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lunes, 9 de noviembre de 2009

LA MISA DEL ATEO


HONORE DE BALZAC
LA MISA DEL ATEO
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Dedicado a su amigo August Borget
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Un médico al que debe la ciencia una hermosa teoría fisiológica, y
que, joven aun, logró abrirse plaza entre las celebridades de la Escuela de
París, centro de luces; al que rinden homenaje todos los médicos de
Europa, el doctor Bianchon, ejerció la cirugía antes de dedicarse á la
medicina. Sus primeros estudios fueron dirigidos por un gran cirujano
francés, por el ilustre Desplein, que pasó para la ciencia con la rapidez de
un meteoro. Según confesión de sus enemigos, Desplein se llevó á la tumba
su método intransmisible. Como todos los hombres de genio, no tenía
descendientes y se lo llevó todo consigo. La gloria de los cirujanos se parece
á la de los actores, cuyo talento deja de apreciarse tan pronto como
desaparecen, y cuya fama sólo dura lo que su vida. Los actores y los
cirujanos, lo mismo que los grandes cantantes y los artistas que centuplican
con su ejecución el poder de la música, sólo son héroes del momento.
Desplein ofrece un ejemplo de la semejanza que existe entre el destino de
estos genios transitorios. Su nombre, tan célebre ayer y tan olvidado hoy,
permanecerá dentro de la especialidad á que se dedicó, sin franquear nunca
sus límites. Pero ¿no es necesario que concurran circunstancias inauditas
para que el nombre de un sabio pase del dominio de la ciencia, al dominio
de la historia general de la humanidad? ¿Poseía Desplein esa universalidad
de conocimientos que hacen de un hombre el verbo ó la figura de un siglo?
Desplein poseía un golpe de vista divino, penetraba la enfermedad y al
enfermo con una intuición adquirida ó natural que le permitía no engañarse
nunca en los diagnósticos y determinar el momento preciso, la hora el
minuto en que era necesario operar, sacando siempre partido de las
circunstancias atmosféricas y de las particularidades del temperamento.
Para marchar de este modo de acuerdo con la naturaleza ¿habría estudiado
acaso la incesante misión de los seres y de las sustancias elementales,
contenidas en la atmósfera ó que provee la tierra al hombre que las absorbe
y las prepara para sacar de ellas un jugo particular? ¿Procedía, acaso, con
ese poder de deducción y analogía a que es debido el genio de Cuvier? Sea
de ello lo que fuere es lo cierto que este hombre se había hecho el
confidente de la carne y la comprendía lo mismo en su pasado que en su
porvenir, basándose en el presente. Pero ¿ha resumido toda la ciencia en su
persona como lo hicieron Hipócrates, Galeno y Aristóteles? ¿Condujo toda
una escuela hacia nuevos mundos? No. Si es imposible negar á este
perpetuo observador de la química humana la antigua ciencia del magismo,
es decir, el conocimiento de los principios en fusión las causas de la vida, la
vida antes de la vida, lo que ha de ser antes de ser, es preciso confesar,
para ser justo que, desgraciadamente, todo en él fue personal; aislado toda
su vida por el egoísmo, e1 egoísmo mata hoy su gloria. Su tumba no está
provista de la estatua sonora que repite al porvenir los misterios que el
genio establece a expensas suyas. Pero sin duda el talento de Desplein era
solitario de sus creencias y, por consiguiente, mortal. Para él, la atmósfera
terrestre era un saco generador, veía la tierra como un huevo en su
cascarón y no pudiendo saber quién era primero en e1 orden de la
existencia, si el huevo ó la gallina, no admitió ni lo uno ni lo otro. No creía
ni en el animal anterior ni en el espíritu posterior al hombre. Desplein no
estaba en la duda, afirmaba. Su ateísmo puro y franco se pareció al de
muchos sabios, que son la mejor gente de1 mundo, pero que niegan la
existencia de Dios del mismo modo que algunas gentes religiosas niegan la
posibilidad de que pueda haber ateos. Esta opinión no tiene nada de
particular en un hombre acostumbrado desde sus primeros años á disecar el
ser por excelencia, antes, durante y después de la vida, y á escudriñar
todos sus órganos sin encontrar en ellos esa alma única, tan necesaria para
todas las teorías religiosas. Reconociendo en el hombre un centro cerebral,
un centro nervioso y un centro aéreo-sanguíneo, de los cuales, los dos
primeros se suplen tan bien uno al otro, que tuvo en los últimos días de su
vida la firme convicción de que el sentido del oído no era absolutamente
necesario para oír, ni el sentido de la vista absolutamente necesario para
ver y que el plexo solar lo reemplazaba sin duda alguna, Desplein se
confirmó en su ateísmo con este hecho, á pesar de no tener ninguna
relación con Dios. Según se dice, este hombre murió en la impenitencia final
en que mueren, desgraciadamente, muchos hermosos genios á los que
ojalá Dios quiera perdonar. Empleando la misma frase de sus enemigos,
diremos que la vida de este hombre ofrecía muchas pequeñeces, ó mejor
dicho, muchos contrasentidos aparentes. Sin conocer nunca los móviles que
hacen obrar á ciertos espíritus superiores, los envidiosos ó los necios echan
mano inmediatamente de ciertas contradicciones superficiales para hacer un
acto de acusación, por el cual les hacen figurar momentáneamente. Si más
tarde el éxito corona las combinaciones atacadas poniendo de manifiesto la
correlación de los preparativos y de los resultados, siempre subsisten, poco
ó mucho, las calumnias que le precedieron. Igualmente, en nuestros días,
Napoleón fue condenado por nuestros contemporáneos cuando desplegaba
las alas de su águila sobre Inglaterra, y hubiera sido preciso el 1822 para
explicar el 1804 y las bateas de Bolonia.
Siendo la gloria y la ciencia de Desplein inatacables, sus enemigos
criticaban la rareza de su humor y de su carácter, siendo así que lo que
tenía el gran cirujano era sencillamente lo que los ingleses llaman
excentricity. Vestido á veces elegantemente, como Crebillon, el trágico,
demostraba de pronto una singular indiferencia en su manera de vestir y
tan pronto se le veía en coche como á pie. Tan pronto brusco como amable,
áspero y avaro en apariencia, pero capaz de ofrecer su fortuna á sus
maestros desterrados que le hicieron el honor de aceptarla por algún
tiempo, ningún hombre ha inspirado ni ha sido objeto de juicios más
contradictorios. Aunque capaz para lograr una condecoración, que los
médicos no debieran solicitar con intrigas y de dejar caer en la corte un
libro de oraciones de su bolsillo, no dudéis de que en su interior se burlaba
de todo y de que sentía un profundo desprecio por los hombres, después de
haberlos observado de arriba á abajo y después de haberlos comprendido
tal cual son en medio de los actos más solemnes y más mezquinos de la
vida. En los grandes hombres, las cualidades suelen guardar proporción. Si,
entre esos colosos, existe alguno que tiene más talento que gracia, su
gracia es aún mayor que la de aquel de quien se dice únicamente: «Es un
hombre muy gracioso». Todo genio supone, necesariamente, un don de
segunda vista, una vista moral. Esta vista puede aplicarse á alguna
especialidad; pero el que ve la flor puede ver el sol. El que oyó á un
diplomático salvado por él: «¿Como está el Emperador?» y le respondió: «El
cortesano vuelve, el hombre sabrá abrirse paso», éste no es solamente
cirujano ó médico, sino que es también prodigiosamente ocurrente. Así
pues, el observador paciente y asiduo de la humanidad legitimará las
exorbitantes pretensiones de Desplein y le creerá, como se creía él mismo,
apto para ser tan buen ministro como buen médico.
Entre los enigmas que ofrece á los ojos de sus contemporáneos la
vida de Desplein, hemos escogido uno de los más interesantes, porque su
solución se encontrará al final del relato, vengándole de ciertas acusaciones.
De todos los discípulos que Desplein tuvo en el hospital, Horacio Bianchon
fué uno de aquellos con quien más simpatizó. Antes de ser interno en el
hospital, Horacio Bianchon era un estudiante de medicina, que se albergaba
en una miserable casa de huéspedes del barrio latino, conocida con el
nombre de la casa Vauquer. Este pobre joven sufría allí los ataques de esa
ardiente miseria, especie de crisol de donde los grandes talentos deben salir
puros é incorruptibles, como diamantes que pueden ser sometidos á todos
los choques sin romperse. Expuestos al fuego violento de sus pasiones
desencadenadas, estos hombres adquieren la probidad más inalterable y
contraen el hábito de las luchas que esperan al genio con el trabajo
constante con que han procurado cercar sus apetitos engañados. Horacio
era un joven recto, incapaz de tergiversar una palabra en las cuestiones de
honor, que se iba siempre sin rodeos al asunto y que lo mismo estaba
dispuesto por sus amigos á empeñar la capa, que á sacrificarles sus días y
sus noches; Horacio era, en una palabra, uno de esos amigos que no se
preocupan por lo que reciben á cambio de lo que entregan, seguros de
percibir á su vez más de lo que dan. La mayor parte de sus amigos sentían
por él ese respeto que inspira la virtud sin énfasis, y algunos de ellos
temían su censura. Pero Horacio desplegaba estas cualidades sin
ostentación. Ni puritano ni sermoneador, juraba con gracia cuando daba un
consejo y acudía con gusto á una juerga cuando la ocasión se presentaba.
Buen compañero, franco y leal, no como un marino, pues el marino de hoy
es un astuto diplomático, sino como honrado joven que nada tiene que
ocultar de su vida, Bianchor marchaba siempre risueño y con la frente muy
alta. En fin, para expresarlo todo con una palabra y teniendo en cuenta que
los acreedores son considerados hoy como" la representación más real de
las furias antiguas, diremos que Horacio era el Pilades de más de un
Orestes. Soportaba su miseria cor esa alegría que es sin duda una de las
mayores pruebas de valor, y como todos los que no poseen nada, contraía
pocas deudas. Sobrio como un camello, ágil y avispado como un ciervo, era
invariable y permanecía firme en sus ideas y en su conducta. La vida feliz
de Bianchon empezó el día en que el ilustre cirujano Desplein echó de ver
las cualidades y los defectos que hacen doblemente precioso para sus
amigos al doctor Horacio Bianchon. Cuando un jefe de clínica toma en su
regazo á un joven, este joven pone, como suele decirse, el pie en el estribo,
Desplein no dejaba de llevar á Bianchon como practicante á las casas
opulentas, donde casi siempre caía alguna gratificación en la escarcela del
interno, y donde se iban revelando insensiblemente al provenzal los
misterios de la vida parisiense; le dejaba asistir á las consultas en su
despacho, y á veces lo enviaba á acompañar á algún rico enfermo que iba á
tomar aguas, preparándole de este modo una clientela. De todo esto resultó
que, al cabo de cierto tiempo, el tirano tuvo un seide. Estos dos hombres, el
uno en la cima de los honores y de la ciencia y gozando de una inmensa
fortuna y de una inmensa gloria; y el otro modesto omega, llegaron á ser
amigos íntimos. El gran Desplein no tenía secretos para su interno, y éste
sabía si tal mujer se había sentado en una silla al lado de su maestro ó en
el famoso canapé que se encontraba en el despacho y en el que Desplein
acostumbraba á dormir; Bianchon conocía los misterios de aquel
temperamento de león y de toro, que acabó por ensanchar y amplificar más
de lo ordinario el gusto del gran hombre, y causó su muerte por el
desarrollo del corazón. Estudió las extravagancias de aquella vida tan
laboriosa, los proyectos de aquella avaricia tan sórdida, y las esperanzas del
hombre político escondido bajo la capa del sabio, y pudo prever las
decepciones que esperaban al único sentimiento que encerraba aquel
corazón, más bien bronceado, que de bronce.
Un día, Bianchon dijo á Desplein que un pobre aguador del barrio de
San Jacobo sufría una horrible enfermedad causada por las fatigas y la
miseria. Aquel pobre auverniano no había comido más que patatas durante
el crudo invierno del año 1821. Desplein dejó á todos sus enfermos, y
exponiéndose á reventar su caballo, voló acompañado de Bianchon á la
morada de aquel pobre hombre, y lo hizo transportar á la casa de salud
establecida por el célebre Dubois en el arrabal de San Dionisio. Cuidó con el
mayor cariño á este hombre, y cuando estuvo restablecido le dio la suma
necesaria para comprar un caballo y una cuba. Aquel auverniano se
distinguió por un rasgo original; habiendo caído enfermo uno de sus
amigos, lo llevó inmediatamente á casa de Desplein, diciendo á su
bienhechor:
—No hubiese podido soportar que hubiera ido á casa de ningún otro.
Áspero y todo, como era, Desplein estrechó la mano al aguador y le
dijo:
—Tráemelos á todos.
E hizo entrar al hijo de Cantal en el hospital, donde lo cuidó con el
mayor esmero. Bianchon había observado ya varias veces que su jefe sentía
mucha predilección por los auvernianos y sobre todo por los aguadores;
pero como Desplein ostentaba una especie de orgullo en tratar bien á los
enfermos de sus salas, el discípulo no vio en aquello nada de raro.
Un día atravesando la Plaza de San Sulpicio, Bianchon vio que su
maestro entraba en la iglesia á eso de las nueve de la mañana, Desplein,
que en aquella época no daba un paso sin su cabriolé, iba á pie y se colaba
por la calle del Petit-Lion, como si entrase en una casa sospechosa. El
interno que conocía las opiniones de su maestro, picado de curiosidad,
entró en San Sulpicio, y no fue poco su asombro al ver al gran Desplein, á
aquel ateo sin piedad por los ángeles que no ofrecen trabajo á los bisturíes
y que no pueden tener fístulas ni gastritis, en una palabra, á aquel intrépido
incrédulo, humildemente arrodillado, y ¿dónde diréis?... ante la capilla de la
Virgen, ante la cual oyó una misa, dio para los gastos del culto, dio para los
pobres y permaneció serio como si se hubiese tratado de una operación.
—Seguramente que no ha ido á esclarecer cuestiones relativas al
parto de la Virgen—decía Bianchon, cuyo asombro no tuvo límites.—Si le
hubiera visto en la procesión del Corpus llevando uno de los cordones del
palio, el hecho me hubiera causado risa; pero á estas horas, solo y sin
testigos, me da en verdad mucho que pensar.
Bianchon no quiso que pudiera creerse que espiaba al cirujano del
hospital principal, y, por lo tanto, se alejó. Por casualidad, le invitó Desplein
aquel mismo día á comer con él á una fonda, y de una cosa en otra,
Bianchon llegó, mediante hábiles preparaciones, á hablar de la misa,
calificándola de mojiganga y de farsa.
—Una farsa que ha costado más sangre á la cristiandad que todas las
batallas de Napoleón y que todas las sanguijuelas de Brousais. La misa es
una invención papal que no se remonta más allá del siglo VI y que está
basada en el Hoc est corpus. ¡Cuantos torrentes de sangre ha sido preciso
verter para establecer la fiesta del Corpus-Cristy; con cuya institución quiso
la corte de Roma hacer constar su victoria en la cuestión de la presencia
real, cisma que turbó á la Iglesia por espacio de tres siglos! Las guerras del
conde de Tolosa y de los albigenses son la cola de esta cuestión. Los
valdenses y los albigenses se negaban á reconocer esta innovación.
Por fin, Desplein se puso con satisfacción á desplegar toda su
verbosidad de ateo, y su conversación fue un verdadero flujo de burlas
volterianas, ó mejor dicho, una detestable falsificación del citador.
—¡Diablo!—se dijo Bianchon para sus adentros,—¿dónde está el
devoto de esta mañana?
Pero guardó silencio porque llegó á dudar que fuese verdaderamente
su maestro el individuo que había visto en San Sulpicio. Desplein no se
hubiese tomado el trabajo de decir una mentira á Bianchon: ambos se
conocían ya demasiado bien, se habían comunicado su modo de pensar
sobre cuestiones tan graves como ésta, y habían discutido sistemas de
natura rerum, sondándolas ó disecándolas con los bisturíes y el escalpelo de
la incredulidad.
Transcurrieron tres meses. Bianchon no dio importancia á aquel
hecho, sin embargo de que había quedado grabado en su memoria, cuando,
un día de aquel mismo año, uno de los médicos del hospital tomó á
Desplein por el brazo, delante de Bianchon como para interrogarle.
—¿Qué iba V. á hacer ayer á San Sulpicio, mi querido maestro?
—A ver á un sacerdote que tiene una caries en la rodilla y al que la
señora duquesa de Augulema me ha hecho el honor de recomendarme,—
dijo Desplein.
El médico quedó satisfecho con esta respuesta, pero no Bianchon, el
cual se dijo para sus adentros:
—¡Ah! ¿va á ver rodillas enfermas á la iglesia? Ya, ya caigo, iba á oír
misa.
Bianchon se prometió acechar á Desplein, recordó el día y la hora en
que lo había sorprendido entrando en San Sulpicio, y proyectó ir allí al año
siguiente, el mismo día y la misma hora, á fin de ver si le sorprendía de
nuevo. En este caso, la periodicidad de su devoción le autorizaría para llevar
á cabo una investigación científica, pues no era probable que existiera en un
hombre semejante una contradicción entre el pensamiento y la acción. Al
año siguiente, el día y la hora dichas, Bianchon, que no era ya alumno de
Desplein, vio que el cabriolé del cirujano se detenía en la esquina que
forman la calle de Tournon y la del Petit-Lion, y que su maestro tomaba
jesuíticamente á lo largo de los muros de San Sulpicio, donde oyó de nuevo
misa en el altar de la Virgen. ¡No había duda que era Desplein, el cirujano,
su jefe, el ateo in petto, el devoto por casualidad! La intriga se complicaba.
La persistencia de aquel ilustre sabio era para llamar la atención á
cualquiera. Cuando Desplein salió de la iglesia, Bianchon se acercó al
sacristán, que estaba arreglando el altar, y le preguntó si el señor que
acababa de marcharse era asiduo concurrente á la iglesia.
—Hace ya veinte años que estoy aquí—dijo el sacristán, —y en todo
ese tiempo he visto siempre que el señor Desplein viene, cuatro veces al
año, á oír esta misa, de la cual es fundador.
—¡Una fundación hecha por él!—se dijo Bianchon alejándose.—Esto sí
que es cosa tan complicada como el misterio de la Inmaculada Concepción,
misterio que por sí solo basta para hacer á un médico incrédulo.
Pasó algún tiempo sin que el doctor Bianchon, que seguía siendo
amigo de Desplein, hubiese tenido ocasión para hablarle de aquella
particularidad de su vida. Si bien se encontraban en consulta ó en sociedad,
era difícil que hallasen ese momento de confianza y de soledad, durante el
cual se permanece con las piernas tendidas, la cabeza apoyada en el
respaldo de un sillón y en el que dos amigos se cuentan sus secretos. Por
fin, á los siete años de ocurrido este hecho, después de la Revolución de
1830, cuando el pueblo se precipitaba sobre el arzobispado, cuando las
inspiraciones republicanas lo empujaban á destruir las cruces doradas que
despuntaban como rayos en medio de la inmensidad de este océano de
casas; cuando la incredulidad y la sedición llenaban las calles, Bianchon
sorprendió á Desplein entrando una vez más en San Sulpicio. El doctor le
siguió y se colocó á su lado, sin que su amigo le hiciese la menor seña, ni
diese muestras de la menor sorpresa. Ambos oyeron la misa fundada por el
ateo.
—Amigo mío—dijo Bianchon á Desplein una vez que estuvieron fuera
de la iglesia,—¿quiere usted decirme la razón de su modo de proceder? Esta
es la tercera vez que le sorprendo á usted oyendo misa. ¿Quiere usted
explicarme la razón de ese misterio y de ese desacuerdo flagrante entre sus
opiniones y su conducta? Usted no cree en Dios y va á misa, y, por lo tanto,
está usted obligado á responderme, mi querido maestro.
—Amigo mío, me parezco en esto á muchos devotos, á muchos
hombres profundamente devotos en apariencia pero que son tan ateos
como usted y yo podemos serlo.
Y á continuación de esto, soltó un verdadero torrente de epigramas
acerca, de algunos personajes políticos; de los cuales el más conocido
ofrece en este siglo una nueva edición del Tartufo de Moliere.
—Yo no le pregunto á usted todo eso—le dijo Bianchon. —Quiero
saber lo que viene usted á hacer aquí y el porqué ha fundado esta misa.
—A decir verdad, querido amigo—dijo Desplein,—estoy ya muy
próximo á la tumba, y, por consiguiente, no hay inconveniente en que le
hable á usted de los principios de mi vida.
En este momento, Bianchon y el gran hombre se encontraban en la
calle de los Cuatro Vientos, que es una de las calles más horribles de París.
Desplein subió al sexto piso de una de esas casas que parecen un obelisco y
cuya puerta de dos hojas da á un estrecho pasillo, al extremo del cual se ve
una tortuosa escalera, alumbrada por luces que con razón, reciben en
Francia el nombre de luces de sufrimiento. Era la tal vivienda una casa de
color verdoso, en cuyo piso bajo vivía un comerciante de muebles, y que
parecía albergar en cada uno de sus pisos una miseria diferente.
Levantando el brazo con gran energía, Desplein dijo á Bianchon:
—He vivido allá arriba dos años.
—Ya lo sé; de Arthez también ha vivido, y yo he subido ahí casi todos
los días, durante mi primera juventud. Entonces le llamábamos el foco de
los grandes hombres. Bueno, ¿qué más?
—La misa que acabo de oír está enlazada con acontecimientos que
ocurrieron cuando habitaba la buhardilla en que dice usted que vivió
también de Arthez, aquella en cuya ventana se ve una cuerda cargada de
ropa y un tiesto. Mis comienzos fueron tan rudos, mi querido Bianchon, que
puedo disputar á cualquiera la palma de los sufrimientos parisienses, lo he
soportado todo: hambre, sed, falta de dinero, de trajes, de calzado y de
ropa interior, todo lo que la miseria tiene de más rudo. He soplado muchas
veces mis dedos entumecidos, en ese foco de grandes hombres que quisiera
visitar de nuevo en compañía de usted. He trabajado durante un invierno
viendo humear mi cabeza y distinguiendo el aire de mi transpiración, como
distinguimos el aliento de los caballos en un día de helada. Hoy me parece
imposible que yo ni nadie pudiese soportar semejante vida. Estaba solo, sin
recursos, sin un céntimo para comprar los libros y los gastos de mi
educación médica, y sin tener un amigo, pues mi carácter irascible, sombrío
é inquieto, me perjudicaba mucho. Nadie quería ver en mis irritaciones la
miseria y el trabajo del hombre que, desde el fondo del estado social en que
nace, lucha para llegar á la superficie. Pero á usted, ante quien no necesito
fingir, puedo decirle que yo tenía esa suma de buenos sentimientos y de
viva sensibilidad que ha de ser siempre el patrimonio de los hombres
bastante fuertes para llegar á una cima cualquiera, después de haber
frecuentado largo tiempo los pantanos de la miseria. Yo no podía sacar de
mi familia y de mi país nada más que la insuficiente pensión que me
proporcionaba. En fin, en aquella época, comía por la mañana, ensopado en
leche, un panecillo que el panadero de la calle de Petit-Lyon me vendía más
barato, porque era de la víspera ó de la antevíspera, y de esa manera mi
almuerzo no me costaba más que diez céntimos. Un día sí y otro no, iba á
comer á una posada donde la comida costaba ochenta céntimos; así es que
no gastaba en comer más que dos reales diarios. Usted sabe tan bien como
yo el cuidado que hay que tener cuando se está en esa situación, del
calzado y de la ropa. Yo no sé si más tarde llega uno á experimentar tanta
pena al ver la traición de un amigo, como el que hemos experimentado, lo
mismo usted que yo, al ver la burlona mueca de un zapato que se rasga, ó
al oír que se desgarra la costura de una levita. No bebía más que agua, y
los cafés me inspiraban el mayor respeto. Zoppi me parecía una tierra de
promisión, donde sólo tenían derecho á entrar los lúculos de país latino.
¿Podría nunca, me decía yo á veces, tomar ahí una taza de café con crema
y jugar una partida de dominó? Y procuraba emplear en mis trabajos la
rabia que me inspiraba mi miseria, y procuraba acaparar conocimientos
positivos, á fin de tener un inmenso valor personal para merecer la plaza á
que había de llegar el día en que saliera de la nada. Consumía más aceite
que pan. La luz que me alumbraba durante aquellas noches obstinadas me
costaba más cara que el alimento. Aquel duelo fue largo, obstinado y sin
consuelo. Yo no despertaba ninguna simpatía en torno mío. Para tener
amigos, es preciso juntarse con gente joven y poseer algún dinero para
poder presentarse en aquellos lugares adonde van los estudiantes. Yo no
tenía nada, y nadie en París llega á figurarse nunca que nada pueda ser
nada. Cuando se trataba, de descubrir mis miserias, experimentaba en la
garganta esa contracción nerviosa que hace creer á los enfermos que les
sube una bala del esófago á la laringe. Más tarde he encontrado gentes
ricas que, no habiendo carecido nunca de nada, no conocen el problema de
esta regla de tres: Un joven ES al crimen como una moneda de cinco
pesetas ES á x. Esos afortunados imbéciles me dicen á veces: «Pero ¿por
qué contraía usted deudas? ¿Por qué se creaba obligaciones onerosas?»
Cuando les oigo, me hacen el efecto de aquella princesa que, sabiendo que
el pueblo se moría de hambre, decía: «¿Por qué no compran tortas?» Sí,
quisiera ver a uno de esos ricos que se quejan de que les cobro demasiado
caro por operarles, quisiera verlo, repito solo en París, sin dinero, sin casa,
sin amigos y sin crédito, y obligado á trabajar con sus cinco dedos para
vivir. ¿Qué haría? ¿Adonde iría á aplacar su hambre? Bianchon, si alguna
vez me ha visto usted grosero y duro, es porque recordaba mis dolores y la
insensibilidad y el egoísmo de que me han dado prueba mil veces las
esferas elevadas, ó bien porque pensaba en los obstáculos que el odio, la
envidia, los celos y la calumnia levantaron entre mí y el éxito. En París, hay
gentes que cuando le ven á uno con el pie en el estribo, los unos le tiran del
faldón de la levita, los otros sueltan la hebilla de la cincha para que se
rompa uno la cabeza al caer; aquél deshierra el caballo, el otro le roba el
látigo; el menos traidor es el que se aproxima á él de frente para soltarle un
pistoletazo á boca de jarro. Hijo querido, usted tiene bastante talento para
conocer pronto las batallas que las medianías libran al hombre superior. Si
pierde usted veinticinco luises una noche, al día siguiente será usted
acusado de ser un jugador, y sus mejores amigos dirán que ha perdido
usted la víspera veinticinco mil francos. Si tiene usted dolor de cabeza,
pasará por loco; si tiene usted vivacidad, pasará por insociable. Si, para
resistir á ese batallón de pigmeos, se arma usted de fuerzas superiores, sus
mejores amigos exclamaran que quiere usted devorarlo todo y que tiene
usted la pretensión de dominar y de tiranizar á todo el mundo. En una
palabra, sus cualidades se convertirán en defectos, y sus defectos pasarán á
ser vicios, y sus virtudes crímenes. Si no ha salvado usted á alguno, dirán
que lo ha matado; si el enfermo mejora y continúa siendo su cliente, dirán
que ha procurado usted asegurar el presente á expensas del porvenir, y que
si no ha muerto, morirá. Si tropieza usted en algo, dirán que se ha caído.
Invente usted cualquier cosa y reclame sus derechos, y será usted calificado
de hombre tacaño y astuto que no quiere dar salida al elemento joven. De
modo que, querido mío, si no creo en Dios, creo menos en los hombres. ¿No
ve usted en mí un Desplein completamente diferente del Desplein que todo
el mundo critica? Pero no recordemos aquel montón de miserias. Como
decía: habitaba en esta casa, trabajaba noche y día para sufrir mi primer
examen y no tenía un céntimo. Había llegado á uno de esos extremos
últimos en que un hombre se dice: «¡Sentaré plaza de soldado!» Sólo me
quedaba una esperanza: esperaba de mi país un baúl lleno de ropa, regalo
de una de esas tías ancianas que, desconociendo en absoluto lo que es
París, sólo piensan en las camisas, imaginándose que con treinta francos al
mes, su sobrino debe estar como un príncipe. El baúl llegó mientras yo
estaba en el colegio; ¡el porte había costado cuarenta francos! que habían
sido pagados por el portero, zapatero alemán que vivía en la buhardilla y en
cuyo poder se hallaba aquel. Me paseé por la calle de los Possés-SaintGermain-
des-Prés, y por la calle de la Escuela de Medicina, sin poder
inventar una estrategia que me pusiese en posesión del baúl, sin necesidad
de pagar los cuarenta francos, que yo me hubiera apresurado á entregar,
como es natural, después de haber vendido la ropa; pero mi estupidez me
hizo comprender que yo sólo servía para cirujano. Querido mío, las almas
delicadas, cuya fuerza se ejerce en una esfera elevada, carecen de ese
espíritu de intriga fértil en recursos y combinaciones; su genio es la
casualidad; no busca, encuentra. Por fin, llegada la noche, me decidí á
volver á casa en el momento en que entraba mi vecino, aguador llamado
Bourgeat, natural de Saint-Fleur. Este hombre y yo nos conocíamos como
se conocen dos inquilinos que tienen sus habitaciones contiguas, que se
oyen en el dormir, toser y vestirse, y que acaban por acostumbrarse el uno
al otro. Mi vecino me comunicó que el propietario, al que debía yo tres
meses, me había despedido, y que tendría que desalojar al día siguiente. A
él también le había hecho lo mismo, á causa de su profesión. Pasé la noche
más dolorosa de mi vida.
—¿Dónde buscar un hombre para que trasladase mis cuatro trastos y
mis libros? ¿Cómo pagar al mozo de cuerda y al portero? ¿A dónde ir?
Con lágrimas en los ojos me repetía yo estas preguntas insolubles,
como se repiten los locos sus refranes. Por fin, me dormí. La miseria tiene
para sí un reposo divino lleno de hermosos sueños. Al día siguiente por la
mañana, en el momento en que comía mi escudilla de pan ensopado en
leche, Bourgeat entra y me dice bruscamente:
—Señor estudiante, yo soy un pobre hombre hospiciano del hospital
de Saint Fleur, sin padre ni madre, y no soy bastante rico para poder
casarme. Usted no es tampoco fértil en parientes ni cuenta con lo que yo
cuento. Escuche usted, yo tengo abajo un carrito de mano que he alquilado
á diez céntimos la hora, y éste carrito puede llevar todos nuestros
cachivaches; si usted no tiene inconveniente, y puesto que nos arrojan de
aquí, podemos buscar un cuarto para vivir juntos; ¡qué demonio! después
de todo, este cuarto no tiene nada del paraíso terrestre.
—Ya lo sé, mi buen Bourgeat,—le dije,—pero me encuentro muy
apurado porque tengo abajo un baúl que contiene más de cien escudos de
ropa, con cuyo importe podría pagar al propietario y lo que le debo al
portero, y como no tengo un céntimo, no voy á poder sacarlo.
—¡Bah! aun me quedan á mi algunos cuartos,—me respondió
alegremente Bourgeat enseñándome una bolsa vieja de grasiento cuero.—
No tendrá usted necesidad de vender la ropa.
Bourgeat pagó los tres meses que yo debía y el suyo, y abonó al
portero la cuenta. Después, colocó nuestros muebles en el carrito y lo
arrastró por las calles deteniéndose delante de las casas en que había pisos
para alquilar. Yo le acompañaba y subía á los pisos para ver si el local nos
convenía. A las doce aun errábamos por el barrio latino sin haber
encontrado nada. El precio era un gran obstáculo; Bourgeat me propuso
que fuésemos á comer á casa de un vinatero, á cuya puerta dejamos el
carrito. A eso del obscurecer encontramos en el patio de Rohan, en el
pasaje del Comercio, una buhardilla con dos cuartos separados por la
escalera, que sólo costaba ciento veinte francos al año, y con esto henos ya
trasladados á mi humilde amigo y á mí. Comimos juntos. Bourgeat, que
ganaba unos diez reales diarios, poseía ya unos cincuenta duros, y estaba
muy próximo á poder realizar su ambición, que era comprar un tonel y un
caballo. Al saber mi situación, pues me fue sacando los secretos con un tino
y una delicadeza cuyo recuerdo conserva aún hoy mi corazón, renunció por
algún tiempo á la ambición de toda su vida: Bourgeat era aguador hacía
veintidós años, y sacrificó sus cien escudos por mi porvenir.
Esto diciendo, Desplein oprimió violentamente el brazo á Bianchon.
—Me dio el dinero necesario para mis exámenes. Aquel hombre,
amigo mío, comprendió que yo tenía un porvenir y que las necesidades de
mi inteligencia eran más importantes que las suyas. Se ocupó de mí, me
llamaba su hijo, me prestó el dinero necesario para comprar los libros é iba
de vez en cuando de puntillas á verme trabajar; en fin, sus cuidados
verdaderamente paternales llegaron hasta á obligarme á substituir el
alimento insuficiente y malo á que estaba condenado, por un alimento sano
y abundante. Bourgeat, hombre de unos cuarenta años, tenía cara de
aldeano de la edad media, una frente bombeada y una cabeza que un pintor
hubiera podido tomar como modelo para un licurgo. El pobre hombre sentía
en su corazón hambre de afectos, y no había sido amado nunca más que
por un perro, que había muerto hacía poco, y del cual me hablaba siempre,
preguntándome si creía yo que la Iglesia consentiría en decir misa por el
descanso de su alma. Según decía él, su perro era un verdadero cristiano,
que le había acompañado durante doce años á la iglesia, sin que nunca
hubiese ladrado, que escuchaba los órganos sin aullar y que permanecía
acurrucado á su lado en una actitud que le hacía creer que rogaba con él.
Aquel hombre fijó en mí todo su afecto, me aceptó como un ser solo y
desgraciado, y pasó á ser para mí la madre más atenta, un bienhechor
delicado y, en una palabra, el ideal de esa virtud que se complace en su
obra. Cuando lo encontraba en la calle, me dirigía una mirada de
inteligencia llena de inconcebible nobleza, procuraba andar con ligereza,
como si no le molestase la carga de agua que soportaba y se consideraba
feliz al verme robusto y bien vestido. En una palabra, tuvo para mí la
abnegación de un padre y el amor de madre. Bourgeat me hacía los
recados, me despertaba por la noche á las horas convenidas, limpiaba mi
quinqué y fregaba el descansillo de nuestra escalera: limpio como una
inglesa, era tan buen criado como buen padre. El cocinaba, serraba como
Philopémen la leña y comunicaba á todas sus acciones una gran sencillez,
conservando siempre su dignidad, pues parecía comprender que el objeto lo
ennoblecía todo. Cuando me separé de aquel buen hombre para entrar en el
hospital como interno, experimentó no sé qué dolor al pensar que ya no
podría vivir conmigo; pero se consoló con la perspectiva de reunir el dinero
necesario para los gastos de mi licenciatura y me hizo prometer que iría á
verle los días de salida. Bourgeat estaba orgulloso de mí y me amaba por
mi y por él. Si lee usted el discurso de mi licenciatura, verá que se lo
dediqué á él. El último año que estuve interno en el hospital yo había
ganado el dinero suficiente para devolver lo que le debía á aquel digno
auverniano comprándole un caballo y un tonel. Aquel pobre hombre se puso
furioso al saber que me privaba de mi dinero, y sin embargo estaba
encantado al ver sus intentos realizados; se reía y me reñía al mismo
tiempo; miraba el tonel y el caballo y se enjugaba una lágrima diciéndome:
«¡Mal hecho, mal hecho! ¡Ah! ¡qué tonel más hermoso! Ha hecho usted mal,
¡el caballo es más fuerte que un auverniano!» Nunca he visto nada tan
conmovedor como aquella escena. Bourgeat se empeñó en comprarme
aquel estuche, con adornos de plata que habrá usted visto en mi despacho
y que es la cosa más preciada que poseo. Aunque se embriagaba con mis
propios éxitos, nunca se le escapó la menor palabra ni el menor gesto que
quisiesen decir: «¡Gracias á mí se ha distinguido este hombre!» Y sin
embargo, sin él, nada más cierto que la miseria me hubiese matado. El
pobre hombre se había sacrificado por mí y no había comido más que pan
frotado con ajo, á fin de que yo tuviese el café necesario para poder velar.
Una vez cayó enfermo, y como usted puede imaginarse, yo pasé las noches
á su cabecera y logré salvarlo; pero dos años después tuvo una recaída, y,
á pesar de los cuidados más asiduos, á pesar de los esfuerzos más grandes
de la ciencia, murió. Jamás rey alguno estuvo mejor cuidado que él. Sí,
Bianchon, para arrancar aquella vida á la muerte, hice cosas inauditas.
Quería prolongar su vida para que fuese testigo de su obra, para realizar
todos sus deseos, para satisfacer el único afecto que me llenó el corazón,
para dar expansión á un cariño que, aun hoy ocupa por entero mi alma.
Bourgeat,—repuso Desplein, después de una pausa, visiblemente
emocionado,—Bourgeat que fue mi segundo padre, murió en mis brazos
dejándome todo lo que poseía mediante un testamento que había hecho en
casa de un escribano público y que llevaba la fecha del año en que
habíamos ido á vivir juntos al patio de Rohan. Aquel hombre tenía la fe del
carbonero y amaba á la Santa Virgen como hubiera amado á su mujer.
Católico ardiente, no había dicho nunca una palabra acerca de mi
incredulidad. Cuando estuvo en peligro, me rogó que procurase que no le
faltasen nunca los auxilios de la Iglesia. Yo hice decir todos los días una
misa por él. Muchas veces, durante la noche, me comunicaba sus temores
acerca de su porvenir, pues temía no haber vivido bastante santamente.
¡Pobre hombre! ¡Trabajaba de la mañana á la noche como un negro! ¿A
quién sino á él pertenece el cielo si es que hay un cielo? Recibió los
Sacramentos como un santo que era y su muerte fue digna de su vida. Yo
fui el único que le acompañé al cementerio. Cuando vi ya bajo tierra a mi
único bienhechor, empecé á discurrir el medio de mostrarle mi
agradecimiento; aquel hombre no tenía familia, ni amigos, ni mujer, ni
hijos, tenía una convicción religiosa; ¿podía yo de algún modo discutírsela?
El pobre me había hablado tímidamente de las misas que se decían por el
descanso de los muertos, pero no quería imponerme este deber pensando
que aquello equivaldría á querer cobrar los favores que me había hecho.
Tan pronto como pude establecer una fundación, di en San Sulpicio la suma
necesaria para que se dijesen cuatro misas al año. Como que la única cosa
que puedo ofrecer á Bourgeat es la satisfacción de sus piadosos deseos, el
día que se dice esa misa, ó sea, el principio de cada estación, voy á oirla en
su nombre y recito por él las consiguientes oraciones. Yo digo con la
buena fe del escéptico: «¡Dios mío, si existe una esfera donde colocas
después de su muerte á aquellos que han sido perfectos, piensa en el buen
Bourgeat; y si es necesario sufrir por él, dame á mí más sufrimientos, á fin
de hacerle entrar más pronto en ese lugar que se llama cielo.» He aquí,
querido mío, lo único que puede permitirse un hombre de mis creencias.
Dios debe ser un buen diablo y seguramente que no me guarda por ellas
ningún rencor. Se lo juro á usted, daría toda mi fortuna por que las
creencias de Bourgeat pudiesen penetrar en mi cerebro.
Bianchon, que cuidó á Desplein en su última enfermedad, no se
atreve á afirmar hoy que el ilustre cirujano haya muerto ateo. ¿No tendrán
especial complacencia los creyentes en pensar que el humilde auverniano
haya ido á abrirle la puerta del cielo como le abrió antes la puerta del
templo terrestre, en cuyo frontispicio se lee: A los grandes hombres, la
patria agradecida?
París, enero de 1856.

martes, 6 de octubre de 2009

APOCRIFOS - EL EVANGELIO DE SANTO TOMÁS

EL EVANGELIO DE SANTO TOMÁS
(Redacción griega)
Preámbulo
I 1.Yo, Tomás Israelita, vengo a anunciaros a todos vosotros, mis hermanos entre los gentiles, para que los conozcáis, los actos de la infancia y los prodigios de Nuestro Señor Jesucristo, cumplidos por él después de su nacimiento en nuestro país.2.Y he aquí cuál fue su comienzo.
Gorriones hechos con barro
II 1.El niño Jesús, de cinco años de edad, jugaba en el vado de un arroyo, y traía las aguas corrientes a posar, y las tornaba puras en seguida, y con una simple palabra las mandaba.2. Y, amasando barro, formó doce gorriones, e hizo esto un día de sábado. Y había allí otros muchos niños, que jugaban con él.3. Y un judío, que había notado lo que hacía Jesús, fue acto seguido, a comunicárselo a su padre José, diciéndole: He aquí que tu hijo está cerca del arroyo, y, habiendo cogido barro, ha compuesto con él doce gorriones, y ha profanado el sábado.4. Y José se dirigió al lugar que estaba Jesús, lo vio, y le gritó: ¿Por qué haces, en día de sábado, lo que no está permitido hacer? Pero Jesús, dando una palmada, y dirigiéndose a los gorriones, exclamó: Volad. Y los pájaros abrieron sus alas, y volaron, piando con estruendo.5.Y los judíos quedaron atónitos ante este espectáculo, y fueron a contar a sus jefes lo que habían visto hacer a Jesús.
Muerte del hijo de Anás
III 1.Y el hijo de Anás el escriba se encontraba allí, y, con una rama de sauce, dispersaba las aguas que Jesús había reunido.2. Y Jesús, viendo lo que ocurría, se encolerizó, y le dijo: Insensato, injusto e impío, ¿qué mal te han hecho estas fosas y estas aguas? He aquí que ahora te secarás como un árbol, y no tendrás ni raíz, ni hojas, ni fruto.3. E inmediatamente aquel niño se secó por entero. Y Jesús se fue de allí, y volvió a la casa de José. Pero los padres del muchacho muerto lo tomaron en sus brazos, llorando su juventud, y lo llevaron a José, a quien reprocharon tener un hijo que hacía tales cosas.
Castigo infligido por Jesús a un niño
IV 1.Otra vez, Jesús atravesaba la aldea, y un niño que corría, chocó en su espalda. Y Jesús, irritado, exclamó: No continuarás tu camino. Y, acto seguido, el niño cayó muerto. Y algunas personas, que habían visto lo ocurrido, se preguntaron: ¿De dónde procede este niño, que cada una de sus palabras se realiza tan pronto?2. Y los padres del niño muerto fueron a encontrar a José, y se le quejaron, diciendo: Con semejante hijo no puedes habitar con nosotros en la aldea, donde debes enseñarle a bendecir, y no a maldecir, porque mata a nuestros hijos.
José reprende a Jesús
V 1.Y José tomó a su hijo aparte, y lo reprendió, diciendo: ¿Por qué obras así? Estas gentes sufren, y nos odian, y nos persiguen. Y Jesús respondió: Sé que las palabras que pronuncias no son tuyas. Sin embargo, me callaré a causa de ti. Pero ellos sufrirán su castigo. Y, sin demora, los que lo acusaban, quedaron ciegos.2. Y los que vieron esto, vacilantes y atónitos, decían de Jesús que toda palabra que pronunciaba, buena o mala, se cumplía, y producía un milagro. Y, cuando hubieron visto que Jesús hacía cosas semejantes, José se levantó, lo agarró por la oreja, y se la estiró con fuerza.3. Pero el niño se enfadó, y le dijo: Bien fácil te es buscar sin encontrar, y acabas de obrar como un insensato. ¿Ignoras que te pertenezco? No me hagas daño.
Exposición del alfabeto
VI 1. Y un maestro de escuela, llamado Zaqueo, que se encontraba allí, oyó a Jesús hablar así a su padre, y lo sorprendió mucho que un niño se expresase de aquella manera.2. Y, algunos días después, se acercó a José, y le dijo: Tienes un hijo dotado de buen sentido e inteligencia. Confíalo a mi cuidado, para que aprenda las letras, y, con las letras, le enseñaré toda ciencia. Y también le enseñaré a saludar a los mayores, a honrarlos como antepasados, a respetarlos como padres, y a amar a los de su edad.3. Y le escribió todas las letras del alfabeto desde Alpha hasta Omega muy puntualmente y con toda claridad. Mas Jesús, mirando a Zaqueo, le dijo: Tú, que no conoces la naturaleza del Alpha, ¿cómo quieres enseñar a los demás la Beta? Hipócrita, enseña primero el Alpha, si sabes, y después te creeremos respecto a la Beta. Luego se puso a discutir con el maestro de escuela sobre las primeras letras, y Zaqueo no pudo contestarle.4. Y, en presencia de muchas personas, el niño dijo a Zaqueo: Observa, maestro, la disposición de la primera letra, y nota cómo hay líneas y un rasgo mediano que atraviesa las líneas que tú ves comunes y reunidas, y cómo la parte superior avanza y las reúne de nuevo, triples y homogéneas, principales y subordinadas, de igual medida. Tales son las líneas del Alpha.
Perplejidad de Zaqueo
VII 1. Y, cuando Zaqueo, el maestro de escuela, oyó al niño exponer las alegorías tan numerosas y tan grandes de la primera letra, quedó perplejo ante tal respuesta y ante tal enseñanza, y dijo a los asistentes: ¡Desventurado de mí, a qué extremo me veo reducido! Me he cubierto de vergüenza, al traer a mi escuela a este muchacho.2. Así, pues, hermano José, te ruego que lo lleves contigo, porque no puedo soportar la severidad de su mirada, ni penetrar el sentido de su palabra en modo alguno. Este niño no ha nacido en la tierra, es capaz de domar el fuego mismo, y quizá ha sido engendrado antes de la creación del mundo. ¿Qué vientre lo ha llevado? ¿Qué pecho lo ha nutrido? Lo ignoro. ¡Ay, amigo mío, tu hijo me pone fuera de mí, y no puedo seguir su pensamiento! Me he equivocado en absoluto. Yo quería tener en él un discípulo, y me he encontrado con que tengo en él un maestro.3. Me doy cuenta de mi oprobio, amigos míos, porque yo, que soy un viejo, he sido vencido por un niño. Y no me queda sino abandonarme al desaliento o a la muerte, a causa de este niño, ya que no puedo, en este momento, mirarlo cara a cara. ¿Qué responderé, cuando digan todos que he sido derrotado por un pequeñuelo? ¿Y qué podré explicar acerca de lo que él me ha dicho de las líneas de la primera raya? No lo sé, amigos míos, por cuanto no conozco, ni el comienzo, ni el fin, de este niño.4. Así, pues, hermano José, te ruego que lo lleves contigo a tu casa. Es algo muy grande, sin duda: un dios, un ángel o algo parecido.
Conclusión de la historia de Zaqueo
VIII 1. Y, mientras los judíos daban consejos a Zaqueo, el niño rompió a reír, y dijo: Ahora que tu aventura produce sus frutos, y que los ciegos de corazón ven, he aquí que yo vengo de lo alto para maldecirlos, y para llamarlos a lo alto, como me lo ordenó el que me ha enviado a causa de vosotros.2. Y, cuando el niño hubo acabado de hablar, pronto todos los que habían caído antes bajo su maldición, quedaron curados. Y nadie, desde entonces, se atrevió a provocar nunca su cólera, por miedo a que los maldijese, y los hiriese de enfermedad.
Niño caído de una terraza
IX 1. Algunos días después, Jesús jugaba en una terraza, sobre lo alto de una casa, y uno de los niños que jugaba con él, cayó de la terraza, y murió. Y, Viendo esto, los demás niños huyeron, y Jesús quedó solo.2. Y, habiendo llegado los padres del niño muerto, acusaron a Jesús de haberlo hecho caer. (Jesús les dijo: Yo no hice tal.) Y lanzaron invectivas contra él.3. Mas Jesús se tiró de la terraza abajo, se detuvo cerca del cuerpo del niño caído, y gritó a gran voz, diciendo: Zenón (porque tal era su nombre), levántate, y dime: ¿Soy yo quien te hizo caer? Y, habiéndose levantado inmediatamente, el niño repuso: No, Señor, tú no me has hecho caer, sino que me has resucitado. Y los espectadores del lance quedaron conmovidos de asombro. Y los padres del niño glorificaron a Dios por el milagro cumplido, y adoraron a Jesús.
Resurrección de un joven
X 1.Pasados otros cuantos días, un joven cortaba leña en las proximidades del pueblo. Y he aquí que su hacha le hendió la planta del pie, y murió, por haber perdido toda su sangre.2. Y, como ello produjera una aglomeración y un tumulto de gentes, el niño Jesús corrió también allí, y, haciéndose sitio, atravesó la multitud, y tomó el pie herido del joven, que en seguida quedó curado. Y dijo al joven: Levántate, sigue cortando leña, y acuérdate de mí. Y la multitud, al ver lo que había pasado, adoró al niño, diciendo: Verdaderamente, el espíritu de Dios reside en ti.
Jesús en la fuente
XI 1.Y, cuando tenía seis años, su madre le dio un cántaro, y lo envió a tomar agua, para llevarla a casa. Pero, habiendo tropezado el niño con la multitud, el cántaro se rompió.2. Entonces Jesús, extendiendo la túnica que lo cubría, la llenó de agua, y la llevó a su madre. Y su madre, reconociendo milagro tal, lo abrazó, y guardó en su corazón los misterios que veía cumplidos.
Milagro del grano de trigo
XII 1.Otra vez, en la época de la siembra, el niño salió con su padre para sembrar trigo en su campo, y, mientras su padre sembraba, el niño Jesús sembró también un grano de trigo.2. Y, una vez lo hubo recolectado y molido, obtuvo cien medidas y, llamando a la granja a todos los pobres de la aldea, les distribuyó el trigo, y José se quedó con lo que aún restaba. Y Jesús tenía ocho años cuando hizo este milagro.
Milagro de las dos piezas de un lecho
XIII 1. Y su padre era carpintero, y hacía en aquel tiempo carretas y yugos. Y un hombre rico le encargó que le hiciese un lecho. Mas, habiendo cortado una de las piezas más pequeña que la otra, no sabía qué partido tomar. Entonces el niño Jesús dijo a su padre José: Pon las dos piezas en el suelo, e iguálalas por tu lado.2. Y José procedió como el niño le había indicado. Y Jesús se puso al otro lado, tiró de la pieza más corta, y la tomó igual a la otra. Y su padre José, viendo tal, quedó admirado, y abrazó a Jesús, diciendo: Felicitarme puedo de que Dios me haya dado este niño.
Relaciones con un segundo maestro
XIV 1.Viendo José que el niño crecía en edad y en inteligencia, y no queriendo que permaneciese iletrado, lo llevó a un segundo maestro. Y este maestro dijo a José: Le enseñaré primero las letras griegas, y luego las hebraicas. Porque el maestro conocía la inteligencia del niño. Sin embargo, después de haber escrito el alfabeto, se ocupó largamente de él, y Jesús no le respondió, hasta que le advirtió:2. Si eres verdaderamente un maestro, y conoces bien el alfabeto, dime primero el valor de Alpha y yo te diré luego el de Beta. Pero el maestro, irritado, le pegó en la cabeza. Y el niño, en su dolor, lo maldijo, y aquél cayó exánime, con la faz contra tierra.3. Y el niño volvió a casa de José, que quedó muy afligido, y recomendó a su madre: No le dejes pasar la puerta, porque cuantos lo encolerizan, quedan heridos de muerte.
Jesús confunde a un tercer maestro
XV 1.Y, algún tiempo después, otro maestro que era pariente y amigo de José, le dijo: Tráeme al niño a la escuela, que quizá podré por la dulzura enseñarle las letras. Y José le contestó: Si tienes valor, hermano, llévalo contigo. Y lo llevó con temor y repugnancia, y el niño iba con placer.2. Y, entrando decididamente en la escuela, encontró un libro sobre un pupitre, y, tomándolo, no leía los caracteres que en él se encontraban, sino que, abriendo la boca, hablaba conforme a la inspiración del Espíritu Santo. Y enseñó la Ley a los presentes. Y, juntándose una gran multitud, lo rodeaba, lo escuchaba, y se admiraba de la belleza de sus descripciones, de lo justo de sus discursos, y de que un niño como él se expresase de tal manera.3. Al oír esto, José, espantado, fue a la escuela, temiendo por la salud del profesor. Y el maestro dijo a José: Sabe, hermano, que yo he tomado al niño por discípulo, pero está lleno de sabiduría y de gracia. Condúcelo, yo te lo ruego, a tu domicilio.4. Y, cuando el niño hubo oído estas palabras, sonrió. y le dijo: Puesto que has hablado bien, y has dado un buen testimonio, sea por tu causa curado quien fue herido. Y en seguida el otro maestro fue curado. Y José volvió con el niño a su casa.
Jacobo, curado de una mordedura de víbora
XVI 1.Y José envió a su hijo Jacobo a cortar madera, el niño Jesús lo seguía. Y, mientras Jacobo trabajaba, una víbora le mordió en la mano.2. Y, como sufría y parecía herido de muerte, Jesús se aproximó, y le sopló en la mordedura, y en seguida cesó el dolor, y murió el reptil, y, al instante, Jacobo quedó sano y salvo.
Resurrección de un niño
XVII 1.Más tarde, murió un niño en la vecindad, y su madre lloraba mucho. Y Jesús oyó el clamor de su gran pena y se apresuró a acudir. Y, hallando al niño muerto, le tocó el pecho, y dijo: Yo te mando, niño, que no mueras, sino que vivas, y que te quedes con tu madre. Y en seguida el niño abrió los ojos, y sonrió. Y Jesús dijo a la mujer: Tómalo, y dale leche, y acuérdate de mí.2. Y, viendo esto, la gente se llenó de admiración, y decía: En verdad, este niño es un Dios o un ángel de Dios, porque toda palabra suya se convierte en un hecho. Y Jesús se fue a jugar con los demás niños.
Resurrección de un hombre
XVIII 1. Algún tiempo más tarde, habiéndose producido en una casa que se construía un gran tumulto, Jesús se levantó, y acudió al lugar. Y, viendo a un hombre que yacía sin vida, le tomó la mano y dijo: Levántate, hombre, y continúa laborando en tu obra, pues yo te lo ordeno. Y el hombre se levantó, y lo adoró.2. Viendo lo cual, quedó la gente admirada, y decía: Este niño viene del cielo, porque ha salvado almas de la muerte, y las salvará durante toda su vida.
Jesús en medio de los doctores
XIX 1.Cuando tuvo la edad de doce años, sus padres, siguiendo la costumbre, fueron a Jerusalén por las fiestas de Pascua con otros compañeros de viaje, y, después de las fiestas, regresaron a su morada. Y, mientras ellos volvían, el niño Jesús quedó en Jerusalén, y sus padres pensaron que estaba entre sus compañeros de viaje.2. Mas, tras una jornada de camino, buscaron entre sus deudos, y, no hallándolo, se afligieron, y tomaron a la ciudad para buscarlo. Y, tres días después, lo hallaron en el templo, sentado entre los doctores, escuchándolos e interrogándolos. Y todos estaban atentos y sorprendidos de que un niño redujese al silencio a los ancianos del templo y a los doctores del pueblo, explicando los puntos principales de la Ley y las parábolas de los profetas.3. Y su madre María, aproximándose, le dijo: ¿Por qué nos has hecho esto, hijo mío? He aquí que estábamos afligidos, y que te buscábamos. Pero Jesús les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabéis que es preciso que yo atienda a las cosas que afectan a mi Padre?4. Y los escribas y los fariseos dijeron a María: ¿Tú eres madre de este niño? Ella respondió: Lo soy. Y ellos dijeron: Feliz eres entre las mujeres, porque Dios ha bendecido el fruto de tus entrañas. Nunca hemos visto ni oído tanta gloria, tanta virtud, tanta sabiduría.5. Y Jesús, levantándose, siguió a su madre, y estaba sometido a su familia. Y su madre guardaba estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia. Gloria a él por los siglos de los siglos. Amén.
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HISTORIA DE LA INFANCIA DE JESUS SEGÚN SANTO TOMÁS
(Redacción latina)
De cómo Maria y José huyeron con Jesús a Egipto
I 1.Cuando Herodes hizo buscar a Jesús, para matarlo, el ángel dijo a José:2. Toma a María y a su hijo, y huye a Egipto, lejos de los que quieren matar al niño.3. Y Jesús tenía dos años cuando entró en Egipto.4. Y ocurrió que, como cruzasen un sembrado, recogió espigas, y las puso al fuego, y las asó, y las comió.5. Y, llegados a Egipto, fueron admitidos en la casa de una viuda.6. Y pasaron un año allí.7. Y Jesús cumplió los tres años. Y, viendo jugar a los niños, comenzó a tomar parte en sus diversiones.8. Y, encontrando un pez seco, lo puso en un plato, y le ordenó que palpitase.9. Y el pez comenzó a palpitar.10. Y Jesús le dijo: Quítate la sal que has tomado, y ve al agua.11. Y fue así. Mas los vecinos, viendo lo que había hecho, llevaron la noticia a la casa de la viuda en que vivía María, la madre de Jesús.12. Y aquella mujer, al saber lo ocurrido, los arrojó de su casa.
Jesús y los doce pajarillos
II 1.Y Jesús, paseando con su madre María por la plaza de la población, vio a un maestro que enseñaba a sus discípulos.2.Y he aquí que doce pajarillos descendieron sobre donde estaban los discípulos con el maestro.3. Y Jesús, al observar esto, se paró, y se puso a reír.4. Y, viéndolo reír, el maestro se encolerizó.5. Y dijo a sus discípulos: Id y traédmelo.6. Y cuando se lo llevaron, el maestro lo agarró de una oreja.7. Y le preguntó: ¿Qué has visto que te haya hecho reír?8. Y Jesús le contestó: Maestro, he aquí mi mano llena de trigo.9. Yo lo he mostrado a esos pájaros, y he esparcido este grano, y ellos se han apresurado a venir por él.10. Y Jesús estuvo allí hasta que los pájaros se repartieron el trigo.11. Mas el maestro lo echó de la ciudad, con su madre.
Jesús vuelve de Egipto a Judea
III 1.Y he aquí que el ángel del Señor se apareció a María.2. Y le dijo: Toma el niño, y vuelve a la tierra de los judíos.3. Porque los que querían su vida, han muerto.4. Y María se levantó y se llevó a Jesús.5. Y fueron a la ciudad de Nazareth, donde estaba la hacienda de su padre.6. Y cuando José salió de Egipto, después de la muerte de Herodes, condujo a Jesús al desierto, hasta que los que querían la vida del niño no turbasen a Jerusalén.7. Y dio gracias al Altísimo, porque le había dado la inteligencia.8. Y porque había hallado gracia ante el Señor Dios. Amén.
Cosas que hizo Jesús en la villa de Nazareth
IV 1.Glorioso es para Tomás Israelita, apóstol del Señor, contar las obras de Jesús, cuando estaba en Nazareth, de regreso de Egipto.2. Oíd atentamente, hermanos queridos, lo que hizo el Señor Jesús en la ciudad de Nazareth.3. Jesús tenía cinco años, cuando una gran lluvia cayó sobre la tierra.4. Y el Señor Jesús andaba bajo la lluvia.5. Y era espantosa, mas él la reunió en una cisterna y le ordenó ser clara. Y ella lo fue.6. Y, tomando el barro de aquel pozo, lo modeló, y le dio forma de doce pajaritos.7. Y Jesús hacía estas cosas un día de sábado, en medio de los hijos de los judíos.8. Y los hijos de los judíos fueron a José, padre de Jesús, y le dijeron:9. He aquí que tu hijo jugaba con nosotros.10. Y ha tomado barro, y ha modelado doce pájaros, y ha violado el sábado.11.Y José vino al niño Jesús, y le dijo: ¿Por qué has hecho lo que no está permitido hacer en día de sábado?12. Mas Jesús, abriendo las manos, dijo a los pájaros: Levantaos y volad.13. Porque nadie ha de daros muerte.14. Y poniéndose a volar, alababan con sus gritos a Dios Todopoderoso.15. Y, al ver esto, los judíos, maravilláronse, y empezaron a divulgar los milagros de Jesús.16. Y un fariseo, que estaba con el niño, tomó un ramo de oliva, y destruyó la fuente que había hecho Jesús.17. Y, cuando Jesús lo vio, se enojó, y dijo: Sodomita impío e ignorante, ¿qué te habían hecho estas fuentes, que son obra mía?18. Quedarás como un árbol seco, sin raíces, sin hojas ni frutos.19. Y el fariseo se secó, y cayó a tierra, y murió.20. Y sus padres llevaron su cuerpo, y se enojaron con José.21. Y le decían: He aquí la obra de tu hijo. Enséñale a orar, y no a maldecir.
Los nazarenos se irritan contra José por las cosas que obra Jesús
V 1.Y, unos días después, yendo Jesús con José por la ciudad, un niño corrió ante ellos, y, tropezando intencionadamente con Jesús, lo lastimó mucho en un costado.2. Mas Jesús le dijo: No acabarás el camino que has comenzado a recorrer.3. Y el niño cayó a tierra, y murió.4. Y los que vieron tal milagro, exclamaron: ¿De dónde es este niño?5. Y dijeron a José: No conviene que semejante niño esté entre nosotros. Aléjalo de aquí.6. Mas si es preciso que tú estés entre nosotros, enséñale a orar, y no a maldecir, porque nuestros hijos han perdido la razón.7. Y José llamó a Jesús y le dijo: ¿Por qué maldices?8. He aquí que los habitantes de esta ciudad nos odian.9. Mas Jesús dijo: Yo sé que a ti, y no a mí, afectan esos discursos.10. Y me callaré por ti, mas que ellos vean lo que hacen, según su discreción.11. Y todos los que hablaban contra Jesús, quedaron ciegos.12. Y se fueron diciendo: Todas las palabras que salen de su boca tienen una potencia fatal.13. Y viendo José lo que había hecho Jesús, se enfureció, y le agarró de una oreja.14. Y Jesús se enojó, y dijo a José: Bástete mirarme, mas no me toques.15. Tú no sabes quién soy. Y si lo supieras, no me contrariarías. Porque, aunque estoy aquí contigo, he sido creado antes que tú.
De cómo fue tratado Jesús por un maestro de escuela
VI 1. Y un hombre llamado Zaqueo escuchaba lo que Jesús decía a José.2. Y lleno de admiración por Jesús, dijo: Nunca he visto un niño que hablase así.3. Y se acercó a José y le dijo: Tienes un hijo muy inteligente. Envíamelo, para que le enseñe las letras.4. Y luego que las sepa, yo lo instruiré con esmero, para que no permanezca en la ignorancia.5. Y José contestó: Nadie puede enseñarle, sino Dios. ¿Crees que este niño es como los demás?6. Y oyendo Jesús lo que Zaqueo hablaba a José, le dijo: Maestro, todas las palabras que salen de mi boca son verdaderas.7. Y yo he sido el Señor antes que todos los hombres, y la gloria de los siglos me ha sido dada. Mas nada se os ha dado a vosotros.8. Porque yo soy antes que los siglos, y sé cuál será el número de los años de tu vida, y que serás desterrado.9. Y tú debes comprender lo que ha dicho mi padre, porque cuantas palabras salen de mi boca son verdaderas.10. Y oyendo los judíos lo que decía Jesús, se maravillaban.11. Y decían: Estamos escuchando de este niño discursos que no hemos oído nunca, y que no oiremos jamás de nadie.12. Ni aun de los príncipes de los sacerdotes, ni de los doctores de la Ley, ni de los fariseos.13. Y Jesús les contestó: ¿De qué os maravilláis?14. Miráis como increíble lo que os he dicho, y he aquí que os he dicho la verdad.15. Porque yo sé cuándo habéis nacido vosotros y vuestros padres, y os puedo decir cómo fue hecho el mundo, y conozco a quien me ha enviado a vosotros.16. Y los judíos estaban tan asombrados que no acertaban a responder.17. Y el niño, recogiéndose en sí mismo, se gozó, y dijo: Os he hablado en parábola, porque sé que sois débiles e ignorantes.18. Y el maestro dijo a José: Tráemelo, para que le enseñe las letras.19. Y José llevó a Jesús a la casa del maestro, donde había otros niños instruyéndose.20. Y el maestro, hablándole con dulzura, se puso a enseñarle las letras.21. Mas él escribió el primer versículo, que va desde A a T, y se puso a instruirlo.22. Y el maestro pegó al niño en la cabeza, y el niño le dijo: Conviene que yo te instruya a ti, y no tú a mi.23. Porque yo conozco las letras que quieres enseñarme, y sé que nada puede salir de ti, más que palabras, y no sabiduría.24. Y comenzando el versículo, recitó desde A hasta F muy rápidamente. Y mirando al maestro dijo: Tú no sabes explicar lo que es A ni lo que es B. ¿Cómo quieres enseñar las otras letras?25. Hipócrita, dime qué es A, y te diré que es B. Y queriendo aquel doctor explicar la A, no pudo dar ninguna respuesta.26. Y Jesús dijo a Zaqueo. Escucha, doctor, y comprende la primera letra.27. Nota que tiene dos trazos que se unen, se separan y engruesan, y que son el símbolo de la permanencia, de la dispersión y de la variedad.28. Y viendo Zaqueo explicar así la primera letra, se asombró de que un niño tuviera ciencia tan profunda, y exclamó: ¡Malhaya yo!29. Porque he traído sobre mí una gran vergüenza por causa de este niño, y estoy lleno de estupefacción.30. Y dijo a José: Yo te ruego, hermano, que te lo lleves, pues no puedo mirarlo a la cara, ni escuchar sus discursos asombrosos.31. Porque este niño puede dominar el fuego y encadenar la mar, por haber nacido antes que los siglos.32. Y yo no sé qué vientre lo ha engendrado niqué pecho lo ha nutrido.33. He aquí que quedo abatido en espíritu, porque seré objeto de irrisión. Yo lo creía discípulo, y resulta ser maestro.34. Y no puedo sobrellevar mi oprobio porque soy viejo, y, sin embargo, nada hallo que responderle.35. Y quiero caer enfermo, y dejar este mundo, o, a lo menos, abandonar esta ciudad, donde todos han visto mi afrenta de ser confundido por un niño.36. ¿Qué podré ya decir a los otros? ¿Qué discursos haré, si él me ha vencido ya en la primera letra?37. Estoy estupefacto, ¡oh amigos!, y no hallo ni el principio ni el fin de la contestación que habría de darle.38. Y ahora, hermano José, llévate al niño a casa, porque es un maestro, y un Señor, o un ángel.39. Y volviéndose Jesús a los judíos que estaban con Zaqueo, les dijo: Que los que no creían, crean, y que los que no comprendían, comprendan, y que los sordos oigan y que los muertos resuciten.40. Y cuando hubo callado el niño Jesús, todos los que habían sido heridos por su palabra, curaron.
Jesús resucita a un niño
VII 1.Subiendo un día Jesús con unos niños a la azotea de una casa, se puso a jugar con ellos.2. Y uno cayó al patio y murió. Y todos los niños huyeron, mas Jesús se quedó.3. Y, habiendo llegado los padres del niño muerto, decían a Jesús: Tú eres quien lo has tirado. Y lo amenazaban.4. Y Jesús, saliendo de la casa. se puso en pie ante el niño muerto, y le dijo en voz alta: Simón, Simón, levántate y di si yo te he hecho caer.5. Y el niño se levantó, y dijo: No, Señor. Y viendo sus padres el gran milagro que había hecho Jesús, lo adoraron y glorificaron a Dios.
Jesús cura el pie de un niño
VIII 1.Y un niño partía madera, y se hirió un pie.2. Y, sobreviniendo allí mucha gente, Jesús se acercó también al niño, y le tocó el pie, y curó.3. Y díjole Jesús: Levántate, y parte tu leña, y acuérdate de mi.4. Y la gente, al ver este milagro, adoró a Jesús, diciendo: Verdaderamente, creemos que es Dios.
Jesús lleva el agua en su ropa
IX 1. Y tenía Jesús seis años. Y su madre lo envió a buscar agua.2. Y como llegase Jesús a la fuente, había mucha multitud, y se rompió su cántaro.3. Y en la ropa que vestía, recogió agua y la llevó a María, su madre.4. Y viendo ella el milagro que había hecho Jesús, lo abrazó, y dijo: Señor, óyeme, y salva a mi hijo.
Jesús siembra trigo
X 1. Y, al advenir la sementera, José fue a sembrar, y Jesús iba con él.2. Y cuando empezó a sembrar José, Jesús tomó un puñado de trigo, y lo esparció por el suelo.3. Y llegado el tiempo de la siega, José fue a recolectar.4. Y Jesús recogió las espigas del trigo que había sembrado, e hizo cien haces de buen grano, y lo repartió a los pobres, a las viudas y a los huérfanos.
Jesús iguala dos maderos desiguales
XI 1.Y Jesús cumplió la edad de ocho años.2. Y José era carpintero, y hacía carretas y yugos para los bueyes.3. Y un rico dijo a José: Maestro, hazme un lecho grande y hermoso.4. Y José estaba afligido, porque uno de los maderos que iba a emplear era más corto que el otro.5. Mas le dijo Jesús: No te aflijas. Toma el madero de un lado, yo lo tomaré del otro, y tiremos.6. Y, haciéndolo así, el madero adquirió la longitud precisa. Y Jesús dijo a José: Trabaja. He ahí el madero que necesitabas.7. Y, al ver José lo que había hecho Jesús, lo abrazó, diciendo: Bendito sea Dios, que me ha dado tal hijo.
Jesús es llevado a otro maestro para aprender las letras
XII 1.Y viendo José el poder de Jesús, y que crecía, pensó enviarlo a un maestro que le enseñase las letras, y lo llevó a un doctor.2. Y este doctor dijo a José: ¿Qué letras quieres que aprenda tu hijo?3. Y José le contestó: Enséñale primero las letras extranjeras y luego las hebreas. Porque estaba informado de que aquel doctor era muy sabio.4. Y cuando el doctor escribió el primer versículo, que es A y B, se lo explicó a Jesús varias horas.5. Mas Jesús callaba y nada respondía.6. Y dijo luego al doctor: Si eres verdaderamente un maestro, y sabes las letras, dime la potencia de la letra A, y yo te diré la potencia de la letra B.7. Mas el maestro, colérico, le pegó en la cabeza. Y Jesús, irritado, lo maldijo, y el maestro cayó al suelo, y murió.8. Y Jesús volvió a su casa, mas José prohibió a María que lo dejase pasar el umbral.
Jesús es llevado por tercera vez a un maestro
XIII 1.Mas, transcurridos pocos días, vino un doctor, amigo de José.2. Y dijo: Llévame el niño, y yo le enseñaré las letra tratándolo con mucha dulzura.3. Y José contestó: Si puedes conseguirlo, instrúyelo.4. Y recibiendo el doctor a Jesús, lo llevó con alegría.5. Y llegado Jesús a la morada del doctor, encontró un libro en un rincón, y tomándolo, lo abrió.6. Mas no leía lo que estaba escrito en él, sino que abría la boca y hablaba por inspiración del Espíritu Santo, y enseñaba la Ley.7. Y todos los asistentes lo escuchaban atentos, y el maestro lo oía con placer, y le pidió que enseñase con más extensión.8. Y mucha gente se reunió para escuchar los discursos que salían de su boca.9.Mas José, sabiendo esto, se espantó. Y el maestro le dijo: Hermano, yo he recibido a tu hijo para instruiro.10. Empero, he aquí que él está lleno de sabiduría. Llévalo a tu casa con gozo, porque la sabiduría que tiene es un don del Señor.11. Y oyendo Jesús hablar así al maestro, se regocijó y dijo: Tú ahora, maestro, has dicho la verdad.12. Y por ti, el que es muerto, debe resucitar. Y José lo llevó a casa.
Jesús cura a Jacobo de la mordedura de una vibora
XIV 1. José envió a Jacobo a recoger paja, y Jesús iba con él.2. Y mientras Jacobo recogía la paja, una víbora lo mordió, y cayó al suelo como muerto.3. Y viendo esto Jesús, sopló sobre la herida, y Jacoboquedó curado, y la víbora murió.
Jesús resucita a otro niño
XV 1.Y habiendo muerto el hijo de un vecino, su madre se entregó a un gran dolor2. Y sabiéndolo Jesús, llegóse al cadáver del niño, y se inclinó sobre él, y sopló sobre su pecho.3. Y le dijo: Niño, yo te ordeno no morir, sino vivir.4. Y el niño resucitó. Y Jesús dijo a la madre: Toma a tu hijo, y dale de mamar, y acuérdate de mí.5. Y viendo este milagro, decía la gente: En verdad, este niño es del cielo.6. Porque ha librado varias vidas de la muerte, y cura a todos los que esperan en él.7. Y los escribas y los fariseos se llegaron a María, y le preguntaron: ¿Eres tú la madre de este niño? Y ella dijo: En verdad que lo soy.8. Y ellos le dijeron: Dichosa eres tú entre todas las mujeres.9. Porque Dios ha bendecido el fruto de tu vientre, pues que te ha dado un hijo tan glorioso y dotado de una sabiduría como nunca hemos visto ni oído.10. Y Jesús se levantó, y seguía a su madre. Y María conservaba en su corazón todos los milagros que había hecho entre el pueblo, curando a muchos que habían enfermado.11. Y Jesús crecía en talla y en sapiencia, y todos los que lo veían, glorificaban a Dios, el Padre Todopoderoso, que bendito sea por los siglos de los siglos. Amén.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Los evangelios apócrifos y el gnosticismo

Los evangelios apócrifos y el gnosticismo
Roger Prendas

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Indice
1. Introducción.
2. El hallazgo en Nag Hammadi
3. Evangelios Apócrifos
4. Gnosticismo
5. Los Evangelios Apócrifos y el Gnosticismo
6. Anexo
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1. Introducción.
El presente trabajo trata de establecer las eventuales relaciones entre los evangelios llamados "apócrifos" y la tendencia filosófico – religiosa conocida como gnosticismo. En la medida de lo posible, el objetivo es conservar la correspondencia entre ambos temas, para lo cual es necesario primero aclarar sus significados. Sin embargo, antes de hacerlo, no se puede obviar la importancia del descubrimiento en Nag Hammadi de textos gnósticos apócrifos, especialmente los Evangelios de Felipe y Tomás, aunque no se dejan de lado otros documentos de gran valor, como los apócrifos perdidos o los fragmentos papiráceos. La principal fuente de información y referencia es la edición de Los Evangelios Apócrifos preparada por Aurelio de Santos Otero e impresa por la Biblioteca de Autores Cristianos.
Al final, se presenta un anexo con el texto correspondiente a la IV Sesión del Concilio de Trento, celebrada el 8 de abril de 1546, donde se establece la lista definitiva de los evangelios canónicos.
2. El hallazgo en Nag Hammadi
En diciembre de 1945, en un pueblo egipcio llamado Nag Hammadi (en árabe "Pueblo de Alabanza") unos campesinos hallaron cerca de mil páginas en papiro: 53 textos divididos en códices, cuya antigüedad se remonta probablemente hacia el Siglo IV d.C. Estaban enterrados junto al acantilado oriental en el alto valle del Río Nilo. Se tratan de traducciones originales del griego al copto, que contienen evangelios (de Tomás y Felipe), apocalipsis, tratados teológicos y palabras atribuidas a Jesús, de franca orientación gnóstica y considerados por la Iglesia Católica como apócrifos.
Lo que ahora se conoce como Nag Hammadi, se llamaba antes Xhnobockeion, donde en 320 d.C. San Pacomio había fundado el primer monasterio Cristiano. En 367 d.C., el obispo Atanasios de Alejandría emitió un decreto prohibiendo las escrituras no aprobadas por la Iglesia central. Esto motivó a que algunos monjes locales copiaran unas 45 de esas escrituras, incluyendo las de Tomás, Felipe y Valentín, en 13 volúmenes encuadernados en cuero. Esta biblioteca entera fue sellada en una urna y escondida entre las piedras, por casi 1600 años.
Sin embargo, no se consideran "evangelios" (los de Felipe y Tomás) por varias razones. Por ejemplo, se dice que no fueron inspirados por Dios ni nacieron en comunidades cristianas, que no hablaban la lengua en que están escritos (copta sahídica). Tampoco esas comunidades cristianas tuvieron consenso en considerarlos inspirados. Su origen, a juzgar por su contenido, se da en círculos gnósticos.
En la actualidad, los escritos de Nag Hammadi tienen una gran vigencia que se extiende a varias ramas. No sería extraño que todavía se estén haciendo traducciones o actualizando las ya hechas, pues la importancia de tal descubrimiento lo hace digno de un cuidadoso rigor científico. Por otra parte, ha sido fuente para el desarrollo de numerosas investigaciones y la producción de cantidad de artículos, libros y hasta películas.
3. Evangelios Apócrifos
La Biblia Católica se divide en Nuevo y Antiguo Testamento, el cual a su vez se divide en Libros Protocanónicos (39 libros en lengua hebrea, canonizados primero) y Libros Deuterocanónicos (siete libros en lengua griega, literalmente significa "segundo canon"). El Antiguo Testamento tiene como base el texto masorético, autorizado por eruditos judíos.
Podría decirse que el principal criterio para calificar a un libro de apócrifo es considerar que carece de inspiración divina. El primero en usar ese término fue San Jerónimo, para referirse a los libros que llegaron a ser los deuterocanónicos, cuando tradujo la Vulgata latina. Su origen es griego, generalmente traducido por "escondido" o "secreto".
Cuando algunos apócrifos se incorporaron a la Septuaginta, los israelitas convocaron a un Concilio en Jamnia para analizarlos. Acordaron aceptar los que reunieran ciertas condiciones: concordancia con la ley mosaica, haberse escrito en Palestina y en hebreo, y antes de la muerte de Esdras, quien según los hebreos fijó bajo mandato divino la lista de libros canónicos del Antiguo Testamento. Debido a que esos libros, probablemente escritos entre 150 a.C. y 100 d.C. (por lo menos dos siglos después de que murió Esdras), no reunían las condiciones establecidas, fueron separados de los otros.
Del Nuevo Testamento, el primer intento de agrupar los libros dignos de ser integrados se da a finales del s. II y se conoce como fragmento de Muratori. Data aproximadamente de 170 - 180 d. C. y contenía los cuatro Evangelios, el Apocalipsis de Juan, trece cartas de Pablo y Sabiduría. Faltaba la Epístola a los Hebreos y las Epístolas de Pedro.
Son numerosas las listas de libros considerados como revelados: de Melitón de Sardis (177 d.C.), Orígenes (230 d.C.), Atanasio (326 d.C.), Cirilo (348 d.C.), Hilario de Pointiers (358 d.C.), Concilio de Laodicea (363 d.C., que prohibió leer los libros apócrifos en las iglesias), Epifanio (368 d.C.), Gregorio Nacianceno (370 d.C.), Anfiloquio (380 d.C.), Rufino (395 d.C.) y Jerónimo (395 d.C.). hay quienes dicen que en el Concilio de Hipona, en 393 d.C., convocado por el Papa Dámaso, es la primera afirmación de la lista canónica.
Pero es hasta el año 1546, cuando tuvo lugar el Concilio de Trento, que en su cuarta sesión del 8 de abril de ese año se fijaron definitivamente los libros canónicos y los apócrifos. Se excluyeron de la vulgata tres de los diez que había agregado: el tercero y el cuarto de Esdras y la Oración de Manasés.
Los llamados Libros Canónicos son, por lo tanto, los que la Iglesia acepta como revelados por Dios. Benedicto P. XV, en su encíclica Spiritus Paraclitus, dice: "Los Libros de la Sagrada Escritura (...) fueron compuestos bajo la inspiración, o la sugestión, o la insinuación, y aún el dictado del Espíritu Santo, más todavía, el mismo Espíritu fue quien los redactó y publicó." Esta misma encíclica, se dice que Jesús afirma la iluminación divina en el escritor, donde Dios mueve su voluntad a escribir lo que ha de transmitirse a la humanidad.
En el Segundo Concilio del Vaticano, en la Constitución Dogmática "Dei Verbum" sobre la Divina Revelación, la Iglesia dice que por un acto de bondad y amor a la humanidad Dios ha decidido revelarse a sí mismo y a su voluntad. Dios se ha manifestado a los Padres de la Iglesia para prometer la salvación. Refiriéndose explícitamente al Nuevo testamento, la Constitución sostiene que sus libros principales son los Cuatro Evangelios y que si origen es indudablemente apostólico, predicado por mandato de Cristo, inspirado por el Espíritu Santo y trasmitido por escrito por los cuatro apóstoles. Acepta la historicidad de los evangelios, pero afirma que son fieles a la vida de Cristo y que obedecen a una tradición oral. Lo reitera la encíclica Divino Afflante Spiritu, de Pío P. XII en 1943.
La Iglesia Católica reitera su condena a los libros apócrifos. Pío P. IX , en la Encíclica Noscitis et nobiscum de 1849 ataca lo que denomina "lecturas emponzoñadas" y privilegia la difusión de libros escritos por "hombres de sana y reconocida doctrina".
4. Gnosticismo
Las raíces del gnosticismo podrían remontarse a la inversión que del sistema platónico hace Filón de Alejandría en función del judaísmo. En su planteamiento, Dios estaría por encima del Logos y del mundo de las ideas. A esto habría de unirse el platonismo medio y la difusión de religiones mistéricas, cuyo resultado sería un movimiento aristocrático (explicable por darse en medios intelectuales) cuyo contenido estaría plagado de imaginería cosmológica y filosofía.
Sus principales líneas son:
La trascendencia indudable de Dios, esto es, separado de toda forma de materia.
La explicación del mundo sensible por una complicada genealogía de seres que se encuentran entre la materia y el Dios del cual han emanado en decadencia. Los eones corresponden al mundo de las ideas platónicas, y se encuentran en un nivel inferior a Dios.
La negatividad al respecto de la materia, que ocupa el menor grado en la sucesión de los seres. Introduce el mal y por eso no es creación divina, al contrario, su origen está en el pecado de algún ser intermedio que viene a ser el Yavé del Antiguo Testamento, el Dios semita. Para esto, el Dios verdadero envió a su hijo Jesús para liberar a quienes creyeran en Él y destruir el mal. Para Basílides, el cuerpo de Jesús fue solamente aparente para manifestarse a los hombres, hubiera sido indigno para su naturaleza un cuerpo material. Basílides, por ejemplo, sostiene que Cristo no sufrió la pasión, el crucificado fue Simón Cireneo (quien le ayudó a llevar la cruz) y luego Jesús tomó su forma y ascendió al cielo. En los apócrifos, por ejemplo en el Protoevangelio de Santiago y en general en los apócrifos de la natividad, se reitera la inmaterialidad de Cristo y abundan las imágenes de un Cristo vengativo y hostil con respecto a lo creado. La posición de la Iglesia es muy clara. En el decreto Ad Gentes Divinus se dice: "...el hijo de Dios siguió los caminos de una verdadera encarnación, para hacer a los hombres partícipes de la naturaleza divina (...) Él tomó la naturaleza humana íntegra, cual se encuentra en nosotros"
La concepción antropológica dualista, es decir, la idea de que el hombre está compuesto de un principio malo, que es la materia, su cuerpo, y otro bueno, que es su espíritu aprisionado en este mundo y que puede regresar a la región superior de donde procede. La salvación consiste en asimilar un conocimiento supuestamente oculto y que es revelado a ciertos ‘escogidos’. Esto es posible, no por Dios, sino por uno de los eones intermedios, es decir, Jesús o Logos.
San Justino, San Ireneo y San Hipólito consideran que el gnosticismo aparece en Samaria con Simón de Gitton (h 40). En Hechos de los Apóstoles aparece: Pero había allí un hombre llamado Simón, que antes había practicado la brujería y que había engañado a la gente de Samaria haciéndose pasar por una persona importante (Hechos, 8, 9). Los versículos del 9 al 24 relatan que lo llamaban "el gran poder de Dios". Se convirtió y quiso comprar la facultad de hacer milagros a San Juan y a San Pedro, este último lo condenó. A Simón se le atribuyen tendencias gnósticas, era considerado como una encarnación divina y a su esposa Elena como la de su pensamiento. Hubo sectas consagradas a Elena, donde se despreciaba el judaísmo y se privilegiaba la magia. Según la explicación de Fraile, tales ideas no pueden ser atribuidas con propiedad a Simón, más bien, se quiso hacer de su figura una justificación de los orígenes del gnosticismo. Tuvo por discípulo a Menandro de Capparetta (h 60 – 80).
El auge del gnosticismo ocurre en el Siglo II. Aparecen en Siria Satornilo (h 98 – 160), Cerdón (s. II), discípulo de Valentín, y Marción, discípulo de Cerdón. En Alejandría, Basílides (h 120 – 161), su hijo Isidoro y Carpócrates (h 130 – 160). En la región itálica, aparece Valentín (s. II) y su pensamiento se difunde por su región y por la oriental, a finales del Siglo II y principios del III. Probablemente, haya sido el gnóstico más influyente. Su pensamiento fue ampliamente difundido, por ejemplo, por Tolomeo (h 140) considerado como el autor de la principal composición gnóstica: Epístola a Flora, y Heracleón (h 145 – 180) quien le dio una exégesis de orientación gnóstica al Evangelio de San Juan.
Tiene un marcado sentido elitista. Por ejemplo, se dice que hasta inventaron un lenguaje propio, resultado de una combinación entre caracteres egipcios y griegos.
En los Evangelios Apócrifos aparece con frecuencia la teoría gnóstica del docetismo, según la cual el cuerpo de Cristo es puramente aparencial. La divinidad de Cristo no le permitiría, por definición, hacerse carne, su cuerpo no pasa de ser aparente. Su principal exponente es Marción, contra quien Melitón, Obispo de Sardes, escribió Sobre la Encarnación de Cristo.
5. Los Evangelios Apócrifos y el Gnosticismo
Durante el surgimiento de las primeras comunidades cristianas, hubo un interés popular por conocer detalles sobre la vida de Jesús, esto motivó la aparición de diversos relatos que no sólo se limitaron a leyendas, sino a la difusión de tendencias gnósticas o maniqueas. Ejemplo de estos relatos son Pistis Sophia y el Libro de Juan. A su vez, escritores ortodoxos emplearon medios similares para defender el dogma.
Fraile menciona a varios libros de carácter gnóstico: Pistis Sophía, de origen copto que relata el esparcimiento de los apóstoles por el mundo; Evangelios de Eva, María, Judas Iscariote, Tomás, Matías, Felipe, Basílides, de los egipcios y de los doce apóstoles (podría agregarse el de Marción y el de Bartolomé); Apocalipsis de Adán, Abraham, Moisés y Nicotea. El Fragmento de Muratori habla de un documento marcionita perdido llamado La carta a los alejandrinos.
Apócrifos perdidos:
Ente los perdidos, el más antiguo que se conoce es el Evangelio de los Egipcios. Data del año 150 y debe el nombre a sus lectores. Revela una concepción gnóstica del alma y condena el matrimonio, en particular la lascivia que despierta la mujer. Clemente Alejandrino, Orígenes y San Epifanio lo consideran herético. Aunque parece no tener relación con este, se sabe de un Evangelio de los Egipcios que forma parte de los 13 volúmenes de Nag Hammadi.
El Evangelio de los Doce es considerado por especialistas como idéntico al Evangelio de los ebionitas, grupo gnóstico que en dicho evangelio manipulan a su conveniencia el Evangelio de San Mateo, así como el relato de la vida de San Pedro. Algo similar ocurre con el Evangelio de Matías, que los seguidores de Basílides (y Clemente agrega a Valentín y Marción), emplearon para respaldar su pensamiento. Por ejemplo, Matías aparece condenando duramente la carne. Según Hipólito, Basílides decía haber escuchado de Matías discursos revelados por Dios.
Epifanio menciona en Adversus haeres el libro gnóstico apócrifo Preguntas de María, y al igual que Filastrio se refiere al Evangelio de la Perfección, quien resalta su carácter fantasioso.
Otros evangelios pertenecientes a grupos menores son el Evangelio de los Cuatro Rincones (gnósticos simonistas, herejes que practicaban la magia); Evangelio de Judas Iscariote (gnósticos "cayanitas", condenados por San Ireneo); Evangelio de Eva (personaje destacado en el pensamiento ofita); Tres clases de frutos de la Vida Cristiana; Nacimiento de María.
Por su parte, Basílides y Marción tienen evangelios propios. El primero, trata principalmente de un compendio de ideas gnósticas del autor. Marción, por su parte, lo que hizo fue eliminar cuanto elemento judío pudo del Nuevo Testamento. Se dice que este evangelio es recreado en el Evangelio de Apeles, su discípulo. Además, Marción influyó en el Evangelio de los Adversarios de la Ley y de los Profetas, que San Agustín lo censura.
Estos son los Evangelios Apócrifos Perdidos de carácter gnóstico.
Fragmentos Papiráceos:

De los fragmentos papiráceos, cabe mencionar especialmente el Fragmento Gnóstico de Oxyrhynchus. Consiste en una supuesta conversación de corte gnóstico de Jesús con sus discípulos.
"el Señor de todo no es el Padre, sino el progenitor. Pues el Padre es principio solamente de las cosas futuras; mas el padre de él es Dios, el progenitor de todas las cosas desde su origen en adelante"
Otro fragmento es el de la Logia de Oxyrhynchus, donde aparece en boca de Jesús la teoría gnóstica de la ubicuidad. También los Fragmentos Evangélicos Coptos tienen relación, por ejemplo con el himno gnóstico de los Hechos de Juan. Entre estos, los Papiros Coptos de Berlín contienen tres evangelios de carácter gnóstico: el Evangelio de María Magdalena, que confirma la tesis de que los textos coptos relacionada con el gnosticismo tiene un origen helénico; el Apócrifo de Juan, que contiene supuestas revelaciones celestiales hacia Juan para que él las haga llegar a sus discípulos; y la Sabiduría de Jesucristo, de relatos cosmológicos cuya posible influencia es de Valentín. Luego, en el Agrapha, libro que contiene diversas sentencias atribuidas a Jesús y no incluidas en los cuatro evangelios, Jesús dice en el Agrapha de origen Musulmán:
"Dijo Jesús (a quien Dios salude): ¿Cómo va a ser contado entre los sabios el que, (después de estar) andando por la senda que conduce a la vida futura, dirige sus pasos hacia la vida de este mundo?"
Apócrifos de la Natividad:
A diferencia de los anteriores, estos evangelios han llegado enteros a nosotros. Su finalidad común es defender el honor de María. Entre ellos cabe destacar el Protoevangelio de Santiago y el Evangelio del Pseudo Mateo, este último se supone que es una reelaboración latina del otro. Tuvieron posteriormente una fuerte influencia. Se caracterizan por un uso de la imaginación que por momentos pareciera excesivo.
Es posible ubicar presencia del gnosticismo ofita, cuando María llega al sexto mes de embarazo y José lo ignora. En este momento, José, angustiado, piensa que al igual que Eva, María fue engañada y seducida por la serpiente.
En el Protoevangelio, hay quienes sostienen influencia docética, considerando el parto de María como medio para la manifestación aparencial del cuerpo de Cristo. En todo caso, el norte de esta clase de libros relativos a la natividad es reiterar el carácter virginal de María, aún después del alumbramiento. Es particularmente dramático el episodio de la partera y Salomé, donde esta última examina la virginidad de María:
"Por vida el Señor, mi Dios, que no creeré tal cosa si no me es dado introducir mi dedo y examinar su naturaleza (...) ¡Ay de mí! ¡Mi maldad y mi incredulidad tienen la culpa! Por tentar al Dios vivo se desprende de mi cuerpo mi mano carbonizada!"
La idea del parto virginal de María está más presente en el Evangelio del Pseudo Mateo, empleado por maniqueos y priscilianistas. Se reitera en III, 3 y IX, 4 de dicho evangelio, y en Liber de Infantia Salvatoris, en los versículos 69, 75 y 76 . Además, se le agrega la fecundación, por intervención divina, de Ana, esposa de Joaquín y madre de María, a pesar de su esterilidad. El Ángel enviado por Dios le dice a Joaquín:
"Sábete, pues, que Ana, tu mujer, va a darte a luz una hija, a quien tú impondrás el nombre de María (...) y ya desde el vientre de su madre se verá llena del Espíritu Santo. No comerá ni beberá cosa alguna impura ni pasará su vida entre el bullicio de la plebe..."
Este párrafo particularmente muestra además la condición austera y aristocrática del gnosticismo.
Evangelio de Tomás:
El segundo de los trece códices hallados en Nag Hammadi contenía en los folios 33 al 51 el Evangelio según Tomás, en lengua copta sahídica. Su origen probablemente se remonta al s. II. Actualmente, se encuentra en el Museo Copto del Antiguo Cairo. Otras partes de la biblioteca descubierta se encuentran en el Instituto Jung de Zürich. Más que evangelio, se trata de una compilación de enseñanzas atribuidas a Cristo y reveladas a Dídimo Judas Tomás, quien las escribió dirigidas, a juzgar por su introducción, a un sector docto capaz de darles la correcta interpretación (esto es, a un sector gnóstico). San Agustín afirma, en Contra epistulam quam vocant Fundamenti, que este escrito fue conocido por el gnóstico Mani y posteriormente empleado por la secta maniquea, según los relatos de Timoteo de Constantinopla (De receptione haereticorum) y Teodoro de Raithu (De Sectis), que también mencionan el Evangelio de Felipe. Se considera a Tomás como autor de otros dos escritos gnósticos: Pistis Sophia y Actas Apócrifas de Tomás.
El sentido gnóstico de este evangelio se ubica en la ambivalencia de ciertas expresiones, como las parábolas e imágenes:
Dijo Jesús: "Los fariseos y los escribas recibieron las llaves del conocimiento y las han escondido: ni ellos entraron, ni dejaron entrar a los que querían. Pero vosotros sed cautos como las serpientes y sencillos como las palomas. (Tomás, 39)
Evangelio de Felipe:
Es un evangelio que la complejidad de su contenido lo hace ver dirigido a medios gnósticos capaces de interpretarlo. Su orientación es valentiniana , pues reproduce la teoría de la unión de principios a nivel cósmico y cuyos resultados van degradando. Se distingue, además, entre hombres poseedores y carentes de gnosis. Hay una curiosa aprobación a ciertos tipos de sacramentos, por ejemplo, el de la redención y el bautismo tienen un claro trasfondo gnóstico.
Sirven de base para este evangelio los libros canónicos de Mateo y Juan y sus epístolas. En línea con el gnosticismo, afirma su subordinación con respecto a Dios y niega la corporeidad de Cristo.
Jesús los llevó a todos a escondidas, pues no se manifestó como era (de verdad), sino de manera que pudiera ser visto (...) por ello su Logos se mantuvo oculto a todos. (Felipe, 26)
Evangelios de la Pasión y la Resurrección:
El Evangelio Apócrifo de Bartolomé contiene relatos fantásticos y misteriosos, de influencia egipcio, y se preocupa de temas comunes a los gnósticos: descenso al infierno, encarnación, etc.
Los Evangelios Apócrifos han inspirado tradiciones e iconografías alrededor del tema de la Natividad. Por ejemplo, fue la base de La Roldana para "El descanso en la huida a Egipto" de 1691, que muestra la huida de la Sagrada Familia a Egipto. Pero atendiendo a la tradición, la celebración de la Navidad en diciembre se dice que los canónicos tomaron gran parte de información de los apócrifos. Detallan hechos específicos acerca del nacimiento de Cristo y factores que lo rodean. Por ejemplo, la llegada de los Tres Reyes Magos. Para esto, es fuente principal el Protoevangelio de Santiago.
Actualmente, en Valencia, España, se celebra La Festa o Misteri d'Elx, un drama cantado en valenciano, excepto algunos versos en latín, único en el mundo y celebrado en la Basílica de Santa María y basado en los Evangelios Apócrifos. Tratan sobre la muerte, asunción y coronación de la Virgen María, y defiende su virginidad. Se compone de piezas medievales, renacentistas y barrocas. Surgió en el área mediterránea de Europa. Después del Concilio de Trento las representaciones teatrales realizadas dentro de templos fueron prohibidas. El Misteri fue lo único que quedó gracias a una Bula emitida en la primera mitad del s. XVII. Tiene lugar los días 14 y 15 de agosto de cada año, y al finalizar se reparten entre los asistentes hojas de palma bendita.
6. Anexo
Concilio de trento
Las sagradas escrituras
Celebrada en 8 de abril de 1546
Decreto sobre las escrituras canónicas


El sacrosanto, ecuménico y general Concilio de Trento, congregado legítimamente en el Espíritu Santo y presidido de los mismos tres Legados de la Sede Apostólica, proponiéndose siempre por objeto, que exterminados los errores, se conserve en la Iglesia la misma pureza del Evangelio, que prometido antes en la divina Escritura por los Profetas, promulgó primeramente por su propia boca. Jesucristo, hijo de Dios, y Señor nuestro, y mandó después a sus Apóstoles que lo predicasen a toda criatura, como fuente de toda verdad conducente a nuestra salvación, y regla de costumbres; considerando que esta verdad y disciplina están contenidas en los libros escritos, y en las tradiciones no escritas, que recibidas de boca del mismo Cristo por los Apóstoles, o enseñadas por los mismos Apóstoles inspirados por el Espíritu Santo, han llegado como de mano en mano hasta nosotros; siguiendo los ejemplos de los Padres católicos, recibe y venera con igual afecto de piedad y reverencia, todos los libros del viejo y nuevo Testamento, pues Dios es el único autor de ambos, así como las mencionadas tradiciones pertenecientes a la fe y a las costumbres, como que fueron dictadas verbalmente por Jesucristo, o por el Espíritu Santo, y conservadas perpetuamente sin interrupción en la Iglesia católica. Resolvió además unir a este decreto el índice de los libros Canónicos, para que nadie pueda dudar cuales son los que reconoce este sagrado Concilio. Son pues los siguientes. Del antiguo Testamento, cinco de Moisés: es a saber, el Génesis, el Exodo, el Levítico, los Números, y el Deuteronomio; el de Josué; el de los Jueces; el de Ruth; los cuatro de los Reyes; dos del Paralipómenon; el primero de Esdras, y el segundo que llaman Nehemías; el de Tobías; Judith; Esther; Job; el Salterio de David de 150 salmos; los Proverbios; el Eclesiastés; el Cántico de los cánticos; el de la Sabiduría; el Eclesiástico; Isaías; Jeremías con Baruch; Ezequiel; Daniel; los doce Profetas menores, que son; Oseas; Joel; Amos; Abdías; Jonás; Micheas; Nahum; Habacuc; Sofonías; Aggeo; Zacharías, y Malachías, y los dos de los Macabeos, que son primero y segundo. Del Testamento nuevo, los cuatro Evangelios; es a saber, según san Mateo, san Marcos, san Lucas y san Juan; los hechos de los Apóstoles, escritos por san Lucas Evangelista; catorce Epístolas escritas por san Pablo Apóstol; a los Romanos; dos a los Corintios; a los Gálatas; a los Efesios; a los Filipenses; a los Colosenses; dos a los de Tesalónica; dos a Timoteo; a Tito; a Philemon, y a los Hebreos; dos de san Pedro Apóstol; tres de san Juan Apóstol; una del Apóstol Santiago; una del Apóstol san Judas; y el Apocalipsis del Apóstol san Juan. Si alguno, pues, no reconociere por sagrados y canónicos estos libros, enteros, con todas sus partes, como ha sido costumbre leerlos en la Iglesia católica, y se hallan en la antigua versión latina llamada Vulgata; y despreciare a sabiendas y con ánimo deliberado las mencionadas tradiciones, sea excomulgado. Queden, pues, todos entendidos del orden y método con que después de haber establecido la confesión de fe, ha de proceder el sagrado Concilio, y de que testimonios y auxilios se ha de servir principalmente para comprobar los dogmas y restablecer las costumbres en la Iglesia.
Decreto sobre la edición y uso de la sagrada escritura
Considerando además de esto el mismo sacrosanto Concilio, que se podrá seguir mucha utilidad a la Iglesia de Dios, si se declara qué edición de la sagrada Escritura se ha de tener por auténtica entre todas las ediciones latinas que corren; establece y declara, que se tenga por tal en las lecciones públicas, disputas, sermones y exposiciones, esta misma antigua edición Vulgata, aprobada en la Iglesia por el largo uso de tantos siglos; y que ninguno, por ningún pretexto, se atreva o presuma desecharla. Decreta además, con el fin de contener los ingenios insolentes, que ninguno fiado en su propia sabiduría, se atreva a interpretar la misma sagrada Escritura en cosas pertenecientes a la fe, y a las costumbres que miran a la propagación de la doctrina cristiana, violentando la sagrada Escritura para apoyar sus dictámenes, contra el sentido que le ha dado y da la santa madre Iglesia, a la que privativamente toca determinar el verdadero sentido, e interpretación de las sagradas letras; ni tampoco contra el unánime consentimiento de los santos Padres, aunque en ningún tiempo se hayan de dar a luz estas interpretaciones. Los Ordinarios declaren los contraventores, y castíguenlos con las pensas establecidas por el derecho. Y queriendo también, como es justo, poner freno en esta parte a los impresores, que ya sin moderación alguna, y persuadidos a que les es permitido cuanto se les antoja, imprimen sin licencia de los superiores eclesiásticos la sagrada Escritura, notas sobre ella, y exposiciones indiferentemente de cualquiera autor, omitiendo muchas veces el lugar de la impresión, muchas fingiéndolo, y lo que es de mayor consecuencia, sin nombre de autor; y además de esto, tienen de venta sin discernimiento y temerariamente semejantes libros impresos en otras partes; decreta y establece, que en adelante se imprima con la mayor enmienda que sea posible la sagrada Escritura, principalmente esta misma antigua edición Vulgata; y que a nadie sea lícito imprimir ni procurar se imprima libro alguno de cosas sagradas, o pertenecientes a la religión, sin nombre de autor; ni venderlos en adelante, ni aun retenerlos en su casa, si primero no los examina y aprueba el Ordinario; so pena de excomunión, y de la multa establecida en el canon del último concilio de Letran. Si los autores fueren Regulares, deberán además del examen y aprobación mencionada, obtener licencia de sus superiores, después que estos hayan revisto sus libros según los estatutos prescritos en sus constituciones. Los que los comunican, o los publican manuscritos, sin que antes sean examinados y aprobados, queden sujetos a las mismas penas que los impresores. Y los que los tuvieren o leyeren, sean tenidos por autores, si no declaran los que lo hayan sido. Dese también por escrito la aprobación de semejantes libros, y parezca esta autorizada al principio de ellos, sean manuscritos o sean impresos; y todo esto, es a saber, el examen y aprobación se ha de hacer de gracia, para que así se apruebe lo que sea digno de aprobación, y se repruebe lo que no la merezca. Además de esto, queriendo el sagrado Concilio reprimir la temeridad con que se aplican y tuercen a cualquier asunto profano las palabras y sentencias de la sagrada Escritura; es a saber, a bufonadas, fábulas, vanidades, adulaciones, murmuraciones, supersticiones, impíos y diabólicos encantos, adivinaciones, suertes y libelos infamatorios; ordena y manda para extirpar esta irreverencia y menosprecio, que ninguno en adelante se atreva a valerse de modo alguno de palabras de la sagrada Escritura, para estos, ni semejantes abusos; que todas las personas que profanen y violenten de este modo la palabra divina, sean reprimidas por los Obispos con las penas de derecho, y a su arbitrio.
Asignación de la sesión siguiente
Item establece y decreta este sacrosanto Concilio, que la próxima futura Sesión se ha de tener y celebrar en la feria quinta después de la próxima sacratísima solemnidad de Pentecostés.

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