quintaesencia, por la
relación que mantiene con los cuatro elementos, ya que el cielo es indestructible,
inmutable y no soporta jamás ninguna intrusión ajena. Pensaron que era preciso
extraer este uno único de las potencias de nuestro cuerpo, y los filósofos le han dado
este nombre. No es caliente ni seco como la tierra, y es para todos los elementos
finalidad, ecuación perfecta, mezcla exacta de las potencias necesarias, reunión
particular de las virtudes espirituales, unión invisible del cuerpo y del alma, esencia
más pura y más noble de un cuerpo indestructible, extraída por el arte, esencia que no
puede ser destruida ni atacada en lo más mínimo por los elementos. Aristóteles se
sirvió de ella para sazonar una manzana cuyo perfume prolongaba la vida, cuando la
edad, -quince días antes de su muerte-, le quitó el apetito y la sed.
Esta esencia espiritual y cosa única ha sido revelada desde lo alto a Adán, los santos
patriarcas han alimentado un deseo particular de ella, Hermes y Aristóteles la llaman la
verdadera, sin mentira alguna, la cierta, la más cierta de todas, la más secreta de las
secretas. Potencia divina escondida en la naturaleza, es la mejor y la más alta que
pueda ser buscada bajo los cielos, la maravillosa conclusión y el término de todas las
obras filosóficas, se encuentra en ella, el rocío del cielo y el peso graso de la tierra. En
su espíritu se descubre lo que el hombre no es capaz de formular, como dice Morien:
tenerlo es poseer todo, ya no tener necesidad de ninguna otra ayuda porque este
espíritu encierra toda la bienaventuranza, toda la salud del cuerpo y la felicidad
terrestre. El es el espíritu de la quintaesencia, el manantial de toda la alegría bajo el
círculo lunar. Sostiene el cielo, mantiene la tierra, mueve el mar, excita el viento, hace
bajar la lluvia, mantiene todas las cosas y potencias. Espíritu elegido que domina todas
las demás cosas y espíritus celestes, da la salud, la felicidad, la alegría, la paz, el
amor, expulsa en general todos los males, cura toda enfermedad, aleja el odio y la
tristeza, introduce la alegría, destruye la pobreza y la miseria, en todo bien él es el
guía, impide a cualquiera decir o pensar mal, da al hombre lo que desea su corazón, a
los hombres piadosos da el honor terrestre y una larga vida, a los malvados que
abusan de él, las penas eternas. He ahí el espíritu de la verdad que el mundo no puede
asir sin la inspiración del Espíritu Santo o bien sin la enseñanza de aquellos que le
conocen. Su naturaleza no puede ser reconocida, al igual que su potencia. Infinito es
su poder, y los santos han deseado verle desde el inicio del mundo.
Avicena llama a este espíritu alma del mundo. En efecto, al igual que el alma pone en
movimiento todos los miembros del cuerpo, asimismo este espíritu pone todos los
cuerpos en movimiento. Y, así como el alma ocupa todos los miembros del cuerpo,
asimismo este espíritu está presente en todas las criaturas elementales. Muchos lo
buscan pero pocos lo encuentran. Se le cree lejos, pero se le coge muy cerca. Está
presente en cada cosa, en todo lugar y en todo tiempo. Contiene las energías y la
eficacia de todas las criaturas y tiene su lugar en todos los elementos a la vez. En este
uno único se encuentra la potencia suprema de toda cosa y de cada cosa. De estas
potencias Adán y los demás patriarcas extrajeron la salud de sus cuerpos y la
longevidad de sus vidas, gracias a ellas, algunos conocieron gran riqueza y
prosperidad. Los filósofos que lo descubrieron al precio de una gran labor y de una
gran asiduidad, lo ocultaron en frases extrañas y misteriosas a fin de que no fuese
revelado a los indignos y que las nobles perlas no fuesen echadas a los puercos. En
efecto, si estuviera en el poder de cualquiera, toda asiduidad, toda actividad cesarían,
el hombre no tendría más que un único deseo, la posesión de este Uno único, la gente
ya no viviría como se debe y el mundo se hundiría: por su avidez y por su opulencia,
irritarían a Dios. Porque ningún ojo ha visto ni ninguna oreja oído aquello de lo que el
cielo ha revestido naturalmente este espíritu, porque ningún corazón humano ha
tenido el eco de él. Yo hago en honor de Dios un breve resumen de algunas
propiedades de este espíritu que los filósofos han experimentado, a fin de que las
personas piadosas que en el porvenir pudieran recibir este don divino lo celebren en
sus beneficios con fervor. Y os mostraré también la virtud y las potencias que reserva
a cada ser, cómo se manifiesta corporalmente, a fin de que sea descubierto y
reconocido con tanta mayor facilidad.
En su ser primero, este espíritu aparece en un cuerpo terrestre, sucio y lleno de una
debilidad multiforme. Pero encierra las siguientes propiedades: cura todas las heridas y
toda la corrupción que ataca a los miembros del hombre, engendrando carne sana y
consumiendo la gangrena, purificando toda putrefacción y toda hediondez en cualquier
lugar que se fijen, curándolo todo en el interior y en el exterior.
En su segundo ser, reviste la apariencia de un cuerpo acuoso, más bello que en el
primer caso, lo que hace que todavía sea corruptible bajo ciertos aspectos. Pero cuánto
mayores son su energía, su eficacia y sus virtudes, más eficaz es también en todas sus
operaciones, y está más cerca de la verdad. Bajo esta forma presta ayuda en general,
debido a su naturaleza oculta, a todas las enfermedades, frías y calientes, y es notable
su utilidad en los casos de envenenamiento. Expulsa el veneno del corazón, disuelve
sin esfuerzo todos los depósitos pulmonares y, habiéndolos destruido y deteriorado, los
cura independientemente de su agitación. De este modo purifica la sangre.
Descompone los depósitos que se han producido en los lugares espirituales, evitando
toda prosecución de la destrucción. Absorbido tres veces al día durante una semana,
aporta consolación y esperanza a toda enfermedad.
En su tercer ser, manifiesta un ser aéreo y un cuerpo de la naturaleza del aceite, que
está casi liberado de todas sus imperfecciones. En este caso, demuestra obras
completamente asombrosas, porque permite a los jóvenes que lo absorben de forma
regular en su alimento, aunque sea en pequeñas dosis, conservar su cuerpo en un
estado de belleza y de fuerza. Evita que domine la melancolía y la inflamación de la
bilis, desarrolla más allá de la medida sangre y esperma, y a menudo los pacientes
deben ser sangrados. Desobstruye, vuelve menos espesas las venas y los vasos
sanguíneos y, cuando un miembro tiende a desaparecer, le vuelve a dar su justa
medida. De igual modo, cuando un adolescente tiene un ojo alterado, en el momento
de su crecimiento y antes de alcanzar la madurez, la instilación cotidiana de algunas
gotas, seguida de un reposo de un mes, le devolverá la vista con total seguridad.
Cuando un miembro alcanza un cierto grado de putrefacción y de superfluidad, él lo
elimina y lo disuelve al instante, reemplazando las partes perdidas.
En su cuarto ser, aparece en un cuerpo ígneo que todavía no está totalmente
desembarazado de todas las imperfecciones, que aún tiene un componente ígneo, y
cuya desecación es insuficiente. Grandes son sus virtudes: es eficaz, a todos da la
juventud. Si un enfermo condenado a la muerte absorbiese mezclado en vino un poco
de este fuego, del peso de un grano de cebada, y si este medicamento pudiera
alcanzar el estómago por vía bucal, el paciente sería reconfortado, recalentado y el
medicamento alcanzaría el corazón, donde suprimiría toda humedad superflua. Expulsa
el veneno, vuelve a dar vida al calor natural del hígado. Este fuego, absorbido por los
ancianos en pequeña cantidad, elimina la enfermedad de la edad y adquieren entonces
la juventud del corazón y del cuerpo, por esto que se le Llama elixir de vida.
En su quinto y último ser, aparece bajo un cuerpo glorificado e iluminado, sin defecto.
Ahí brillan sol y luna, en ellos él posee todas las energías y todas las propiedades que
posee en las demás esencias y de las cuales hemos hablado: con más belleza e incluso
maravilla, pues las obras naturales son consideradas en él como misterios divinos, ya
que vuelve a dar vida a los cuerpos viejos, muertos y desecados, dado que si se aplica
en las raíces de un árbol, éste recobrará vida, reflorecerá y traerá frutos. Si se mezcla
este espíritu con el aceite de una lámpara, ésta no se apaga, quema eternamente sin
pérdida alguna. Transforma cada cristal en piedras preciosas de todos los colores, tan
buenas y tan preciosas como las que salen de las minas, y realiza también muchas
otras cosas que no hay que revelar a la gente malvada, cosas que son consideradas
como imposibles. En efecto, cura a todos los cuerpos, muertos o vivos, sin adjunción
de ninguna otra medicina, y pido que Cristo me sea testigo, pues no miento en nada:
en él se encuentra la sola influencia de todos los cuerpos celestes que se buscan en
todos los cuerpos y que se han esparcido en cada cosa en particular. Los primeros
revelan todos los tesoros ocultos en el mar y sobre la tierra, mientras que él
transforma en sol a todos los cuerpos metálicos y que, bajo los cielos, no se encuentra
nada que le sea semejante.
Este espíritu es el misterio oculto desde el origen del cual sólo algunos santos a
quienes Dios ha otorgado la revelación han percibido la profusión de honor; es este
espíritu el que provoca en el aire una lluvia ígnea, el que conduce la terrestreidad hacia
el cielo, mientras que ríos enteros de mar vivo fluyen de su vientre y de su cuerpo.
Este espíritu vuela hacia el cielo por medio del mundo intermediario. Nube que sube de
la aurora, introduce en el agua su Fuego que arde y tiene en el cielo su tierra
clarificada, eliminando la malignidad de Saturno y de Júpiter, dando a Júpiter el
resplandor del sol y a Mercurio el de la luna. ¡Para Venus, para Venus su hermana,
hace fluir la miel de las rocas, por los minerales está lleno de un eterno amor!
A pesar de las acusaciones de error que recaen sobre este espíritu que los
calumniadores tendrán por falso, aquellos que saben, aquellos que lo experimentan
realmente, lo juzgarán verdadero y posible, por poco que se quiera comprender
fielmente las palabras escondidas. ¡No te enfrentes pues a este espíritu antes de tener
de él una comprensión suficiente, porque Dios es maravilloso en sus obras, y sus obras
son, como su Sabiduría, innumerables!
En su naturaleza ígnea, este espíritu se Llama Sandaraca, en su naturaleza aérea
Kubrick; Aliochat en su naturaleza terrestre. Pero estas denominaciones engañan a
aquellos que le buscan sin antes haberlo reconocido, y que piensan que se descubrirá
por estos procedimientos inútiles para nuestro arte. Aunque estos nombres designen
las propiedades del espíritu que buscamos, él no está, ni puede encontrarse en estos
cuerpos, ya que un espíritu clarificado no puede manifestarse en apariciones. En
efecto, en un cuerpo como éste, -adaptado a su généro, y aunque se le dé tal o cual
nombre-, no debe considerarse que existen diferentes espiritus: sea cual fuere el
nombre que se le atribuya, no hay más que un único espíritu, eternamente, espíritu
cuya ascensión ilumina la claridad del cielo, cuya pureza en este instante es
incorporada a la tierra y que, en el curso de su carrera, abrara el crecimiento de las
aguas. No es un ángel de las jerarquías inferiores. Su nombre es Rafael, el ángel de
Dios, el más sutil y el más noble, y también el más puro, y los demás le obedecen
como se obedece a un superior. Esta substancia espiritual no es ni celeste ni infernal,
es un cuerpo aéreo, puro y espléndido, la forma intermediaria entre los seres sublimes
e inferiores, desprovista de entendimiento, pero fecunda en su operación, la más
escogida y llena de gracia de todas las otras cosas celestes. Esta obra divina es
demasiado profunda para que un insensato la pueda comprender, porque es el secreto
último y sublime de la naturaleza, el Espíritu del Señor que llena el círculo de la tierra,
que planeaba en el comienzo sobre las aguas y que el mundo no puede asir sin la
secreta y graciosa infusión del Espíritu Santo, o bien sin la instrucción secreta de sus
conocedores. El mundo entero lo desea a causa de las energías que encierra, energías
que los hombres jamás serán capaces de apreciar suficientemente. En efecto, estas
energías penetran los planetas, elevan las nubes y expulsan las brumas, dan la luz a
cualquier cosa, transforman todo en oro y en plata, confieren la salud y la profusión de
los tesoros, purifican la lepra, despejan la vista, reconfortan las almas tristes, cuidan a
los enfermos, manifiestan todos los tesoros ocultos, curan en general todas las
enfermedades y todas las imperfecciones.
Este espíritu ha permitido a los filósofos descubrir las siete artes liberales, ha
engendrado la riqueza de éstas, ha permitido a Moisés crear los utensilios de oro del
templo, al rey Salomón realizar numerosas y notables obras en honor de Dios, a
muchos hombres ejecutar grandes acciones: a Noé construir el arca, a Moisés el
tabernáculo, a Salomón el templo. Gracias a él Esdras restableció la ley, María,
hermana de Moisés recibió la hospitalidad, Abraham, Isaac, Jacob y demás justos han
obtenido de él larga vida y abundancia de riquezas, y todos los hombres piadosos que
lo han conocido gracias a él han celebrado la alabanza a Dios. Así, su adquisición es
preferible a cualquier operación realizada con la plata y con el oro, pues él es la mejor
de todas las obras, ya que todos los bienes temporales que el hombre puede desear en
este mundo no le son comparables, porque es desde el origen experimentado,
perfecto, impecable, el único en alojar la verdad. Por eso se le llama voz y verdad; su
obra ignora la falsedad, y no se puede celebrar suficientemente su alabanza. Soy
incapaz de describir adecuadamente su potencia, porque sus propiedades y su poder
superan nuestro pensamiento y no son expresables en palabras: en él, en efecto,
existe una multitud de propiedades.
En resumen, ¿qué más podríamos decir? No existe, no ha existido jamás, nunca
existirá nada que pueda permitir una exploración más profunda de la naturaleza.
¡Oh tú, Sabiduría divina de desbordante profundidad, tú que has encerrado en la
fuerza y la potencia de este espíritu único todo lo que posee el conjunto de todos los
cuerpos, oh tú, Sabiduría inefable revelada a los mortales: la potencia de tu espíritu
mejora las cosas destructibles de la naturaleza!
¡Oh tú, misterio de los misterios, misterio que surge de todas las cosas misteriosas,
cura y medicina universales, última exploración de la naturaleza, maravillosa
conclusión para todos, para todos los patriarcas, los nuevos Sabios y los Filósofos de
todas las cosas celestes inferiores, conclusión deseada por el mundo y la tierra entera!
¡Oh! ¡Qué espíritu maravilloso y digno de alabanza es tu pureza que, en su plena
potencia, alberga toda alegría y toda riqueza, toda la fecundidad de la vida: arte de
todas las artes, tú que otorgas la alegría temporal a aquellos que te conocen! ¡Oh tú,
ciencia deseable y cosa amable entre todas las que están bajo el círculo de la luna, tú
que confortas la naturaleza, renuevas el corazón y los miembros, mantienes a la
juventud en la flor de la vida, expulsas la vejez y destruyes la debilidad, mantienes la
belleza en su estadio más amable, contienes el bien en profusión y no cesas de dar
todo lo que agrada al hombre! ¡Oh tú, potencia suprema, y que nada domina, que los
ignorantes desprecian, pero que los Sabios aman en una alabanza, en una gloria, en
un honor sublimes, tú que expulsas toda obra mortal nacida de los humores y toda
enfermedad artificial provocada por hechizo! ¡Tú aclaras la voz de los moribundos y les
das la palabra! ¡Oh tú, tesoro de los tesoros, misterio de los misterios, Avicena te ha
llamado la substancia inefable, el alma más pura, más perfecta y más potente del
mundo, no hay bajo el cielo producto alguno del arte cuya naturaleza y cuya potencia
no sean más insondables, operación más maravillosa, potencia más infinita, algo que
tenga su semejante a él entre las criaturas, tú que encierras las potencias de los
cuerpos celestes! ¡De ti en efecto fluyen las aguas de la vida, la miel y el aceite de la
salvación eterna, y como lo dice Morien, él les ha saciado con rocas y miel! Quien lo
tiene posee todo y no tiene necesidad de ningún apoyo exterior.
¡Bendito eres, tú, Dios nacido del Padre, tú que has dado a los profetas este
conocimiento, esta inteligencia! ¡Estos lo han mantenido oculto a fin de que los ciegos,
a fin de que aquellos que están ahogados en la impiedad de este mundo, no puedan
descubrirla, a fin de que los hombres piadosos y capaces puedan gracias a ella celebrar
tu alabanza! En efecto, aquellos que revelan y que descubren a los indignos el misterio
de esta cosa quebrantan el sello celeste, la revelación del misterio es una ofensa para
la entera Majestad divina, las desgracias les abruman y el castigo de Dios es
inminente.
Ruego pues de todo mi corazón a todos los creyentes en Cristo que tienen este
conocimiento que no hablen de ello a nadie, que no la comuniquen a cualquiera, sino
solamente a aquellos que viven de acuerdo con la divinidad, después de haberlos
puesto a prueba mucho tiempo, después de que hayan reconocido que viven
virtuosamente, que alaban y que honran a Dios, Dios que ha dado a los hombres un
tesoro semejante. ¡Muchos lo buscan y pocos lo encuentran, indignos que son de este
saber, los impuros que viven en el vicio; arte que no debería ser mostrado más que a
aquellos que temen a Dios, arte que nada puede comprar!
Tomo a Dios como testimonio: lo que digo no es mentira, incluso si eso parece
imposible para la naturaleza. No hay nadie actualmente, no existió jamás nadie ni
existirá jamás nadie que permita una exploración tan profunda de la naturaleza.
Alabado sea Dios, el Dios supremo y Todopoderoso, que ha creado este arte y se ha
complacido en revelar este conocimiento a los hombres que le temen! Así pues, ha
sido realizada es la obra excelente y de las más preciosas, esta revelación del espíritu
oculto que tiene escondidos en su seno los secretos y los misterios de este mundo.
Este espíritu es una divinidad única, un ministerio sagrado, divino y maravilloso, que
encierra el mundo por entero. Este último está en él, y en él y en un instante
encuentra su verdad, este espíritu, en efecto, domina verdaderamente a los elementos
y la quintaesencia.

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