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viernes, 4 de septiembre de 2009

HISTORIA CRIMINAL DEL CRISTIANISMO


Karlheinz Deschner

Historia Criminal Del Cristianismo

Los orígenes, desde el paleocristianismo hasta el final de la era constantiniana
Título original: Kriminalgeschichte des Christentums


Dedico esta obra, especialmente, a mi amigo Alfred Schwarz. Asimismo deseo expresar mi gratitud a mis padres, que tanto me ayudaron en todo momento, y a todos cuantos me prestaron su colaboración desinteresada:




Wilheim Adier
Prof. Dr. Hans Albert
Lore Albert
Klaus Antes
Else Arnold
Josef Becker
Kari Beerscht
Dr. Wolfgang Beutm
Dr. Otto Bickel
Dr. Dieter Birnbacher
Dr. Eleonore Kottje-Birnbacher
Kurt Birr
Dr. Otmar Einwag
Dr. Kari Finke
Franz Fischer
Kláre Fischer-Vogel
Henry Gelhausen
Dr. Helmut Háu/31er
Prof. Dr. Norbert Hoerster
Prof. Dr. Walter Hofmann
Dr. Stefan Kager y Frau Lena
Hans Kalveram
Kari Kaminski y Frau
Dr. Hedwig Katzenberg
Dr. Klaus Katzenberg
Hilde y Lothar Kayser
Prof. Dr. Christof Kellmann
Dr. Hartmut Kliemt
Dr. Fritz Kóble
Hans Koch
Hans Kreil
Ine und Ernst Kreuder
Eduard Küsters

Robert Máchier
Jürgen Mack
VolkerMack
Dr. Jórg Mager
Prof. Dr. H. M.
Nelly Moia
Fritz Moser
Regine Paulus
Hildegunde Rehie
M. Renard
Germán Rüdel
Dr. K. Rügheimer y Frau Johanna
Heinz Ruppel y Frau Renate
Martha Sachse
Hedwig y Willy Schaaf
Friedrich Scheibe
Else y Sepp Schmidt
Dr. Werner Schmitz
Norbert Schneider
Dr. Gustav Seehuber
Dr. Michael StahI-Baumeister
Prof. Dr. Wolfgang StegmüUer
Almut y Walter Stumpf
Artur Uecker
Dr. Bernd Umiauf
Helmut Weiland
Klaus Wessely
Richard Wiid
Lothar Willius
Dr.EIsbethWolffheim
Prof. Dr. Hans Wolfiheim
Franz zisperge
Dr. Ludwig Zollit
índice
1. Antecedentes en el Antiguo Testamento
Israel
El asentamiento y el «buen Dios»
La pena de muerte y la «guerra santa»
Los estragos de David y los traductores modernos de la Biblia
Judá, Israel y el «azote del Señor»
Clericalismo reaccionario y orígenes de la teocracia
Mucho dinero para «el Señor»: el óbolo del Templo
El belicismo sacro de los Macábeos
La guerra judía (66-70)
Bar Kochba y la «última guerra de Dios» (131-136)
2. Empiezan dos milenios de persecuciones contra los judíos
La religión judía, tolerada por el Estado pagano
Interpretatio Christiana
Manifestaciones antijudías en el Nuevo Testamento
El antijudaísmo en la Iglesia de los siglos II al IV
E fren, doctor de la Iglesia y antisemita
Juan Crisóstomo, doctor de la Iglesia y antisemita
Los santos Jerónimo e Hilario de Poitiers, antisemitas
Embustes antijudíos de la Iglesia y su influencia sobre el derecho laico
3. Primeras insidias de cristianos contra cristianos
En los orígenes del cristianismo no existió una «fe verdadera» .
Primeros «herejes» en el Nuevo Testamento
Despreciadores de padres, de hijos, de «falsos mártires» por amor de Dios
El Cantar de Ágape y las «bestias negras» del siglo II (Ignacio,Ireneo, Clemente de Alejandría)
Las «bestias con cuerpo humano» del siglo III (Tertuliano, Hipólito, Cipriano)
El «Dios de la paz.» y los «hijos de Satanás» en el siglo IV (Pacomio, Epifanio, Basilio, Ensebio, Juan Crisóstomo, Efrén,
Hilario)
San Jerónimo y sus «reses para el matadero del infierno» .
4. Primeros ataques contra el paganismo
La temática antipagana en el cristianismo primitivo
Compromisos y odio antipagano en el Nuevo Testamento
La difamación del cosmos y de la religión y la cultura paganas (Arístides, Atenágoras, Tatiano, Tertuliano, Clemente y otros)
Las persecuciones contra los cristianos en el espejo de la historiografía eclesiástica
Los emperadores paganos vistos retrospectivamente
Celso y Porfirio: los primeros adversarios del cristianismo
5. San Constantino, el primer emperador cristiano, «símbolo de diecisiete siglos de historia eclesiástica»
Los nobles ancestros y el terror del Rin
Guerra contra Majencia
Primeros privilegios para el clero cristiano .
Guerra contra Maximino Daia
Guerra contra Licinio
El clero católico, cada vez más favorecido
Constantino como salvador, libertador y vicario de Dios
De la Iglesia pacifista a la Iglesia del páter castrense
Vida familiar cristiana y rigorismo de las prácticas penales
Constantino contra judíos, «herejes» y paganos
6. Persia, Armenia y el cristianismo
San Gregorio destruye el paganismo armenio y funda un patriarcado hereditario
El primer Estado cristiano del mundo: una guerra tras otra «en nombre de Cristo»
Planes ofensivos de Constantino y las Disertaciones sobre la guerra del padre Átanoslo
7. Los hijos cristianos de Constantino y sus sucesores
La primera dinastía cristiana fundada sobre el exterminio familiar
Primeras guerras entre cristianos devotos
_________________________________________________________________________INTRODUCCIÓN GENERAL
SOBRE LA TEMÁTICA, LA METODOLOGÍA, LA CUESTIÓN DE LA OBJETIVIDAD Y LOS PROBLEMAS DE LA HISTORIOGRAFÍA EN GENERAL
«El que no escriba la historia universal como historia criminal, se hace cómplice de ella.»
K.D.1

«Yo condeno el cristianismo, yo formulo contra la Iglesia cristiana la más formidable acusación que jamás haya expresado acusador alguno.
Ella es para mí la mayor de todas las corrupciones imaginables, [...] ella ha negado todos los valores, ha hecho de toda verdad una mentira, de toda rectitud de ánimo una vileza. [...] Yo digo que el cristianismo es la gran maldición, la gran corrupción interior, el gran instinto de venganza, para el que ningún medio es demasiado venenoso, secreto, subterráneo, bajo; la gran vergüenza eterna de la humanidad [...].»
FRIEDRICH NIETZSCHE2

«Abrasar en nombre del Señor, incendiar en nombre del Señor, asesinar y entregar al diablo, siempre en nombre del Señor.»
GEORG CHRISTOPH LICHTENBERG3

«Para los historiadores, las guerras vienen a ser algo sagrado; rompen a modo de tormentas saludables o por lo menos inevitables que, cayendo desde la esfera de lo sobrenatural, vienen a intervenir en el decurso lógico y explicado de los acontecimientos mundiales. Odio ese respeto de los historiadores por lo sucedido sólo porque ocurrió, sus falsas reglas deducidas a posterior!, su impotencia que los induce a postrarse ante cualquier forma de poder.»
ELIAS CANETTI4
Para empezar, voy a decir lo que no debe esperar el lector.
Como en todas mis críticas al cristianismo, aquí faltarán muchas de las cosas que también pertenecen a su historia, pero no a la historia criminal del cristianismo que indica el título. Eso que también pertenece a la historia se encuentra en millones de obras que atiborran las bibliotecas, los archivos, las librerías, las academias y los desvanes de las casas parroquiales; el que quiera leer este material puede hacerlo mientras tenga vida, paciencia y fe.
No. A mí no me llama la vocación a discurrir, por ejemplo, sobre la humanidad como «masa combustible» para Cristo (según Dieringer), ni sobre el «poder inflamatorio» del catolicismo (Von Balthasar), a no ser que hablemos de la Inquisición. Tampoco me siento llamado a entonar alabanzas a la vida entrañable que «reinaba en los países católicos [...] hasta épocas bien recientes», ni quiero cantar las «verdades reveladas bajo el signo del júbilo» que, según el católico Rost, figura entre «las esencias del catolicismo».
No seré yo tampoco el cantor del «coral gregoriano», ni de «la cruz de término adornando los paisajes», ni de «la iglesiuca barroca de las aldeas», que tanto encandilaban a Walter Dirks. Ni siento admiración por el calendario eclesiástico, con su «domingo blanco», por más que Napoleón dijese, naturalmente poco antes de morir, que «el día más bello y más feliz de mi vida fue el de mi primera comunión» (con imprimatur). ¿O debo decir que el IV Concilio de Toledo (633) prohibió cantar el Aleluya, no ya durante la semana de la Pasión, sino durante toda la Cuaresma? ¿Que fue también allí donde se dictaminó que la doxología trinitaria debía decir al final de los Salmos, Gloria et honor patri y no sólo Gloria patrHS
Poco hablaremos de gloria et honor ecciesiae o de la influencia del cristianismo, supuesta o realmente (como alguna vez ocurriría) positiva. No voy a contestar a la pregunta: ¿para qué sirve el cristianismo? Ese título ya existe. Esa religión tiene miles, cientos de miles de panegiristas y defensores; tiene libros en los que (pese a tantas «debilidades», tantos «errores», tantas «flaquezas humanas», ¡ay!, en ese pasado tan venerable y glorioso) aquéllos presumen de la «marcha luminosa de la Iglesia a través de las eras» (Andersen), y de que la Iglesia (en ésta y en otras muchas citas) es «una» y «el cuerpo vivo de Cristo» y «santa», porque «su esencia es la santidad, y su fin la santificación» (el benedictino Von Rudioff); mientras que todos los demás, y los «herejes» los primeros, siempre están metidos hasta el cuello en el error, son inmorales, criminales, están totalmente corrompidos, y se hunden o se van a hundir en la miseria; tiene historiadores «progresistas» y deseosos de que se le reconozcan méritos, repartiendo siempre con ventaja las luces y las sombras, para matizar que ella promovió siempre la marcha general hacia la salvación y el progreso.6
Se sobreentiende, a todo esto, que los lamentables detalles secundarios (las guerras de religión, las persecuciones, los combates, las hambrunas) estaban en los designios de Dios, a menudo inescrutables, siempre justos, cargados de sabiduría y de poder salvífíco, pero no sin un asomo de venganza, «la venganza por no haber sido reconocida la Iglesia, por luchar contra el papado en vez de reconocerle como principio rector» (Rost).7
Dado el aplastante predominio de las glorificaciones entontecedoras, engañosas, mentirosas, ¿no era necesario mostrar, poder leer, alguna vez lo contrario, tanto más, por cuanto está mucho mejor probado? Una historia negativa del cristianismo, en realidad ¿no sería el desiderátum que reclamaba o debía inducir a reclamar tanta adulación? Al menos, para los que quieren ver siempre el lado que se les oculta de las cosas, el lado feo, que es muchas veces el más verdadero.
El principio de audi alteram partem apenas reza para una requisitoria. Picos de oro sí tenemos muchos..., eso hay que admitirlo; generalmente lacónicos, sarcásticos, cuyo estudio en cientos de discusiones y siempre que sea posible debo recomendar y encarecer expresamente, en el supuesto que nos acordemos de compararlos con algún escrito de signo contrario y que esté bien fundamentado.
El lector habrá esperado una historia de «los crímenes del cristianismo», no una mera historia de la Iglesia. (La distinción entre la Iglesia y el cristianismo es relativamente reciente, pudiendo considerarse que no se remonta más allá del Siglo de las Luces, y suele ir unida a una devaluación del papel de la Iglesia como mediadora de la fe.) Por supuesto, una empresa así tiene que ser una historia de la Iglesia en muchos de sus puntos, una descripción de prácticas institucionales de la Iglesia, de padres de la Iglesia, de cabezas de la Iglesia, de ambiciones de poder y aventuras violentas de la Iglesia, de explotación, engaño y oscurantismo puramente eclesiásticos.
Sin duda tendremos que considerar con la debida atención las grandes instituciones de la Ecciesia, y en especial el papado, «el más artificial de los edificios» que, como dijo Schiller, sólo se mantiene en pie «gracias a una persistente negación de la verdad», y que fue llamado por Goethe «Babel» y «Babilonia», y «madre de tanto engaño y de tanto error». Pero también será preciso que incluyamos las formas no eclesiásticas del cristianismo: los heresiarcas con los heresiólogos, las sectas con las órdenes, todo ello medido, no con arreglo a la noción general, humana, de la criminalidad, sino en comparación con la idea ética central de los Sinópticos, con la interpretación que da el cristianismo de sí mismo como religión del mensaje de gozo, de amor, de paz y como «historia de la salvación»; esta idea, nacida en el siglo XIX, fue combatida en el XX por teólogos evangélicos como Barth y Buitman, aunque ahora recurren a ella de buena gana los protestantes, y que pretendería abarcar desde la «creación» del mundo (o desde el «primer advenimiento de Cristo») hasta el «Juicio final», es decir, «todos los avalares de la Gracia» (y de la desgracia), como escribe Darlapp.8
El cristianismo será juzgado también con arreglo a aquellas reivindicaciones que la Iglesia alzó y dejó caer posteriormente: la prohibición del servicio de las armas para todos los cristianos, luego sólo para el clero; la prohibición de la simonía, del préstamo a interés, de la usura y de tantas cosas más. San Francisco de Sales escribió que «el cristianismo es el mensaje gozoso de la alegría, y si no trae alegría no es cristianismo»;
pues bien, para el papa León XIII, «el principio sobrenatural de la Iglesia se distingue cuando se ve lo que a través de ella ocurre y se hace».9
Como es sabido, hay una contradicción flagrante entre la vida de los cristianos y las creencias que profesan, contradicción a la que, desde siempre, se ha tratado de quitar importancia señalando la eterna oposición entre lo ideal y lo real..., pero no importa. A nadie se le ocurre condenar al cristianismo porque no haya realizado del todo sus ideales, o los haya realizado a medias, o nada. Pero tal interpretación «equivale a llevar demasiado lejos la noción de lo humano e incluso la de lo demasiado humano, de manera que, cuando siglo tras siglo y milenio tras milenio alguien realiza lo contrario de lo que predica, es cuando se convierte, por acción y efecto de toda su historia, en paradigma, personificación y culminación absoluta de la criminalidad a escala histórica mundial», como dije yo durante una conferencia, en 1969, lo que me valió una visita al juzgado.10
Porque ésa es en realidad la cuestión. No es que se haya faltado a los ideales en parte, o por grados; no, es que esos ideales han sido literalmente pisoteados, sin que los que tal hacían depusieran ni por un instante sus pretensiones de campeones de aquéllos, ni dejaran de autoproclamarse la instancia moral más alta del mundo. Entendiendo que tal hipocresía no expresaba una «debilidad humana», sino bajeza espiritual sin parangón, abordé esta historia de crímenes bajo la idea siguiente: Dios camina sobre abarcas del diablo (véase el epílogo de este volumen).
Pero al mismo tiempo, mi trabajo no es sólo una historia de la Iglesia sino, precisamente y como expresa el título, una historia del cristianismo, una historia de dinastías cristianas, de príncipes cristianos, de guerras y atrocidades cristianas, una historia que está más allá de todas las cortapisas institucionales o confesionales, una historia de las numerosas formas de acción y de conducta de la cristiandad, sin olvidar las consecuencias secularizadas que, apartándose del punto de partida, han ido desarrollándose en el seno de la cultura, de la economía, de la política, en toda la extensión de la vida social. ¿No coinciden los mismos historiadores cristianos de la Iglesia en afirmar que su disciplina abarca «el radio más amplio de las manifestaciones vitales cristianas» (K. Bornkamm), que integra «todas las dimensiones imaginables de la realidad histórica» (Ebeling) sin olvidar «todas las variaciones del contenido objetivo real» (Rendtorff)?11
Cierto que la historiografía distingue entre la llamada historia profana (es ésta una noción usual tanto entre teólogos como entre historiadores, por contraposición a lo sagrado o santo) y la historia de la Iglesia, Aun teniendo en cuenta que ésta no se constituyó como disciplina independiente hasta el siglo xvi, y por mucho que cada una de ellas quiera enfilar (no por casualidad) rumbos distintos, realmente la historia de la Iglesia no es más que un campo parcial de la historia general, aunque a diferencia de ésta guste de ocultarse, como «historia de la salvación», tras los «designios salvíficos de Dios», y la «confusión de la gracia divina con la falibilidad humana» (Bláser) se envuelva en la providencia, en la profundidad metafísica del misterio.12
En este campo los teólogos católicos suelen hacer maravillas. Por ejemplo, para Hans Urs von Balthasar, ex jesuíta y considerado en general como el teólogo más importante de nuestro siglo después de su colega Kari Rahner, el motor más íntimo de la historia es el «derramamiento» de «la semilla de Dios [...] en el seno del mundo. [...] El acto generador y la concepción, sin embargo, tienen lugar en una actitud de máxima entrega e indiferenciación. [...] La Iglesia y el alma que reciben el nombre de la Palabra y su sentido deben abrírsele en disposición femenina, sin oponer resistencia, sin luchar, sin intentar una correspondencia viril, sino como entregándose en la oscuridad».13
Tan misteriosa «historia de la salvación» (y en este caso descrita por medio de una no muy afortunada analogía), nebulosa aunque pretendidamente histórico-crítica, pero inventada en realidad bajo una premisa de renuncia al ejercicio de la razón, es inseparable de la historia general, o mejor dicho, figura entre los camaranchones más oscuros y malolientes de la misma. Es verdad que dicen que el Reino de Cristo no es de este mundo, y que se alaban, principalmente para contraponerse a la interpretación marxista de la historia, de que ellos ven ésta como espiritualidad, como «entelequia trascendente», como «prolongación del mensaje de Dios redivivo» (Jedin); precisamente, los católicos gustan de subrayar el carácter esotérico de la «verdadera» historia, «le mystére de 1'histoire» (De Senarclens). Como aseguran, «la trascendencia de todo progreso» está ya realizada en Cristo (Daniélou); sin embargo, los «vicarios» de éste y sus portavoces cultivan intereses de la más rabiosa actualidad. Papas y obispos, en particular, jamás han desdeñado medio alguno para estar a bien con los poderosos, para rivalizar con ellos, para espiarlos, engañarlos y, llegado el caso, dominarlos. Con ambos pies bien plantados en este mundo, podríamos'decir, como si estuvieran dispuestos a no abandonarlo jamás.14
Esa línea de conducta empezó de una forma harto contundente a principios del siglo IV, con el emperador Constantino, a quien no en vano hemos dedicado el capítulo más largo de este volumen, y se prolonga a través de las teocracias del Occidente medieval hasta la actualidad. Los imperios de Clodoveo, Carlomagno, Olaf, Alfredo y otros, y no digamos el Sacro imperio romano-germano, se construyeron así sobre bases exclusivamente cristianas. Muchos príncipes, por convicción o por fingimiento, alegaron que sus creencias eran el móvil de su política, o mejor dicho, la cristiandad medieval lo remitía todo a Dios y a Jesucristo, de tal manera que hasta bien entrado el siglo xvi la historia de la Iglesia coincidió en gran medida con la historia general, y hasta hoy resulta imposible dejar de advertir la influencia de la Iglesia sobre el Estado en múltiples manifestaciones. En qué medida, con qué intensidad, de qué maneras: dilucidar eso, dentro de mi tema y a través de las distintas épocas, es uno de los propósitos principales de mi obra.
La historia general del cristianismo en sus rasgos más sobresalientes ha sido una historia de guerras, o quizá de una única guerra interna y externa, guerra de agresión, guerra civil y represión ejercida contra los propios subditos y creyentes. Que de lo robado y saqueado se diese al mismo tiempo limosna (para adormecer la indignación popular), o se pagase a los artistas (por parte de los mecenas deseosos de eternizarse a sí mismos y eternizar su historia), o se construyesen caminos (para facilitar las campañas militares y el comercio, para continuar la matanza y la explotación), no debe importarnos aquí.
Por el contrario, sí nos interesa la implicación del alto clero, y en particular del papado, en las maniobras políticas, así como la dimensión y la relevancia de su ascendiente sobre príncipes, gobiernos y constituciones. Es la historia de un afán parasitario, primero para independizarse del emperador romano de Oriente, luego del de Occidente, tras lo cual enarbolará la pretensión de alcanzar también el poder temporal sirviéndose de consignas religiosas. Muchos historiadores han considerado indiscutible que la prosperidad de la Iglesia tuvo su causa y su efecto en la caída del Estado romano. El mensaje de que «mi Reino no es de este mundo» se vio reemplazado por la doctrina de los dos poderes (según la cual la autoritas sacrata pontificum y la regalis potestas serían mutuamente complementarias); después dirán que el emperador o el rey no eran más que el brazo secular de la Iglesia, pretensión ésta formulada en la bula Unam Sanctam de Bonifacio VIII y que no es depuesta oficialmente hasta León XIII (fallecido en 1903), lo que de todas maneras no significa gran cosa. La Cristiandad occidental, en cualquier caso, «fue esencialmente creación de la Iglesia católica», «la Iglesia, organizada de la hierocracia papal hacia abajo hasta el más mínimo detalle, la principal institución del orden medieval» (Toynbee).15
Forman parte de la cuestión las guerras iniciadas, participadas o comandadas por la Iglesia: el exterminio de naciones enteras, de los vándalos, de los godos, y en Oriente la incansable matanza de eslavos..., gentes todas ellas, según las crónicas de los carolingios y de los Otones, criminales y confundidas en las tinieblas de la idolatría, que era preciso convertir por todos los medios, sin exceptuar la traición, el engaño y la vesanía, ya que en la Alta Edad Media el proceso de evangelización tenía un significado militante, como luchar por Cristo con la espada, «guerra santa», nova religio, única garantía de todo lo bueno, lo grande y lo eterno. Cristo, descrito como soldado desde los más antiguos himnos medievales, combatiente, se convierte en caudillo de los ejércitos, rey, vencedor por antonomasia. El que combate a su favor por Jerusalén, por la «tierra de promisión», tiene por aliadas las huestes angélicas y a todos los santos, y será capaz de soportar todas las penalidades, el hambre, las heridas, la muerte. Porque, si cayese, le espera el premio máximo, mil veces garantizado por los sacerdotes, ya que no pasará por las penas del purgatorio, sino que irá directo del campo de batalla al Paraíso, a presencia del Sagrado Corazón de Jesús, ganando «la eterna salvación», «la corona radiante del Cielo», la requies aeterna, vita aeterna, salus perpetua... Los así engañados se creen invulnerables (lo mismo que los millones de víctimas de los capellanes castrenses y del «detente bala» en las guerras europeas del siglo xx) y corren hacia su propia destrucción con los ojos abiertos, ciegos a toda realidad.16
Hablaremos de las cruzadas, naturalmente, que durante la Edad Media fueron unas guerras estrictamente católicorromanas, grandes crímenes del papado, que fueron perpetrados en la seguridad de que, «aunque no hubiese otros combatientes sino huérfanos, niños de corta edad, viudas y reprobos, es segura la victoria sobre los hijos del demonio». Sólo la muerte evitó que el primer emperador cristiano emprendiese una cruzada contra los persas (véase el final del capítulo 5); no se tardaría demasiado en organizar la inacabable secuencia de «romerías en armas», convertidas en una «empresa permanente», en una idea, en un tema que por ser «repetido incesantemente, acaba por empapar las sociedades humanas, e incluso las estructuras psíquicas» (Braudel). Porque el cristiano quiere hacer dichoso al mundo entero con sus «valores eternos», sus «verdades santificantes», su «salvación final» que, en demasiadas ocasiones, se ha parecido excesivamente a la «solución final»; un milenio y medio antes de Hitler, san Cirilo de Alejandría ya sentó el primer ejemplo de gran estilo católico apostólico contra los judíos. El europeo siempre sale de casa en plan de «cruzada», ya sea en la misma Europa o en África, Asia y América, «aun cuando sea sólo cuestión de algodón y de petróleo» (Friedrich Heer). Hasta la guerra del Vietnam fue considerada como una cruzada por el obispado estadounidense quien, durante el Vaticano II, incluso llegó a pedir el empleo de las armas nucleares para salvar la escuela católica. Porque «incluso la bomba atómica puede ponerse al servicio del amor al prójimo» (según el protestante Künneth, transcurridos trece años de la explosión de Hiroshima).17
La psicosis de cruzada, fenómeno que todavía muestra su virulencia en la actual confrontación Esíe-Oeste, produce minicruzadas aquí y allá, como la de Bolivia en 1971, sin ir más lejos, que fue resumida por el Antonius, órgano mensual de los franciscanos de Baviera, en los términos siguientes: «El objetivo siguiente fue el asalto a la Universidad, al grito de batalla por Dios, la patria y el honor contra el comunismo [...], siendo el héroe de la jornada el jefe del regimiento, coronel Celich: He venido en nombre propio para erradicar de Bolivia el comunismo. Y liquidó personalmente a todos los jóvenes energúmenos hallados con las armas en la mano. [...] Ahora Celich es ministro del Interior y actuará seguramente con mano férrea, siendo de esperar que ahora mejoren un poco las cosas, ya que con la ayuda de la Santísima Virgen puede considerarse verdaderamente exterminado el comunismo de ese país.»18
Aparte de las innumerables complicidades de las Iglesias en otras atrocidades «seculares», comentaremos las actividades terroristas específicamente clericales como la lucha contra la herejía, la Inquisición, los pogroms antisemitas, la caza de brujas o de indios, etcétera, sin olvidar las querellas entre príncipes de la Iglesia y entre monasterios rivales. Hasta los papas se presentan finalmente revestidos de casco y coraza y empuñando la tizona. Poseen sus propios ejércitos, su armada, sus herreros fabricantes de armas..., tanto así que todavía en 1935, cuando Mussolini cayó sobre Abisinia entre frenéticas alabanzas de los prelados italianos, ¡uno de sus principales proveedores de guerra fue una fábrica de municiones propiedad del Vaticano! En la época de los Otones, la Iglesia imperial está completamente militarizada y su potencia de combate llega a duplicar la fuerza de los príncipes «seculares». Los cardenales y los obispos envían ejércitos en todas direcciones, caen en los campos de batalla, encabezan grandes partidos, ocupan cargos como prelados de la corte o ministros, y no se conoce ningún obispado cuyo titular no anduviese empeñado en querellas que se prolongaban a veces durante decenios. Y como el hambre de poder despierta la crueldad, más adelante hicieron otras muchas cosas que durante la Alta Edad Media todavía no habrían sido posibles.'9
Dedicaremos una atención pormenorizada a la formación y multiplicación de los bienes de la Iglesia («peculio de los pobres», oficialmente, al menos desde los tiempos de Pelagio I), acumulados mediante compra, permuta, diezmo, rediezmo, o por extorsión, engaño, robo, o alterando el sentido de las antiguas prácticas de culto mortuorio de los germanos, convirtiendo el óbolo para los muertos en limosna para las almas, o quebrantando el derecho de herencia germánico («el heredero nace, no se elige»). También saldrá a la luz lo de explotar la ingenuidad, la fe en el Más Allá, pintar los tormentos del infierno y las delicias del cielo, de donde resultan, entre otras cosas, las fundaciones de los príncipes y de la nobleza y también, sobre todo durante la Alta Edad Media, las mandas de los pequeños propietarios y de los colonos, pro saluteanimae.
Abundaban en la Iglesia los propietarios de latifundios enormes: los conventos de monjes, los conventos de monjas, las órdenes militares, los cabildos catedralicios y hasta las iglesias de los pueblos. Muchas de esas propiedades parecían más cortijo que casa de Dios, y estaban atendidas por sirvientes, domésticos y esclavos. En sus mejores tiempos, la abadía del Tegernsee fue propietaria de 11.860 alquerías; el convento de Saint Germain des Prés, junto a París, tenía unas 430.000 hectáreas, y el abate de Saint Martín de Tours llegó a poseer 20.000 sirvientes. Y mientras los hermanos legos y los siervos de la gleba cargaban con las faenas, mientras los conventos se enriquecían gracias a las dotes y las herencias, la riqueza inevitablemente corrompía cada vez más a los religiosos. «De la religión nació la riqueza —decía un proverbio medieval—, pero la riqueza devora a la religión.» En tiempos la Iglesia cristiana fue dueña de una tercera parte de las tierras de Europa; en 1917, la Iglesia ortodoxa era propietaria de una extensión de territorio en Oriente proporcional a Rusia. Y todavía hoy la Iglesia de Cristo es la mayor terrateniente privada del mundo. «¿Dónde hallaremos a la Iglesia? Naturalmente allí, donde campea la libertad» (según el teólogo Jan Hoekendijk).20
En la Edad Media, el estatuto de las clases menesterosas, naturalmente determinado por el régimen feudal, y las usurpaciones territoriales de los príncipes y de la Iglesia conllevaron una opresión cada vez mayor, que recayó sobre grandes sectores de la población, y acarrearon la ruina de lospauperes liben homines y los minus potentes mediante la política de conquistas, el servicio de las armas, los tributos, la represión ideológico-religiosa y rigurosísimos castigos judiciales. Todo ello provocó la resistencia individual y colectiva de los campesinos, cuyas sociedades secretas e insurrecciones, conjurationes y conspirationes llenan toda la historia de Occidente desde Carlos el Grande hasta bien entrada la Edad Moderna.
Serán temas especiales de nuestra investigación en ese contexto: el derecho de expiación, el bracchium saeculare o intervención de las autoridades temporales en la sanción de disposiciones y leyes de la Iglesia, con aplicación cada vez más frecuente de la pena capital (por decapitación, ahorcamiento, muerte en la hoguera, lapidación, descuartizamiento, empalamiento y otros variados sistemas). De los catorce delitos capitales legislados por Carlomagno después de someter a sangre y fuego a los sajones, diez se refieren exclusivamente a infracciones de tipo religioso. La frase estereotipada morte moriatur recae sobre cuantos actos interesaba reprimir a los portadores del mensaje gozoso: robo de bienes de la Iglesia, cremación de los muertos, denegación del bautismo, consumo de carnes durante los «sagrados cuarenta días de la Cuaresma», etcétera. Con arreglo al antiguo derecho penal de Polonia, a los culpables de haber comido carne durante el ayuno pascual se les arrancaban los dientes.21
Discutiremos también los castigos eclesiásticos por infracciones al derecho civil. Los tribunales eclesiásticos fueron cada vez más odiados. Hay cuestiones que discutiremos extensamente: las prácticas expiato-
rias (los bienes robados a la Iglesia debían restituirse al cuádruple, y según el derecho germánico hasta veintisiete veces lo robado); las prisiones eclesiásticas y monacales, llamadas especialmente ergástulas (también se llamaba ergástula a los ataúdes), donde eran arrojados tanto los «pecadores» como los insumisos y los locos, e instaladas generalmente en sótanos sin puertas ni ventanas, pero bien provistas de grilletes de todas clases, potros de martirio, manillas y cadenas. Se documentará la pena de exilio y la aplicación de este castigo a toda la familia, en caso de asesinato de un cardenal, extensible hasta los descendientes masculinos en tercera generación. También estuvieron muy en boga la tortura y los castigos corporales, sobre todo en Oriente, donde hizo furor la afición a mutilar miembros, sacar ojos, cortar narices y orejas. Asimismo gozaban de especial predilección, como suele suceder en los regímenes teocráticos, los azotes, como demuestra incluso la abundancia de sabrosas denominaciones (corporis castigatio.flageüum^ flagelli disciplina, flagellorum poena, percussio, plagae, plagarum virgae, verbera, verberatio, verberum, vindicta y así sucesivamente). La pena de los azotes, con la que se sancionaban hasta las más mínimas infracciones, se aplicó sobre todo en los conventos a monjes y monjas, pero también a los menores de edad, a los sacerdotes y sobre todo a los miembros del bajo clero, todos los cuales recibieron palos desde el siglo v hasta el xix por lo menos; a menudo, eran los abades y obispos quienes esgrimían el látigo, el vergajo o la correa; a veces, los maltratados por los obispos eran abades, y habitualmente se superaba el tope de 40 o 39 golpes señalado por la ley mosaica para llegar a los 70, los 100 o los 200, quedando esta determinación «a discreción del abad» aunque, eso sí, sólo en casos excepcionales se autorizaba a «proceder hasta la muerte del reo» (según el católico Kober en comentario a Reg. Magistri c. 13). Es bastante plausible que no todas las autoridades llegasen a tales excesos, y seguramente no todos serían tan vesánicos como el abad Transmundo, que arrancaba los ojos a los monjes del convento de Tremití, o les cortaba la lengua (y que, pese a ello, gozó de la protección personal del papa Gregorio VII, quien también gozó de gran notoriedad). Ni debe sorprender que ocurriesen tales cosas cuando autoridad tan señalada como Pedro Damián, cardenal, santo y padre de la Iglesia, llegaba a la conclusión de que, si un castigo de 50 azotes era lícito y saludable, cuánto más no debería serlo uno de 60,100, 200 o incluso 1.000 o 2.000 azotes. Por eso, durante toda la Edad Media menudearon las insurrecciones de religiosos, hartos de algún abad frenético que luego era linchado, mutilado, cegado, envenenado o apuñalado por su grey. Incluso delante del altar fue traspasado a puñaladas alguno de estos superiores, o asesinado por bandidos a sueldo. El caso es que los castigos corporales para los inferiores fueron tan frecuentes durante la Alta y la Baja Edad Media, que el ordinario solía preguntar rutinariamente durante sus visitas si se sabía de alguien que no fustigase a sus esclavos o colonos.22
Otros aspectos que van a merecer nuestra atención: la posición de la Iglesia ante la esclavitud y el trabajo en general; la política agraria, comercial y financiera de los monasterios, verdadera banca de la Alta Edad Media (durante los siglos X y xi hallamos en la Lorena monasterios en funciones de institutos de crédito o verdaderos bancos), convertidos en potencias económicas de primera magnitud. La agitación de los monjes en el mundo de la política y del dinero fue incesante, sobre todo durante las ofensivas alemanas hacia el Este, cuando las órdenes participaron en empresas de colonización y asentamiento, después del genocidio de naciones enteras. A comienzos del siglo XX, los jesuítas controlaban todavía la tercera parte del capital en España, y ahora que llegamos a finales del mismo siglo dominan el banco privado más grande del mundo, el Bank of América, mediante la posesión del 51 % de sus acciones. Y el papado sigue siendo una potencia financiera de categoría mundial, que además cultiva los más íntimos contactos con el mundo del hampa mediante instrumentos como el Banco de Sicilia, entre otros, llamado «el banco de la Mafia».
El financiero Michele Sindona, ex alumno de los jesuítas y «el italiano más célebre después de Mussolini» (Time), as de los banqueros de la Mafia (cuya actividad se desarrolló principalmente en Italia, Suiza, Estados Unidos y el Vaticano), siciliano que tuvo más bancos que camisas tienen muchos hombres y que, según se dice, hizo buena parte de su fortuna gracias al tráfico de heroína, era íntimo amigo del arzobispo de Messina y también del arzobispo Marcinkus, director del banco vaticano «Instituto para las Obras de Religión» («mi posición en el Vaticano es extraordinaria», «única»), y entre sus amistades figuraba Pablo VI. Sindona era también asesor financiero y asociado comercial de la Santa Sede, cuyos bancos siguen especulando con el dinero negro del gangsterismo organizado italiano. El mafioso Sindona, «probablemente el hombre más rico de Italia» (Lo Bello), que «había recibido del papa Pablo VI el encargo de reorganizar la hacienda vaticana» {Süddeutsche Zeitung) en 1980, fue condenado a 25 años de cárcel en Estados Unidos, como responsable de la mayor quiebra bancaria de la historia de dicho país; más tarde, fue extraditado a Italia, donde, en 1986, dos días después de su condena a cadena perpetua (por inducción al homicidio), murió envenenado con cianuro pese a todas las medidas de seguridad que se habían adoptado. Significativas fueron las declaraciones del magistrado milanos Guido Viola, después de investigar doce años de actividades financieras de Sindona (105.000 millones de pesetas en pérdidas, sólo en Italia): «El juicio no ha servido para destapar por completo ese tarro de inmundicia». También Roberto Calví, otro banquero de la Mafia que acabó colgado de un puente sobre el Támesis en 1982, figuraba durante el pontificado de Pablo VI en el cerrado círculo de los «uomini di fiducia», y en su calidad de «banquero de Dios», como le llamaban en Italia, contribuyó a «propagar por todo el mundo el cáncer de la delincuencia económica instigada desde el Vaticano». (Mencionemos de paso que, en abril de 1973, el director Lynch, del Departamento de represión del crimen organizado y la corrupción en el Ministerio de Justicia estadounidense, acompañado de funcionarios policiales y del FBI presentó en la Secretaría de Estado vaticana «el documento original por el que el Vaticano» encargaba a la Mafia de Nueva York «títulos falsificados por un valor ficticio de casi mil millones de dólares», «una de las mayores estafas de todos los tiempos»; el autor del encargo, por lo que parece, no era otro que el arzobispo Marcinkus, «íntimo amigo de Sindona» [YaIlop].) El predecesor de Pablo, el papa Pío XII, cuando murió en 1958 dejó una fortuna privada (la misma que, según ciertas alegaciones, había gastado por entero en salvar a muchos judíos de las persecuciones nazis) de 500 millones de pesetas en oro y papeles de valor. Durante su pontificado, el nepotismo alcanzó dimensiones verdaderamente renacentistas. Se ve que los ministros de la salvación pensaban sobre todo en salvar su propio patrimonio.23
La avaricia de los prelados está documentada por testimonios de todas las épocas, así como el enriquecimiento privado de papas, obispos y abades, sus lujos generalmente desaforados, las malversaciones del patrimonio eclesiástico en beneficio de parientes, la simonía, la captación de canonjías o su usurpación, el cambalacheo de dignidades eclesiásticas, desde la de sacristán de aldea hasta la misma de pontífice. O la venta de vino, cerveza, óleos, hostias, pildoras abortivas (!) llamadas lateólas;
la práctica del soborno incluso por parte de los más famosos doctores de la Iglesia, del papa Gregorio I, de san Cirilo (que impuso un dogma mariano con ayuda de enormes sumas de dinero), y otros muchos negocios como el préstamo, tráficos diversos, usura, óbolo de San Pedro, indulgencias, colectas, captación de herencias durante dos milenios, sin exceptuar las gigantescas operaciones de tráfico de armas. Todo ello consecuencia de la plétora de privilegios de que disfrutaba el alto clero, derechos de inmunidad, franquicias, condados, aranceles, dispensas de impuestos, privilegios penales, culminando en la autonomía orgullosa del pontífice romano: sic voló, sic jubeo! («Así lo quiero, así lo ordeno»). Sin olvidar el aspecto económico de las persecuciones contra idólatras, judíos, herejes, brujos, indios, negros, ni el factor económico de la milagrería, las estampitas, las vidas de santos, los librillos milagrosos, los centros de peregrinaje y tantas otras cosas.24
El santo fraude, o pía fraus, con sus diversos tipos de falsificación (apostolización, concurrencia de peregrinos, escrituras de propiedad, garantías jurídicas) se estudia en un apartado diferente, teniendo en cuenta que en toda Europa, hasta bien avanzada la Edad Media, los falsificadores fueron casi exclusivamente los religiosos. En conventos y palacios episcopales, y por motivos de política eclesiástica, buscaban la manera de imponerse en las luchas de rivalidad mediante la falsificación de diplomas o la práctica de la interpolación en los originales. La afirmación de que durante la Edad Media hubo casi más documentos, crónicas y anales falsos que verdaderos, apenas es exagerada; el «santo engaño» se convirtió en un factor político, «el taller del falsificador en instancia ordenadora de la Iglesia y del derecho» (Schreiner).25
La explotación sin escrúpulos de la ignorancia y de la superstición, en donde triunfan los engaños basados en reliquias, libros de devoción, milagrerías y leyendas (o dicho de manera científica, «la reinterpretación de los hechos históricos en el sentido de una causalidad hagiológica», según Lotter), dirige nuestra atención hacia los aspectos culturales, y más principalmente hacia los de política educativa.
Sin duda, las Iglesias, y en particular la Iglesia romana, han creado valores culturales importantes, sobre todo construcciones, lo que obedecía por lo general a motivos nada altruistas (representación del poder), así como en el dominio de la pintura, respondiendo también a razones ideológicas (las sempiternas ilustraciones de escenas bíblicas y de leyendas de santos). Pero dejando aparte que el tan decantado amor a la cultura contrasta fuertemente con la indiferencia cultural del paleocristianismo, que contemplaba las «cosas de este mundo» con total menosprecio escatológico, puesto que creía inminente el fin de todas ellas (error fundamental, en el que cayó el mismo Jesús), conviene tener presente que la mayoría de las aportaciones culturales de la Iglesia fueron posibles gracias a la explotación sin contemplaciones de las masas, esclavizadas y empobrecidas siglo tras siglo. Y frente a ese fomento de la cultura encontramos todavía más represión cultural, intoxicación cultural y destrucción de bienes culturales. Los magníficos templos de adoración de la Antigüedad fueron arrasados casi en todas partes; edificios de valor irreemplazable ardieron o fueron derribados, sobre todo en la misma Roma, donde las ruinas de los templos servían de canteras. En el siglo x se dedicaban todavía a derribar y romper estatuas, arquitrabes, a quemar pinturas, y los más bellos sarcófagos servían de bañeras o de comederos para los cerdos. De modo similar, pisotearon la grandiosa cultura de los árabes de España «no quiero decir qué clase de pies», para citar la frase de Nietzsche. Y en América del Sur el catolicismo arruinó (además de muchos millones de vidas) más tesoros culturales que los que innegablemente aportó, pese a la sobreexplotación.26
Pero la destrucción más tremenda, apenas imaginable, ha sido la causada en el terreno de la educación. La cultura general de la Antigüedad cada vez más desterrada de las escuelas, la enseñanza teológica convertida en enseñanza por antonomasia. Durante toda la Edad Media sólo se consideraban útiles aquellas ciencias que contribuyeran a la prédica eclesiástica. Entre los reunidos en el Concilio de Calcedonia se hallaron 40 obispos analfabetos. Los papas de los siglos siguientes se envanecían de su ignorancia, no sabían el griego y hablaban pésimamente el latín. Gregorio I Magno, el único papa doctor de la Iglesia además de León I, según la tradición mandó quemar una gran biblioteca que existía en el Palatino. Es probable que no todos los papas de los siglos IX y X supieran leer y escribir.
En la Edad Media las artes no eran sino instrumentum theologiae, y algunas veces fueron condenadas como «necedades y vanidades». («Mi gramática es Cristo.») En las órdenes abundaban también los illiterati et idiotae. Desapareció el floreciente comercio librero de la Antigüedad, la actividad de los monasterios fue puramente receptiva. Trescientos años después de la muerte de Alcuino y de Rábano Mauro, los discípulos todavía estudiaban con los manuales que aquéllos escribieron. E incluso santo Tomás de Aquino, el filósofo oficial de la Iglesia, escribe que «el afán de conocimientos es pecado cuando no sirve al conocimiento de Dios».27
Aunque, en realidad, apenas estudiaba una ínfima minoría; todavía hoy, buena parte de la sabiduría del clero se funda en la ignorancia de los laicos. Hasta la época de los Hohenstaufen, la mayoría de los príncipes cristianos no sabían leer ni escribir; un trazo dibujado al pie de los documentos bastaba para considerarlos válidos. Los aristócratas medievales fueron «necios» (necio = el que no sabe) durante mucho tiempo; así podía engañarlos más fácilmente el clero. Y las masas populares vegetaron en condiciones del más absoluto analfabetismo hasta bien entrada la Edad Moderna. Después de la primera guerra mundial, o más;
concretamente en 1930, cuando dos terceras partes de la población española padecían carencias alimentarias endémicas, sólo en Madrid se contaban 80.000 niños sin escolarizar, obedeciendo sin duda a los principios definidos por un ministro católico. Bravo Murillo, cuando, al solicitarle licencia para levantar una escuela con capacidad para 600 hijos de obreros, contestó: «Lo que necesitamos no son hombres que sepan pensar, sino bueyes que sirvan para trabajar» .
En las universidades, la hipertrofia del aristotelismo abortó cualquier posibilidad de investigación independiente. Al dictado de la teología estaban sometidas la filosofía y la literatura; en cuanto a la historia como ciencia, era desconocida por completo. Se condenó la experimentación y la investigación inductiva; las ciencias experimentales quedaron ahogadas por la Biblia y el dogma; los científicos arrojados a las mazmorras, o a la hoguera. En 1163, el papa Alejandro III (recordemos de paso que por esa época existían cuatro antipapas) prohibió a todos los clérigos el estudio de la física. En 1380, una decisión del parlamento francés prohibía el estudio de la química, remitiéndose a un decreto del papa Juan XXII. Y mientras en el mundo árabe (obediente a la consigna de Mahoma: «La tinta de los escolares es más sagrada que la sangre de los mártires») florecían las ciencias, en especial la medicina, en el mundo católico las bases del conocimiento científico permanecieron inalteradas durante más de un milenio, hasta bien entrado el siglo xvi. Que los enfermos buscasen consuelo en la oración, en vez de llamar al médico. La Iglesia prohibía la disección de cadáveres, y a veces incluso rechazó el empleo de medicamentos naturales por juzgarlo una intervención ilícita en los designios divinos. En la Edad Media no tenían médico ni siquiera las abadías más grandes. En 1564, la Inquisición condenó a muerte al médico Andrés Vesalio, fundador de la anatomía moderna, por haber abierto un cadáver y por haber afirmado que al hombre no le falta la costilla con que fue creada Eva.29

En coherencia con esa tutela de la enseñanza, encontramos otra institución, la censura eclesiástica, muy a menudo (por lo menos desde los tiempos de san Pablo, en Efeso) dedicada a la quema de libros adversos, paganos, judíos o sarracenos, a la destrucción (o la prohibición) de literaturas cristianas rivales, desde los libros de los arríanos y nestorianos hasta los de Lutero. Pero no vayamos a olvidar que los protestantes también implantaron a veces la censura, incluso para los sermones fúnebres y también para obras no teológicas, siempre que tocaran cuestiones eclesiásticas, religiosas o de costumbres.
Ésta es una selección de los principales temas que he contemplado en mi historia del crimen. Y sin embargo, no es más que un segmento minúsculo de la historia en general.
¡La historia!
Fábula, según Napoleón; charlatanería, como dijo HenryFord; destilado de rumores, según Cariyie, y vergüenza del género humano, según el parecer de Seume (tan escasamente conocido como digno de ser leído). Y yo añado: la prueba más segura del fracaso de la educación. La historia de los individuos y de los pueblos es, sin duda, lo más complejo y complicado, porque pretende abarcar e integrar todos los fenómenos del universo humano, en todo momento una catarata gigantesca en donde intervienen factores forzosamente ocultos, tanto para los contemporáneos como para la posteridad, sentimientos, ideas, acontecimientos, los condicionantes de esos hechos, la manera en que los mismos son percibidos, una barabúnda insospechable de eventos que pertenecen al pasado, un entramado vertiginoso de formas sociales y de formas del derecho, de normas, de roles percibidos o no, de actitudes y mentalidades, de infinitos ritmos de vida heterogéneos e incluso antagónicos, de influencias de pensadores, de factores geopolíticos, de procesos económicos, de estructuras de clase, en donde hay que considerar tanto las variaciones del clima como las estadísticas demográficas, la práctica de la esclavitud como los conciertos de Bach, la noche de San Bartolomé, las jugadas de fortuna y las crisis de los precios, las neurosis eclesiógenas, las encíclicas papales y los castigos judiciales, la prostitución, los debates parlamentarios y la vivisección, la moda, y mucho más, ya que, por si fuera poco, el psicoanálisis agrega las motivaciones inconscientes, sin dejar de lado las aportaciones de la psicosociología analítica, las de la historiografía misma o historia de la historia, en un palabra, citando a Max Weber: «Una corriente titánica y caótica de acontecimientos que avanza a través del tiempo», o como dice Droysen: «la historia que engloba todas las historias».30
¿Es posible encontrar un punto fijo en esta ebullición de la agitada humanidad? ¿Hallaremos una constante en lo que, por definición, es devenir ininterrumpido? ¿Existe algo que no cambie, o que retome siempre como el río de Heráclito?
Sin duda, no reconocemos en esta descripción el papel que ya Cicerón adjudicó a la historia como magistra vitae. ¿Será tal vez lo contrario? ¿Quizá la única conclusión que podemos sacar es «que los pueblos y los gobiernos jamás han aprendido nada de la historia, ni se han atenido nunca a las reglas que de ella pudieran deducirse»? Casi todas las frases lapidarias de Hegel me llevan a contradecir las anteriores, y también ésa es cierta sólo cuando nos referimos a los pueblos. Porque los gobiernos sí han aprendido de la historia, y con tal éxito, que las únicas artes en que no se inventa nada nuevo son las de la conducción de los hombres, como podemos ver con un poco de perspectiva.
Retornemos durante unos momentos al presente.
Cualquiera de nosotros puede leer la historia, más aún, revivirla a través de sus propios ojos, aunque sin duda no tanto directamente como por vía de la «realidad» de los medios, es decir de los textos, las noticias, los sermones escritos, los «cien rostros» (Braudel). Pero, por muy inextricable que parezca la confusión de los hechos históricos, los conflictos de intereses, las influencias rivales, y por complicado que sea el organismo de la sociedad, una cosa sí podemos ver todos, indiscutida y, según todas las apariencias, indiscutible: que siempre hubo y hay en el mundo una minoría que manda y una gran mayoría que es mandada, que hubo y hay capillas reducidas de astutos explotadores y ejércitos innumerables de humillados y ofendidos. «Comoquiera que definamos el Estado y la sociedad, permanece siempre la oposición entre la masa de los gobernados y el pequeño número de los gobernantes» (Ranke). Esto rige para la era de la exploración espacial y la de la revolución industrial, lo mismo que para la época del colonialismo, o la del capitalismo mercantilista occidental, o la de las sociedades esclavistas de la Antigüedad. Así ha venido ocurriendo siempre, al menos, durante los dos mil años que aquí nos ocupan; no digo que se trate de una ley, pero sí que ha sido la regla general. ¡Nunca fueron los pueblos dueños de sus destinos! Siempre predominó un cierto afán de poder y de seguridad, siempre mandó una minoría mediante la opresión sobre la mayoría, mediante la explotación, perpetrando matanzas en o por medio de ella, unas veces más que otras, admitámoslo, pero por lo general con excesiva asiduidad. En todos los siglos que nos ocupan, la historia estuvo hecha de opresión y humillaciones, de clases altas explotadoras y clases bajas explotadas: lo que hoy se llama «Estado de derecho» y que forma parte indisoluble de la civilización humana, o mejor dicho de la cultura humana, y digo bien, porque los pueblos «cultos» siempre fueron los primeros en dar ejemplo.31
«La historia no se repite»: el dicho se repite siempre..., como la Historia misma: en las tensiones sociales, las insurrecciones, las crisis económicas y las guerras. Es decir, en sus hechos principales y capitales, cuyas repercusiones, sin embargo, alcanzan a los ámbitos más íntimos de la vida privada, en las relaciones entre amo y criado, entre amigo y enemigo. Visto de esa manera, en principio nunca pasa nada nuevo, pues, en lo cualitativo, poco importa si la opresión se ejerció por medio del arco y la flecha o por el arcabuz, la ametralladora o la bomba atómica.

La historia es un drama de muchos actos..., de violencia, sobre todo, aunque también un progreso ininterrumpido, digamos, desde el cazador de cabezas hasta el especialista en lavados de cerebro, desde la cerbatana hasta el misil, desde el derecho del más fuerte hasta el derecho escrito en articulados, ese disfraz de la violencia. Y así vamos de tratado de paz en tratado de paz, de metástasis en metástasis, de tropiezo en tropiezo.
Queda visto, pues, lo que es permanente dentro de las mudanzas de la historia, la estructura que la informa en profundidad. He ahí el punto fijo en medio del cambio, la verdadera «histoire de longue durée» (Braudel), o en todo caso más duradero que las eras abarcadas por esa noción: un «modelo» que lleva milenios de vigencia, un ritmo más o menos uniforme, una especie de «histoire biologique». Es casi como el ritmo de las mareas o el de las estaciones de la naturaleza, que también se repite a su manera; aunque pueda parecer desprovisto de una finalidad, obedece a leyes causales, a cuyas manifestaciones, sin embargo, sólo podemos asignar una probabilidad estadística y no una certeza. Por el contrario, la historia responde a intenciones y a voluntades, es decir, a acciones humanas deliberadas.32
Indudablemente, la historia en su globalidad es también acción humana única e irrepetible. Sin duda, la dimensión antropológica subrayada por el historicismo, la categoría de la individualidad, tiene sus derechos en esto como en todo: la importancia de la idiosincrasia de una persona determinada, la relevancia del carácter único de los fenómenos. Pero también está lo general, lo común, lo constante, mil veces demostrado empíricamente, sin que por eso sea necesario creer como Hobbes, pongamos por caso, o como Gobineau y como Burke, en la posibilidad de cultivar la historia con la perfección y la precisión de las ciencias naturales; esa historia de la que el mismo Edmund Burke escribió, en 1790 (en sus Reflections on the Revolution in France), que estaba hecha en su mayor parte «de la miseria que impera en el mundo por causa de la vanidad, la ambición, la codicia, la venganza, la lujuria, la insumisión, la hipocresía, y todas las demás pasiones desatadas. [...] Estos vicios son la causa de aquellas tormentas. La religión, la moral, las leyes, las prerrogativas, los privilegios, no son más que pretextos». Y el mismo Kant decía no poder encontrar ninguna intención racional y propia en los hombres y en sus juegos, refiriéndose a «la marcha absurda de los negocios humanos» y afirmando no poder evitar «un cierto enojo cuando uno contempla lo que sucede, por acción y por omisión, en el gran teatro del mundo, y que pese a ocasionales asomos de prudencia, al fin se mezclan en todo la necedad, la infantil vanidad, y también no menos infantiles actos de malicia y afán destructivo; de manera que, en conclusión, no sabe uno qué opinar de esta especie nuestra, tan pagada de sus supuestas prendas».33
Muchos sucesos abonan estas opiniones de Burke y de Kant, sobre todo después de los dos siglos transcurridos. Parece como si la humanidad careciese de capacidad para elevarse y redimirse de la miseria moral. En efecto, lo histórico es el infierno, y la historia la resurrección de lo que no debería volver nunca; un espectáculo ruin, en el que los pueblos (perros encadenados que sueñan con la libertad) mueren más pronto bajo las consignas que éstas bajo los pueblos. De esta manera, gobernar, por lo general, no significa sino impedir la justicia, hacer lo menos posible para muchos y lo máximo para muy pocos; y el derecho tampoco es la precondición de la justicia, sino que sirve únicamente para evitarla y prevenirla. Summa sumarum: que no se puede hablar de ética a los que sólo creen en la «política de las realidades». Como dicen los chinos, habíale de ideas a un chacinero y creerá que estás hablando de cerdos. Las ideas no son sino las bambalinas del escenario del mundo; en la escena, mientras unos mueren otros ríen entre bastidores. El militarismo es la mística del homicidio, la historia apenas otra cosa sino negocios, la riqueza pocas veces otra cosa sino el residuo de los crímenes, y mientras los unos se desmayan de hambre los otros están hartos antes de sentarse a la mesa. El hecho de que, cuando salgamos de este mundo, como lamentaba Voltaire, hayamos de dejarlo tan necio y mísero como lo encontramos al nacer, parece todavía una idea soportable ante la sospecha de que dentro de dos mil años aún será tan necio y mísero como lo era dos mil años antes de nosotros.
Tal vez fuese otro el juicio, o mejor dicho seguramente lo sería, si pudiéramos abarcar totalmente la historia, el conjunto del universo humano, aunque a mi modo de ver eso quizá sería peor. Pero la verdad es que el conocimiento completo de los hechos es utópico, limitado nuestro saber histórico, perdidas o intencionadamente destruidas muchas informaciones valiosas; de la mayoría de los acontecimientos, además, jamás quedó comprobante alguno. Todo cuanto sabemos, a excepción de algunos testigos de piedra, visibles o desenterrados por los arqueólogos, se lo debemos a la historiografía. Y por minúscula que sea la noticia que ella nos da, nada más podemos averiguar: quod non est in actis, non est inmundo.
Como cualquier otro historiador, yo sólo contemplo una historia de entre las incontables historias posibles, particular, peor o mejor delimitada; e incluso de ese aspecto parcial no puede considerarse todo el «complejo de la acción», idea absurda, dado además el volumen de los datos existentes: teóricamente imaginable, pero prácticamente imposible y ni siquiera deseable.
No. El autor que se proponga escribir La historia criminal del cristianismo se ve constreñido a mencionar sólo el lado negativo de esa religión. No presentará un continuum sin fisuras, cosa también imposible, por supuesto, sino un «modelo de realidad» conforme a su propósito, en el que señalará únicamente los hechos más destacados y sintomáticos del devenir cronológico, los rasgos esenciales e históricamente relevantes, los que acarrearon las consecuencias más graves, los efectos más negativos y terribles, cuyo peso ha excedido a fin de cuentas el de los supuesta o realmente positivos. Quiero mostrar asimismo la tendencia que determina la historia, esa tendencia de fondo que ha condicionado o marcado durante esos dos mil años los destinos de las generaciones y las naciones, influidas, dominadas o combatidas por el cristianismo; señalaré las cabezas y las ideas rectoras de esa política cristiana, sus declaraciones, sus acciones, y muchos miles de hechos, hechos típicos, no alineados intencionadamente en un contexto tendencioso, ni con intención maliciosa ni calumniadora, sino presentados en su verdadero y propio contexto.
Quien prefiera leer acerca de otros aspectos, que lea otros libros: La fe gozosa, por ejemplo, El Evangelio como inspiración, ¿Es verdad que los católicos no son mejores que los demás?, ¿Por qué amo a mi Iglesia?, El cuerpo místico de Cristo, Bellezas de la Iglesia católica. Bajo el manto de la Iglesia católica. Dios existe (Yo le he conocido). El camino del gozo hacia Dios, La buena muerte del católico. Con el rosario hacia el Cielo, SOS desde el Purgatorio, El heroísmo del matrimonio cristiano.^
O si le parece demasiado monótona esa selección, provista casi siempre de Imprimatur, hay otros heroísmos, no sólo el del matrimonio cristiano: Heridas del héroe. La Cruz en el hospital de campaña. Nuestra guerra (Consideraciones éticas), La conciencia éticorreligiosa durante la guerra mundial. La guerra mundial a la luz de los sermones de campaña del protestantismo alemán. Lucha y victoria (Ideas en Viernes Santo y Pascua como mensaje de la Patria para el Ejército y la Armada), Libro de himnos para el personal militar evangélico. Bendiciones para el frente de batalla. El pastor de almas en la guerra. Pastores en el ejército de Hitler, ¡A las armas!. Fidelidad hasta la muerte. Caídos en el seno del Señor, Jóvenes caídos con honor. Bienaventurados sean los caídos, María Auxiliadora de Occidente (Fátima y la «Vencedora en todas las batallas de Dios»: el combate decisivo en Rusia) .34a
¡La literatura procristiana! Más numerosa que las arenas del mar:
contra 10.000 títulos apenas uno por el estilo de esta Historia criminal del cristianismo. Sin olvidar los millones de ejemplares que suman las incontables publicaciones periódicas confesionales, y que medio mundo anda lleno de reclutadores profesionales del cristianismo, de iglesias, de conventos; incluso las pequeñas pantallas están saturadas de Cruz y de Cristo, hasta el punto de que si Goethe viviera hoy, tendría motivos para repetir aquel sarcasmo suyo: «Entre tantas cruces y cristos/al Cristo verdadero y a su Cruz han ocultado»; en nuestros televisores veremos desde la ingeniosa Palabra de Dios dominical hasta las infiltraciones en todas las emisiones imaginables de todos los espacios culturales, sin olvidar la bendición papal urbi et orbe en no sé cuántos idiomas. Y resulta que verdaderamente hay entre los cristianos hombres de buena voluntad, como sucede en todas las religiones y en todos los partidos, lo que no debe tomarse como dato en favor de esas religiones y partidos, porque si eso se admitiese, ¡cuántos sinvergüenzas testimoniarían en contra! Hay incluso pastores que se inmolan voluntariamente por sus ovejas..., aunque los jefes de esos pastores prefieran comérselas. Porque todas las religiones viven, en parte, del hecho que algunos de sus creyentes son mejores que ellas. Y los cristianos buenos son los más peligrosos, porque tienden a confundirse con el cristianismo, o para decirlo con las palabras de Lichtenberg, «existen muchos cristianos justos, indiscutiblemente, sólo que no es menos cierto que sus obras in corpore y como tales nunca han servido para gran cosa».35
Juicios semejantes y expresados en términos bastante más contundentes los hallamos en personajes tan diferentes entre ellos como Gior" daño Bruno, Bayie, Voltaire, Diderot y Helvecio, Goethe, Schiller y Schopenhauer, Heine y Feuerbach, Shelley y Bakunin, Marx, Mark Twain o Nietzsche. O como Hebbel, quien vio que «el cristianismo trajo al mundo escasas bendiciones y muchas desgracias», observación en la que, dice, «coinciden muchas de las cabezas mejores y más nobles». Y halla las causas no en la Iglesia cristiana, como la mayoría de los críticos, sino «en la religión cristiana», esa «peste de la Humanidad», «germen de toda discordia»: «Odio y aborrezco el cristianismo»; y quiere plantear «a la altanería cristiana una única pregunta: ¿cómo se explicaría que todo el que alguna vez fue importante en este mundo pensó del cristianismo lo mismo que pienso yo?».36
Que los cristianos, repitiendo la expresión de Lichtenberg, in corpore y en sus obras como tales nunca han servido para gran cosa, y que tenemos pleno derecho a compartir el desprecio de Hebbel hacia el cristianismo; es lo que se propone demostrar esta historia de «los crímenes del cristianismo».
¿En qué se basa mi trabajo?
Lo mismo que la mayoría de los estudios históricos, se basa en las fuentes, en la «tradición», en la historiografía contemporánea. Es decir, sobre todo en textos. Se funda en la bibliografía histórica secundaria y sus ciencias auxiliares, la numismática, la heráldica, la sigilografía y otras, sin olvidar la utilidad de ciertas disciplinas parciales y estudios vecinos, en particular, como es lógico, la historia de la Iglesia con sus múltiples apartados que se entrecruzan: la historia de las misiones, la de la fe, la de las doctrinas teológicas y los dogmas, las vidas de mártires y otros religiosos, la historia del papado e incluso la historia de las «devociones». Hay que tener en cuenta, asimismo, a la arqueología, la historia económica y social, la historia del derecho común y constitucional, la historia militar y de la guerra, la geografía y la estadística. Un espectro tan amplio de disciplinas, en muchas de las cuales las investigaciones se hallan además tan avanzadas que incluso los especialistas tienen dificultad en seguirlas, sólo puede explotarse de manera parcial, incompleta.
Sin embargo, hay una cuestión más importante que la de las bases de mi trabajo, bastante obvias por otra parte. Esa cuestión es: ¿cómo veo yo la historia? ¿Y cómo la describiré? Porque las diferencias de plantemiento metodológico suelen determinar desde el primer momento los puntos de vista y las valoraciones. Un teórico de la ciencia como Wolfgang Stegmüller ha llegado a afirmar que «el método elegido determina en grado decisivo la perspectiva teorética resultante de la investigación».37
Nadie creerá que el autor de una Historia criminal del cristianismo vaya a tomar de la Revelación, ni de Roma, los principios de su historiografía, ni siquiera de una noción protestante de la Iglesia, por espiritualizada que nos la presenten, ni de ninguna interpretación teológica de la historia por «progresista» que se pretenda. Esos saltos mistificantes de fronteras, hacia las categorías de la perspectiva sobrenatural, ese pasar de la historia a la «intrahistoria» y de las esferas terrestres a las celestes, quedan reservados a los apóstoles del delirio histórico-salvífico, a los numerosos lacayos de la Iglesia condicionados desde el seno materno y la familia, pasando por el bautismo (es decir, en el fondo, por un azar geográfico) y hasta llegar a los honores, a los premios, a las cátedras, a las prebendas, aunque en el fondo, según me ha demostrado la experiencia, sean unos «creyentes» tanto más escépticos cuanto más inteligentes.
Pero ¿qué diré de mi propia objetividad? ¿Acaso no soy parcial también? ¿No hablo desde mis propios prejuicios?
¡Naturalmente! Como cualquier hijo de vecino. Porque todos somos subjetivos, todos estamos condicionados por múltiples influencias, individuales y sociales, por nuestro origen, nuestra educación, nuestro ambiente social, nuestra época, las experiencias de nuestra vida, los intereses que nos llevan a explorar estas o aquellas áreas del conocimiento, por nuestra religión o irreligión; en fin, por una multiplicidad de influjos variados y toda una red de vínculos determinantes.
Si todos estamos condicionados, lo mismo cabe decir del historiador. El primero en admitirlo, para lo tocante a la ciencia histórica, fue Chiadenius. Así que yo también tengo mi «punto de mira», según la terminología un poco obsoleta de Chiadenius, o mi «posicionamiento», de acuerdo con la noción clásica introducida por Kari Mannheim en la sociología de la ciencia; sin duda, estoy también determinado por un cierto clima de opinión contemporáneo, por mis estudios y por los demás conocimientos que he ido adquiriendo. Admito que antes de ponerme a escribir había tomado ya ciertas decisiones; sólo un inconsciente podría abordar una tarea así desde una pretensión de completa imparcialidad. Pero, prescindiendo de que una investigación iniciada desde esa óptica apenas conseguiría interesar a nadie, ni siquiera el más ignorante podría seguir siéndolo por tiempo indefinido, porque no tardaría en formarse algunas «opiniones previas», de cualquier signo que fuesen.38
Uno de mis críticos me acusaba de «parcialidad» por exponer en el prólogo de un trabajo mío ciertas tesis que, a su entender, debían figurar al final. Prescindiendo de que yo, como la mayoría de los autores, suelo escribir el prólogo cuando la obra está terminada, cuando empiezo un libro, naturalmente, y también como la mayoría de los autores, tengo una idea bastante aproximada de lo que voy a poner en él. Esto lo sabe cualquiera que haya escrito aunque sólo sea una carta. Hay que señalar que la investigación y la descripción, en historia, no sólo viven de coincidencias, como dice Droysen, sino que las buscan deliberadamente. Es preciso «saber lo que se busca, porque sólo así lo encuentra uno;
las cosas hablan con tal de que uno sepa preguntarles».39
Después de estudiar la historia, y en particular la del cristianismo, durante muchos lustros, y a medida que uno va conociéndola mejor, se forma una cierta Filosofía de la historia (Voltaire fue el primero que utilizó ese término), una cierta opinión del cristianismo, no peor, porque no podía serlo, y repito que no soy el único que piensa así. Pero cuando expongo sin rodeos mi subjetividad, mi «punto de mira» y mi «posicionamiento», me parece que demuestro mi respeto al lector mejor que los escribas mendaces que quieren vincular su creencia en milagros y profecías, en transubstanciaciones y resurrecciones de entre los muertos, en cielos, infiernos y otros prodigios, con la pretensión de objetividad, de veracidad y de rigor científico.
¿Acaso no soy yo, con mi parcialidad confesa, menos parcial que ellos? ¿Es que mi experiencia, mi formación, no me autorizan a formarme una opinión más independiente acerca del cristianismo? Al fin y al cabo yo abandoné el cristianismo, pese a haberme formado en un hogar proiundamente religioso, tan pronto como aquél dejó de parecerme verdadero, con lo que no dejaba de privarme de ciertas oportunidades que, de otro modo, quizá habrían estado a mi alcance. ¡Siempre me sorprende comprobar cómo el partido cristiano niega seriedad a las interpretaciones de la historia soviética ofrecidas por historiadores soviéticos, mientras toma muy en serio las interpretaciones cristianas de los teólogos cristianos!
Admitámoslo: todos somos «parciales», y el que pretenda negarlo miente. No es nuestra parcialidad lo que importa, sino el confesarla, sin fingir «objetividades» imposibles ni elevar pretensiones de «verdades eternas». Lo que importa es la cantidad y la calidad de las pruebas que aduzcamos para documentar nuestra «parcialidad», si las fuentes utilizadas son relevantes, si el instrumental metodológico, el nivel de argumentación y la capacidad crítica son adecuados. Lo decisivo, en fin, es la superioridad palmaria de una «parcialidad» sobre otra.
¡Todos somos parciales! Todo historiador tiene sus determinantes vivenciales y psíquicas, sus opiniones previamente formadas. La situación de cada uno está socialmente determinada, en función de la clase y del grupo. Todos tenemos nuestras simpatías y nuestras antipatías, conocemos nuestras hipótesis favoritas y nuestros sistemas de valores. Cada cual juzga de manera personal, especulativa, condicionado por su propio horizonte mental a la hora de plantearse los problemas, y en el trasfondo de sus trabajos pueden hallarse siempre «explícitas, o implícitas como sucede más a menudo [...] convicciones de alcance muy general acerca de la Filosofía de la historia» (W.J. Mommsen).40

Esto es particularmente cierto en el caso de los historiadores que más se empeñan en negarlo, porque son los que más mienten..., y luego se echan mutuamente los perros del cristianismo; qué ridículo, cuando leemos que los católicos acusan de «parcialidad» a los protestantes, los protestantes a los católicos, cuando miles de teólogos de las más variadas confesiones se lanzan mutuamente tan socorrido reproche. Por ejemplo, cuando el jesuíta Bacht quiere ver en el protestante Friedrich Loofs «un exceso de celo reformado en contra de la condición monástica como tal», motivo por el cual «sus opiniones son demasiado unilaterales». ¿Y cómo no iba a opinar con parcialidad el jesuíta Bacht cuando se refiere a un reformado, él, que pertenece a una orden cuyos miembros tienen la obligación de creer que lo blanco es negro y lo negro blanco, si así lo manda la Iglesia?41
Lo mismo que a Bacht, a todos los teólogos católicos el hábito de la obediencia incondicional se les impone a través del bautismo, el dogma, la cátedra, la licencia eclesiástica para imprimir y otras muchas obligaciones y cortapisas. Y así viven año tras año, disfrutando de un sueldo seguro, a cambio de propugnar una determinada opinión, una doctrina concreta, una interpretación determinada de la historia, fuertemente impregnada de teología. De la que pocos se atreven a renegar, porque las consecuencias pueden ser terribles. En Italia, una vez firmado el Concordato de 1929 con Mussolini, los clérigos que colgaban la sotana no podían enseñar en ningún centro ni desempeñar cargo público alguno. Todos y cada uno de estos casos eran tratados durante lustros «como si hubiesen asesinado a alguien, con el objeto de conseguir que los renegados sean arrojados a la calle sin contemplaciones y se mueran de hambre» (Tondi, S.J.). Es bien significativo que el cardenal Faulhaber, de Munich, recomendase expresamente ese artículo 5 del Concordato italiano a la atención de Adolf Hitler, como hizo el 24 de abril de 1933, es decir, sin pérdida de tiempo. Pero los lacayos de la Iglesia no dimiten; al contrario, cuanto mayor sea su inteligencia y más profundo su conocimiento de la historia, más prefieren seguir fingiendo; no tanto para engañarse a sí mismos, sino para seguir cultivando el engaño de los demás. Por ejemplo, acusando de parcialidad a los adversarios de su confesión y fingiendo creer que, en cambio, los católicos se encuentran a salvo de tal defecto; como si existiese, de dos mil años acá, otra parcialidad más pérfida que la católica. Precisamente por eso, ellos se certifican siempre a sí mismos el más invariable respeto a la verdad científica y a la objetividad.42
Mientras tanto, la consideración de la historia como ciencia, como saber objetivante, y la posibilidad de la objetividad en el terreno científico (que es un problema de «teoría de la historia») está siendo puesta en duda o negada tajantemente por los mismos historiadores, y digo más, por los «especialistas». En nuestra sociedad, el que no figura en la nómina de la industria científico-histórica establecida, en el muy ilustre gremio de la interpretación universitariamente homologada, siempre en cabeza de las investigaciones, lo que equivale a decir siempre atento a la próxima vuelta de la tortilla del poder, simplemente no existe. Al menos de momento..., porque a veces se cambian las tornas. He leído a demasiados historiadores como para respetarlos mucho; por el mismo motivo, a algunos, pocos, los respeto tanto más. En la mayoría de los casos, sin embargo, la lectura de libros de historia puede ser tan útil como la lectura del vuelo de los pájaros que hacían los antiguos augures. No en vano un hombre tan notable en su especialidad como el francés Fernand Braudel nos previene contra «1'art pour 1'art» en los dominios de la historia. Y según William O. Aydelotte, un experto inglés, el criterio del consenso en el seno del grupo erudito «con frecuencia conduce a un dominio insuficiente del oficio», ya que el historiador podría caer bajo el dominio de «influencias externas» y tal vez acabaría por decir «no lo que refleja sus verdaderas convicciones u opiniones, sino lo que cree que puede agradar a su público».43
Cuan revelador el hecho de que cada generación de historiadores se dedique a reescribir la misma historia, a revisar esa antigua periodificación y esos personajes tradicionales, exactamente como hizo la generación anterior de sabios con las obras de sus predecesores, ¿y sin duda para verse a su vez puesta en tela de juicio por la siguiente? Porque, ¿se sigue discutiendo de un asunto cuando éste ha quedado bien resuelto? Parafrasear un relato, ¿aporta algo nuevo al mismo? ¿Es eso investigación, progreso y profundización del saber? En historiadores del pasado encuentro a menudo cosas mejores, y a veces mucho mejores, que en los modernos.
Naturalmente, los historiadores han buscado explicaciones para esa «reinterpretación de la historia» (Acham), para sus «innovaciones historiográficas» (Rüsen), explicaciones seductoras muchas veces, pero que no quitan el hecho de que la generación de historiadores que les suceda volverá a escribir la historia a su vez. Entre los unos y los otros surgen nuevos criterios, ideas predominantes, modos de expresión, métodos y «modelos», apreciaciones y depreciaciones dictadas por las modas, claves que adquieren o pierden vigencia según el interés de la época. Durante el siglo xix predominó la «historia de acontecimientos», hoy los estudios se vuelven más hacia la «historia cuantitativa». También hay posiciones mediadoras. De vez en cuando alguien recupera las técnicas antiguas, si es que en realidad no las hemos conservado siempre, de la «histoire événementielle» narrativa que, siguiendo una tradición que se remonta a la Antigüedad y que contempla la historia como una disciplina principalmente literaria, había sido desplazada en casi todas partes, con la posible excepción de Inglaterra, por la «histoire structurelle», la reflexión analítica, el discurso crítico, la fijación de los conceptos con todo el rigor posible. Y así se ha producido recientemente en todo el mundo un renacimiento de la antigua historia narrativa, o una especie de reequilibrio. Otros siglos verán otras maneras de ver las cosas, otros criterios de plausibilidad, otras disputas metodológicas, nuevas formas mixtas y nuevos mediadores.44

Podremos preguntarnos de dónde sacan los historiadores la suficiencia para «sonreírse hoy de ciertas manifestaciones [...] de ingenuidad histórica del siglo XIX» (Koselleck), olvidando que los historiadores del siglo XXI tendrán ocasión de sonreírse al contemplar el estado de los co•nocimientos y de las opiniones de muchos historiadores del XX, y que a su vez muchos del XXII se sonreirán de los del XXI..., siempre suponiendo, naturalmente, que esos siglos llegue a verlos la humanidad. ¿No será una constante de todas las épocas eso de reírse los unos de los otros entre historiadores, y no serán locos los que así se empeñan en afirmar que ellos han descubierto las leyes inmutables de la ciencia histórica, o por lo menos las más probables, o que han andado cerca de ellas?45
Algunos objetarían que en esto de reescribir, parafrasear y reorientar continuamente la historia hay que ver la prueba de su propio afán de verdad y de exactitud científica, de la incesante búsqueda de mayor objetividad, de mayor precisión, teniendo en cuenta por otra parte la existencia de unas mejores condiciones de trabajo, de un instrumental más poderoso, de nuevas técnicas de investigación y nuevos métodos de interpretación, de sondeos más profundos, mejores posibilidades de verificación, nuevas concepciones teoréticas y metodológicas, planteamientos mejor delimitados, o ampliados, o más exactos de los problemas, sin mencionar las localizaciones de nuevas fuentes.
Sin embargo, lo que demuestran en realidad las obras de los historiadores es que el centro de gravedad de sus intereses sólo se desplaza, por lo común, cuando se desplazan los intereses de la actualidad, sus ideologías, sus conceptos; que la historiografía se halla mediatizada en cierta medida por presupuestos extracientíficos, del entorno metacientífico, por los poderes imperantes, por la praxis política, que está sometida al influjo determinante de la voluntad estatal, que obedece a las disposiciones y a las intenciones de los dictadores y que, por consiguiente, como enseña el presentismo desarrollado sobre todo por los historiadores norteamericanos (contra el positivismo), no es más que la proyección sobre el pasado de los intereses del presente; esto se manifiesta en todo el mundo, y precisamente en nuestro siglo más que en ningún otro. Y lo mismo debió suceder durante el siglo pasado, mutatis mutandis. ¡De qué sirven las mejores teorías sobre la objetividad de la ciencia histórica, cuando la realidad de esa misma ciencia niega tales teorías a cada paso! Tal contradicción casi nos recuerda la que existe entre las prédicas del cristianismo y sus prácticas.
Tampoco las polémicas metodológicas, como la famosa disputa metodológica del siglo xix, suelen ser objetivas, sino discusiones de orden político, procesos de transmutación de los valores sociales. Donde aparentemente se habla de ciencia, de investigación, de reflexión teórica, en realidad advertiremos la influencia de las realidades pre y extracientíficas, la política cotidiana, las realidades de la vida social, la subjetividad, los egoísmos.46
Al problema de la subjetividad se le suma otro más especial y delicado que guarda relación con el mismo. La dificultad no proviene del hecho de que las fuentes se hallen a menudo incompletas, de que las dataciones son inseguras, por no hablar de las considerables diferencias que se registran entre disciplinas distintas como la arqueología, la lingüística y la historia; la cuestión a que nos referimos es que la historia está hecha de textos, que toda historiografía es lenguaje, y lenguaje de historiador por más señas.
Según Louis Halphen (1946), sería suficiente «dejarse llevar por los documentos de una manera determinada, en la misma sucesión en que se nos han ofrecido uno tras otro, para ver establecido, de modo casi automático, el encadenamiento de los hechos». Pero, por desgracia, los hechos «historiográficos» no son lo mismo que los hechos «históricos», las palabras no son la realidad, no sonfaits bruts, y lamentablemente no existe «una divisoria exacta entre historia y mitología [...], ninguna frontera claramente delimitada entre hechos y teorías» (Sir Isaiah Berlín), sino que las unas y los otros «están entretejidos, de tal manera que sería inútil el pretender separarlos» (Aron). Y efectivamente, también los hechos históricos pueden ser vistos y valorados de diferentes maneras, iluminados bajo un determinado prisma, u oscurecidos, deformados, tergiversados, falseados, o pueden ofrecer de por sí diferentes niveles de interpretación, habiendo nacido ya como «construcciones científicas» (Bobinska), como una «construcción del historiador» (Schaff). En una palabra, que la vida histórica no se puede captar adecuadamente mediante la simple reproducción; escribir historia siempre es entretejer hechos, hipótesis, teorías. «Todo hecho es ya teoría», según la aguda definición de Goethe.47
Por cuanto la historia es pasado, nunca nos vemos inmediatamente confrontados con un acontecimiento histórico, con el hecho desnudo como tal, con «lo que propiamente fue», según Ranke; lo que desde luego parece más modesto que el propósito originario. El historiador conservador, que comparaba su oficio con el del sacerdote (¡vaya por Dios!) y se extendía él mismo certificados de imparcialidad y máxima objetividad, aseguraba querer «borrar su subjetividad» y «hablar sólo de cosas tales, que dejen ver las fuerzas poderosas», atribuyendo a la historia «verdadera» la misión, más allá de los pros y los contras partidistas, de «ver, de iluminar [...] para luego dar cuenta de lo visto».48
Esta fe inconmovible del objetivismo, llamada «ocularismo» por el conde Paúl York Wartenburg y satirizada como proposición de una «objetividad del eunuco» por Droysen («sólo los inconscientes pueden ser objetivos»), es ilusoria. Porque no existe verdad objetiva en historiografía, ni la historia tal como ocurrió; «sólo puede haber interpretaciones históricas, y de ésas ninguna es definitiva» (Popper). Pensemos que el historiador sólo tiene en sus manos descripciones de los «sucesos» o de los «hechos», y eso desde las «fuentes» mismas, es decir, los soportes primarios de la información, las epigrafías, los documentos.49
Pero esas descripciones, a su vez, son obra de unos autores que utilizaban para su trabajo recursos retóricos y narrativos, pues en todas las épocas se ha suscitado y se sigue suscitando la necesidad de explicar los hechos en un orden determinado, y eso es un acto no tanto científico como literario. Los autores de las descripciones, de buena o de mala fe, omiten tal cosa, callan tal otra; a ellos, naturalmente, también les mueven unos intereses, una mayor o menor parcialidad, a partir de la cual los comprobantes originales, digamos que correctos (teniendo en cuenta que toda traducción es, en mayor o menor medida, interpretación) han sido coloreados de una manera determinada, situados en un cierto contexto; de manera más o menos consciente, la visión del mundo que tengan esos autores habrá servido de hilo conductor a su interpretación. Al problema de los textos se suma con frecuencia el de la tradición, o el fenómeno, no tan raro como se cree, de las falsificaciones y las interpolaciones. Y tampoco los historiadores modernos se apartan un ápice de esa línea cuando manejan los documentos y seleccionan éste, omiten el otro, subrayan, explican, dilucidan, fieles a su propia Weltanschauung.
La existencia de los corifeos no contribuye a reforzar nuestra fe en la objetividad de su oficio, que digamos. Theodor Mommsen (Premio Nobel en 1902) dejó escrito que la fantasía «es madre de toda Historia lo mismo que de toda poesía»; Bertrand Russell puso a una de sus obras el título de History as an Art; A.L. Rowse, destacado historiador inglés de nuestro siglo, dice que la historia está mucho más cerca de la poesía de lo que comúnmente se cree: «In truth, I think, it is in essence the same» («En verdad creo que es en esencia lo mismo»). Según Geoffrey Elton (1970), es sobre todo «narración»: «A story, a story ofthe changíng fortunes of men, and political history therefore comes first because, abo ve all the forms of historical study, it wants to, e ven needs to, tell a story» («Narración de la suerte cambiante de los hombres, y por eso la historia política es la primera, por encima de todas las formas de los estudios históricos, porque quiere, más aún, necesita narrar»). También Hayden White ha afirmado recientemente que los textos históricos no son sino «productos del arte literario» (literary artifacts). Conocedores del tema como Koselleck y Jauss coinciden en afirmar que la facticidad y la ficción se entretejen. Quizá haya sido H. Strasburger el autor de la definición más acertada (1966), la misma que admitió expresamente F.G, Maier en 1984: «La historia es una disciplina mixta que participa de la ciencia y del arte», añadiendo «hasta hoy mismo», aunque ya Ranke había dicho, en 1824, que la misión del historiador era «tanto literaria como erudita», y que la historia misma era «arte y ciencia al mismo tiempo».50
Si tenemos presente que todas las operaciones no objetivas, «no naturalistas», de los historiadores posteriores utilizan como material las exposiciones, los patrones interpretativos, las tipificaciones de los historiadores pretéritos, que actuaron a su vez de la misma manera, más o menos, porque no hay otra, y que incluso nuestras «fuentes» tienen un origen similar, que han atravesado otras mediaciones y otras interpretaciones, que son ya selección, híbridos de hechos históricos y texto, y eso en el mejor de los casos, es decir, «literatura» que no significa sino constructo o «tradición», si lo vemos daro, parecerá evidente que toda historiografía se escribe sobre el trasfondo de nuestra personal visión del mundo.51
Es verdad que muchos eruditos carecen de tal visión del mundo y por ello suelen considerarse, ya que no señaladamente progresistas, sí al menos señaladamente imparciales, honestos y verídicos. Son los adalides de la «ciencia pura», los representantes de una supuesta postura de neutralidad o indiferencia en cuanto a las valoraciones. Rechazan toda referencia a un punto de vista determinado, toda subjetividad, como pecados anticientíficos o verdaderas blasfemias contra el postulado de objetividad que propugnan, contra ese sine ira etstudio que tienen por sacrosanto y que, como ironiza Heinrich von Treitschke, «nadie respeta menos que el propio hablante». Tenemos, pues, «que lo que llaman ciencia pura, es decir, el registro de los sistemas y de las hipótesis, de las explicaciones y las observaciones, todo ello viene lleno, o mejor dicho, saturado hasta la saciedad de los más ancestrales mitologismos sensibles y ultrasensibles», como anotó Charles Péguy con clarividencia poco habitual, aunque hablando, como es lógico, desde su propia posición de católico.52
Pues bien, la ficción de la ingenuidad teórico-científica y la ocultación de las premisas ideológicas de la presentación histórica pueden servir para disimular muchas cosas, una inercia mental propia de la especialidad, por ejemplo, una estrechez de perspectivas, o la pusilanimidad que precisamente hace estragos en los círculos de expertos, en el «pequeño museo de los elegidos» (Von Sybel), un relativismo ético y un escapismo que huye cobardemente de las decisiones tajantes en materia de principios..., lo que no deja de ser también una decisión, ¡la de declararse irresponsable en nombre de la responsabilidad científica! Porque una ciencia que no quiere formular valoraciones, con ello, quiéralo o no, se hace aliada del status quo, apoya a los que dominan y perjudica a los dominados. Su objetividad es sólo aparente y en la práctica no significa otra cosa sino amor a la propia tranquilidad, apego a la seguridad y a la carrera. No discuto que un planteamiento histórico valorativo pudiera ser rechazado o descartado desde una determinada convicción científica. Pero sé que la repugnancia del historiador ante la interpretación de la historia, su miedo a admitir lo que ocurre en realidad, «no es más que otro ejemplo de la conocida "trahison des cleros", la negativa del especialista a vivir lo que predica» (Barraclough).53
Sin duda existe más de un método y más de dos para cultivar la historia. O mejor dicho, existe una multiplicidad de métodos, como demuestra la historiografía norteamericana, sin que ninguno de ellos pueda pretender la exclusiva. Pero, aunque haya muchas formas diversas del saber y de la ciencia, aquí sólo nos importan dos posturas: la que cultiva la ciencia por sí misma, por considerarla como lo más elevado, lo último, como una especie de religión y que, como ésta, sería capaz de pasar por encima de los cadáveres (y lo hace); y aquella ciencia que sin considerarse ni lo más alto ni lo definitivo, se pone al servicio de los hombres, del mundo y de la vida, y en particular asocia la historiografía con «el deber de la pedagogía política», como ha dicho Theodor Mommsen, que no tuvo reparos en afirmar que la historia era el «juicio contra los muertos» y que a la vista de su «brutalidad desnuda», de su «barbarie supina», invitaba a abandonar «la fe infantil en cuanto a que la civilización consiga erradicar la bestialidad de la naturaleza humana».54
Las expresiones más conocidas de estas dos posturas frente a la ciencia podemos hallarlas en el siglo XIX: de un lado, el optimismo cientifista, tanto para las ciencias naturales como para las históricas, el positivismo y el objetivismo; del otro, el pesimismo radical de Nietzsche, quien vio en las ciencias naturales de su época «algo terrible y peligroso», y las denunció como manifestación de aquella «estolidez funestísima» susceptible de acarrear quizá, algún día, la ruina general. Similar es su valoración de la ciencia histórica imperante, que exige sea reemplazada por una historia «al servicio de la vida», una historia que ofrezca «ejemplo, enseñanza, consolación», pero sobre todo una «Historia crítica», que juzgue el pasado, que «indague sin contemplaciones y que condene», porque «todo pasado [...] es digno de ser condenado».55
En un polo opuesto podríamos situar quizá a Max Weber, defensor de una separación rigurosa entre ciencia y juicios de valor, ya que según su concepto de la ciencia, ésta no debe ser sino investigación empírica e inventario analítico, ajena por definición a toda clase de valores, sentidos o finalidades; aunque también Weber distingue entre juicio de valor y (el término neokantiano de) referencia valorativa, ésta sí aceptada, entendiendo que los conocimientos científicos han de estar al servicio de unas decisiones tomadas en función de determinados valores, no sin incurrir con ello en flagrantes contradicciones.56
Pero nuestra vida no transcurre exenta de valores, sino llena de ellos, y las ciencias en tanto que parte de la vida, si se pretenden libres de valores incurren en hipocresía. Todos hemos de comparar, calibrar, decidir cada día; ¿por qué iba a librarse de esa ley la ciencia, que no es nada que esté fuera de nuestra vida, ni mucho menos por encima, y que figura entre las cosas que pueden amenazarnos o contribuir al progreso de la humanidad y del mundo? He tenido en mis manos obras de historiadores que venían dedicadas a la esposa, fallecida en un bombardeo, o tal vez a dos o tres hijos caídos en los frentes, y sin embargo, a veces, esas personas quieren seguir escribiendo «ciencia pura» como si no hubiese pasado nada. Allá ellos. Yo pienso de otra manera. Pues, aunque existiese, que yo digo que no puede existir, la investigación histórica totalmente apolítica, ajena a toda clase de juicios de valor, tal investigación no serviría para nada, sino para socavar los fundamentos éticos y abrir paso a la inhumanidad. Además no sería verdadera «investigación», porque no se dedicaría a revelar las relaciones entre las cosas; como mucho podría ser mero trabajo previo, mera acumulación de materiales, según ha señalado Friedrich Meinecke.57

Ahora bien, ¿hasta qué punto coincide la realidad de la historia con mi exposición? No entro aquí en el problema de la teoría del conocimiento (así como el de la estructura de nuestro aparato de percepción). He preguntado hasta qué punto, y no si coincide o no coincide. Pues cuando Wittgenstein dice de un axioma matemático que «no es axioma porque nos parezca evidente, sino porque admitimos la evidencia como prueba de verdad», y Einstein afirma que «las leyes de la matemática, en la medida en que se refieren a la realidad, no están demostradas, y en la medida en que están demostradas no se refieren a la realidad», ¿con cuánta mayor desconfianza no tendremos que considerar la historiografía?58
Todo historiador escribe dentro de un determinado sistema de referencia político y social, y eso se refleja de manera inconfundible en sus puntos de vista, e incluso en los mecanismos previos de selección que utiliza. Pues no hay ninguno que no «saque las cosas de su contexto», ya que no es posible hacerse con el objeto real, que es el pasado, con sus cadenas de acontecimientos sumamente complicadas y además no directamente accesibles para nosotros, con ese tejido gigantesco de ideas y de acciones, con esa multiplicidad de sucesos similares o contradictorios, de procesos, de relaciones: ¿quién sería capaz de reproducir objetivamente todo eso como quien saca un retrato al natural? Y no sólo hay que seleccionar, sino que además es preciso interpretar, ya que no sólo importa el tema histórico elegido sino también la manera de presentarlo (y no me refiero aquí a los aspectos formales, no porque no sean esenciales, sino porque son tan amplios y complicados que su discusión aquí llevaría demasiado lejos esta digresión): los medios lingüísticos empleados por el historiador en su exposición, el modelo narrativo, el género literario, el «tipo de representación», o dicho llanamente: su manera de «deformar», «alienar» y «violentar» el asunto, no necesariamente de mala fe, sino muchas veces con las mejores intenciones.
Como cualquiera que se dedique a escribir historia, en consecuencia, yo he seleccionado, por principio, he «sacado de contexto»..., el más absurdo de los reproches, dado que no puede hacerse de otra manera. Como cualquiera, he tenido que seleccionar dentro de mi tema. Como cualquiera, cuando presento a esos criminales coronados, no coronados o autocoronados, los obispos y papas, los generales y otros protagonistas de los negocios y de la historia (porque los negocios acaban por hacer historia), no reproduzco todos los detalles de sus biografías, las incidencias individuales, los problemas personales, las aventuras amorosas (todo lo cual, sin embargo, no deja de tener su importancia) o las alteraciones de la bilis, aunque su influencia sobre el acontecer macroscópico haya sido mayor de lo que se suele creer. Porque comúnmente, tales detalles no son conocidos, y aunque lo fuesen difícilmente podríamos calibrar en qué medida influyeron en la historia universal. En esto, como en otros muchos aspectos, quedan todavía oportunidades magníficas para toda clase de tesinas y tesis, e incluso cabría inaugurar una rama científica nueva: junto a la medicina forense tendríamos una medicina histórica (a no confundir con la historia de la Medicina, establecida desde hace bastante tiempo ya, y con no poco éxito por cierto), divisible en toda una serie de apartados y temas como: «Historia sistemática de la digestión de las cabezas coronadas y ungidas y su influencia sobre el Occidente cristiano, desde la querella de las investiduras hasta la guerra de los Treinta Años. Con un índice suplementario sobre las digestiones, los digestivos y los digestorios de todos los papas y antipapas de ese período».
Es posible que buena parte de la exposición anterior haya parecido demasiado teórica (el caso es que no se puede escribir historia si no es a partir de una teorización), o incluso demasiado escéptica. Sin embargo, hay motivos para el escepticismo, y no son pocos, aunque no vamos a llegar hasta el punto de capitular y decir que no creemos en nada.
Por otra parte, la fe cada vez menor, y no sin causa, en la posibilidad de alcanzar la objetividad histórica, no debe minar en ningún caso «la ética científica del historiador», ni conducir a la «decadencia de la racionalidad» (Junker/Reisinger).59 Más perjudica a esa ética, me parece, la pretensión de objetividad, porque tal pretensión necesariamente hipócrita sólo tiende a preservar «el fundamento de la ciencia histórica», que no es otro sino el carácter científico de esa disciplina, reiteradamente puesto en duda por muchos. A mí, en cambio, apenas me interesa esta cuestión; la verdad, o mejor dicho la probabilidad, me preocupa más que las ciencias que en nombre de la ciencia niegan la verdad. Además prefiero por principio la vida a la ciencia, sobre todo cuando ésta empieza a evidenciarse como una amenaza contra la vida en el más amplio sentido. A esto se suele objetar que no es «la ciencia» la culpable, sino algunos científicos (lo malo es que son muchos, a lo peor casi todos), argumento bastante similar al que afirma que no hay que echar a la cuenta del cristianismo los pecados de la cristiandad.
Todo esto no significa que yo sea partidario del subjetivismo puro, que no existe, como no existe la objetividad pura. Naturalmente, no niego la utilidad de las escalas de valores, de las referencias verificables, de las experiencias comunicables y reproducibles, del saber intersubjetivo y de los vínculos intersubjetivos. ¡Pero sí niego las interpretaciones intersubjetivas! Un filósofo de la historia como Benedetto Croce sabía muy bien por qué admitía los juicios subjetivos en la contemplación histórica: «por una razón irrebatible», y es que «no hay manera de excluirlos».60
Cuando decimos que en historia no sirve la rigidez lógica del silogismo, no afirmamos que no se deba razonar, ni que se deba razonar ilógicamente. Aunque muchas cosas, o todas, como quieren los escépticos más radicales, sean controvertibles, existe una posibilidad de acercarse más o menos a unos hechos históricos, y de aducir mejores o peores razones que justifiquen una determinada manera de contemplarlos (o no justifiquen, si son tan malas). Para citar la definición negativa de William O. Aydelotte: «La afirmación de que todos los juicios son inseguros no implica que todos sean inseguros en igual medida».61
A esto me atengo, así como a la convicción de que pese a toda la complejidad, al caos y a la confusión de la historia, es posible extraer algunas conclusiones generales, y destacar lo esencial, lo típico, lo decisivo. En una palabra, que es posible generalizar lo que suele ser discutido, negado o menospreciado por considerarlo demasiado especulativo o no demostrable; sin embargo, el historiador que no se limita a cultivar su disciplina por curiosidad de visitante museístico bien tiene que generalizar alguna vez, si pretende decir algo que valga la pena. Naturalmente, sin avanzar un paso más allá de lo que le consientan los datos que tenga a su disposición.62
Para que tales generalizaciones tengan fuerza concluyente, yo utilizo, entre otros métodos, el de la cuantificación, consistente en recopilar gran número de casos, variantes, datos comparables, siempre que sean relevantes y representativos. Escribir historia quiere decir destacar rasgos principales. Procedo por acumulación de material informativo. Ambas cosas, la generalización y la cuantificación, van necesariamente unidas.
Escasa capacidad de convicción tendría mi tesis del carácter criminal del cristianismo si para demostrarla me limitase a ofrecer algunos ejemplos. Pero, tratándose de una obra de varios tomos, nadie dirá que esos ejemplos sean aislados o poco concluyentes. Pienso, como Cicerón, que «la ley principal de la historiografía es que nadie se atreva a escribir cosa alguna que sea falsa». Pero donde Cicerón continúa («En segundo lugar, que nadie se atreva a dejar de escribir lo que sea verdadero, ya que daría lugar a sospechar que le mueve una parcialidad favorable o una enemistad») ,63 yo digo que en mi caso no hace falta que nadie se moleste en sospechar. Porque escribo «por enemistad»; la historia de aquellos a quienes describo me hizo enemigo de ellos. Y no me consideraría refutado por haber omitido lo que también era verdadero, sino únicamente cuando alguien demostrase que he escrito algo falso.
Ahora bien, y para aludir brevemente a la estructura de la obra, como todo esto se escribió con el propósito justificable de prestar un servicio a aquellas personas que dispongan de poco o ningún tiempo que dedicar a la investigación personal acerca del cristianismo, he procurado exponer con la mayor claridad posible, en los diversos tomos y capítulos, todos estos hechos y acontecimientos, junto con los paralelismos y las relaciones causales que he creído advertir, y las conclusiones que extraigo de ellos: por orden cronológico a menudo, con cierta sistematización, tratando de destacar expresamente los aspectos más importantes, con cesuras o divisiones intencionadas entre distintas temáticas o entre distintos períodos, resumiendo en algunos puntos, introduciendo en otros una ojeada panorámica, retrotrayéndome a un pasaje anterior, añadiendo digresiones. En fin, todo lo que suele hacerse para facilitar la lectura y la visión general del asunto.

Criticar es fácil, según una opinión corriente; lo dicen sobre todo quienes por oportunismo, por indolencia o por incapacidad jamás han intentado criticar nada en serio. No faltan los que opinan que eso de criticar está muy mal..., sobre todo cuando los criticados son ellos, aunque esto último no lo confesarían jamás. Muy al contrario, afirman siempre que no tienen nada en contra de la crítica, que todas las críticas son bien recibidas pero, eso sí, siempre y cuando sean críticas positivas, constructivas, y no críticas negativas y deletéreas. Entendiéndose siempre que la crítica constructiva es aquella que no profundiza demasiado, o mejor aún si sólo es crítica en apariencia, procedente de aquellos que, en el fondo, están de acuerdo con nosotros. En cambio, se juzga «negativo», «estéril», «condenable», el ataque que apunta a los fundamentos con intención de destruirlos. Cuanto más convincente sea dicho ataque, más se expondrá su autor a verse denigrado..., o silenciado.
Los círculos clericales son los más sensibles a la crítica. Precisamente los mismos que dicen «no juzgues, y no serás juzgado», pero consignan al infierno cuanto no les interesa, los mismos cuya Iglesia gusta de presentarse como la principal instancia moral del mundo, tal como viene haciendo desde hace siglos y seguirá haciendo todavía, ésos son los que más se indignan cuando ven que alguien quiere tomarles la medida y juzgarlos a ellos; y cuanto más agudo sea el juicio y más aplastante el veredicto, más grande es su ira y su furor. Sólo que esa ira y ese furor (a diferencia de las pasiones que conmueven a los demás mortales) son santa ira y santo furor, «furor ordenado», cómo no, que según Bernard Háring, gran entendido en moral, es «una fuerza indudablemente útil que ayuda a superar los obstáculos que se oponen al bien, a conseguir nuestro objetivo, ciertamente elevado pero difícil. El enamorado que no es capaz de enojarse no tiene sangre en las venas [!]; pero si amamos el bien enardecidamente, con todas nuestras energías anímicas y corporales, no serán menores nuestras energías en el momento en que debamos oponernos al mal. Porque no es lo propio del cristiano soportar los males con pasividad, sino alzarse contra ellos con valor y haciendo acopio de todas tós fuerzas. Y entre éstas figura también la capacidad de enojarse».64
Con inflamada indignación se alzan esos círculos, precisamente, contra «la manía de juzgar» (Aitmeyer), y dan muestras de su escándalo con ribetes «científicos» cuando un autor, habráse visto, se atreve a «valorar», cuando «el historiador, reconocida su incapacidad en tanto que moralista, asume el papel de fiscal», cuando «cae en la tentación» de «extremar el rigorismo de su perspectiva», cuando se hunde «en las simas del maximalismo idealista», o adopta «la fraseología forense», y todo ello sin preocuparse del «tradicional problema historiográfico de la practicabilidad de las exigencias éticas» (Volk, S.J.).65
¿Acaso no es grotesco que los representantes juramentados de un culto mistérico ancestral, los que creen en trinidades, ángeles, demonios, infiernos, partos de vírgenes, asunciones celestes de un cuerpo real, conversiones del agua en vino y del vino en sangre, quieran impresionarnos con su «ciencia»? ¿Que el jesuíta Volk (a quien la regla decimotercera de su orden impone creer «que lo que yo tengo por blanco no es tal, sino negro, si lo manda la jerarquía eclesiástica») pueda presumir de un «espíritu de lúcida independencia y objetividad»? ¿Y no será el colmo de lo grotesco que personajes semejantes sigan recibiendo los honores del propio mundo científico?66
Pero son ellos precisamente quienes, al tiempo que condenan los juicios de valor y el pretender erigirse en fiscal (por parte de otros), más abusan del farisaico lugar común, sobre todo en los libros de historia, de que tal cosa y tal otra hay que entenderlas «teniendo en cuenta el espíritu de la época» (Dempf); durante el imperio romano tardío, por ejemplo, la aplicación de leyes contra el bandidaje a los «herejes» convictos, o mejor dicho toda la política eclesiástica de los emperadores de ese período, «o también —como agrega el mismo Dempf, siempre tan servicial—como en el período comparable de nuestra cultura occidental [!], la época de las guerras de religión, o sea, digamos, de 1560 a 1648».67 De todo eso y mucho más, incluyendo el tiempo transcurrido entre esas dos épocas, se nos invita a hacernos cargo en nombre del «espíritu de la época», para que lo comprendamos y disculpemos. En particular, los teólogos historiadores de la Iglesia se ven obligados a utilizar con asiduidad estos argumentos, que no sería lícito rechazar siempre o por principio, atenuantes, exculpatorios o absolutorios. Ellos dicen que hay que comprender, lo explican, nosotros lo comprendemos, y una vez comprendidas así las cosas desde «el espíritu de la época», dejan de parecemos tan graves, empieza a parecemos que no pudieron ser de otro modo; al fin y al cabo, ¿no obedece toda la historia a la voluntad del Señor?
En 1977, el teólogo Bernhard Kótting declaró ante la Academia de Ciencias de Renania-Westfalia que no sería justo exigir hoy que los obispos de la época constantiniana «hubieran solicitado al emperador un trato igual para todos los grupos religiosos, obedeciendo al espíritu de la caridad cristiana pongamos por caso. Eso sería querer determinar desde nuestros criterios actuales el horizonte espiritual en que vivían los hombres de la Antigüedad, y proyectar nuestras ideas actuales sobre la legitimidad del poder político hacia el siglo IV de nuestra era».68
Tal argumentación, expuesta en nombre de la perspectiva histórica, es precisamente un insulto a dicha perspectiva y es absurda por más de un motivo. En primer lugar, la Antigüedad pagana había sido bastante tolerante en asuntos de religión. En segundo lugar, fueron precisamente los autores cristianos de los siglos u, III y comienzos del IV quienes reclamaron con mayor apasionamiento la libertad de cultos, y ello en nombre del «espíritu de la caridad cristiana». Y en tercer lugar ¿qué valor hemos de asignar a ese «espíritu de la caridad cristiana», sabiendo que ha sido constantemente postergado en el siglo IV como en todos los demás transcurridos desde entonces, sin olvidar el siglo XX (sus dos guerras mundiales, su guerra del Vietnam), ya que seguramente ahora los cristianos no viven en el horizonte espiritual de la Antigüedad, pero tampoco en el «espíritu de la caridad cristiana». ¡No existe la proyección de nociones anacrónicas que se denuncia! En ninguna época los poderosos (del Estado y de la Iglesia) hicieron el menor caso del «espíritu de la caridad cristiana», invocado siempre sobre el papel, única y exclusivamente, pero siempre abyectamente traicionado en la realidad. Ése es el espíritu de la época que hay que considerar, en todas las épocas idéntico a sí mismo, y lo demás son trampas para incautos. Pero el «espíritu de la época», siempre útil a toda aplicación apologética, anida en las mentes queriendo disculpar, queriendo quitar hierro. El mismo Goethe ironizaba sobre esto en su Fausto:
Lo que llamáis espíritu de los tiempos, en el fondo no es sino el espíritu de los amos.
Si no nos vale el testimonio del poeta, por notoriamente anticristiano y no poco anticlerical, acudamos al de san Agustín: «Corren malos tiempos, tiempos miserables, dice la gente. Dejadnos vivir bien, y sean buenos los tiempos. Porque nosotros mismos somos los tiempos que corren; tal como seamos nosotros, así será nuestro tiempo».69 En otros sermones suyos, San Agustín reiteró esta idea de que no hay por qué acusar a los tiempos ni al «espíritu de la época», sino a los mismos humanos que (como los historiadores de hoy mismo) acusan de todo a los tiempos que corren, a la época miserable, difícil y turbia. Porque «el tiempo no ofende a nadie. Los ofendidos son los hombres, y otros hombres son los que infligen las ofensas. ¡Oh dolor! Se ofende a los hombres, se les roba, se les oprime, y ¿por obra de quién? No de leones, no de serpientes, no de escorpiones, sino de los hombres. Y así viven los hombres el dolor de las ofensas, pero ¿no harán ellos mismos otro tanto, así que puedan, y por mucho que lo hayan censurado?».70
San Agustín sabía muy bien de qué hablaba, pues la última frase de la cita le cuadra perfectamente a él mismo (véase el capítulo 10). Por otra parte, y a diferencia de Voltaire, yo no estoy tan convencido de que exista una raison universelle imperecedera. Ni tampoco transfiero al remoto pasado las ideas ni las escalas de valores de la actualidad, hábito mental al que Montesquieu llamó con razón, aunque no sin cierta exageración, «la más terrible fuente del error».71 En toda época, sin embargo, al menos durante los últimos dos mil años, las rapiñas, los homicidios, la opresión, las guerras, fueron tenidas por lo que eran y son; no deberíamos olvidarlo, y menos que nadie los cristianos. Porque ellos habían recibido a través de los Sinópticos el mensaje de Jesús, indiscutiblemente pacifista y social, y los encendidos llamamientos al «comunismo del amor» de los padres y doctores de la primera Iglesia, hasta bien entrado el siglo iv. En una palabra, el mundo fue haciéndose cada vez más cristiano..., y cada vez peor, en muchos aspectos. Porque el cristianismo se funda en una serie de mandamientos, el del amor al prójimo, el del amor al enemigo, el no robarás, el no mataras; pero también se funda en la astucia, para no respetar ninguno de esos mandamientos.
Como esto, en el fondo, no pueden negarlo los apologistas, nos objetan que algunas veces (es decir, todas las veces que fue necesario, cualquiera que sea el período histórico que consideremos) los protagonistas «no eran cristianos verdaderos». Pero veamos, ¿cuándo hubo cristianos verdaderos? ¿Lo fueron los sanguinarios merovingios, los francos tan aficionados a expediciones de saqueo, las mujeres déspotas del período lateranense? ¿Fue cristiana la gran ofensiva de las cruzadas? ¿Lo fueron la quema de brujas y de herejes, el exterminio de los indios, las persecuciones casi bimilenarias contra los judíos? ¿La guerra de los Treinta Años? ¿La primera guerra mundial? ¿La segunda, o la del Vietnam? Si todos ésos no fueron cristianos, ¿quién lo ha sido?
En cualquier caso, el espíritu de los tiempos no ha sido siempre el mismo en cada época concreta.
Mientras los cristianos iban propagando sus Evangelios, sus creencias, sus dogmas, mientras transmitían su infección a territorios cada vez más extensos, hubo no pocos hombres, como los primeros grandes debeladores del cristianismo, Celso en el siglo II y Porfirio en el III, que supieron alzar una crítica global y aplastante, cuyas razones todavía hoy consideramos justificadas, como admiten incluso, todo hay que decirlo, los teólogos cristianos del siglo XX.
Pero no eran los paganos los únicos que se rebelaban contra la doctrina cristiana. En la misma época en que se vivía y moría por la fe en el dogma de la Trinidad, judíos y musulmanes lo rechazaban calificándolo de provocación inadmisible; tanto éstos como aquéllos veían en la paradoja del Dios hecho hombre un absurdo, una «injusticia», una «ofensa». Por lo que toca a las doctrinas rivales acerca de la doble naturaleza, el filósofo y místico islámico Al Ghazali (1059-1110) no lograba distinguir en los argumentos de los monofisitas, los nestorianos, los ortodoxos;
sólo veía manifestaciones «incomprensibles, tal vez de pura necedad y pobreza de espíritu».72
Al igual que en los pensamientos, las personas de una misma época difieren asimismo en las obras.
Mientras el cristianismo se hacía culpable de tropelías espantosas, el budismo, que no tuvo nunca en la India una Iglesia organizada al estilo occidental, ni autoridad central dedicada a homologar la fe verdadera, daba muestras de una muy superior tolerancia. Los creyentes no sacerdotes no contraían ningún compromiso exclusivo, ni eran obligados a abjurar de otras religiones, ni se convertía a nadie por la fuerza. Muy al contrario, su amplitud de miras frente a las demás confesiones de otros países fue precisamente uno de sus «rasgos característicos» (Mensching).73
Sus virtudes pacificadoras pueden observarse, por ejemplo, en la historia del Tíbet, cuyos habitantes, nación guerrera entre las más temidas de Asia, se convirtieron en una de las más pacíficas bajo la influencia del budismo. En ese país, pese a su profunda religiosidad y a la existencia de una jerarquía sacerdotal bien organizada, reinó la tolerancia más absoluta entre toda clase de creencias y de sectas. Con razón escribe el lama budista Anagarika Govinda: «Las religiones que admiten plenamente la individualidad humana con todos sus derechos, se convierten automáticamente en impulsoras de la humanidad. Por el contrario, las que elevan la pretensión de poseer la verdad en exclusiva, o las que desprecian el valor del individuo y de las convicciones individuales, amenazan convertirse en enemigas de la humanidad, y ello en la misma medida en que la religión pase a convertirse en cuestión de poder político o social».74
El espíritu del tiempo ni siquiera imperaba sin límites entre los cristianos; ¡no todos estaban ciegos! Así, el gran trovador Peire Cardinal ironizaba sobre Hugo de Monfort y su epitafio: «Cuando uno mató gente, derramó sangre, condenó almas, instigó asesinatos, anduvo en consejo de reprobos, incendió, destruyó, violó, usurpó tierras, destripó mujeres y degolló niños, entonces dicen que mereció la corona de los Cielos y brillará allí para siempre».75 Durante el siglo XIII llegó a desarrollarse toda una literatura satírica contra las cruzadas, como en estos sarcasmos del francés Ruteboeuf:
Que se atiborren de vino primero
y duerman ebrios junto al fuego,
luego tomen la cruz con hurra y alegría
y asila cruzada veréis que ha comenzado,
que mañana, con la primera luz del día,
en desbandada y deshonor habrá terminado.76
Quiere decirse que no todo el mundo andaba poseído del espíritu de su época, ni privado de la facultad crítica y de la capacidad para comparar, verificar y juzgar. En todos los siglos existió una conciencia moral, incluso entre cristianos, y no menos que entre «herejes». ¿Por qué no habríamos de aplicar al cristianismo su propia escala de medida bíblica, o en ocasiones incluso patrística? ¿No dicen ellos mismos que «por sus frutos los conoceréis»?
Como cualquier otro crítico social yo soy partidario de una historiografía valorativa. Considero la historia desde un compromiso ético, que me parece tan útil como necesario, de «humanisme historique». Para mí, una injusticia o un crimen cometidos hace quinientos, mil, mil quinientos años son tan actuales e indignantes como los cometidos hoy o los que sucederán dentro de mil o de cinco mil años.
Escribo, por tanto, con intencionalidad política, que no es otra sino la ilustrada y emancipadora. Siempre estaré más cerca de la «histoire existentielle» que de la «histoire scientifique». Y la cuestión, últimamente muy debatida, de si la historia es o no una ciencia (cosa que ya negaban Schopenhauer y Buckie), apenas me preocupa. Los esfuerzos (casi diría los esguinces) polémicos de muchos historiadores profesionales, deseosos de probar el carácter científico de su disciplina, me parecen sospechosos, y muchas veces no tan «científicos» como «demasiado humanos». Mientras exista el género humano habrá historia; qué nos importa que se le reconozca el predicado de científica o no. Tampoco la teología es una ciencia (si lo fuera, sería la única que no consigue averiguar nada acerca del objeto de sus investigaciones; al menos los historiadores se salvan de ese reproche), pero tiene más cátedras que otras disciplinas que sí lo son. Al menos, en Alemania federal y durante el séptimo decenio del siglo XX, había en Würzburg diez cátedras para 1.149 estudiantes de ciencias político-sociales, y dieciséis cátedras para 238 futuros teólogos. Más aún, en Bamberg, el Estado federal de Baviera, gobernado por los socialcristianos, financiaba once plazas de número para treinta estudiantes de teología. Es decir, más profesores numerarios para treinta futuros expertos en asuntos de tejas para arriba (si no abandonaban antes la carrera) que para 1.149 estudiantes de otras ciencias no tan orientadas al Más Allá.77
Tengo para mí que la historia (y habrá bastado el ejemplo anterior, que no es sino una gota en un océano de injusticias) no puede cultivarse sine ira et studio. Sería contrario a mi sentido de la equidad, a mi compasión para con los hombres. El que no tiene por enemigos a muchos, es enemigo de toda humanidad. Y quien pretenda contemplar la historia sin ira ni afectación, ¿no se parece al que presencia un gran incendio y ve cómo se asfixian y abrasan las víctimas sin hacer nada por salvarlas, limitándose a tomar nota de todo? El historiador que se aferra a los criterios de la ciencia «pura» es forzosamente insicero. O quiere engañar a los demás, o se engaña a sí mismo. Diría más, es un delincuente, porque no puede haber delito peor que la indiferencia. Ser indiferente es facilitar el homicidio permanente.
Estos juicios, que quizá parezcan extravagantes o excesivamente severos, son consecuencia del doble sentido de la noción de historia, que se refiere tanto al suceso mismo como a la descripción de lo sucedido, res gestae y rerum gestarum memoriae. Y la historiografía no es sólo grafía sino también historia, parte de la misma, puesto que no se limita a reflejarla, bajo el matiz que sea; el historiador hace historia también. Importa tener presente que la reflexión deriva en acción, que influye en las ideas y en los actos de los humanos, de sus dirigentes y corruptores, influencia que en algunos casos ha podido ser determinante. En consecuencia, toda historiografía reviste tres aspectos: «narra la historia, es historia y hace historia» (Beumann).78
Los historiadores nunca han dejado de tener una opinión excelente acerca de ellos mismos. La misma ha ido mejorando en el decurso del tiempo y nunca ha estado tan hipertrofiada como hoy, pese a todos los déficits teóricos, escrúpulos metodológicos, titubeos y autojustificaciones, pese a la diversidad de escuelas historiográfícas rivales, para no hablar de los ataques externos. «El lugar de la historia préterita-desnaturalizada es la cabeza del historiador. De la historia real, no puede conservarse en aquélla sino su contenido» (Junker/Reisinger). En el siglo XX, precisamente, los historiadores han llegado a creerse protagonistas de la historia, hasta el punto que justifican la crítica de Edward Hallet Carr: «Historia es lo que hace el historiador».79
Sin embargo, esto sólo es una parte de la, verdad. Es más importante recordar que, por lo general, se hace historia a favor o en contra de los hombres, que siempre ha gobernado una minoría para la mayoría y en contra de ella, en contra de las masas dolientes y pacientes. La regla es que la historia política se funda en el poder, en la violencia, en el crimen; y por regla general también, esto no sólo lo silencia la mayoría de los historiadores, sino que muchos prefieren alabarlo, como siempre, al servicio de los potentados y del espíritu de los tiempos. Por tanto, también es regla que la historiografía no tiende a mejorar la política, sino que por lo general «se deja corromper por ella» (Ranke)..., y la corrompe a su vez. Pues así como sería posible hacer la política en favor de la mayoría, pero más comúnmente se hace en contra de ella, también la historiografía procede en contra de ella. A nosotros, en cambio, lo que nos importa no es la revolución en el trono, sino el destino de los hombres, como dijo Voltaire. Muchos historiadores, en vez de decirse homo sum como era su deber, prefirieron dedicarse a la descripción de batallas. Y si conserva hoy su validez la sentencia de san Juan Crisóstomo, «el que elogia el pecado es más culpable que el que lo comete», entonces los que elogian los crímenes de la historia y ensalzan a los criminales, ¿no son incluso peores que éstos?80
Lo cual nos obliga a plantearnos la cuestión siguiente: ¿Qué es crimen? ¿Quiénes son criminales?
Para responder a eso no voy a citar el Código Penal, teniendo en cuenta que tales códigos tienden siempre a la reproducción de lo socialmente establecido, a expresar la ideología del Establishment, por cuanto se escriben bajo la influencia de la minoría dominante y en contra de la mayoría dominada. Yo me fundo en la communis opinio, a la que no es del todo ajena la ciencia jurídica cuando establece que es homicida el que mata a otro intencionadamente, sobre todo cuando lo hace por motivos «bajos», como quitarle sus bienes o ponerse en su lugar, por ejemplo. Sólo que la Justitia hace una gran diferencia entre matar a uno o matar a millones: sólo lo primero es crimen. Y también hace diferencia entre matar a millones y robar millones: sólo lo segundo es justiciable. Para mí, esa «justicia» no es digna de su nombre.
Pero el sentido común, que pretende tener claro quién es un criminal, también cree saber bien a quiénes convierte en héroes. ¿Quién habrá contribuido más a ello, después del Estado y de la Iglesia, sino la historiografía? En la mayor parte de las fuentes relativas a nuestra era ha predominado la tradición de los opresores, y ha sido ignorada la de las capas oprimidas. Se presenta bajo la luz más favorable a los actores de la historia, al reducido grupo de los déspotas que la hicieron; los lomos que la soportaron quedan en la oscuridad, siempre o casi siempre, De tal manera que la influencia de la historiografía, sobre todo la de los últimos siglos, puede tildarse de catastrófica. No fue hasta 1984 cuando Michael Naumann demostró en su trabajo El cambio estructural del heroísmo que, desde la época absolutista, «el poder político, las instituciones sociales, la historia y la identidad nacional tienden a "condensarse" y "personificarse" en la figura del héroe nacional», que también las masas han interiorizado los actos de tales héroes como «existencialmente representativos» y «dignos de emulación», y que «siempre han sido los historiadores los primeros en presentar como "héroes" a estos personajes».81
Ahora bien, el heroísmo, y sobre todo el heroísmo político, suele ser más a menudo la mala disposición que quiere la ruina de otros, que la buena disposición para el autosacrificio. Y si Jean Paúl dijo que la historia no sólo era la novela más verídica que jamás hubiera leído, sino también la más hermosa, seguramente no llegaremos a saber nunca qué razones tendría para decirlo. Ni tampoco por qué Goethe («en una de sus manifestaciones más conocidas», según Meinecke) afirmó que lo mejor que nos queda de la historia es el entusiasmo que ella suscita. La historia del intelecto, no diré que no. La historia del arte, indudablemente. Pero, ¿la política? ¿Esta canción malsonante?82
Sea como fuere, tenemos que Thomas Cariyie, «el virrey de Goethe en Inglaterra» presenta la Historia universal, en su obra programáticamente intitulada Los héroes y el culto del héroe {Héroes ana Hero Worship) como la historia de los grandes hombres. O lo que es lo mismo, la fuerza como fuente de la legitimidad. En ello ha coincidido la inmensa mayoría de los historiadores profesionales, a los que realmente deberíamos llamar historiadores del Estado y que, en gran parte, no son sino funcionarios estatales que adoran a esos «grandes» hombres igualmente dotados para el mal como para el bien, a tal punto que el historiador Treitschke, hijo de un general de Sajonia, llegó a censurar la lucidez moralizante que «sólo concibe la grandeza como lo opuesto al desafuero».83
Ni siquiera una cabeza tan clara como la de Hegel consiguió ver la cuestión de otro modo; pero esto no debe sorprendernos, tratándose de un intelecto que por su parte se creía en posesión de la verdad absoluta (en contradicción con el sistema desarrollado por él mismo), que se tenía por un fiel «cristiano luterano» y que en su Filosofía de la historia identificó a ésta con la revelación divina; que, por otra parte y como máximo panegirista de la autoridad estatal en su versión más intolerante, rechazó todo lo marginal, todo lo diferente, como en el caso de «la demencia de la nación judía», en algunos pasajes llamada «incompatible [...] con las demás naciones», y que reserva todo su odio para los débiles y contestatarios, a los que llama «miembros gangrenados», «seres próximos a la descomposición», al tiempo que desaprueba las políticas «de paños calientes» y las «medidas suaves», como apologista que fue de la violencia, de «proceder con la máxima intransigencia», que recomendaba que el Estado debía justificarse a sí mismo «por medio de laviolencia» a fin de obtener «la sumisión del hombre a la autoridad». En cuanto a «esa chusma del pueblo alemán», sería preciso reuniría en una masa «mediante la violencia de un conquistador», para obligarla a «comportarse como corresponde a Alemania». «Así, todos los grandes Estados se crearon por la violencia superior de los grandes hombres»; en coherencia con ello, para Hegel la paz, y no hablemos de la idea kantiana de la paz permanente, es una pesadilla, ya que, a largo plazo, significaría «el apoltronamiento de la humanidad» e incluso «la muerte». En cambio, la guerra tiene la «significación superior» de servir para «preservar la salud moral de los pueblos, lo mismo que el movimiento de los vientos impide que se estanquen las aguas del mar». En cuanto al «estamento militar», Hegel dice sin rodeos que «le incumbe el deber [...] de sacrificarse». Ahora bien, el sacrificio (a veces eüfemísticamente llamado «abnegación») «en pro de la individualidad del Estado» es también deber general. La obediencia es el principio de toda sabiduría, como dijo ya san Agustín..., y en efecto, ese principio conduce muchas veces a la muerte «heroica». «El verdadero valor de los pueblos cultos [!] es la disposición para sacrificarse al servicio del Estado», y ya que los Estados se reconocen los unos a los otros incluso durante las guerras, y que «incluso en la guerra misma la guerra se determina como una situación pasajera», Hegel concluye que «la guerra moderna es más humana, ya que no se enfrentan personas alzadas en odio contra personas», típica idea cristiana por cierto, casi como de cura de regimiento; si Hegel hubiese conocido la posibilidad de una guerra atómica-bacteriológica-química, sin duda habría visto bellamente confirmadas sus previsiones. Dios se encarga de que todo se presente en su punto: «La humanidad necesitaba de la pólvora, y la pólvora fue inventada». La humanidad necesitaba de un Hegel, y hete aquí que apareció el maestro. Necesitaba guerras más humanas, y no le faltaron. No hay nada comparable a un pensador impertérrito, capaz de escribir incluso que los actores de la historia «merecieron la fama por hacer lo que hicieron como lo hicieron. No se podría decir cosa peor del héroe, sino que actuó inocentemente, porque el honor de los grandes caracteres consiste en soportar las culpas», en efecto, mientras que la culpabilidad vergonzosa queda reservada para los «pequeños»; a éstos, cuando son culpables, y a veces aunque no lo sean, les toca la cárcel, el nudo corredizo o la silla eléctrica. A los grandes criminales, en cambio, el elogio de los historiadores y de los filósofos de la historia.84
No falla; si generaciones enteras han tenido maestros así, ¿cómo ha de extrañarnos que se dejaran seducir por el primer aventurero que les deparase la historia? ¿No andarían mejor los asuntos de la humanidad, y también los de la historia, si los historiadores (y las escuelas) iluminasen y educasen basándose en criterios más éticos, condenando los crímenes de los soberanos en vez de alabarlos? Pero la mayoría de los historiadores prefieren difundir las heces del pasado como si hubieran de servir como abono para los paraísos del porvenir. La historiografía alemana, sobre todo, se encargó de colaborar al mantenimiento de las formas históricas tradicionales así como de las sociales, a la reproducción del «orden» existente (un orden que no es en realidad sino caos social y guerra continua, interna y externa), en vez de contribuir a derribarlo. La historiografía alemana, sobre todo, vinculó su suerte al apriorismo nacionalista. A partir del siglo XIX, entra en el remolino de la idea del Estado nacional, del optimismo patriótico y de la fe en la construcción nacional. Ella padeció desde luego esas tendencias en mayor medida que la historiografía de otros países, pero también contribuyó lo suyo a configurarlas. En cambio, la vinculación entre los procesos políticos y los sociales, es decir la historia social (que va a desempeñar un papel importante en esta obra, y que había tomado un impulso considerable a partir de finales del siglo xix), ha preferido ignorarla y casi proscribirla, porque se entendía que «nuestro Estado, nuestra política de gran potencia, nuestra guerra, están al servicio de los bienes superiores de nuestra cultura nacional», que Alemania «representa la idea de la nación en su forma más elevada» y el enemigo, por el contrario, «el nacionalismo más brutal», como afirmaba en tiempos de la primera guerra mundial Friedrich Meinecke, más tarde convertido al liberalismo de izquierdas. Y todavía después de lo de Hitler, cuando algunos empezaron a abrir los ojos, la gran mayoría de los historiadores, y no sólo dentro de nuestras fronteras (cada vez más reducidas, como resultado de aquella misma política de gran potencia), aunque desengañados de la idealización y la adoración del Estado, no obstante quieren seguir justificándolo y defendiéndolo, y ni siquiera en la historiografía alemana más reciente hallamos apenas criterios «científicos», sino la proyección de determinados intereses de la actualidad hacia el pasado, lo que ha dado lugar a «las tendencias claramente restaurativas de la historia alemana de posguerra», según Groh.85
Continúan bien arraigados en las mentes, y por desgracia no sólo en las de los historiadores, el nacionalismo político, ahora llamado «europeísmo» (que no es sino un nacionalismo ampliado para peor) y la mentalidad de gran potencia: el imperialismo, en una palabra. Es casi repugnante leer siempre las mismas justificaciones por parte de los eruditos, tanto los eclesiásticos como los no eclesiásticos e incluso los antieclesiásticos.
Ejemplo de ello, para citar sólo uno, es la glorificación cotidiana de Carlomagno (o Carlos el Grande), un héroe casi universalmente encomiado hasta alturas celestiales: el mismo que durante sus cuarenta y seis años de reinado y perpetuas guerras emprendió casi cincuenta campañas y que saqueó todo lo que pudo en los cientos de miles de kilómetros cuadrados de su imperium Christianum (Alcuino), su regnum sanctae ecclesiae (Libri Caroliní), en virtud de cuyos méritos fue elevado a los altares en 1165 por Pascual III, el antipapa de Alejandro III, siendo confirmada la canonización por Gregorio IX y no anulada por ningún papa posterior, que yo sepa; durante mi infancia, yo todavía celebraba mi onomástica en la fecha de «San Carlos el Grande».

Naturalmente, los historiadores no dicen que un hombre de ese calibre fuese un saqueador, un incendiario, un homicida, un asesino y un cruel tratante de esclavos; el que escribe en esos términos se desacredita ante el mundo científico.86 Los investigadores auténticos, los especialistas, usan otras categorías muy distintas; las peores expediciones de saqueo y los genocidios de la historia vienen a llamarse expansiones, consolidación, extensión de las zonas de influencia, cambios en la correlación de fuerzas, procesos de reestructuración, incorporación a los dominios, cristianización, pacificación de tribus limítrofes.
Cuando Carlomagno sojuzga, explota, liquida cuanto encuentra a su alrededor, eso es «centralismo», «pacificación de un gran imperio»; cuando son otros los que roban y matan, son «correrías e invasiones de los enemigos allende las fronteras» (sarracenos, normandos, eslavos, avaros), según Kámpf. Cuando Carlomagno, con las alforjas llenas de santas reliquias, incendia y mata a gran escala, convirtiéndose así en noble forjador del gran imperio franco, el católico Fleckenstein habla de «integración política» e incluso viene a subrayar que no se trataba «de una empresa extraordinaria [...], sino de una operación que implicaba una misión permanente». Nada más cierto. Lo que pasó fue que «el Occidente», según Fleckenstein (pero casi todos los historiadores escriben así), «no tardó en dilatarse más allá de la frontera oriental de Alemania», terminología que tiende a evocar un fenómeno de la naturaleza o de la biología, el crecimiento de una planta o el desarrollo de un niño... Algunos especialistas usan expresiones incluso más inocuas, pacíficas, hipócritas y ;U como Camill Wampach, catedrático de nuestra Universidad de Bonn; ^ «El país invitaba a la inmigración, y la región limítrofe de Franconia daba?;
habitantes a las tierras recién liberadas» ,87 ^
Sin embargo podríamos describir con más lucidez lo que ocurrió en -^ realidad, y ni siquiera sería necesario que padeciese por ello la «grande-1, za»: «El emperador Carlos fue grande como conquistador. Ahora se le ;í planteaba la misión aún más grande de crear un nuevo orden allí donde; í hasta entonces, sólo se había presentado como destructor». Así es: primero se destruye, después se edifica un «nuevo orden». Y partiendo de ese «nuevo orden», salimos otra vez de nuestras fronteras, o bien para seguir «renovando el orden», lo que desde luego nos obliga a seguir presentándonos como destructores, o si eso no fuese posible, para continuar con las escaramuzas fronterizas; lo que importa en todo caso, es seguir creciendo.88
Acabo de citar una antigua Historia del obispado de Hildesheim (1899), cuyo autor es un clérigo no del todo desconocido, el canónigo Adolf Bertram, caracterizado por «el realismo de los oriundos de la Baja Sajonia» (Volk, S.J.). Tan grande fue su realismo que, no conforme con celebrar la grandeza de Carlomagno, y en su dignidad ulterior de cardenal y presidente de la Conferencia Episcopal de Alemania, no desdeñó la oportunidad de saludar a un nuevo conquistador y creador de un nuevo orden en el sur, en el oeste y en el este que, si no ha sido elevado a los altares tampoco nos consta que fuese excomulgado: Adolf Hitler, cuya anexión de Austria fue aprovechada por el primado Bertram «para expresar con el debido respeto mi felicitación y mi gratitud [...ja cuyo fin he dispuesto un solemne redoble de campanas para el próximo domingo». Y que todavía el 10 de abril de 1942 aseguraba «al excelentísimo Caudillo [Führer] y Canciller del Reich» que los obispos alemanes elevaban sus oraciones «por la continuación de vuestros éxitos victoriosos en la guerra [...]».
Y es que los príncipes de la Iglesia, realistas o no, estuvieron siempre que pudieron al lado de los grandes aventureros de la historia, como más adelante iremos viendo, en la medida en que a éstos (al principio) suele sonreírles el éxito. Nada impresiona tanto a los príncipes de la Iglesia como el éxito (aunque luego, a toro pasado, suelen apuntarse a la resistencia). Así, un partidario tan frenético de la primera y segunda guerras mundiales como el cardenal arzobispo de Munich Freising, el «resistente» Faulhaber, pudo afirmar que «cuando el mundo sangra por mil heridas y las lenguas de los pueblos se confunden como en Babel, entonces ha sonado la hora de la Iglesia católica». Pero ya en el siglo V (cuando san Agustín se había declarado abierto partidario de la guerra, aunque fuese la guerra ofensiva), el patriarca Teodoreto decía que «los hechos de la historia nos demuestran que la guerra nos favorece más que la paz».89
Incluso un historiador tan importante y tan crítico para con la Iglesia como Johannes Haller se entusiasma (en 1935, dicho sea de paso) con «las hazañas del gran rey Carlos» y afirma sin rodeos que «la sumisión de los sajones era para el imperio franco una necesidad, a los efectos de la seguridad nacional, y que sólo podía llevarse a cabo por medio de la violencia sin contemplaciones, es decir que la razón no estaba del todo con los sajones. Además no hay que olvidar que se trataba de incorporar un pueblo primitivo a un Estado ordenado, es decir, de extender el imperio de la civilización humana [.. .]».90
Debemos entender, pues, que allí donde la historia se produce «por medio de la violencia sin contemplaciones», se está extendiendo «el imperio de la civilización humana». Evidente, y así hemos continuado desde entonces en todas partes, en Europa, en América, sobre todo bajo la enseña del cristianismo: explotación interminable y descarada, y una guerra tras otra, pero..., no exageremos, hasta que por fin llegamos a la posibilidad de que desaparezca Europa o la humanidad entera, cuando el jesuíta Hirschmann reclama «el valor necesario para arrostrar el sacrificio del rearme nuclear, dada la situación actual, incluso ante la perspectiva de la destrucción de millones de vidas humanas», y Gundiach, también jesuíta, se plantea incluso la destrucción del mundo, «ya que, por una parte, poseemos la seguridad de que el mundo no será eterno, y por otra parte nosotros no somos responsables de su fin», contando desde luego con la aprobación del papa Pío XII, que consideraba lícita incluso la guerra atómica bacteriológica-química contra «los delincuentes sin conciencia». Todo esto bajo el signo de la «extensión del imperio de la civilización humana». Confesemos, pues, que no se trataba de pacificar naciones primitivas en defensa de un Estado ordenado, sino de la lucha despiadada del más fuerte contra el más débil, del más corrompido contra el (tal vez) menos corrupto. La ley de la selva, en una palabra, que es la que viene dominando en la historia de la humanidad hasta la fecha, siempre que un Estado se lo propuso (u otro se negó a someterse), y no sólo en el mundo cristiano, naturalmente.91
Porque, como es lógico, no vamos a decir aquí que el cristianismo sea el único culpable de todas esas miserias. Es posible que algún día, desaparecido el cristianismo, el mundo siga siendo igualmente miserable. Eso no lo sabemos; lo que sí sabemos es que, con él, necesariamente todo ha de continuar igual. Es por eso que he procurado destacar su culpabilidad en todos los casos esenciales que he encontrado, procurando abarcar el mayor número posible de ellos pero, eso sí, sin exagerar, sin sacar las cosas de quicio, como podrían juzgar algunos que, o no tienen ni la menor idea sobre la historia del cristianismo, o han vivido totalmente engañados al respecto.
Que toda política de fuerza estuvo siempre acompañada de una discusión teológica, que por ejemplo «la labor teológica» continuó durante la lucha contra el arrianismo y que «no toda la vida de la Iglesia se agota en las luchas por el poder entre las facciones» (Schneemelcher) es cosa que nadie niega, y que se cumple para toda la historia del cristianismo. Pero el autor, después de leer tantos plagios al cabo del año, no tiene una gran opinión de la labor teológica ni de la vida de la Iglesia. Muy al contrario, porque considera que sólo sirven, con sus mentiras dogmáticas, sus justificaciones homilíticas y el adormecimiento litúrgico de las conciencias (las dudas que el sermón no haya despejado, las ahoga el estruendo del órgano), a la lucha descarnada por el poder, de la que siempre fueron y siguen siendo instrumentos.92

CAPÍTULO 1
ANTECEDENTES EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
«Y ¿qué sucedió? [...] "El ángel del señor, dicen, cayó sobre el campamento de los asirios y mató de ellos a 185.000 hombres;
y al día siguiente, los que se alzaron no vieron más que cadáveres".
Ésos son los frutos del temor de Dios [...].» SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA, DOCTOR DE LA IGLESIA1
«... muestra claramente que la historia cultural e historia política no se pueden separar. Esto, que es patente en general, lo es mucho más en el caso de Israel, en cuya historia apenas se menciona una batalla que no tenga algún motivo religioso».
MARTINUS ADRIANUS BEEK2
«Más peligroso que la inseguridad de los caminos y las bandas de patriotas y salteadores de las montañas fue el avance de la teología judía.»
THEODOR MOMMSEN3
«En todo lugar se advierte fácilmente que las penas más extravagantes son siempre las debidas a la intervención de los teólogos [.. .1.»
«Al exterminio de los paganos vino a sumarse la metódica destrucción de sus cultos y sus objetos de culto. [.. .1 El asesinato de religiosos de las demás creencias, con sus mujeres y sus hijos, se considera como una manera de proceder típicamente israelita.»
ERICHBROCK4
«Gracias a la lucha contra los cananeos quedó vencido el politeísmo y fue posible la conquista de la tierra prometida por el Dios de los padres, para que sirviera como plataforma de la Revelación. La guerra contra los cananeos fue, por tanto, una guerra de religión, lo mismo que las futuras cruzadas de los cristianos en aquellos mismos lugares, y por eso se sirvió de la misma arma religiosa de la confianza en el Señor, que decía: "Dios lo quiere".»
CARDENAL MICHAEL FAULHABER5
Israel
El país en donde surgió el cristianismo, una estrecha franja costera al este del Mediterráneo, en los confines occidentales de Asia, es un puente entre el Asia Menor y el norte de África, en particular Egipto. En este «rincón de las tormentas» entre ambos continentes rivalizaron las mayores potencias de la Antigüedad. En época pre-israelita le llamaban Canaán (bajo este nombre aparece noventa y ocho veces en la Biblia), topónimo que seguramente deriva del acadio «kinnahu» que designaba a la púrpura, importante mercancía de aquellos tiempos. Desde la conquista de Israel por los romanos bajo el emperador Adriano, en la segunda guerra judía, llevó el nombre de Palestina, ya que aquéllos pretendían borrar hasta el recuerdo del judaismo. En la Biblia no figura esa denominación; sólo en la Vulgata, es decir, en su traducción al latín aparece la palabra palaestini, aunque se designa con ésta a los filisteos. A veces, los romanos, y también algunos autores bíblicos, aplicaron a toda Palestina el nombre de su región meridional, Judea, de donde deriva el nombre de judíos. Al principio, los únicos en utilizar ese nombre fueron los no judíos, ya que aquéllos preferían llamarse el pueblo de Israel.6
En cambio, es relativamente rara la denominación «la tierra de Israel»; mucho más a menudo encontramos la expresión «tierra de Judá» referida, como queda dicho, a toda Palestina, que en su época de mayor expansión tendría una superficie no superior a la de Sicilia. A todo cuanto usurparon como «herencia» de disposición divina le dieron también el nombre de «Tierra de Promisión», como dice todavía la Epístola a los Hebreos, o «Tierra Santa», siguiendo la costumbre según la cual, la palabra santa tiende a cubrir con un manto deslumbrador los territorios, las intenciones y los personajes más oscuros. En el Talmud leemos, sencillamente, «la tierra», lo que ha sido celebrado por Daniel Rops con involuntaria ironía: «¡La tierra por antonomasia, la tierra de Dios!».7
El asentamiento y el «buen Dios»
Los israelitas, pueblo nómada, pastores de ganado según algunos investigadores, ocuparon parte de la tierra de Canaán quizá en el siglo XIV a. de C., y con toda seguridad en el XIII, donde se fundieron con otros invasores anteriores, los hebreos; proceso que intuimos pacífico a medias, y en todo caso difícil, históricamente llamado asentamiento y que sigue siendo un problema muy discutido. No obstante, es indudable que hay que buscar sus orígenes en el debilitamiento de la autoridad egipcia. Las doce tribus, que hasta entonces habían vivido separadas, cada una por su cuenta, formarían una «anfictionía» de fuerte matiz religioso, una especie de Estado teocrático cuyos centros serían los santuarios o lugares de peregrinación. Con el tiempo, estas tribus se unieron alrededor del culto a Yahvé, pues no fue una unidad natural o consanguínea, sino que se basaba en la «alianza» con este dios. Ciertamente, adoraban además a otras divinidades y espíritus, como El, de origen semítico, una deidad dotada de un miembro particularmente voluminoso, que luego acabó confundiéndose con Yahvé. Conocieron también el culto a los astros, a las fuerzas de la naturaleza, a las divinidades domésticas {teraphim), a ciertos animales (el becerro, la serpiente), a lugares sagrados como árboles, fuentes y rocas.
Poco a poco, los israelitas fueron destruyendo la nutrida red de las ciudades-Estado cananeas de la última Edad del Bronce, que se extendían en las comarcas de Palestina y Siria y eran defendidas por ejércitos en parte mercenarios, de un nivel cultural bastante superior; en suma, un país por el que, como sabemos, corrían la leche y la miel: «Y os di tierras que vosotros no habíais labrado, y ciudades que no habíais edificado, para que habitaseis en ellas, y os di viñas y olivares que no habíais plantado». Todo esto puso Yahvé en sus manos. Y junto a las constantes matanzas de cananeos (en el Antiguo Testamento llamados también «amorróos» e «hititas», y descritos como totalmente degenerados), los israelitas lucharon contra amonitas y moabitas; de estos últimos vencieron en cierta ocasión, según la Biblia, a «unos 10.000 hombres, robustos y valerosos». Y pelearon siempre contra los filisteos, de los que Samgar mató él solo a 600, según se afirma, «con una reja de arado», a lo que apostilla el traductor Lutero que aquél fue el «libertador de Israel». Precisamente, la enemistad contra los filisteos, quienes, procedentes seguramente de las islas del Egeo, dominaban cinco ciudades costeras (Gaza, Astod, Ekron, Ascalón y Gath), sirvió para dar forma al delirio nacionalista judío y forjar la unión de las tribus, antes mal avenidas. Los israelitas guerrearon contra los tiskal, los midianitas, los árameos y, cómo no, también contra ellos mismos, hasta el punto que Bethel ( = la casa de Dios), pongamos por caso, fue destruida cuatro veces entre los años 1200 y 1000 a. de C.8
Ahora bien, esas batallas no eran «profanas», aventuras de vagabundos sanguinarios, salteadores de caminos ni bandidos de la estepa, como los llama una crónica contemporánea de Tell-el-Amarna, sino obra de «un reino sacerdotal y nación santa» (Ex. 19, 6), de pastores de carácter puro, en los que «ardía el Espíritu divino» (Noth), a las órdenes de «caudillos carismáticos» (Würthwein). A la cabeza de todos ellos combatía Yahvé, el que no perdona a nadie su castigo, cuya nariz exhala humo y cuya boca escupe «fuego devorador», el que «arroja llamas», hace llover azufre, envía serpientes encendidas y la peste, el «Señor de los Ejércitos», de las «huestes de Israel», el «guerrero justo», el «héroe terrible», el «dios terrible», el «dios celoso, que castiga en los hijos la maldad de los padres hasta la tercera y la cuarta generación de los que le aborrecen». Cierto que alguna vez Yahvé «usa de misericordia» y realiza acciones «salvíficas». Pero si alguna vez se preocupa por los paganos, ello sólo sucede en la medida que «los gentiles eran judíos en potencia» (Fairweather). Por lo demás, de él sólo emanan «tribulaciones», «destrucción», no poca «ruina súbita», por ser «para los habitantes de toda la tierra». Cuando hace acto de presencia, el mundo tiembla, se estremecen las montañas y los enemigos caen como moscas. La regla de oro para el trato con una ciudad enemiga: «Cuando gracias a Yahvé, tu Se V" ñor, haya caído en tus manos, pasarás por la espada a todos los hombres '"\ que en ella habiten, y serán tuyas las mujeres y los niños así como las bestias y todo cuanto hubiere en ella». Evidentemente, tan misericordioso trato sólo está reservado a los enemigos lejanos; a los más próximos: «Ni uno solo debe quedar con vida».9
Pero ese Dios, obsesionado por su absolutismo como ningún otro en toda la historia de las religiones, y de una crueldad asimismo inigualada, es el mismo Dios de la historia del cristianismo. Todavía hoy pretende que la humanidad crea en él, que le rece, que entregue la vida por él. Es un Dios tan singularmente sanguinario que «absorbió lo demoníaco». Porque, ^ «siendo él mismo el demonio más poderoso, no necesitó Israel demonios de ninguna otra especie» (Volz). Es un Dios que hierve de celos y de afán de venganza, que no admite ninguna tolerancia, que prohibe del modo más estricto las demás creencias e incluso el trato con los infieles, los goyim, por antonomasia calificados de rasha, gente sin dios. Contra éstos reclama «espadas bien afiladas» para ejercer el «exterminio»..., «por sus errores, ¡aleluya!». «Cuando el Señor Dios tuyo te introdujere en la tierra que -^ vas a poseer, y destruyere a tu vista muchas naciones [...] has de acabar con ellas sin dejar alma viviente. No contraerás amistad con ellas, ni las tendrás lástima; no emparentarás con las tales, dando tus hijas a sus hijos, ni tomando sus hijas para tus hijos [...]. Exterminarás todos los pueblos que tu Señor Dios pondrá en tus manos. No se apiaden de ellos tus ojos.»10
Nada complace tanto a ese Dios como la venganza y la ruina. Se embriaga de sangre. Desde el «asentamiento», los libros históricos del Antiguo Testamento «no son sino larga crónica de matanzas siempre renovadas, sin motivo y sin misericordia» (Brock): «Ved cómo Yo soy el solo y único Dios, y cómo no hay otro fuera de Mí [...]. Vivo Yo para siempre, que si aguzare mi espada y la hiciere como el rayo, y empuñare mi mano la justicia, tomaré venganza de mis enemigos [...]. Embriagaré de sangre suya mis saetas, de la sangre de los muertos y de los prisioneros, que a manera de esclavos van con la cabeza rapada; en sus propias carnes cebarse ha mi espada».n
El 7 de febrero de 1980, el teólogo judío Pinchas Lapide inauguraba en la Universidad de Munich unas sesiones de la «Sociedad para la colaboración judeo-cristiana» con una conferencia sobre «Lo específico del judaismo»; en ella había la afirmación siguiente: que si fuese preciso resumir la fe de Israel en una sola frase, de manera telegráfica, la misma tendría que ser «la sed de unidad». Prescindiendo de que la sed de unidad, como nos enseña la historia, suele acarrear consecuencias catastróficas, ¿no sería más justo hablar de sed de sangre? Pero Lapide, como casi todos los teólogos, en realidad no piensa en la historia bíblica, sino en la teología, y por eso deduce como «primera consecuencia del monoteísmo judío» la existencia de una «ética unitaria», ¡y afirma que el valor más elevado de dicha fe sería el respeto a la vida humana!, «porque, para salvar una vida, y aunque fuese la propia, no sólo pueden, sino que deben quebrarse temporalmente casi todos los mandamientos...». Sin embargo, ¿no nos enseña la historia bíblica de Israel (y no pocos episodios de la contemporánea) que, en efecto, los mandamientos se quiebran a menudo, aunque no para salvar vidas, sino para destruirlas? Lo que no obsta para que Lapide llegue a esta segunda conclusión: que el monoteísmo judío implica «la igualdad de todos los hijos de Dios» y «el mismo derecho de todos los mortales a la salvación», en concordancia con el «mensaje gozoso del monte Sinaí, que ahoga en germen toda pretensión de pueblo elegido.. -».12
Sin embargo, en la Biblia, tal como nosotros la conocemos, predomina un tono muy diferente. Ese Dios de la Biblia es incluso peor que su pueblo. No exige respeto a la vida humana, ni reconoce la igualdad entre todos, ni el derecho de todos a la salvación por igual, sino todo lo contrario. Una y otra vez protesta contra el que no se hayan ejecutado sus órdenes de exterminio, de que se haya confraternizado excesivamente con los infieles. «Tampoco exterminaron las naciones que les había mandado el Señor, antes se mezclaron con los gentiles, y aprendieron sus obras, y dieron culto a sus ídolos, y fue para ellos un tropiezo...» Porque ese Dios quiere ser un Dios exclusivo, que no consiente a su lado ninguna otra cosa, «always at war with other gods» (Dewick). Los rivales deben desaparecer. Se anuncia la guerra total de religión..., tabula rasa! «Asolad todos los lugares en donde las gentes, que habéis de conquistar, adoraron a sus dioses... Destruid sus altares y quebrad sus estatuas; entregad al fuego sus bosques profanos; desmenuzad los ídolos y borrad sus nombres de aquellos lugares.» Órdenes tantísimas veces reiteradas por «el buen Dios» en el Antiguo Testamento. Y si alguno se niega, o incluso propone servir a dioses ajenos, aunque sea el hermano, el hijo o la hija, «o tu mujer, que es la prenda de tu corazón», debe morir, y «tú serás el primero en alzar la mano contra él.. .».13
La traición contra Yahvé, muchas veces visto en la figura del «esposo» (aunque no de diosas, por supuesto, ni siquiera de una sola diosa, sino del pueblo de Israel) merece con frecuencia el nombre de «fornicación», lo que ha de entenderse al pie de la letra: la madre se «prostituye», los hijos son unos «bastardos», las hijas unas «rameras», las novias «unas adúlteras», los hombres siguen a las «fornicarias», a las «prostitutas del templo», «la nación abandona al Señor por amor a la fornicación», ha aceptado «el salario de la inmundicia»; a veces «la palabra de Dios» no titubea en describir la «Tierra de Promisión», la «Tierra Santa», como una especie de paraíso del leocinio. Ejemplar, así, la conducta del profeta Oseas, el que engañó a su mujer en los ritos cananeos de la fecundidad, lo que sin duda no dejaría de servirle de inspiración; pero también Jeremías compara la idolatría de Israel con el comportamiento de las bestias en celo: «Reconoce lo que has hecho, dromedaria desatinada, que vas girando por los caminos cual asna silvestre, acostumbrada al desierto, que en el ardor de su apetito va buscando con el olfato aquello que desea...».14
En el caso de que este pueblo desobedezca, Yahvé le anuncia horrores inenarrables, castigos de «hambre y [...] un ardor que os abrasará los ojos y consumirá vuestras vidas [...] y enviaré contra vosotros las fieras del campo, para que os devoren a vosotros y a vuestros ganados». Y sigue amenazando: «Maldito serás en la ciudad y maldito en el campo [...] y enviará el Señor sobre tí hambre y necesidad [...] y hará el Señor que se te pegue la peste, hasta que acabe contigo, en la tierra en cuya posesión entrares [...] te herirá el Señor con las úlceras y las plagas de Egipto, y en el sieso, y también con sarna y comezón, de tal manera que no tengas cura [...] te herirá el Señor con úlceras malignísimas en las rodillas y en las pantorrillas, y de un mal incurable desde la planta del pie hasta la coronilla [...] el Señor acrecentará tus plagas y las de tu descendencia, enfermedades malignas e incurables»,15 y así sucesivamente.
La pena de muerte y la «guerra santa i»
Junto a las grandes matanzas propias de las guerras, naturalmente la pena de muerte se aplicaba con gran profusión; sin embargo, las sentencias (a ejecutar mediante lapidación por lo general, en casos excepcionales por cremación en la hoguera) no estaban confiadas a ninguna instancia concreta.16
Legalizada por el código mosaico y justificada por razones de religión, la pena de muerte sancionaba infinidad de infracciones. No sólo debe morir el asesino, sino también el que roba a otro, y el que maltrata a su padre o a su madre, o aunque sólo los maldiga. La misma pena recae sobre el adulterio (para la adúltera y para su amante), sobre las relaciones sexuales durante la menstruación, sobre la prostitución de la hija de un sacerdote, sobre la prometida que no hubiese gritado al ser violada; ítem más, sobre el incesto, la homosexualidad, la zoofilia (ejecutándose también al animal en cuestión): «La mujer que pecare con cualquier bestia, sea muerta juntamente con la bestia» (Lv. 10 y 16). Por lo general, la mujer, frivola e irresponsable, era tenida en poco, según demuestra la frecuente mención: «mujeres, esclavos y niños», como seres pertenecientes a una misma categoría; a menudo eran difamadas, cubiertas de sarcasmos, postergadas, desterradas de la vida pública y relegadas a la maternidad como sentido único de su vida, todo lo cual fue recogido más tarde por el cristianismo. Pena de muerte, por supuesto, para quien rindiese culto a otro dios, lo mismo que para quien blasfemase, o no cumpliese con el precepto de la circuncisión, o practicase la hechicería, o la adivinación, o se atreviese a profanar el monte Sinaí. Pena de muerte para quien se acercase al Arca de la Alianza, para el sumo sacerdote que no vistiese correctamente sus paramentos en el Templo, para quien trabajase en sábado, consumiese pan ácimo durante la passah, omitiese presentar las ofrendas, comiese de la carne del sacrificio pasados tres días, quebrantase a sabiendas los ritos, desobedeciese a sacerdotes o jueces, y cientos de supuestos más.17
La pena de muerte, impuesta muchas veces por infracciones menores o por puro capricho, se revestía de un sentido religioso, pues lo mis-i^ mo que mentían y engañaban en nombre de Yahvé (como fue engañado Judá por Tamar, Esaú por Rebeca, Faraón por la comadrona hebrea,, Labán por Jacob, que significa «el astuto», y que a su vez engañó a otros, y no poco, pese a estar conceptuado como «de buenas costumbres»), también mataban según el espíritu de Yahvé. Más aún, el propio Yahvé devora, escupe fuego, envía maremotos, y mata, pero no a individuos, sino a grupos enteros: a todos los primogénitos de los egipcios, a los rebeldes y libidinosos durante la travesía del desierto, a los tres mil adoradores del becerro de oro: «Así habla el Señor Dios de Israel: que cada uno ciña la espada [...] y dé muerte a su hermano, a su amigo y a su prójimo». Yahvé extermina a la familia del sumo sacerdote Eli, y lo mismo las casas de los reyes Jeroboam, Baisa, Acab; destruye ciudades en^ teras como Sodoma y Gomorra «por el fuego y el azufre que llovieron del cielo», a toda la humanidad por medio del diluvio. «La Biblia contiene el relato de las grandes acciones, de las mirabilia realizadas por Dios en el Cosmos y en la historia», como ha escrito el católico Daniélou.18
Y puesto que eso hace el Señor, al tiempo que arenga una y otra vez a Israel: «De hoy en adelante pondré temor y espanto ante tí entre todas las naciones que moran bajo el cielo»; y truena: «Perseguiréis a vuestros enemigos, y caerán delante de vosotros; cinco de los vuestros perseguirán a diez extraños, y cien de vosotros a diez mil: vuestros enemigos caerán en vuestra presencia al filo de la espada», se deduce forzosamente que tales acciones no son en modo alguno criminales, sino justas y, en esencia, religiosas; la guerra misma es un acto de devoción, algo sagrado (qiddes milhama significaba consagrar para la batalla), y el campamento el primer santuario en el más propio sentido de la palabra: «Las guerras se conducían casi siempre como guerras santas. [...} Toda guerra es asunto de la directa incumbencia de Yahvé» (Gross). Los éxitos en el combate se atribuyen exclusivamente a ese poder superior. Todas las victorias son victorias de Yahvé, las guerras son guerras de Yahvé, los enemigos lo son de Yahvé, los homicidas son «el pueblo de Yahvé», y el botín, lógicamente, también le corresponde a él. Todos los espadones deben ser ritualmente puros y confiar en Dios, todos son «bendecidos» y lo mismo sus armas. Antes de la matanza se practican ofrendas. Existe un clero influyente y bien organizado. Importancia particular reviste la consulta antes de la batalla; el Arca de la Alianza garantiza la presencia de la divinidad y acompaña a los combatientes. El sacerdote los arenga, Íes da ánimos, les quita el miedo: «Porque el Señor, vuestro Dios, os acompaña...»; «el Señor es mi estandarte».19
¡Cuántas de estas cosas retornan en el cristianismo! Para que nada falte, los que aborrecen a Yahvé deben caer, a fin de que viva el pueblo «de la Alianza», el medio elegido para la salvación del mundo. Aún en tiempos de Moisés, los israelitas acabaron con los importantes reinos de Sebón y de Og, al norte de Moab. Liquidaron a Sehón, el rey de los amorreos, y «fue pasado a cuchillo por los hijos de Israel» y «se apoderaron de sus mujeres y niños, y de todos los ganados, y de todos los muebles; saquearon cuanto pudieron haber a las manos». De similar manera fue derrotado Og, rey de Basan, y «mataron, pues, también a este rey, con sus hijos y a toda su gente, sin dejar hombre con vida, y se apoderaron de su tierra», «devastando a un mismo tiempo todas sus ciudades; no hubo población que se nos escapara; nos apoderamos de sesenta ciudades [...] y exterminamos aquella gente [...] con hombres, mujeres y niños; y cogimos los ganados y los despojos de las ciudades». Y las Sagradas Escrituras nos cuentan de la victoria sobre los madianitas:
«Como los hubiesen vencido, mataron a todos los varones, y a sus reyes [...] y se apoderaron de sus mujeres y niños, y de todos los ganados, y de todos los muebles [...]. Ciudades, aldeas y castillos, todo lo devoró el fuego».
Pero ni siquiera esto bastaba a Moisés, personaje a quien un opúsculo de 1598, De los tres grandes embusteros, achacaba «los mayores y más flagrantes crímenes» {summa et gravissime Mosis crimina), pues «enojado contra los jefes del ejército» preguntó cómo habían dejado con vida a las mujeres y a los niños: «Matad, pues, todos cuantos varones hubiere, aun a los niños, y degollad a las mujeres que han conocido varón; reservaos solamente a las niñas y a todas las doncellas. [...] Y se halló que el botín cogido por el ejército era de seiscientas y setenta y cinco mil ovejas, setenta y dos mil bueyes; asnos, setenta y un mil; y de treinta y dos mil personas vírgenes del sexo femenino»; muertes y rapiñas tremendas que, además, eran contrarias a los mandamientos quinto y séptimo del propio Moisés.20
De esta manera, entre 1250 y 1225 el «pueblo de Dios» asoló la mayor parte de Canaán, dedicado al exterminio (espoleado generalmente por gritos de guerra religiosos por el estilo de «espada de Dios por Gedeón»): mata, erradica «audazmente» a los malos, secuestra a las mujeres y a los niños, en el mejor de los casos, aunque eso sí, no olvida nunca el ganado. En una palabra, perpetran las atrocidades más horribles y se alaban por ello, y queman ciudades y aldeas hasta no dejar piedra sobre piedra. Hoy día, cuando se excavan los antiguos poblamientos cananeos, es frecuente hallar un grueso estrato de cenizas que confirma la destrucción por el fuego. Una de las ciudades palestinas más importantes del eneolítico tardío, Asdod o Tell-Isdud, emplazada sobre la ruta internacional del mar {vía maris) y que llegaría a ser la capital de la Pentápolis filistea, desapareció destruida por el fuego en el siglo XIII a. de C., lo mismo que su vecina Tell-Mor, seguramente. Y también pereció en llamas Hazor, una de las plazas fortificadas más importantes de Canaán, entre los lagos de Hule y de Genezaret, al igual que Laquis, hoy Tell Ed-Duwer, punto de importancia estratégica y entonces una de las ciudades amuralladas más fuertes de Palestina, y Debir (Tell Bet Mirsim), Eglon (Tell El Hesi) y otras muchas. Cierto que no es posible demostrar sin lugar a dudas que todas estas destrucciones fuesen obra de los israelitas, pero «it is true that there is ethnic intolerance all through Israel's history» (Parkes).21
A veces el exterminio se extendía a tribus enteras, y es que era común el lanzar contra el enemigo la forma más severa de la guerra decretada por el Señor, el anatema (en hebreo herám, que era la negación propiamente dicha de la vida, y cuya palabra deriva de una raíz que significa «sagrado» para los semitas occidentales), ofrecido a Yahvé como una especie de inmensa hecatombe o «sacrificio ritual». No por casualidad se han comparado las descripciones bíblicas del «asentamiento» con las posteriores campañas del Islam (ni con mucho tan sangrientas como aquéllas), cuando se dice que los conquistadores debían sentirse verdaderamente «depositarios de la palabra de Dios» y protagonistas de una guerra santa. «Sólo éstas, no las profanas, terminan con el anatema que supone el exterminio de todos los vivientes en nombre de Yahvé» (Gamm). Precisamente, «la destrucción de raíz [...] sólo encuentra explicación en el fanatismo religioso de los israelitas». La «insurrección» obedecía a una «determinación primariamente sociorreligiosa» (Cornfeld/Botterweck). Son los casos en que el Señor manda expresamente:
«Porque en las ciudades que se te darán no dejarás un alma viviente, sino que a todos sin distinción los pasarás a cuchillo; es a saber, al heteo y al amorreo, y al cananeo y al fereceo, y al heveo y al jebuseo, como el Señor tu Dios te tiene mandado, para que no os enseñen a cometer todas las abominaciones que han usado ellos con sus dioses, y ofendáis a Dios vuestro Señor».22
Semejantes excesos de la fe tenían su origen, en primer lugar, en el nacionalismo de aquel pueblo antiguo, sin duda uno de los más extremistas que se hayan conocido, unido a la rigurosidad de un monoteísmo desconocido en aquellas regiones. Ambos elementos se potenciaban mutuamente en la pretensión de ser el pueblo elegido, jamás abandonada por «el pueblo de Dios» ni siquiera durante las tribulaciones de la diáspora, juzgada por su intolerancia, desde los tiempos más antiguos, como odium generis humani, aborrecimiento al género humano o, como escribió Tácito, «adversus omnes alios hostile odium»; éste, sin embargo, alaba la «pertinaz superstición» de los judíos (pervicacia superstitionis) y en sus Historias comenta que son un género de personas odioso a ojos de los dioses (genus hominum... invisum deis), un pueblo abominable {taeterrima gens), de costumbres «perniciosas y sucias», «absurdas y ruines». La segunda condición del fanatismo religioso judío fue la convicción de que todos los «infieles» eran gente de costumbres corrompidas, consecuencia ésta de su propia «idolatría»: los supuestos vicios sexuales largamente detallados en el texto bíblico, las «abominaciones» tremendas que hacían «impuras» las tierras, las «costumbres inmundas» de los paganos, tales que «la tierra en que moran los escupe» y «cualquier persona que incurriere en alguna de estas abominaciones, será exterminada de su pueblo. [...] Yo soy el Señor Dios vuestro».23
Y pese a que los paganos siempre se mostraron dispuestos a reconocer al dios de los judíos, y pese a que, o precisamente porque, en líneas generales, conducían sus guerras con menor crueldad, los israelitas de la época predavídica perpetraron los crímenes más terribles, y celebraron el genocidio como acción agradable a los ojos del Señor, casi como símbolo de la fe. Y esa «guerra santa», entonces y más tarde llevada a cabo con especial vehemencia, sin admitir ni negociaciones, ni pactos, sino sólo el exterminio del enemigo, del incircunciso (o del no bautizado, del «hereje», del «infiel»), es «un rasgo típicamente israelita» (Ringgren). Según la mayoría de los aspectos, la descripción veterotestamentaria del libro de los Jueces, fechada entre 1200 y 1050, es decir, siglo y medio después del «asentamiento», es una fuente de información si no del todo fiable, sí bastante válida; y en ella apenas se menciona otra cosa que «guerras santas». Éstas empezaban siempre con bendiciones, después de un período de continencia sexual, y terminaban por lo general con la liquidación total del enemigo, hombres, mujeres y niños. «Las ruinas de muchas aldeas y ciudades, repetidamente destruidas durante los siglos xn y XI, proporcionan el más gráfico de los comentarios arqueológicos» (Cornfeld/Botterweck).24
También el libro de Josué, correspondiente al mismo trasfondo histórico y, en general, vinculado estrechamente con el de los Jueces, describe la conquista de la tierra prometida como una «guerra santa de Yahvé», llevada a cabo con una brutalidad insuperable. El Arca del Alianza, garantía de la presencia divina, acompañaba a las masacres. Con su ayuda, cruzaron el río Jordán, y fue paseada durante siete días alrededor de Jericó, mientras siete sacerdotes tocaban las trompetas «ininterrumpidamente», después de lo cual se ejecutó el anatema «y pasaron a cuchillo a todos cuantos había en ella [en Jericó], hombres y mujeres, niños y viejos; matando hasta los bueyes, y las ovejas, y los asnos». De igual manera procedieron Josué y «los hijos de Israel» con todas las demás poblaciones que redujeron a escombros y cenizas, como Hai, Maceda, Lebna, Laquis, Eglón, Hebrón, Dabir, Asor, o Gabaón, donde, durante los combates, el sol «permaneció inmóvil en medio del cielo casi todo un día» (si bien hoy, según la interpretación católica de monseñor Rathgeber, este «relato increíble de la Biblia» significa, sencillamente, que el sol desapareció tapado por negras nubes). Y la «palabra de Dios» repite con fatigante monotonía: «Acabando con cuanto había», «quitando la vida a todos sus habitantes», «acabando a filo de espada con cuanto había», «de tal suerte los destrozó, que no dejó alma viviente de ellos»; pero, eso sí, «repartieron entre sí todos los despojos y los ganados de estas ciudades, después de haber quitado la vida a todos los habitantes».25
Es posible que el asentamiento de los israelitas no se realizase sólo mediante campañas de exterminio. Podemos imaginar que también utilizarían la infiltración lenta y que, poco a poco, se irían confundiendo con los autóctonos. El mismo Yahvé mostraba, en principio, un talante pacífico: «En el caso de acercarse a sitiar una ciudad, ante todas las cosas le ofrecerás la paz; si la aceptase y te abriese las puertas, todo el pueblo que hubiere en ella será salvo y te quedará sujeto, y será tributario tuyo», aunque en caso contrario, naturalmente, las Sagradas Escrituras ordenan: «Pasarás a cuchillo a todos los varones de armas tomar que hay en ella». De tal manera que apenas hubo paz en Palestina, utilizándose todos los recursos bélicos entonces conocidos: el espionaje, la emboscada, las maniobras y asaltos de noche, el minado de las murallas, la penetración a través de galerías subterráneas, el empleo de máquinas balísticas y otros muchos. (Sin embargo, durante mucho tiempo los israelitas no tuvieron carros de combate ni caballería. Aquellos antiguos nómadas no sabían servirse de los caballos, que no fueron usados hasta la entrada de Absalón en Jerusalén; por eso, Josué hizo que les cortaran los tendones y mandó quemar los carros. Incluso David, que también ordenaba inutilizar los caballos de sus enemigos, tenía los asnos y los mulos por única montura.)26
Los estragos de David y los traductores modernos de la Biblia
En la época de los reyes, las guerras, las incursiones y las rapiñas se sucedieron sin solución de continuidad.
Samuel, último juez de Israel y primer profeta, peleó contra los filisteos y los derrotó pero luego, sintiéndose viejo, hizo ungir caudillo del ejército a Saúl y le ordenó en nombre de Dios: «Ve, pues, ahora y destroza a Amalee y arrasa cuanto tiene: no le perdones, ni codicies nada de sus bienes, sino mátalo todo, hombres y mujeres, muchachos y niños de pecho, bueyes y ovejas, camellos y asnos...». La católica enciclopedia de muchos tomos Lexikon für Theologie und Kirche apostilla que el profeta en cuestión fue un personaje «sin tacha», y aún va más lejos en el elogio de su sucesor: «Un gran afán en la defensa de la teocracia, de la ley y del derecho, fue la mayor prenda del carácter de Saúl». Y este rey, el primero de Israel (1020-1000) ungido por Samuel, figura típicamente «carismática» a través de quien actuaba «el espíritu del Señor» y, sin embargo, «psicópata evidentemente depresivo y atormentado por la manía persecutoria» (Beck), continuó con energía la tradición de las «guerras santas». Como cuenta la Biblia, Saúl combatió a «cuantos enemigos le rodeaban», moabitas, amonitas, edomitas, contra los reyes de filisteos y amalecitas. Eso sí, cuando de acuerdo con las órdenes superiores hizo matar a todos los amalecitas incluidos los niños de pecho, pero se guardó los mejores ganados, incurrió en la ira del Señor y en la del profeta Samuel, tras lo cual sufrió una tremenda derrota a manos de los filisteos y se suicidó: por cierto, éste es el primer acto de este género que menciona la Biblia.27
Su sucesor, David, nombre que significa el escogido (de Dios), el que compró como esposa a la hija de Saúl, Micol, por el precio de cien prepucios de filisteos, hacia el final del milenio anunció el principio del Estado nacional y consiguió así el máximo período de esplendor para Israel, cuyas posesiones llegaron entonces desde la Siria media hasta los límites de Egipto; era la nación más fuerte entre los grandes imperios de Mesopotamia, Hamath y Egipto.
Tal como había sucedido con Saúl, también de David (1000-961) se apoderó «el espíritu del Señor» y le hizo emprender una campaña tras otra, ya que eran muchos los «opresores»: al norte, contra los últimos enclaves de los cananeos, contra los amonitas, los moabitas, los edomitas, los árameos, los sirios de Adarecer. Y así lo reconoció David en su himno de acción de gracias: «Perseguiré a mis enemigos, los exterminaré: no volveré atrás hasta acabar con ellos. Los consumiré y haré añicos, de suerte que no puedan ya reponerse. Caerán todos bajo mis pies». «Pero nunca empezó él una guerra —le alaba san Ambrosio, doctor de la Iglesia— sin haber pedido consejo al Señor. Por eso también fue vencedor en todas las batallas, él que esgrimió la espada hasta la más avanzada edad.» Como avezado ex capitán de una partida de bandoleros (cuyas actividades cuenta el Who's Who in the Oíd Testament bajo el atractivo epígrafe de «The Guerrilla Years»), el «héroe magnífico» (san Basilio dixit) actuaba de forma especialmente contundente, a pesar de lo cual (o precisamente por eso) se le admira no sólo en la teología judía, sino también en la cristiana y la islámica como persona de destacada significación religiosa. «Siempre que salió en campaña, David no dejó hombre ni mujer con vida —le alaban las Sagradas Escrituras—; así hacía David cuando moraba en tierra de filisteos.» Durante dieciséis meses vivió bajo la protección del rey Aquis, en Get, huyendo de la ira de Saúl; pero luego el mismo David infligió tales derrotas a los filisteos, que éstos apenas vuelven a ser mencionados en la Biblia. Entre otras costumbres del elegido del Señor (el primero que estableció el núcleo de un ejército permanente, y acentuó el carácter, ya existente, de la fe judaica como religión del Estado, convirtiendo a los príncipes de los sacerdotes en funcionarios reales y miembros de su corte) figuraba la de cortarles los tendones a los caballos del enemigo; alguna vez se empleó también en cortar manos y pies a los enemigos mismos. Otra de las aficiones del «divino David, profeta grande y suavísimo» (según el obispo Teodoreto, historiador de la Iglesia) consistía en picar a los prisioneros con serruchos y tenazas de hierro y quemarlos en hornos de ladrillos, como hizo con los habitantes de todas las ciudades amonitas.28
Viene al caso recordar que, en 1956, el Consejo de la Iglesia evangélica alemana y la Unión de las Sociedades Bíblicas Evangélicas acordaron la edición de una Biblia, «según la versión de Martín Lutero en lengua alemana», edición que, autorizada en 1964 y publicada en 1971, reproduce de la manera siguiente el pasaje que acabo de citar: «A los habitantes los sacó, y púsolos a trabajar como esclavos con las sierras y las hachas de hierro, y en los hornos de ladrillos». Sin embargo, Martín Lutero lo había traducido así: «A los habitantes los sacó, y mandó que fuesen aserrados, haciendo pasar narrias de hierro, y despedazarlos con cuchillos, y arrojarlos a los hornos de ladrillos».29
Este pasaje se corresponde con otro del Libro 1° de las Crónicas (20,3), en donde la susodicha Biblia autorizada por el Consejo de la Iglesia evangélica alemana, «según la versión de Martín Lutero», dice: «A cuyos habitantes los hizo salir fuera, y sometiólos a la servidumbre del trabajo en los trillos, sierras y rastras», pero las palabras que Lutero escribió fueron: «A cuyos habitantes los hizo salir fuera, e hizo pasar por encima de ellos trillos y rastras, y carros armados de cortantes hoces; de manera que quedaban hechos piezas y añicos» .30
Eso es una falsificación, y responde a un cierto método.
En el decurso de los últimos cien años, la Iglesia evangélica ha propuesto nada menos que tres revisiones de la Biblia luterana. En la versión revisada de 1975 apenas dos terceras partes del texto remiten directamente a la traducción hecha por Lutero. Una de cada tres palabras ha sido cambiada; a veces, es cuestión de matiz, pero otras veces la modificación tiene su importancia: ¡de las 181.170 palabras que suma, poco más o menos, el Nuevo Testamento, la innovación se extiende a unas 63.420 palabras! (Los investigadores más críticos coinciden en afirmar que la modernización léxica necesaria para una comprensión actual del texto no exige cambiar más de 2.000 o 3.000 palabras.) Poco se figuraba Lutero que sus herederos espirituales iban a enmendarle la plana tan ampliamente, él cuyo lema como traductor fue que «las palabras deben ponerse al servicio de la causa, y no la causa al servicio de las palabras», y que «el sentido no está al servicio de las palabras, sino éstas al servicio del sentido, al que deben plegarse y obedecer».31
Es evidente que siempre cabe la posibilidad de «quitar hierro» en una traducción..., perdiéndole el respeto al predecesor; pero cuando la Iglesia evangélica anuncia una Biblia, «según la versión de Martín Lutero en lengua alemana», en realidad vende una crasa falsificación. De todas maneras, si los hubieran hecho esclavos, siendo ellos unos idólatras, seguramente no habrían corrido una suerte mucho más envidiable, incluso los no combatientes; como ha comentado el arqueólogo Glueck, que excavó la ruinas de Eilat, sobre los esclavos del Estado que allí trabajaban en los hornos de ladrillos: «The rate of mortality musí have beenterrific».32
En la Biblia, un tal Semeí maldice a David llamándole «sanguinario» y le arroja piedras; Erich Brock y algunos más han opinado que «no era para menos». Hasta el propio Señor lo confirma: «Tú has derramado mucha sangre, y hecho muchas guerras». Pero, eso sí, siempre «con el Señor», siempre «por voluntad del Señor»; por ello, sin duda, «miraba el Señor a David con agrado», por ejemplo después de escabechar a «veintidós mil árameos», o tras una matanza de «dieciocho mil» edomitas. «Haz todo cuanto te inspira tu corazón, porque Dios está contigo», dice en otro lugar; «contigo he andado en todas tus marchas, y en tu presencia he derrotado a todos tus enemigos, y te he dado renombre, cual puede tenerlo uno de los magnates que son famosos sobre la tierra».33 Aunque los nombres de «los magnates famosos sobre la tierra», a menudo, no sean sino la nómina de los más grandes criminales.
El «sanguinario» David, no obstante, y al modo de todos los sanguinarios por devoción, da fe de su propia «rectitud», de su propia «pureza»: «El Señor me recompensará según mi justicia, y me tratará según la pureza de mis manos»; «he vivido con inocencia de corazón en medio de mi familia»; «jamás he puesto la mira en cosa injusta». Incluso en sus últimas palabras, David se presenta «puro como la luz de la mañana cuando sale el sol, al amanecer de un día despejado». Y el Dios del Antiguo Testamento (seguido en esto, con bella continuidad, por el de los milenios cristianos), es «sin tacha» como el mismo David, pero además un «sanguinario» mucho más grande, que, por ejemplo, acaba con 50.700 personas sólo porque osaron mirar el Tabernáculo..., aunque la tan mentada Biblia del Consejo de la Iglesia evangélica haya convertido los «cincuenta mil siete cientos» de Lutero en modestos «setenta».34
Pero si Dios alabó al «sanguinario» David por cumplir sus mandamientos y andar siempre bajo la sombra del Señor, haciendo sólo lo que pudiese agradarle, y si David se alabó a sí mismo, también le ha alabado siempre, incansable, el clero cristiano que, como me propongo demostrar, en todas las épocas ha estado a favor de los grandes criminales de la historia, en la medida en que ello pudiera serle de utilidad. El mismo rey «sanguinario» fue el primero en favorecer al clero cuanto pudo, y por eso ha servido de ejemplo durante milenios: por ser fiel al Señor, por hacer la guerra en nombre del Señor, por santificar el botín destinándolo a la construcción del Templo (quien intentase ocultar la contribución se exponía al exterminio de toda su familia, ganado incluido), «el oro y la plata tomados a los idólatras edomitas, moabitas, amonitas, filisteos y amalecitas», poniendo punto en boca a quien aborreciese de Dios y de sus servidores. «Los transgresores serán desarraigados todos como espiñas, a las cuales nadie toca con la mano, sino que [...] mete fuego en ellas para abrasarlas y reducirlas a la nada.»
«La grandeza de David y sus éxitos —escribía en 1959 el Lexikonftir Theologie und Kirche— justifica la consideración en que le ha tenido la posteridad»; la misma obra le reconoce, por otra parte, «virtudes humanas extraordinarias».35
Judá, Israel y «el azote del Señor»
A partir de 926, tras el hundimiento del gran reino forjado por David hacia el año 1000 a. de C., que abarcaba toda Palestina, y la división del mismo en un reino meridional (bajo la casa de David) y otro septentrional (bajo diversos reyes), cuya capital fue Samaría, ya no cesaron jamás las luchas por el poder, los disturbios, los golpes de Estado de los magnates y las guerras entre los dos países. Durante generaciones los príncipes se hostilizaron mutuamente, los ejércitos chocaron entre gritos de batalla al sonido de las trompas; hay que tener en cuenta que Jerusalén distaba sólo dieciséis kilómetros de la frontera con el reino septentrional. En el fragmentario reino meridional de Judá, constituido solamente por las tribus de Judá y Benjamín, reinó al principio Roboam, hijo de Salomón; en el septentrional de Israel, formado por las diez tribus restantes, reinaba Jeroboam, el gran enemigo de Salomón. «Durante la vida de Roboam continuó la guerra entre éste y Jeroboam», dice la Biblia; «continuó la guerra entre Asá y Baasá, rey de Israel, mientras vivieron ambos». Si hemos de creer la «palabra de dios», la sangre corrió a raudales. «Los de Judá cobraron grandísimos bríos, por haber puesto su esperanza en el Señor Dios de sus padres. Abía fue persiguiendo a Jeroboam en su fuga [...] ni pudo Jeroboam alzar ya cabeza [...] e hirióle el Señor y murió. Después que se aseguró Abía en el trono, tomó catorce mujeres, y de ellas tuvo veintidós hijos y diez y seis hijas.»
(Claro que Salomón [961-922], pese a su sapiencia tomó 700 mujeres y 300 concubinas, y si se apartó del Señor a ratos fue porque algunas de ellas le habían aficionado al culto idolátrico.)36
En la guerra de judíos contra judíos los prisioneros debían ser luego puestos en libertad, aunque esa condición no siempre se cumplió al pie de la letra; de lo contrario, habrían sido eliminados sin más o vendidos como esclavos, según las prácticas que atestiguan las Escrituras, que por cierto los declara especialmente necesitados de la ayuda divina y les promete la salvación..., para la época mesiánica, naturalmente.37
Alguna que otra vez los dos reinos entablan negociaciones o unen sus fuerzas; así lo hicieron el rey Joram de Israel (852-841) y el rey Josafat de Judá (870-849) contra los moabitas, tradicionales aliados de los hebreos. Grandes extensiones del reino de Moab quedaron totalmente devastadas, ya que se practicaba una especie de táctica de tierra quemada. «Destrozaron a Moab, destruyendo las ciudades; llenaron de piedras, que cada uno echaba, los campos más fértiles, cegaron todos los manantiales de las aguas, y cortaron todos los árboles frutales.» Pero no tardan en reanudar las guerras fratricidas, en saquear, en asolar, en conspirar para lograr enfrentamientos entre otras naciones, en combatir a favor o en contra de éstas. Ciento cincuenta años de guerras ininterrumpidas que merecen la siguiente alabanza bíblica, tan exagerada como siempre: «Los hijos de Israel mataron de los sirios en un día cien mil hombres de infantería. Los que pudieron salvarse huyeron a la ciudad de Afee, y cayó el muro sobre veintisiete mil hombres que habían quedado». «Cómo han abandonado ellos la ciudad famosa, la ciudad de delicias», ironiza Jeremías sobre Aram (Damasco), y profetiza: «Serán degollados sus jóvenes por las calles, y quedarán exánimes en aquel día todos sus guerreros. Y aplicaré fuego al muro de Damasco, el cual consumirá por completo las murallas del rey Benadad». Así dice «el más personal, el más íntimo de todos los profetas», al que hay que colocar entre «los espíritus religiosos más grandes de todos los tiempos» y como uno «de los más próximos al Cordero de Getsemaní» (Nótscher) .38
Precisamente los profetas insistieron mucho en lo de la «guerra santa»; Isaías, en particular, considera como tal a la historia entera de Israel. Es habitual la pretensión de confundir tales batallas con el «juicio de Dios».39
Lo mismo que todas las victorias son del Señor, las derrotas se explican como castigo de la desobediencia, «Filosofía de la historia» que encontramos por doquier, y no sólo en los dos Libros de los Reyes. De esta manera, Cirilo de Alejandría, personaje por cierto muy indicado para nuestra historia criminal, formulaba la definición siguiente refiriéndose a los reyes «de la nación judía»; «Los unos olvidaron el santo temor de Dios [...] y ésos perecieron miserablemente. [...] Los otros se condujeron como tutores del culto al Señor [...] y ésos vencieron sin dificultades a sus enemigos y aplastaron a sus contradictores».40
Cuando los hijos de Israel «mataron de los sirios en un día cien mil hombres de infantería» , Yahvé «entregó en sus manos toda esa gran muchedumbre» para que acabasen de conocer «que Yo soy el Señor». En la guerra fratricida entre Judá, bajo el rey Abía (914-912), e Israel bajo el rey Jeroboam (913-910), la primera venció con la ayuda divina contra un ejército, dicen, de un millón doscientos mil hombres. «Mirad, en cabeza de nuestro ejército avanza el Señor Dios nuestro con sus servidores...» Después de la victoria sobre los etíopes, «destruyeron todas las ciudades al contorno de Gerara; porque se había apoderado de todos un gran terror, y las ciudades fueron saqueadas, y se sacaron de ellas muchos despojos». Cuando se acerca la masa de los amonitas y los moabitas coaligados, es el mismo Señor quien arenga a sus fieles por boca de su profeta: «No tenéis que temer ni acobardaros a la vista de esa muchedumbre, porque el combate no está a cargo vuestro, sino de Dios». Siempre es «el terror del Señor» el que se derrama «por todos los reinos circunvecinos de Judá», cuyos príncipes no cejan hasta ver las ciudades «convertidas en montones de escombros» y sus habitantes diezmados, a tos que se compara en las Escrituras con la hierba que crece sobre los tejados, agostada antes de madurar.41
Aunque también suele ocurrir que «el terror del Señor» cunda entre las propias filas.
Casi la mitad de los reyes de Israel murieron asesinados. Las Sagradas Escrituras, que resumen los hechos de casi todos estos reyes en la sentencia «hizo el mal delante del Señor», describen la situación así: «El año treinta y ocho del reinado de Azarías, rey de Judá, reinó Zacarías, hijo de Jeroboam, sobre Israel, en Samaría, por espacio de seis meses», pero «conjuróse contra él Sellum, hijo de Jabes, y acometiéndole en público, le mató y reinó en su lugar». El reinado siguiente duró tan sólo un mes, «porque Manahem [...] fue a Samaría, e hiriendo a Sellum, hijo de Jabes, lo mató, y reinó en su lugar». En cambio, Manahem, que cuando se apoderó de Tapsa mató a todas las mujeres preñadas «a las cuales hizo rasgar el vientre», logró mantenerse durante diez años con la ayuda del Señor y murió pacíficamente. Pero su hijo Facela sólo reinó dos años, ya que luego «conjuróse contra él Facea, [...] el cual le acometió (...] en la torre de la casa real, cerca de Argob y de Arie, y quitóle la vida, y reinó en su lugar». Y aunque Facea gobernó durante veinte años, finalmente Osee organizó una conspiración contra él, «y armóle asechanzas, e hirióle, y le mató, y reinó en su lugar».42
Verdad es que, siempre con la ayuda del Señor, a menudo hubo escabechinas dinásticas de más alcance; así, por ejemplo, cuando Baasá hubo dado muerte a Nadab, rey de Israel (910-909; era uno de los hijos de Jeroboam) y «reinó en su lugar», la Biblia nos cuenta que así que fue rey «exterminó toda la familia de Jeroboam; no dejó con vida ni una sola persona de su linaje, «sino que le extirpó enteramente, según lo había predicho el Señor», porque Jeroboam «había irritado al Señor Dios de Israel». Después de esto, Baasá reinó durante veinticuatro años (909886) y le sucedió su hijo Ela; pero ése sólo duró dos años. Porque «se rebeló contra él su siervo Zambri, comandante de la mitad de su caballería [...] y le mató [...] y entró a reinar en su lugar». Y tal como Baasá, según lo predicho por el Señor, había extirpado el linaje de Jeroboam, también Zambri «luego que llegó a ser rey, y se hubo sentado en el trono, exterminó toda la casa de Baasá, y todos sus deudos y amigos, no dejando vivo ni siquiera un perro» (Lutero traduce literalmente, en su recio alemán, la expresión «no dejando vivo ni siquiera al que meaba contra la pared»).43
Tal cosa ocurría en el año del Señor de 885, pero Zambri sólo reinó siete días en Tersa y luego murió abrasado en el palacio, pues «todo Israel» se había alzado y tomado por rey suyo a Amri, general del ejército en campaña. Pues bien, aunque Amri (885-874) llegó al poder sin derramamiento de sangre por su parte, y aunque fue uno de los soberanos más capaces del reino septentrional, y fundó una dinastía que perduró cuarenta años (siendo digno de anotarse que él y su hijo Acab actuaron con tanto acierto político, económico e incluso cultural, que las inscripciones asirías de épocas posteriores todavía se refieren a Israel como «Bit Humri», «la casa de Amri»), el Antiguo Testamento tiene poco que decir de él. Ocurre que Amri se dedicó a fomentar el sincretismo religioso, con lo que «hizo el mal delante del Señor» y aun «sobrepujó en maldad a cuantos le habían precedido».44
También su hijo Acab (874-853), a quien las investigaciones modernas nos presentan como un administrador inteligente (en beneficio de las capas privilegiadas, eso sí) y gran constructor de ciudades, queda en la Biblia como un paradigma de perversidad, como un renegado y como el déspota por antonomasia. Pues aunque oficialmente permaneció fiel al culto de Yahvé, consultó siempre a los profetas de Yahvé antes de tomar ninguna decisión importante y dio nombres inspirados en Yahvé a sus hijos, sin embargo también toleró otros cultos. Y su mujer, la princesa fenicia Isebel de Tiro, llamada Jezabel en la Vulgata y condenada en el Apocalipsis (2, 20) como símbolo femenino de la idolatría, era una ferviente adoradora del dios Baal de Tiro y además introdujo los cultos de la fecundidad de Atirat Jam, presididos por la deidad marina Azera. El propio Acab erigió un templo con altar a Baal, hizo esculpir una figura de Azera, con todo lo cual «hizo más males en la presencia del Señor que todos sus predecesores».45
En la cruzada contra las religiones de los pueblos vecinos, el castigo nunca se hace esperar demasiado. Su iniciador fue el profeta Elíseo, discípulo y compañero del famoso Elias, fanático debelador de los seguidores de Baal, que concentró sus ataques sobre el rey Acab y la reina Isebel, aunque con prudencia y sin mancharse personalmente las manos, utilizando la mediación de uno de los llamados «hijos de los profe" tas», es decir, de un discípulo que actuaba como profeta a cambio de una remuneración (anticipando con esto las prácticas del clero cristiano) para luchar contra la política liberal en materia religiosa; además, estos «hijos de los profetas» acompañaban al ejército, al que arengaban con sollamas patrióticas y propaganda de la «guerra santa». Con la intervención de uno de estos agentes, Elíseo promovió la insurrección del general Jehú y le hizo ungir rey de Israel; como no ignoraba que la entronización de Jehú acarrearía un baño de sangre. Elíseo prefirió soslayar la intervención directa. Pero el «hijo de los profetas» hizo saber en nombre del Señor: «Exterminarás la casa de Acab [...] desde lo más estimado hasta lo más vil y desechado en Israel [...] y a Jezabel la comerán los perros en el campo de Jezrael».46
Dicho esto, Jehú (841-814) liquidó a toda la dinastía de Amri. Primero mató a Joram (852-841), hijo de Acab. Luego hizo asesinar a la reina Isebel en Jezrael, y poco después a Ococías, hijo de Joram y rey de Judá; seguidamente organizó el exterminio de setenta hijos de Acab en Samaría, cuyas cabezas fueron enviadas a Jehú en cestos, con la advertencia: «Considerad ahora cómo no ha caído en tierra una sola palabra de las que habló el Señor contra la casa de Acab». No obstante, con el fin de saldar más redondamente las cuentas del Señor, «hizo, pues, matar Jehú a cuantos habían quedado de la familia de Acab en Jezrael, y a todos sus magnates, y familiares, y sacerdotes, sin dejar ninguno con vida». Una vez en Samaría, se tropezó con los hermanos de Ococías, el rey de Judá ya eliminado por él, y ordenó masacrarlos también: «Prendedlos vivos. Presos que fueron vivos, los degollaron junto a una cisterna vecina a la casa esquileo, en número de cuarenta y dos hombres, sin perdonar a ninguno. »47
Así sucedió conforme a la «palabra de Dios» transmitida a Jehú por el discípulo de Elíseo. Quizá fuese también el mismo Elíseo quien inspiró el degüello de los sacerdotes de Baal, lo que parece tanto más probable por cuanto el amo y maestro de aquél, el profeta Elias (honrado por los católicos como «patrono de la pureza de corazón en las familias», de acuerdo con Hamp) había organizado ya una matanza similar a orillas del arroyo de Cisón, «en número de cuatrocientos cincuenta hombres», según la Biblia, «uno de los puntos culminantes de su carrera», como apostillan los investigadores cristianos, no sin observar que «los profetas de Baal jamás habían mostrado una postura agresiva» (Caspari). Pero el profeta «está siempre poseído del espíritu de Dios», como dice Hilario, doctor de la Iglesia, sobre todo teniendo en cuenta la presencia de un Elias (el nombre significa «Yahvé es mi Dios»; y comenta Preuss: «El mismo nombre era ya todo un programa teológico») en el fondo de la escena. El rey Jehú prolonga drásticamente la pía tradición; llama a todos los sacerdotes y seguidores de Baal «porque voy a hacer un sacrificio grandioso a Baal», y ordena luego «entrad dentro, y matadlos; que ninguno escape. Y los soldados y capitanes los pasaron a cuchillo». Esta hazaña es alabada por el Señor en persona: «Por cuanto has ejecutado con celo lo que era justo y agradable a mis ojos [...] tus hijos, hasta la cuarta generación, ocuparán el trono de Israel». Y el propio Jehú, aunque tampoco él «se apartó de los pecados de Jeroboam», ocupó el susodicho trono durante veintiocho años.48
Sin embargo, no termina con esto la cadena de crímenes. Atalía (841835), madre de Ococías, que se había alzado con el mando en Judá tras la muerte de su hijo, como primera providencia se dedicó al exterminio de la casa de David, con la intención de eliminar a posibles rivales peligrosos; una medida profiláctica, como si dijéramos. Hasta que la propia Atalía fue muerta a su vez, a instigación del sumo sacerdote Joyada, por cuanto Atalía, recordémoslo, hija de Acab y de Isebel, había fomentado el culto a Baal haciéndose con ello especialmente odiosa a la casta sacerdotal. «El espíritu de Elias y de Elíseo triunfaba tanto en el norte como en el sur» (Beek).
Un siglo después, en 722, los asirlos conquistaban Israel, el reino septentrional, al primer asalto; ¡juicio de Dios por las continuas ofensas a la verdadera fe! Pero entre los años 597 y 587 los babilonios, bajo Nabucodonosor, se apoderan asimismo del reino meridional, Judá. En 586 asaltan y destruyen totalmente Jerusalén, ejecutan a buen número de los magnates incluido el primer sacerdote Saraías, deportan a la clase dirigente y no dejan en el país sino a una parte del «pueblo bajo», «para cultivar las viñas y los campos». La caída de Judá castigaba, sobre todo, las iniquidades de Salomón (la ausencia de campañas bélicas durante su reinado, quizá) y de otros reyes; todo ello consecuencia del «gran furor» que el Señor había concebido contra Judá a causa de todos los pecados cometidos.49
Babilonia, gran imperio que en tiempos de Nabucodonosor había sido prácticamente inexpugnable y casi invencible, cayó sólo medio siglo después a manos de Ciro II, fundador de la gran potencia persa; la capital misma se entregó en el año 539 sin disparar ni una sola flecha. Pero doscientos años más tarde también había desaparecido el imperio persa, hasta entonces el más grande del mundo. Alejandro de Macedonia fue su vencedor, y estableció en Babilonia su capital (331-323). Bajo los sucesores de éste, los descendientes de Seleuco, desempeñó todavía un papel histórico notable entre los años 312 y 64 a. de C. Luego sobrevinieron los romanos, y apenas cien años después de Jesucristo, Babilonia no era más que un montón de ruinas célebres.
Clericalismo reaccionario y orígenes de la teocracia
Durante su exilio en Babilonia, el rey Joaquín de Judá (597) recibió sin duda un trato digno. Y cuando el rey persa Ciro II conquistó el reino de Babilonia, entre 538 y 537, ese hombre (que ya entonces practicaba los principios hoy consagrados por el derecho de gentes: respeto al enemigo vencido como a igual, tolerancia frente a las religiones ajenas) ofreció a todos los judíos que lo quisieran el regreso a Palestina; más aún, dispuso la reconstrucción del Templo a costa del erario real y devolvió a los judíos el tesoro de oro y plata capturado por Nabucodonosor en Jerusalén. Por ello, incluso el Antiguo Testamento tiene palabras de alabanza para el rey idólatra: «pastor de Dios» y «ungido del Señor» en el deutero-Isaías. Y el mismo Señor afirma: «Tú has cumplido todos mis designios», y eso que tales designios no podían ser ni son más diferentes.50
Una minoría de los exiliados regresó a su país e inició, en el año 520, la reconstrucción del Templo, quedado terminado en 515 el llamado segundo Templo, más grande que el anterior, principalmente gracias a los subsidios de los persas. Volvió a florecer Jerusalén como capital de la provincia persa de Jehud, pero gozando de una notable autonomía. También otras ciudades se repoblaron, controladas por gente de confianza de los persas como el davídida Zorobabel, aunque el clero no tardó en acaparar el poder, iniciándose así una evolución en virtud de la cual, hacia la época helenística, el verdadero amo de Judea era el sumo sacerdote, que mandaba en ella como los reyes en otros países. Pero ya bajo el dominio de los persas se había convertido en la cabeza espiritual y temporal de la comunidad judía, y ésta en una teocracia conducida por el clero que, como clase más rica y poderosa en Jerusalén, controlaba asimismo los asuntos políticos y económicos; es decir, que mandaba en todos los sentidos. Se renovaba la «alianza» con el Señor bajo la pretensión de que tal «nueva alianza» {berit hadashah) debía ser algo totalmente distinto de la primitiva alianza del Sinaí, aunque no fuese en realidad sino un refrito: «para que sepan los idólatras que Yo soy el Señor tu Dios». En la práctica, el discurso seguía siendo el del exclusivismo, el de la intolerancia religiosa, el de la demencia nacionalista; únicamente se aplazaban para un futuro indefinido las utopías escatológicas, la victoria total de Yahvé y la construcción del «reino de Dios». Toda idea cosmopolita, por el contrario, seguía siendo para los profetas judíos una «abominación idólatra».51
En este sentido, destacó la actividad del sacerdote Esdras, representante oficial {sofer, «secretario») del culto a Yahvé en la corte persa, con el título oficial de «doctor en leyes del Dios de los Cielos». Descendiente de la notable familia sacerdotal de los hijos de Sadoc, de cuyas filas salieron, a partir de la restauración (es decir, desde la supuesta renovación religiosa y nacional), todos los sumos sacerdotes, se presentó «enviado desde Babel» por el rey persa Artajerjes (sería el primero, o el segundo de ese nombre) en el año 458, o quizá en 398 a. de C., poco importa. Por supuesto, venía guiado por «la mano del Señor» y con la exclusiva intención de restaurar la pureza de la ortodoxia, de la fe mosaica. Lo primero que hizo fue declarar ilegítimos los matrimonios mixtos y ordenar la expulsión de todas las mujeres extranjeras así como de sus hijos, con el fin de poner coto a las influencias foráneas. Esdras, considerado como uno de los legisladores y reformadores judíos más importantes de los siglos V y IV, se mesó los cabellos de su cabeza y de su barba al ver dichos matrimonios, se postró de rodillas, lloró, rezó e imploró a los judíos:
«Vosotros habéis prevaricado y tomado mujeres extranjeras [...]; separaos de los pueblos del país y de las mujeres extranjeras». Tal era su radicalismo, que ni siquiera ofreció la posibilidad de que aquellas mujeres se convirtiesen a la religión judaica. A todas luces, su causa era más bien la de la pureza racial. Y naturalmente, ofreció la explicación que todos los hombres de religión han tenido siempre para las catástrofes de todas clases: «Nosotros mismos hemos pecado gravemente hasta este día, y por nuestras iniquidades hemos sido abandonados nosotros, y nuestros reyes, y nuestros sacerdotes en manos de los reyes de la tierra, y al cuchillo, y a la esclavitud, y al saqueo, y a los oprobios, como se ve aún en este día». No dejamos de advertir un hondo regusto chauvinista, cuando dice de los demás pueblos que son «inmundos» y que, por tanto, «no procuraréis jamás su amistad ni su prosperidad, si queréis haceros poderosos, y comer de los bienes de esta tierra, y dejarla a vuestros hijos en perpetua herencia».52
También Nehemías (que quiere decir «Dios consuela»), elevado al importante cargo de copero de Artajerjes y gobernador (tirshata), cuando regresó de Persia a Jerusalén (entre 445 y 444, según las investigaciones más recientes), abundó en el mismo tema, desagradándole ante todo lo de las mujeres extranjeras. Y ello a pesar de que el padre Abraham, que siempre gozó del favor del Señor «a pesar de su prepucio» (san Justino), se había casado con la egipcia Agar, y de que su esposa Sara había sido idólatra. Nehemías tampoco tuvo en cuenta que Isaac, hijo de Abraham y Sara, se casó con la extranjera Rebeca, y Jacob, hijo de éstos, con una mujer de otra tribu, como lo era Bala, y una esclava idólatra como Celia. Y el propio Moisés, pese a las protestas de Miriam y de Aarón, se casó con una etíope sin que Yahvé tuviese nada que objetar. Pero cuando Nehemías regresó de «Babel» a Jerusalén, no halló tarea más necesaria que la de combatir el liberalismo imperante, al que maldijo: «Los reprendí, y los excomulgué. E hice azotar algunos de ellos, y mesarles los cabellos, y que jurasen por Dios que no darían sus hijas a los hijos de los tales, ni tomarían de las hijas de ellos para sus hijos ni para sí mismos»;
todo ello en pro de la purificación de la raza, sobre todo, pero también para edificación del pueblo de Dios y defensa de la autoidentificación como pueblo elegido, lo que justificaba en realidad la norma de segregación. En efecto, los fanáticos Esdras y Nehemías salieron siempre triunfantes, por muchos disturbios y por muchas desgracias que produjese su actuación. No sólo los levitas tuvieron que someterse a la prueba de la pureza de sangre, es decir, a la verificación de sus registros genealógicos, sino que además se anularon los matrimonios mixtos, como queda dicho, expulsando a las mujeres y a su descendencia. Y, sin embargo, en otras épocas el Señor había admitido e incluso recomendado el casamiento con prisioneras extranjeras: «Si [...] vieres entre los cautivos una mujer hermosa», aunque acabasen de matar a su padre y a su madre, podían tenerla por mujer, al menos hasta que les «desagradare». Pero ahora pasaba a predominar la norma de la Tora, tanto así que incluso hoy día los judíos ortodoxos desaprueban los matrimonios mixtos y sólo se consienten excepcionalmente cuando la mitad no judía de la pareja está dispuesta a abrazar la religión ,53
Nehemías, alabado posteriormente por su patriotismo, echó leña al fuego del nacionalismo judío y evocó en téminos altisonantes las épocas gloriosas de los antepasados fieles a la fe: «Tú los hiciste dueños de reinos y pueblos [...], tú abatiste delante de ellos a los [...] que la habitaban [...] y he aquí que nosotros mismos somos hoy esclavos [...] en esta tierra que diste a nuestros padres».54
No por casualidad, a los tres días de su llegada Nehemías emprendió una inspección nocturna y secreta (según Comay), «sin declarar a nadie lo que Dios me había inspirado hacer en Jerusalén», es decir, un detenido escrutinio acerca del estado de las murallas (pues no otro era el objetivo de su viaje), tras lo cual exclamó: «Venid y reedifiquemos los muros de Jerusalén, y no vivamos más en estado de tanta ignominia».55 En efecto, cuando hablaba del «lastimoso estado en que nos hallamos», aludía en realidad a la servidumbre política, lo mismo que antes había hecho Esdras. Porque la clase dominante, el clero (siempre la principal aprovechada en toda época, pero más en tiempos de catástrofe), no lo pasaba nada mal; detalle importante, que va a repetirse con frecuencia durante la era cristiana y sobre el cual tendremos ocasión de volver, como sucede con tantos otros de los aspectos tratados en el presente capítulo.
Mucho dinero para «el Señor»: el óbolo del Templo
Los historiadores griegos Hecateo y Aristeas, que viajaron por Palestina hacia la época de la restauración, alrededor del año 300 a. de C., admiraron la pompa con que se presentaba el sumo sacerdote y el número de los que celebraban en el templo, no inferior a setecientos. Pero también el autor de la «Sabiduría de Jesús, hijo de Sirac», oriundo seguramente de Jerusalén y doctor de la Ley, elogiaba hacia el año 170 a. de C. la impresión que causaba el sumo sacerdote en el pueblo: «Cuan magnífico era [...], como lucero de la mañana entre tinieblas [...], como las azucenas junto a la corriente de las aguas [...], rodeado del coro de sus hermanos, y a la manera de un alto cedro sobre el monte Líbano, como una hermosa palmera cercada de sus renuevos y racimos [...]. Asimismo todo el pueblo, a una, se postraba de repente sobre su rostro en tierra para adorar al Señor Dios suyo [...]; entonces el sumo sacerdote, bajando del altar, extendía sus manos hacia toda la congregación [...} para dar gloria al Señor con sus labios y celebrar su santo nombre».56 Casi como el ensayo de una aparición pública del papa hoy día..., sólo que, a pesar de todo, incomparablemente más modesta.
Muchos son los paralelismos que podríamos trazar entre los pontífices romanos y sus antecesores y modelos judíos.
Desde el comienzo, el clero judío proveyó con largueza a sus propias necesidades..., mediante órdenes «divinas», naturalmente. «Ofrecerás en la casa del Señor Dios tuyo las primicias de los frutos de tu tierra...» «Todas las cosas que son ofrecidas por los hijos de Israel [...], el aceite, vino y trigos más exquisitos, todo lo que se ofrece en primicias al Señor [...], todos los primogénitos de cualquier especie, sean de hombres o sean de animales [...] y que nadie se presente ante mí con las manos vacías.» «Entrad el diezmo en mis trojes sin quitar nada de ello.»57
Todos tenían que tributar, por lo público como por lo privado. Con el tiempo, la cuantía de los gravámenes se duplicó o incluso triplicó. Sobre el diezmo de las bestias se cargó otro «rediezmo»; si el camino era demasiado largo y excesivo el peso, «de tal suerte que no pudieses llevar allá todas estas cosas, las venderás y reducirás a dinero, lo llevarás contigo e irás al lugar que el Señor tu Dios haya escogido...». E incluso se ideó un tercer diezmo o diezmo de los pobres (de los que había multitudes en Palestina; además, durante los siglos I anterior y i posterior a nuestra era, la miseria incluso se agravó), aunque «sólo» se cobraba cada tres años. Así las cosas, el clero recibía la décima parte de cuanto produjeran los campos y los frutales, así como de los vacunos y ovinos y de «todo cuanto pasa bajo la vara del pastor»; a los remolones se les cobraba el quíntuplo como penalización. Los ingresos del Templo de Jerusalén llegaron a niveles insospechados. El primer gravamen permanente que se menciona en el Antiguo Testamento, el tributo del padrón, tenía un origen religioso ya que se consideraba como «expiación» e iba destinado «para el servicio del Tabernáculo del Testimonio». Todo judío varón de más de veinte años tenía que pagar ese rescate «para que no haya entre ellos ningún desastre», y la cantidad era de medio sido: «según el peso del Templo, un sido tiene veinte óbolos». Y lo que es más revelador: «el rico no dará más de medio sido, ni el pobre dará menos». El Templo recibía ingresos por exvotos y por innumerables motivos en infinidad de ocasiones. También los reyes israelitas, cuyo palacio comunicaba por medio de un portillo con la casa de Yahvé, Templo de Salomón (que subsistió durante casi cuatrocientos años sin apenas modificación alguna), hicieron contribuciones al tesoro, aunque más de una vez también se aprovisionaron del mismo cuando les hizo falta. A menudo, sus riquezas tentaron a los invasores. Bajo Roboam fue saqueado por Sesac, rey de Egipto; bajo Amasias por Joás, rey de Israel; también echaron mano Nabucodonosor y otros. En ocasiones, por el contrario, recibió aportaciones de soberanos extranjeros. En el siglo I de nuestra era, la reina Elena de Adiabene (Asiría) se convirtió al judaismo junto con sus hijos Izates y Monobazos; esta dinastía, cuyos grandiosos sepulcros todavía hoy se conservan perfectamente en Jerusalén, favoreció en adelante al Templo con gran generosidad; muchos príncipes adiabenos combatieron a la cabeza de sus huestes durante la guerra judía contra los romanos. Sin embargo, las principales fuentes de ingresos no fueron éstas, sino la caudalosa y continua corriente de los peregrinos, que aportaban los sacrificios reglamentarios. Durante la época de los reyes, todo varón israelita debía visitar Jerusalén tres veces al año, y después del exilio fue éste el único lugar reconocido para tales aportaciones, ya que allí se disponía de almacenes especiales para su recogida. En la fiesta de Passah llegaba a Jerusalén tal número de peregrinos que la población de la ciudad se triplicaba sobradamente, y las licencias para poner puestos de venta en la gran feria de la Passah engrosaban directamente el erario del sumo sacerdote; pero hubo otros mercados en Jerusalén, el de las frutas, el del trigo, el de la madera, la feria del ganado, e incluso existía en la «ciudad santa» una columna donde se subastaban los esclavos y esclavas. Otras muchas oblaciones, como los sacrificios pacíficos y los expiatorios, iban total o parcialmente destinadas al clero, se consideraban especialmente sagradas y en algunos casos era obligado pagar en metálico. Durante toda la época del segundo Templo, enviaron dinero los judíos de la diáspora, es decir, los que en número superior al millón vivían lejos de Palestina; casi todas las ciudades tenían una caja para el «óbolo del Templo». De muchos países, como Babilonia y otros del Asia Menor, se enviaban cantidades tan grandes que llamaron la atención, no sólo de los salteadores de caminos, sino incluso de los gobernadores romanos. Y después de la destrucción del segundo Templo, los «sabios» siguieron recomendando las peregrinaciones, en atención a la enorme fuente de ingresos que representaban.58
Los santuarios israelitas funcionaban incluso como bancos, por cuanto prestaban de sus tesoros contra interés, cuyo tipo seguramente sería parecido al imperante en los países vecinos (entre el 12 % en el Egipto ptolemaico y del 33 % al 50 % en Mesopotamia); nada dice al respecto la Biblia, ¡excepto la prohibición genérica de cobrar intereses!59
Los representantes del clero siempre se apañaron bien en esto de sacar dineros y ofrendas, puesto que se trata del «servicio de Dios», nada menos. En el aspecto financiero, precisamente, el clero cristiano fue discípulo aventajado del judío, que se las arregló para sacar el jugo de la renta nacional «por mil y una maneras» (Alfaric). Como es lógico, el sumo sacerdote y sus auxiliares más directos se quedaban con la parte del león. El historiador judío Josefo ilustró con numerosos detalles típicos la voracidad del alto clero, que naturalmente no reconocía a los demás templos de Yahvé: ni el de Jeroboam en Betel, pese a ser una fundación nacional lo mismo que el Templo de Jerusalén, ni los dos templos existentes fuera de Palestina, el de Elefantina y el de Leontópolis, ni mucho menos el de los samaritanos, que por otra parte no supusieron nunca una competencia seria en cuanto a capacidad de atracción sobre los judíos de la diáspora. En cambio, el bajo clero vivía en la necesidad, obligado a enviar el diezmo de su diezmo de recaudación por otro lado bastante incierta, ya que solían ser víctimas de los bandoleros, que trataban sin contemplaciones a quienquiera que se resistiese. «A veces, eran sacerdotes de alto rango, o el mismo sumo sacerdote, quienes organizaban las partidas» (Alfaric).60 En cambio, la cúpula del clero se beneficiaba con frecuencia de la generosidad de los príncipes. Así, en el decreto de Artajerjes en favor de Esdras, «tú eres enviado de parte del rey [...] a llevar la plata y el oro, que así el rey como sus consejeros han ofrecido espontáneamente al Dios de Israel [...]. Además, toda la plata y el oro que recogieres en toda la provincia de Babilonia de ofertas voluntarias del pueblo, y lo que espontáneamente ofrecieren los sacerdotes para la casa de su Dios, que está en Jerusalén, tómalo libremente, y cuida de comprar con este dinero [...]. En orden a lo demás que fuere menester para la casa de tu Dios [...], se te dará del tesoro y del fisco real», prohibiendo además, en el mismo decreto, «imponer alcabala, ni tributo, ni otras cargas a ninguno de los sacerdotes [...] y sirvientes de la casa de este Dios».61
En tiempos de Nehemías hubo 4.289 sacerdotes organizados en 24 clases, y las rentas del Templo eran tan enormes que fue preciso establecer depósitos en otras ciudades, ya que Nehemías exigía «contribuir todos los años con la tercera parte de un sido para los gastos de la casa de nuestro Dios», «la leña que se debe ofrecer y conducir [...] a la casa de nuestro Dios», «las primicias de todos los frutos de cualquier árbol [...], los primerizos de nuestros hijos, y de nuestros ganados», etc. Esto nos lleva a recordar expresamente las oblaciones, primicias y diezmos «establecidos por la Ley para los sacerdotes y levitas, pues nuestros sacerdotes y levitas son la alegría de Judá». En realidad, este clero rico, que en los tiempos de la monarquía había reglamentado hasta los menores detalles de sus privilegios, tenía cada vez más enemigos, e incluso los demás sacerdotes, levitas, porteros y cantores, natineos, auxiliares por tanto del alto clero y en cierto modo suplentes del mismo, mantuvieron difíciles relaciones con aquél. Tenían derecho al diezmo sobre los cereales y el vino, pero el pueblo explotado se negaba muchas veces a pagar el tributo. En la época helenística, el Templo detrajo incluso una parte del diezmo levítico para incrementar su riqueza ya entonces legendaria.62
Las diferencias entre las clases llegaron a ser escandalosas, precisamente cuando las castas dominantes se habían dividido en un grupo estrictamente conservador y otro de orientales más o menos helenizados, o de helenos orientalizados, contradicción religioso-cultural que poco a poco iba a desembocar en una catástrofe.
El belicismo sacro de los Macabeos
Desde la conquista de Palestina por Alejandro Magno (332 a. de C.), dominó la dinastía (más bien projudía) de los Ptolomeos, a la que sucedió en 198 la dinastía también macedonia (pero cada vez más antijudía) de los Seleucos; quiere decirse con ello que el helenismo desempeñó en Judea un papel cada vez más importante.
En particular, las capas superiores, la aristocracia clerical y terrateniente, así como los mercaderes ricos, a los que atraía la superioridad de la cultura griega y la libertad de su estilo de vida, fueron tendiendo hacia el «cosmopolitismo» y abandonando el legado de los antepasados en manos de las clases bajas y de los círculos tradicionalistas, guardianes de la «semilla sagrada». Esta herencia era sólo «barbarie» a ojos de los griegos; hacia el siglo II antes de nuestra era, el proceso de helenización se había extendido a buena parte de los sectores más progresistas de la población. En el libro 2° de los Macabeos se lamenta esa helenización e «inclinación a las costumbres extranjeras», combatida por el sumo sacerdote Onías III; pero éste fue derribado por una conspiración que organizó contra él su propio hermano Jasón, que prometió dar al rey los tesoros del Templo. Una vez conseguido el sumo sacerdocio, Jasón estableció en Jerusalén un gimnasio, un ephebeión, y se planteó la posibilidad de homologar la situación político-religiosa de la capital con la de las numerosas ciudades helenísticas del país, convirtiendo a Jerusalén en una polis griega. Ello provocó la reacción de los tradicionalistas, que veían peligrar las antiguas costumbres judías, sus leyes y sus creencias. Creció el malestar, hubo disturbios y altercados callejeros, todo lo cual desencadenó fuertes medidas represivas por parte del enérgico soberano seleúcida Antíoco IV Epifanes («Dios revelado»; «el Nerón sirio», según el cardenal Faulhaber), que intentaba consolidar su reino tambaleante mediante la introducción de una religión sincrética que lo unificase. Además, profanó el Templo de Jerusalén (en 168 hizo reformar el gran altar de los holocaustos y puso allí mismo un altar a Zeus Olímpico), prohibió la religión judía e incendió la ciudad, no sin saquear antes el tesoro del Templo y llevarse 1.800 talentos (que supondrían unos mil millones de pesetas; una tentativa anterior por parte de Seleúco IV fue abortada por los sacerdotes, que disfrazados de ángeles a caballo expulsaron del Templo a los idólatras encabezados por Heliodoro y le propinaron a éste una gran paliza. Siglos después, el pintor Rafael recibiría del papa León X el encargo de solemnizar tan significativo episodio en una de las paredes del Vaticano).63
La muerte de los siete «hermanos macabeos» junto con su madre en Antioquía, a orillas del Orontes, sucedió posiblemente en el verano de aquel mismo año 168. Si ese martirio es un hecho histórico y no un mito de la propaganda religiosa, aquéllos cayeron como judíos rebeldes, naturalmente, y no como los testigos de la fe o «campeones del monoteísmo» (según el benedictino Bévenot) que han querido ver en ellos tanto la leyenda judía como la cristiana, ya que se trata de los únicos «mártires» venerados por ambas tradiciones. Sin embargo, en el siglo iv, los cristianos se apoderaron de la sinagoga de Antioquía, donde según la tradición descansaban las codiciadas reliquias; además de convertir el edificio en una iglesia suya, hicieron de aquellos rebeldes «los santos macabeos», unos héroes cristianos anteriores a Cristo, como si dijéramos, y dispersaron sus restos para que pudieran ser adorados en todo el mundo.64
Según Elias Bickermann, si las rigurosas medidas de Antíoco IV contra los judíos hubieran surtido efecto, no sólo habrían supuesto el fin del judaismo, sino que además «habrían imposibilitado la aparición del cristianismo y la del Islam».65
Nuestra imaginación casi no logra concebir un mundo tan diferente. Aunque también cabe suponer que no sería demasiado distinto; en todo caso, no fueron las medidas del rey las que acarrearon la sublevación, como se ha venido afirmando tradicionalmente y hasta hoy mismo. Es más exacto lo contrario: que la insurrección ya estaba en marcha, y de ahí la severidad de las represalias. Los acontecimientos (cuya cronología es muy discutida, debido a la escasez de las fuentes y la poca credibilidad de las mismas) fueron cobrando una dinámica propia; el partido nacionalista judío se reforzó y comenzó la «guerra de religión» (Bringmann), «la hazaña gloriosa del pueblo judío» (Bévenot) y de los asideos (jasidim), una secta de fanática fidelidad a la Ley, formada por sacerdotes y legos y que constituyó la fuerza de élite de los rebeldes. Cierto que hacia finales de otoño del 165 a. de C., Antíoco IV retiró las prohibiciones religiosas; tanto él como su sucesor, Antíoco V, ensayaron luego una política de conciliación, de pacificación y amnistía. Pero los rebeldes extendieron el teatro de las luchas más allá de la propia Judea; y pese a que coincidieron en este conflicto diversos móviles políticos y sociales, que cobraron cada vez más importancia, o precisamente debido a ello, la «guerra santa» contra la dominación seleúcida casi parece una continuación de las gloriosas matanzas de la época del «asentamiento» y posteriores, una restauración del Israel anterior al exilio; acaudillados por Yahvé, inician una especie de regeneración nacional;una vez más están en juego los valores más sagrados y hay que defender la ley mosaica «con la espada en la mano, hasta la muerte si fuere necesario» (Nelis). «El punto de convergencia de aquellos luchadores por la libertad fue el altar del Señor, y su divisa: Yahvé es mi escudo» (cardenal Faulhaber). En una palabra, que siempre la sed de sangre y de venganza son «resultantes de la devoción» (Wellhausen) .66
El primer cabecilla rebelde de los macabeos (de cuyo alzamiento iba a resultar un nuevo Estado y reino con la dinastía de los Asmoneos) fue el sacerdote y asesino Matatías (que significa «obsequio de Yahvé»), de la familia de Asmón. Poseído por el «celo religioso» a la manera bíblica tradicional, mató a un israelita que por orden del comisionado real pretendía celebrar un sacrificio a los ídolos, y también al propio comisionado, e inició una guerra de guerrillas contra la ocupación siria. Estos hechos todavía no revestían mayor trascendencia; pero a la muerte de Matatías (166 a. de C.) asumió el caudillaje de los rebeldes uno de los cinco hijos de aquél, Judas Macabeo (derivado seguramente del hebreo maqqaebaet, el martillo), «un "Carlos Martel" del Antiguo Testamen '' to», «el héroe de la espada ungida», «el alma de la resistencia» (según el cardenal Faulhaber). Su especialidad: los ataques relámpago, las emboscadas nocturnas, los incendios amparado en la oscuridad, «campañas felices» (Bévenot, benedictino). Judas el Martillo generalizó la lucha de guerrillas, saltándose incluso la prohibición de combatir en sábado. Y como los sirios estaban comprometidos en un conflicto contra los partos, aquél pudo derrotar a los generales enemigos en Betorón, Emaús y Betsura; tomó Jerusalén y purificó el Templo, en donde había hallado «la abominación de la desolación» (Daniel 12,11) impuesta por Antíoco Epifanes; además hizo clavar la cabeza del general enemigo Nicanor sobre la puerta de la ciudadela (hecho que sigue conmemorándose hoy día por medio de una festividad fija del calendario). Una vez más, el Señor había salvado milagrosamente a su pueblo. Pero en 163, cuando Antíoco IV murió durante una campaña contra los partos y el regente Lisias ofreció la paz y la libertad de cultos, los macabeos se negaron, pese a que las condiciones habían sido aceptadas por el sumo sacerdote Alcimo y por los asideos o partidarios de la restauración religiosa; el objetivo de los macabeos era ya la independencia política, y no sólo la religiosa, y el exterminio de los «idólatras» en todo Israel. Sin y. embargo, con esta oposición contribuyeron paradójicamente, como I suele suceder, a la consolidación «de la propia dinastía helenística que I los ortodoxos se habían propuesto combatir; al ofrecer un tratado a los romanos. Judas, el que combatía incluso los sábados, ha admitido ya las formas paganas, con sus religiones, sus costumbres y sus estilos de vida» (Fischer). Y tras haber derramado grandes cantidades de sangre pagana, el mismo Judas cayó, entre los años 161 y 160, en un combate desesperado contra Báquides, convirtiéndose en el prototipo del héroe judío y pasando a ocupar incluso un lugar en la galería de los combatientes cristianos, como prototipo de soldado luchador por la fe.67
El hermano menor de Judas, Jonatás, convertido en sumo sacerdote y gobernador militar de Judea (cargos, como se puede ver, magníficamente complementarios) gracias a las dificultades internas del Estado seleúcida y con la anuencia del rey sirio, murió asesinado el año 143; su hermano y sucesor. Simón, oficialmente llamado «sacerdote perpetuo, caudillo y príncipe de los judíos», cayó de igual forma en 135, a manos de su propio yerno Ptolomeo. Pero ya el cargo de sumo sacerdote pasaba a ser hereditario; aunque con Simón murieron sus hijos Matatías y Judas, el tercero, Juan Hircano I (135-103), que consiguió escapar a la conjura, se convirtió en la nueva estrella del belicismo macabeo y fue de facto el soberano de un reino independiente. Aliándose primero con los fariseos y luego con la aristocracia clerical de los saduceos de Jerusalén, y favorecido por las rivalidades sucesorias de los sirios, emprendió grandes campañas militares, como ya no se conocían desde los tiempos de Salomón. Así, judaizó por la fuerza de las armas las provincias de Idumea y Galilea; pero no hay que creer que éstas fuesen vulgares campañas de expansión o por ambición de poder; eran «guerras religioso-particulares denominadas guerras santas» (R. Meyer), ya que estas «verdaderas expediciones de rapiña» se presentaban como «mera recuperación de tierras que el Señor había dado en herencia a los antepasados» (Beek). Al mismo tiempo, el sumo sacerdote asumía en su corte la pompa y el ceremonial de los magnates helenístico-orientales, y no titubeó en llevarse 3.000 talentos de la necrópolis real israelita, inmensamente rica, con objeto de allegar medios para sus campañas, según Josefo.68
Juan Hircano asoló también Samaría, región que desaparece por completo de la historia política en la época cristiana.
Samaría, que había sido la capital del reino de Israel, ampliada con gran esplendor por el rey Amri, siempre rivalizó con Jerusalén; los samaritanos, pueblo híbrido en medio de Palestina, entre judío e idólatra, fueron odiados por los judíos más que ningún otro. En el año 722 a. de C. cuando el asirio Sargón II logró vencer la fuerte resistencia de Samaría después de tres años de asedio y la arruinó, esto importó bien poco a los judíos, que se mostraron igual de indiferentes en 296, ante la nueva destrucción de la ciudad por Demetrio Poliorcetes, en el curso de las rivalidades entre los diadocos o sucesores de Alejandro. Los samaritanos, a quienes pocos años antes el mismo Alejandro Magno había autorizado la construcción de un templo sobre el monte Garizim, con el evidente propósito de hacer la competencia al de Jerusalén, conservaban la fe judía, pero en versión atenuada. De las Sagradas Escrituras admitían únicamente el Pentateuco, es decir, los cinco libros de Moisés; los judíos los consideraban «inmundos» y los excluyeron de la reconstrucción del Templo. En 128, Juan Hircano redujo a escombros el templo del monte Garizim, pero subsistió allí un núcleo de «clero insumiso». «Se insolentaban hasta el punto de llamarse poseedores de la verdadera religión de Israel» (Daniel Rops). ¡Como si alguna religión en el mundo se hubiese presentado nunca con el atributo de falsa! Hacia el año 107 a. de C., el sumo sacerdote Hircano emprendió la destrucción de Samaría (pero fue reconstruida medio siglo después por el gobernador romano Aulo Gabinio, y poco después magníficamente ampliada por Heredes).69
El hijo de Hircano, Jonatás, o Alexandros Jannaios (103-76, tras sólo un año de reinado de su hermano Aristóbulo, que arrojó a las mazmorras a varios de sus hermanos y dejó que su propia madre muriese de hambre en la cárcel), continuó la misma política. Como rey y sumo sacerdote inició varias campañas santas, aunque desafortunadas (pero, ¿acaso no lo son todas las guerras?) contra los Ptolomeos, los Seleucos, los nabateos, e incluso una guerra civil contra los fariseos, en la que recurrió a mercenarios extranjeros, reclutados, según las crónicas, de entre la hez de la sociedad. En esta última venció, lo que le permitió vengarse cruelmente. Ochocientos de sus adversarios, «que habían combatido con el mismo encono que suelen mostrar siempre los devotos cuando luchan por la posesión de cosas terrenales» (Mommsen), fueron crucificados; en la contienda perecieron, según Josefo, unas cincuenta mil personas. Finalmente, Alexandros Jannaios, aficionado a la piratería marítima entre otras cosas e identificado a menudo por los historiadores como «el sacerdote malhechor» que mencionan los textos de Qumrán, consiguió dominar casi toda Palestina, es decir un reino casi tan grande como el que fue en tiempos de David..., pocos años antes de que fuese conquistada por los romanos bajo Pompeyo (64 a. de C.), que destruyeron el Estado asmoneo y después de arrasar a Jerusalén la redujeron de nuevo a la categoría de capital provinciana. En la lucha cayeron muchos judíos pero, seguramente, serían más los deportados a Roma, prisioneros y esclavos.70
Con este episodio concluía un siglo de «guerras santas». Pocos de los macabeos murieron de muerte natural: Judas Macabeo, en campaña;
su hermano Jonatás, asesinado; Simón, asesinado; Hircano II, nieto de Juan Hircano I, ejecutado por Herodes, el aliado de los romanos; Aristóbulo II, envenenado; su hijo Alejandro, ajusticiado, lo mismo que el hermano de éste y último príncipe asmoneo, Antígono Matatías. También la hija de Alejandro, Mariamne, casada en el año 37 con Herodes, murió víctima de intrigas palaciegas, lo mismo que su madre. Alejandra, y sus hijos, Alejandro y Aristóbulo. «El reinado de Herodes fue, en gran medida, una época de paz para Palestina...» (Grundmann).71
A la cabeza de estos conflictos, guerras imperialistas, guerras civiles y atrocidades varias reluce la estrella, histórica o no, de los siete «hermanos macabeos», siete héroes de la «guerra santa». Es así que dichos macabeos no sólo merecen ser «reverenciados por todos», según Gregorio Nacianceno, doctor de la Iglesia, sino que: «Quienes los alaban, y quienes oyen su elogio, mejor deberían imitar sus virtudes y, espoleados por este ejemplo, elevarse a iguales hazañas» , Es una opinión típica. Los más conocidos doctores de la Iglesia rivalizan en elogios a los (supuestos) protomártires de la insurrección, aquellos «hermanos macabeos» que, según san Agustín, «antes de la Encarnación de Cristo ya lucharon por la Ley de Dios hasta dar la propia vida», que «erigieron el estandarte magnífico de la victoria», según Juan Crisóstomo. Convertidos en símbolos de la ecciesia militans, convertida la sinagoga de Antioquía que albergaba los supuestos sepulcros en una iglesia cristiana, transferidas sus preciadas «reliquias» a Constantinopla, y luego a la iglesia romana de San Pietro in Vincola y a la iglesia de los Macabeos en Colonia y celebrados en Alemania y Francia, donde son venerados sobre todo en los valles del Rin y del Ródano, se les recuerda ya en los tres martirologios más antiguos. E incluso en el siglo XX (cuando numerosas organizaciones judías, especialmente clubes juveniles y sionistas, toman el nombre de «macabeos» o «Makkabi»), el católico Lexikon für Theologie una Kirche los alaba como «protomártires del monoteísmo», y la Iglesia celebra su memoria con la festividad del primero de agosto.73
La existencia de santos cristianos antes de Jesucristo sólo puede parecer absurda a quien desconozca la mentalidad católica, al escéptico empedernido que se empeña en tomar la lógica como fundamento único de cualquier razonamiento.
Quizá estas personas desconozcan que el teólogo Jean Daniélou escribió, ya en 1955, todo un tratado sobre Los santos paganos del Antiguo Testamento, que ciertamente no aspira a ser «un estudio puramente científico», ni tampoco una «hagiografía edificante», sino «una obra de misión teológica». Podemos pasar por alto estas distinciones semánticas, puesto que están de más tratándose de la obra de un hombre capaz de mantener, con suave celo, que existieron santos «paganos», «gentes que sin haber conocido a Cristo, no obstante pertenecían ya a su Iglesia», y de extraer la sorprendente consecuencia de que «fuera de la Iglesia no puede haber salvación». El autor católico recaba el auxilio de las Escrituras y de la tradición, la ayuda de san Agustín y la de la Iglesia primitiva, para señalar que los santos del Antiguo Testamento tuvieron, cuando menos, «un lugar destacado» que hoy, por desgracia, «ya no tienen». Daniélou no es el único en lamentar «el olvido en que se les tiene» a santos como, por ejemplo, Abel, Enoc, Daniel, Noé, Job o Melquisedec. Sin olvidar al santo Lot, aunque cometiese incesto con sus dos hijas (eso sí, en estado de embriaguez) con tal éxito que «a su tiempo» ambas parieron (Gn. 19, 30 ss.), «un hombre sencillo, un exponente de la vida en lo que tiene de más cotidiano», como escribe Daniélou, «y también un paradigma de pureza, en cuya biografía hallamos un valor ejemplarizante».74


Santos paganos..., y guerras santas.
En las dos grandes insurrecciones de los siglos I y II retornó la práctica de la «guerra santa» con todo su salvajismo y su crueldad, con sus locuras apocalípticas; el «combate de las postrimerías» contra la Roma idólatra perseguía, nada menos, «el Reino mesiánico de Dios».
La guerra judía (66-70)
Los zelotes, un grupo nacionalista judío originariamente constituido, sin duda, por un sector del clero de Jerusalén hacia el año 6, instigaron esa guerra como reacción frente al poder del ocupante romano. Pese a la existencia de rasgos diferenciales notables entre zelotes y cristianos, se han observado también muchos puntos de contacto. No es casual que uno de los apóstoles de Jesús, un tal Simón, sea llamado en el Evangelio de Lucas «el zelote» y en el de Mateo «el cananeo», lo que representa una simple transcripción del arameo qanna'i, «el exaltado». Entre los zelotes, a quienes la investigación actual atribuye una influencia importante en la trayectoria de Jesucristo, abundaban los rumores apocalípticos, como el oráculo que decía que, por aquellos tiempos, «uno de los suyos sería el rey del mundo»; cuatro lustros antes del estallido de la guerra judía propiamente dicha, luchaban ya contra los romanos, pero más aún contra ciertos judíos antipatriotas. Sus enemigos les llamaban «sicarios», que quiere decir «los del cuchillo», porque iban armados con una especie de gumía, la «sica», con la que apuñalaban por la espalda a quienes no les caían bien, entre los que se contaban, ante todo, algunos judíos ricos que por motivos de interés pactaban con los romanos; se dice (por parte de Eusebio, historiador de la Iglesia) que una de sus primeras víctimas había sido «el sumo sacerdote Jonatás». «Cometían sus asesinatos a pleno día y en medio de la ciudad; aprovechaban sobre todo los días festivos para confundirse en las aglomeraciones, y apuñalaban a sus enemigos con dagas pequeñas que llevaban ocultas bajo las túnicas. Cuando la víctima caía, los asesinos se sumaban al revuelo y a las exclamaciones de consternación, y gracias a esta sangre fría no fueron descubiertos casi nunca.» Josefo, que en plena guerra cambió de bando y se puso a favor de los romanos, moteja a los zelotes de asesinos y bandoleros, pero no se le olvida mencionar que «tenían muchos partidarios, sobre todo entre la juventud».75
En los círculos extremistas se azuzaba públicamente a la insurrección contra Roma. Leían con preferencia los dos libros de los Macabeos (cuya inclusión definitiva en las Sagradas Escrituras, recordémoslo de paso, data del Concilio de Trento, es decir, del siglo xvi),76 para exaltarse con aquellas «acciones heroicas» y esperaban poder reeditar frente a los romanos, con la ayuda del Señor, los triunfos conseguidos contra los griegos. De esta manera se produjo al fin la Bellum ludaicum (66-70), una aventura sangrienta en la que incluso los romanos se vieron obligados a echar el resto, militarmente hablando.
Dicha obra tan agradable a los ojos del Señor, acaudillada primero por Eleazar ben Simón, hijo de un sacerdote, así como por Zacarías ben Falec, continuada luego por Juan de Gichala, comenzó en un momento bien escogido, un sábado, con el degüello de los escasos romanos de guardia en la torre Antonia de Jerusalén y en las poderosas fortificaciones del palacio real. Antes de rendir a la guarnición, prometieron que no matarían a nadie; luego, sólo perdonaron a un oficial que se avino a ser circuncidado. (Más tarde, los cristianos también perdonarían a los judíos que aceptaban la conversión.) En las ciudades griegas de la región, Damasco, Cesárea, Ascalón, Escitópolis, Hippos, Gadara, los helenos organizaron a cambio una matanza de judíos: 10.500 o 18.000 sólo en Damasco, según se cuenta. Al mismo tiempo, los judíos insurrectos, estimulados por el ardor de su fe y por los grandiosos recuerdos de las hazañas de los macabeos, iban limpiando de minorías toda Judea.
Los romanos empezaban a ponerse en marcha, primero a las órdenes del gobernador de Siria, Cayo Cestio Gallo; luego Nerón envió a uno de sus mejores generales, el ex tratante de muías Tito Flavio Vespasiano, cuyas primeras operaciones militares fueron sumamente cautelosas; además, después se encontró en una situación políticamente delicada, debido a la muerte de Nerón y la caída de Galba. Pero en el verano del año 68 controlaba ya casi toda Palestina; entre otras cosas, mandó quemar el eremitorio de Qumrán, a orillas del mar Muerto, cuya importante biblioteca, que poco antes los monjes habían ocultado en las cuevas de la montaña, no ha sido descubierta hasta mediados del siglo XX. También diezmó a los samaritanos, que habían tomado parte en la insurrección judía. Cerealis hizo con 11.600 de ellos una hecatombe en el monte Garizim. Mientras tanto, en Jerusalén, ciudad de «triste fama» según Tácito, a la que ya tenía puesto cerco Vespasiano, los hijos de Dios divididos en dos partidos se combatían mutuamente; incluso llegó a formarse una tercera facción que luchó contra las otras dos en el Templo. Éste, con sus aledaños, era una verdadera fortaleza, convertida en reducto de los zelotes..., ¡que siguieron celebrando los ritos incluso bajo el asedio! Mientras las masas, privadas de víveres, se morían de hambre, los judíos se apuñalaban mutuamente en peleas callejeras, o degollaban a los prisioneros en las mazmorras, pero sin dejar de hacer causa común contra los romanos. Estos, por su parte, también solían pasar los prisioneros a cuchillo o los crucificaban. Vespasiano tuvo que partir hacia Roma, ya que sus tropas le habían proclamado emperador. Pero dos años después, a comienzos de septiembre del año 70, su hijo Tito puso fin a la insurrección con un baño de sangre: previamente, estando en la Cesárea palestina, en Berytus (Beirut) y en otros lugares, había mandado arrojar miles de judíos prisioneros a las fieras del circo, o los obligaba a matarse mutuamente en duelos, o los quemaba vivos. Los escasos sobrevivientes de Jerusalén, reducida a un único montón de ruinas, fueron acuchillados o vendidos como esclavos. El Templo ardió hasta los fundamentos, con todos sus bienes atesorados durante seis siglos, en el aniversarlo de la destrucción del primero. La lucha continuó durante varios años más en varias fortalezas aisladas, como Herodión, Maquiros y Masada, hasta que los defensores se suicidaron junto con sus mujeres y sus hijos.77
En el año 71, el vencedor entró triunfante en Roma, donde todavía hoy puede verse el arco de Tito en recuerdo de la hazaña...
La masacre había costado cientos de miles de vidas. Jerusalén quedaba arrasada como antaño lo fueron Cartago y Corinto, y el país incorporado a los dominios del emperador. A los vencidos se les impusieron tributos abrumadores, hasta del quinto de las primeras cosechas, y para mayor calamidad, el país sufría la plaga de las partidas de bandoleros. La vida religiosa, en cambio, y como no podía ser de otro modo, florecía. Los judíos estaban gobernados por un consejo de 72 levitas, cuyo dirigente máximo ostentaba el título de «príncipe». Y la oración diaria de las 18 rogativas, la schemone esre, comparable al Padrenuestro de los cristianos, se enriqueció con una petición más, la que imploraba la maldición divina sobre los minnim, los cristianos, y solicitaba su exterminio. El caso es que ni en Palestina ni en lugar alguno se prohibió a los judíos la práctica de su religión: «Por prudencia se abstuvieron de declarar la guerra a la fe judía en tanto que tal» (Mommsen).78 Pero todavía les aguardaba una derrota mayor, pocos decenios más tarde, como consecuencia del segundo intento de una última «guerra de Dios».
Bar Kochba y la «última guerra de Dios» (131-136)
A esta nueva sublevación se adelantaron en el año 115 diversos alzamientos entre los judíos de la diáspora, muy numerosos en el área mediterránea; según Filón, sólo en Alejandría se contaba más de un millón. Todavía no estaban desengañados del sueño mesiánico. Durante la guerra de Trajano contra los partos (114-117), corrió el rumor de una derrota desastrosa del imperio y hubo, además, un gran terremoto que destruyó Antioquía y otras ciudades del Asia Menor; ante estos desastres, los zelotes creyeron llegado su momento. En la Cirenaica, donde según se afirma murieron 200.000 no judíos, el «rey» y «Mesías» LukuasAndrés destruyó la capital, Cirene. En Chipre, los insurgentes arrasaron Salamina y, según las crónicas, asesinaron a 240.000 no judíos, cifra evidentemente exagerada. A partir de entonces, sin embargo, los judíos tuvieron prohibido el acceso a la isla y se ejecutaba incluso a los náufragos, si eran israelitas. En Egipto, donde los romanos liquidaron en represalias a todos los judíos de Alejandría, los combates se prolongaron durante años. En todos los lugares, la diáspora judía resultó duramente castigada.79

En la misma Palestina, el sucesor de Trajano, el emperador Adriano (117-138), gran devoto de los dioses, hizo construir sobre las ruinas de Jerusalén una ciudad nueva, Aelia Capitolina, y en el solar del Templo levantó un altar a Júpiter y un templo de Venus. Y hete aquí que en el año 131, Simón ben Kosiba (Bar Kochba) inicia una guerra de guerrillas tan generalizada y tan mortífera, que obliga al propio emperador a tomar el mando de las tropas romanas. Bar Kochba (en arameo significa «hijo de la estrella», así llamado después del éxito de su alzamiento; en el Talmud, el vencido recibió el nombre de Ben Kozeba, «hijo de la mentira») se hace con el poder en Jerusalén. Su consejero principal es el rabino Aqiba, que le saluda con una clásica cita mesiánica llamándole «estrella de Jacob», o salvador de Israel. También le apoya el sumo sacerdote Eleazar, muerto más tarde por el propio Bar Kochba porque le aconsejaba la rendición. Sin embargo, hubo dos años de moral alta en Jerusalén, reanudándose el culto en el Templo y proclamándose una nueva era de libertad; hasta que el emperador Adriano envió cuatro legiones al mando de su mejor general. Julio Severo, con gran número de tropas auxiliares y una gran flota. Los romanos fueron recobrando terreno poco a poco. Según Dión Casio, cuyas exageraciones sin embargo son notorias, murieron 580.000 combatientes judíos y fueron arrasadas 50 fortalezas, destruidos 985 pueblos, y enviadas al cautiverio decenas de miles de prisioneros. Mommsen considera que dichas cifras «no son inverosímiles», dado que los combates fueron encarnizados y seguramente acarrearon el exterminio de toda la población masculina. Las mujeres y los niños inundaron los mercados de esclavos, lo que originó una baja de los precios. La última población que cayó fue Beth-Ter (la actual Bittir), al oeste de Jerusalén, donde murió el mismo Bar Kochba en circunstancias no bien explicadas. El solar del Templo y sus alrededores fueron arados con bueyes; en cuanto a los zelotes, los romanos los exterminaron totalmente, pues al fin comprendieron que el fanatismo religioso de los judíos era la verdadera causa de su insumisión. «Durante los cincuenta años siguientes no se vio en Palestina ni el vuelo de un pájaro», dice el Talmud. Los israelitas tenían prohibida bajo pena de muerte la entrada en Jerusalén, y se duplicó la guarnición. Hasta el siglo IV no pudieron regresar los judíos allí para llorar una vez al año, el día 9 del mes Aw, la pérdida de la «ciudad santa». Y hasta el siglo XX, o más exactamente hasta el 14 de mayo de 1948, no lograron fundar de nuevo un Estado judío, el Eretz Israel.80



CAPÍTULO 2
EMPIEZAN DOS MILENIOS DE PERSECUCIONES CONTRA LOS JUDÍOS
«¿Qué podrás decirme tú, mi querido judío?» SAN JUAN CRISÓSTOMO, DOCTOR DE LA IGLESIA'
«Abajo con el judío.» SAN BASILIO, DOCTOR DE LA IGLESIA2


«Peor que el mismo demonio.»
SAN ATANASIO, DOCTOR DE LA IGLESIA3


«Dos clases de humanos, los cristianos y los judíos.» «La luz y las tinieblas.» «Pecadores», «homicidas», «basura revuelta».4 SAN AGUSTÍN, DOCTOR DE LA iglesia


«Perseguir al que no piensa igual que nosotros, ése ha sido en todo lugar el privilegio de los religiosos.»
HEINRICHHEINE5
Exceptuando en Palestina, en la época del paganismo los judíos no lo pasaron del todo mal. Es cierto que el antisemitismo tiene raíces antiguas. El primer testimonio documental lo encontramos en los papiros árameos de Elefantina. En 410 a. de C., fue destruido en Elefantina un santuario ofrecido a Yahvé, posiblemente porque los judíos se mostraron contrarios a la independencia egipcia y partidarios de la potencia ocupante, que era entonces Persia. Hacia el año 300 a. de C., el antijudaísmo estaba ya bastante difundido; por ejemplo, corría ya el rumor de que los judíos eran descendientes de leprosos. Tales enemistades obedecían a móviles principalmente religiosos, y también políticos, rara vez económicos y casi nunca de tipo racial.6
Con sus insurrecciones bajo Nerón, Trajano y Adriano los judíos (téngase en cuenta que representaban un 7 % u 8 % de la población total del imperio) se ganaron la consideración de peligrosos para el Estado; en general, se desconfiaba de ellos. Entre otras cosas, molestaba su actitud despreciativa frente a las demás culturas, religiones y nacionalidades, así como su aislamiento social (amixid}. Tácito, siempre moderado, censura sin embargo su postura desdeñosa frente a los dioses y a la patria y menciona su carácter extraño, el exclusivismo de sus costumbres (diversitas morum). En él, lo mismo que en otros autores paganos (cuyas manifestaciones antijudías sin duda no dejaron de ejercer alguna influencia), como Plinio el Viejo, Juvenal (autor «de lectura obligada» en las escuelas de la Edad Media), Quintiliano (también autor clásico en los comienzos de la Era moderna), se reflejan indudablemente las impresiones de la guerra judía. Pero ya Séneca, que se suicidó en el año 65, es decir, un año antes del comienzo de dicha guerra, había escrito que «las costumbres de ese pueblo sumamente aborrecible han cobrado tanta fuerza, que están introducidas en todas partes: ellos, los vencidos, han dado leyes a sus vencedores».7
La religión judía, tolerada por el Estado pagano
Pero incluso los amos de Roma se mostraron tolerantes hacia los judíos (en quienes hallaban a campesinos, artesanos, obreros; en esa época todavía no estaban caracterizados como mercaderes), y en algunos casos mostraron cierta simpatía hacia ellos. Disfrutaban de algunos privilegios especiales, sobre todo en Oriente, como la observancia del sábado. Tenían fuero propio y no estaban obligados a someterse a la jurisdicción romana. César los apoyó en muchos sentidos. Augusto dotó con generosidad al Templo de Jerusalén. Según los términos de la donación imperial, todos los días sacrificaban allí un toro y dos corderos «al Dios más alto». Agripa, un íntimo amigo de Augusto, favoreció también a los judíos. En cambio, el emperador Calígula (37-41), algo excéntrico y aspirante a tener templo propio, que se presentaba en público revestido de los atributos de diversas divinidades, incluso femeninas, que vivía casado con su hermana Drusila y pretendía que se erigiese su imagen incluso en el Sanctasanctórum de Jerusalén, hizo expulsar a los judíos de las principales ciudades de Partía, donde eran especialmente numerosos. Pero incluso el emperador Claudio, antes de perseguir a los judíos de Roma, había promulgado un decreto a su favor, en el año 42, otorgándoles fuero especial válido en todo el imperio, aunque al mismo tiempo les advertía que no abusaran de la magnanimidad imperial y que no menospreciaran las costumbres de otros pueblos. La mujer de Nerón, Popea Sabina, fue una gran protectora del judaismo. En líneas generales, la administración romana se mostró siempre dispuesta «a contemporizar en la medida de lo posible, y aún más, con todas las exigencias de los judíos, justificadas o no» (Mommsen).8
Ni siquiera después de la conquista de Jerusalén hostilizaron los emperadores a la fe judía, que para ellos era religio licita. Vespasiano y sus sucesores corroboraron los privilegios ya concedidos por César y por Augusto. Los judíos podían casarse, firmar contratos, adquirir propiedades, ocupar cargos públicos, poseer esclavos y muchas cosas más, como cualquier ciudadano romano. Las comunidades judías podían administrar sus propios bienes y tenían una jurisdicción propia, aunque limitada. Incluso después de la insurrección de Bar Kochba, el emperador Adriano y sus sucesores consintieron la celebración pública de los cultos judíos, y concedieron la dispensa de las obligaciones comunes que fuesen incompatibles con su religión. Ni siquiera en las provincias existían casi restricciones contra ellos; construían sinagogas, nombraban a sus síndicos, y estaban exentos del servicio militar en atención a sus creencias.9
Y todo ello porque, así como hoy en día los pueblos primitivos desconocen en sus creencias la pretensión de exclusividad de un «ser superior», también el helenismo antiguo era característicamente tolerante. En el politeísmo, ninguna divinidad puede pretender la exclusiva. Los cultos autóctonos se fundían sin inconvenientes con los importados. En el panteón antiguo predominaba una especie de colegialidad o compañerismo amigable; los fieles podían rezarle al dios que prefiriesen, creían reconocer a dioses propios bajo las apariencias de los ajenos, y desde luego no se molestaban en tratar de «convertir» a nadie. Dice Schopenhauer que la intolerancia es una característica esencial del monoteísmo, que sólo el Dios único es «por su naturaleza, un dios celoso, que no quiere consentir la subsistencia de ningún otro. En cambio los dioses del politeísmo son por naturaleza tolerantes; viven y dejan vivir, y en principio toleran a sus colegas, los dioses de la misma religión. Más adelante, esa tolerancia se extiende igualmente a las deidades extranjeras». A los paganos, la creencia en un Dios único se les antoja pobreza de conceptos, uniformidad, desacralización del universo, ateísmo. Nada más ajeno a su manera de pensar que la idea de que los dioses de los extranjeros sean necesariamente ídolos; nada les suena tan incomprensible como ese «no tendrás a otro Dios más que a Mí» de los judíos; les extraña ese Dios que no deja de gritar «Yo soy el Señor», «Yo soy el Señor», «Yo soy el Señor tu Dios», expresión que se repite hasta dieciséis veces en el capítulo 19 del Levítico, por poner un ejemplo y no de los más extensos. El paganismo no conoce nada comparable al pacto de sangre entre Yahvé y su «pueblo elegido». Y nada excitaba tanto la antipatía contra los judíos como el comportamiento de éstos en razón de sus creencias. León Poliakov ha afirmado, incluso, que «nada, excepto sus prácticas religiosas».10
Interpretatio Christiana
Los cristianos, en quienes naturalmente los judíos no veían otra cosa sino doctores del error, convirtieron la idea de «Israel, pueblo elegido» en la pretensión de verdad absoluta del cristianismo y el mesianismo judío en el mensaje de la segunda venida de Jesucristo; es éste el primer paso importante en la evolución de la Iglesia primitiva, por el cual el cristianismo se diferenció de su religión madre, la judía.
No los judíos, sino los cristianos pasaban a ser ahora el «pueblo de Israel», del cual habían apostatado los judíos. De esta manera, les arrebataron el Antiguo Testamento y lo utilizaron como arma contra ellos mismos; extraordinario proceso de falsificación que recibe el nombre de Interpretatio Christiana, fenómeno singular que no tiene antecedentes en toda la historia de las religiones, y que es prácticamente el único rasgo original del cristianismo. «Vuestras Escrituras, o mejor dicho, no vuestras, ¡sino nuestras!», escribía Justino en el siglo II. Le consta a Justino que «aunque las lean, no las entienden». Al sentido literal de las Escrituras oponían, en una operación de exégesis que pone los cabellos de punta, un supuesto sentido simbólico o espiritual, para poder afirmar que «los judíos no entendían» sus propios textos sagrados. La Iglesia reivindicó lo que le convenía, las alabanzas, las promesas, las figuras nobles o juzgadas como tales, en particular las de los patriarcas y profetas, identificando con los judíos, en cambio, a los personajes siniestros, los delincuentes, sobre quienes recaían por consiguiente las amenazas bíblicas. Incluso enajenaron las «reliquias» de los macabeos, conservadas desde el siglo II a. de C. en la gran sinagoga de Antioquía, al declararlas cristianas; más aún, a finales del siglo IV, dichas reliquias fueron trasladadas, con lo que los judíos quedaban en la imposibilidad de rendirles culto. Y convirtieron la conmemoración judía en una festividad del calendario cristiano, que subsiste hasta nuestros días.n
Los cristianos les arrebataron a los judíos cuanto pudiera ser útil a la polémica antijudía. Como ironiza Gabriel Laub, el cristianismo no habría sido posible «si hubiera existido en la época veterotestamentaria algo parecido a la convención internacional de los derechos de autor». En el siglo I, los cristianos hablaban ya de «nuestro padre Abraham» y aseguraban que «Moisés, en quien tenéis puestas vuestras esperanzas, en realidad es vuestro acusador». En el siglo II, la figura de Moisés les servía para demostrar la solera y el prestigio de la cristiandad; y, finalmente, los «caudillos de los hebreos» pasaban a ser, sencillamente, «nuestros primeros padres».12
Todo esto, y más, ha sido estupendamente sistematizado por la teología cristiana. El Antiguo Testamento era la «Revelación primitiva», el anticipo de algo más grande que iba a producirse después; la teología cristiana habla de un «motivo de teofanía». Si existe el Antiguo Testamento, es para anunciar cosas que van a tener su cumplimiento en el Nuevo; «el motivo de cumplimiento», en donde, naturalmente, todo aparece «más diáfano», «más grande», «más completo», más todo: es el «motivo de superación». Los aspectos que no acaban de cuadrar se modifican mediante el «motivo de enmienda»; los que no cuadraban en absoluto, se eliminan: «motivo de supresión»; y como los judíos eran lo que menos cuadraba, se les suprime por «motivo de apostasía».13
Lo dicho: Interpretatio Christiana. Una religión expropia a otra y luego insulta, combate, persigue a la religión expropiada, y esto durante dos mil años.
Ello era necesario, porque en el cristianismo, lo que no se retrotrae al paganismo pertenece, sin excepción, a la fe judaica: su Dios, su monoteísmo, su liturgia en la parte no helenística de la misma, la prohibición de que la mujer participe en el servicio de la Palabra, el mismo servicio aludido, el Padrenuestro y otras muchas oraciones, los ritos de anatema y excomunión (utilizados muy pronto y con frecuencia, pese al mandamiento de amor al prójimo); ítem más, las legiones de los ángeles (que, sin embargo, todavía en el siglo iv eran una creencia proscrita por la Iglesia), herencia de un politeísmo antiguo, encabezadas por los arcángeles; así como numerosas ceremonias, por ejemplo la imposición de las manos en el bautismo o la ordenación; los días de ayuno, las festividades como la Pascua, Pentecostés... Incluso la palabra Cristo (del griego christos) no es otra cosa que una traducción del hebreo maschiah o «mesías».14
Y también las jerarquías del clero judaico, la distribución en sumos sacerdotes, sacerdotes, levitas y laicos, sirvieron de modelo estructurador de las primeras comunidades cristianas. Los paralelismos son tan llamativos, que incluso han movido a buscar en la organización del judaismo tardío el molde del catolicismo romano plenamente desarrollado.
La noción del dogma indispensable para la salvación, la importancia concedida al magisterio de los obispos, tienen el mismo origen. La administración de la caja eclesiástica fue organizada más o menos como la del fondo sacro judío. Hasta las catacumbas cristianas seguían el modelo de los cementerios subterráneos de los judíos. La teología moral católica tiene sus antecedentes en la casuística de la doctrina moral de los rabinos. O mejor dicho, la mayor parte de la moral cristiana es judía; Michael Grant encuentra «el 90 % de ella en la del judaismo [...], incluido el mandamiento del amor al prójimo; la novedad más llamativa que añade es el mandamiento del amor al enemigo...», pero tampoco eso constituía una innovación absoluta, ya que lo mismo encontramos entre los budistas, en Platón, en la escuela estoica; incluso Jeremías e Isaías cantaban sus delicias: «Presentará su mejilla al que le hiere; le hartarán de oprobios».15
Como bastardo, el cristianismo se avergonzaba de sus orígenes, de su falta de originalidad. Y como, lógicamente, los judíos no querían admitir que sus creencias hubiesen de subordinarse a la interpretación cristiana, sino que pretendían seguir siendo el «pueblo elegido» de Dios, los cristianos se dedicaron a atacarles..., con lo que se sumaban a la misma misión que aquéllos, a la intolerancia salvaje de aquella deidad primitiva de un pueblo nómada, uno de los ídolos más vengativos que haya conocido la historia del mundo. Llevaron su agitación sobre todo a los círculos previamente trabajados por la influencia judía, y alcanzaron «una parte considerable» de sus primeros éxitos «a costa del judaismo» (Brox).16
Manifestaciones antijudías en el Nuevo Testamento
El primero en marcar el tono fue Pablo, el verdadero fundador del cristianismo. Aunque el apóstol, «siervo de Dios» como él mismo se llamaba modestamente, supiera cantar al amor con acentos arrebatadores, en realidad dedicó muchas más palabras al odio más encarnizado, como han visto muchos, desde Porfirio, pasando por Voltaire, hasta Nietzsche y Spengler. Así, se convirtió en un clásico de la intolerancia, un prototipo del proselitismo, un creador genial de ese estilo ambiguo que oscila entre el servilismo rastrero y la brutalidad más desvergonzada, y que hizo escuela sobre todo entre los grandes de la Iglesia; agitador tan cerril y porfiado, que durante el período nazi algunos teólogos cristianos hallaron paralelismos entre las primitivas comunidades y «las centurias del ejército pardo de Hitler», llegando a soñar en unas «secciones de asalto de Cristo» (pero Goethe opinaba, en cambio: «Si a san Pablo concedieran un obispado / de alborotador mudara en barrigón tranquilo / lo niismo que con ceteri confratres ha pasado»).17


De esa guisa, Pablo (también los judíos suelen considerarle creador del cristianismo) abrió el fuego contra los judíos y no dejó de luchar contra ellos en toda su vida. Era aficionado a predicar en las sinagogas, como viendo en ellas «el punto de partida y las bases» (Hruby) de su misión. Para lo demás, consideraba que los cristianos, sobre todo los de origen pagano, han pasado a constituir el verdadero pueblo de Israel;
esta afirmación aparece por primera vez en la carta a los gálatas (6,16). Érgo prefiere solicitar a los gentiles, para que «caídos los judíos» la salvación beneficie a aquéllos. En cuanto a los judíos mismos, se sacude las ropas: «Caiga vuestra sangre sobre vuestras cabezas», y prosigue: «Puro compareceré desde ahora ante los gentiles». «Los gentiles, que no seguían la justicia, han abrazado la justicia»; los judíos, en cambio, «no han llegado a la ley de la justicia». Es verdad que tienen celo de las cosas de Dios, «pero no es un celo según la ciencia». Y «la mayor parte de ellos desagradaron a Dios, y así quedaron muertos en el desierto».18
Como era de esperar, los judíos contraatacaron. Este hecho fue muy destacado por los católicos alemanes en tiempos de Hitler, por ejemplo en el libro Santa Patria alemana {Heilige deutsche Heimat, con censura eclesiástica), que recuerda continuamente cómo los judíos «calumniaron, maldijeron y persiguieron» a Pablo, esa «maravilla del Espíritu y de la Gracia», cómo conspiraron contra él por ser «amigo de los gentiles», cómo «planearon matarle» y «organizaron varios atentados contra él», «le expulsaron de las sinagogas como si fuese un apestado o un leproso», le desterraron «a los lugares más inhóspitos bajo el cielo, a los bosques y a los desiertos donde no viven más que las fieras», etcétera.19
En efecto, el apóstol fue azotado varias veces por los judíos; se trataba de un tormento cruel, y que iba a tener un gran porvenir durante la época cristiana. Muchas veces los azotes cortaban «hasta tocar el hueso» y algunos supliciados no sobrevivían a semejante trato. Por parte de Pablo era absurdo el intento de volver el Antiguo Testamento contra los mismos judíos. Así, les echa en cara las persecuciones sufridas por los profetas y la muerte de Jesucristo, argumento propagandístico este último que iba a ser utilizado con mucho efecto por la Iglesia. En realidad, el tema del pueblo deicida no fue más que «una argucia», no especialmente hábil, «para echar sobre los judíos el peso de la responsabilidad por la ejecución de Jesús» (Guignebert). Además, los acusa con carácter general de adúlteros, ladrones y profanadores de templos. Afirma que la recaída en el judaismo sería tan grave como volver a la idolatría. Los declara malditos «hasta el fin del mundo» por el Nuevo Testamento; a decir verdad, el «heraldo amabilísimo del Evangelio» (según el católico Walterscheid) utilizó las mismas expresiones estereotipadas que los antisemitas de la antigüedad y afirmó que todo el patrimonio espiritual y religioso de los judíos no era nada más que «inmundicia» .20
En los Hechos de los Apóstoles quedan señalados una y otra vez como «traidores y asesinos»; en la Carta a los Hebreos como gente que ha «lapidado, torturado, aserrado, matado a espada». El Evangelio de Juan, que es el texto más antijudío de la Biblia, nos los presenta más de cincuenta veces como enemigos de Jesús. Son casi continuas las conspiraciones contra su vida; aparecen como paradigmas de la maldad e hijos del demonio. El antijudaísmo fue el leitmotiv de este evangelista, y la consecuencia una visión sin matices, todo blanco o todo negro: a un lado los hijos de Dios, la luz, la verdad, la fe, al otro los hijos de Satán, la oscuridad, la mentira, la «herejía». «Jamás se formuló juicio tan severo contra el judaismo en general», escribió en 1928 el teólogo Weinel. En el Apocalipsis los llama «sinagoga de Satanás».21
De Pablo, de Juan y demás inspirados de la Biblia tomaron, pues, los padres de la Iglesia lo que les convino. Desde el año 70, judíos de la diáspora y cristianos viven separados en todas partes, y crece la polémica antijudía.22
El antijudaísmo en la Iglesia de los siglos II al IV
La hostilidad creciente contra los judíos en tiempos del cristianismo primitivo se observa en los escritos de iospatres aevi apostolici, es decir, de los padres apostólicos, designación ésta creada por la patrística del siglo XVII para referirse a los autores que vivieron poco después que los apóstoles: «Cuando la tierra todavía estaba caliente de la sangre de Cristo», según la expresión de san Jerónimo.
De ellos sólo conocemos bien a uno, Ignacio, obispo de Antioquía de Siria, que escribió, a comienzos del siglo n, varias epístolas contra los judíos. «Cuando alguien venga a predicaros de cosas de judíos, no le escuchéis», exhorta Ignacio, porque las doctrinas del judaismo son «falsas y erróneas», «astucias», «consejas de viejos, que de nada sirven», «falacias que son como columnas funerarias y cámaras sepulcrales». Los judíos «no han recibido la gracia», al contrario, persiguieron a los «profetas inspirados por el Señor». «Apartad de vosotros la levadura que se ha corrompido...».23
Toda la literatura cristiana, siguiendo la línea que empieza a marcar el Nuevo Testamento, vilipendia a los judíos llamándolos asesinos de profetas..., como si aquéllos no se hubieran dedicado a otra cosa; sin embargo, de los numerosos profetas citados en el Antiguo Testamento, sólo dos fueron efectivamente asesinados,24 mientras que Elias, según la Biblia, hizo degollar a 450 sacerdotes de Baal, como ya hemos visto.
La carta de Bernabé, originaria de Siria hacia el año 130, muy apreciada por la Iglesia antigua y que figuró durante algún tiempo entre los textos de lectura obligada, les niega a los judíos sus Sagradas Escrituras diciendo que no las entienden, «porque se dejan persuadir por el ángel del mal». En cambio, el autor de la epístola, un pagano converso y visiblemente iluminado, ofrece pruebas de una comprensión muy superior. Al glosar, por ejemplo, la prohibición de comer carne de liebre, explica que va contra la pederastía y similares, porque la liebre renueva el ano todas las temporadas y «tiene tantos orificios cuantos años ha vivido». Tampoco quiere admitir el desconocido autor que los judíos tengan algún tipo de alianza con el Señor, puesto que se hicieron indignos de ello «a causa de sus prevaricaciones». Al fin y al cabo, Cristo vino al mundo «para que fuese colmada la medida de los pecados de quienes habían perseguido a sus profetas hasta la muerte», por lo que Jerusalén e Israel estaban «condenados a desaparecer».25
San Justino, importante filósofo del siglo II, se manifiesta (lo mismo que Tertuliano, Atanasio y otros) muy complacido con la terrible destrucción de Palestina a manos de los romanos, la ruina de sus ciudades y la quema de sus habitantes. Todo ello lo juzga el santo como un castigo del cielo, «lo que os ha sucedido, bien empleado os está [...], hijos desnaturalizados, ralea criminal, hijos de ramera». Y no acaban ahí las invectivas del «suavísimo Justino» (Harnack), cuya fiesta figura adscrita al 14 de abril por disposición de León XIII (fallecido en 1903); dicho santo dedica muchos otros epítetos a los judíos: los llama enfermos de alma, degenerados, ciegos, cojos, idólatras, hijos de puta y sacos de maldad. Afirma que no hay agua suficiente en los mares para limpiarlos. Este hombre, que según el exégeta Eusebio vivió «al servicio de la verdad» y murió «por anunciar la verdad», afirma que los judíos son culpables de todas las «injusticias que cometen todos los demás hombres», calumnia en la que no cayó ni siquiera Streicher, el propagandista de Hitler. Sin embargo, vemos que el prior benedictino Gross no dice ni una sola palabra acerca del antijudaísmo de Justino en el correspondiente artículo del Lexikonfür Theologie und Kirche, de 1960. En cambio, el mismo autor figura en un libro de texto, la Historia de la Iglesia antigua de 1970, como «personaje ejemplar».26
A finales del siglo II, Melitón de Sardes (poco después colocado por su colega Polícrates de Efeso entre las grandes estrellas de la Iglesia en el Asia Menor) escribe un sermón terrible. Una y otra vez fustiga la «ingratitud» de los judíos, y lanza de nuevo «la terrible acusación del deicidio [...] entendido como una culpa hereditaria» (según el católico Frank).
Israel nación ingrata...,
tesoros de gracia recibiste
y los pagaste con negra ingratitud,
devolviendo mal por bien,
tribulaciones por alegría,
¡muerte por vida!
Tú debías morir en su lugar.
Mas no fue así, truena la voz del predicador «universalmente reconocido como uno de los profetas que recibieron aún los últimos fulgores del cristianismo primitivo» (Quasten), conservada en un papiro manuscrito cuyo contenido no fue publicado hasta 1940:

¡Mataste a Nuestro Señor en medio de Jerusalén! Oídlo todas las generaciones y véalo:
«Se ha cometido un crimen inaudito»...27
A comienzos del siglo III, el obispo romano Hipólito, discípulo de san Ireneo y padre de la «católica Iglesia primitiva», redactó un panfleto venenoso, Contra los judíos, llamados «esclavos de las naciones», y pide que la servidumbre de este pueblo dure, no setenta años como el cautiverio de Babilonia, no cuatrocientos treinta años como en Egipto, sino «por toda la eternidad». San Cipriano, que fue un hombre muy rico, retor y obispo de Cartago en el año 248 después de divorciarse de su mujer, se dedicó a coleccionar aforismos antijudíos y suministró así munición a todos los antisemitas cristianos de la Edad Media. Según las enseñanzas de este célebre mártir, caracterizado por su «indulgencia y cordial hombría de bien» (Erhard), los judíos «tienen por padre al diablo»; exactamente lo mismo que decían los rótulos de los escaparates en la redacción del Stürmer, el periódico de agitación de las SS hitlerianas. El gran autor Tertuliano dice que las sinagogas son «las fuentes de la persecución» (fontes persecutionum), olvidando que los judíos no intervinieron en las persecuciones de los siglos u, III y IV contra los cristianos. Lógico, porque tales reproches pertenecen al repertorio habitual de la comunicación entre religiones, basada en la calumnia mutua. Tertuliano también nos hace saber que los judíos no van al cielo, que ni siquiera tienen nada que ver con el Dios de los cristianos, y afirma: «Aunque Israel se lavase todos los miembros a diario, jamás llegaría a purificarse». Incluso el noble Orígenes, pronto clasificado entre los herejes, opina que las doctrinas de los judíos de su época no son más que fábulas y palabras hueras; a sus antepasados les reprocha, una vez más, «el crimen más abominable» contra «el Salvador del género humano [...]. Por eso era necesario que fuese destruida la ciudad donde Jesús padeció, y que el pueblo judío fuese expulsado de su patria». En la epístola de Diogneto, autor cuyo nivel intelectual y dominio de la lengua tiene en mucha estima la teología actual, hallamos asimismo las burlas usuales contra las costumbres de los judíos y la caracterización de éstos como estúpidos, supersticiosos, hipócritas, ridículos, impíos; en una palabra, «establece todo un catálogo de vicios judaicos» (C. Schneider).20
Con el aumento del poder del clero en el siglo IV, también creció la virulencia del antijudaísmo, como ha observado el teólogo Harnack. Cada vez es más frecuente que los «padres» se dediquen a escribir panfletos Contra judíos. Algunos de los más antiguos se han perdido; nuestras referencias empiezan con los de Tertuliano (otro que luego se descolgó de la Iglesia oficial), Hipólito de Roma, y una serie de doctores de la Iglesia, desde san Agustín hasta san Isidoro de Sevilla en el siglo vil. Los opúsculos antijudíos se convierten en literatura de género dentro de la Iglesia (Oepke).29

Gregorio Niseno, aun hoy celebrado como gran teólogo, condenó a los judíos en una sola letanía, donde los llama asesinos de Dios y de los profetas, enemigos de Dios, gente que aborrece a Dios, que desprecia la Ley, abogados del diablo, raza blasfema, calumniadores, ralea de fariseos, pecadores, lapidadores, enemigos de la honradez, asamblea de Satán, etcétera. «Ni siquiera Hitler formuló contra los judíos más acusaciones en menos palabras que el santo y obispo de hace mil seiscientos años», alaban unos «católicos estrictos» en un panfleto de varios cientos de páginas. .., contemporáneo del Concilio Vaticano II, por cierto.30
San Atanasio, «una de las figuras más importantes de la historia de la Iglesia», un «emisario de la divina Providencia» (Lippl), no sólo atacó durante toda su vida a los paganos, llamándoles «herejes», sino también a los judíos, cuya «contumacia», «locura», «necedad» según él, provienen directamente «del traidor Judas, que era uno de ellos». «Los judíos han perdido el sendero de la verdad», «babean de frenesí [...] más que el mismo demonio», «han recibido el justo castigo de su apostasía, pues además de su ciudad perdieron también el sentido común».31
En Eusebio, obispo de Cesárea e historiador de la Iglesia, hallamos frecuentes alusiones, no exentas de complacencia, al sino de los judíos, insistiendo en que «en tiempos de Pilatos y con el crimen contra el Salvador comenzó la desgracia de todo el pueblo» que, a partir de entonces, «en la ciudad y en toda Judea no quieren acabar las insurrecciones, las guerras y los atentados» y que, «cuando nuestro Salvador hubo subido al cielo, ellos aumentaron sus culpas con los crímenes inenarrables que cometieron contra sus apóstoles»: lapidación de san Esteban, decapitación de Santiago, «tribulaciones sin cuento» de los demás apóstoles..., «por lo que finalmente cayó el castigo de Dios sobre los judíos, por sus muchas prevaricaciones [...], quedando borrada de la historia humana, de una vez por todas, esa ralea de impíos».32
Todo ello, el giro antijudío de la interpretación teológica de la historia, el triunfo sobre las «iniquidades» de los judíos, su «desgracia sin parangón», sus «continuas tribulaciones», su «miseria sin redención posible», las «hecatombes de judíos» en que «hasta treinta mil de ellos perecieron pisoteados» o «por el hambre y la espada [...] hasta un millón y cien mil judíos», la satisfacción con que se comentan «las terribles desventuras» de los deicidas, no dejaría de influir en los primeros emperadores cristianos, cuyo favor supo ganarse muy pronto el obispo e influyente consejero Eusebio. No es casual la orientación cada vez más antijudía de las leyes romanas a partir del mismo Constantino.33
Efrén, doctor de la Iglesia y antisemita
San Efrén (306-373), merecedor del más alto título de la Catholica, «cítara del Espíritu Santo», «mansedumbre», «hombre de paz en Dios», fue uno de los más encarnizados enemigos de los judíos de todas las épocas. El, que descendía de una familia cristiana y que ya de niño dio muestras de un carácter ofensivo y brutal, como demostró apedreando durante varias horas la vaca de un pobre hasta matarla, más tarde hizo gala del mismo talante en su polémica contra los judíos. Este profesor de la academia cristiana de Nisibis, en el país de los dos ríos, es decir entre el Tigris y el Eufrates, los apostrofó de canallas y serviles, dementes, servidores del demonio, criminales, sanguinarios incorregibles y «noventa y nueve veces peores que cualquier no judío». A los «deicidas», el doctor de la Iglesia prefería contemplarlos como simples asesinos. Este santo antisemita, por otra parte, fue el autor de los cánticos más antiguos de la Iglesia, «el primer cantor de villancicos de la Cristiandad». Formó un coro de voces femeninas que recorría los templos de toda el Asia Menor interpretando una versión musical de la Historia Sagrada compuesta por él «y que se entendía sin necesidad de mayores explicaciones» (Hmmeler, católico).34
Tampoco hacían falta muchas explicaciones para entender que a san Efrén no le gustaban los judíos. Este autor, cuyos méritos la Iglesia juzgó tan importantes que los conmemoró por duplicado (el 28 de enero la Iglesia oriental, el 18 de junio la occidental), jamás se cansó de comparar la pureza radiante del catolicismo y de los profetas con «la necedad», «el hedor» y «los asesinatos» del pueblo judío. «Salud a ti, noble Iglesia. Que todos los labios pronuncien tu elogio, tú que eres libre [,..] del hedor de los apestosos judíos». Según asegura Efrén (cuya proclamación como doctor ecciesiae data de 1920), el pueblo judío «intenta contagiar a los sanos sus antiguas enfermedades; con la cuchilla, el cauterio y la medicina que requerían sus propios males intenta descuartizar los miembros llenos de salud [...]. El esclavo embrutecido intenta colocar sus propias cadenas a los hombres libres».35
Con insistencia sugiere «el admirable Efrén» (Teodoreto), «el gran clásico de la Iglesia siria» (Altaner, católico) que, si el pueblo judío mató a los profetas y mató también a Dios, ¿qué otros crímenes no cometerá? «Demasiada sangre ha derramado; ya no dejará de hacerlo, sólo que antes mataba en público y ahora asesina en secreto [...] ¡Huye de él [del pueblo judío], desgraciado, porque no ansia otra cosa sino tu muerte y tu sangre! Si quiso que cayera sobre él la sangre de Dios, ¿piensas que temerá derramar la tuya? [...] A Dios clavaron en una cruz [...];
los profetas fueron degollados como corderos [por ellos]. Matarifes se hicieron cuando vinieron médicos a sanarlos. ¡Corre, huye, busca refugio en Cristo, aléjate de esa nación enloquecida! [El Hijo de Dios] visitó a los descendientes de Abrahán, pero los herederos se habían convertido en asesinos».36
El Lexikonfür Theologie una Kirche (Roma, 1959), recopilado por el teólogo y padre benedictino Edmund Beck, ha dedicado a Efrén un artículo relativamente largo, pero no dice ni media palabra del furioso antisemitismo del santo varón.37

Juan Crisóstomo, doctor de la Iglesia y antisemita
Más furibundo que Efrén en sus ataques contra los «miserables, inútiles judíos», desde el siglo vi Juan Crisóstomo mereció a pesar de ello, ya que no precisamente por ello, el epíteto de chrysostomos, que significa «boca de oro»; desde el vil se le añadió el predicado de «sello de los padres», es decir, que su palabra era siempre la última y definitiva.38
En muchos escritos y en ocho largos e incendiarios sermones, de los que prodigaba hacia los años 386 y 387 en su ciudad natal de Antioquía ese predicador de insignificante apariencia, enfermizo, dotado de poca voz pero muy popular («predicar me sana» decía), pocos crímenes o vicios quedaron pendientes de ser atribuidos a los judíos. (Uno de sus sermones, en el que, para empezar, presumió de haber alcanzado ya su objetivo de confundir a los judíos y taparles la boca, fue tan largo que el orador terminó completamente afónico..., pero reanudó la lucha al día siguiente, fiesta de las expiaciones por cierto.)39
Hijo de un alto oficial y ex jurista, como predicador considera que la función del sermón estriba sobre todo en «reconciliar», en «consolar», puesto que las Escrituras en sí sólo contienen «consolaciones»; pero en lo tocante a los judíos no deja de fustigar «el sentido homicida» de los mismos, su «carácter asesino y sanguinario». Así como ciertos animales tienen veneno, explica Crisóstomo, «igualmente vosotros y vuestros padres estáis llenos de afán de matar». En particular, los judíos contemporáneos de Jesús «cometieron los mayores pecados», estaban «ciegos», carecían de «escrúpulos de conciencia», «maestros de iniquidades», afectados de una «especialísima corrupción del alma», «parricidas y matricidas». Ellos «mataron a sus maestros con sus propias manos», lo mismo que hicieron con Cristo, «crimen capital» ante el que «palidecen todas las demás abominaciones», y por el que recibirán «un castigo terrible». Serán «proscritos», pero no «según las leyes habituales de la historia universal», sino que será «una venganza del cielo», una «venganza más insoportable, más terrible que ninguna de las conocidas hasta ahora, sea entre judíos o en otros confines del mundo».40
El patrón de los predicadores, cuyas obras (dieciocho tomos de la Patrología Graeca de Migne) han merecido en el siglo XX, y por parte del benedictino Crisóstomo Baur, la calificación de «mina inagotable», «unión perfecta y ejemplar del espíritu cristiano con la belleza helénica en las formas», dedica a los judíos epítetos tales como diabólicos, peores que los sodomitas, más crueles que las fieras. Contra ellos, cuyos cultos y cuya cultura ejercían precisamente gran influencia sobre los cristianos de Antioquía, lanza reiteradas acusaciones de idolatría, además de tratarlos de estafadores, ladrones, epulones y lujuriosos. Los judíos viven sólo para su barriga, sus instintos y sólo entienden de comer, beber y abrirse las cabezas los unos a los otros. «En su desvergüenza son peores que los cerdos y los cabrones.» O como dice Baur: «Sus sermones suelen ser de estilo dialogante, pero noble y elevado». Crisóstomo, cuyos escritos son más difundidos y leídos que los de ningún otro doctor de la Iglesia, difama a los judíos más gravemente que ninguno de sus predecesores; el «más grande hombre de la Iglesia antigua» (Theiner), que se lamentó alguna vez de que «no hay nada más duro de sobrellevar que los insultos», enseñó que no se debe tener trato con demonios ni con judíos, que éstos no eran mejores que «los puercos y los machos cabríos», «peores que todos los lobos juntos» y que mataban a sus hijos con sus propias manos; aunque de esto último hubo de retractarse más adelante, y dijo que, aunque ya no acostumbraban matar a sus propios hijos (!), sí habían matado a Cristo y eso era mucho peor. «Los judíos reúnen el coro de los libidinosos, las hordas de mujeres desvergonzadas, y todo ese teatro junto con sus espectadores lo llevan a la sinagoga. Así pues, no hay ninguna diferencia entre la sinagoga y el teatro. Pero la sinagoga es más que un teatro, es una casa de lenocinio, un cubil de bestias inmundas, una madriguera del diablo. Y las sinagogas no son el único refugio de ladrones, mercaderes y demonios, porque lo mismo son las almas de los judíos.» Aconseja a los cristianos que no consulten a médicos judíos, «antes morir», que se alejen de todos los judíos «como peste y plaga del género humano que son». Y puesto que los judíos «pecaron contra Dios», su servidumbre «no conocerá fin», muy al contrario, «se agravará día tras día».41
Casi palidece un Streicher en la comparación con este «predicador de la gracia divina» (Baur). Pero incluso después de la segunda guerra mundial se le certifica su «grandeza», su «humanidad», su «humor suavísimo, que exhala un aroma como a rosas» (Anwander), así como «la viveza cordial del lenguaje», que todavía «dice cosas al hombre moderno que le tocan de cerca» (Kraft); o que las homilías de Juan «en parte se leen todavía hoy como sermones cristianos, caso seguramente único en toda la Antigüedad helénica» (V. Campenhausen); mientras que Hümmeler, en tiempos de Hitler, no lo olvidemos, «nuestra agitada época», le alaba su «elocuencia arrebatadora» y su «tremenda capacidad de sugestión sobre las almas».42
Con extraordinaria insistencia vuelve Juan Crisóstomo sobre el tema de la eterna servidumbre de los judíos, y abunda, de acuerdo con Pablo o los profetas, en lo de los «castigos más graves» por la incredulidad de los judíos. Incluso cuando Pablo todavía busca razones para «presentar la cuestión bajo una luz más benigna», Juan constata, satisfecho, que «no las encuentra, tal como están las cosas, e incluso lo que dijo de ellos sirve de acusación todavía más grave» y supone «una nueva condena contra los judíos», «un golpe». Y la maldición del profeta: «Oscurézcanse sus ojos de tal modo que no vean, y haz que sus espaldas estén cada vez más encorvadas hacia la tierra», apenas merece comentario alguno para el santo, pues: «¿Cuándo ha sido tan fácil como ahora capturar a los judíos y hacerlos prisioneros? ¿Cuándo había encorvado tanto el Señor sus espaldas? Y lo que es más, que no habrá tampoco redención de estos males para ellos». '3

¿Cuándo ha sido tan fácil como ahora capturar a los judíos y hacerlos prisioneros? ¿No es eso invitar a la persecución, a la caza contra los judíos? Para Juan, «gran luminaria del orbe terrestre» (Teodoreto), los judíos son «como los animales, que no tienen uso de razón», «llenos de embriaguez y de gula [...], de extrema perversidad, [...] no quieren doblar la cerviz al yugo de Cristo ni tirar del arado de la Doctrina [...], pero tales bestias, que no sirven para el trabajo, sólo son útiles para el matadero. Y así ha sucedido con ellos, que habiendo resultado inútiles para el trabajo se les ha destinado al matadero. Y por eso ha dicho Cristo:
"pero en orden a aquellos enemigos míos, que no me han querido por rey, conducidlos acá, y quitadles la vida en mi presencia" (Le. 19,27)».44
Con razón dice Franz Tinnefeid que resulta difícil no ver en estas palabras «la invitación al genocidio contra los judíos». Y considera «muy probable, aunque no demostrable» que hubiese una relación entre estos sermones odiosos y las actividades antijudías en la parte oriental del imperio. En sus sermones antisemitas, Juan, con metódica perfidia, pone siempre en boca del «Cristo» palabras que en su intención eran metafóricas, entresacándolas arbitrariamente de las parábolas, como en la de las diez minas, que acabamos de citar, donde no es Cristo quien habla sino el supuesto rey dirigiéndose a sus siervos.45
Es también característica la reiteración de Crisóstomo sobre los «vicios antiguos» de los judíos; en lo tocante a vicios actuales, poco tenía que enseñar a sus ovejas, ni habrían salido moralmente aventajadas en la comparación con los judíos. De los judíos del pasado sí podía decirse que vivían «en la impiedad y en el pecado, sin omitir los más graves [...], adoraron el becerro de oro [...] y profanaron el Templo», que «degollaron profetas y derribaron altares»; en una palabra, que el judaismo había «descendido a todo género de aberraciones [...] hasta la saciedad».46
Y es que la realidad era bastante distinta, y no poca la influencia de los judíos en una ciudad como Antioquía, capital oriental del imperio, donde la comunidad judía era especialmente numerosa; se consultaba a sus médicos, se celebraban sus fiestas, se bailaba a pies descalzos con los judíos en el mercado, se respetaban sus ayunos, se juraba por los libros santos de la Sinagoga, se solicitaba la bendición al rabino, y quizá fue esto último lo que más molestó a Crisóstomo, que escribe: «Es extraño, pero aunque han cesado las abominaciones, el castigo se ha multiplicado y no cabe esperar que muden las cosas. No setenta años, no cien ni doscientos, sino trescientos y muchos más vienen durando sin que se atisbe ni una sombra de esperanza. Y eso que ahora no adoráis a los ídolos ni hacéis ninguna de las cosas que antes osabais. ¿Cómo se explica esto? [...] Os lo había anunciado el Profeta cuando dijo que vuestras espaldas estarían cada vez más encorvadas hacia la tierra». Esto significaba, según el «boca de oro», la «interminable prolongación de las penalidades» y la «miseria sin fin».47

Los santos Jerónimo e Hilario de Poitíers, antisemitas
No es menor el odio antijudío que destila el cálamo (bastante venenoso por otra parte) de otro doctor de la Iglesia, Jerónimo, que por cierto tuvo bastante participación en el mísero final de Juan Crisóstomo a manos de su principal enemigo, a lo que contribuyó prestando «servicios de esbirro», como ha escrito Grützmacher.
El antijudaísmo de Jerónimo se halla sobre todo en sus exégesis bíblicas, y principalmente en el comentario al libro del profeta Isaías; la obra es de tono agudamente polémico y abunda en sarcasmos contra las esperanzas de futura grandeza terrenal de los judíos (y de paso contra los cristianos quiliastas, a los que tiene por «medio judíos» y «los más miserables de entre los humanos»), que esperaban el milenio de Cristo en la tierra y el reinado de la justicia y la felicidad en este mundo, por más que tal creencia estuviese entonces muy difundida en la cristiandad antigua y la hubiesen compartido, entre otros, Ireneo, Tertuliano, Victorino de Poetavium y Lactancio. Una vez más, los judíos no supieron leer sus propios libros sagrados, según Jerónimo, que se burla de ellos, los ridiculiza y desprecia por considerar mentirosa toda su escatología. No anda corto en elocuentes elogios al triunfo de la cristiandad sobre los judíos, si bien éstos aún podían maldecir a los cristianos, bajo el nombre de nazarenos, tres veces al día, en sus sinagogas. Fustiga su altanería y en particular su avaricia, y tan grande es su aborrecimiento que ni siquiera quiere conceder la conversión de Israel al final de los tiempos, en la que incluso Pablo había creído.48
Jerónimo no quiere desaprovechar ocasión, ni en su correspondencia con Agustín, también adversario decidido de los judíos, para manifestar su aversión llamándolos «ignorantes» y «malvados», además de «blasfemos contra Dios».
Agustín es aleccionado en los términos siguientes: «Ante Jesucristo nada vale la circuncisión ni el prepucio...», o cuando se afirma: «Los usos y las costumbres de los judíos son la perdición y la muerte para los cristianos; cristiano judío o de origen pagano, el que los guarda reo es del demonio». ¿Acaso no se trata aquí de asuntos «de las sinagogas de Satanás»?49
En Occidente, san Hilario de Poitiers, vastago de noble familia gala (hacia 315-367), «combatiente del más inflamado amor a Cristo y de la más apasionada fe en Cristo» (Antweiler), se niega a comer en la misma mesa que un judío, le niega incluso el saludo. Y aquel rico perverso de la Biblia, aquel famoso tirano y traidor cuya ruina profetiza el salmo 52, según Hilario no es otro sino el pueblo judío, que poseído por Satanás sólo puede hacer las obras del mal. «No son hijos de Abraham ni hijos de Dios, sino de la estirpe de la serpiente, y siervos del diablo [...], hijos de una voluntad satánica.» Y atendido que no existe para ellos la posibilidad de justificación, «es necesario tacharlos del libro de la vida». Únicamente los arríanos serían enemigos más grandes de Cristo, según Hilario, «Atanasio de Occidente» como le llaman, en lo que aciertan por más motivos de los que se suele pensar, cuyos méritos fueron todavía más grandes como «azote de herejes» y le valieron, en 1851, el título de doctor de la Iglesia, el más alto honor para un creyente de la fe católica, como se sabe, y que sólo dos de los papas han merecido.50
Del antijudaísmo de otros grandes patriarcas occidentales, como Ambrosio y Agustín, tendremos ocasión de tratar más adelante.
Sobre la inquina antijudía del cristianismo primitivo apenas hay lugar para la exageración. En 1940, en plena época hitleriana, Cari Schneider confiesa que «pocas veces en la historia se encuentra un antisemitismo tan decidido y tan intransigente [...] como el de aquellos primeros cristianos». Ello fue obra, sobretodo, del clero, al que escuchaba el pueblo (y pronto sería escuchado por otros) mucho más que ahora, y cuyos sermones encontraban un ambiente bien distinto de la indiferencia soñolienta de nuestros días.51 Ya Pablo de Samosata, gran vividor y desde el año 260 obispo de Antioquía, censuraba a los que guardaban silencio durante los sermones. Era cuestión de aplaudir como en el circo y el teatro, de hacer volar pañuelos; los gritos, las pataletas, el ponerse en pie de un salto eran gestos habituales. En las catedrales resonaban las interpelaciones: ¡Campeón de la fe! ¡Decimotercer apóstol! ¡Anatema sea el que diga otra cosa! En las actuaciones de Crisóstomo, sin ir más lejos, cuyas andanadas de odio aclamadas por el público eran registradas simultáneamente por varios taquígrafos, el público perdía la compostura hasta el punto de que el mismo orador se veía en la obligación de reclamar orden diciendo que la casa de Dios no era un teatro, ni el predicador un histrión. Sin embargo, a los demagogos eclesiásticos de la época no dejaban de agradarles los aplausos, mendigados por algunos, como el obispo Pablo, con latiguillos, o agradecidos por otros, como el monje Esquió de Jerusalén, adulando a los oyentes. Tampoco Agustín era insensible a los aplausos, de los que según decía sólo le molestaban los de los pecadores.52
Embustes antijudíos de la Iglesia y su influencia sobre el derecho laico
En nuestro estudio hemos recopilado los disparates antijudíos de la Iglesia antigua. Aunque los hemos citado en extracto, vale la pena reproducir aquí por extenso un pasaje importante: «Los judíos no son el pueblo de Dios, sino que descienden de unos egipcios leprosos; el Señor los odia y ellos odian a Dios. No han entendido el Antiguo Testamento, sino que lo han falsificado, y únicamente los cristianos conseguirán restablecerlo. Los judíos no quieren espiritualidad, ni cultura, son el paradigma del mal, hijos de Satanás, son indecentes, asedian a todas las mujeres, son hipócritas, embusteros, y odian y desprecian a todos los no judíos. Los cristianos suelen complacerse en señalar la dureza de los juicios formulados por los profetas contra los mismos judíos». Y continuamos: «Los judíos fueron los que crucificaron a Cristo; los Evangelios disculpan al gobernador romano y acusan a los judíos; no fueron los soldados romanos, sino los judíos quienes atormentaron a Jesús y se mofaron de él; en el Calvario, los paganos se convierten mientras que los judíos continúan con sus burlas. Tal como mataron a Dios, les gustaría matar a todos los cristianos, porque en todo tiempo los judíos siguen siendo fieles a sí mismos». Los que así escribían no eran fanáticos, sino gente instruida y distinguida, como Clemente de Alejandría, Orígenes y Crisóstomo, entre los menos radicales. «[...] No puede existir un compromiso entre judíos y cristianos, aunque aquéllos pueden prestar a éstos servicios de esclavos. »53
Según la composición de lugar de los doctores de la Iglesia primitiva, la influencia de cuyos tratados antijudíos abarcó toda la Edad Media y llegó incluso hasta la moderna, los judíos debían vivir dispersos por siempre jamás, errar por el mundo como apatridas, ser esclavos de los demás pueblos. Que nunca vuelvan a construir su Templo en Jerusalén, exige el doctor de la Iglesia Jerónimo; que nunca vuelvan a ser un solo pueblo en un solo país, reclama el doctor de la Iglesia Crisóstomo; pero que no desaparezcan del todo, pide Agustín, porque así servirán de testimonio vivo de la «verdad» del cristianismo. Al contrario, la imprecación del pueblo deicida, «caiga su sangre sobre nosotros y sobre los hijos de nuestros hijos», debe cumplirse en ellos hasta el fin de los tiempos.54
Desde comienzos del siglo IV, el antijudaísmo de los primeros cristianos, hasta entonces sólo literario, empieza a tomar cuerpo en los cánones eclesiásticos. Como ha señalado Poliakov, «para los cristianos, el pueblo judío es criminal convicto».55
El alto clero empezó a destruir sistemáticamente las relaciones entre cristianos y judíos, que hasta entonces habían sido buenas por lo general, con el propósito de llegar a impedir todo contacto social. El pueblo cristiano, como ha señalado el católico Kühner, «fue inducido y azuzado por sus líderes eclesiásticos». En 306, el Sínodo de Elvira prohibe bajo penas severísimas sentarse a la mesa con judíos, permitirles la asistencia a la bendición de los campos, los matrimonios mixtos entre ellos y los cristianos, e incluso amenaza con la excomunión el simple trato personal. El Sínodo de Antioquía prohibió en 341 la celebración común de la Pascua; los clérigos que infringieran la prohibición serían expulsados y desterrados. A menudo Oastó la visita a una sinagoga para merecer la suspensión. Los decretos sinodales antijudíos se hicieron cada vez más abundantes.56
La influencia de las leyes eclesiásticas hizo que el derecho laico empezase a recoger también numerosas disposiciones de marcada tendencia antisemita.
La religión judía, hasta entonces permitida, se vio cada vez más perseguida y reprimida. En los decretos imperiales se alude a ella llamándola «secta infame», «secta nefaria, iudaica perversitas, nefanda superstitia»; los cultos fueron censurados y el proselitismo, absolutamente prohibido. Es verdad que, a veces, algunos príncipes de los paganos habían promulgado leyes antijudías; pero los emperadores cristianos las renovaron drásticamente. En 315, Constantino hizo de la conversión al judaismo un crimen capital; tanto el judío proselitista como el cristiano converso eran reos de muerte. De manera similar perseguía el Estado cristiano los matrimonios entre judíos y cristianos: a partir de 339, al contrayente judío, a ambos desde 388 en adelante. Los hijos de Constantino promulgaron la confiscación de bienes de los cristianos que judaizaran, y castigaron con pena de muerte el casamiento de judío con cristiana, así como la circuncisión de los esclavos. Poco a poco, los judíos se vieron privados de los derechos comunes; se les limitó la capacidad para testar, se les expulsó de numerosas profesiones, de los cargos •palatinos, de la abogacía (es decir militia palatina y fogata}, del ejército, disposición esta última que continuó en vigor hasta el siglo XIX y fue restablecida por Hitler. En 438, fueron excluidos por decreto de todos los cargos públicos; sólo podían acceder al decurionato, es decir, a cargos municipales y aun éstos porque eran onerosos y muchas veces había que obligarles, «pues no pretendemos hacer merced a esos individuos abominables, sino condenarlos» (Teodosio II). Infracciones banales eran penadas con la confiscación de bienes o con la muerte.57
De acuerdo con un estudio sistemático reciente, a partir del siglo IV las medidas jurídicas tomadas por los emperadores cristianos incluyen:
castigos arbitrarios, prohibición de la trata de esclavos, expropiación de determinados esclavos, multas, trabas legales para poder testar o contraer matrimonio, confiscación de bienes y pena de muerte, esta última ya desde los tiempos de Constantino I, Constantino II y Teodosio I. Según el Códex Theodosiano, los judíos son gente de vida equívoca y de creencias equivocadas, desvergonzados, inmorales, repugnantes y sucios; sus opiniones son contagiosas como la peste. «Este vocabulario de la difamación personal penetra en la legislación romana después de Constantino, como demuestra la comparación con el material conservado de los tres primeros siglos de nuestra era» (Lengenfeid).58
A finales del siglo IV y principios del v los emperadores se muestran más tolerantes con los judíos, a ratos, pero suelen ser demasiado débiles para reprimir con eficacia los asaltos a las sinagogas, los incendios y las usurpaciones a que se entregan cada vez más los cristianos. En esta persecución de creciente violencia no dejarían de intervenir los móviles económicos, y hasta cierto punto el racismo, pero el motivo principal era el religioso. En toda la Antigüedad y durante la Alta Edad Media, las legislaciones antijudías se justifican siempre por razones de religión. Escribe Harnack que, según el parecer unánime de los autores cristianos del período patrístico, «Israel había sido desde siempre la Iglesia diabólica».59
Pero diabólicos o endiablados lo eran ellos mismos, los cristianos, incluso contra los hermanos separados de su misma fe, como veremos.

CAPÍTULOS
PRIMERAS INSIDIAS DE CRISTIANOS CONTRA CRISTIANOS
«¡Pluguiera a Dios que fuesen exterminados los que os escandalizan!» SAN PABLO1
«Os prevengo contra las bestias en figura humana.»
san IGNACIO2
«No sólo queremos levantar la bestia, sino herirla por todas partes.» sanIRENEO3
«Pues todo aquel que no admite que Jesús se nos apareció en carne y hueso es un Anticristo, [.. .1 es siervo del demonio, [.. .1 es el primogénito de Satanás.»
SAN POLICARPO4
«Ningún hereje es cristiano. Pero si no es cristiano, todo hereje es demonio.» «Reses para el matadero del infierno.»
SAN JERÓNIMO, DOCTOR DE LA IGLESIA5
«Pero si tomamos las armas los unos contra los otros, estamos perdidos sin necesidad de que intervenga el demonio. Toda guerra es funesta pero la guerra civil lo es más. Y la guerra entre nosotros mismos es aún más funesta que una guerra civil.» SAN JUAN CRISÓSTOMO, DOCTOR DE LA IGLESIA6
«Hablan en pro de sus religiones, no con la mesura y la moderación que sus grandes maestros predicaron mediante la palabra y el ejemplo, sino [...1 con acaloramiento tal, que no parece sino que no tuviesen razón.»
LICHTENBERG7
«Apenas terminaron de predicar a Cristo, se acusaron mutuamente de Anticristos [.. .1 y como es natural, en todas estas disputas teológicas no había nada que no estuviese construido sobre el absurdo y el engaño.»
VOLTAIRE8
Al igual que atacaron verbalmente a los judíos (antes de pasar a verbis ad verbera, de las palabras a los golpes..., al expolio, a la persecución generalizada y a las grandes matanzas), desde el principio también riñeron los unos contra los otros hasta llegar a las manos, lo que comenzó mucho más pronto de lo que generalmente se cree.
En los orígenes del cristianismo no existió una «fe verdadera»
La Iglesia enseña que la situación originaria del cristianismo era de «ortodoxia», es decir, de «fe verdadera»; más tarde, aparecería la «herejía» (de aíresis == la opinión elegida), entendida como el camino desviado, apartamiento respecto del recto camino inicial. La noción de «herejía» existe ya en el Nuevo Testamento, pero adquiere su significado peyorativo por obra del obispo Ignacio, en el siglo II, el mismo que aportó la noción de «católico» decenios antes de que la Iglesia lo fuese verdaderamente. Sin embargo, la palabra «herejía» no tenía en sus orígenes el significado que luego se le atribuyó; para los autores bíblicos y demás judíos, no se interpretaba en contraposición con el fenómeno de la ortodoxia, por otra parte inexistente aún. En la literatura clásica se llamaba «herejía» a cualquier opinión, grupo o partido científico, político o religioso. Poco a poco, sin embargo, el término adquirió la connotación de lo sectario y desacreditado.9
Ahora bien, el esquema «ortodoxia original contra herejía sobrevenida», imprescindible para mantener la ficción eclesiástica de una tradición apostólica supuestamente ininterrumpida y guardada con fidelidad, no es más que un invento a posteriori y tan falso como esa misma doctrina de la tradición apostólica. El modelo histórico según el cual la doctrina cristiana, en sus comienzos, era la pura y verdadera, luego contaminada por los herejes y cismáticos de todas las épocas, «la teoría del desviacionismo, tan socorrida —como ha escrito incluso el teólogo católico Stockmeier—, no se ajusta a ninguna realidad histórica». Tal modelo no podía ser verídico de ninguna manera, porque el cristianismo en sus comienzos distaba de ser homogéneo; existía sólo un conjunto de creencias y principios no muy bien trabados. Aún «no tenía un símbolo de fe definido (una creencia cristiana reconocida) ni unas Escrituras canónicas» (E.R. Dodds)10 Ni siquiera podemos remitirnos a lo que hubiese dicho el propio Jesús, porque los textos cristianos más antiguos no son los Evangelios, sino las Epístolas de Pablo, que por cierto contradicen a los Evangelios en muchos puntos esenciales, para no mencionar otros muchos problemas de bastante trascendencia que se plantean aquí.
Los primeros cristianos incorporaban no una, sino muchas y muy distintas tradiciones y formas. En la comunidad primitiva se registró al menos una división, que sepamos, entre los «helenizantes» y los «hebraicos». También hubo violentas discusiones entre Pablo y los primeros apóstoles originarios. Y muchas de las cosas que luego fueron perseguidas y tenidas por diabólicas estaban más cerca de las creencias originarias que la «ortodoxia», ésta sí establecida a posteriori. Las luchas políticas por el poder en el seno de la Iglesia siempre utilizaron como pretexto la teología, la fe supuestamente «verdadera», con objeto de combatir mejor a los rivales. A veces intervinieron consideraciones de oportunidad, por ejemplo cuando una creencia concreta predominaba en una región. En determinadas zonas del Asia Menor, de Grecia, de Macedonia, pero sobre todo en Edessa, en Egipto, desde el comienzo se predicó el cristianismo en variantes bastante alejadas de lo que luego sería tenido por «la ortodoxia» y, sin embargo, en ninguna de dichas regiones se dudaba de que aquello fuese el cristianismo legítimo. Y los creyentes mirarían con igual orgullo y desprecio a los llamémosles ortodoxos que éstos a ellos. Desde siempre toda tendencia, iglesia o secta, tiende a considerarse como la «verdadera», la «única», el cristianismo auténtico.n
Es decir, en los orígenes de la nueva fe no hubo ni una «doctrina pura» en el sentido actual protestante, ni una Iglesia católica. Era una secta judaica separada de su religión madre, el judaismo, el segundo paso principal de cuya evolución fue su constitución en comunidades cristianas bajo la dirección de Pablo, y no sin fuertes polémicas con los más primitivos cristianos, los apóstoles oriundos de Jerusalén. Luego, durante la primera mitad del siglo n, se constituyó la Iglesia de Marción, que llegó a extenderse por todo el Imperio romano y seguramente sería más internacional que la católica ortodoxa; ésta no empezó a cristalizar hasta la segunda mitad del siglo y, salvo las creencias religiosas básicas, lo adoptó casi todo de Marción, creador además del primer Nuevo Testamento.
Si hemos de creer a la communis opinio, la Iglesia católica primitiva surgió entre los años 160 y 180. Las comunidades que hasta entonces habían vivido con relativa independencia buscaron una vinculación legal más estrecha, así como la unificación doctrinal, con objeto de poder discriminar quién era «verdadero creyente» y quién no. Pero tampoco estas Iglesias atesoraban una «ortodoxia» definida e invariable; reinaba por aquel entonces una flexibilidad que hoy nos parece extraña. Pronto surgirían «herejías» y «herejes» cada vez en mayor número y más frecuentes, pero no procedentes del exterior «como quiere la leyenda» (V. Soden); el sentido del movimiento herético era más bien de dentro hacia afuera. Al ser destruidos casi todos sus escritos, apenas tenemos de estos primeros movimientos alguna noticia parcial, deformada y, a menudo, totalmente falsa.12
A finales del siglo II, cuando se constituyó la Iglesia católica, es decir, cuando los cristianos se hubieron constituido en muchedumbre, como ironizaba el filósofo pagano Celso, empezaron a surgir entre ellos las divisiones y los partidos, cada uno de los cuales reclamaba una legitimidad propia, «que era lo que pretendían desde el primer momento». «Y como consecuencia de haber llegado a ser multitud, se distancian los unos de los otros y se condenan mutuamente; hasta el punto que no vemos que tengan otra cosa en común sino el nombre [...], ya que por lo demás cada partido cree en lo suyo y no tiene en nada las creencias de los otros.» A comienzos del siglo III, el obispo Hipólito de Roma cita 32 sectas cristianas en competencia que, hacia finales del siglo IV, según el obispo Filastro de Brescia, alcanzaban el número de 128 (más 28 «herejías» precristianas). A falta de poder político, sin embargo, la Iglesia preconstantiniana sólo podía desahogarse verbalmente contra los «herejes», al igual que contra los judíos; a la enemistad cada vez más profunda con la sinagoga, se sumaban así los enfrentamientos cada vez más odiosos entre los mismos cristianos, debido a sus diferencias doctrinales. Es más, para los doctores de la Iglesia tales desviaciones constituían el pecado más grave, porque las divisiones, a fin de cuentas, implicaban la pérdida de afiliados, la merma del poder. De tal manera que en estas polémicas no se trataba de entender el punto de vista del oponente, ni de explicar el propio, lo que tal vez hubiera sido inconveniente o peligroso. Sería más exacto decir que obedecían al propósito «de aplastar al contrario por todos los medios» (Gigon). «La sociedad antigua no había conocido nunca este género de disputas, porque tenía de las cuestiones religiosas otro concepto distinto y nada dogmático» (Brox).13
Primeros «herejes» en el Nuevo Testamento
Otra vez encontramos a Pablo, «el primer cristiano, el inventor del cristianismo» (Nietzsche). Como judío, había sido un espectador «complacido» de la lapidación de Esteban; más aún, solicitó al sumo sacerdote un permiso especial para perseguir a los seguidores de Jesús más allá de Jerusalén. «Iba asolando la Iglesia», «sacaba con violencia a hombres y mujeres, y los hacía meter en la cárcel»; él mismo confiesa: «Yo perseguí a muerte a los de esta nueva doctrina». Exagera, quizá, para hacer que pareciese más grandiosa su conversión ulterior, aunque la descripción cuadra con lo que sabemos de su carácter fanático.14

«El más noble entre los luchadores» (Gregorio Nacianceno), el «atleta de Cristo» (Crisóstomo, Agustín), se describe a sí mismo como espadachín «que no lanza tajos al aire»; sabemos también que para él las situaciones se convierten pronto en «misiones estratégicas». Sus escritos abundan en giros del lenguaje militar, y concibe toda su existencia como militia Christi; sorprende hallar en germen la mayoría de los mecanismos de que iban a servirse los futuros papas en su afán de llegar a dominar el mundo, entre ellos, y no los menos importantes, su elasticidad, su oportunismo para establecer pactos cuando no veía posibilidad de imponerse, su habilidad, que le lleva a decir que los paganos recibieron la misma herencia; Pablo se alaba por ser «el apóstol de los gentiles», sin perjuicio de recordar, cuando más conviene, que «yo también soy de Israel», «somos por naturaleza judíos, que no gentiles nacidos en el pecado». Lo que finalmente le conduce a declarar: «Lo he sido todo para todos...», y: «Pero si la fidelidad de Dios con ocasión de mi infidelidad se ha manifestado más gloriosa, ¿por qué razón todavía soy yo condenado como pecador?».15
Pablo el fanático, el clásico de la intolerancia, suministró el ejemplo del tratamiento que en adelante dispensaría Roma a quienes no pensaran como ella, o mejor dicho, «su figura es fundamental para entender el origen de ese género de polémica» (Paulsen).16
Así se demostró en sus relaciones con los primeros apóstoles, sin exceptuar a Pedro. Antes de que la leyenda piadosa fabricase la pareja ideal de los apóstoles Pedro y Pablo (todavía en 1647, el papa Inocencio X condenaba por herética la equiparación de ambos, mientras que hoy Roma celebra sus festividades el mismo día, el 29 de junio), los partidarios del uno y el otro, y ellos mismos, se hostilizaban con furor; incluso el libro de los Hechos de los Apóstoles admite que hubo «gran conmoción». Pablo, pese a haber recibido de Cristo «el ministerio de predicar el perdón», contradice a Pedro «cara a cara», le acusa de «hipocresía» y asegura que con él eran igual de hipócritas «los circuncisos». Hace burla de los dirigentes de la comunidad de Jerusalén, llamándolos «protoapóstoles», cuyo prestigio según afirma nada le importa, puesto que no se trata sino de unos «mutilados», «perros», «apóstoles de embustes». Lamenta la penetración de «falsos hermanos», las divisiones, los partidos aunque se declarasen a su favor, al de Pedro o al de otros. A sus adversarios les reprocha sus envidias, sus odios y discordias, su confusión, sus persecuciones y maldiciones, así como la falsificación de la fe, por todo lo cual los maldice reiteradamente. A la inversa, la comunidad primitiva le reprochó esos mismos defectos y aun otros más, incluida la avaricia, acusándole de estafa y llamándole además cobarde, anormal y loco, al tiempo que procuraba la defección de sus seguidores. Agitadores enviados por Jerusalén irrumpen en sus dominios, incluso Pedro, llamado «hipócrita», se enfrenta en Corinto a las «erróneas doctrinas de Pablo». La disputa no dejó de enconarse hasta la muerte de ambos y prosiguió con los seguidores. En la Epístola a Tito, dice de «los circuncisos» (los cristianos de origen judío) que son «desobedientes y embusteros», y que «es menester taparles la boca», mientras que el Evangelio según Mateo (judeocristiano) llama perros y cerdos a los no judíos.17
Como celebra con júbilo Orígenes, Dios dispensa su sabiduría en cada palabra de las Escrituras.18
Las principales epístolas de Pablo, que compara su misión con un pugilato y se concibe a sí mismo como «guerrero» de Cristo, son en gran parte panfletarias. Los temperamentos fuertes como Apolo o Bernabé prefieren alejarse; sólo aguantan a su lado los jóvenes como Timoteo, los novicios como Tito, o los acomodaticios como Lucas.19
Porque Pablo, muy diferente en esto al Jesús de los Sinópticos, sólo ama a los suyos. Overbeck, el teólogo amigo de Nietzsche que llegó a confesar que «el cristianismo me ha costado la vida..., porque he necesitado toda la vida para librarme de él», sabía muy bien lo que se decía cuando escribió: «Todos los aspectos bellos del cristianismo se vinculan a Jesús, y todo lo más desagradable a Pablo. Era la persona menos indicada para entender a Jesús». A los condenados, ese fanático quiere verlos entregados «al poder de Satanás», es decir, reos de muerte. Y la pena impuesta al incestuoso de Corinto, que fue pronunciada, dicho sea de paso, con arreglo a una fórmula típicamente pagana, debía provocar su aniquilación física, semejante a los efectos letales de la maldición de Pedro contra Ananías y Safira. ¡Pedro y Pablo y el amor cristiano! Quien predicase otra doctrina, así fuese «un ángel del cielo», sea por siempre maldito. Y repite, incansable, «¡maldito sea!», «¡quisiera Dios aniquilar a los que os escandalizan!», «maldito sea todo el que no ama al Señor», anatema sit que se convirtió en modelo de las futuras bulas católicas de excomunión. Pero el apóstol habría de dar otra muestra de su ardor, de la que también tomaría ejemplo la Iglesia (y aun otros, como los nazis): en Éfeso, donde se hablaba «en lenguas» y donde hasta las prendas interiores usadas por los apóstoles curaban enfermedades y expulsaban demonios, muchos cristianos, quizá desengañados de la magia vieja en vista de los nuevos prodigios, «hicieron un montón de sus libros, y los quemaron a vista de todos; y valuados, se halló que montaban cincuenta mil denarios. Así se iba propagando más y más, y prevaleciendo la palabra de Dios.. .».20
Desde el mismo Nuevo Testamento, temprano espejo de gran número de tendencias rivales, menudean las condenas contra «espíritus falaces y doctrinas diabólicas, enseñadas por impostores llenos de hipocresía, que tendrán la conciencia cauterizada o ennegrecida por los crímenes»; el que piensa de manera diferente es cubierto de dicterios de todas clases: «Su palabra se multiplica como un cáncer», «viven pendientes de sus bajas pasiones», «en el vértigo de los vicios infernales». Ya el Nuevo Testamento identifica la herejía con la «blasfemia contra Dios», el cristiano de otro matiz con el «enemigo de Dios»; ya los cristianos empiezan a llamar «infieles» a otros cristianos, «esclavos de la perdición», «almas adúlteras y corrompidas», «hijos de la maldición», «hijos del diablo», «animales sin razón y por naturaleza creados únicamente para ser cazados y exterminados», en quienes se quiere ver confirmado el dicho según el cual «el perro retorna siempre a su propio vómito» y «el cerdo se revuelca en su propia inmundicia». Ya se escuchan las primeras amenazas: «El Señor exterminó a los incrédulos», ya se cita: «Mía es la venganza, dice el Señor».21
«La lectura de las Sagradas Escrituras es de inapreciable utilidad —nos instruye Juan Crisóstomo—, porque eleva el alma hacia el cielo.»22
La realidad es que las primeras muestras de la intolerancia más extrema se encuentran ya en el Nuevo Testamento, que prohibe incluso el trato con el díscolo, porque «esclavo es del pecado». Ni recibirle en casa, ni ofrecerle el saludo, porque saludarle sería hacerse cómplice de sus malvadas actividades, lo que equivale a prohibir toda relación, y no iba a ser la última vez que se escuchase tal mandamiento. Según nos instruyen las Escrituras: «Huye del hombre hereje, después de haberle corregido una, y dos veces; sabiendo que quien es de esta ralea, está pervertido, y es delincuente». Por lo que parece, ésta fue práctica habitual de los apóstoles, quejosos de «los muchos crímenes que se dan entre cristianos» (J.A. y A. Theiner); Policarpo de Esmirna da testimonio de que uno de los «padres apostólicos», que en su juventud incluso había escuchado al mismo apóstol Juan y luego había logrado «muchas conversiones de herejes», contaba que estando Juan, el discípulo del Señor, en Éfeso, y disponiéndose a tomar un baño, vio allí a Cerinto, por lo que salió de la casa exclamando: «¡Huyamos!, pues cabe que la casa se hunda estando en ella Cerinto, el enemigo de la verdad».23
Esta historia se retrotrae a Ireneo, padre de la Iglesia, aunque todavía hoy se discute quién debió ser el tal Cerinto; en la tradición católica nos lo presentan como gnóstico, quiliasta y judaizante. En cualquier caso, una de sus peores «herejías» estuvo en afirmar que Jesús «no nació de una virgen», por parecerle a Cerinto que tal cosa era imposible, sino que fue «hijo de José y de María» y, por tanto, igual a todos los demás hombres, aunque «fuese superior a ellos en justicia, sabiduría y prudencia».24
Esto no parece del todo absurdo, y lo mismo debió de parecer a muchos de los que lo oyeron en la Antigüedad. De manera que ya entonces un «verdadero creyente» no podía bañarse en la misma casa que un «hereje» sin incurrir en un peligro mortal, como quiere la leyenda, o la «fábula» puesta en circulación por Ireneo, según Edward Schwartz «con refinada mendacidad, para coronarse a sí mismo con la pequeña gloria de un discípulo indirecto de los apóstoles...». El exégeta Eusebio, que repite la anécdota de Ireneo, comenta que «los apóstoles y sus discípulos evitaban el trato con los enemigos de la verdad hasta el punto que ni siquiera la palabra querían dirigirles».25



Despreciadores de padres, de hijos, de «falsos mártires» por amor de Dios
Estos comportamientos sí fueron respetados siempre por la Iglesia, que sobre todo prohibió siempre la communio in sacris, la oración en compañía de cristianos de otras confesiones, frecuentar sus iglesias y oficios sagrados, el trato oficial con sus clérigos y, naturalmente, la concurrencia a los sacramentos con los excomulgados. ¿No confesaba el propio Pablo, hablando de «sus» comunidades, que «se muerden y devoran los unos a los otros»? Según el Nuevo Testamento, incluso entre los «verdaderos creyentes» predominaban las envidias y las disputas, reinaba «el malestar por toda clase de acciones reprensibles», «riñas y pleitos»: «Matáis y ardéis de envidia».26
Con qué frecuencia se esgrimía ya la espada que el mismo Jesús contribuyó a templar cuando invitaba a los hijos a levantarse contra los padres, y a éstos contra los hijos, «y los enemigos del hombre serán las personas de su misma casa». Cuántas escenas, discordias y odios, sobre todo entre las capas más bajas e ignorantes, cuántas tragedias hasta el día de hoy. Y cuántos fanáticos, devotos cerriles, envenenando familias, invitando a denunciar a padres, esposos, esposas, fomentando la inhumanidad, invitando al abandono de todos los vínculos sociales, al aislamiento, al enclaustramiento en los monasterios: Crisóstomo condenó a todo el que pretendiera disuadir a sus hijos de hacerlo. E incluso los esclavos cristianos procuraban convencer a los jóvenes para que abjurasen de sus creencias, desobedeciendo, si fuese necesario, a sus padres y maestros.27
Sin embargo, lo que más importaba a los líderes de la Iglesia era la ingratitud, la desobediencia, la falta de contemplaciones; o como dice Clemente de Alejandría: «El que tenga un padre, o un hermano, o un hijo impío [...] no conviva ni ande de acuerdo con él, sino que se disolverá el vínculo carnal a causa de la discordia espiritual [...]. Que Cristo sea en ti el vencedor». O como Ambrosio, doctor de la Iglesia: «Los padres se oponen, pero es menester desoírlos [...]. Tú, doncella, debes superar la obediencia infantil. El que vence a la familia ha vencido al mun; do». Según Crisóstomo, doctor de la Iglesia, es lícito desconocer a los padres si ellos quieren oponerse a que llevemos una vida ascética. Cirilo de Alejandría, doctor de la Iglesia, prohibe el respeto a los padres, «cuando es inoportuno y peligroso», es decir, «cuando por él peligra la fe». También es preciso que «la ley del amor a los hijos y a los hermanos se incline y retroceda, [...] a fin de cuentas, para el creyente la muerte es preferible a la vida».
Jerónimo, doctor de la Iglesia, se dirigía a Heliodoro (el futuro obispo de Altinum, cerca de Aquilea), que regresaba de Oriente movido por el cariño a su familia y, sobre todo, a su sobrino Nepote, convenciéndoles de la necesidad de romper con los suyos: «Por más encariñado que estés con tu sobrino, y aunque tu propia madre con el cabello revuelto y las vestiduras desgarradas te mostrase los pechos con los que te crió, y aunque tu padre cruzándose en el umbral de la puerta te implorase, tú pasarás por encima de tu progenitor sin derramar ni una lágrima, y correrás a enrolarte bajo las banderas de Cristo». (Y confiesa Jerónimo que, cuando él mismo abandonó a sus padres y hermanos, el sacrificio más grande había sido el de tener que renunciar a los placeres de la mesa bien puesta y de la vida agradable.) Otro doctor de la Iglesia, el papa Gregorio I, dice que «el que tiene ansia de los bienes eternos no hace caso [...] del padre, ni de la madre, ni de los hijos que tuviere». San Columbano, el apóstol de los alamanos, pasó por encima de su madre que se había arrojado al suelo llorando y exclamó que no volvería a verla jamás mientras viviera. Y siglos después, inspirándose evidentemente en Jerónimo (que, por su parte, tampoco hizo ascos nunca a ese género de préstamos literarios), Bernardo, doctor de la Iglesia, escribía: «Y aunque tu padre se hubiese tendido de través en el quicio de la puerta y tu madre descubriéndose el seno te enseñase los pechos con los que te crió [...], tú pisotearás a tu padre y pisotearás a tu madre [...] y correrás, sin que se te escape ni una lágrima, a enrolarte bajo las banderas de Cristo».28
Sin derramar ni una lágrima, e incluso con odio y burla, contemplan a los que dan testimonio con su sangre de una fe distinta.
De conformidad con el axioma agustiniano: martyrem nonfacitpoena sed causa (los mártires no los hace el suplicio, sino la causa [que propugnan]), la Iglesia mayoritaria prohibió rotundamente el culto a los mártires que no fuesen católicos, puesto que eran «falsos mártires» y «Dios no los mira», según el Sínodo de Laodicea (Frigia), del siglo IV. Según Cipriano, Crisóstomo y Agustín, derramaron su sangre en vano (lo que, a fin de cuentas, es excesivamente cierto) y no por ello dejaban de ser unos criminales. El fanatismo de Agustín queda reflejado en su dicho de que no dejaría de ser reo del infierno quien se hiciese quemar vivo por Cristo, si no pertenecía a la Iglesia católica. Apenas un siglo después, Fulgencio, obispo de Ruspe, enseñaba lo mismo (en un tratado que durante la Edad Media fue atribuido a la pluma de Agustín y, por consiguiente, muy leído, y en el que se leía que «ningún herético ni cismático [...] puede salvarse, por más limosnas que haya repartido, y ni siquiera derramando su sangre en nombre de Cristo»).29
Los católicos que hubiesen rezado en capillas de mártires «heréticos» se arriesgaban a ser excomulgados y debían hacer penitencia, consistente por lo general en abrumar a los héroes de las demás creencias amontonando sobre ellos las peores calumnias posibles. En esto, Cipriano, Tertuliano, Klipólito, Apolonio y otros hicieron méritos increíbles. Apolonio, por ejemplo, decía de Alejandro, montañista, que había sido «bandolero» y que, por tanto, «no se le condenaba por sus creencias», sino por sus «actividades delictivas» iniciadas, cómo no, desde que abandonó la verdadera fe. Es posible que no todas fuesen calumnias. En cualquier caso, para cada bando los suyos eran los santos y buenos, los que padecían persecución por defender la verdad, mientras que los contrarios eran los incrédulos, envidiosos, malvados, obcecados, falsos, locos y traidores..., y así durante siglos se extendió el griterío contra los herejes; no la polémica objetiva, sino la demagógica y denigrante. «En estos círculos vilipendiar al contrario se consideraba más importante que una refutación en regla» (Walter Bauer).30
Así podemos comprobarlo en la literatura paleocristiana, sin necesidad de recurrir al Nuevo Testamento.
El Cantar de Ágape y las «bestias negras» del siglo n (Ignacio, Ireneo, Clemente de Alejandría)
La primera Epístola Clementina, escrita hacia el año 96 d. de C. (y atribuida al supuesto tercer sucesor de Pedro), el documento más antiguo de la patrística, la emprende contra los dirigentes de la oposición corintia que deseaban volverse hacia Oriente, abandonando Occidente, y los llama «individuos acalorados e imprudentes», «caudillos de la discordia», «padres de la disputa y del desacuerdo», que «desgarran [...] los miembros de Cristo mientras comen y beben, y engordan, y son descarados, vanidosos, reñidores y fanfarrones, hipócritas y necios», «un gran deshonor...»; el documento fue descrito como «un cantar al amor divino que todo lo perdona, que todo lo sufre y que es un reflejo del propio amor de Dios. Ni siquiera Pablo escribió palabras más bellas» (Hümmeler).31
En el siglo II salta a la palestra Ignacio de Antioquía, un santo que creó el «episcopado monárquico», es decir que introdujo en toda la Iglesia católica la idea de que cada comunidad o Iglesia provincial debía depender de un solo obispo, siendo preciso, según el obispo Ignacio, «que el obispo sea considerado como Nuestro Señor mismo» (!). Ignacio, «personalidad de dotes carismáticas [...], realmente fuera de lo común» (Perier), que «aprendió de Pablo que la fe cristiana debe ser entendida como una actitud existencial» (Buitmann), llama a todos los cristianos que no son de su cuerda «portavoces de la muerte», «apestados», «fieras salvajes», «perros rabiosos», «bestias», y asegura que sus dogmas son «inmundicia maloliente», sus ceremonias «ritos infernales». Así se expresa Ignacio, «cuya entrega en Cristo [...] se manifiesta en su lenguaje» (Zeller), cuya «cualidad más sobresaliente es su mansedumbre» (Meinhold), y que asegura que «hay que huir» de las falsas doctrinas como de las fieras, porque son como perros rabiosos, que muerden a traición, como «lobos que se fingen mansos» y «veneno letal».32
Estas metáforas son corrientes en la literatura patrística, que gusta de comparar las «herejías» y los «herejes» con los magos (incluso Pedro mereció alguna vez, como Pablo, el calificativo de maleficus y Simón el Mago es invariablemente el magus maléficas), que llevan consigo el veneno en redomas, en el corazón, en la lengua, entre los labios: veneno de alimañas, de víboras, tanto más peligroso por cuanto suele presentarse disimulado con mieles. La utilización de esta «técnica» por parte de cristianos está probada cuando menos desde el siglo IV, por ejemplo, en el caso del emperador Constantino, que probablemente envenenó a su hijo Crispo; también la podemos encontrar poco después, en la historia de un sacerdote que mediante soborno asesinaba con vino de misa emponzoñado. Tenemos luego la nómina de personalidades cristianas, sobre todo reinas y princesas, que mataron mediante vinos envenenados más o menos benditos. «En la leche de Dios mezclan albayalde», como escribió un autor desconocido.. ,33
Dice Ignacio que los «herejes» viven «a manera de judíos», que propagan «falsas doctrinas», «fábulas viejas que no sirven para nada». «El que se haya manchado con eso, reo es del fuego eterno», «morirá sin tardanza». Y además los que enseñan el error «perecerán víctimas de sus disputas». «Os prevengo contra esas bestias con figura humana.» El santo obispo, que se califica a sí mismo de «trigo de Dios» y de quien se alaba todavía hoy su «seductora benevolencia» (Hümmeler) y su «lenguaje [...] lleno de la antigua dignidad» (cardenal Willebrands), fue el primero en utilizar la palabra «católico» para designar la que hoy es la confesión de setecientos millones de cristianos, aunque ya Fierre Bayie (1647-1706), uno de los pensadores más claros no sólo de su época, escribió y justificó que «todo hombre honrado "debería considerarse ofendido de que le llamasen católico"».34
Hacia el año 180, intervino en el coro de los que tronaban «contra las herejías» Ireneo, el obispo de Lyon. Es el primer «padre de la Iglesia» porque fue el primero en dar por sentada la noción de una Iglesia católica y supo comentarla teológicamente; pero fue también el primero que identificó a los maestros de errores con la figura del diablo, que «declaró malicia deliberada las creencias de los demás» (Kühner).35
Ireneo también se adelantó a los grandes polemistas de la Iglesia en los ataques contra el gnosticismo, una de las religiones rivales del cristianismo y quizá la más peligrosa para éste. De origen sin duda más antiguo, aunque es poco lo que se sabe de sus orígenes y muchos puntos siguen siendo controvertidos hoy, representaba un dualismo todavía más extremo y pesimista; su difusión se produjo con rapidez increíble, pero en una infinidad de variantes que confunde a los estudiosos. Y como también tomó prestadas muchas tradiciones cristianas, la Iglesia creyó que la gnosis era una herejía cristiana y como tal luchó contra ella, aunque desde luego sin lograr la «conversión» de ningún jefe de escuela o de secta de los gnósticos. El caso es que mucho de éstos, en razón de sus cualidades personales, como ha concedido el católico Erhard, «fascinaban a muchos fieles de las comunidades...». A partir del año 400, poco más o menos, el catolicismo se dedicó a destruir sistemáticamente los documentos escritos de esta religión, que tenía un acervo riquísimo de ellos.

Incluso en pleno siglo xx, cuando se halló en Nag-Hamadi, una localidad del Alto Egipto, una biblioteca gnóstica completa, no faltaron eclesiásticos para reanudar la difamación de la gnosis, «ese veneno infiltrado», «foco de intoxicación» que sería preciso «erradicar» (Baus).36
Ireneo fustiga las «elucubraciones mentales» de los gnósticos, «la malicia de sus engaños y la perversidad de sus errores». Los califica de «histriones y sofistas vanos», de gentes que «dan rienda suelta a su locura», «necesariamente trastocadas». Este santo, cuya importancia para la teología y para la Iglesia «apenas puede sobreestimarse» (Camelot), en su obra principal exclama: «Ay, y oh dolor» en cuanto a la epidemia de las «herejías», para corregirse a sí mismo inmediatamente: «Es mucho más grave, es algo que está más allá de los ayes y de las exclamaciones de dolor»; el padre de la Iglesia censura en particular el hedonismo de sus adversarios. Según se cuenta, los marcosianos, que alcanzaron hasta el valle del Ródano (donde se enteró de su existencia Ireneo), eran propensos a seducir damas ricas..., aunque también los católicos las prefirieron siempre a las pobres. Es verdad que algunos gnósticos eran partidarios del libertinaje, pero también los hubo ascéticos rigurosos. Ireneo hace mucho hincapié en eso de la incontinencia. «Los más perfectos de entre ellos —afirma— hacen todo lo prohibido sin empacho alguno [...], se entregan sin medida a los placeres de la carne [...], deshonran en secreto a las mujeres a quienes pretenden adoctrinar». El gnóstico Marco, que enseñaba en Asia, donde según afirmaban se había amancebado con la mujer de un diácono, tenía «como asistente un diablillo», un «precursor del Anticristo» que «había seducido a muchos hombres y a no pocas mujeres». «También sus predicadores ambulantes sedujeron a muchas mujeres simples.» Los sacerdotes de Simón y los de Menandro también eran siervos del «placer sensual»; «utilizan conjuros y fórmulas mágicas, y practican la confección de filtros amorosos». Y lo mismo los partidarios de Carpócrates; incluso Marción, pese a su reconocido ascetismo, es tildado de «desvergonzado y blasfemo» por Ireneo. «No sólo hay que levantar la bestia, sino que es preciso herirla en todos los flancos.»37
En los umbrales del siglo III, Clemente de Alejandría considera que los «herejes» son individuos «engañosos», «mala gente», incapaz de distinguir «entre lo verdadero y lo falso», que no tiene conocimiento del «Dios verdadero» y, por supuesto, tremendamente lujuriosos. «Tergiversan», «fuerzan», «violentan» la interpretación de las Escrituras; así, Clemente, alabado aún hoy por su «amplitud de miras y su benignidad espiritual», define a los cristianos de las demás tendencias como aquéllos que «no conocen los designios de Dios» ni las «tradiciones cristianas», que «no temen al Señor sino en apariencia, puesto que se dedican a pecar asemejándose por ello a los cerdos». «Como seres humanos convertidos en animales [...], son los que desprecian y pisotean las tradiciones de la Iglesia.»38

Las «bestias con cuerpo humano» del siglo III (Tertuliano, Hipólito, Cipriano)
, Hacia comienzos del siglo ni, Tertuliano, hijo de un suboficial y abogado que ejercía ocasionalmente en Roma (donde apuró hasta el fondo la copa del placer, como él mismo confesó) escribe sus «requisitorias contra los heréticos», aunque a no tardar, y durante los dos decenios finales de su vida, él mismo pasaría a ser un «hereje», un montañista y elocuente caudillo de un partido propio, el de los tertulianistas. En su Praescriptío, sin embargo, aquel tunecino ingenioso y burlón, que dominaba todos los registros de la retórica, «demuestra» que la doctrina católica es la originaria y por tanto la verdadera, frente a las innovaciones de la herejía, y que el «hereje», por tanto, no es cristiano y sus creencias son errores que no pueden aspirar a ninguna dignidad, ninguna autoridad, ninguna validez ética. (Más adelante, aquel polemista nato fustigaría con su ingenio y su afilada lengua a los católicos, pese a haber sido el creador de la noción institucionalizada de Iglesia, así como de todo el aparato doctrinal acerca del pecado y el perdón, el bautismo y la penitencia, de la cristología y del dogma de la Trinidad; mejor dicho, la misma noción de Trinidad fue obra suya.) Cuando aún pertenecía a la Iglesia —hasta el punto que, posteriormente, llegaría a llamársele el fundador del catolicismo—, era partidario de evitar la polémica con los «herejes», diciendo que «nada se saca de ella, sino malestares del estómago o de la cabeza»; incluso les niega la escritura, ya que dice que «arrojan las cosas santas a los perros y las perlas, aunque sean falsas, a los cerdos». Los llama «espíritus equivocados», «falsificadores de la verdad», «lobos insaciables». Para Tertuliano «sólo vale la lucha; es preciso aplastar al enemigo» (Kótting).39
Hacia la misma época Hipólito, el primer antiobispo de Roma, relacionaba en su Refutatio hasta 32 herejías, 20 de ellas gnósticas. Es, de entre todos los heresiólogos de la época preconstantiniana, el que más noticia dejó acerca de los gnósticos, ¡y eso que no sabía nada de ellos! Además, estos «heréticos» sólo le servían de pantalla para el ataque contra su verdadero enemigo, Calixto, el obispo de Roma, y la «herejía» de los «calixtianos».40
Según Hipólito, que hablando de sí mismo asegura querer evitar hasta las apariencias de la «maledicencia», muchos de los heréticos no son más que «embusteros llenos de quimeras», «ignorantes atrevidos», «especialistas en embrujos y conjuros, filtros amorosos y fórmulas de seducción». Los noecianos son «el foco de todas las desgracias», los encratitas «unos engreídos incorregibles», la secta perática una cosa «necia y absurda»; los montañistas «se dejan embaucar por las mujeres», y sus «muchos libros necios» son «indigestos y no merecen ni media palabra». Los docetianos propugnan una «herejía confusa e ignorante», e incluso Marción, tan abnegado y personalmente intachable, no es más que «un plagiario», un «discutidor», «mucho más loco» que los demás, y «más desvergonzado»; en cuanto a su escuela, «llena de incongruencias y de vida de perros», es una «impiedad herética». «Marción o uno de sus perros», escribió el antiobispo santo (y santo patrono de la caballería) Hipólito, afirmando finalmente que había roto «el laberinto de la herejía, y no con la violencia», sino «con la fuerza de la verdad».41
Hacia mediados del siglo III, entre los que luchaban sin descanso contra los defensores de otras creencias, figura también el santo obispo Cipriano, el autor del dicho: «El padre de los judíos es el demonio», que tanta fortuna tendría entre los nazis; era un arrogante, un representante típico de su gremio, que pretendía que «ante el obispo hay que ponerse en pie como antes se hacía frente a las figuras de los dioses paganos», y eso que Cristo dijo, según el Evangelio de Juan: «¿Cómo es posible que creáis, vosotros, que andáis mendigando alabanzas unos de otros?».42
Como los judíos y paganos, los adversarios cristianos de Cipriano son para éste criaturas del demomo, que «testimonian todos los días con voz enfurecida su demencia frenética». Y así como cualquier escritor católico «respira santa inocencia», en las manifestaciones de «los traidores a la fe y adversarios de la católica Iglesia», de «los desvergonzados partidarios de la degeneración herética», no se encuentran sino «ladridos de calumnia y falso testimonio», mientras entre ellos «estallan las llamas de la discordia cada vez más irreconciliable» y viven entregados «al robo y a todos los demás crímenes».43
Insiste y se repite Cipriano, por ejemplo en su epístola número 69, en que todo «hereje» es «enemigo de la paz de nuestro Señor», que «los herejes y renegados no gozan de la presencia del Espíritu Santo», «que son reos de los castigos a que se hacen acreedores por unirse en la insumisión contra sus superiores y obispos», que «todos sin remisión serán castigados», que «no hay esperanza para ellos», que «todos serán arrojados a la perdición» de manera que «perecerán todos esos demonios». A los «herejes», argumenta el santo con abundantes pruebas tomadas del Antiguo Testamento, «no se les deben ni los alimentos ni las bebidas terrestres», como tampoco, ni que decir tiene, «el agua salvífica del bautismo y la gracia divina»; del Nuevo Testamento deduce que «hay que apartarse del hereje como del "pecador contumaz, que él mismo se condena"».44
No tolera el obispo Cipriano contacto de ningún género con los cristianos separados. «La separación abarca todas las esferas de la vida» (Girardet). Para Cipriano, que se dedica de vez en cuando a establecer «verdaderas listas de herejes» (Kirchner), la Iglesia católica lo es todo y lo demás, en el fondo, no es nada. Elogia a la Iglesia como fuente sellada, huerto cerrado, paraíso ubérrimo y, reiteradamente, como «madre», de la que sólo quieren separarse «el contumaz espíritu de partido y la tentación herética», engañando a los fieles, que a no tardar andarán por ahí «balando como ovejas perdidas» en vez de comportarse como «guerreros valientes», «defensores del campamento de Cristo», que tienen prometidos los placeres celestiales, sublimados, si cabe, por la posibilidad de contemplar el suplicio eterno de sus perseguidores. Ahora bien, el que no está en la Iglesia perecerá de sed, porque ha preferido quedarse fuera (foris, terrible palabra que se repite machaconamente), donde no hay nada y todo es engaño; el que está fuera es como si hubiera muerto. «Fuera no hay luz, sino oscuridad; ni fe, sino incredulidad; ni esperanza, sino desesperación; ni razón, sino error; ni vida eterna, sino muerte; ni amor, sino odio; ni verdad, sino mentira; ni Cristo, sino el Anticristo.» En las tinieblas exteriores todos perecen; allí no bautizan, sólo riegan con agua, al igual que los paganos. Cipriano no quiere tener nada en común con los «herejes», con cismáticos entre los cuales no establece ninguna matización: ni Dios ni Cristo, ni Espíritu Santo, ni fe ni Iglesia. Para él no son sino enemigos: alieni, profani, schismatici, adversarii, blasphemantes, inimici, hostes, rebelles, todo lo cual se resume en una palabra: antichristi.45
Ese tono acaba por ser el habitualmente utilizado en las relaciones interconfesionales. Mientras la Iglesia propia es alabada como «lazareto», «paraíso ubérrimo», las doctrinas de los adversarios siempre son «absurdas, confusión», «mentira infame», «magia», «enfermedad», «locura», «fango», «peste», «balidos», «aullidos bestiales» y «ladridos», «delirios y embustes de viejas», «la mayor impiedad». En cuanto a los cristianos separados, siempre son «engreídos», «ciegos», «persuadidos de valer más que los demás», «ateos», «locos», «falsos profetas», «primogénitos de Satanás», «portavoces del demonio», «bestias con forma humana», «dragones venenosos», «orates», contra los que hay que proceder, a veces, incluso con exorcismos. Contra los herejes se repite asimismo el cargo de corrupción de costumbres; son «enamorados de su cuerpo e inclinados a las cosas de la carne», «sibaritas» que sólo piensan «en la satisfacción del estómago y de otros órganos aún más bajos», que «se entregan a la lujuria más desaforada», que son como los machos persiguiendo a muchas cabras, o como garañones que relinchan al olfatear la yegua, o como cerdos gruñidores y verriondos. Según el católico Ireneo, el gnóstico Marco seducía a sus feligresas con «filtros y pócimas de magia» para «mancillar sus cuerpos». Tertuliano, después de hacerse montañista, prueba que los católicos se entregaban a borracheras y orgías sexuales durante la celebración de la santa cena; el católico Cirilo dice que los montañistas eran ogros devoradores de niños. ¡De cristianos a cristianos! Y sin embargo, Agustín había dicho: «No creáis que las herejías son obra de cuatro pusilánimes; sólo los espíritus fuertes originan escuelas heterodoxas».46 San Agustín dedicó toda su vida a perseguirlas, ya entonces con ayuda del brazo secular.
«Si alguna época hubo que pudiese llamarse de la objetividad —asegura el católico Antweiler—, fue la era patrística, y me refiero sobre todo a la época alrededor del siglo IV.

El «Dios de la paz» y los «hijos de Satanás» en el siglo rv (Pacomio, Epifanio, Basilio, Ensebio, Juan Crisóstomo, Efrén, Hilario)
Durante el siglo iv, a medida que menudeaban las divisiones y las sectas, los cismas, las herejías se desarrollaban con osadía creciente, el griterío antiherético se hace también más estridente, más agresivo; al propio tiempo, la lucha contra los no católicos busca los apoyos judiciales; es una época de agitación y de actuaciones casi patológicas, una verdadera «enfermedad espiritual» (Kaphan).48
San Pacomio, el primer fundador de monasterios cristianos (desde el año 320 en adelante) y autor de la primera regla monástica (de rito copto), odiaba a los «herejes» como a la peste. Este «abad general», que escribió en clave parte de sus epístolas, se considera capaz de descubrir a los herejes por el olfato y afirma que «los que leen a Orígenes irán al círculo más bajo del infierno». Las obras completas de este gran teólogo preconstantiniano (que fue defendido y apreciado incluso por grandes fanáticos como Atanasio) las arrojó Pacomio al Nilo.49
En el siglo iv, el obispo Epifanio de Salamina, apóstata judío y antisemita fantasioso y viperino, redacta su Cajón de boticario (Panarion), en donde pone en guardia a sus contemporáneos contra nada menos que 80 «herejías», ¡entre las cuales se cuentan incluso 20 sectas precristianas! Tanto irritan estas herejías al santo, que el poco entendimiento de que le dotó la naturaleza queda totalmente oscurecido, y aunque su fervor hoy nos parezca hallarse en proporción inversa a la claridad del razonamiento, ello no impide que un correligionario como san Jerónimo le elogie como patrem paene omnium episcoporum et antiquae reliquias sanctitatis, ni que el segundo Concilio de Nicea (787) honrase a Epifanio con el título de «patriarca de la ortodoxia». En su Cajón de boticario, tan confuso como prolijo, el fanático obispo agota la paciencia del lector con la pretensión de suministrar dosis masivas de «antídoto» a quienes hubieran sido mordidos por esas víboras de distintas especies, que son precisamente los «herejes», para lo cual el «patriarca de la ortodoxia» no sólo «da como ciertas las patrañas más extravagantes e increíbles, empeñando incluso su palabra como testigo personal» (Kraft), sino que además inventa nombres de «herejes» y se saca de la manga nuevas «herejías» inexistentes.50
¡La historiografía cristiana!
En el siglo iv, Basilio el Grande, doctor de la Iglesia, considera que los llamados heréticos están llenos de «malicia», «maledicencia» y «calumnias», de «difamación desnuda y descarada». A los «herejes» les gusta «tomar todas las cosas por el lado malo», provocan «guerras diabólicas», tienen «las cabezas pesadas por el vino», «nubladas de embriaguez», son unos «frenéticos», «abismos de hipocresía», de «impiedad». El santo está convencido de que «una persona educada en la vida del error no puede abandonar los vicios de la herejía, lo mismo que urt negro no puede cambiar el color de su piel ni una pantera sus man" j chas», motivo por el cual era preciso «marcar a fuego» la herejía, «erra' dicarla».51
Eusebio de Cesárea, «padre de la historia eclesiástica», nacido entre los años 260 y 264 y futuro favorito del emperador Constantino, nos ofrece una relación completa de «herejías» horribles. El célebre obispo, hoy poco estimado por los teólogos, que le juzgan «escaso en ideas» (Ricken S.J.), «de menguada capacidad teológica» (Larrimore), fustiga a un gran número de hombres falsos y embaucadores: Simón el Mago, Satorrinus de Alejandría, Basílides de Alejandría, Carpócrates..., escuelas de «herejes enemigos de Dios», que operan con el «engaño» e incurren en «las abominaciones más repugnantes».52
Pero hete aquí que «continuamente levantan cabeza nuevas herejías». Tan pronto se denuncian «las perjudiciales doctrinas» de Cerdón, como «las blasfemias desvergonzadas» de Marción que, como dice Ireneo, «van haciendo escuela». Ahí es Bardesanes quien «no acierta a desprenderse del fango del viejo error», o Novato quien «se presenta con sus creencias totalmente inhumanas», o Maní, «el frenético, que ha prestado el nombre a su herejía inspirada por el diablo», un «bárbaro», que esgrime «las armas de la confusión mental», de sus «doctrinas falsas e impías», «veneno letal».53
Tampoco Juan Crisóstomo, el gran enemigo de los judíos, consigue ver en los herejes otra cosa que «hijos del diablo», «perros que ladran»;
por cierto que las comparaciones con los animales son un argumento muy utilizado en las polémicas contra los «herejes».
En su comentario sobre la Epístola a los romanos, Crisóstomo se coloca al lado de Pablo, «esa trompeta espiritual», para luchar contra todos los cristianos no católicos, y le cita con satisfacción cuando dice: «El Dios de la paz [!] ha de triturar a Satanás bajo vuestros pies». Crisóstomo pone en guardia contra «la malicia de los reprobos», contra «su naturaleza pecaminosa», su «enfermedad», ya que de ellos no puede sobrevenir otra cosa sino «la perdición de la Iglesia», «el escándalo», «la división»: Ésta, a su vez, procede «de la esclavitud del vientre y de las demás pasiones», porque «los maestros de los herejes son esclavos del vientre», es decir, que no sirven al Señor sino, una vez más parafraseando a Pablo, «sirven a sus vientres». Esta idea se encuentra también en la Epístola a los filipenses: «Tienen por dios a su vientre». Y en la Epístola a Tito: «Malignas bestias, vientres perezosos». Pero «El, que se complace en la paz, aniquilará a los que destruyeron la paz»; nótese bien que no dice que ha de «someterlos», sino «triturarlos», más concretamente «bajo vuestros pies». En un sermón a los cristianos, Crisóstomo invita a que los blasfemos públicos (que en esta época ya incluían a los judíos, a los idólatras, a los «herejes», apostrofados con frecuencia de «anticristos») sean interpelados en las calles y, en caso necesario, reciban la debida paliza.54

Para Efrén, doctor de la Iglesia y persona que profesaba un odio profundo a los judíos, sus enemigos cristianos eran «renegados abominables», «lobos sanguinarios» y «cerdos inmundos».
De Marción, primer fundador de iglesas cristianas (y también creador del primer Nuevo Testamento y más radical que nadie en la condena del Antiguo, y que según Wagemann tuvo del Evangelio «una comprensión más profunda que ninguno de sus contemporáneos»), Efrén sólo nos dice que carece de razón y que su única arma es «la calumnia». Es «un ciego», «un frenético», «una ramera de conducta desvergonzada»;
sus «apóstoles» no son más que «lobos».
En cuanto a Bardesanes, es decir, el sirio Bar Daisan (154-222), el padre de la poesía siria, teólogo, astrónomo y filósofo de la corte de Abgar IX de Edessa, cuya doctrina fue la forma predominante del cristianismo en Edessa y en todo el reino osroeno hasta el siglo iv, Efrén halla en él «un carro cargado de mala hierba», «el paradigma de la blasfemia; es una hembra que se vende en la oscuridad sobre un catre», «una legión de demonios en el corazón y el nombre del Señor siempre en los labios». Siglo tras siglo, la Iglesia ha condenado a Bardesanes por gnóstico, cuando hoy sabemos que sus creencias apenas guardan ninguna vinculación con el gnosticismo, que Bardesanes fue «una cabeza sumamente original e independiente» y que propugnó un curioso sincretismo entre la fe cristiana, la filosofía griega y la astrología babilónica. Bardesanes no logró imponerse, aunque todavía quedaban algunos seguidores de su escuela a comienzos del siglo viii .
Efrén lanza también las peores difamaciones contra Maní, un persa de origen noble cuya religión prohibía el servicio militar, el culto a la imagen del emperador y toda práctica de otros cultos foráneos. Nacido en 216 cerca de la residencia de los partos en Seleucia-Ctesifonte, Maní fue educado en la secta baptista de los mándeos y recibió alguna influencia de Bardesanes, hasta que por último, tras verse envuelto en la política religiosa de los reyes sasánidas, murió en la cárcel por su doctrina (mezcla de concepciones budistas —ya que Mani había visitado la India—, babilonias, iraníes y cristianas) en tiempos del rey Bahram I, hacia el año 276. Fue «el jefe religioso más notable de la época», fundador «de una religión mundial, casi podría decirse [...] de la única religión mundial que haya existido» (Grant), pero sus apóstoles no son para Efrén más que «perros». «Son perros enfermos [...], totalmente enloquecidos, a los que habría que matar a palos.» En cuanto al propio Maní, «que tantas veces bebió los esputos del dragón, vomita lo amargo para que beban sus seguidores y lo ácido para sus discípulos»; a través de él, «se revuelca el diablo en su propio cieno como una piara de cerdos». El doctor de la Iglesia termina su himno 56 «contra los hijos de la serpiente en la Tierra», entonando este canto: «Que todas las bocas entonen tu alabanza, santa Iglesia, ya que estás limpia del fango y de la suciedad de los partidarios de Marción, el loco furioso; lejos de tí también los embustes y las impurezas de Bardaisan así como el hedor de los apestosos judíos».55

Es evidente que quien quiera aprender a odiar, a insultar, a calumniar sin empacho, a mentir y difamar, ha de buscar ejemplo en los santos padres de la Iglesia, los grandes fundadores del cristianismo. Así procedieron contra todos los que no pensaban como ellos, cristianos, judíos, o paganos: «No tengáis contemplaciones con la inmundicia idólatra» (Efrén); para ellos, el paganismo no era más que «necedad y engaño en todos los aspectos» y los mismos paganos «gentes que han mentido», que «devoran cadáveres» y son «como los cerdos», son «una piara que va ensuciando el mundo.. .».56
Por contra, en un libro sobre Héroes y Santos aparecido durante la época hitleriana, (con el nihil obstat y en edición de gran tirada), se alaba la suavidad de Efrén y se cuenta cómo «le corrían las lágrimas por las mejillas cuando se sentía traspasado de recogimiento interior»; en cuanto a la violencia de su estilo, se explica por «el calor de las polémicas de aquellos años de lucha y la santa indignación de un ánimo devoto», ya que en realidad, exhibe el autor su carácter pacífico y contemplativo, hasta el punto que «después de hacer vigilia toda la noche, cuando se aprestaba a la oración de maitines, sobreveníale el espíritu de Dios».57
Mal asunto ése, como nos lo demuestra también el caso de Hilario, doctor de la Iglesia que aparte su especial inquina contra los judíos y los idólatras, esos «desvergonzados», «sanguinarios», «ese rebaño de reses de yugo» desprovisto de razonamiento, que «nacen y se multiplican casi como las bandadas de cuervos»,58 tuvo también por principales enemigos a los «herejes».
Nacido en la Galia a comienzos del siglo IV, atacó sobre todo a los arríanos y luchó, como atestigua el católico Hümmeler pese a los mil quinientos años transcurridos, «hasta el último aliento contra esa peste». Pese a la derrota inicial frente a su principal adversario, el obispo Saturnino de Aries (lo que le llevó a lamentarse de que «ahora hay casi tantas creencias como estilos de vida»), Hilario consideró plenamente justificada su lucha porque no se le podía rebatir «sino con falsedades deliberadas», ya que él predicaba «la sana doctrina y la única verdadera»; en 356, cuando fue depuesto por el Sínodo de Biterrae (Béziers), prefirió el exilio temporal en Frigia, mientras lamentaba que «nadie quiere escuchar nuestra sana doctrina».59
Nosotros sospechamos, sin embargo, que no fue desterrado por razones de fe, sino por otros crimina de un carácter más político. Hilario aprovechó este exilio oriental (de 356 a 359, durante el que molestó tanto a los amaños, que consiguieron que fuese devuelto a su país aquel «espanto de Oriente») para escribir un tratado completo contra ellos en doce libros, De Trinitate. Una larga retahila de insultos llena las páginas, por otro lado tediosas y escasamente originales. En sus páginas escribía: «Ninguna destrucción violenta y súbita de ciudades y el exterminio de todos sus habitantes hizo jamás tanto mal [!] como esa nefasta doctrina del error, que es la ruina de los soberanos»; y concluía diciendo que su Iglesia era «la comunidad [...] del Anticristo».60

Admirado por Jerónimo hasta el punto de que éste se tomó la molestia de copiar de puño y letra, en Tré veris, una obra de Hilario, alabado por Agustín como defensor formidable y proclamado por Pío IX, en 1851, doctor de la Iglesia, tras largos discursos sobre el bautismo, la Trinidad y el eterno combate de Satanás contra Jesucristo, el santo Hilario carga contra «la perfidia y la necedad», «el sendero viscoso y retorcido de la serpiente», «el veneno de la falsedad», «el veneno escondido», «la demencia de los doctores del error», sus «desvarios febriles», «epidemia», «enfermedad», «invenciones mortíferas», «trampas para incautos», «artimañas», «locura sin fin», el «cúmulo de mentiras de sus palabras», etcétera, etcétera.61
Con estas letanías, Hilario («enemigo de frases hueras», «primer dogmático y exégeta notable de Occidente», según Altaner, quien halló en esos estudios «de la ortodoxia» una «amplitud de miras extraordinaria y es decir poco»; «gran talento y dotes extraordinarias del espíritu» que, según Antweiler, es un rasgo común «de todas las personalidades fuertes y originales de la Iglesia católica») llena los doce libros de su De Trinitate, «el mejor tratado contra los arríanos» (Anwander). El monótono caudal de odio se interrumpe sólo para dilucidar (o quizá sería mejor decir oscurecer) la cuestión de la Trinidad, materia desde luego difícil y sobre la que nuestro santo y doctor de la Iglesia no andaba muy firme; en otra de sus obras capitales, De Synodis, se muestra partidario de la teología eusebiana, ¡es decir, de una especie de conciliación entre él homoiusios oriental de los arríanos moderados y el homousios de la Iglesia occidental!, por lo que no gozó del aprecio de sus contemporáneos, que le juzgaban sospechoso (381), lo que no obsta para exclamaciones del tipo: «¡Cuánta contumacia en el error y cuánta necedad mundana!», «¡oh locura abominable, propia de espíritus sin esperanza!, ¡oh imprudencia necia de los impíos sin Djos, cuántas mentiras no parirá vuestro espíritu demente!», para terminar afirmando que, Hilario, «favorecido por los dones del Espíritu Santo, supo glosar el símbolo de la fe en los términos más moderados».62
San Jerónimo y sus «reses para el matadero del infierno»
En cambio, al maestro Jerónimo, de rica fortuna heredada de noble casa católica, podemos admitirle sin ningún género de dudas que «jamás he respetado a los doctores del error, y siempre he sentido como una necesidad del corazón la de que los enemigos de la Iglesia fuesen también mis enemigos». Y, en efecto, Jerónimo llevó con tal ardor la lucha contra los herejes que, sin proponérselo, suministró munición más que sobrada a los paganos, incluso en un tratadito sobre la virginidad, por ejemplo, que según él le era muy preciosa. Verde todavía como en los tiempos de su más lúbrica juventud, el santo se lo dedicó a Eustaquia, una jovencísima (diecisiete años) romana de rancia nobleza, «discípula» y, andando el tiempo, también santa; su fiesta se conmemora el 28 de septiembre. Jerónimo le dio a conocer «las suciedades y los vicios de todas clases», como admite su biógrafo moderno el teólogo Georg Grützmacher, adjetivándolo de «repugnante».63
Al mismo tiempo que se enciende al rojo vivo contra los «herejes» y recibe a su vez, ocasionalmente, igual calificación, Jerónimo plagia a diestro y siniestro, queriendo hacerse admirar por su imponente erudición. A Tertuliano lo copió casi al pie de la letra, sin nombrarle. Del gran sabio pagano Porfirio sacó cuanto sabía de medicina, sin reconocerle el mérito. Con frecuencia se manifiesta «la repelente mendacidad de Jerónimo» (Grützmacher).64
Viniendo de tan santa boca, parece un ejercicio de moderación llamar sólo «blasfemo» a Orígenes, de quien por cierto también copió «con descaro páginas enteras» (Schneider), o cuando dice de Basílides que fue «antiguo maestro de errores, notable sólo por su ignorancia», y de Paladio «hombre de bajas intenciones»; ya en su tono habitual, llama a los «herejes» «asnos en dos pies, comedores de cardos» (de las oraciones de los judíos, según él raza indigna de figurar en el género humano, dijo también que eran rebuznos); a los cristianos de otras creencias los compara con los «cerdos» y asegura que son «reses para el matadero del infierno», además de negarles el nombre de cristianos, puesto que son «del diablo»: «Omnes haeretici christiani non sunt. Si Christi non sunt, diaboli sunt» 65
Este santísimo doctor de la Iglesia, a quien dedicamos especial atención en este apartado (porque no le hemos concedido capítulo propio, a diferencia de los teólogos puros como Atanasio, Ambrosio y Agustín), se enemistó en ocasiones o para siempre incluso con gente de su propio partido como, por ejemplo, con el patriarca Juan de Jerusalén, que persiguió durante muchos años a Jerónimo y a sus eremitas. Y todavía más violenta fue su enemistad con Rufino de Aquilea; en todos estos casos la discusión versó acerca de las obras de Orígenes, al menos aparentemente.66
Orígenes, cuyo padre Leónidas ganó en el año 202 la palma del martirio, sufrió suplicio él mismo bajo Decio, pero se negó a apostatar, y falleció alrededor de 254 (tendría unos setenta años), no se sabe si de resultas de la tortura. Lo que sí es seguro es que Orígenes fue una de las figuras más nobles de la historia del cristianismo.67
Este discípulo de Clemente de Alejandría personificó en su época' toda la teología cristiana oriental. Aún mucho tiempo después de su muerte, sería alabado por numerosos obispos o, mejor dicho, por la mayoría de los de Oriente, entre ellos Basilio, doctor de la Iglesia, y Gregorio Nacianceno, que colaboraron en un florilegio de los escritos de Orígenes bajo el título de Philokalia. Incluso fue apreciado por Atanasio, que le protegió y lo citó muchas veces. Hoy día vuelve a ser elogiado por bastantes teólogos católicos y es posible que la Iglesia se haya arrepentido de la condena por herejía, demasiado poco matizada, que pronunció contra él en su momento.68

En la Antigüedad fueron casi constantes las disputas alrededor de Orígenes; como suele ocurrir, la fe apenas fue algo más que un pretexto en todas ellas. Ello fue evidente sobre todo alrededor del año 300, y del año 400 , y otra vez a mediados del siglo vi, cuando nueve tesis de Orígenes fueron condenadas en 553 por un edicto de Justiniano, sumándose a dicha condena todos los obispos del imperio, entre los que destacaban el patriarca Menón de Constantinopla y el papa Vigilio. La decisión del emperador obedecía a un móvil de política (eclesial), el intento de poner fin a la división teológica entre griegos y sirios uniéndolos contra un enemigo común, que no era otro que Orígenes. Pero, además, hubo razones dogmáticas (que, sin embargo, también son siempre razones políticas), es decir, algunos «errores» de Orígenes como el de su cristología «de subordinación», según la cual el Hijo es menor que el Padre, y el Espíritu menor que el Hijo, lo que ciertamente refleja mejor las creencias de los primitivos cristianos que el dogma posterior. También cabe señalar su doctrina de la apocátastasis, o reconciliación general, en la que se negaba que el infierno fuese eterno, idea horrible que para Orígenes no puede conciliarse con la de la misericordia divina, y que encuentra su origen (lo mismo que la doctrina opuesta) en el Nuevo Testamento.69
Hacia el año 400, la disputa sobre Orígenes y su doctrina se fundamentó en una penosa rivalidad entre los obispos Epifanio de Salamina y Juan de Jerusalén. La polémica trataba del derecho a predicar en la iglesia del Sepulcro (polémica iniciada en 394), y motivó el violento conflicto entre Jerónimo y el tratadista Rufino de Aquilea.70
Rufino, monje predicador, vivió seis años en Egipto, hasta 377, y luego se instaló como ermitaño en las cercanías de Jerusalén, hasta el año 397 en que regresó a Italia; en 410, huyendo de los visigodos de Alarico, murió en Messina. Desde su época de estudiante había sido amigo de Jerónimo y, lo mismo que éste, traductor entusiasta de Orígenes. Ante la nueva disputa, sin embargo, Rufino se desdijo varias veces de forma lamentable pero, aunque pronunció el símbolo de la fe delante del papa Anastasio en señal de ortodoxia, nunca renegó tanto de Orígenes como lo hiciera Jerónimo, pese a los ardorosos panegíricos escritos por éste bajo la influencia de Gregorio Nacianceno. El caso fue que a Jerónimo, viendo que le acusaban de hereje, se le encogió el ánimo y no tuvo reparo en mudar de opinión. Después, la emprendió contra Orígenes, fustigando en particular su doctrina espiritualista de la aniquilación de los cuerpos, «la más horrible de las herejías» y, quizá esto sea lo peor de todo, pretendió haber sido enemigo de Orígenes desde siempre.71
Rufino, en la misma época en que se justificaba frente al desconfiado papa Anastasio, sin embargo, preparaba un ataque demoledor contra Jerónimo exagerando dos invectivas contra Orígenes, distorsionándolas y con virtiéndolas en algo irreal, con el único fin de golpear a Jerónimo con ellas. Algunos de estos golpes, lógicamente, los acusó el destinatario, porque es verdad lo que dice Rufino cuando afirma que Jerónimo rompió su juramento de no leer más a los autores clásicos, o que en una epístola a su joven amiga Eustaquía había llamado a la madre de ésta, Paula, «suegra de Dios», o que había elogiado a Orígenes diciendo de éste que era «el más grande doctor de la Iglesia después de los Apóstoles», para luego presentarle como el gran patrono de la mentira y del perjurio, o que en un anónimo había llamado «cuervo» y «pajarraco negro como la pez» a san Ambrosio. «Pero si luego condenas a todos aquellos a quienes alguna vez alabaste, como a Orígenes, Dídimo y Ambrosio, no he de lamentarme de que a mí, que soy una sabandija en comparación con aquéllos, me destroces ahora después de haberme elogiado en tus cartas...»72
Rufino, padre de la Iglesia laborioso aunque escasamente original, fue bastante ortodoxo a pesar de tal o cual desviación (pero, ¡qué podía significar eso en aquella época!) y era, en cuanto a su carácter, una amalgama de valor y cobardía, de perfidia y de hipocresía. Arrojaba sus flechas envolviéndolas entre un prólogo edificante y un epílogo piadoso, como era y sigue siendo costumbre entre los polemistas cristianos. Para empezar dice que, de acuerdo con las palabras del Evangelio según las cuales bienaventurados sean los perseguidos, él, como su mentor Jesús, el Médico celestial, quiso dar la callada por respuesta a las acusaciones de Jerónimo. Y para terminar, después de haber escupido todo su veneno y toda su bilis, escribe: «No contestemos a esos insultos ni a esas calumnias, ya que nuestro Maestro Jesús nos enseñó a soportarlo todo con mansedumbre» ,73
Jerónimo se puso furioso. Y aunque no conocía los ataques de Rufino sino de oídas, como quien dice, a través de cartas de terceros, en seguida movilizó su temida pluma. Muy superior a su oponente en conocimientos, agudeza y estilo, aunque igual a él en falta de escrúpulos y afán de difamar, el santo no titubea en repetir rumores y falsedades. Censura de buena gana la perversidad de Rufino para mejor disimular así la propia, silencia las acusaciones verdaderas, a la vez que pone en circulación semiverdades o calumnias, e incluso da a entender que Rufino y sus protectores pretendían alcanzar el solio pontificio mediante sobornos, además de conspirar contra la vida del papa Anastasio, notorio enemigo de Orígenes.74
Entonces Rufino montó en cólera, lo que dio lugar a una animada correspondencia entre ambos padres de la Iglesia, que se acusaban mutuamente de robo, perjurio y falsificación. Para el caso de que no quisiera callar Jerónimo, Rufino le amenazó con llevarle ante los tribunales civiles y relevar su vida más íntima. Jerónimo replicó: «Te alabas de estar al corriente de los crímenes que, según dices, te confesé cuando éramos íntimos amigos. Dices que los divulgarás ante la opinión y que me pintarás tal como soy. Pero yo también sé pintarte a ti». Y en medio de los sarcasmos, de las ironías, de la marea de verdades y mentiras, tampoco Jerónimo deja de invocar a «Jesús el Mediador», fingiendo lamentar «que dos ancianos hayan tomado la espada por culpa de unos herejes, teniendo en cuenta sobre todo que ambos quieren llamarse católicos. Con el mismo ardor con que antaño loábamos a Orígenes, unamos las manos y los corazones y condenémosle ahora, ya que le condena la redondez entera de la Tierra.. .».75
Pero no hubo nada de eso. Jerónimo no habría sido santo ni doctor de la Iglesia si, a la muerte de Rufino en 410, no hubiese prorrumpido en las exclamaciones de júbilo siguientes: «Murió el escorpión en tierras de Sicilia, y la hidra de numerosas cabezas dejó de silbar contra nosotros», y poco más adelante: «A paso de tortuga caminaba entre gruñidos [...], Nerón en su fuero interno y Catón por las apariencias, era en todo una figura ambigua, hasta el punto que podía decirse que era un monstruo compuesto de muchas y contrapuestas naturalezas, una bestia insólita al decir del poeta: por delante un león, por detrás un dragón y por enmedio una quimera».76
Vivo o muerto Rufino, el doctor de la Iglesia Jerónimo jamás se refirió a él sin insultarle. También se enemistó con Agustín, otro doctor de la Iglesia, si bien en este caso el conflicto —bastante menos violento, por cierto— fue iniciado por el más joven de los dos, Agustín.
En 394 y siendo todavía un simple sacerdote, Agustín escribió por primera vez a Jerónimo, que por entonces ya era loado universalmente como una de las luminarias de la Iglesia. Esta carta no la recibió nunca Jerónimo; la segunda, enviada en 387, no le llegaría hasta 402 y aun entonces bajo la forma de copia no firmada. Anomalías que sólo podían suscitar la desconfianza de Jerónimo. «¡Envíame firmada con tu nombre esta epístola, o deja de molestar a un anciano que no desea sino vivir tranquilo en su solitaria celda!» Más debieron molestarle las críticas introducidas por Agustín en sus epístolas, aunque corteses como cumplía a tan ilustre exégeta bíblico, pero penetrantes y no desprovistas de una punta de malicia en ocasiones, y a veces «una flecha del peso de una falarica» (que era una jabalina bastante pesada de aquellos tiempos). «Si censuras con acritud mis palabras, pero si me exiges que me corrija, que me retracte, y me arrojas miradas torcidas [...]», le escribe Jerónimo a Agustín, de santo a santo, de doctor a doctor de la Iglesia, afirmando que los suyos no pasan de «alfilerazos, o menos aún». Pese a las alabanzas con que se acompañaba la ingenua petición, no debió de fastidiarle menos que Agustín le pidiera la continuación de sus traducciones al latín de los comentaristas griegos de la Biblia..., en especial de aquél a quien tanto solía citar en sus escritos (!), es decir. Orígenes, que ya por aquel entonces figuraba como «hereje» en la lista negra del destinatario de la carta.77
El hombre de Belén comprendió que aquel africano que le remitía nuevas y más agudas críticas acerca de su traducción de la Biblia no era un simple Rufino, frente a quien pudiese presumir de vir trilinguis {hebraeus, graecus, latinus): «Yo, filósofo, retor, gramático, dialéctico, hebreo, griego, latino, yo trilingüe, tú bilingüe y tal, que cuando te oyen hablar los griegos te tienen por latino, y cuando te oyen los latinos te toman por griego». Contra el nuevo oponente no valían esas tretas, así que Jerónimo tuvo que disimular más o menos su iracundia durante el intercambio de golpes bajos. Escribió que él había corrido lo suyo, que había tenido su hora y se había ganado el descanso; que ahora corriese Agustín a pasos tan largos como su ambición se lo permitiese. Y le rogaba al entonces obispo que no le molestase más, que no desafíase al anciano que no tenía ganas de hablar, ni de presumir de sus conocimientos, ni le llamase «abogado de la mentira» o «heraldo de la mentira». Ya se sabía, la «vanidad infantil» inspiraba a los jóvenes la costumbre de atacar a los famosos para hacerse famosos a su vez. «En el terreno de las Sagradas Escrituras, tú, el joven, no irrites al anciano, porque podría verificarse en tí lo que dice el proverbio de que el buey cansado tiene la pisada más fuerte.»78
Además de negarse a criticar los escritos de Agustín que le enviaban, diciendo que tenía bastante quehacer con los suyos propios, Jerónimo siempre trató de calmar los ardores combativos de su corresponsal. Le aconsejaba que si quería brillar con su ciencia, «poner su luz en el candelero», en Roma no dejaría de encontrar jóvenes eruditos de sobra, y que no rehuirían la disputa bíblica con un obispo. En cuanto al propio Jerónimo, que no tenía rango alguno en la jerarquía, lo que quizá le ofendía más que la creciente fama de Agustín, recordaba los extraños avalares de las primeras epístolas; el haberlas recibido con tanto retraso seguramente había sido intencionado (en opinión de algunas personas de su confianza, «verdaderos servidores de Cristo»), por «afán de notoriedad y de hacerse aplaudir por el pueblo [...], para que muchos fuesen testigos de tus ataques contra mí. Yo permanecía callado como si me ocultase mientras uno más sabio lanzaba sobre mí toda la caballería, sin que yo, como el más ignorante, hallase nada que replicar. Así te presentarías como el que acertó a colocar mordaza y freno al pobrecito hablador». Con sus palabras de alabanza, según Jerónimo, Agustín sólo pretendía quitar hierro a las censuras. También señalaba que no le habría creído capaz de «asaltarme con el puñal untado en miel, como suele decirse». Para terminar, dice que le cree partidario de la «herejía» ebionita. La reacción de Agustín fue mesurada en todo momento, pero inflexible, por lo que Jerónimo prefirió dar la callada por respuesta a la última epístola, aunque fingiese aliarse con él en la lucha contra los «herejes».79
La medida de lo que era capaz de hacer un santo que tan rudamente polemizaba contra los demás padres, lo demostró Jerónimo en un breve tratado, Contra Vigilantius, escrito según confesión propia en una sola noche. Tratábase de un sacerdote galo de comienzos del siglo v, que había emprendido una campaña tan franca como apasionada contra el repelente culto a las reliquias y a los santos, contra el ascetismo en todas sus formas, y contra los anacoretas y el celibato, y que recibió el apoyo de no pocos obispos.
«La capa de la Tierra ha producido muchos monstruos —inicia Jerónimo su exabrupto—, y la Galia era el único país que aún carecía de un monstruo propio [...], de ahí que surgiese, no se sabe de dónde, Vigilantius, o mejor sería llamarle Dormitantius, para combatir con su espíritu impuro el espíritu de Cristo.» Después, pasaba a llamarle «descendiente de salteadores de caminos y gentes de mala vida», «espíritu degenerado», «hombre de cabeza trastornada, digno de la camisa de fuerza hipocrática», «dormilón», «tabernario», «lengua de serpiente», «bocaza calumniosa», y encontraba en él «malicias diabólicas», «el veneno de la falsía», «blasfemias», «difamaciones desaforadas», «sed de dinero», «embriaguez comparable a la del padre Baco»; le acusaba de «revolcarse en el fango» y «ostentar el pendón del diablo, y no el de la Cruz». Escribe: «Vigilantius, perro viviente», «¡oh monstruo, que debería ser deportado a los confines del mundo!», «¡oh vergüenza!, dicen que tiene a obispos, incluso, como cómplices de sus crímenes...». Tan pronto hace chistes: «Tú duermes despierto y escribes dormido», como se indigna diciendo que Vigilantius «vomitó sus libros durante el sueño de una borrachera», que «había escupido la inmundicia que se alojaba en sus abismos interiores». Finge indignarse con la desvergüenza de Vigilantius, que durante un terremoto a medianoche huyó de su celda desnudo. El amigo íntimo de Eustaquia censura también el hecho de que «el dormilón da rienda suelta a sus pasiones y multiplica los ardores naturales de la carne con sus consejos [...] o mejor dicho, los apaga yaciendo con hembras. Con lo que, al final, no nos diferenciaremos en nada de los cerdos, no quedará ninguna distancia entre nosotros y los animales irracionales, entre nosotros y los caballos...», y así sucesivamente, siempre en el mismo tono.80
Igualmente rudo fue el tono polémico utilizado por Jerónimo contra Joviniano, un monje establecido en Roma.
Joviniano se había alejado del ascetismo radical a pan y agua y propugnaba por aquel entonces un estilo de vida más llevadero; contaba con muchos seguidores que opinaban que el ayuno y la virginidad no eran méritos especiales, ni las vírgenes mejores que las casadas; eran partidarios de poder casarse varias veces y creían que las recompensas celestiales serían iguales para todos, sin distinción de categorías. En cambio, Jerónimo argumentaba con citas sacadas del Nuevo Testamento que el matrimonio de los cristianos (ante la manifiesta imposibilidad de prohibirlo por completo) tenía que ser un matrimonio blanco. «Si nos abstenemos del concubinato, honramos a nuestras mujeres. Pero si no nos abstenemos, evidentemente no las honramos sino todo lo contrario, las profanamos.» En su frenético elogio de los ideales anacoretas cubre de insultos a Joviniano, hasta el punto que Domnio, uno de sus amigos en Roma, le envió una lista de los pasajes más chocantes de su escrito con el ruego de que los reconsiderase o enmendase; e incluso el promotor de los dos tratados Contra Joviniano, Panmaquio, yerno de Paula la amiga de Jerónimo, hizo comprar todos los ejemplares existentes en Roma para retirarlos de circulación. Otro rasgo característico es que Jerónimo sólo se atrevió a lanzar sus dos tratados contra Joviniano después de que éste hubiese sido condenado por dos sínodos, a mediados de los años noventa del siglo IV, uno en Roma, bajo la dirección del obispo Siricio, y otro en Milán, presidido por Ambrosio, quien juzgó las opiniones de Joviniano, bastante razonables a fin de cuentas, como «aullidos de fieras» y «ladridos de perros». Por su parte, Agustín, olfateando «herejía», apeló a la intervención del Estado y para subrayar mejor sus tesis consiguió que el monje fuese azotado con látigos de puntas de plomo y desterrado con sus acólitos a una isla dalmática. «No son crueldades las cosas que se hacen ante Dios con pía intención», escribió Jerónimo.81
La «principal habilidad» de Jerónimo consistía en «hacer aparecer como canallas y desalmados a todos sus adversarios, sin excepción» (Grützmacher).
Así era el típico estilo polémico de un santo que, por ejemplo, insultó igualmente a Lupicino, el ordinario de su ciudad natal de Estridón con el que se había enemistado, concluyendo la diatriba con esta burla:
«Para la boca del asno los cardos son la mejor ensalada». O como cuando la emprendió contra Pelagio, hombre de costumbres verdaderamente ascéticas, de gran estatura moral y sumamente culto. Pese a haber sido en otro tiempo amigo suyo, lo califica de simplón, engordado con gachas de avena, demonio, perro corpulento, «animalote bien cebado, que hace más daño con las uñas que con los dientes. Ese perro es de la famosa raza irlandesa, no lejos de la Bretaña, como todo el mundo sabe, y hay que acabar con él de un solo tajo con la espada del espíritu, como con aquel can Cerbero de la leyenda, para hacerle callar de una vez por todas lo mismo que a su amo, Plutón». De sus contrarios en general, «doctores del error», el polemista dice que «no han podido acabar con nosotros por la espada, aunque no habrá sido por falta de ganas».82
Mientras dispensa ese trato a un hombre tan universalmente respetado como Pelagio, propugna el ascetismo y la vida de anacoreta, que fueron los temas de la mayoría de sus obras, con tantas mentiras y exageraciones que incluso Lulero, en su charla de sobremesa, protesta:
«No sé de ningún doctor que me resulte tan insoportable como Jerónimo...». En su debut literario supo describir la historia de una cristiana contemporánea que, acusada de adulterio —injustamente, según nos cuenta—, es condenada a muerte por un juez malvado, descrito como un practicante secreto de los cultos paganos. Torturada con suplicios horribles, que se comentan con todo refinamiento, dos verdugos la hieren finalmente con la espada hasta siete veces, pero es en vano. También supo contar Jerónimo («el erudito más grande de que pudo ufanarse en su época la Iglesia cristiana», según J.A. y A. Theiner) la historia del anacoreta que vivió en el fondo de una mina y se alimentaba con cinco higos al día, o la de otro que durante treinta sólo comía mendrugos de pan y bebía un poco de agua turbia. Y divulgar la vida del legendario Pablo de Tebaida, de cuya existencia real dudó a veces el propio autor, y cuyas tremebundas hazañas se hicieron famosas en todo el mundo.

Por ejemplo, llegó a afirmar (él, que hacía burla de las mentiras descaradas que otros propalaban acerca de Pablo) que todos los días, durante sesenta años, un cuervo llevó al anacoreta medio pan en el pico: «El mejor novelista de su época» (Kühner).83
Este Jerónimo que unas veces difamaba sin contemplaciones y otras elogiaba con escaso respeto a la verdad, que fue durante algún tiempo consejero y secretario del papa Dámaso, y luego abad en Belén, panegirista del ascetismo y que gozó de gran popularidad durante la Edad Media, ha sido elevado con instinto infalible al patronato universitario, en particular de las facultades teológicas. Nos parece que le faltó poco para llegar a ser papa. Cuando menos, él mismo atestigua que según el parecer común, era merecedor de la máxima dignidad eclesiástica: «He sido llamado santo, humilde, elocuente». Pero sus íntimas relaciones con diversas damas de la alta aristocracia romana excitaban la envidia del clero. Además, el fallecimiento de una joven, atribuido por el indignado pueblo, es de suponer que no sin motivos, al «detestabile genus monachorum», le hizo impresentable en Roma. Por eso huyó, seguido al poco por sus amigas, de la ciudad de sus sueños de ambición.84
En pleno siglo XX, sin embargo, Jerónimo «brilla» todavía en el gran Lexikon für Theologie und Kirche, editado por Buchberger, obispo de Regensburg, «pese a ciertos aspectos negativos, por su hombría de bien y su elevación de miras, por la seriedad de sus penitencias y la severidad para consigo mismo, por su sincera piedad y su amor ardiente a la Iglesia». «Fue muy respetado entre los mejores de su época» (Schade). Sin embargo, un teólogo tan notable como Cari Schneider, reprocha «las peores necedades» al hombre que mereció la máxima mención de honor de la Catholica, el título de doctor de la Iglesia, y patrón de sus facultades de Teología, y le acusa de «difamaciones y falsificaciones sin escrúpulos, afán de intriga y soberbia enfermiza, apasionamiento excesivo y carácter traicionero», «falsificación de documentos, plagio, exabruptos de odio, denuncias.. .».85
Algunas veces los doctores de finales del siglo IV lamentaron aquel estado de cosas, aquella «guerra interna», en exclamaciones retóricas o en quejas sinceras.
«He oído a nuestros padres el comentario —escribe Juan Crisóstomo— de que antes, durante las persecuciones, sí había verdaderos cristianos.» Pero ¿cómo vamos a convertir infieles ahora?, se pregunta:
«¿Mediante milagros? Ya no existen. ¿Mediante el propio ejemplo de nuestras acciones? Están totalmente pervertidas. ¿Con el amor? De eso no se encuentra ni rastro». Y manifiesta que todo está destruido y perdido. «Nosotros, que fuimos llamados por Dios para curar a otros, andamos necesitados de alguien que nos sane.»86
En el mismo sentido se manifestó el doctor de la Iglesia Gregorio Nacianceno, quien dimitió siempre de sus cargos eclesiásticos mediante el procedimiento de fugarse: «¡Qué desgracia! Nos abalanzamos los unos contra los otros y nos devoramos [...] y siempre bajo el pretexto de la fe, que sirve de tapadera con su nombre venerable a todas las disputas privadas. Nada tiene de extraño, pues, el odio que nos profesan los paganos. Y lo peor es que ni siquiera podemos afirmar que estén equivocados [...]. Eso es lo que hemos merecido con nuestras luchas fratricidas».87
En 372, también Basilio, doctor de la Iglesia, desesperaba de poder expresar una queja «proporcionada a la desgracia»: «El temor a las gentes que no temen a Dios les franquea a éstas el camino hacia las dignidades de la Iglesia; así es evidente que la máxima impiedad va a premiarse con el máximo cargo, de manera que los más grandes pecadores van a parecer idóneos para la dignidad episcopal [...] y los ambiciosos despilfarran el óbolo de los pobres en provecho propio y para regalos [...]. Bajo el pretexto de luchar por la religión se dedican a dirimir sus enemistades particulares. Y otros, para que no se les exijan las responsabilidades por sus delitos se dedican a fomentar divisiones entre los pueblos, de manera que sus crímenes pasen más desapercibidos en medio del desorden general».88
Sin duda, la crítica de Basilio se dirige sobre todo contra «la plaga de la herejía», que estaba extendiéndose desde las fronteras de Iliria hasta la Tebaida, habiendo devorado ya «la mitad de la Tierra». ¡Pero también los herejes son cristianos! Por eso le parece al obispo tanto más lamentable que «la parte que parecía sana también está rota por la discordia», que «junto a las guerras exteriores» hacían estragos «los disturbios internos», y que junto «a la lucha franca contra los herejes» las hubiese también «entre los verdaderos creyentes».89


Aun así, a las «guerras exteriores», a la lucha contra judíos y contra «herejes», se sumaba ya la guerra contra el paganismo.



CAPITULO 4
PRIMEROS ATAQUES CONTRA EL PAGANISMO

«Gozaránse los santos en la gloria, [...] resonarán en sus bocas elogios de Dios, y vibrarán en sus manos espadas de dos filos, para ejecutar la venganza en las naciones, y castigar a los pueblos impíos; para aprisionar con grillos a sus reyes, y con esposas de hierro a sus magnates; para ejecutar en ellos el juicio decretado, [...1 ¡aleluya!»
SALMOS.149.5yss.
«Y al que hubiese vencido, y observado hasta el fin mis obras, yo le daré autoridad sobre las naciones, y regirlas ha con vara de hierro, y serán desmenuzadas como vasos de alfarero.»
APOCALIPSIS, 2,26 y ss.
«Pues vos también, Emperador santísimo, tenéis el deber de sujetar
y el de castigar, y es vuestra obligación, en virtud del primero de los mandamientos del Altísimo, el perseguir con vuestra severidad y por todas las maneras posibles la abominación de la idolatría.» FIRMICO MATERNO, PADRE DE LA IGLESIA1
«Dos medidas importaron sobre todo a Firmico: la destrucción de los templos, y la persecución a muerte de quienes no pensaran como él.»
KARL HOHEISEL2

Si desde el primer momento los cristianos combatieron con «santa ira» a judíos y «herejes», en cambio mostraron cierta moderación frente a los paganos, llamados héllenes y éthne por los tratadistas del siglo iv. El concepto de «paganismo», muy complejo y referido tanto al ámbito religioso como al de la vida intelectual, excluía sólo a los cristianos y a los judíos, y posteriormente a los musulmanes. No se trata, naturalmente, de una noción científica, sino teológica y procedente de la época tardojudía-neotestamentaria, con las obvias connotaciones negativas. Traducido al latín dio primero gentes {arma diaboli, según san Ambrosio), y luego, a medida que los partidarios de la antigua religión iban quedando reducidos a las zonas rurales, pagani, paganas. En la acepción que designó a los no cristianos, esta palabra aparece por primera vez en dos epigrafías latinas de comienzos del siglo iv; en el sentido corriente significaba «campesinos» o «paisanos» o también puede entenderse como antónimo de «militares». Por ejemplo, los «paganos», es decir, aquellas personas que no eran soldados de Cristo, se llamaban en gótico antiguo thiudos, haithns, que en antiguo altoalemán da heidan, haidano (alemán moderno: Heiden), con el probable significado de «salvajes» (!).3
Decíamos, pues, que el trato inicial dado por el cristianismo a estos «salvajes» fue bastante suave. Notable detalle, que preludia la táctica utilizada por la Iglesia durante el próximo y largo milenio y medio: frente a las mayorías, prudencia, hacerse tolerar, sobrevivir, para luego destruirlas tan pronto como sea posible. Si nosotros tenemos la mayoría, ¡fuera la tolerancia!; en caso contrario: a favor de ella. ¡Eso es el catolicismo clásico, hasta el día de hoy! En nuestros días hemos visto como un teólogo reformado y socialista religioso, Kari Barth, escribe que las religiones sólo contienen superstición y «deben ser totalmente abolidas para dejar sitio a la Revelación».4
Al principio, los paganos vieron en el cristianismo solamente una secta disidente del judaismo, que participaba de la opinión negativa que merecían los judíos en general, tanto más por cuanto, además de haber heredado la intolerancia y el exclusivismo religioso de aquéllos, ni siquiera representaban como ellos una nación coherente. Los antiguos creyentes sólo hallaban «impiedad» en aquellos grupúsculos innumerables, que además no tomaban parte en la vida pública, lo que les hacía sospechosos de inmoralidad. En una palabra, eran despreciados y se les hacía responsables de epidemias y hambrunas, por lo que no era de extrañar que resonase de vez en cuando el grito de: «¡Los cristianos a los leones!» (a un autor judío, anota León Poliakov, esas resonancias le resultan extrañamente familiares). De ahí que los padres de la época preconstantiniana escribiesen la «Tolerancia» con mayúsculas, haciendo de la necesidad virtud, incansables en la exigencia de libertad de culto, de respeto a sus creencias, al tiempo que hacían protestas de desprendimiento, de virtud, como quienes vivían en la tierra pero como si anduviesen ya por el cielo, amando a todos y no odiando a nadie, no devolviendo mal por mal, prefiriendo sufrir injusticias que infligirlas, ni demandar a nadie, ni robar, ni matar.5
Si casi todas las cosas de los paganos les parecían «infames», en cambio los cristianos se consideraban «justos y santos». «Y como saben que aquéllos están en el error, se dejan maltratar por ellos...» Hacia 177, Atenágoras explicaba a los emperadores paganos que «se debe permitir que cada cual tenga los dioses que prefiera». Hacia el año 200, también Tertuliano se muestra partidario de la libertad de religión; que los unos recen al cielo y los otros a los altares de fides; que éstos adoren a Dios v los otros a Júpiter, «es un derecho humano y una libertad natural para todos el adorar lo que le parezca mejor, ya que con tales cultos nadie perjudica ni beneficia a los demás...». Todavía Orígenes citaba una larga serie de puntos comunes entre la religión de los paganos y la cristiana, para destacar mejor el prestigio de ésta, y no quiere consentir blasfemias contra dioses de ningún género, ni siquiera en situaciones de flagrante injusticia.6
Es posible que algunos padres de la Iglesia se expresasen así por convicción; en otros no sería sino cálculo y oportunismo.
La temática antipagana en el cristianismo primitivo
Pero, por mucho que postulasen la libertad religiosa, atacaron a los paganos del mismo modo que hicieron con los judíos y «herejes». Esa polémica, esporádica o casi podríamos decir casual al principio, va ganando terreno desde finales del siglo u, es decir, cuando empezaban a sentirse fuertes. De la época de Marco Aurelio (161-180) conocemos los nombres de seis apologistas cristianos y los textos de tres apologías (de Atenágoras, Tatiano y Teófilo).7
Los temas antipaganos son numerosos, pero aparecen bastante dispersos, incluso en la bibliografía posterior. Hacen alusión a la teogonia y la mitología de los paganos, al politeísmo, a la naturaleza de los dioses, a las imágenes, su culto y su manufactura, al origen diabólico del «culto a los ídolos». Esto último en un cristiano se consideraba pecado gravísimo, sancionado con la expulsión.8
La argumentación de estos primeros tratados (y la de los que vinieron después) realmente no convenció mucho y no tuvo éxito, ni siquiera literario (Wlosok). Apenas influyó sobre la opinión pública y no tuvo ninguna trascendencia en el plano político; es una corriente turbia, escasa y pobre de ingenio, que fluye a través de los siglos siempre igual a sí misma. Los cristianos tomaron muchas de sus críticas de los mismos paganos, como sucede con el historiador Eusebio o Atanasio, el doctor de la Iglesia, que se remontan a veces hasta los presocráticos. Con anterioridad al cristianismo, la crónica escandalosa del Olimpo pagano y los rasgos excesivamente obscenos de la mitología habían merecido fuertes críticas, lo mismo que se había discutido, y con bastante apasionamiento algunas veces, la interpretación del culto a las imágenes.9
Los mitos antiguos eran un escándalo para los cristianos, a quienes chocaban por «inmorales», por abundar en «amores» y «cupiditas» o bajos deseos.
Arnobio de Sicca, que fue maestro de Lactancio, dedicó siete mamotretos, patéticamente aburridos, a polemizar Contra los paganos, cuyos dioses tenían sexo «como los perros y los cerdos», «miembros vergonzosos que una boca honesta ni siquiera puede nombrar». Critica que se libren a sus pasiones «a la manera de los animales inmundos», «con frenético deseo al intercambio de inmundicias del coito». Arnobio, como otros muchos tratadistas, da la relación de los amores olímpicos, de Júpiter con Ceres, o con humanas como Leda, Dánae, Alcmena, Electra y miles de doncellas y mujeres, sin olvidar al efebo Catamito, «a nada hace ascos Júpiter [...] hasta que finalmente se diría que el desgraciado sólo nació para ser semilla de crímenes, blanco de injurias y lugar común en donde se vierten todos los excrementos de las cloacas del teatro»;
de teatros que, según Arnobio, merecerían ser derribados, así como quemados la mayoría de los escritos y libros.10
¡Un dios adúltero es mil veces peor que otro que extermina a la humanidad mediante un diluvio! Los cristianos juzgan como ridiculas leyendas las historias de dioses que cuentan Hornero y Hesíodo. En cambio, que el Espíritu Santo pudiese dejar embarazada a una doncella sin alterar su virginidad era una cosa muy seria, como demostró uno de los católicos más famosos de la época antigua, Ambrosio (cuya «grandeza», según Wytzes, desde luego «no hay que buscarla en la originalidad del ingenio»); ¿acaso los buitres no procrean sin el concurso del apareamiento?: «Dicen imposible en la madre de Dios lo que no se les discute a los buitres. Estas aves conciben sin el macho, cosa que nadie niega; en cambio, a María, por concebir estando prometida, se quiere poner en tela de Juicio su castidad»; Que los paganos enterrasen la figura de un dios, le dispensaran honras fúnebres y luego celebrasen con fiestas su resurrección, también les parecía altamente risible a los cristianos, aun teniendo por santa su propia liturgia de Semana Santa y Pascua de Resurrección. De nuevo nos proporciona san Ambrosio unas demostraciones de cariz científico: la metamorfosis del gusano de seda, los cambios de color del camaleón y la resurrección del ave fénix.n A los antiguos creyentes, los cristianos les acusan de adorar a la criatura en vez de dar culto al creador. Reiteran siempre la «demostración» de la naturaleza material de los ídolos: «Se arrodillan ante la obra de sus propias manos», como censuraba ya Isaías, o como dice el salmo 115:
«Boca tienen, mas no hablarán; tienen ojos, pero jamás verán. Orejas tienen y nada oirán; narices, y no olerán...». En realidad, los antiguos no identificaban a las imágenes con los dioses; sabían que sólo eran «representaciones simbólicas, [...] no las divinidades mismas» (Mensching). Para los cristianos, sin embargo, tales divinidades eran «muertas e inútiles» (Arístides), no podían «ni ver, ni oír, ni caminar» (Apocalipsis de Juan). Según Gregorio Niceno, una estrella de la teología católica de la época, la impasibilidad de las estatuas se contagiaba a sus adoradores. Además, estos ídolos, estos «objetos inservibles», como diagnostica el historiador de la Iglesia Eusebio, ocultan «muchas infamias». Se rellenan con huesos, desperdicios, paja, y sirven de refugio a los insectos, a las cucarachas, a los ratones y a las aves que anidan en ellos. Minucio Félix, Clemente de Alejandría, Arnobio y otros pintan con más o menos complacencia el deterioro de las imágenes, «cuando las golondrinas cruzan volando las bóvedas de los templos y dejan caer su inmundicia, y así vemos cómo poco a poco las cabezas, los rostros, las barbas, los ojos, las narices de las divinidades van cubriéndose de excrementos [...]; enrojeced, pues, de vergüenza [...]». Los dioses —ironiza Maximino, obispo amano— son carcomidos por las arañas y los gusanos. Y el Martyrium Poly carpí nos los pinta abonados de cagarrutas de perro.12
Según Tertuliano, tan temible como adorarlos o adquirirlos era el fabricarlos, actividad que, con el adulterio y la prostitución, era uno de los máximos pecados mortales. Porque, como observaban astutamente los cristianos, a los dioses los martillan, los tallan, los lijan y los encolan, «los queman en hornos de alfarero, los pulen con la muela y la lima, los cortan con la sierra, el berbiquí y el hacha, los alisan con el formón. ¿No es locura todo eso?». Y todavía más, ya que las imágenes se hacían «a veces» de los «adornos de las prostitutas y las joyas de las hembras, o de huesos de camello...» (Arnobio). Atenágoras afirma que siempre se sabe de qué taller ha salido cualquier dios; según Orígenes, son los de los artistas más degenerados, de la misma categoría que los saltimbanquis y las envenenadoras. Justino, el santo enemigo de los judíos, nos cuenta que además seducían a sus esclavas jóvenes y las convertían en cómplices de la obra diabólica.13
Muchas de las críticas contra los paganos, cuando no todas, podrían volverse contra los mismos cristianos.
Como cuentan Clemente de Alejandría o Arnobio, muchas veces los artistas creaban en las imágenes retratos de modelos de carne y hueso, aunque fuesen «prostitutas y deshonradas» como Cratina, la amante de Praxíteles que sirvió de modelo para la Afrodita de Gnido. Pero ¿no tienen el mismo origen muchas de nuestras imágenes de vírgenes, santos y personajes bíblicos? ¿Acaso no pintó Fra Filippo Lippi a la monja Lucre- zia Buti (más tarde su mujer, después de raptarla en 1456) con su hijo en la figura de María con el niño Jesús? ¿No eternizó Durero a las concubinas del cardenal de Maguncia, Alberto II (1514-1545), Catalina Stolzenfeís y Ernestina Mehandel, como hijas de Lot, y Lucas Cranach a Ernestina como «santa Úrsula», así como Grünewaid a Catalina en la figura de «santa Catalina en las bodas místicas»? Minucio Félix, un africano que ejercía de abogado en Roma, criticaba que se paseasen figuras de los dioses durante las procesiones paganas. Con el tiempo, las cristianas se llenaron también de cohortes enteras de santos; el arzobispo Alberto de Magdeburgo incluso paseó a una cortesana puesta en andas como «figura viviente». Y si el obispo Eusebio consideró que la exposición de las imágenes era un engaño para niños y mayores de pocas luces, ¿qué no diremos de los millones de santos de estuco que hoy se venden comercialmente?14
Hay más; la polémica contra los paganos censuraba que el hombre se arrodillase ante la obra hecha con sus propias manos, tal como hoy los cristianos se arrodillan ante imágenes de Cristo y de los santos. Se burlaban de la costumbre de besar los «ídolos»..., y ellos besan las figuras de santos y las reliquias. Afirmaban que las apariciones de dioses no servían como demostración de la existencia de los mismos, ¿qué demuestran entonces las apariciones de Cristo? Agustín aporta un argumento definitivo: los «ídolos» no protegen a los soldados en la guerra, ¿acaso sirven las estampitas? Clemente, Arnobio y otros se reían de los incendios de templos y otras catástrofes; en la segunda guerra mundial, sin ir más lejos, cayeron millares de iglesias (ya Lichtenberg ironizaba a costa de los curas que instalaban pararrayos en sus campanarios). Los cristianos opinaban que el material consumido en la fabricación de imágenes podía destinarse a mejores fines, que cuando éstas eran de materiales nobles se hacía preciso encerrarlas para defenderlas de los ladrones; lo mismo sucede con los tesoros artísticos de las iglesias. ¡Es que no se confía mucho en la protección celestial! Los cristianos criticaban que la religión romana y el Imperio romano tuviesen sus orígenes en crímenes y homicidios, ¿acaso no sucedió lo mismo con las iglesias cristianas y los imperios cristianos?15
Los inspiradores de estas idolatrías, naturalmente, no eran otros que el demonio y sus legiones de seres maléficos. Supersticiosos y contaminados de prácticas mágicas desde el primer momento, lo mismo que los paganos, los cristianos creían que los cultos idolátricos eran de directa inspiración diabólica; algunos, como Tertuliano, también incluyen en esa calificación el circo, el teatro, el anfiteatro y el estadio. Según los padres de la Iglesia, los demonios eran autores de los cultos idolátricos, parodiaban la Santa Cruz en las imágenes de los dioses y se ocultaban en éstas, se servían del oráculo y de los milagros paganos para evitar la conversión de los idólatras al cristianismo y dictaban a los poetas sus mentirosas narraciones, además de alimentarse a ellos mismos con los humos de los sacrificios paganos.16 Es significativo, no obstante, que todas estas críticas, estas censuras y estas burlas no se manifestasen hasta tiempo después; en los comienzos, cuando los cristianos aún eran minoría, no les quedaba otro remedio que poner al mal tiempo buena cara. El mundo antiguo era pagano casi por entero y frente a esta supremacía los cristianos actuaban con prudencia, o incluso establecían compromisos en caso necesario, a fin de poder acabar con ella cuando llegase la hora.
También eso se pone de manifiesto en los autores cristianos más antiguos.
Compromisos y odio antipagano en el Nuevo Testamento
Las prédicas de Pablo contra los paganos fueron bastante más moderadas que contra «herejes» y judíos. A menudo, procura contraponerlos y no son raras las manifestaciones de clara preferencia en favor de los «idólatras». Lo mismo que quiso ser «apóstol de los gentiles», y dice que ellos participarán de la «herencia» y les promete la «salvación», acató también la autoridad pagana, de la que dice «proviene de Dios», que representa el «orden de Dios» y «no por un quizá ciñe la espada». Espada que, por cierto, finalmente se abatió sobre él, y eso contando con que además había sido azotado en tres ocasiones, pese a su ciudadanía, y encarcelado siete veces.17
Ya Pablo no vio nada bueno en los paganos, sino que opina que «proceden en su conducta según la vanidad de sus pensamientos», «tienen oscurecido y lleno de tinieblas el entendimiento», y el corazón «insensato», «llenos de envidia, homicidas, pendencieros, fraudulentos, malignos, chismosos», y «no dejaron de ver que quienes hacen tales cosas son dignos de muerte». Todo ello, según Pablo (y en esto se mostraba completamente de acuerdo con la tradición judaica tan odiada por él), era consecuencia del culto a los ídolos, del que sólo podía resultar avaricia e inmoralidad; a los «servidores de los ídolos» suele nombrarlos de corrido con los salteadores de caminos. Además, los llama infamadores, enemigos de Dios, soberbios, altaneros, inventores de vicios; y previene contra sus festividades, prohibe la participación en sus cultos, en sus banquetes sacramentales, en «la comunión diabólica», la «mesa diabólica», el «cáliz del diablo»: son palabras fuertes. ¿Y sus filósofos? «Los que se creían más sabios han acabado en necios.»18
Podemos remontarnos aún más atrás, sin embargo, porque ya el Nuevo Testamento arde en llamas de odio contra los gentiles.
En su primera carta, Pedro no titubea en considerar por un igual el estilo de vida de los paganos y las «lascivias, codicias, embriagueces e idolatrías abominables». En el Apocalipsis de Juan, Babilonia (nombre simbólico de Roma y del Imperio romano) es «morada de demonios», «la guarida de todos los espíritus inmundos»; los «sirvientes de los ídolos» quedan colocados junto a los asesinos, junto a «los impíos y malhechores y homicidas», los «deshonestos y hechiceros [...] y embusteros, su suerte será en el lago que arde con fuego y azufre». Porque el paganismo, «la bestia», debe estar donde se halla «la morada de Satán», donde «Satanás tiene su asiento». Por eso el cristiano debe regir a los paganos «con vara de hierro, y serán desmenuzados como vasos de alfarero». Todos los autores de la primera época, incluso los más liberales como subraya E.C. Dewik, asumen «esa enemistad sin paliativos».19
La difamación del cosmos y de la religión y la cultura paganas (Arístídes, Atenágoras, Tatiano, Tertuliano, Clemente y otros)
Hacia mediados del siglo II, Arístides, uno de los primeros apologetas, fustigó (en una apología que no se descubrió hasta 1889, en el monasterio de Santa Catalina del Sinaí) la divinización del agua, del fuego, de los vientos, del sol y, desde luego, el culto a la tierra, ésta por ser el lugar «donde se almacena la inmundicia de los humanos y la de los animales, tanto salvajes como domésticos [...] y la descomposición de los muertos», «recipiente de cadáveres». Sin embargo, la enemistad especial de este cristiano iba orientada sobre todo, lo mismo que sucede con muchos de nuestros contemporáneos, contra «la envoltura oscura y tortuosa del lenguaje mitológico de los egipcios», como escribe McKenzie. Pues ellos, «el más simple e irracional de todos los pueblos de la tierra», rendían culto a los animales (aunque, desde el punto de vista de la historia de las religiones, es discutible que los animales hayan sido tenidos por divinidades, sino más bien una de las formas de manifestación de la divinidad). A la gente de iglesia eso le parecía un escándalo digno de toda censura. Una y otra vez acusan la indignación que les produce el culto a las divinidades teriomorfas, el pez, la paloma, el perro, el asno, el buey y el macho cabrío, e incluso el ajo y la cebolla. «¡No se dan cuenta esos míseros de que todas estas cosas no son nada!»20
Nada, pues, el reino animal, ni el vegetal. Nada, el placer. Y los mundos politeístas: «Locura», «habladurías blasfemas, ridiculas y necias», que son origen de «todo lo malo, espantable y repugnante», de «grandes vicios», de «guerras inacabables, grandes hambrunas, amargos cautiverios y miseria absoluta», todo lo cual cae sobre la humanidad, «a causa del paganismo» y sólo por eso.21
A finales del siglo II, el ateniense Atenágoras quiere ver a Dios, el padre de la razón, hasta en las criaturas desprovistas de ella, y reclama que se honre la imagen de Dios no sólo en la figura humana, sino también en las de aves y animales terrestres. Precavido, el cristiano declara que «es preciso que cada cual elija a los dioses de su preferencia», asegu- ra que no alberga la intención de atacar sus imágenes y ni siquiera niega que éstas sean capaces de obrar milagros; Agustín se pronuncia de manera muy parecida. Qué humilde, o casi podríamos decir, devoto parece Atenágoras en su Rogativa en favor de los cristianos, cuando solicita la «indulgencia» de los paganos Marco Aurelio y Cómodo, y alaba su «gobierno prudente», su «bondad y clemencia», su «ánimo pacífico y amor a los humanos», su «afán de saber» y su «amor a la verdad», sus «benéficas acciones»; incluso les asigna títulos honoríficos que no les correspondían.22
Sin embargo, por la misma época, es decir, hacia 172, el oriental Tatiano redacta una tremenda filípica contra el paganismo. Para este discípulo (cristianizado en Roma) de san Justino y futuro caudillo de la «herejía» encratita, para el «filósofo bárbaro Tatiano», como él mismo se llama, los paganos son unos pretenciosos ignorantes, pendencieros y aduladores. Están llenos de «soberbia» y de «frases campanudas», pero también de lujuria y mentira. Sus instituciones, sus costumbres, su religión y sus ciencias no son más que «necedades», «estupidez bajo múltiples disfraces», «aberraciones». En su Discurso a los creyentes de Grecia, Tatiano critica «la palabrería de los romanos», «la frivolidad de los atenienses», «la turba innumerable de vuestras inútiles poetisas, vuestras concubinas y demás parásitos». El ex alumno de los sofistas encuentra «falta de medida» en Diógenes, «gula» en Platón, «ignorancia» en Aristóteles, «habladurías de viejas» en Feréquides y Pitágoras, «vanidad» en Empédocles. Safo no es más que una «hembra deshonesta, presa de furor uterino», Aristipo un «hipócrita lujurioso», Heráclito un «autodidacta vanidoso»; en una palabra: «Son charlatanes, que no doctores —ironiza el cristiano—, grandes en palabras pero parcos en saberes», que «andan sobre pezuñas como animales salvajes».23
Tatiano hace tabla rasa de la retórica clásica, de las escuelas, del teatro, «esos hemiciclos [...] donde el público se regodea escuchando inmundicias»; se carga incluso las artes plásticas (por su temática y por los modelos elegidos), e incluso lo que todo el mundo ha admirado y sigue admirando, la poesía y la filosofía de los griegos; opone continuamente la «frivolidad», la «necedad», la «enfermedad» del paganismo a la «prudencia» cristiana. Frente a «las doctrinas rivales y engañosas de los que ciega el demonio», las «enseñanzas de nuestra sabiduría».
Los verdaderos amantes de la sabiduría, afirma Tatiano, frecuentan las iglesias. «No somos payasos, oh seguidores de las doctrinas griegas, y no nos prestamos a farsas», y «nosotros no mentimos», «vuestras palabras son necedades...». Entre «las verdades de las que soy heraldo» figuraban algunos cuentos para no dormir de Tatiano, como que los paganos comían carne de cristianos para que éstos no pudiesen resucitar el Día del Juicio.24
Con este discurso («única y contundente requisitoria contra todos los logros del espíritu helénico en todas las disciplinas», según Krause), empieza el menoscabo de toda la cultura pagana, al que siguió el ostra-

cismo y casi el olvido total en Occidente durante más de un milenio. Pero mientras un investigador crítico como Johannes Geffeken dice del sirio Tatiano que fue un «oriental enemigo de la cultura», «redomado hipócrita» y «erudito a la violeta», además de «embustero que no respetaba a los demás ni se respetaba a sí mismo», en cambio el partido católico del siglo XX todavía defiende a Tatiano y habla de la «belleza y utilidad» del tratado en cuestión, del que ya en el siglo IV decía el historiador Eusebio que era «famoso entre las gentes». El mismo obispo asegura que era «la más bella y útil de todas las obras de Tatiano».25
Ahora bien, el tan repetido Tatiano militaba en el mismo frente de la Iglesia antigua que se extiende desde san Ignacio (que rechazaba todo contacto con la literatura pagana y casi podría decirse que con la instrucción en general) y su correligionario Policarpo, obispo de Esmirna, hasta el polígrafo Hermíades y su Sátira de los filósofos paganos, tan burda como elemental, el padre de la Iglesia Ireneo, el obispo Teófilo de Antíoquía y otros que manifestaron su inquina contra la filosofía antigua, condenada como «falsas especulaciones», «desvarios, absurdos, delirios de la razón, o todas estas cosas a la vez». Según san Teófilo (espíritu bastante mediocre, pero que fue titular de una sede prestigiosa), lo que difunden los representantes de la cultura griega sin excepción no es más que «palabrería», «charla inútil», ya que «no han tenido ni el menor atisbo de la verdad», «no han encontrado ni la más mínima pizca de ella».26
En las mismas valoraciones abundó Tertuliano. Moviéndose en la ambigüedad, como corresponde a los buenos cristianos, supo defender la tolerancia, dejando que se rezase lo mismo a Júpiter que ante el altar de la fe, y protestó de que se privase a nadie «de la libertad de religión y de elegir libremente a sus divinidades»; pero, al mismo tiempo, se burla: ¿qué tienen en común un filósofo y un cristiano, un discípulo de Grecia y un discípulo del cielo, un falsificador de la verdad y un renovador de ella? El veredicto sobre la filosofía es finalmente condenatorio (pese a que él jamás vivió de otra cosa), y abarca a la cultura griega en general. Nada le debe el cristianismo, porque aquélla no es más que halago para los oídos, necedad, obra del diablo, y si alguna vez se acerca a la verdad, es por coincidencia o por plagio.27
Sin embargo, para Tertuliano, el colmo de la impiedad y la culminación de los siete pecados capitales, que en los gentiles se suponen con carácter general, es la adoración de múltiples dioses, sin tener en cuenta que al fin y al cabo éstos no son sino las fuerzas de la naturaleza personificadas y divinizadas, o las de la potencia sexual. Pues bien. Tertuliano, quizá más que ningún otro autor cristiano antes que él, emprendió una lucha sistemática contra este culto. Comprueba con satisfacción el escaso respeto que los paganos tenían a sus propios ídolos y en lo tocante a los usos de su religión. Pone en su punto de mira la impasibilidad de los dioses, la indignidad de sus mitos; se burla y se escandaliza de que los cristianos no puedan ir a parte alguna sin tropezarse con dioses. Les prohí- be cualquier actividad ni remotamente relacionada con la «idolatría», así como la elaboración y venta de imágenes y todas las profesiones útiles al paganismo, incluido el servicio militar.28
Incluso un amigo de la filosofía griega como Clemente Alejandrino, en su Advertencia a los gentiles rebatía, a la vuelta del siglo III, todos aquellos «mitos santificados», «altares impíos», «adivinos y oráculos demenciales e inútiles», y todas sus «escuelas de sofismas para incrédulos y garitos donde abunda la locura». Por lo que se refiere a los «cultos mistéricos de los impíos», Clemente se propone «revelar los engaños que se ocultan en ellos», su «desvarío sacro», ya que no hay en ellos más que «orgías engañosas», «totalmente inhumanas», «semilla de todo mal y de la perdición», cultos abominables que sin duda sólo impresionarían «a los bárbaros más incultos de entre los tracios, a los más tontos de entre los frigios y a los más supersticiosos de entre los griegos».29
De todo lo que era realmente bello y lleno de sentido, como la divinización de los astros y del sol, al que rendían culto especialmente los persas, de la tierra y sus frutos, de las aguas —sobre todo entre los egipcios, que divinizaron en particular las del Nilo—, así como del erotismo y la sexualidad, abominó expresamente dicho padre de la Iglesia, precedido en esto por Arístides y seguido por otros como Firmico Materno o Atanasio, doctor de la Iglesia, en su Oratio contra gentes, en donde el obispo no sólo condena la divinización de imágenes, seres humanos y animales, sino también la de los astros y los elementos; para él la religiosidad pagana estaba enteramente fundada en el exceso sexual y la amoralidad.30
Los cristianos de la Antigüedad no entendían el fascinante ciclo de la vida de las plantas, tan celebrado por los paganos, ni la interpretación de mitos antiquísimos en relación con la fecundidad, que implicaban la participación en realidades telúricas y cósmicas, así como la experiencia, profundamente religiosa, del eco de lo bello y lo vital en cada ser humano. «En esta religión todo guarda relación con la arada, la siembra y la recolección de los frutos del campo», escribió Plutarco refiriéndose a la de los antiguos egipcios. Al igual que en otros muchos sistemas de creencias, éstas eran alusiones simbólicas al eterno ciclo de la muerte y el renacimiento.31
En estas modalidades de la adoración al sol, la luna y las estrellas, a la tierra, su fertilidad y sus alegrías, Clemente de Alejandría tampoco quiso ver otra cosa que la «culminación de la necedad», «impiedad y superstición», «caminos aberrantes y resbaladizos que apartan de la verdad, que desvían al hombre de su ruta hacia el cielo y que le precipitan hacia los abismos». «¡Ay de tanto desvarío! —exclama Clemente—. ¿Por qué habéis prescindido del Cíelo para adorar la tierra? [...] Habéis, quiero repetirlo otra vez, rebajado la fe a ras del suelo. [...] Pero yo estoy acostumbrado a pisar la tierra con los pies, que no adorarla.»32
En esto de pisar o pisotear la tierra con los pies podemos percibir, incluso con más claridad que en Arístides, el eco desgraciado del «Y do- minad» veterotestamentario. Ahí nace la tendencia destructiva, de consecuencias que todavía hoy podemos apenas abarcar; en vez del «cosmos natural» interviene un «cosmos eclesiástico», un antropocentrismo religioso radical, cuyas numerosas repercusiones y cuyos «progresos» perduran más allá de la teocracia medieval y que conducen, como ha escrito con clarividencia A. Hilary Armstrong, hacia «a wholly man-centered technocratic paradise, which is beginning to look to more and more ofus more and more like hell».33
Aún en 1968 un teólogo protestante como Albrecht Peters podía escribir, aludiendo expresamente al mandato bíblico que hemos citado más arriba: «En el encuentro con Dios, el hombre quedaba liberado de las fuerzas cósmicas elementales, del deber de idolatrizar lo mundano y palpable; frente al Dios único aprendía a ver el mundo como unidad [...], alcanzaba la posibilidad de la secularización, la libertad interior [...] que le permite dominar tecnológicamente ese mundo así desmitologizado [!].[...] Esta secularización aportada por el cristianismo supera todas las tendencias secularizadoras anteriores por su mayor capacidad de penetración; la dominación técnica del mundo arrastra en su remolino a todas las culturas».34
Al tiempo que condena la divinización del Cosmos, Clemente Alejandrino lanza en su Protreptikos un sistemático anatema contra la sexualidad, tan vinculada con los cultos paganos, «con vuestros demonios y vuestros dioses y semidioses, propiamente llamados así como si habláramos de semiburros [los mulos]». En sus casas, se indigna Clemente mientras equipara a los dioses con los demonios, los paganos «exponen en imágenes las pasiones impuras de los demonios», «ponen monumentos a la desvergüenza de sus dioses», «figurillas de Pan con jóvenes desnudas, sátiros borrachos y miembros viriles en erección». «En la virtud no sois más que espectadores; en la maldad, por el contrario, habéis llegado a ser campeones.» «¡Cuánto ofenden a la vista esas inmoralidades!»35
En conclusión, establece Clemente, «todas las acciones de los gentiles son pecaminosas»; en todos los que «rinden culto a los ídolos» ve lo mismo que, literalmente, caracterizaba a incontables anacoretas cristianos: «El cabello sucio, las ropas mugrientas hechas jirones, no saben lo que es un baño y llevan las uñas largas como garras de fieras»; de los santuarios antiguos dice que no son más que «sepulturas y cárceles»; en las imágenes sacras de los egipcios, sólo ve «animales [que] pertenecen a las cuevas, o a los muladares, por lo que no ha de sorprendernos el inaudito triunfo de la religión cristiana sobre los paganos».36
A comienzos del siglo IV, el Sínodo de Elvira promulgó una serie de disposiciones antipaganas: contra el «culto a los ídolos», contra la magia, contra las costumbres paganas, contra el matrimonio entre cristianos y paganos o sacerdotes idólatras, todo lo cual se sancionaba con las máximas penas eclesiásticas; el culto pagano implicaba la excomunión incluso in articulo mortis, lo mismo que para los asesinos y los fornicadores. Sin embargo, el concilio en cuestión se abstuvo de posiciones extre- mistas; en su canon 60, por ejemplo, negaba la consideración de mártires a quienes hubieran perecido durante los tumultos consiguientes a la destrucción de «imágenes idólatras».37 Y es que el cristianismo no era todavía una religión autorizada.
El tono cambió cuando se vio elevado a la categoría de religión oficial. En el conflicto con los antiguos creyentes, la gran inflexión se produce en el año 311, cuando el emperador Galerio autorizó el cristianismo, aunque de mala gana, y en 313, a partir de cuyo momento el emperador Constantino menudeó favores y demostraciones de simpatía para con esta religión, a la que concedió numerosos privilegios. Aliados de la potencia más fuerte del mundo, de la noche a la mañana los tratadistas cristianos no sólo cambiaron de tono, sino incluso de mentalidad, podríamos decir.38
Las persecuciones contra los cristianos en el espejo de la historiografía eclesiástica
Poco después de la última persecución, empiezan las acusaciones contra los paganos, precisamente a causa de esas persecuciones, presentadas con enorme exageración..., y en esa tónica hemos seguido hasta bien avanzado el siglo XX, cuando todavía se escribe que durante el siglo i el cristianismo «se bañaba en su propia sangre», se hace ponderación de «las huestes innumerables de personajes heroicos», y se evoca «el siglo II recorrido por la procesión de los que llevan en la frente la marca sangrienta del martirio» (Daniel Rops); aunque, a veces, haya que confesar que «no fueron millones» (Ziegler, 1956). Las investigaciones más serias y no refutadas por nadie calculan la cifra de las víctimas cristianas unas veces en 3.000, otras en 1.500 «para el total de los tres siglos de persecuciones». La cifra quizá sea discutible; lo que nadie puede negar, en cambio, es que con frecuencia los cristianos mataron a muchos más judíos en un solo año y, a veces, en un solo día.39
Cristiano tan digno de respeto como Orígenes, fallecido en 254, cuyo padre fue mártir, y que padeció suplicio él mismo, dice que el número de testigos de sangre del cristianismo fue «pequeño y fácilmente recontable». En efecto, sucede que la mayoría de las «actas de los mártires» son falsificaciones, que muchos emperadores paganos jamás persiguieron el cristianismo, y que el Estado no se metió con los cristianos debido a su religión. En realidad, el funcionariado del antiguo régimen los trataba con bastante tolerancia. Les concedían aplazamientos, se saltaban los edictos, toleraban engaños, los dejaban en libertad o les enseñaban las argucias legales con que podían librarse de la persecución sin abjurar de su fe. A los que se denunciaban a sí mismos los mandaban a casa, e incluso muchas veces soportaron con indiferencia las provocaciones.
En la primera mitad del siglo IV, sin embargo, el obispo Eusebio, «padre de la historiografía eclesial», se muestra inagotable en la invención de historias sobre los malvados paganos, los terribles perseguidores del cristianismo. A ese tema dedica todo el libro octavo de su Historia de la Iglesia, del que seguramente puede afirmarse lo mismo que dijo un estudioso de los tomos noveno y décimo de esta obra (que es casi la única fuente disponible sobre la historia de la Iglesia en la Antigüedad):
«Énfasis, perífrasis, omisiones, medias verdades, e incluso falseamiento de los originales, reemplazan a la interpretación científica de documentos fiables» (Morreau).40
Vemos ahí cómo, una y otra vez, los malvados paganos (en realidad, nuestro obispo Eusebio) torturan a latigazos a los cristianos, «esos luchadores realmente admirables», les arrancan las carnes a cuchilladas, les rompen las piernas, les cortan las narices, las orejas, las manos y otros miembros. Eusebio echa vinagre y sal en las heridas, clava cañas aguzadas bajo las uñas, abrasa espaldas con plomo derretido, fríe a los mártires en parrillas «para prolongar el tormento». En todas estas situaciones y muchas más, las víctimas conservan su entereza, incluso su buen humor: «Cantaban alabanzas al Dios del cielo y daban gracias a sus torturadores, hasta el último aliento».41
Otros creyentes, nos informa Eusebio, eran anegados en el mar «por orden de los servidores del demonio», o crucificados, o decapitados «a veces en número de hasta cien hombres y niños de corta edad [!] y mujeres en un solo día. [...] La espada del verdugo se mellaba [...] y los sayones fatigados se veían obligados a relevarse». Otros eran arrojados «a las fieras antropófagas», para ser devorados por jabalíes, osos, panteras. «Nosotros hemos sido testigos presenciales [!] y hemos visto cómo por la gracia divina de nuestro Redentor Jesucristo, de quien daban testimonio [...], cuando la bestia se aprestaba al salto, retrocedía una y otra vez como repelida por una fuerza sobrenatural». El obispo cuenta de los cristianos (cinco en total) que iban a ser «destrozados por un toro enfurecido»: «Por más que escarbaba con las pezuñas y asestaba cornadas a un lado y a otro, espoleado por hierros al rojo, resoplando de rabia, la Divina Providencia no permitió que les hiciera ningún daño».42
¡La historiografía cristiana!
En un pasaje, Eusebio menciona «toda una aldea de Frigia habitada por cristianos», cuyos habitantes, «incluso las mujeres y los niños», fueron quemados vivos..., pero desafortunadamente olvidó comunicarnos el nombre de la aldea en cuestión. Es un rasgo habitual éste de prescindir de los detalles, pese a haber sido, como dice, testigo presencial; prefiere hablar de «legiones innumerables», de «grandes masas» exterminadas en parte por la espada, otras veces por el fuego, «incontables hombres y mujeres y niños» que murieron «de diversas maneras por la doctrina de nuestro Redentor». «Sus muestras de heroísmo desafían toda descripción.»43


Conviene recordar aquí que, durante el Concilio de Tiro, en 335, el obispo egipcio Pótamo de Heraclea acusó a Eusebio de haber renega- do durante la persecución, algo que, lógicamente, no está demostrado y además podría ser una de las habituales calumnias entre colegas .44
Durante la persecución de 177 en las Galias, bajo Marco Aurelio (161-180), emperador filósofo cuyos Pensamientos admiró Federico II de Prusia, Eusebio cuenta que hubo «decenas de miles de mártires»; sin embargo, los martirologios de la persecución gala bajo Marco Aurelio totalizan... 48 víctimas. De todas ellas, el aquí tan citado Lexikonfür Theologie una Kirche sólo recuerda a ocho, «santa Blandina con el obispo Potino y seis de sus seguidores». Por el contrario, el número de víctimas paganas en Galia fue, en siglos posteriores, «bastante superior» (C. Schneider).45
Sobre la persecución de Diocleciano, la más cruenta (contra la voluntad expresa de este notable emperador), Eusebio no pudo lamentar —o quizá sería mejor decir celebrar, ya que los caudillos de la Iglesia siempre consideraron providenciales las persecuciones, y esto lo han afirmado algunos papas de nuestro siglo XX—46 que las víctimas se hubiesen contado por decenas de miles, ya que vivían aún muchos testigos presenciales. Las persecuciones constituyen un estímulo, fomentan la unidad de los perseguidos y son la mejor propaganda imaginable de todos los tiempos. Eusebio, autor de una crónica «sobre los mártires de Palestina», y que dejó escrito en su Historia de la Iglesia: «Conocemos los nombres [...] de los que destacaron en Palestina», cita un total de 91 mártires, y no «decenas de miles». En 1954, De Ste Croix revisó para la Harvard Theological Review las cifras del «padre de la historiografía cristiana» y le salieron sólo dieciséis mártires palestinos, y eso para la peor de las persecuciones, que duró allí diez años, con lo que el promedio no da ni siquiera dos víctimas al año. Pese a todo esto, uno de los panegiristas modernos de Eusebio rechaza la conclusión de que Eusebio careciese de «escrupulosidad científica» (Wallace-Hadrill).47
Hasta los emperadores paganos, pese a considerarlos designados «por Dios» como mantenedores de su «orden», quedaron sometidos al trato peyorativo de los padres de la Iglesia. Los del siglo II, que según Atenágoras eran todavía «clementes y bondadosos», sabios y amantes de la verdad, pacíficos, ilustrados, benefactores, etcétera, a comienzos del siglo IV eran reemplazados por monstruos sin parangón posible.
Los emperadores paganos vistos retrospectivamente

Los alaridos triunfales de los cristianos empezaron hacia el año 314, por obra de Lactancio. Su panfleto Sobre las muertes de los perseguidores es tan ruin por la elección de su tema, por su estilo y por su nivel, que durante mucho tiempo se quiso negar la autoría del Cicero christianus, aunque hoy la autenticidad se considera (casi) indiscutible. Pocos insultos ahorra Lactancio a los emperadores romanos en su escrito, publicado en Galia mientras educaba a Crispo, hijo de Constantino: «Enemigos de Dios», «tiranos», a los que compara con los lobos y describe como fieras, «bestias». Apenas acababa de cambiar el ambiente político, comenta Campenhausen, y ya «la vieja ideología de mártires y perseguidos desaparece de la Iglesia como si se la hubiese llevado el viento, reemplazada por su contraria».48
Aunque perseguidor de los cristianos, el emperador Decio (249-251) se había propuesto gobernar pacíficamente, según dejó consignado en sus monedas (pax provinciae), y según las fuentes históricas fue un hombre de excelentes cualidades, hasta que cayó derrotado ante el caudillo de los godos Kniva y murió en Abrittus, lugar correspondiente a la actual región de la Dobruja. Pues bien, Decio fue para Lactancio «un enemigo de Dios», «un monstruo abominable» que mereció acabar pasto de «las fieras y los buitres». De Valeriano (253-260), que también persiguió a los cristianos y que murió prisionero de los persas, afirma Lactancio que «le arrancaron la piel, que fue curtida con tinte rojo para ser expuesta en el templo de los dioses bárbaros como recordatorio de aquel' gran triunfo». Diocleciano (284-305), que había empleado a Lactancio como rhetor latinus en Nicomedia cuando era un pobretón y que luego, durante las persecuciones y residiendo Lactancio en la capital imperial, no le tocó ni un hilo de la ropa, merece el apelativo de «grande en la invención de crímenes». En cuanto a Maximiano (285-305), corregente con Diocleciano, según cuenta Lactancio «no era capaz de negarse a ninguna satisfacción de sus bajas pasiones»: «Por doquiera que iba, allí arrebataban a las doncellas de los brazos de sus padres para ponerlas a su disposición».49
Pero el peor «de los malvados que hayan alentado jamás» fue el emperador Galerio (305-311), yerno de Diocleciano; Lactancio le considera el verdadero inspirador de los pogromos iniciados en 303, en los que se propuso «maltratar a todo el género humano». Cuando «el miserable quería divertirse», llamaba a uno de sus osos, «en fiereza y corpulencia comparable a él mismo», y le echaba seres humanos para comer. «Y mientras le destrozaba los miembros a la víctima, él reía, de manera que allí nunca se cenaba sin acompañarse del derramamiento de sangre humana», «la hoguera, las crucifixiones y las fieras eran el pan de cada día», y «reinaba la arbitrariedad más absoluta». Los impuestos eran tan abusivos que personas y animales domésticos morían de inanición, y «sólo sobrevivían los mendigos. [...] Pero hete aquí que aquel soberano tan compasivo se acordó de ellos también, y queriendo poner fin a sus penalidades hizo que los reunieran para sacarlos en barcas al mar y ahogarlos allí».50
¡La historiografía cristiana!
Al mismo tiempo, Lactancio no deja de asegurar, en esta «primera aportación del cristianismo a la filosofía y la teología de la historia» (Pichón), que ha «recopilado todos estos hechos [...] con la fidelidad más concienzuda, a fin de que no se pierda el recuerdo de los mismos y que ningún historiador futuro pueda desfigurar la verdad» ,51 El castigo de Dios alcanzó a Galeno en forma de cáncer, «una llaga maligna en la parte más baja de los genitales», mientras Eusebio, más pudoroso, prefiere aludir a aquellas partes «que no se nombran». Posteriormente, otros tratadistas eclesiásticos como Rufino y Orosio inventaron la leyenda de un suicidio. En cambio, Lactancio, después de establecer la fama de Galerio en la historiografía como «bárbaro salvaje» (Altendorf), dedica varias páginas a describir con regodeo la evolución de la enfermedad (el léxico es similar al utilizado en otro pasaje donde explica, siguiendo el ejemplo del obispo Cipriano, las satisfacciones que experimentarán los elegidos cuando contemplen el suplicio eterno de los condenados): «El cuerpo se cubre de gusanos. El hedor no sólo invade el palacio, sino que se propaga por toda la ciudad. [...] Los gusanos lo devoran vivo y el cuerpo se disuelve en una podredumbre generalizada, entre dolores insoportables...». El obispo Eusebio añadía a su relato esta apostilla: «De los médicos, los que no pudieron resistir aquel hedor repugnante por encima de toda medida fueron abatidos allí mismo, y los que luego no supieron hallar remedio, juzgados y ejecutados sin, compasión».

¡ La historiografía cristiana!

El caso es que Galerio, cuya agonía nos pintan los padres de la Iglesia sin ahorrar ninguno de los tópicos antiguos, aunque enfermo de muerte llegó a firmar, el 30 de abril de 311, el llamado «Edicto de tolerancia de Nicomedia», por el que ponía fin a las persecuciones contra los cristianos (en principio justificadas, en esta ocasión como en otras, por la doctrina de Diocleciano sobre la supremacía del Estado) y proclamaba que el cristianismo era una r-eligió licita. Incluso les autorizaba a reconstruir sus iglesias «bajo la condición de que no contravengan las leyes en manera alguna». Con esta Carta Magna, aunque concebida en términos no excesivamente amistosos, Galerio, que efectivamente murió pocos días después en Serdica, «dejó un loable testimonio de su honestidad personal», según Hónn, ya que «por primera vez en la historia, los cristianos quedaban en cierto modo legalizados» (Grant).53
Galerio se había adjudicado las provincias danubianas y la región balcánica; estableció su residencia principal en Sirmium y quiso renovar el imperio, en lo político así como en lo religioso, con arreglo a las reglas establecidas por Diocleciano. No fue un monstruo como nos lo pintan las plumas de Lactancio y demás padres de la Iglesia sino, tal como nos lo describen otras fuentes más fiables, un soberano justo y bien intencionado, aunque ciertamente algo inculto. Aurelio Víctor, prefecto de Roma en 389 y autor de una historia de los emperadores romanos, dice que había sido pastor y que, pese a ser «de modales rudos» y «carente de educación», poseía otras «cualidades con que le había distinguido la naturaleza»; entre otras cosas elogia la colonización de nuevas tierras en Panonia (a la que llamó provincia Valeria, por el nombre de su esposa, que fue quien influyó en su ánimo a favor de los cristianos), con la puesta en explotación de bosques inmensos y la construcción de un canal entre el lago Pelso (el actual Balatóa, posiblemente) y el Danubio.54
Pero Lactancio, eso sí, el mismo que poco antes, cuando los cristianos aún eran perseguidos, exclamaba: «Que cese la violencia; no más injusticia; la religión no puede imponerse»; «con palabras y no con varas hay que propugnar la causa, sea cual sea»; «mediante la paciencia, no con la crueldad; mediante la fe, no con el crimen»; el que afirmaba que «la raíz de toda justicia y el fundamento de todo sentido común» se condensaban en el principio de «no hagas con los demás lo que no quisieras que hicieran contigo mismo; por nuestro propio ánimo podremos colegir lo que hay en el del prójimo»; ese Lactancio es el que luego afirma que los soberanos de los gentiles eran «criminales ante Dios», y celebra que hayan sido «exterminados de raíz con toda su ralea». «Ya yacen postrados en el suelo aquéllos que pretendían desafiar a Dios; los que derribaron el Templo tardaron en caer, pero han caído mucho más bajo y tuvieron el fin que merecían.» En cambio, el padre de la Iglesia sólo encuentra elogios para las matanzas perpetradas por Constantino con los prisioneros francos en el anfiteatro de Tréveris. Exultante de gratitud, en el epílogo de su De las muertes de los perseguidores, celebra que «la misericordia eterna del Señor se ha dignado mirar hacia la tierra y rescatar a sus ovejas, que andaban dispersas y perseguidas por los lobos sanguinarios, reuniéndolas de nuevo y poniéndolas a salvo, y exterminando a las fieras malvadas. [...] El Señor los aniquiló y los ha borrado de la faz de la tierra; cantemos, pues, el triunfo del Señor, celebremos la victoria del Señor con himnos de alabanza.. .».55
Otro protegido de Constantino, el historiador Eusebio, abunda en los mismos términos contra los emperadores paganos. A Valeriano lo pinta haciendo «carnicerías de niños, sacrificios de las criaturas de los más desgraciados, mientras los arúspices consultaban las entrañas de los recién nacidos y se descuartizaba a quienes eran imagen y semejanza de Dios»; similares acusaciones merece el emperador Majencio, a quien se le atribuyen además matanzas de leones y de mujeres embarazadas (aparte el asesinato en masa de senadores). Tal género de acusaciones acaba por convertirse en un tópico de la historiografía eclesiástica, especialmente con referencia a Galerio, Maximiano, Severo y, cómo no. Juliano el Apóstata. Empresa fácil ésta para Eusebio, que había demostrado en los quince libros de su Praeparatio Evangélica la bajeza y la maldad del paganismo así como la elevación y las virtudes del partido propio, que había personificado el helenismo entero en la figura de un diablo, «un demonio pagano que odia la bondad y ama la malicia» y que asalta a los cristianos, tan nobles ellos, «con la furia de un perro rabioso», «con demencia bestial», «con venenos maléficos y letales para las almas» y azuza contra ellos «a todas las fieras salvajes y a todos los monstruos con figura humana». Por eso Eusebio manifiesta su júbilo cuando Constantino «emprendió la persecución contra los que tal hacían, e hizo caer sobre ellos el merecido castigo que les tenía reservado el Señor», y cuando «ahora los poderosos escupen el rostro de los ídolos», y «pisotean las leyes de los demomos», burlándose de las «necedades» paganas; «la ralea de los impíos ha desaparecido de entre el común de los hombres», «las fieras salvajes, los lobos y toda clase de bestias crueles y sanguinarias.. .».56
Antes de contemplar más de cerca a esas nuevas majestades cristianas, vamos a fijarnos brevemente en dos de los primeros grandes adversarios que tuvo el cristianismo en la Antigüedad. Muy pronto los paganos supieron descubrir los puntos débiles en la argumentación de los santos padres y refutarla, cuando no conducirla ad absurdum.
Celso y Porfirio: los primeros adversarios del cristianismo
Si bien es cierto que los primeros emperadores cristianos ordenaron la destrucción de las obras anticristianas de esos filósofos, como era lógico, ha sido posible reconstruirlas en parte, entresacando de los tratados de sus mismos adversarios; la obra de Celso, en particular, se deduce de una réplica en ocho libros escrita por Orígenes hacia 248. El teólogo más influyente de los primeros tiempos de la cristiandad se tomó evidentemente mucho trabajo en refutar a Celso, cosa tanto más difícil por cuanto en muchos pasajes se ve obligado a confesar las razones que asisten a su adversario. Pese a ser uno de los cristianos más honestos que se puedan citar, y pese a sus propias protestas de integridad, en muchos casos Orígenes tuvo que acudir a subterfugios, a la omisión de puntos importantes, y acusa de las mismas prácticas a Celso, autor desde luego no exento de tendenciosidad pero más fiel a la realidad de los hechos. Orígenes le reitera la calificación de necio de primera categoría, aunque el haberse molestado en escribir una réplica extensa «vendría a demostrar más bien lo contrario», como dice Geffcken.57
La Palabra verdadera {Alethés Logos) de Celso, originaria de finales del siglo II, es la primera diatriba contra el cristianismo que conocemos. Como obra de alguien que fue filósofo platónico, el estilo es elegante en su mayor parte, los argumentos matizados y hábiles, otras veces irónicos, y no del todo desprovisto de cierta voluntad de conciliación. El autor se muestra buen conocedor del Antiguo Testamento, de los Evangelios, y también de la historia interna de las comunidades cristianas; poco sabemos de su figura, pero según su obra ciertamente no fue un personaje vulgar.58
Celso distinguió con claridad los puntos más precarios de la doctrina cristiana, por ejemplo la mezcla de elementos judaicos con otros del estoicismo, del platonismo, y aun de las creencias y cultos mistéricos egipcios y persas. Opina que «todo esto se expresó mejor entre los griegos [...] y sin tanta altanería ni pretensión de haber sido anunciadas por Dios o el Hijo de Dios en persona». Celso hace burla de la^vanidad de los judíos y los cristianos, de sus pretensiones de ser el pueblo elegido:
«Por encima de todos está Dios, y después de Dios nosotros, creados por Él y semejantes a Él en todo; lo demás, la tierra, el agua, el aire y las estrellas, es todo nuestro, puesto que se creó para nosotros y por tanto debe ponerse a nuestro servicio». Para rebatir esto, Celso compara «la ralea de los judíos y cristianos» con «una bandada de murciélagos, o un hormiguero, o una charca llena de ranas que croan, o de lombrices. ..», afirmando que el hombre no lleva tanta ventaja al animal y que es sólo un fragmento del cosmos, cuyo creador atiende sólo a la totalidad.59
De ahí, Celso se ve obligado a preguntar por qué descendió el Señor entre nosotros. «¿Acaso necesitaba ponerse al corriente acerca del estado de cosas reinante entre los hombres? Si Dios lo sabe todo, ya debía estar enterado, y sin embargo nada hizo por poner remedio a tales situaciones antes.» ¿Por qué precisamente entonces, y por qué debía salvarse sólo una parte minúscula de la humanidad, condenando a los demás «al fuego del exterminio»? Y ¿cómo podía resucitar un cuerpo ya descompuesto y presentarse incólume? «Como no saben qué replicar a eso, utilizan el muy socorrido subterfugio de asegurar que Dios lo puede todo.»60
En lo tocante a la ética cristiana, Celso, buen conocedor de la historia comparativa de las religiones, no encuentra nada nuevo. Con bastante razón dice que «es la misma de los demás filósofos, y no una ciencia venerable, ni nueva». Incluso el mandamiento del amor al enemigo le parece «muy antiguo y mejor expresado por otros antes», y «no en términos tan rústicos». Así cita como ejemplo el famoso pasaje 49 B-E del Gritón platónico. El diálogo entre Sócrates y Critón subraya la idea de que «bajo ninguna circunstancia es lícito obrar injustamente», ni tampoco «cuando se nos ha infligido una injusticia», «por grande que fuese el mal padecido»; que «nunca es lícito hacer lo que no es justo, ni defenderse devolviendo injusticia por injusticia...». Celso incluso da a entender que, antes de Platón, otros hombres inspirados habían propugnado la misma opinión, con lo que alude posiblemente a las doctrinas pitagóricas.61
Con toda la razón desde el punto de vista de la historia de las religiones, aduce el pagano que la figura de Cristo no reviste tanto carácter excepcional en comparación con Hércules, Esculapio, Dionisos y otros muchos que realizaron prodigios y ayudaron a los demás. «¿O acaso pensáis que lo que se cuenta de esos otros son fábulas y deben pasar por tales, mientras que vosotros habéis dado mejor versión de la misma coinedia, o más verosímil, como lo que exclamó antes de morir en la cruz, y lo del terremoto y la súbita oscuridad?» Antes de Jesús hubo divinidades que murieron y resucitaron, legendarias o históricas, lo mismo que hay testimonios de los milagros que obraron, junto con otros muchos «prodigios» y «juegos de habilidad que logran los prestidigitadores». «Y s! esos son capaces de realizar tales cosas, ¿tendremos que tomarlos por Hijos de Dios?» Aunque, naturalmente, «los que desean que se les engañe siempre están prestos a creer en apariciones como la de Jesús».62 Celso subraya repetidas veces que los cristianos se recluían entre los círculos más incultos y más propensos a creer en prodigios, que su doctrina sólo convence a «las gentes más simples», ya que ella misma «es simple y adolece de carácter científico». En cambio, a las personas cultas, asegura Celso, los cristianos las evitan, sabiendo que no se dejan embaucar. Prefieren dirigirse a los ignorantes para contarles «grandes maravillas» y hacerles creer que «no se debe hacer caso de padres ni de maestros, sino escucharles únicamente a ellos. Que aquéllos sólo dicen tonterías y necedades [...] y que sólo los cristianos tienen la clave de las cosas y que saben cómo hacer felices a las criaturas que les siguen. [...] Así hablan ellos. Pero cuando ven que se acerca un maestro con instrucción y discernimiento, o incluso el padre en persona, entonces los más prudentes prefieren alejarse a toda prisa; pero los más descarados incitan a la desobediencia, diciéndoles a los niños que no se puede hablar de cosas importantes delante de los padres y maestros, puesto que ellos no quieren nada con personas tan profundamente corrompidas y encenagadas en la maldad, que sólo saben imponer castigos. Y les insinúan que, si quieren , pueden abandonar a sus padres y maestros...».63
La veracidad de lo que se cuenta en estos párrafos apenas puede ponerse en duda, si tenemos presente el fanatismo con que muchos siglos después los padres eclesiásticos siguen incitando a desobedecer a los padres naturales, cuando éstos pretenden oponerse a sus fines.
Un siglo después de Celso, el relevo de la lucha literaria contra la nueva religión lo toma Porfirio. Nacido alrededor de 233 y seguramente en Tiro (Fenicia), a partir de 263 Porfirio se estableció en Roma, donde vivió durante decenios y se dio a conocer como uno de los principales seguidores de Plotino (pensador éste que, pese a sus virtudes, según el padre Firmico, quedó refutado por completo al enfermar de la lepra y morir miserablemente). De los quince libros de Porfirio Contra los cristianos, fruto de una convalecencia en Sicilia, hoy se conservan sólo algunas citas y extractos. La obra propiamente dicha fue víctima de los decretos de príncipes cristianos, Constantino el primero, y luego, hacia 448, los emperadores Teodosio II y Valentiniano III, que ordenaron la primera purga de libros en interés de la Iglesia.64
Por desgracia, las referencias conservadas de la obra no dan una idea tan completa como en el caso de Celso. Podemos suponer que Porfirio conoció la Palabra verdadera de aquél; algunos argumentos se repiten casi al pie de la letra, cosa por otro lado bastante lógica. También Porfirio se pregunta, por ejemplo, qué tenían que aguardar tantas naciones anteriores a la venida del Cristo. «¿Por qué fue preciso esperar a una época reciente, permitiendo que se condenaran tantísimas personas?» Porfirio parece más sistemático que Celso, más erudito; le supera como historiador y filólogo, así como en el conocimiento de las Escrituras cris* tianas. Domina los detalles más a fondo y critica con severidad el Antiguo Testamento y los Evangelios; descubre contradicciones, lo que le convierte en un precursor de la crítica racionalista de la Biblia. Niega decididamente la divinidad de Jesús. «Aunque hubiese entre los griegos alguno tan obtuso como para creer que realmente los dioses residen en las imágenes que tienen de ellos, ninguno lo sería tanto como para admitir que la divinidad pudo entrar en el vientre de María virgen, para convertirse en feto y ser envuelta en pañales después del parto.»65
Porfirio critica también a Pedro, y sobre todo a Pablo, personaje que le parece (lo mismo que a otros muchos hasta la fecha de hoy) notablemente antipático. Le juzga ordinario, oscurantista y demagogo, y le acusa de codicia, cosa que antes él habían señalado ya algunos cristianos, pues por algo dijo el mismo Pablo: «¿Quién milita jamás a sus expensas? ¿Quién planta una viña, y no come de su fruto? ¿Quién apacienta un rebaño, y no se alimenta de la leche del ganado?», acogiéndose acto seguido a la Ley de Moisés: «No pongas bozal al buey que trilla». Porfirio incluso afirma que Pablo, como era pobre, predicaba para sacar dinero a las damas ricas y que no era otra la finalidad de sus múltiples viajes. Hasta san Jerónimo reparó en la acusación de que las comunidades cristianas estaban regentadas por mujeres y que el favor de las damas decidía quiénes podían acceder a la dignidad del sacerdocio.66
El pagano también censura la doctrina de la salvación, la escatología cristiana, los sacramentos, el bautismo, la comunión; el tema central de sus críticas es, de hecho, la irracionalidad de las creencias y no ahorra improperios, pese a lo cual Paulsen podía escribir en 1949: «La obra de Porfirio fue un alarde tal de erudición, de intelectualismo refinado y de capacidad para la comprensión del hecho religioso, que jamás ha sido superada, ni antes ni después, por ningún otro tratadista. Anticipa toda la crítica moderna de la Biblia, a tal punto que muchas veces el investigador actual, mientras lo lee, no puede sino asentir en silencio a tal o cual pasaje». Y el teólogo Harnack escribe que «Porfirio todavía no ha sido refutado», «casi todos sus argumentos, en principio, son válidos».67
Verdad es que Porfirio, hombre de su tiempo al fin y al cabo, junto a su crítica ilustrada nos sorprende por su firme creencia en oráculos y demomos. En la obra de su predecesor hallamos asimismo muchas ingenuidades, aunque también a Celso le reconoció el teólogo Ahiheim, en 1969, «una crítica devastadora de la imagen de Jesús que transmitieron los Evangelios». Y cuando Celso termina «en tono conciliador» proponiendo a los cristianos que tomen parte en la vida pública, que presten el servicio militar, ellos atendieron a la sugerencia y no con poco interés, según opina el teólogo: «De la noche a la mañana se pasaron al lado de Constantino, junto con los poderosos y los opresores. Comenzaba en ese momento la desgraciada alianza entre el trono y el altar».68
Los inicios de dicha alianza, cuyas gravísimas consecuencias perduran hasta hoy, serán objeto de nuestro capítulo siguiente.
SAN CONSTANTINO, EL PRIMER EMPERADOR CRISTIANO, «SÍMBOLO DE DIECISIETE SIGLOS DE HISTORIA ECLESIÁSTICA»
«En todas las guerras que emprendió y capitaneó, alcanzó brillantes victorias [...].» san AGUSTÍN, PADRE DE LA IGLESIA1
«De entre todos los emperadores romanos, él solo honró a Dios, el Altísimo, con extraordinaria devoción, él solo anunció con valentía la doctrina de Cristo, él solo exaltó a su Iglesia como nadie desde que existe memoria humana; él solo puso fin a los errores del politeísmo y abolió toda clase de culto a los ídolos.»
EUSEBIO DE CESÁREA, OBISPO2
«Constantino era cristiano. El que obra así, y sobre todo en un mundo que todavía era mayoritariamente pagano, tiene que ser cristiano 'i de corazón, y no sólo con arreglo a las demostraciones externas.» » KURT ALAND, TEÓLOGO3
«La cristiandad tuvo siempre ante sus ojos, como ejemplo luminoso, la figura de Constantino el Grande.»
PETER STOCKMEIER, TEÓLOGO4
«También sus posturas espirituales fueron las propias de un verdadero creyente.»
KARL BAUS, TEÓLOGO5
«Ese monstruo Constantino. [...] Ese verdugo hipócrita y frío, que degolló a su hijo, estranguló a su mujer, asesinó a su padre
y a su hermano políticos, y mantuvo en su corte una caterva de sacerdotes sanguinarios y cerriles, de los que uno solo se habría bastado para poner a media humanidad en contra de la otra media y obligarlas a matarse mutuamente.»
PERCY BYSSHE SHELLEY6

Los nobles ancestros y el terror del Rin
Constantino, nacido en Nissus (Nich), en los alrededores de la actual Sofía, empezó por falsificar su genealogía, la religión de su padre y su propio origen.
Constancio I Cloro empezó su carrera como protector, es decir, guardaespaldas imperial; después, fue promovido a tribuno militar, prefecto de los pretorianos, cesar en 293 y emperador de Occidente en 305. Era pagano, aunque presumiblemente no muy fanático. Pero, más tarde, Constantino quiso que pasara por cristiano y «muy atento a la palabra de Dios» (Eusebio). La verdad es que Constancio, a diferencia de sus copríncipes, hizo la vista gorda en relación con los decretos de Diocleciano, lo que no quita que (aunque, según Eusebio, «no participó de ningún modo en la guerra contra nosotros») expulsase a los cristianos del ejército; por su parte era, devoto del culto a Marte, dios de la guerra al fin y al cabo y segundo de la trinidad Júpiter-Marte-Quirino. El propio Lactancio reconoce que Constancio destruyó iglesias; de las Gallas, que formaban parte de su jurisdicción, tenemos incluso actas de mártires en su época, aunque eso naturalmente no demuestra gran cosa.
Si la religión de su padre era un poco oprobiosa para Constantino, algo parecido le sucedía también con su árbol genealógico. Constancio era un ilirio de baja extracción. Otros emperadores paganos tuvieron a orgullo el ser de origen humilde. Vespasiano, por ejemplo, al que apodaban «mulio» (tratante de muías), «de orígenes oscuros y sin nobleza alguna entre sus antepasados» (Suetonio), visitaba con frecuencia su aldea, no hizo reformar la casa natal, y durante toda su vida usó para beber en fiestas y ceremonias un cubilete de plata que había pertenecido a su abuela Tertulia. En cambio, Constantino pretendía que su padre era descendiente del emperador Claudio II Gothicus, es decir, el famoso debelador de los godos; con ello llamaba usurpadores a sus corregentes, según consta en las monedas de la época a partir de 314, para legitimar su propia dictadura. Eusebio, el historiador eclesiástico, le alaba su «rancio abolengo». Y la madre de Constantino, santa Elena, supuesta princesa británica, había sido pagana y tabernera {stabularid) en los Balcanes. Con esta santa vivió en concubinato Constancio Cloro antes de su primer matrimonio (con la emperatriz Teodora), y luego en una situación de bigamia. La aristocracia grecorromana llamaba a Constantino «el hijo de la concubina»; Ambrosio, doctor de la Iglesia, incluso dejó escrito que Jesucristo la había elevado «del fango al trono». (Pero en 326, cuando ella emprendió una «peregrinación» a «Tierra Santa» y el obispo Eustatio de Antioquía se atrevió a decirle algo semejante cara a cara, Constantino lo envió al exilio, de donde no regresó jamás.) Las familias gentiles más notables despreciaban a Elena por sus orígenes, y la futura santa, «intrigante, autoritaria y totalmente desprovista de escrúpulos», hizo cuanto pudo por alejar a Teodora de Constancio con la colaboración de los cristianos y la desterró a unas dependencias del palacio con su familia; todo ello para asegurar la sucesión a su propio hijo.7
Diga lo que diga la propaganda cristiana, Constantino fue extraordinariamente belicoso y si la empresa prometía éxito, no retrocedía ante ninguna clase de crímenes o de crueldades. Ya su padre, cuando residía en Augusta Treverorum (Tréveris) en su condición de más occidental de los corregentes de Diocleciano —por cierto, ocupaba con su palacio toda la parte nororiental de la que fue gran metrópoli de su época—, mantuvo una actividad guerrera casi constante. Según se cuenta, miles de francos fueron muertos, prisioneros, deportados o esclavizados por él, aunque todavía en pleno siglo XX el bando católico quiera mantener que fue un «soberano benigno y justo» (Bihimeyer). Y aunque fuese «durante toda su vida», según asegura Eusebio, «clemente y misericordioso», «extremadamente bondadoso y cordial con todos», el caso es que disputó grandes batallas en el frente del Rin, emprendió expediciones contra pictos y escotos, y venció varias veces, entre los años 293 y 297, a los usurpadores Carausio y Alecto, arrebatándoles las islas británicas. También su hijo Constantino, que permaneció largos años retenido casi a manera de rehén en la corte de Diocleciano, acompañaba a éste durante sus numerosas campañas por Egipto, a Galerio contra los persas y los sármatas, y destacaba personalmente en combates cuerpo a cuerpo contra «bárbaros» y fieras..., no siempre con carácter de voluntario, imaginamos, pero «la mano de Dios protegió al joven guerrero» (Lactancio).8
El 25 de julio de 306, cuando falleció Constancio I Cloro en Eboracum, la actual York (Inglaterra), después de una victoria sobre los pictos, las tropas nombraron sin demora emperador al joven Constantino. Pero Galerio, que táctica y formalmente quedaba como primer Augusto dentro del sistema de la tetrarquía, sólo quiso reconocer a Constantino como cesar. Aquella proclamación había sido un acto ilegal que rompía el orden de la segunda tetrarquía y suponía graves amenazas; deliberadas, indudablemente, pues como nos informa el obispo Eusebio, «Dios mismo. Rey de reyes, lo tenía decidido desde mucho antes». Por algo Constantino se impuso como «primera y principal ocupación —según el padre Lactancio— la de restablecer a los cristianos en el ejercicio de sus prácticas religiosas. El restablecimiento de la santa religión fue el primero de sus decretos». Una vez se vio dueño de la Britania y la Galia, en el año 310 emprendió el saqueo de España, es de suponer que para privar a Roma del aprovisionamiento de los cereales ibéricos, e indisponer contra Majencio a la población hambrienta. Pero lo que más cultivó Constantino fueron las guerras fronterizas, que le convirtieron en el espanto de todo el Rin. Y eso que según Eusebio era, como su padre, «de naturaleza bondadosa, benigna y filantrópica como nadie», razón por la cual «Dios puso a sus pies las más diversas tribus de bárbaros». Su política exterior «desde el principio se caracterizó por su agresividad, pues conducía las campañas en contragolpes y profundas penetraciones por territorio enemigo» (Stallknecht). En 306 y 310 diezmó a los brúcteros, robó sus ganados, incendió sus aldeas y lanzó a los prisioneros al circo para que fuesen pasto de las fieras. «También a los brúcteros atacaste de improviso y fue incontable el número de los muertos», celebra un cronista oficial en Tréveris, residencia oficial del emperador desde 293. «De los hombres prisioneros, los que no valían para soldados por no ser de fiar, ni para esclavos por demasiado fieros, echó todos al circo y fueron tantos, que fatigaron hasta a las bestias salvajes», algo que incluso en aquellos tiempos no era frecuente e inspiraba pavor. El joven emperador ahogó en sangre cualquier conato de rebelión; en 311 y 313 aplastó a los alamanos, ya muy castigados por su padre, así como a los francos, cuyos reyes Ascarico y Merogaisio fueron destrozados por osos hambrientos, para edificación general. (Los francos idólatras respetaban la vida de los prisioneros de guerra, y el rey de los alamanos, Eroco, había apoyado desde Eboracum la proclamación de Constantino como emperador.)9
Pero Constantino, después de arrojar a la arena a sus víctimas (de los 71 anfiteatros conocidos de la Antigüedad, el de Tréveris era el décimo en importancia, con 20.000 asientos) y viendo la aceptación del espectáculo, decidió convertirlo en institución permanente. Así los «juegos francos», a celebrar todos los años entre el 14 y el 20 de julio, pasaban a ser el punto culminante de la temporada (aunque es posible que los reyes «francos» Ascarico y Merogaisio fuesen brúcteros o tubantes, en realidad).10
Mientras el joven soberano amenizaba de ese modo la vida de los habitantes de Tréveris, había en el Imperio romano otros tres emperadores: Majencio en Occidente, que tenía autoridad sobre Italia y África; Maximino Daia en Oriente, cuyo territorio comprendía la parte no europea del imperio (todas las provincias al sur de la cordillera del Tauro, y además Egipto), así como Licinio, dueño de las regiones danubianas (Panonia y Retía). Eso de que hubiese tantos emperadores, a Constantino le parecía intolerable, y se propuso desmontar el sistema de la tetrarquía, instituido por Diocleciano para consolidar aquel gigantesco imperio. Inició la destrucción del «orden» establecido mediante una campaña bélica tras otra, eliminando sucesivamente a sus rivales y estableciendo una vinculación cada vez más fuerte entre el imperio y la Iglesia cristiana. Tal «revolución» constantiniana ciertamente fue un punto decisivo en la historia del cristianismo, y también produjo el encumbramiento de una nueva clase dominante, el clero cristiano, aunque manteniendo las antiguas relaciones basadas en la guerra y la explotación. A eso se le ha llamado «el comienzo de la era metafísica mundial» (Thiess).11
Guerra contra Majencio
Para asegurarse el flanco, Constantino se alió primero con Licinio, uno de los cesares orientales; aguardó al fallecimiento del emperador Galerio y cayó luego por sorpresa —contra la opinión de sus consejeros—, movido puramente por «la compasión ante los padecimientos de los pobladores oprimidos de Roma» (Ensebio), sobre Majencio, el corregente occidental, cuyo campamento parecía «el cubil de una fiera acorralada».12
Naturalmente, hay muchos historiadores que quieren disculpar a Constantino en este punto, como en tantos otros. Seeck, por ejemplo, muy inclinado a defender al agresor, no sólo establece como principio general que aquel «héroe invicto» había «evitado siempre todas las guerras que no le fueron impuestas», sino que, refiriéndose a Majencio, asegura que por más que Constantino procuró eludir el enfrentamiento «lo preveía desde hacía mucho tiempo, razón por la cual se preparó concienzudamente». De Majencio, Seeck escribe: «Aunque planeaba una guerra de ataque, retuvo en Roma el grueso de su ejército para mejor protección de su valiosa persona, e hizo acumular provisiones de grano como para resistir durante larguísimo tiempo». En realidad, las fuerzas de que disponía Majencio eran escasas y estaban mal preparadas para una campaña; quizá por eso no disimulaba sus intenciones pacíficas. En cambio, Constantino se movía guiado por un principio único, «el de una soberanía más amplia» (Vogt), o mejor dicho, el de la soberanía universal, principatum totius orbis adfectans (Eutropio). Después de armarse hasta los dientes, descargó un verdadero diluvio de propaganda contra la «tiranía» del romano; la Iglesia no tardó en marcar también el paso y en pintar a Majencio con todos los colores del infierno.13
En realidad, Majencio (emperador desde 306 a 312) suspendió las persecuciones contra los cristianos, refrendó el edicto de Galerio por el que se había concedido a estos, en 311, la libertad bajo condiciones, y lo hizo cumplir escrupulosamente yendo, en Roma y en África, incluso más allá de lo estrictamente obligado. Con razón le llamó libertador de la Iglesia el obispo Optato de Mueve. Es verdad que desterró de Roma al obispo Eusebio y a Marcelo, sucesor de éste, pero fue debido a las trifulcas subsiguientes a otras tantas elecciones poco limpias, es decir, a título de «medidas de policía, estrictamente» (Ziegler). Devolvió a las comunidades cristianas los bienes que les habían confiscado, incluidas las fincas —y eso que el edicto no le obligaba a tanto, y sorprende tanto más si hemos de creer lo que cuentan, en el sentido de que Majencio saqueó los templos paganos—, les concedió nuevos cementerios y autorizó la celebración pública del culto y la libre elección de los obispos. Majencio siguió la misma política de tolerancia con los cristianos de África. Algunos de los beneficios que concedió al clero fueron atribuidos luego a Constantino. Por otra parte, Majencio no fue más incapaz que otros emperadores y procuró embellecer la capital; llamado desde el primer momento «conservator urbis suae», no abandonó nunca la ciudad y respetó las tradiciones municipales como ningún otro emperador lo había hecho. Pese a la brevedad de su mandato y a las dificultades de la situación en todos los sentidos, emprendió grandiosas construcciones, entre ellas, en recuerdo de su hijo, el circo de la vía Apia, el gran templo doble a Venus y Dea Roma (posteriormente destruido por un incendio), así como «la mayor obra cubierta de la Antigüedad clásica», llamada «Basílica Constantiniana», aunque Constantino sólo la terminó. Más que ningún otro emperador del período tardío, procuró mejorar la red viaria, sobre todo alrededor de Roma, pero también en el resto de Italia y en África hasta los confines del desierto. Sin duda, no fue el horrible tirano que nos presenta la odiosa propaganda clerical. Verdad es que agobió a la clase terrateniente, una clase que no tardaría en mantener muy buenas relaciones con la Iglesia, a base de impuestos, lo que precisamente le hizo muy popular entre el pueblo llano. Pero, más tarde, perdió todo su carisma, al faltar el trigo y declararse una gran hambruna, tras caer África durante mucho tiempo en manos de un usurpador y haberse perdido España, que Constantino le arrebató en 310.14
Majencio mimó a los romanos de la capital, mientras sangraba mediante nuevos tributos a los labradores, y sobre todo a los más ricos de entre éstos; en el caso de los grandes terratenientes, que eran además senadores inmensamente ricos y que por ello debían pagar en oro, se dice que el emperador recurrió a la violencia e hizo desterrar, encarcelar o ejecutar sin juicio previo a muchos de ellos. En realidad, no se conoce ningún nombre de senador ejecutado por orden de Majencio. Lo que sí consta es cómo la aristocracia romana, «terriblemente diezmada por la espada del verdugo» según Seeck, resurge bajo Constantino con toda su influencia y en todo su esplendor. Y los mismos que habían adulado indignamente a Majencio, pese a todo, poco después adularon a Constantino.15
No sería histórico, pues, presentar la campaña de Constantino contra Majencio como una cruzada, emprendida para librar a la Iglesia del yugo de un tirano fanático. Y aunque ni siquiera Constantino pudo afirmar que su rival hubiese discriminado a los cristianos, y aunque las fuentes cristianas atestiguan la tolerancia de Majencio, el clero no tardó en convertir aquella agresión en una especie de guerra de religión y a Majencio en un verdadero monstruo.16
El primero en manipular la historia fue Eusebio, que no logra concretar sus acusaciones acerca de «los crímenes de que se sirvió ese hombre para someter a sus vasallos de Roma mediante el imperio de la violencia». «No hubo indignidad en que no cayera, ni crimen impío y desvergonzado que no cometiera, ni adulterio y profanación de toda especie. [...] Todos, los ciudadanos y los altos funcionarios, le temían por igual y padecieron [...] la brutalidad de aquel tirano sanguinario. [...] Es incalculable el número de los senadores a quienes hizo ajusticiar para hacerse con sus fortunas, asesinándolos en masa bajo tal o cual pretexto. [...] Hizo abrir los vientres de las embarazadas y consultar las entrañas de niños recién nacidos [...] para conjurar demonios y evitar la guerra [!].»17
¡La historiografía cristiana!
Esta imagen ficticia de un «tirano impío» fue dirundida por los cristianos tan pronto como cayó el emperador, cuya biografía falsearon por entero. Pintaron como soberano lujurioso a quien llevó en realidad una vida familiar totalmente morigerada. Describieron violaciones de esposas y doncellas, encarcelamientos de padres y maridos, tormentos sanguinarios, vejaciones imaginarias contra los cristianos. En una palabra, se crea para la posteridad la imagen distorsionada de un déspota odioso, tan cobarde como temido, imagen que incluso matiza las opiniones de algunos investigadores críticos como Schwartz o Ernst Stein. Más lapidario todavía, el Lexikonfür Theologie una Kirche editado por Buchberger, obispo de Regensburg, termina con cuatro líneas su juicio sobre Majencio: «Un tirano cruel y desenfrenado».18
En cambio, Groag, en un juicio más ajustado sobre la figura del emperador demuestra que Majencio, cercado por sus enemigos y en una situación límite, mantuvo siempre sus designios pacíficos; no tenía ninguna vena guerrera, no veía ninguna finalidad en la lucha, y no asistía a las maniobras militares, aunque sí supo nombrar generales excelentes. Sus actitudes frente a la Iglesia romana y a la cartaginense no fueron en modo alguno las de un cristiano, sino de tolerancia, «combinando con mesura lo benevolente y lo indulgente». Su energía se revela en los afanes constructores «de admirable grandiosidad» y en la seriedad con que dirigió el aparato administrativo. «Las fuentes no citan ni un solo ejemplo concreto de esa crueldad que se le ha imputado.»19
La popularidad de que justificadamente gozaba Majencio entre el pueblo romano se desvaneció, sin embargo, al faltar los alimentos al perderse África y poco después España.20
Por el contrario, en la agresión constantiniana se quiso ver la acción de «Dios» e incluso la de las «huestes celestiales».
En la primavera de 312, el atacante, que se había preparado a conciencia y además se declaró oficialmente en guerra, cruzó los Alpes occidentales a marchas forzadas con sólo la cuarta parte de sus efectivos, que serían unos veinticinco mil o treinta mil soldados de a pie y jinetes: «Menos de los que llevó Alejandro Magno en sus campañas», le alaba uno de sus aduladores. Parte del cuerpo expedicionario, que ya entonces iba acompañado de obispos, estaba formado por germanos, cuyo rápido avance por el norte de Italia, aprovechando la superioridad numérica, espantó incluso a los oficiales de Constantino. «Confiando en el auxilio divino» (Eusebio) se apoderó de Segusio (Susa, una fortaleza de la frontera);
siempre confiando en el auxilio divino y en una nueva táctica contra los jinetes acorazados del enemigo, venció en campo abierto frente a Turín y en otra batalla, ésta particularmente sangrienta, ante Verona, donde la matanza se prolongó hasta bien entrada la noche. Allí perdió Majencio a su mejor general, Pompeyano Rúrico, prefecto de los pretorianos. Constantino cargó de cadenas a los defensores, se apoderó también de Aquilea, otra fortaleza importante, y prosiguió su avance sobre Roma. El 28 de octubre se presentó en el puente Milvio, hoy llamado Ponte Molle. Pero Majencio, y éste es un tema que se ha discutido mucho entre historiadores, abandonó la protección de las murallas y combatió en campo abierto con el Tíber a sus espaldas; además, el grueso de su ejército peleó con poco ardor, exceptuando a los pretorianos, que sí lucharon sin ceder terreno hasta que cayó el último hombre. Majencio se ahogó en el río junto con buen número de sus soldados, «cumpliéndose así la profecía divina: "Se hundieron como plomos en las aguas profundas"» (Eusebio). O como dice Lactancio: «La mano de Dios pesó en el campo de batalla» .21
A esta victoria de Constantino, celebrada por todos los historiadores de la Iglesia como nacimiento del imperio cristiano, contribuyeron las tropas germánicas, en especial la llamada auxilium (un contingente de mercenarios) de los cornuti (porque llevaban casco con cuernos, cuyo símbolo introdujo el emperador, como muestra de gratitud, en el escudo de los ejércitos romanos) .22
Los padres de la Iglesia y el arte cristiano de la época trazaron un paralelismo entre esta matanza histórica de trascendencia mundial y la del ejército egipcio que se ahogó en las aguas del mar Rojo, o traen incluso a colación la caída de Pablo en el camino de Damasco, a fin de forzar la interpretación de un «nuevo Moisés» designado por voluntad directa de Dios. Una medalla de plata de Ticino (315) presenta la victoria del puente Milvio como una intervención divina: «Primer documento oficial y civil de la cristianización de las ambiciones constantinianas de monarquía universal» (Alfóldi). Eusebio y Lactancio echan mano de leyendas contradictorias (o lo que es lo mismo, de la «santa mentira») al objeto de presentar la victoria sobre Majencio como una victoria de la religión nueva sobre la antigua. Con ello crean un fenómeno completamente nuevo en el cristianismo, y de alcance tremendamente destructivo: la religiosidad militante en lo político, la llamada teología imperial, cuya presencia podemos advertir en todo el período que va desde los carolingios y los Otones hasta las dos guerras mundiales de nuestro siglo. En realidad, el perdedor Majencio, cuyo padre había muerto dos años antes a manos de Constantino, había tolerado y favorecido en todo momento a los cristianos; y, por otra parte, su vencedor había venerado al Apolo gálico, a Hércules hasta 310, y durante mucho tiempo siguió acuñando monedas con figuras de dioses paganos como Sol Invictus, Júpiter Capitolino y Marte, siendo el primero de éstos el que durante más tiempo tuvo culto oficial, tanto así que la festividad del domingo, introducida en 321, era en realidad el llamado dies Solis; con ella Constantino, notorio antisemita, evidentemente quiso reemplazar la fiesta judaica del sábado por el día del Señor cristiano. Poco antes de su muerte, Constantino hizo representar su persona en una estatua de pórfido bajo la figura de Helios, e incluso la víspera de su fallecimiento restableció una ley antigua por la que «los sacerdotes paganos quedaban exentos a perpetuidad de los tributos inferiores». De sí mismo afirmaba que jamás había cambiado de divinidad a la hora de recogerse a rezar.
En Roma, sacaron a Majencio del fango, le cortaron la cabeza, que fue apedreada y cubierta de excrementos durante el paseo triunfal y luego conducida a África; finalmente, fueron pasados a cuchillo el hijo del vencido y todos sus partidarios políticos, y exterminada toda la familia de Majencio. «Ofreciste clemencia sin hacerte de rogar —dice un panegirista—. Roma exulta de felicidad ante tan fausta victoria.» En efecto, Constantino se presentó con palabras de libertad y no tardó en figurar como «libertador de la ciudad» {liberatori urbis) sobre la piedra y el metal acuñado, como «restaurador de las libertades públicas» y «emperador excelente» {restitutor publicae libertatis, optimus princeps), aunque en realidad los supuestos «liberados» no tardaron en quedar despojados de todo poder político efectivo.23
Primeros privilegios para el clero cristiano
El 29 de octubre, el vencedor prescindió del sacrificio pagano en honor de Júpiter Capitolino; el clero cristiano se vio favorecido inmediatamente después de la batalla. De hecho, había más cristianos en Italia y en África que en la Galia. Y en Roma, donde el Senado hizo construir en honor de Constantino el arco de triunfo que todavía hoy podemos ver junto al Coliseo, quizá fue entonces cuando regaló al obispo Milcíades la domus Faustae con todas sus fincas; se trataba de un palacio imperial que había pertenecido a la familia Laterani y que en aquellos momentos era propiedad de Fausta, la segunda esposa del emperador, que la había heredado de su padre Maximiano. Pero como Fausta no era cristiana, la transmisión del palacio lateranense probablemente no debió de tener lugar hasta después del asesinato de la propietaria. En cualquier caso, ello mejoró en gran medida las condiciones de alojamiento del pontífice romano, en cuyos dominios permaneció dicha sede hasta el año 1308. Además, el soberano cursó instrucciones a los obispos de que ampliasen sus iglesias o construyesen otras nuevas, para lo cual prometía «abundante apoyo de sus propios medios» (Eusebio). En África, que había incorporado a su mandato tras una campaña victoriosa, hacia finales de 312 y comienzos de 313 restituyó las iglesias que habían sido confiscadas, aunque hubiesen quedado en manos de ciudadanos particulares. Y ordena personalmente a Anilino, el procónsul, que se ocupe de «reintegrar las casas y los huertos [...] y todo lo que se halle en manos de ciudadanos o de otras personas» a la Iglesia «con la mayor diligencia posible».24
Además, Constantino apoyó al alto clero con dinero.
«Para las intenciones de la justa y santísima Iglesia católica» recibe Cartago varios cientos de miles de marcos; el emperador en persona, después de entrar en Roma, comunica al obispo Ceciliano que Ursus, «el prestigioso administrador general de los negocios de África, tiene orden de entregarle la suma de 3.000/o//e a tu santidad»; dicha suma (unfollis era una bolsa de unos cien marcos) debía ser repartida entre los obispos de acuerdo con una lista de destinatarios elaborada por Osio, arzobispo de Córdoba, amigo del emperador y consejero suyo para los asuntos religiosos. En caso necesario se aumentaría la contribución, sin importar cuánto pudiese gravar al erario estatal. Porque, como escribió Constantino al patriarca de Cartago (que gracias a estos apoyos ilimitados del emperador pudo resistir a los cismáticos donatistas, eso sí, bajo la condición de que renunciase a la teología sacramental de san Cipriano), «si advirtieres que la suma no alcanza para todos ellos [...], no tengas reparo en pedir lo que sea necesario a Heráclides, el administrador de nuestros dominios». Y, efectivamente, en 313 convocaban un sínodo en Roma..., aunque éste no se celebró en el palacio «papal», ¡sino en el del emperador!25
Al mismo tiempo, el procónsul de África, Anilino, recibió del soberano instrucciones en que se advierte expresamente «de los graves peligros para el Estado» que pueden resultar si se descuida «el máximo respeto al poder altísimo de la divinidad celestial», por lo cual estima imprescindible que aquellos «que se consagran al servicio de dicha santa religión, a los que suelen llamar clérigos, queden exentos a perpetuidad de toda clase de tributos y servicios al Estado». Con lo cual quedaba oficialmente reconocido el clero cristiano como estamento privilegiado.26
Al generoso vencedor, que se consideraba investido de una misión como «protegido (famulus) de Dios», sólo se le oponían ya los dos potentados de Oriente, Maximino Daia, residente en Antioquía, y Licinio, que tenía su sede en Serdica.27
Guerra contra Maximino Daia
Maximino Daia, emperador romano (309-313) y sucesor de Galerio, había sido en tiempos de Diocleciano un riguroso perseguidor del cristianismo en sus dominios, las diócesis de Oriente y Egipto. Después del Edicto de Tolerancia de Galerio, publicado en Nicomedia el 30 de abril de 311, Maximino hizo concesiones, de mala gana indudablemente, y con reservas. En su caso, sin embargo, también «era obvio el cambio decisivo de actitud» en relación con los cristianos (Castritius), y evidentemente falsa la afirmación de Eusebio, cuando dice que Maximino guardó secreto sobre el edicto de Galerio y tomó las disposiciones necesarias «para evitar que fuese conocido en el territorio de su jurisdicción». Más cierto es que al obispo Eusebio, cuando transcribió el edicto, se le olvidó citar el nombre de Maximino entre los firmantes del mismo. Es verdad que éste no lo hizo publicar en su contenido literal, lo que formalmente no era ninguna anomalía, y si lo publicó seguramente sería a insistencia de sus corregentes o bajo la presión de la guerra armenia en que se había embarcado. Ya que este cesar, precisamente, acababa de consolidar el paganismo mediante un sistema de culto unificado y además era el inspirador de una activa propaganda anticristiana; entre otras cosas, imponía las falsas «actas de Pilatos» como lectura obligada en las escuelas. También accedió a los ruegos de las autoridades de Nicomedia, Tiro y otras ciudades que deseaban expulsar a los cristianos «si reinciden en sus malditas locuras», y prometió recompensar «con toda clase de mercedes» el celo de los que lo solicitaban. Según Eusebio y Lactancio, dichos grupos anticristianos de la ciudadanía habían sido instigados por el mismo emperador, lo que al parecer no es cierto, aunque desde luego parece seguro que comulgaba con ellos. De ahí que según Eusebio, este soberano, «el más impío de todos los hombres y el peor enemigo de la devoción», fuese todavía más malo que el emperador Majencio, «enemigo de todo lo noble y perseguidor de toda virtud», que obtuvo por extorsión «enormes sumas» y «exageró su vanidad hasta la locura», además de entregarse a la bebida hasta perder el conocimiento, en «excesos jamás superados por nadie» y «no pasaba nunca por una población sin deshonrar a las casadas y secuestrar a las doncellas», junto con otras cosas del mismo calibre, obligadas en cualquier escrito polémico de la época.28
Como era natural, Maximino Daia encontró el castigo que merecían sus pecados. El «padre de la historia eclesiástica», o incluso «de la historia universal» (según Erhard), detalla, infatigable, los estragos de la venganza divina: «Las lluvias del invierno dejaron de producirse en la cuantía acostumbrada [...], hambres imprevistas [...] seguidas de la peste y de otra enfermedad desconocida [...] por la que incontables hombres, mujeres y niños quedaban ciegos»; por si esto fuese poco (ya sabemos que el Señor jamás abandona a los suyos, véase el Antiguo Testamento), la guerra con los armenios. En una palabra, matanzas, hambre, peste, enfermedad, inundaciones; los humanos vagaban por las calles «como espectros», los cadáveres se amontonaban en las vías públicas «e incluso eran devorados por los perros». Todo esto fue la respuesta del cielo «al desafío imprudente del tirano contra la divinidad» y «a los decretos de las ciudades contra nosotros».29
Como sucede con tantos otros apologistas, al obispo Eusebio le obsesiona el afán de calumniar a todos los enemigos del cristianismo hasta que los deja que no hay por dónde cogerlos, bien sea mediante la «santa exageración» o la «santa mentira». Dice, por ejemplo, que Maximino Daia había sugerido a los antioquenos «que solicitasen como gracia especial del emperador el que no se permitiese residir en la ciudad a ningún cristiano». O como cuando afirma que el emperador no dejó que colgaran las tablas con el edicto de Galerio, o que el interventor de la hacienda municipal, Theoteknos, había «empujado a la muerte» a tantísimas personas. La realidad es que hubo por aquel entonces muy pocos mártires cristianos; el propio Eusebio sólo consigue recordar los nombres de tres..., y ya sabía lo que se decía Jacob Burckhardt cuando escribió del «padre de la historiografía eclesiástica» que no sólo era «el más repugnante de los aduladores», sino también «el primer historiador deliberada y totalmente mendaz de la Antigüedad».30
Y Lactancio no merece mucha más credibilidad. Aunque el emperador Maximino suspendió durante algún tiempo la persecución contra los cristianos en sus dominios (entre julio y noviembre de 309, por antipatía contra Galerio), no por ello dejaba de ser «un monstruo indescriptible», sus dilapidaciones «inmoderadas», sus vicios tales «que nunca se había visto nada parecido». «Castrados y alcahuetes andaban espiando por todas partes, y allí donde encontraban unas facciones bien proporcionadas, el padre y el esposo perdían sus derechos...» y «cuando caía en sus garras un cristiano, lo sacaban en secreto al mar y lo ahogaban». Es el tono que ha predominado hasta hoy en toda la historiografía cuando ha tenido que referirse a este emperador, de manera que aparte algunos intentos de rehabilitación (como los de Stein y A. Piganiol), los autores modernos siguen condenando con unanimidad casi total al «zélote du paganismo» (Grégoire).31
En realidad, Maximino Daia no fue un mal regente. Supo administrar y protegió la literatura y las ciencias, pese a ser él mismo de origen humilde y cultura escasa. Sus persecuciones contra los cristianos, entre los años 311 y 312, bastante «moderadas» por otra parte como resume un estudio reciente acerca de esa figura histórica, «obedecían a instancias de las autoridades locales, motivadas por razones económicas y a las que el cesar, por evidentes razones, no podía negarse» (Castritius), ya que las prácticas cristianas comprometían la potencia económica de las ciudades, y el monarca dependía para todo de las contribuciones de éstas.32
Maximino no era del todo ajeno a ciertos pensamientos religiosos, como cuando escribe en respuesta a las instancias de las ciudades:
«Prosperen las ciudades de la gran llanura y que ellos [los paganos] vean ondear a impulsos de la brisa serena los campos de trigo y los pastizales que la lluvia benéfica habrá sembrado de hierba y floréenlas; y que todos se alegren, ya que por nuestras devociones y sacrificios hemos ganado la benevolencia del poderoso Marte, que nos favorece con la paz y la seguridad de que tranquilamente disfrutamos».33
La paz, sin embargo, no iba a durar mucho. De ello se ocupaban I Constantino y Licinio, despabilados a este efecto por el «Rey de reyes, Señor del Universo y Salvador, dos hombres amados por la divinidad contra los dos tiranos más impíos». Una vez eliminado el primero de éstos, Majencio, en febrero de 313 Constantino renovó en Milán el pacto con Licinio, a quien casó con su hermana Constancia para refrendar el acuerdo. En una constitución, el llamado Edicto de Milán, ambos emperadores concedieron entidad jurídica al cristianismo, y con especial referencia a éste proclamaron la libertad de cultos en todo el imperio. Una vez derribado Maximino, la tolerancia se extendería a la parte oriental, pero ya equiparadas todas las religiones desde el punto de vista jurídico. Maximino, que construía templos en todas las ciudades o mandaba reconstruir los antiguos, y que puso protección a los sacerdotes paganos más notables, adivinó sin dificultad lo que se le venía encima. Durante el crudo invierno de 312 a 313, aprovechó una ausencia de Licinio para invadir Siria; después de conquistar Bizancio y Heraclea, el 30 de abril de 313 se enfrentó en el lugar llamado «Campus Serenus», próximo a Tzirallum, con un enemigo que ostentaba ya divisas cristianas en sus banderas.
Según el padre Lactancio, ésa fue ya una verdadera guerra de religión, juicio con el que coincide Johannes Geffcken cuando la llama «la primera guerra de religión verdadera que hubo en el mundo». Licinio, al que se le había aparecido la víspera «un ángel del Señor», el día de la batalla hizo que los soldados se quitaran los cascos para rezar; sus carniceros «alzaron las manos al cielo», invocaron tres veces el nombre de Dios y luego, «con los corazones llenos de valor, se pusieron otra vez los cascos y alzaron los escudos». Fue entonces que se produjo un milagro, cuando «aquellas escasas fuerzas hicieron una gran matanza». ¡La religión del amor puesta a pintar batallitas! Maximino pudo escapar disfrazado de esclavo en dirección a Nicomedia y luego continuó con sus fieles hacia Cilicia, pasando los montes del Tauro. El mismo año murió en Tarso, suicidado o enfermo, mientras las tropas de Licinio avanzaban ya sobre la ciudad por tierra y por mar.
Sobre el mismo suceso, Eusebio cita dos relatos contradictorios pero no olvida pintar también con regocijo el final de Maximino, «devorado por un fuego invisible que le envió Dios». Lactancio afirma incluso que Maximino se volvió loco y «durante cuatro días arañó la tierra con las manos para comérsela. Más tarde, cuando los terribles dolores le obligaron a golpearse la cabeza contra las paredes, se le saltaron los ojos de las órbitas. Sólo entonces, ciego, vio a Dios que se aprestaba a juzgarle en compañía de una corte celestial de diáconos revestidos de casullas blancas [...] y creyó en Jesucristo, a quien rezaba para que se compadeciera de sus sufrimientos».34
¡La historiografía cristiana!
La «buena nueva» había triunfado por primera vez en todo el Imperio romano y los demás «enemigos de Dios», según Eusebio, es decir, los partidarios de Maximino Daia «fueron exterminados [...] después de largos suplicios»; «sobre todo los que, para halagar al soberano, más habían perseguido a nuestra religión cegados por su soberbia», secongratula el santo obispo. En efecto, Licinio, como cuenta Eduard Schwarz, «documentó su simpatía para con la Iglesia principalmente por medio de un tremendo baño de sangre, acogido por los cristianos con gran griterío de júbilo». Allí perecieron las mujeres y los niños que habían sobrevivido a la actuación de otros emperadores o cesares. Entre otros fueron asesinados Severiano, hijo del emperador Severo (a su vez, asesinado en 307), Candidiano, hijo del emperador Galerio (que había sido confiado por el padre moribundo a la tutela de Licinio); asesinadas también, y de la manera más brutal, Prisca y Valeria, esposa e hija de Diocleciano, junto con los hijos de esta última, pese a las súplicas del anciano emperador, que ya había abdicado y que murió ese mismo año. Asesinada igualmente la esposa de Maximino Daia, un hijo de ocho años y una hija de siete, prometida de Candidiano. Y «también los que se envanecían de su parentesco con el tirano [...] padecieron la misma suerte, tras grandes humillaciones», es decir, fueron exterminadas familias enteras y «borrados de la faz de la tierra los impíos» (Eusebio). También Lactancio comenta que «los impíos recibieron verdadera y justamente, con el juicio de Dios, el pago de sus acciones» y el mundo entero pudo ver su caída y su exterminio, «hasta que no quedó de ellos ni el tronco ni las raíces».35
Guerra contra Licinio
Dos emperadores habían desaparecido; «dos hombres bienamados de Dios», según Eusebio, quedaban. «Para agradecer las mercedes recibidas del Señor, empezaron a limpiar [!] de enemigos de Dios el mundo.» Ya se sabe que ése ha sido siempre un asunto urgente. Seguramente, debió de ser hacia el año 316 (y no en 314 como se dice) cuando Constantino rompió hostilidades contra Licinio en los Balcanes, puesto que la divinidad más alta, según él mismo, «en sus celestiales designios» le había confiado «la dirección de todos los asuntos terrenales». La batalla tuvo lugar el 8 de octubre junto a Cibalae, a orillas del Save, donde Constantino, «faro luminoso de la Cristiandad» (escribe el católico Stockmeier), aniquiló a más de veinte mil de sus enemigos. A ésta le siguió, en Filipópolis, una de las matanzas más espantosas de la época, que no decidió el resultado final, pero en cualquier caso Constantino había logrado arrebatar a su cuñado casi todas las provincias europeas (las actuales Hungría, Bulgaria, Rumania, Dalmacia, Macedonia y Grecia); luego, hizo las paces con él, aunque no fuese ya un «hombre bienamado de Dios», sino un «pérfido enemigo» (según Eusebio), y dedicó diez años al rearme y a la propaganda en favor del cristianismo, ya que en Oriente, por ejemplo en el Asia Menor, la mitad de la población era ya cristiana en algunas zonas. Transcurridos esos diez años, se alzó de nuevo en busca de la «solución final».36
El «salvador y benefactor» había preparado la batalla decisiva mediante una serie de medidas político-religiosas; los cristianos trabajaban a favor de Constantino y desprestigiaban a Licinio como «enemigo del orbe civilizado» incluso en las zonas que eran del diablo. Además, lo cercó mediante un pacto con los armenios, para entonces ya convertidos al cristianismo (véase el capítulo 6), y preparó la futura guerra como cruzada y «guerra de religión» (como ha dicho el católico Franzen):
«Ciertamente, [...] como [si de] una guerra de religión [se tratase]» (C.T.H.R. Ehrhardt), con sus capellanes de regimiento, su lábaro o estandarte con las iniciales de Jesucristo constituido como emblema de la guardia imperial, y con una campaña de «santo entusiasmo». En el bando contrario, Licinio re vitalizó el paganismo y persiguió a la Iglesia prohibiendo los sínodos, despidiendo a los cristianos del ejército y del funcionariado, poniendo trabas a la celebración pública del culto y promulgando diversos castigos y destrucciones; al mismo tiempo, celebró cultos y oráculos e hizo poner en sus banderas las imágenes de diversos dioses, «contra el falso dios extranjero» y «su bandera deshonrosa». En realidad, lo que importaba a uno y a otro era el poder exclusivo, la monarquía universal. En el verano de 324 se enfrentaron dos ejércitos de tamaño descomunal para la época (los soberanos incluso habían desguarnecido las fronteras); 130.000 hombres, según se afirma, con 200 naves de guerra y más de dos mil barcos de transporte por parte de Constantino, y 165.000 hombres (entre los cuales un fuerte contingente godo bajo el mando del príncipe Alica) con 350 naves de guerra por parte de Licinio, cifras que implican el más ruinoso saqueo de todos los recursos del imperio. El 3 de julio fue derrotado el ejército de Licinio en tierra, y lo mismo su flota en el Helesponto; el 18 de septiembre perdió la última y definitiva batalla de Crisópolis (la actual Skutari), frente al Cuerno de Oro, en la orilla asiática del Bosforo.37
Decisión del cielo, qué duda cabe. Tanto había rezado el «santo y puro» Constantino, tanto había insistido en que sus tropas lanzasen tres veces el grito de guerra: «Dios todopoderoso, a ti y sólo a tí clamamos y de ti esperamos la victoria». Cuarenta mil cadáveres quedaron sobre el campo de batalla. La flota al mando de Crispo, que contaba entonces diecisiete años, embistió al enemigo en los Dardanelos y los restos fueron aventados además por un temporal milagroso junto a los acantilados de Gallipoli, hundiéndose 130 naves y 5.000 marineros. (Pero, en 1959, el teólogo católico Stockmeier comentaba las carnicerías constantiniañas escribiendo que «todos los emperadores cristianos han procurado emular ese ejemplo, faro espiritual y guía de príncipes».) Después de la derrota de Crisópolis a Licinio le quedaron unos treinta mil seguidores. A ruegos de Constancia, Constantino juró respetarle la vida, pero un año más tarde y estando Licinio en Tesalónica, donde se dedicaba a conspirar con los godos según se cuenta, fue estrangulado junto con Marciniano, su generalísimo. En todas las ciudades del Oriente comenzó el exterminio de los más notables partidarios de Licinio, con o sin juicio. Así que después de diez años de guerra civil y continuas campañas de agresión por parte de Constantino, este «general victorioso cíebelador de todas las naciones» y «caudillo del orbe entero», como se hizo titular, quedaba (y con él, el cristianismo) vencedor definitivo y dueño del Imperio romano."
Ahora bien; mientras Constantino mantuvo una postura ambigua y Licinio pasaba por ser el patrono y el protector de los cristianos, Eusebio naturalmente cultivó la adulación de Licinio; el célebre obispo, que iba modificando las sucesivas versiones de su obra con arreglo no sólo al «estado de los conocimientos», sino también atendiendo al resultado «de sus cálculos políticos» (Vogt), escribió páginas y más páginas encomiásticas. Mientras ambos emperadores fueron aliados, ambos eran predilectos del Señor, según Eusebio y Lactancio, «destacados por su prudencia y por su temor a Dios», e iban a servir de instrumento divino para «limpiar la tierra de impíos». El mismo Eusebio reconoce que Licinio favoreció «constantemente» a los cristianos por medio de sus edictos, concediendo privilegios y dinero a los obispos. Es por eso que su cabeza, lo mismo que la de Constantino, aparece con halo de santidad o «nimbo» en las monedas, como símbolo de la iluminación divina. En cambio, cuando Constantino se enemistó con Licinio, los «padres» corrigieren sus textos y Licinio pasó a ser hermano del mismísimo diablo. En las últimas ediciones de su Historia de la Iglesia, Eusebio tachó párrafos enteros. Licinio, antes «parangón de la virtud y de la piedad», pasó a ser, en la transcripción de Barney, «un monstruo depravado», un «infame», un «impío», «hombre que ofende a Dios», «que ignora las leyes», que «odia a toda la humanidad», que «mereció la ceguera y la locura por su maldad congénita». Sobre sus seguidores recayó la amenaza de excomunión promulgada por el Concilio de Nicea.39
La brutalidad de Licinio quedó bien patente con el exterminio de las familias imperiales; en ese momento todavía era la niña de los ojos de los historiadores eclesiásticos. Entre sus víctimas hubo también filósofos inocentes, o mejor dicho, fue un gran enemigo de la gente de letras en general y de los jurisconsultos en particular, «esa peste venenosa del Estado», como solía decir. Por otra parte, y pese a hallarse el cristianismo mucho más difundido en la parte oriental, Licinio nunca fue tan benevolente con los cristianos como Constantino; por ejemplo, nunca pensó en delegar competencias estatales a la Iglesia, ni permitió intromisiones en asuntos de administración pública o política económica. Redujo gastos cortesanos y gravó fuertemente las grandes propiedades. Además, intentó ayudar al campesinado, clase social muy perjudicada por aquel entonces y de la que él mismo procedía.40
En cambio, el emperador cristianísimo y su Iglesia, cada vez más enriquecida, no sólo adoptaron políticas muy diferentes, sino que además clasificaron a la humanidad entera en buenos y malos, patrón que nos resulta familiar desde el Antiguo y el Nuevo Testamento, así como en otras culturas no cristianas, y perfectamente adaptado a la ideología religiosa de Constantino. Este sistema tan útil, sobre todo para combatir a los colectivos insumisos, no ha sido abandonado jamás por la Iglesia, y vemos que parecida estrategia demagógica ha seguido funcionando en boca de nuestros caudillos durante nuestro mismo siglo, a raíz de la división entre Oriente y Occidente. A la Iglesia y a la cristiandad nunca les han faltado demonios que combatir, y así les pasó a muchos emperadores de la era anterior a Constantino, lo mismo que a Majencio, Maximino Daia y finalmente a Licinio. El protector del propio bando, en cambio, es «el príncipe prudente amado de Dios», el «emperador bondadosísimo» que da muestras de clemencia incluso para con los mismos diablos, a imagen y semejanza del que accedió a tener por cuñado a uno de ellos, «admitiéndole en la nobleza de cuna imperial».41
Así resalta más la ingratitud de los pérfidos, la maldad de los «tiranos impíos». Todo en vano, naturalmente, estando Constantino como estaba «en amistad con el Señor, su protector y refugio», de tal manera que pudo librarse siempre de las «asechanzas del traidor» y aparecer en los escenarios (y los campos de batalla) de la historia como «gran luz y salvador en medio de las tinieblas de la noche más oscura», como «benefactor», «protector de los buenos», «príncipe excelentísimo», «salvador», que cosechó sus victorias sobre los impíos «en merecida recompensa por su religiosidad», viéndose en el apuro de «tener que eliminar [!] a algunos descreídos en bien de la mayor parte de la humanidad». Y así Licinio «fue destruido y arrojado al fango. En cambio, su poderoso vencedor, Constantino, adornado de todas las virtudes del hombre temeroso de Dios, entró en posesión de todas las provincias orientales que le pertenecían, y cuya soberanía compartió con su hijo Crispo, queridísimo del Señor y semejante en todo a su padre. [...] Libre quedaba la humanidad del temor a sus antiguos tiranos, para celebrar la victoria con fastuosas fiestas de luz».42
El clero católico, cada vez más favorecido
Evidentemente, se inauguraba el paraíso terrenal, para los «obispos de la corte» constantiniana al menos, y para la jerarquía católica, cuyo servilismo frente al emperador asumía, como Eusebio en sus escritos, «el tono de salmista cuando habla del Señor» (Kühner). Otros hacían coro, como los padres de la Iglesia Ambrosio, Crisóstomo, Jerónimo, Cirilo de Alejandría. Y no les faltaban motivos. La religión cristiana, antes perseguida, pasaba a ser reconocida y oficial; más aún, la Iglesia católica y sus prelados disfrutaban de crecientes privilegios que les valían poder y riquezas.43
Las muestras del favor imperial no se redujeron a los privilegios dispensados después de la batalla del puente Milvio (año 312), ni se circunscribieron a Roma, donde el líber pontificalis, es decir, la crónica oficial del papado pinta «un cuadro imponente del rápido enriquecimiento de las iglesias romanas» (Caspar). Dichas iglesias, la basílica lateranense. San Pedro, San Pablo, no sólo poseían fincas en la capital y sus cercanías, sino además en el Mediodía italiano y en Sicilia. El emperador hizo donación al clero de grandes propiedades en Siria, en Egipto, así como en Tarso, Antioquía, Alejandría y otras grandes ciudades. Debemos tener en cuenta que las donaciones orientales suponían, además de rentas, operaciones de importación sobre todo en el mercado de especias y esencias de Oriente, muy apreciadas por los romanos. En una palabra, empezaba a acumularse el célebre Patrimonium Petri, del que tendremos ocasión de ocuparnos muy a menudo más adelante.44
Constantino mandó «multiplicar y difundir los libros de inspiración divina [...] en ediciones de gran esplendor». Sobre todo, fue aficionado a construir basílicas monumentales, siete de ellas sólo en Roma, «espléndidamente dotadas, muchas veces sin reparar en el detrimento del erario imperial». En la decoración se gastaban metales preciosos y, para mayor magnificencia, las fundaciones iban acompañadas de generosas donaciones de fincas de Italia, África, Creta, las Galias (uno de cuyos templos disfrutaba de una renta anual de más de 14.000 sueldos, que equivalían a 200 libras de oro). Sólo la Iglesia romana recibió de Constantino más de una tonelada de oro y casi diez toneladas de plata. La más grande de las «casas de Dios» en Roma, y con mucho la mejor dotada, la Basílica Constantiniana se emplazó, atendiendo a consideraciones de estrategia militar, sobre los fundamentos de un antiguo cuartel, que lo había sido de los equites singulares imperatoris, es decir, de la guardia montada del emperador. La construcción de dicha basílica «constantiniana», dicho sea de paso, fue iniciada por Majencio.45
En tiempos de Constantino empieza la metonimia (tanto en latín como en griego) de la palabra «iglesia» para significar tanto la comunidad de los creyentes como el edificio, antes llamado también templum, aedes y otros nombres. Constantino siguió erigiendo iglesias en Ostia, Alba, Ñapóles, y también en Asia Menor y Palestina; como él mismo escribió a Eusebio, «todas ellas deben ser dignas de nuestro amor al fasto» y monumentos a sus victorias. Muchas de ellas se construyeron sobre el solar de los templos paganos derribados y fueron financiadas por las autoridades locales, militares o civiles, de acuerdo con las órdenes del soberano. Eusebio nos cuenta que «cursó instrucciones a los gobernadores de las provincias orientales para que las donaciones fuesen abundantes, y aun sobreabundantes». El obispo Macario de Jerusalén, por ejemplo, recibió orden de construir una basílica «cuya magnificencia no sólo debe exceder a la de todas las conocidas, sino a la de cualquier monumento que pueda encontrarse en ésta o cualquier otra ciudad». Después de la victoria sobre Licinio, dispuso que en los territorios usurpados se aumentase «la altura de las casas de oración, y también la planta» de las iglesias del Señor, «sin escatimar gastos, y acudiendo al erario imperial cuando fuese preciso para cubrir el coste de la obra». Y recomienda «la mayor diligencia» en restaurar y ampliar las iglesias existentes o construir otras nuevas. «Lo que precises para ello, tú mismo lo demandarás personalmente o por emisario tuyo, al igual que los demás obispos, de los generales o gobernadores de vuestras provincias.»46
Ahora bien, todas estas iglesias —la basílica de San Pedro de Roma, la del Santo Sepulcro de Jerusalén, inaugurada por el emperador en persona (335), cuya pompa debía ser superior a la de todas las demás, la del Nacimiento en Belén, la de los Apóstoles y la de la Paz (Irene) en Constantinopla, la gran basílica de Antioquía, las de Tiro y Nicomedia, dotadas con fastuosidad «verdaderamente imperial», «decoradas con múltiples y riquísimas ofrendas votivas de oro, plata y piedras preciosas»— consumían sumas inmensas. Tanto más por cuanto la manía constructora del emperador era emulada por los demás miembros de la familia imperial, y sobre todo por su madre, Elena. Eusebio, como cronista de la corte, no se cansa de alabar «la generosidad inagotable de las donaciones imperiales». «Hemos visto cómo las iglesias fueron restauradas de su ruina hasta alcanzar alturas jamás vistas, y dotadas de un esplendor que nunca tuvieron las antiguas, destruidas durante la persecución [...], tal como si hubiese desaparecido de una vez por todas la abominación de la idolatría.» A pesar de ello, durante todo el siglo IV no cristalizó un estilo artístico cristiano, ni puede advertirse ninguna preferencia hacia un estilo determinado.47
Pero ¿a qué venían aquellos dispendios exorbitantes en la construcción de templos monumentales, esquilmando para ello a la población, no imitados por ningún otro emperador hasta el reinado de Justiniano en Bizancio? Indudablemente, Constantino pretendía demostrar «en quiénes confiaba como sostén de su imperio» (Doerries).48
Sin embargo, eso no fue todo, ni mucho menos.
El propio Eusebio se refiere una y otra vez a las «ricas ofrendas votivas», incluso «para favorecer a los pobres y promover la rápida adopción de la doctrina salvífica». Aquí encontramos otro privilegio tradicional del clero. «Pero la Iglesia de Dios fue distinguida sobre todo por su generosidad.» Y lo más importante, «honró principalmente a aquellos hombres que más habían destacado en consagrar sus vidas a la sabiduría divina». En más de un sínodo o inauguración del templo, fueron recibidos por el soberano «en magníficas fiestas y banquetes», o bien «obsequiados con ricos presentes de acuerdo con su rango y dignidad». «Los obispos recibieron cartas y honores del emperador, así como frecuentes donaciones en dinero»: la frase citada se refiere al caso de Licinio.49
El clero, en particular, recibió de Constantino «las más grandes honras y distinciones, en tanto que hombres consagrados al servicio del Señor». Una y otra vez reitera que «fueron honrados y envidiados a los ojos de todos», «acrecentó su prestigio mediante leyes y decretos», «la generosidad imperial abrió de par en par las arcas del tesoro y distribuyó sus riquezas con mano generosa». Y no fueron pocos los obispos que se vieron así en condiciones de emular la grandiosidad y el fasto <^e la corte imperial misma. Recibieron títulos especiales y sahumerios de incienso; se les rendía honores de rodillas, se les sentaba en tronos concebidos a imagen y semejanza del trono de Dios.50
¡A otros les recomiendan la humildad en sus sermones! Tantas y tales fueron las muestras del favor de Constantino, que la influencia y el poder económico de los obispos aumentaron rápidamente. Participaban del reparto gratuito de trigo. En favor de ellos y sólo para ellos el emperador anuló las leyes que desfavorecían a las personas solteras o sin hijos. Los equiparó a los más altos funcionarios, los que no estaban obligados a la genuflexión en presencia del soberano. Quedaron autorizados a usar el correo imperial, y fue tal el abuso que hicieron de este privilegio que bajo el reinado del sucesor, Constantino II, dicho servicio quedó casi arruinado en muchas provincias. (El correo imperial tenía dos modalidades, el cursus clabularis, que utilizaba carretas de bueyes, y que fue el autorizado a los obispos, y el cursus velox, es decir, el servicio urgente.) En 313, las autoridades eclesiásticas quedaron dispensadas de las muñera, es decir, de la obligación de prestar servicio personal a la ciudad y al Estado; mediante otra ley posterior, se libraron también de pagar las tasas sobre los oficios (ya se sabe que los eclesiásticos siempre tienen otra actividad económica al margen). La justificación:
«Indudablemente, los beneficios que obtienen con sus talleres deben revertir en caridades para los pobres». Estos privilegios fiscales, entre otros muchos de que disfrutaban, motivaron que muchos ricos intentasen abrazar el estado eclesiástico para evadir impuestos, corruptela que hubo de ser prohibida expresamente por el emperador en 320, ¡ya vemos que se habían dado prisa! En 321, las iglesias fueron autorizadas a recibir herencias, derecho que los templos paganos nunca habían disfrutado, salvo casos especialísimos. En cambio, para la Iglesia este privilegio resultó tan lucrativo, que apenas dos generaciones más tarde el Estado se vio en la necesidad de promulgar un decreto «contra el expolio de los devotos más crédulos, sobre todo las mujeres» (Caspar). Ello no fue obstáculo para que, sólo un siglo después, el patrimonio eclesiástico hubiese alcanzado proporciones gigantescas, al ser cada vez más numerosos los cristianos que «por la salvación de su alma» hacían donaciones a la Iglesia, o dejaban fortunas enteras. Esa costumbre se convirtió en una especie de epidemia durante la Edad Media, apoderándose la Iglesia de una tercera parte de la extensión de toda Europa.51
Nada nuevo, en principio, pues ya los sacerdotes paganos acostumI braban a arrimarse al frondoso árbol del Estado para lucrarse, para arrebatar privilegios y obtener dispensa de tributos y alcabalas..., justificándolo siempre en razón de la utilidad de la religión para ese mismo Estado y observaba que allí los sacerdotes, que le parecieron más hábiles que los de otras provincias, eran dueños de la tercera parte del país y «no pagaban tributos de ningún género». Cien años más tarde, el prefecto de Egipto dispensó de la prestación personal en forma de trabajo en el campo a los sacerdotes del dios cocodrilo de Arsinoe; como se ve, era una excepción poco frecuente. Y otro siglo después, cuando un despacho administrativo de Egipto transmitía la instancia de «numerosos sacerdotes y arúspices» en petición de una dispensa similar, estos peticionarios se remitieron a «las leyes sagradas» y al precedente establecido por aquel prefecto de Egipto. Algunos sacerdotes la justifican aduciendo que necesitaban mucho tiempo para educar a sus hijos con vistas a hacerlos también sacerdotes, lo cual era indispensable «a fin de preservar la crecida del sagrado río Nilo y la prosperidad eterna de nuestro emperador y señor».52
Junto a estos privilegios generales del clero, no faltaban las peticiones adicionales de carácter privado. Así, por ejemplo, hacia el año 336 el obispo católico de Oxyrhyncos solicitaba a un funcionario municipal la dispensa de sus obligaciones de administrar varias fincas y tutelar a varios menores de edad. (Al mismo tiempo, ese funcionario recibía otra petición, ésta de un «sacerdote del templo de Zeus, de Hera y de las grandes divinidades» de la localidad, «servidor y curador de las estatuas».)53
Incluso los cristianos de a pie recibieron las mercedes de Constantino. Los ciudadanos de Maiuma, distrito portuario de Gaza, en Palestina, se convirtieron en masa y adquirieron así su autonomía municipal, con lo que dejaron de depender administrativamente de Gaza hasta el reinado de Juliano. En el año 325, una ciudad frigia solicitaba privilegios fiscales con el argumento de que todos sus habitantes, sin excepción, eran cristianos.54
Tanto confiaba Constantino en los prelados, que incluso les delegó parte de las atribuciones del Estado. En los juicios, el testimonio de un obispo tenía más fuerza que el de los «ciudadanos distinguidos» (honoratiores) y era inatacable; pero hubo más, los obispados adquirieron jurisdicción propia en causas civiles (audientia episcopalis). Es decir, cualquiera que tuviese un litigio podía dirigirse al obispado, cuya sentencia sena «santa y venerable», según decretó Constantino. El obispo estaba facultado para sentenciar incluso en contra del desee expreso de una de las partes, y además el fallo era inapelable, limitándose el Estado a la ejecución del mismo con el poder del brazo secular; procede observar aquí hasta qué punto eso es contrario a las enseñanzas de Jesús, adversario de procesos y juramentos de todas clases, quien dijo no haber venido para ser juez de los hombres y que dejó mandado que cuando alguien quisiera quitarle a uno el vestido mediante un pleito, se le regalase también el manto. Pues bien, Constantino concedió a los obispos atribuciones judiciales y también el poder para liberar a los esclavos, la llamada manumissio in ecciesia, seguramente a instancias del obispo Osio de Córdoba, que era el más importante de entre sus consejeros cristianos y residió en la corte imperial desde el año 312 hasta el año 316. Cualquier clérigo podía darles la libertad en el lecho de la muerte aun sin testigos ni documento escrito. «Pronto se convirtió la Iglesia en un Estado dentro del Estado» (Kornemann).55
Los favores imperiales de que disfrutaba el clero cristiano/llegaron a ser tan considerables, que muchos funcionarios municipales intentaban alcanzar algún cargo eclesiástico, hasta que el emperador lo prohibió expresamente en 326, y aun tres años después fue necesario reafirmar la prohibición: «No se multiplique sin necesidad el número de eclesiásticos;
y que cuando uno de éstos fallezca, se elija a otro que no tenga parentesco entre los decuriones [regidores de la ciudad]». En cuanto al derecho ilimitado a ser beneficiario de herencia, mandas, legados y donaciones, a la Iglesia le resultaba tan lucrativo que en 370 le fue retirado, por lo que Jerónimo protestaba en 394: «¡Bien que pueden heredar los sacerdotes idólatras, los actores, los cocheros y las prostitutas!».56
Constantino como salvador, libertador y vicario de Dios
Sin embargo, es evidente que Constantino, homo politicus al fin y al cabo, tendría sus motivos para dispensar tantos honores, favores y riquezas. Al contrario que el pueblo ingenuo, los que mandan nunca dan nada «por el amor de Dios». No existiendo en aquella época librepensadores —según la opinión autorizada—, poco nos importa saber si el emperador, que durante algún tiempo y antes de manifestarse como cristiano fomentó con más asiduidad que ninguno de sus predecesores el culto al sol, fue en realidad un creyente sincero y hasta qué punto. Cuando era soberano en las Galias, donde los cristianos eran relativamente poco numerosos, apenas hizo ningún caso de ellos. Sólo cambió cuando pasó a reinar sobre Italia y el norte de África, donde aquéllos abundaban más, y no digamos después de conquistar las provincias orientales, casi totalmente cristianizadas. El hecho decisivo es que Constantino, hombre del «cambio», «revolucionario», pasó y pasa por haber sido cristiano y más aún, ejemplo magnífico de príncipe cristiano ideal. En este sentido, nos importan sobre todo las consecuencias de su política, «conducida en nombre del cristianismo y con plena colaboración por parte de éste», consecuencias que a través de merovingios, carolingios, Otones y el sacro Imperio romano germánico han empapado toda la cultura europea y se han prolongado hasta nuestros días. Rudolf Hernegger dice no conocer ningún otro personaje histórico «cuya influencia haya permanecido tan invariable a lo largo de diecisiete siglos», y subraya, a nuestro entender con razón, que «desde hace mil setecientos años ha merecido la Iglesia el epíteto de "constantiniana"».57
Constantino, un gran viajero desde su primera juventud, y muy bien informado en materia de política religiosa, pudo contar con los cuadros dirigentes de la Catholica, la organización más sólida y más fuertemente disciplinada de la época. En esta organización quizá vería un modelo útil para la que pensaba imprimir a su propio imperio, de manera que la conversión del emperador seguramente obedecería más a móviles políticos que religiosos, cosa que en aquellos tiempos no suponía ninguna distinción estricta, y tal vez se debía mucho a «consideraciones militares» (Chadwick).

Los antecesores de Constantino temieron a los cristianos y algunos de ellos los combatieron. En cambio, él los favoreció y así los ganó para su causa, hasta el punto que se llamaba a sí mismo «obispo para asuntos exteriores» {episkopos ton ektós) de la Iglesia, o como ironizaba Grégoire, «el gendarme de la Iglesia». En efecto, puso el clero a su servicio y le impuso su voluntad. «Pronto dominó al episcopado lo mismo que a su funcionario y exigió obediencia incondicional a los decretos públicos, aun cuando éstos interviniesen en los asuntos internos de la Iglesia» (Franzen, católico). La Iglesia ganaba influencia pero perdía independencia, y esto empezaron a verlo algunos ya durante el siglo iv; pasaba a ser parte del imperio, en vez de ser éste una parte de la Iglesia. Los obispos debían gratitud al emperador, su protector, que tanto los había favorecido. Y le obedecían; él era el amo, convocaba concilios e incluso decidía en cuestiones de fe, por confusa que fuese su propia cristología (pero... ¿cuál no lo es?), imponiendo fórmulas, que él y sus sucesores obligaron a respetar. Él y ellos hicieron la Iglesia del Estado, «en donde la palabra del emperador, sin llegar a ser mandamiento máximo, tenía sin embargo un peso decisivo y no sólo en cuestiones de orden externo, sino también en temas de doctrina» (Aland). Y aunque Constantino, cuando venían mal dadas, siguiera consultando las señales del cielo y las visceras de los animales, sin embargo hizo cristianizar a toda su familia y acabó por recibir también el bautismo, haciéndose llamar salvador designado por Dios, enviado del Señor y hombre de Dios. Declaró que le debía todo cuanto era y había alcanzado «al Dios más grande», ordenó que se le rindieran honores como «representante de Cristo» {vicarios ChristÍ) y que le enterrasen como «decimotercer Apóstol».58
Cierto que hubo de renunciar al título de divus que habían ostentado Diocleciano y sus corregentes. Este título, tradicional entre los emperadores romanos, significaba una categoría de «divinidad» algo inferior a los dioses del Olimpo, pero cercana a éstos de todas maneras y con pretensiones de recibir culto, de tal manera que el emperador era sacer y sanctus. Paganos y cristianos debían saludarle con la genuflexión, de la que tal vez sólo estaban dispensados los obispos. Y también era sagrada cualquier cosa que él hubiese tocado. (Sanctus y sanctitas, nociones bien habituales del paganismo, fueron predicados de la dignidad imperial.)
El punto central de la nueva capital de Constantino, que recibió su nombre, era la corte, de lujo exagerado a la manera oriental, construida «iubente Deo», es decir, por orden divina, sobre un terreno cuatro veces más extenso que la antigua Bizancio y con ayuda de cuarenta mil operarios godos. Con la fundación de esta «nueva Roma», la antigua capital del imperio quedaba definitivamente relegada a un segundo puesto; se reforzaba la influencia del Oriente heleno y se agudizaban los conflictos entre la Iglesia oriental y la occidental. Constantino, por su parte, superó a los antiguos emperadores cuando denominó a su palacio, prototipo de la basílica primitiva y «casa del rey», no «campamento» (castra) como aquéllos, sino templo (domus divina), a imagen y semejanza de la sala del trono celestial. Y mucho antes que los papas, se hizo llamar vicario de Cristo y más que obispo, nostrum numen, «nuestra divinidad», junto con el predicado de «sacratissimus», que luego ostentaron los emperadores cristianos durante varios siglos e incluso algunos obispos. Relacionado con ello, la casa privada del soberano, sacrum cubiculum, adquiría «mayor relevancia» (Ostrogorsky), al igual que todo lo tocante a su persona; la sala del trono tenía forma de basílica, como si fuese un santuario, y se creó un ceremonial de recio sabor eclesiástico, que más tarde los emperadores bizantinos intensificaron, si cabe.59
En estas épocas en que incluso ciertos individuos particulares adquirían categoría de semidioses, al emperador se le reconocía naturaleza (casi) divina, como lo indica la ceremonia de la «proskynesis»: los que comparecían a su presencia se arrojaban al suelo, de cara a tierra. Estas modas fueron introducidas por los emperadores paganos desde antes de Nerón, que ostentó los títulos de caesar, divus y soler, o sea, emperador, dios y salvador; Augusto se hizo llamar mesías, salvador e hijo de Dios, lo mismo que César y Octaviano, libertadores del mundo. Este culto al soberano ejerció una profunda influencia que se refleja en el Nuevo Testamento, con la divinización de la figura de Cristo. La Iglesia prohibía rendir culto al emperador, pero asumió todos los ritos del mismo, incluyendo la genuflexión y la adoración de las imágenes; recordemos que la figura laureada del emperador recibía culto popular con cirios e incienso.60
Claro está que estas demostraciones de culto no iban ya dirigidas al emperador, sino a Dios, a quien se adoraba en la figura de aquél, truco teológico mediante el cual, si bien se subrayaba verbalmente el aspecto devocional en las apologías, en la práctica significó que se mantenían las mismas costumbres de antes (en Bizancio, hasta el siglo xv). Y también los monarcas cristianos imitaron el ceremonial cortesano y los cultos del imperio de Oriente. Recibieron culto religioso y trato de divinidad aunque, siguiendo la inspiración constantiniana, no directamente dirigidos a su persona, sino en calidad de representantes de Dios en la tierra, ya que a través de ellos habla y actúa la voluntad divina. El emperador, y este punto es de importancia fundamental, actúa por encargo de Dios, como si dijéramos, y por tanto no se somete a ninguna crítica ni rinde cuentas a nadie. Su voluntad es ley, su Estado es «el Imperio de la arbitrariedad»; la constitución es una autocracia al estilo oriental, y la jurisprudencia deja de existir lo mismo que las antiguas diputaciones de las provincias. No hay ciudadanos, sino subditos, para no hablar de derechos humanos de ninguna especie. La razón siempre está de parte del emperador, del Estado, y ya la Iglesia antigua se encargó de corroborar este extremo desde el punto de vista teológico, con notable unanimidad. De tal manera que, en la mentalidad de los cristianos bizantinos, todo el imperio se convierte en un corpus politicum mysticum, y el propio Constantino, a su muerte, es proclamado divus oficialmente. Las monedas acuñadas en las cecas de sus hijos cristianos nos lo presentan subiendo a los cielos, lo mismo que se hizo con su padre. Delante de sus estatuas colocan lámparas y cirios y se ora para solicitar la curación de enfermedades. En el hipódromo tenía una estatua de cuerpo entero, llevando en la mano el cetro dorado de la ciudad; el regente de tumo y la población entera debían saludarla, puestos en pie, con una reverencia.61
Tan pronto como se vio soberano único, Constantino aumentó la pompa de su residencia; las obras empezaron inmediatamente después de la victoria sobre Licinio (324). Tomó prestado del ceremonial cortesano de los persas y los indios. Ante el ejército se presentaba revestido de una coraza de oro con piedras preciosas; ante el Senado, en ropa de gala y cubierto de joyas. A sus vestidos se les reservaba la seda púrpura, a sus imágenes el mármol de Egipto. En las audiencias, sólo él podía estar de pie, en medio de un círculo de pórfido exclusivo. Inventó nuevos y sonoros títulos para sus dignatarios; en fin, la vida cortesana se hizo cada vez más fastuosa.62
Al mismo tiempo, Constantino creó en su palacio, tan suntuoso, una comunidad cristiana a la que reunía para contemplaciones bíblicas y oraciones comunes. Por otro lado, se dice de él mismo que rezaba a Dios, que solía entrar en una tienda dispuesta para oraciones antes de una batalla y que incluso pronunciaba discursos teológicos sobre cuestiones fundamentales de la fe.63
En estos momentos, los obispos y padres de la Iglesia veían en él un carisma especial, lo comparaban con Abraham y Moisés, elogiaban su «religiosidad», le llamaban «caudillo amado de Dios» y «obispo de todos, nombrado por Dios» {koinós episkopos), «el único de todos los emperadores romanos que ha sido amigo de Dios», y sin que nadie los contradijera, «salvador» y «libertador». Dijeron que era «un ejemplo de vida en el temor de Dios, que ilumina a toda la humanidad», e hicieron de él un prototipo de príncipe cristiano. Estas fórmulas seguirían influyendo en la posteridad, incluso hasta la época moderna, a través de la trilogía Dios-Cristo-Emperador (gozando la forma monárquica de gobierno más alta consideración que ninguna otra). No es la historiografía profana, sino la eclesiástica, quien le ha dado el sobrenombre de «el Grande», y «con plena justificación» por cierto, según el católico Ehrhard. En la Inglaterra medieval se alzaban todavía capillas con su nombre. Y en pleno siglo xx se quiere ver en su figura, todavía, «una actitud de firme fe cristiana», «celo misionero» (el católico Baus), «una profundización gradual en el espíritu del cristianismo y una afición cada vez mayor a la religiosidad» (el católico Bihimeyer); se le celebra todavía como «ejemplo luminoso [...] de la cristiandad», «princeps christianus» (el católico Stockmeier), «cristiano según el corazón y no sólo por gestos externos» (el protestante Aland). La Iglesia oriental le tiene como «decimotercer apóstol»; a él y a su madre los cuenta entre los santos, y muchas iglesias griegas tienen su imagen y celebran con gran pompa su festividad el 21 de mayo. Así, Constantino, «el más religioso de todos los emperadores» (religiosissimus Augustas) se convirtió «en figura ideal, no sólc? de un emperador cristiano, sino del príncipe cristiano por antonomasia» (Lówe).64

De la Iglesia pacifista a la Iglesia del páter castrense
Ese príncipe, inhumado entre las estelas funerarias de los apóstoles y santificado por la Iglesia oriental —aunque no faltan en la occidental héroes del mismo género, Carlomagno por ejemplo, llamado carnicero de sajones aunque sus hazañas se extendieron a otras muchas tribus, o Enrique II, «mil delincuentes santificados» (Helvetius) —, ese santo Constantino que jamás perdió una batalla, «hombre de guerra» (Prete), «personificación del perfecto soldado» (Seeck), libró incontables guerras y grandes campañas, la mayoría «de una dureza terrible» (Kornemann). En verano u otoño de 306, contra los bructerios, primero en territorio romano y luego invadiéndolos. En 310, otra vez contra los bructerios;
incendia las aldeas y ordena el descuartizamiento de los cabecillas. En 311, contra los francos; los jefes de las tribus pagan con la vida. En 314, contra los sármatas, ya vencidos por él mismo en tiempos de Galeno, mereciendo ahora el título de «gran debelador de los sármatas» {sarmaticus maximus). En 315, contra los godos (gothicus maximus}. En 320, su hijo Crispo derrota a los alamanos; en 332, es él mismo quien nuevamente derrota a los sármatas. Todo ello le vale un rico botín y millares de prisioneros, deportados a tierras romanas como esclavos. En 323, vence a los godos y ordena quemar vivos a todos los aliados de éstos. Los sobrevivientes también son arrojados a la esclavitud; nuevo título: «gothorum victor triumphator». Nueva fundación: los juegos «ludí gothici», que se celebran todos los años del 4 al 9 de febrero (después de haber fundado los «juegos francos»). Durante los últimos decenios de su vida, Constantino combatió a menudo en las regiones danubianas, tratando de hacer «tierra de misión» de ellas (Kraft), e inflige a los germanos derrotas que influyeron hasta en la historia religiosa de éstos (Doerries). En 328, somete a los godos en Banat. En 329, Constantino II casi extermina un ejército de alamanos. En 332, padre e hijo aplastan nuevamente a los godos en Marcianópolis; el número de muertes, incluso por hambre y congelación («/ame et frigore», como dice el Anónimo Valesiano), se calculó en cientos de miles, sin exceptuar a mujeres y niños víctimas del «gran debelador de los godos». En el mismo año de su fallecimiento, el «creador del imperio mundial cristiano» (Dólger), a instancias del clero armenio sobre todo, se hallaba preparando una expedición contra los persas, a quienes se proponía vencer en una verdadera cruzada, con muchos obispos de campaña y capilla portátil de todo el instrumental litúrgico.65
Nada nuevo tampoco, en el fondo. La religión siempre estuvo íntimamente asociada con las batallas, desde el primer momento. Las naciones siempre tuvieron dioses de la guerra, los dirigentes combatieron a las órdenes y bajo la aprobación de éstos. En la India, los sacerdotes acompañaban al general. Los ejércitos de los germanos solían reunirse en el bosque sagrado y ostentaban en las batallas los símbolos del culto;
«los sacerdotes prestaban el servicio de las armas al cristianismo» (Andresen/DenzIer). En sus campañas, los romanos apreciaron en mucho el apoyo de la religión: Marte, el dios de la guerra, tenía templos en el Campo de Marte, en la vía Apia, en el Circus Flaminius, y otro bajo la advocación de Utor (vengador) en el Foro Augusto. Sus fiestas se celebraban en marzo y octubre, seguramente coincidiendo con las épocas tradicionales de comienzo y final de las campañas bélicas; se limpiaban los cuernos de la guerra el 23 de marzo y el 23 de mayo, y los caballos eran bendecidos. Los salios, sacerdotes danzantes, ejecutaban una danza sagrada. Eran propietarios de un escudo caído directamente del cielo e invocaban a los dioses mediante el carmen saliare; igualmente, los generales, antes de ponerse en campaña, debían agitar las «lanzas de Marte» al grito de: «¡Despierta, Marte!». Más importante aún era el papel de la religión en las guerras de los judíos, cuyo «Testamento» asumieron los cristianos aunque sin imitar, de momento al menos, sus gritos de guerra.66
Así, Orígenes, el teólogo más importante de la época patrística, opinaba que el cristiano que interpretase el Antiguo Testamento al pie de la letra tendría que «avergonzarse» ante la comparación con «otras leyes en apariencia mucho más perfeccionadas, humanas y razonables, como las de los romanos o las de los atenienses, por ejemplo». Los pasajes bélicos de la Biblia, según Orígenes, deberían someterse a una interpretación espiritual, ya que de lo contrario, los apóstoles «no habrían permitido la lectura de estos libros de los hebreos en las iglesias de los discípulos de Cristo». «Nosotros, obedientes a las enseñanzas de Jesús, preferimos romper las espadas [...] y convertir las lanzas en rejas de arado. [...] Ni queremos esgrimir la espada contra otras naciones, ni deseamos la guerra.. .»67
A fin de cuentas, el Jesús de los Sinópticos se nos presenta como adversario de las guerras, pacifista; desconoce los instintos chauvinistas y la sed de poder. No permite que la «buena nueva» se propague por medio de la espada y el fuego. Por el contrario, rechaza la violencia, ordena renunciar a la defensa propia, impone el heroísmo de la paciencia, no el de la autoafirmación. Incluso ordena devolver bien por mal.68
Según el Nuevo Testamento, el cristiano «no debe llevar otras armas que el escudo de la fe, el yelmo de la salvación y la espada del espíritu que es la palabra de Dios». De acuerdo con la prohibición neotestamentaria de matar, durante los tres primeros siglos del cristianismo nadie permitió jamás el servicio militar. Justino, Tatiano, Atenágoras, Tertuliano, Orígenes, Cipriano, Arnobio, Lactancio, por muchas que fuesen sus diferencias humanas y teológicas, y con independencia de su evolución ulterior convirtiéndose en «herejes», siendo anatomizados como tales, o permaneciendo dentro de la «ortodoxia», coinciden en predicar incansablemente al mundo entero las virtudes de la no violencia. Todos aseguran, como Atenágoras, que el cristiano «no debe odiar al enemigo, sino amarle [...] e incluso bendecirle y orar incluso en favor de quienes atenían contra su vida»; que «no hay que devolver golpe por golpe, ni acudir al juez aunque nos roben». «No hay que ofrecer resistencia», escribe Justino al comentar el Sermón de la Montaña. El emperador no puede ser cristiano ni un cristiano podría ser jamás emperador. Tertuliano contrapone el deber del cristiano y el servicio de las armas, la fidelidad a las banderas mundanas y el deber de fidelidad a Dios, «el estandarte de Cristo y las banderas del diablo, el partido de la luz y el partido de las tinieblas», diciendo que son «irreconciliables» y manifestando expresamente que «todo uniforme está vedado para nosotros, porque es el emblema de una profesión prohibida». «¿Cómo podríamos hacer la guerra, ni siquiera ser soldados en tiempos de paz, sin la espada que el Señor quitó de nuestras manos?», pues, «cuando desarmó a Pedro arrebató la espada a todos los soldados». Clemente de Alejandría llega hasta el extremo de abominar de la música militar (coincidiendo en esto con Albert Einstein, que —bien es verdad que por otras razones— decía que todo el que gusta de marcar el paso al compás de las marchas militares «tiene cerebro por un error de la naturaleza»). Los teólogos no admitían la legítima defensa ni la pena de muerte, en contradicción con el Antiguo Testamento que imponía ese castigo a los adúlteros, a los homosexuales e incluso a los animales «impuros».69
En el canon del obispo romano san Hipólito (del siglo III, el segundo en antigüedad de entre los que han llegado hasta nosotros), incluso los cazadores debían elegir entre abandonar la caza o abandonar la conversión. Para los cristianos, la prohibición de matar era absoluta y todos los padres de la Iglesia anteriores a la época constantiniana la interpretaron al pie de la letra, siguiendo las enseñanzas del Sermón de la Montaña. «Al soldado que preste servicio bajo las órdenes de un gobernador, decidle que no debe tomar parte en ninguna ejecución —enseña Hipólito en su Tradición apostólica—. Quien ostente un mando militar o la gobernación de una ciudad, quien vista la púrpura, debe dimitir o ser recusado. El catecúmeno o el creyente que pretenda hacerse soldado, sea recusado, porque ha despreciado al Señor.» Es decir, la postura en contra de matar era consecuente, cualquiera que fuese el motivo o el derecho que pretendiera justificarlo: ni en los campos de batalla, ni en defensa propia, ni en el circo, ni en ejecución de una sentencia.70
«No se puede servir al mismo tiempo a Dios y a los hombres», afirma Tertuliano; «no es posible servir a ambos, a Dios y al emperador». Y acto seguido ironiza a costa de los cristianos deseosos de ocupar cargos públicos: «si ellos creen que es posible desempeñar algún cargo sin rendir culto a los dioses o permitirlo, sin administrar ningún templo, sin recaudar tributos religiosos, sin patrocinar espectáculos ni presidirlos, sin asistir a celebraciones públicas, ni promulgar edictos, ni jurar por los dioses, si como detentadores del poder judicial [no] ordenaron ninguna ejecución ni ninguna deshonra pública {ñeque iudicit de capite alicuius velpudore; por lo que parece, las multas serían leves), no condenaron a nadie en última instancia ni provisionalmente {ñeque damnet ñeque paedamnet), no hicieron cargar a nadie de cadenas, ni encarcelar ni torturar a nadie, en una palabra, si estos cristianos creen que todo eso es factible, entonces...», y Tertuliano renuncia a la conclusión, dejando que la saque el lector.71
Atenágoras nos cuenta que «los cristianos ni siquiera soportan ser espectadores de una ejecución capital ordenada por sentencia», puesto que, según su criterio, «apenas hay diferencia entre asistir a una ejecución y perpetrarla uno mismo, razón por la cual prohibimos ese género de espectáculos». «Así pues, nosotros, que ni siquiera osamos mirar para no contaminarnos de la infamia y la deuda de sangre, ¿como seríamos capaces de matar a nadie?»72
Eso, como queda dicho, rige en cualquier caso. Más aún cuando se trata de matanzas en masa, de hecatombes. De aquí que la Iglesia primitiva condenase la guerra «sin paliativos» (Cadoux); «amar al prójimo y matarle son nociones incompatibles». «Todos los autores notables, tanto del Oriente como del Occidente, rechazan la participación de cristianos en las acciones bélicas» (Bainton). Todavía era desconocida la absurda distinción que introdujo el clero posconstantiniano después de haber degenerado en Iglesia oficial y estatal, cuando condena las muertes al por menor, digamos, pero elogia las matanzas en el campo de batalla. Los caminos están infestados de salteadores, los piratas hacen estragos en los mares, escribe el futuro mártir Cipriano («sin duda el obispo africano más notable del siglo ni, quizá sin exceptuar a Agustín», según Marschall), en todas partes de la tierra se derrama la sangre humana, pero «cuando es la de un solo hombre le llaman crimen; cuando son muchos y se hace públicamente, dicen que es un acto de valor. La magnitud del estrago asegura la impunidad del criminal.. .».73
Precisamente, la magnitud del estrago que excusa al criminal ha venido siendo desde siempre la moral de la Iglesia. ¡No así durante los primeros tiempos del cristianismo! Tenemos, por ejemplo, que durante los años 66 y 67, poco antes de que los romanos pusieran cerco a Jerusalén, la comunidad primitiva emigró de las tierras que ocupaba en la orilla oriental del Jordán hacia Pella —donde hoy se alzan las ruinas de Chirbet Fahil— «porque no querían ceñir [la] espada», como subraya el teólogo Erhard. Por eso, también, durante la insurrección de los judíos acaudillados por Bar Kochba, «únicamente los cristianos soportaron martirios terribles por no querer negar a Jesucristo ni pecar contra su doctrina»; quiere decirse que no tomaron las armas contra sus compañeros de fe: nonpossum militare, non possum malefacere; christianus sum. Por eso, en África, Maximiliano, hijo de militar, se niega a prestar el servicio de las armas («Yo no sirvo al mundo, sino sólo a Dios mi Señor») y es ajusticiado por el procónsul. Es decir, había ya cristianos en el ejército (esto sucedía durante el siglo II a. de C.), porque eran soldados antes de su conversión y, obedeciendo a las disposiciones de Pablo, siguieron siéndolo, ¡pero se negaban a combatir! Ello explica seguramente por qué la última persecución de Diocleciano (303-311), como relata Eusebio, «empezó por los hermanos que militaban en las legiones», y sabemos también que dieron «la mayoría de los mártires» (Andresen/DenzIer).74 No sería sólo por negarse a rendir culto a la persona del emperador, según les demandaba su religión.
Ahora bien: «Pocas épocas cayeron tan pronto en el olv/ido como los primeros tres siglos de la fe cristiana», como lamenta el católico Kühner. Es verdad que, a comienzos del siglo IV, el Sínodo de Elvira excomulgaba todavía a los creyentes que por una denuncia (sin entrar en si ésta estaba justificada o no) hubiesen dado lugar a una condena de muerte o exilio. Pero, en el año 313, Constantino y Licinio promulgan su Edicto de Tolerancia; el cristianismo, antes prohibido, pasa a ser una religión lícita (que a partir de ese momento se apresura a declarar ilícitas todas las demás), ¡y de la noche a la mañana se produce la asombrosa metamorfosis de los pacifistas en capellanes de regimiento! Si antes lo arrostraban todo, incluso el martirio, con tal de no prestar el servicio, ahora la necesidad de matar les parece evidente. Apenas reconocidos por el Estado, en 314 el Sínodo de Arélate (Arles), «escuchando las voces del Espíritu Santo y de sus ángeles», excomulga a los cristianos desertores. El que arrojaba las armas era arrojado de la comunidad de los creyentes. Los que antes eran «militia Christi» pasaron a convertirse en milicia efectiva. Siempre fue algo sospechosa esa noción; el mismo Pablo se muestra muy aficionado a la terminología militar cuando habla de «las armas del Señor», «la coraza de la justicia», «el escudo de la fe», «el yelmo de la salvación», «las ígneas flechas del Maligno». ¡Lo que podría haber llegado a ser, si hubiera vivido en tiempos de Agustín! Los nombres de los soldados mártires desaparecieron rápidamente del calendario eclesiástico, para ceder su lugar a divinidades militares, al propio Jesucristo, a la Virgen, a diversos santos, bajo advocaciones destinadas a suplantar el papel de los ídolos bélicos paganos. La jura de bandera recibió el nombre de sacramentum, que ya es el colmo.75
También es curioso observar cómo entre los oficiales y generales de la época tardía del imperio oriental, relacionados por Rábano de Haehiing para el período comprendido entre mediados del siglo IV y mediados del v, y en la medida en que consta qué religión profesaban, hallamos ya a veinte cristianos (ortodoxos), cinco arríanos y sólo siete paganos. Además, Rábano sospecha que entre los militares destacados del período hubo otros cinco ortodoxos, un arriano y dos paganos, aunque para la mayoría de los casos no se sabe nada concreto.76 Entre los dignatarios militares del imperio occidental cita con seguridad a trece ortodoxos, tres arríanos y ocho paganos, y sospecha que otros cinco eran cristianos ortodoxos, sin más precisiones acerca de otros arríanos o paganos. En cualquier caso, vemos que la mayoría de los generales influyentes, que se sepa, eran ya cristianos.77
Un siglo, o más exactamente ciento dos años después del sínodo de Arles, todos los no cristianos quedaron excluidos del ejército por un decreto debido a un emperador cristiano; las matanzas en masa, ya se ve, quedan exclusivamente reservadas a los cristianos.78
Y desde hace mil quinientos años, los historiadores cristianos toman nota del hecho sin pestañear..., o mejor dicho ¡lo aprueban!
Hans von Campenhausen, uno entre tantos, en su estudio «El servicio militar de los cristianos según la Iglesia primitiva», ironiza a costa de la «ingenuidad» de aquélla al proclamar y practicar el pacifismo, «el derecho a la excepción». Nuestro teólogo y aristócrata lo explica recordando la existencia de «reducidos enclaves de mentalidad más o menos pequeñoburguesa en las comarcas rurales del interior»; en el fondo, dice, a los primeros cristianos les faltaba el verdadero sentido de la responsabilidad; sus creencias eran demasiado superficiales. «Los cristianos aún no habían asumido la responsabilidad política [!], y tampoco habían profundizado en las reflexiones de la Antigüedad sobre las relaciones entre política y Estado. Pero tal situación no podía ser duradera.» «La evolución era imparable, y con la extensión de la Iglesia las responsabilidades no podían quedar confinadas al terreno de la contemplación espiritual.»79
«Profundización» y «responsabilidad» son eufemismos que en este caso significan que la Iglesia se hizo del partido de los depredadores; a partir de ese momento, compartió la responsabilidad directa e indirecta de un milenio y medio de matanzas. Pero no estaríamos hablando de un teólogo, si se hubiese atrevido a decirlo en términos tan crudos. Como la mayoría de sus congéneres, prefiere hablar con dos lenguas. Él no dirá «que la Iglesia haya abandonado la idea de exclusividad a partir de la supuesta "desviación" constantiniana [!]»; o, «la Iglesia no capituló frente al mundo y su derecho de guerra», puesto que, como él asegura, «no proclama el servicio de las armas como una ley absoluta», admitiendo el principio de excepción «al reconocer el derecho de asilo que ampara las puertas del templo y del convento, donde cesa la vigencia del derecho de guerra y la de la justicia de sangre». Es decir, se trataba de salvar ante todo lo más importante, el pellejo de los miembros del clero (poco importa la sangre de los laicos), ¡y las apariencias! «Los religiosos y sacerdotes quedan dispensados de combatir», y además: «El cristiano jamás interpreta los frentes políticos y militares dando la razón última a un solo partido y sin admitir excepciones». De esta manera, el cristianismo concilia, en cierto modo, la guerra con la no violencia; la «excepción bien entendida», en este caso, es la interpretación necesaria y la confirmación de la «regla bien entendida».80
La interpretación de Campenhausen se ajusta a la regla habitual entre teólogos.
Hallamos un representante característico de ese cambio de planteamiento, la gravedad de cuyas consecuencias apenas cabe exagerar, de ese abandono radical (prescindiendo de sofismas a lo Campenhausen) de la centenaria religiosidad estrictamente pacifista de los orígenes, precursor de futuros aggiornamentos sorprendentes, en otro «padre de la Iglesia», Lactancio, que «fue uno de los primeros en disfrutar, como favorito del emperador, del nuevo régimen de alianza entre la espada y la cruz» (Von Campenhausen), o dicho de otro modo, uno de los primeros en mudar de camisa.81
En sus Divinae Institutiones, la principal apología cristiana de la época preconstantiniana, redactada poco antes del año 313 (!), Lactancio s^ muestra partidario apasionado del humanismo, la tolerancia y el amor fraternal. Sin duda, no hay en el mundo nada más importante que la religión; pero a ésta se la defiende «muriendo y no matando, sufriendo con paciencia, que no obrando con crueldad, mediante la fe y no mediante el crimen. Si pretendierais defender la religión derramando sangre y torturando, no la defendéis, sino que la mancháis y la deshonráis». En consecuencia, Lactancio impugna en su tratado los nacionalismos y las guerras. «No puede ser justo el que perjudica al prójimo, el que odia, el que roba, el que mata, que eso es lo que hacen quienes pretenden servir a su patria.» Y no sólo desaprueba la guerra, sino también el homicidio, «aun en los casos en que lo considera legítimo el derecho mundano». Condena incluso a los denunciantes cuando la acción denunciada esté sancionada con la pena capital. Sin embargo, en 314, el mismo autor escribió un resumen o epitomé donde tachó todos los pasajes pacifistas y alabó a quienes dan su vida por la patria, «una obra extraordinariamente lograda», según Von Campenhausen.82
Lactancio se presenta como paradigma del cambio de posturas de su Iglesia. Desterrado en otros tiempos, y muchas veces víctima de grandes penurias, poco después de 313 se le nombra preceptor de Crispo, el hijo de Constantino, y consejero del mismo emperador. El súbito éxito profesional, los fastos de la corte, las villas suntuarias del valle del Mosela, los palacios de Tré veris (convertida en ciudad por Augusto, en residencia imperial por Constantino y su madre Elena, frecuentada luego por doctores de la Iglesia como Atanasio, Ambrosio y Jerónimo), el trato, en fin, con la «mejor» sociedad del imperio, hicieron que el anciano Lactancio olvidase lo que había predicado durante toda su vida. El agradecido tratadista corrige la dedicatoria de su principal obra y se pone a elogiar la actividad bélica y legislativa del soberano. Es entonces cuando el cristianismo pasa a convertirse en «lucha sangrienta entre el bien y el mal» (Prete), y el autor en un «precursor de los nuevos tiempos» (Von Campenhausen) .83
Así traicionó Lactancio sus propias convicciones, renegando de casi tres siglos de tradición pacifista. Y con él, en el fondo, la Iglesia entera, obediente a la voluntad del emperador que la había reconocido y hecho rica e influyente, pero que no tenía empleo para un clero pacifista y pasivo, sino para quienes se avinieran a bendecir sus armas. Y que no han dejado de bendecirlas desde entonces, o como ha escrito Heine: «No fue sólo el clero de Roma, sino también el inglés, el prusiano; en una palabra, siempre el sacerdocio privilegiado se asoció con cesares y similares en la represión contra los pueblos».84
Los teólogos modernos, que no se atreven a negar en redondo esa bancarrota de la doctrina de Jesús, hablan de un «pecado original» del cristianismo. Con ello pretenden restar importancia al hecho, como recordando el cuento de la serpiente y la manzana, como si toda la cuestión no fuese más que «un pequeño desliz edénico». Como si no hablásemos de matanzas perpetradas durante milenios, ahora se cometen en nombre de «la buena nueva», de la «religión del amor», y resultan ser justas, necesarias y aun excelentes, culminando en la «guerra santa», en el colmo del despropósito criminal; junto con la inquisición y la quema de brujas, la «guerra santa» figura entre las pocas novedades aportadas por el cristianismo. Antes de su aparición era desconocido «el horrible desvarío de las guerras de religión» (Voltaire), «esa locura sangrienta» (Schopenhauer) .85
Nace así una teología nueva, aunque envuelta en el ropaje terminológico de la vieja para disimular. Y no sólo política, sino además militarista; ahora hablan de Ecciesia triumphans, de Ecciesia militans, de la teología del emperador..., o de todos los emperadores, al menos de los romanos de la Antigüedad que retrotraían su linaje a César, pero mucho más allá en realidad. Cierto que Constantino aborrecía casi tanto como el mismo Yahvé el hedor de los sacrificios paganos, «ese error vergonzoso que ha arruinado a tantas naciones»; «Huyo de la sangre inmunda, de todos los hedores repugnantes y malignos»;86 en cambio, el hedor de la sangre en los campos de batalla era tan agradable para el soberano como para el mismísimo Señor de los Ejércitos...
El monarca que una vez dijo que «como hombre de Dios, en el fondo nada me es extraño y todo lo sé», manifestación de soberbia que nunca se le ocurrió a ninguno de los cesares paganos, desde luego sabía lo que quería: consolidar el imperio por medio de la unidad religiosa. Lo mismo había pretendido su predecesor Diocleciano, sólo que éste favoreció al partido idólatra. Constantino buscó la ayuda de los cristianos para llevar a cabo su «revolución». Por un lado, en sus cartas a los obispos, los sínodos y las comunidades reclama, incansable, la unidad, la concordia, «la paz y la armonía de los espíritus» y asegura que su principal objetivo es «la felicidad de los pueblos de la Iglesia católica bajo una misma fe, el amor puro y la religiosidad auténtica», y «que la Iglesia de todos sea una». Por el otro lado, el déspota mimaba las relaciones con el ejército y fue siempre, y antes que nada, caudillo militar. Emprendió una reorganización decisiva del ejército, desglosando los efectivos de la infantería y la caballería; formó milicias para la defensa de las fronteras, reclutadas sobre todo entre los veteranos; creó divisiones móviles, entre las que figuraron también \ospalatini o guardia de palacio, y fue uno de los principales promotores del reclutamiento de mercenarios germanos.87
En verdad aquel hombre supo lo que quería: una fe potente y un ejército potente. La mejor manera de servir al Estado, sentenció, es cumplir con Dios en todos los aspectos. Él fue quien introdujo los servicios religiosos en el ejército. «En primer lugar, fue mi propósito la unidad en el sentir de todas las naciones en lo tocante a la divinidad; lo segundo, sanar el mundo, que padecía entonces de una grave enfermedad, y restituirle la salud. Mis esfuerzos en tal sentido, por un lado, se desarrollaron en el secreto de mi corazón; por el otro, he tratado de alcanzar estos objetivos por medio de mi poderío militar.» La vieja política de fuerza, pues, con la novedad de no invocar ya a los dioses paganos, sino al que murió en la cruz. «Portando siempre Tu sello —dice en un edicto imperial—, he acaudillado un ejército victorioso; y dondequiera que lo reclame la necesidad del Estado, atenderé a los signos visibles de Tu voluntad y tomaré las armas contra los enemigos.»88
Y también los obispos sabían lo que querían, sólo que ello tenía poco que ver con los mandamientos de Jesucristo su Señor y mucho con las órdenes de su señor Constantino, sin descuidar por eso las intenciones propias. ¡El trono y el altar! El clero, o por lo menos el alto clero, figuraba entre los dignatarios del imperio, acumulaba dineros, propiedades, honores, y todo ello gracias a un príncipe cristiano, a sus batallas y sus victorias. ¿No era preciso mostrarse obedientes y complacientes en tal situación? Lo mismo que él distinguía al episcopado, éste favoreció a los funcionarios imperiales en el seno de la Iglesia. En virtud del canon 7 del Sínodo de Arles se les concedió que, caso de haber incurrido en un pecado normalmente sancionado con la excomunión, ésta no sería promulgada ipso facto como les sucedía a los creyentes del montón. Ya durante el siglo iv, extensos sectores de la Iglesia se inclinaban a la identificación entre ésta y el Estado. Y si antes los ejércitos combatían como seguidores de los ídolos, de los demomos y del mismo diablo, ahora «la mano de Dios» presidía «el signo de las batallas»; es Dios en persona quien hace «señor y soberano» a Constantino, y vencedor, «único entre todos los príncipes que han existido, invencible e inexpugnable», porque el Señor que le hizo «terrible» «combate a su lado». Por eso su teólogo de corte celebra que la primera majestad cristiana venciese «con gran facilidad a más naciones que ninguno de los emperadores anteriores». Constantino es el «amado de Dios y tres veces bendito».89
¡Qué perversión! Por haber vencido por las armas a las demás religiones se quiere ver en el cristianismo a la «única verdadera». Una religión de amor se justificaba por la suerte de las batallas, por miles de muertes, sin que ningún obispo, papa ni padre de la Iglesia haya tenido nada que decir en contra.
Una vez más, nos encontramos ante un caso conocido. Los dioses como ayudantes de las empresas militares abundan en la historia romana. Así, por ejemplo, en la batalla del lago Regilo intervinieron los Dioscuros, «hijos de Zeus» a los que se invocaba en las situaciones de apuro; Escipión fue ayudado por Neptuno en la toma de Cartago Nueva, Apolo acudió en auxilio de Octavio contra Antonio, el dios del Sol ayudó a Aureliano contra Zenobia, y así sucesivamente. Y hete aquí que toda esa teoría pagana de la victoria militar se pasa al campo de la Iglesia del pacifismo, sin olvidar a Diké, la diosa de la venganza que tiene en su poder las llaves de la guerra, que tiene por atributo una o dos espadas y por ayudantes a las Erinias.90
La mayoría de los cortesanos de Constantino eran cristianos, naturalmente. Y todos los funcionarios llevaban uniforme, «recordando —como escribe Peter Brown— sus agitados comienzos en la vida militar [...]; incluso los emperadores habían renunciado a la toga y se hacían representar en atuendo bélico por los escultores». Los investigadores subrayan que esta invocación de incalculables consecuencias históricas comenzó en el ejército. «Los cristianos estaban perfectamente al tanto de que Constantino sólo se había inclinado hacia ellos con el fin de consolidar sus éxitos políticos y militares» (Straub). Al tiempo que el emperador militarizaba cada vez más la nueva religión, la comunidad romana fue, de entre todas, seguramente la primera que autorizó el oficio de soldado a sus seguidores. Ya después de su victoria sobre Majencio, adoptó el agresor un estandarte con la cruz {labarum) y el monograma XP. Dicen que oraba siempre que se veía en una situación de peligro. Y condujo la campaña contra Licinio, que no fue más que una lucha por desplazar al rival, como una guerra de religión, a la que acudió acompañado de obispos y provisto de una tienda de campaña especial para las oraciones. De la misma salía listo para la batalla y, lanzando el grito de guerra a sus sicarios, según el elogio del gran pastor Eusebio, «los abatían a todos, hombre a hombre».91
Tales prácticas son elogiadas por no pocos historiadores modernos. «La imagen que se presenta a nuestros ojos no es la de un hipócrita» (Straub), sino «la de un verdadero soldado, que busca en el estandarte de la Cruz el consejo del Cristo en quien creyó» (Weber).92
El obispo de la corte ni siquiera titubea en manifestar que Constantino «venció siempre sobre sus enemigos y pudo disfrutar de los monumentos a sus victorias» precisamente porque «se había reconocido creyente y siervo del Rey de reyes». Y Teodoreto, continuador de la historia eclesiástica iniciada por Eusebio (de 323 a 428) escribió la frase siguiente, digna de ser recordada: «Los hechos históricos nos enseñan que la guerra trae mayor provecho que la paz»; como es lógico, también este obispo juzga a Constantino un personaje «digno de todo encomio», y no titubea en acudir para ello al estilo paulino: «No de hombres ni por mediación de hombres (Ga. 1,1), sino del cielo mismo recibió su oficio», en coincidencia con las fanfarronadas del propio Constantino cuando dice que «Dios es el autor original de todas mis heroicas hazañas».93
«Cristo vence» es la nueva fórmula cristiana para aludir a las victorias del emperador. «Cuando el emperador vence, Cristo vence y la Cruz vence», apostilla Hernegger. En el fondo, se mantiene invariable la fe pagana en el poder milagroso del caudillo, sólo que ahora no vence con ayuda de los sacerdotes paganos, sino ayudándose de la Cruz. Precisamente, «por hacer todo lo contrario [!] de lo que hicieron los crueles tiranos, sus predecesores, pudo triunfar sobre todos sus adversarios y todos los enemigos» (Eusebio). La religión de la paz se convierte en una religión que no da paz. a nadie.,94
El primer emperador cristiano propagó la cruz por todas partes y no sólo en las iglesias. No sólo la construcción de éstas adoptó la planta en forma de cruz, como las de Pablo y Pedro de Roma. A partir del siglo IV, prolifera como símbolo de honor o de victoria en las monedas y corona el cetro del emperador. Aparece también en los campos de batalla. Y el clero no tiene nada que objetar, todo lo contrario. «Con la cruz de Cristo y con su nombre en los labios van al combate, confortados y llenos de valor», dice un predicador tan notable como Ambrosio, según el cual «el valor en la guerra es lícito y honroso, por cuanto prefiere la muerte a la esclavitud y el oprobio» (o como se diría hoy, antes muertos que rojos). También Agustín nos enseña: «No creáis que no puede agradar a Dios quien se consagra al servicio de las armas». Sólo cuando empezaron a enfrentarse cristianos contra cristianos, la cruz sobre los estandartes se convirtió en motivo de escándalo. Lulero decía que si fuese soldado, «en viendo en el campo de batalla una enseña con la cruz [...] huiría de ella como alma que lleva el diablo; pero cuando asoma la enseña del emperador Carolus o de cualquier otro príncipe podemos seguirla con alegría y valor, porque ésa y no otra es la que hemos jurado» ,95
Hete aquí cómo en el cristianismo, la religión de la hipocresía, las apariencias cuentan por encima de todo, incluso para un protestante.
En la época de las invasiones fue muy corriente que los obispos participasen en la lucha armada. El clero arriano, en particular, estaba totalmente organizado en régimen de capellanía militar; a cada centuria le correspondía un sacerdote, y un obispo cada diez centurias. Durante el reinado de Teodorico, los obispados de Rávena y sus alrededores se dis* tribuyeron de acuerdo con las regiones militares;,de manera similar, las iglesias amanas de Roma y Bizancio eran en realidad «las capillas de los acuartelamientos» (Von Schubert).96
El Estado cristiano sanciona la deserción con las penas más graves:
decapitación del desertor y muerte en la hoguera para quienes le hubieran dado refugio. En África cortaban las manos o quemaban vivos incluso a los reos de insubordinaciones leves. Del período comprendido entre los años 365 y 412 han llegado hasta nosotros nada menos que diecisiete leyes contra la deserción. En 416, Teodosio II ordena que sólo los cristianos sean aceptados en las filas del ejército. Ello no impide que, cuando conviene, los clérigos abominen de la guerra y prediquen la deserción; así, durante el reinado de Sapur II en Persia (310-379), los cris» tianos se negaron a servir bajo sus banderas, haciendo con ello un gran favor a los de Roma. De manera similar, en 362, el padre Atanasio amenazaba con la excomunión a cuantos sirvieran en el ejército de Juliano (que se había convertido al paganismo) y les exigía que desertasen, si eran cristianos.97
En ciertas ocasiones, todavía se desempolvaban los despojos del primitivo pacifismo cristiano.
El santo Martín de Tours, convertido al cristianismo pocos años antes de la muerte de Constantino, continuó como tal dos años más en el ejército, pero llegada la hora de la batalla se negó a combatir. Su biógrafo, Sulpicio Severo, recurre a numerosos eufemismos en su Vita Martini turolensis para disimular el hecho de que el santo había sido antes oficial. En 386, un concilio romano excluyó de la profesión sacerdotal a quienes hubiesen jurado las armas después de convertirse al cristianismo. Crisóstomo llega al punto de asegurar que en sus tiempos todos los soldados eran voluntarios y que no se obligaba a nadie a prestar el servicio militar. En su opinión, los vencedores son culpables de toda clase de crímenes y sólo buscan el saqueo y el botín, como los lobos. Algo parecido opinó poco más tarde Salviano, padre de la Iglesia, y antes que él lo dijo también san Basilio: los homicidas uniformados eran mucho peores que los salteadores de caminos. Por eso, «las manos impuras de los soldados» deben quedar excluidas de la comunión al menos durante tres años (pero nótese que los homosexuales, los incestuosos y los adúlteros son amenazados por Basilio con quince años de penitencia). De manera similar, durante todo el primer milenio, los tratados penitenciales imponen al soldado que ha matado (aun en combates defensivos) castigos de cuarenta días, por lo general. Y todavía el obispo Fulberto de Chartres (fallecido en 1029), discípulo de Gerberto de Reims, el futuro papa Silvestre II, dictaminaba: «Si alguien mata a otro en guerra declarada, cumplirá un año de penitencia».98
¡Qué poco, en comparación con el rigorismo primitivo! Son penas sin trascendencia práctica, y en un terreno tan abonado para la doble moral cristiana tampoco se observarían de una manera demasiado estricta. Un príncipe de la Iglesia tan avezado en las luchas callejeras como Atanasio predica sin rebozo que los cristianos prefieren dedicarse «no a los combates, sino a sus ocupaciones domésticas; en vez de utilizar las manos para empuñar armas, las unen en la oración». Pero en otro pasaje, el mismo santo considera que aun no estando permitido el homicidio, «en la guerra no sólo es lícito, sino encomiable dar muerte a los enemigos». Otro doctor de la Iglesia, Juan Crisóstomo, el mismo que había comparado a los guerreros con los lobos y que había afirmado que la manera cristiana de hacer la guerra es confundirse con los lobos siendo ovejas y vencer convirtiéndolos a ellos en ovejas, admite en otra oportunidad la excepción «admirable» del que portando espada «se mantiene firme en medio del caos de la batalla». En cuanto a Ambrosio, le parece natural el alabar el valor del soldado «que defiende a la patria contra los "bárbaros"», para no mencionar otra vez los escritos de Agustín."
Lo mismo que hoy, predican la paz como norma general, pero fomentaban sin reparos la guerra cuando la ocasión lo demandaba. Predicaban el Evangelio, pero no tenían inconveniente en forzar su interpretación cuando ello interesaba a las propias ambiciones de poder, siguiendo en esto el ejemplo de Constantino, a cuya semblanza volvemos seguidamente.
Vida familiar cristiana y rigorismo de las prácticas penales
El primer emperador cristiano, además de revelarse como un gran caudillo militar, se mostró coherente en la aplicación de la pena capital, emulado también en esto por los teólogos católicos de todas las épocas, sin exceptuar la nuestra. En efecto, el soberano que después de sus victorias alababa «la dulzura de la convivencia» y veía «extenderse cada vez más el cristianismo» en el seno de su familia, sentó mediante el ejemplo de sus numerosos crímenes dinásticos un precedente que luego fue imitado con asiduidad en todas las cortes cristianas.100
En el año 310, el hijo de santa Elena, de quien aseguran todavía los historiadores cristianos de Ia'segunda~mltad del siglo XX que «pocos de sus sucesores alcanzaron su grandeza política y humana» (Baus) y que «en su vida privada no hizo ningún secreto de sus convicciones cristianas, llevando una vida familiar cristianamente ejemplar» (Franzen), hizo ahorcar a su suegro, el emperador Maximiano, en Massilia (Marsella)*" tras lo cual fueron destruidas todas las estatuas e imágenes que lo representaban; ordenó estrangular a sus cuñados Licinio y Basiano, esposos de sus hermanas Constancia y Anastasia; en 336, esclavizó al príncipe Liciano. hijo de Licinio. que fue luego azotado y asesinado en Cartago;
en 326, hizo asesinar a Crispo, hjjo suyo (habido de su concubinato con Minervina poco antes de casarse con Fausta), seguramente envenenado, junto con «numerosos amigos suyos» (Eutropio), dicho sea de paso, pocos meses después del Concilio de Nicea en que fue promulgado el Símbolo de la Fe. Y por último, este parangón de la grandeza humana acusó de adulterio con_Crispo a su propia esposa Fausta, madre de tres hijos y dos hijas, reconocida poco antes en monedas como «spes reipublicae» (esperanza del Estado); aunque nada se demostró (y aunque las canas al aire del propio soberano eran públicas y notorias), fue ahogada en un baño y todas sus propiedades del antiguo barrio lateranense adju dicadas definitivamente al papa. 101
¡«Vida cristiana ejemplar», en efecto (Franzen)!
«Desde cualquier perspectiva que juzguemos como historiadores la cuestión de las convicciones religiosas de Constantino, se impone la conclusión de que se comportó como cristiano convencido», escribe Aland en una deducción basada, sin duda, en el entorno familiar del emperador ya que no en su política familiar, como parece evidente. El historiador bizantino Zósimo, pagano acérrimo cuya muy bien documentada historia de los emperadores es, junto con las Rerum gestarum libri XXXI de Amiano, nuestra principal fuente de información sobre los hechos del siglo IV, asegura que después de la liquidación de su hijo y su esposa la impopularidad de Constantino en Roma había llegado a ser tan grande, que prefirió mudar de residencia. E incluso Seek, admirador suyo en tanto que héroe militar, que le atestigua «la escrupulosidad de cristiano y de gobernante», no consigue perdonarle, en el mismo pasaje, «la fría brutalidad del mercenario».102
La decadencia del Derecho se agudizó durante estos siglos IV y V de nuestra era. La mentalidad clásica de la época pagana se vio desplazada por el derecho vulgar de la época tardorromana y la legislación cayó «a un nivel de primitivismo acientífico» (Kaser), lo que justifica la afirmación de Jerónimo, doctor de la Iglesia (no exenta de cierto cinis cuente en las obras de este autor): «aliae sunt leges Caesaru\ Christi...»103
Durante el período republicano, la pena de muerte, aunquq malmente abolida, se hallaba fuertemente limitada en su api Bajo los cesares, la tolerancia fue incluso mayor, aunque sólo en ció de las clases altas, los senadores y los oficiales; en cambio, gente de a pie (humiliores, tenuiores) empezaron a menudear la cada vez más rigurosas.104
Esta tendencia se prolonga durante el período cristiano, siend vez más frecuente la aplicación de la pena capital, fervorosament ficada por la Iglesia lo mismo que el servicio militar. A partir de tantino, los emperadores «acentúan notablemente la severidad contra los libertos y los esclavos» (Nehisen). En el terreno de las declaraciones programáticas —y tal como sucede también con la Iglesia, a quien siempre se le dan muy bien—, todo era muy noble, muy elevado y pomposo, a fin de crear una impresión de humanismo y generosidad. En apariencia, el ius stríctum tan respetado antes de la época cristiana quedaba reemplazado por la «filantropía» del príncipe; su «magnanimidad» y su «bondad» decidían acerca del «bien común»; tanto a Constantino como a otro emperador no menos brutal, Justiniano, se les atribuye la frase «en todos los asuntos, la justicia y el buen sentido han de primar sobre la letra de la ley». Pero incluso un historiador tan amigo de Constantino y del cristianismo como Doerries admite que fue un rasgo característico de la época «la introducción de la retórica en la legislación, con una fraseología "humanista" tendente a enmascarar la dura realidad de unas disposiciones cada vez más severas», y que precisamente en tiempos de Constantino «la contaminación del derecho consuetudinario vulgar enturbia la claridad del viejo Derecho romano, [...] la redacción se vuelve confusa y empeora la definición de los conceptos jurídicos. En todo ello se manifiesta no sólo la decadencia de la cultura jurídica, sino también, e inconfundiblemente, el peso de las realidades de la época.. .».105
Pero la época a que se alude en ese pasaje fue la cristiana y Constantino, «soberano digno de toda alabanza» (Teodoreto), el príncipe que marcaba el tono. Tan pronto como se vio emperador único, aquel autócrata impuso su voluntad personal «como fuente inmediata del Derecho» (Schwartz); fueron leyes suyas las que contribuyeron a esa «barbarie cada vez más flagrante del derecho penal tardorromano» (Stein), a esas prácticas judiciales «de rara crueldad», según Ernst Kornemann.106
La justicia pagana, qué duda cabe, era también muy dura, aunque no del todo exenta de rasgos humanitarios. También es cierto que Constantino atenuó el rigor de muchas disposiciones, quién sabe si influido por algún consejero cristiano. Por ejemplo, puso trabas legales al repudio de la esposa (aunque no lo abolió), mejoró la protección del deudor frente a sus acreedores, y reemplazó la crucifixión (con rotura de los huesos de las piernas, según se practicaba hasta el año 320) por el ahorcamiento simple. En el año 316, Constantino prohibió las marcas a fuego en el rostro, castigo adicional impuesto a los condenados a trabajos forzados o a luchar como gladiadores en el circo, «porque el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios»..., y además las marcas a fuego podían aplicarse en la mano o en la pantorrilla. Sin embargo, y aun prescindiendo de que la evolución del Derecho seguía en algunos casos bajo la influencia de las doctrinas humanizantes del derecho antiguo (pagano) o de la filosofía antigua (pagana), es preciso admitir que las tendencias más benignas del cristianismo también influyeron. Para otros supuestos delictivos, en cambio, Constantino enconó la gravedad de las penas.107
En particular, aquel emperador «para quien era lo mismo que la ejecución fuese encargada al verdugo que a un asesino pagado» y que «no valoraba en nada la vida humana» (Seeck), aumentó los castigos por falsificar moneda; la primera majestad cristiana, pese a su lema «la justicia y la paz se han besado» (iustitia etpax osculatae sunt) sancionó con pena de muerte, en vez del tradicional destierro, la publicación de libelos anónimos, y ordenó que se arrancase la lengua a los calumniadores, «la plaga más grande de la vida humana» antes de ejecutarlos. A los parricidas (como él mismo), el tirano, en cuya legislación quiere ver todavía el Handbuch der Kirchengeschichte «una atención creciente a la dignidad de la persona humana» y el historiador Baus «el respeto creciente a la vida humana», la insaculación (poena culleí): «Sea un saco lleno de serpientes la última morada del criminal expulsado de la comunidad, los reptiles inmundos su última compañía y el precipicio su último camino».
Horrenda fue también la persecución del soberano, que «inauguró la cristianización de la vida pública» (Franzen) y la humanización del Derecho «bajo la influencia de las ideas cristianas» (Baus) contra los delitos deshonestos; por ejemplo, criminalizó el rapto, hasta entonces delito privado. De manera que no sólo condenaba a muerte al raptor, y de manera horrible, sino también a la novia si había consentido, y además a quienes hubiesen actuado como mediadores, echando plomo derretido en la boca de las dueñas y quemando vivos a los esclavos. Los esclavos que hubiesen tenido relaciones sexuales con sus amas eran decapitados y ellas quemadas vivas, sin que conste ninguna disposición simétrica sobre los amos que tuviesen relaciones sexuales con esclavas. Constantino equiparó el adulterio, seguramente por influencia cristiana, con los peores crímenes, y además amplió la definición del supuesto. Bien es verdad que el adulterio estuvo castigado con pena de muerte desde el siglo II, pero Constantino añadió «detalles de mayor crueldad» a la ejecución. «Sus disposiciones en materia penal fueron bastante duras» (Vogt). De él escribió Shelley, que se consideraba a sí mismo «filántropo, demócrata y ateo» y que mereció los mayores elogios de Byron («una cabeza de gigante...»): «Los castigos que promulgó ese monstruo, el primer emperador cristiano, contra los placeres del amor prohibido fueron tan inenarrablemente graves que ningún legislador moderno los consideraría ni siquiera contra los peores delitos». Mientras, Constantino, «que no invocaba a los demonios, sino al Dios verdadero», por una parte prohíl los arúspices el ejercicio privado de su oficio, pero lo tolera en públic en el año 320, habiendo caído un rayo sobre su palacio, ordenó sac cios para consultar las visceras de los animales, frecuentaba astróloj practicaba sortilegios y encantamientos, curas simpáticas y otras a de magia para fomentar la salud, o las cosechas, o para evitar inunda nes y pedriscos; pero por otra parte castiga con el exilio y la confisca< de bienes la administración de bebedizos o filtros amorosos; en cas( envenenamiento producido por éstos, los culpables eran arrojados í fieras o crucificados. (Pero también Calocaerus, el intendente de los tablos de camellos del emperador, fue torturado y crucificado en Ch por intentar un golpe de Estado.)108
La tortura, que aún habría de celebrar grandes fastos (cristianos) desempeñaba ya un papel muy importante, sobre todo para reprimir a los numerosos esclavos que el Estado y la Iglesia empleaban en el cultivo de sus inmensas propiedades, motivo por el cual no fue abolida la esclavitud, sino muy al contrario, reforzada mediante disposiciones de especial severidad, sobre todo contra los fugitivos. Constantino autorizó también el interrogatorio mediante la tortura durante los procesos, «los métodos previstos eran de extraordinaria crueldad» (Grant).109
Acabamos de mencionar que el derecho constantiniano castigaba con el hacha y las hogueras las relaciones sexuales entre ama y esclavo, no así las habidas entre amo y esclava. Tal como sucedía durante el paganismo, cualquier casado podía servirse de sus esclavas como le apeteciera, contando en todo caso con la aprobación del legislador —«aliae suntleges Caesarum, aliae Christi», como dice Jerónimo—; Constantino mantuvo las prácticas paganas, sobre todo en cuestiones fundamentales, cuando le interesó y sin importar si eran contrarias a la fe cristiana. El abandono de los niños, por ejemplo, radicalmente condenado según el cristianismo, le parece bastante «tolerable»; y llama la atención el hecho de que la Iglesia apenas tuviese nada que objetar; el mismo Harnack afirma que «no consta que se llamase al orden a los amos cristianos por los abusos cometidos con las esclavas, y eso da mucho que pensar».
Desde que se escribieron estas líneas, se descubrieron algunas excepciones en textos de Lactancio y de Agustín, por ejemplo, pero en 1978 Alfred Stuiber todavía reparaba en que «los predicadores y tratadistas cristianos, pese a sus numerosas advertencias contra la deshonestidad y el adulterio, no advirtiesen sino muy raras veces contra ese peligro tan presente en el ámbito doméstico».110
El derecho constantiniano dificultó en gran medida los divorcios, en lo que advertimos casi con seguridad las influencias; además, a partir del año 326 dejó de tolerar el concubinato de los hombres casados como sucedía en el derecho romano clásico; mejor dicho, hasta esa fecha no existía tal relación desde el punto de vista jurídico. Más adelante fue sujeto de legislaciones numerosas y cada vez más restrictivas; por ejemplo, las concubinas y sus hijos no podían heredar del varón, amante o padre, ni por donación ni por cesión ínter vivos ni por última voluntad. Más adelante, los hombres de clase distinguida que cohabitaran de manera pública y notoria con mujer de estado inferior se hacían reos de infamia y arriesgaban la pérdida de sus derechos civiles. Por otra parte, Constantino prohibió legitimar al hijo de una esclava, pareciéndole ésta «liberalidad excesiva»; y si Diocleciano prohibió a los padres el vender a sus hijos como esclavos, Constantino lo permitió en los casos de grave necesidad y siempre que se hiciese bajo pacto de recompra. Si un esclavo se tomaba la libertad por su cuenta y se refugiaba entre los barban, una vez capturado le cortaban un pie y lo destinaban a trabajos forzados en las minas, lo que casi siempre venía a ser lo mismo que una pena de muerte. Por orden de Constantino (imitado posteriormente por otras majestades no menos cristianísimas como Arcadio y Justiniano), a los esclavos o los mensajeros que denunciasen a su amo (excepto en los casos de adulterio, alta traición o delito fiscal, y eso de por sí ya es bastante significativo) se les debía ejecutar sin más investigación de causa ni audiencia de testigos \\\
Con frecuencia leemos elogios del primer emperador cristiano por haber mejorado la triste suerte de los esclavos, explicando por ejemplo que «en varias de sus leyes prolongó las antiguas tendencias del derecho romano en el sentido de favorecer la manumisión y el trato humano a los esclavos» (Vogt), o como escribió Einhold en 1982: «Atenuó la severidad de las leyes tocantes a los esclavos».112 ¿Hay algo de cierto en eso?
Veamos dos edictos de Constantino que afectan a «la suerte de los esclavos».
El primero, dado en Roma a 11 de mayo del año 319 (el lugar no es verdadero porque para entonces el emperador se encontraba en Sirmium, lo cual da pie a dudar también de la fecha), iba dirigido, por lo visto, al prefecto romano Baso y dice: «Del Emperador Augusto a Baso: Cuando un amo fustigue a su esclavo con varas o correas [virgis aut loris} o le haya aherrojado para mejor vigilarle, si el esclavo muriese no tema aquél haber cometido ningún delito; no se admita en esto ninguna interpretación sobre fechas o circunstancias». El amo sólo sería culpable de homicidio cuando la muerte del esclavo se produjese por efecto de una acción especialmente brutal, a diferencia de los castigos acostumbrados (y autorizados) mediante varas o grilletes. Seguidamente, Constantino pasa a desgranar una relación tan larga como farragosa de las diversas formas horribles de muerte que pretende prohibir, a fin de demostrar el progreso realizado en comparación con las bárbaras costumbres de los paganos; pero en realidad sus limitaciones y sus llamadas a la moderación no eran ninguna novedad, sino una mera confirmación de las disposiciones antiguas.113
Fue sobre todo Adriano (117-138) el que más destacó en querer mejorar la situación de los esclavos. Mandó cerrar las terribles mazmorras para esclavos (ergastula), abolió los interrogatorios judiciales bajo tortura y la venta de esclavos para combates de gladiadores, salvo autorización judicial, y prohibió que los amos les dieran muerte personalmente o por encargo. Una romana que había maltratado a un esclavo suyo por un motivo banal fue condenada por Adriano a cinco años de destierro. En líneas generales, dicho emperador, el primero de los romanos qu usó la barba de los filósofos y dispensó a la intelectualidad (filósofos maestros, médicos) de la prestación personal obligada para todos los ciudadanos, introdujo una legislación (relativamente) más humana.'
Constantino, en cambio, no se dio por satisfecho con el primer decreto que acabamos de citar; algún tiempo después promulgó otro parecido, pero todavía más riguroso: «Del mismo Augusto a Maximiliar Macrobio. Cuando tal incidencia motive que el esclavo sea azotado por su amo resultando de ello la muerte de aquél, sea el amo exento de culpa [culpa nudi sunt], ya que se hizo tratando de prevenir un mal mayor y de corregir al esclavo. En estos asuntos, en que interesa al amo la defensa de su potestad íntegra, es nuestra voluntad que no se investigue si el castigo fue infligido con voluntad de dar muerte a un ser humano o por accidente; en cualquier caso será declarado inocente del homicidio si éste ocurrió como consecuencia del correctivo doméstico normal; pero si durante esta disciplina necesaria, la fatalidad quiso que el esclavo falleciera [inminente fatali necessitate], no teman los amos ningún género de investigación [nullam metuant domini quaestionem]. Sirmium, 18 de abril de 326».115
Imposible mayor complacencia con los dueños de esclavos que la del emperador cristiano, «a quien todos conocimos como padre bondadosísimo», según el obispo Teodoreto, en este segundo decreto (cuya fecha y lugar son una vez más dudosos). Ahora prohibe expresamente toda investigación de intenciones. Pueden quedar contentos los esclavistas, puesto que todo lo que hagan se entenderá hecho en bien de sus esclavos, con móviles pedagógicos como si dijéramos. Y si las víctimas muriesen, al fin y al cabo, habrá sido por «necesaria fatalidad inminente». Nada ha cambiado, por tanto, en comparación con el derecho antiguo, como glosa Stuiber. «Pese a la palabrería de tinte moralista y humanitario, se mantiene deliberadamente la crueldad tradicional frente a los esclavos [...]. Ambos decretos nos revelan un carácter impaciente y duro, bastante despreocupado de finas distinciones jurídicas, que arroja en la balanza todo el peso de su imperial autoridad para mayor descanso de los propietarios tal vez intranquilos».116
Hay que admitir que los criterios del Sínodo de Elvira fueron más humanitarios; de acuerdo con el canon 5, la propietaria que matase a una esclava como consecuencia de una crueldad excesiva en el castigo pagaría una penitencia..., siempre y cuando la víctima falleciese en el plazo de tres días, o como dice literalmente el sínodo, «entregase su alma entre dolores terribles antes de que transcurra el tercer día» (intra tertium diem animam cum cruciatu effundat). Es decir, si la esclava reventase el cuarto día o más tarde, o acabase por reponerse, la dueña quedaba dispensada de toda penitencia, según los obispos reunidos en el sur de España. No se puede decir que los sínodos no fuesen respetuosos con los derechos... de los propietarios. En el siglo XII, el canon 5 de Elvira acabó incorporado, vía Decreto de Graciano, al Corpus iuris canonoci 117
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Constantino contra judíos, «herejes» y paganos

El emperador no se mostró muy amigo de los judíos, seguramente estaba muy influido por los permanentes ataques antisemitas de los doctores de la Iglesia, que hemos visto en el capítulo 2, y el reciente Sínodo de Elvira, que había sancionado con penitencias muy fuertes las relaciones entre cristianos y judíos, en particular la asistencia a bendiciones de campos y banquetes celebrados por éstos.118
Los emperadores romanos fueron bastante tolerantes con el judaismo; ni siquiera Diocleciano trató de obligarles a cumplir con los ritos paganos. En cuanto a Constantino, pese a reconocerlo como religio licita, les creó dificultades de todas clases y adoptó frente a esta profesión religiosa «actitudes predominantemente negativas» (Antón). En su primera disposición antijudía, fechada en otoño de 315, amenaza ya con la hoguera, y eso que el 313 había anunciado una amplia tolerancia mediante un decreto firmado conjuntamente con Licinio, en el sentido de que «los cristianos y todos los demás ciudadanos podrán elegir libremente la religión que prefieran». En la exposición de motivos, los coautores declaran haber decidido «después de madura y acertada reflexión» que «cada cual debe ser libre de optar por la religión que en su fuero interno haya juzgado ser la que más le conviene». Pero después del Concilio de Nicea, Constantino llega a la conclusión, reflejada en una epístola a todas las comunidades, de que los judíos, «mancillados por el delirio», «heridos por la ceguera del espíritu», «privados del recto juicio», son «una nación odiosa», y les prohibe pisar la ciudad de Jerusalén que él y su madre habían llenado de iglesias, excepto un solo día al año. Ademas, les prohibe tener esclavos como los cristianos; esta disposición tuvo graves consecuencias, pues fue una de las primeras que privaron a los judíos, en la práctica, de poseer explotaciones agrícolas. El cristiano que judaizase era reo de muerte. Además, Constantino renovó una ley de Trajano, promulgada doscientos años antes, según la cual el pagano que se convirtiese al judaismo era condenado a la hoguera; de paso, generalizó este castigo a todas las comunidades judías que acogiesen a un pagano converso y a todos los que tratasen de impedir la conversión de un judío al cristianismo. El primogénito de Constantino y segundo emperador de su nombre amplió la legislación antijudía con disposiciones cada vez más rigurosas; o mejor dicho, el antisemitismo inspiró en líneas generales la política de toda la dinastía en materia de religión.119
Lógicamente, cabría esperar que se hubieran producido revueltas judías durante ese reinado. Las noticias que confirman dicho extremo, sin embargo, son dudosas; es probable que los primeros amagos de rebelión fuesen sofocados inmediatamente y las crónicas dicen que se cortaron algunas orejas por ese motivo.120
Más dura todavía fue la política contra los «herejes», y esto ya desde la época de la regencia, a partir del año 311, con motivo de que muchos de los que habían abjurado del cristianismo pretendían recibir de nuevo el bautismo; de esto resultó un cisma con repercusiones sangrientas que se prolongaron durante varios siglos. Es en esa época cuando aparece por primera vez en un documento imperial la definición de «católico» en contraposición a la figura del «herético».121
En una carta de invitación al Sínodo de Arles, a celebrar en agosto de 314, dirigida a Cresto, obispo de Siracusa, el emperador lamenta que se hayan producido en África «determinadas divisiones funestas y erróneas» dentro de «la religión católica», después de censurar estas «reprobables discordias entre hermanos», estas «interminables y enconadas luchas de partidos», advierte al obispo siciliano que «precisamente los que más deber tienen de entenderse fraternalmente viven en un estado abominable de discordia...».122
¿Qué había sucedido?
En el año 311, habiendo fallecido el obispo Mensurio, fue nombrado sucesor, a lo que parece incorrectamente, el archidiácono Ceciliano, de quien desconfiaban desde hacía mucho tiempo los partidarios más fanáticos del culto a los mártires, por cuanto se afirmaba que uno de los que oficiaron en su consagración, el obispo Félix de Abthungi, había sido traidor durante la persecución y había revelado escritos sagrados. En consecuencia, la consagración carecía de validez no sólo en Cartago, sino también en todas las comunidades africanas. También se decía que Ceciliano había saboteado el aprovisionamiento de víveres para los mártires sitiados de Abitina. Setenta dignatarios eclesiásticos tunecinos protestaron, promulgaron la deposición de Ceciliano y nombraron en su lugar al lector Mayorino. Todo ello se hizo mediante ciertos sobornos, dicho sea de paso, ya que la rica cartaginesa Lucila, de quien era doméstico Mayorino, pagó de su bolsillo 400 folies, es decir, unos 40.000 marcos oro. La adinerada devota había sido objeto de las censuras de Ceciliano porque antes de comulgar besaba ostentosamente un hueso que, según ella, era una sagrada reliquia, pero no había sido reconocido como tal.
Mayorino murió en el año 315, pero el cisma prosiguió bajo Donato el Grande, dignatario enérgico y bien dotado para el mando, que contaba con el apoyo de la gran mayoría de los cristianos de África, pero muchos de cuyos seguidores, según se afirmaba, habían apostatado también. Fueron los llamados pars Donati o donatistas, que apenas veinte años después convocaron en Cartago el primer concilio donatista del que tenemos noticia, y que reunió a 200 obispos. No era cuestión de diferencias doctrinales, puesto que «llevan la misma vida eclesiástica que nosotros, las mismas lecturas, la misma fe, iguales sacramentos e idénticos —como escribió Optato de Mileve, el primero que los combatió – y no solo la guadaña de la envidia los ha separado de las raíces de nuestra madrela Iglesia». Sin embargo, los donatistas rechazaban la asociación con el Estado, la alianza constantiniana entre el trono y el al-
tar. Juzgaban que ellos eran la verdadera Ecciesia sanctorum y que la
Iglesia Romana era la civitas diaboli; apelaban a las creencias del cristianitivo al exigir mayor austeridad para el clero. Pretendían que mantenerse moralmente cualificado, es decir, libre de peca. la validez de los sacramentos dependía de la pureza del ofiacuerdo, en esto, con una tradición de la Iglesia africana, proitre otros por san Cipriano). Por último, pero no menos importante, los donatistas no querían reconocer como cristianos a los que habían abjurado durante la persecución y habían entregado a los perseguidores las Biblias u otros escritos «sagrados», entre otras abominaciones peores, como por ejemplo rendir culto a los ídolos paganos de lo que se acusó al diácono Ceciliano y con toda seguridad al obispo romano Marcelino (296-304). Por todo ello, los oportunistas eran considerados lapsi y traditores, es decir, apóstatas y traidores. Los católicos que se convertían al donatismo recibían por segunda vez las aguas bautismales, entendiendo que el único sacramento válido era el administrado según la fe donatista. Cuentan que los donatistas solían purificar el suelo que hubiese pisado un católico.123
Todo esto contrariaba enormemente a Roma que, por lógicas razones, mantenía la doctrina de que la Iglesia es la institución que objetivamente dispensa el perdón y la salvación, es decir, no deja de ser santa por muy corruptos que (subjetivamente) puedan resultar sus miembros. Esta doctrina es fruto excelentísimo del sacramento del Orden, con su character indelebilis, es decir, que imprime carácter permanente en la persona del sacerdote; criterio no reconocido por la Catholica primitiva y que además se halla en franca contradicción con la doctrina de la misma.124
Por supuesto, la nueva opinión resultaba útil para combatir a los donatistas. «Si el servidor de la palabra evangélica es un justo, será partícipe del Evangelio; si no lo es, no por ello deja de ser administrador del mismo», establece Agustín. Los donatistas recurrieron al emperador, pero el recurso fue rechazado, «en presencia del Espíritu Santo y de sus ángeles», por Roma en 313, por Arles, convertida en capital de la Galia por Constantino, en 314 (durante el mismo sínodo que prescindió del pacifismo cristiano); y apenas hubo concluido con el relativo éxito que sabemos la campaña de Constantino contra Licinio, se volvió contra los donatistas a instigación del obispo Ceciliano, en una campaña que duró varios años, presidida por la decisión de «no tolerar ni el menor asomo de división o desunión, dondequiera que fuere». Más aún, en una carta de comienzos de 316 a Celso, vicario de África, amenazaba:
«Pienso destruir los errores y reprimir todas las necedades, a fin y efecto de ofrecer a todo el género humano la única religión verdadera, la justicía única y la unanimidad en el culto al Señor todopoderoso». A los donatistas les quitó sus iglesias y sus fortunas, exilió a sus jefes y mandó tropas que hicieron matanzas de hombres y mujeres. Aún no había empezado la hecatombe de paganos y ya cristianos hacían mártires a otros cristianos en una sangrienta guerra campesina, ya que los esclavos agrarios del norte de África, bárbaramente explotados, habían hecho causa común con los donatistas. Fueron asaltadas varias basílicas y todo el que ofreció resistencia a los soldados resultó muerto, incluyendo a dos obispos donatistas. A partir de entonces, los herejes llevaron un calendario propio de mártires y estas víctimas contribuyeron a enconar el cisma. Ante la inminencia de la nueva campaña contra Licinio, en 321, el emperador dispensó a los sacerdotes desterrados, les devolvió sus iglesias, reconoció su fracaso y recomendó a los católicos que aplazaran para mejor oportunidad la venganza de Dios.125
Nunca tuvo reparo Constantino, y menos todavía sus sucesores, en poner la fuerza al servicio de las exigencias de los grandes dignatarios eclesiásticos, pues para ellos la unidad del imperio era preferible a cualquier división. Por la misma razón, sin embargo, y por más que ello pudiera disgustar al clero, muchas veces hicieron de mediadores entre los grupos rivales e incluso entre las tan pendencieras sectas cristianas. Con frecuencia, los soberanos procuraron contener los excesos de los fanáticos y arbitrar las diferencias doctrinales en busca de compromiso, en particular cuando los partidos en discordia eran poderosos y, por tanto, políticamente influyentes. Sin embargo, y como escribe Johannes Heller, «la época se caracteriza por las divisiones, las discordias y los conflictos dondequiera que uno mire».126
Por todo ello, los esfuerzos conciliadores fracasaban una y otra vez, no quedando sino el recurso a la fuerza, a la violencia. En los años 326 y 330, Constantino emitía edictos en favor del clero católico, mientras desfavorecía expresamente a «herejes» y «cismáticos». E incluso durante el período final de su reinado, entre los años 336 y 337, tuvo lugar una severa persecución contra los donatistas, a cargo del prefecto Gregorio, que había sido atacado por Donato en una epístola, que fue acogida como una «heroicidad» y distribuida en numerosas copias, llamándole «vergüenza del Senado y oprobio de la prefectura».127
Constantino luchó también contra la iglesia de Marción, más antigua y en algún momento dado seguramente también más seguida que la católica. Prohibió los oficios de la misma aun cuando se celebrasen en casas particulares, hizo confiscar sus imágenes y sus propiedades, y ordenó la destrucción de sus templos. Los sucesores, instigados con toda probabilidad por los obispos, extremaron la persecución contra esa secta del cristianismo, después de haberla difamado ya por todos los medios, incluso recurriendo a falsificaciones, durante los siglos n y ni.128
En el año 326, poco después del Concilio de Nicea, Constantino promulgó un severísimo edicto «contra herejes de toda laya» (supuestó(que fuese auténtico y no una ficción de Eusebio, que es quien nos comunica la noticia del mismo), muy imitado por otros posteriores, ya que les atribuye toda clase de «mentiras», «necedades» y dice que son «una epidemia», «enemigos de la verdad y adversarios de la vida», y «propagandistas de la destrucción». El dictador les prohibe el culto, adjudica a los católicos «sus casas de oración» y les quita todas las demás propiedades. «Los que quieran dedicarse a la práctica de la religión pueden hacerlo en las iglesias católicas.» Eusebio cuenta, entusiasmado, cómo se limpiaron «las madrigueras de los heréticos» y fueron acosadas «esas fieras salvajes». «Así resplandece exclusivamente la luz de la Iglesia católica.»129
Las actuaciones de Constantino contra los «herejes» sentaron ejemplo, pero al menos les respetaba la vida en la mayoría de las ocasiones. A fin de cuentas, no le importaba tanto la religión como la unidad de la Iglesia sobre la base del concilio niceno, y de ahí la unidad del imperio. Sin duda, tenía de la religión un concepto exclusivamente político, aunque los problemas religiosos siempre, y desde el primer momento, se presentaron en relación con los conflictos sociales y políticos, en interés del poder del Estado promovió la unidad de la Iglesia y no otra era la causa de su odio a las discordias de todo género. «Yo estaba seguro de que, si lograba culminar mi propósito de unificar a todos los servidores de Dios, cosecharía frutos abundantes en pro del interés público», escribe en una carta a Arrio y al obispo Alejandro.130
Frente a los paganos, este príncipe tan deseoso de reforzar la unidad estatal se comportó, en principio, con notable reserva; hay que tener en cuenta que aún eran gran mayoría, sobre todo en las provincias occidentales, y que también predominaban en las filas del ejército. Por eso el futuro santo de los cristianos orientales asumió durante toda su vida la dignidad de pontifex maximus que le correspondía oficialmente como emperador, que simbolizaba la vieja alianza entre la religión pagana y el Estado, y que nunca dejó de figurar en los documentos oficiales. Y no sólo san Constantino presidió durante toda su vida en el colegio de los sacerdotes paganos, lo que entre otras cosas le confería el derecho a efectuar nombramientos entre ellos, sino que además mantuvo la costumbre de hacerse dedicar templos a su nombre, como por ejemplo el que se erigió en la villa de Hispellum, en la actual Umbría, aunque evitando que se practicaran en ellos «rituales paganos».131
En el año 330, sin embargo, lanza una condena contra la escuela neoplatónica e incluso ordena la ejecución de Sopatro, que venía presidiendo dicha escuela desde la muerte de Yámblico. El filósofo fue víctima de una intriga cortesana montada por Ablabio, praefectus praetorio de Oriente y cristiano explícitamente confeso, para librarse de él. Durante algún tiempo, Ablabio fue el más influyente de los consejeros de Constantino y además preceptor de su hijo..., hasta 338, en que el nuevo emperador hizo liquidar a su mentor. Es probable, no obstante, que en tiempos del mismo Constantino los cristianos hallasen ya más facilidades que otros para hacer carrera en la corte y en la administración estatal. A medida que ellos progresaban sin límite y mientras dediñaba la influencia de los paganos, es decir, durante los últimos años de la época constantiniana, el emperador empezó a proceder también en contra de éstos, para mayor satisfacción del partido cristiano, como es lógico.132
Cuando promulgó el Edicto de Milán (313), todavía opinaba que «la tranquilidad de nuestro régimen» impone que «todos sean libres de elegir la divinidad de sus preferencias y rendirle culto, y así lo mandamos y disponemos, para que nadie crea que deseamos postergar ningún culto ni ninguna religión». Pero después, Constantino se dejó influir durante dos decenios por las jerarquías cristianas y los paganos pasan a ser (recordemos los insultos dedicados a judíos y «herejes») «insensatos», «gentes sin moral» y su religión un «semillero de discordia», «error funesto», «imperio de las tinieblas», «locura perjudicial que ha arruinado a naciones enteras». En consecuencia, estima que el Señor le impone la obligación de «destruir el execrable culto a los ídolos».133
Según los historiadores, «la política de este emperador rara vez ultrapasó el límite de la parcialidad en el trato dispensado a cristianos y paganos» (Von Walter) o, como escribió en 1982 el teólogo Meinhold, fue «emblema de la tolerancia, que respetó los derechos de todas las religiones entonces existentes».134
En realidad, tanto la coexistencia proclamada en los años 311 y 313 como el correlativo principio de libertad de religión fueron víctimas de una erosión gradual, predominando finalmente la tendencia represiva. A medida que Constantino acumulaba poder y ganaban más radio de acción sus disposiciones, empeoraban las condiciones para los paganos, sobre todo durante el último período de su reinado. En el año 319, había legislado ya contra los arúspices y demás adivinadores paganos del porvenir (los mismos de quienes ya Catón decía que no podían contener la risa cuando se encontraban dos de ellos en la calle), aunque sólo un año más tarde él mismo consultaba sus servicios profesionales (también sus predecesores, como Augusto, Tiberio y otros habían legislado contra la magia). Inmediatamente después de su victoria sobre Licinio, Constantino garantizó expresamente la libre práctica del culto a los practicantes de la antigua religión, en una epístola dirigida a las provincias orientales: «Que cada cual crea lo que su corazón le dicte», en una primitiva versión de la célebre frase de Federico II de Prusia: «Que cada cual busque la salvación a su manera», aunque ya Josefo había expresado antes la misma idea. Pero no parece que el regente lo dijera en serio; su verdadera intención era que todos los humanos «reverencien al único Dios verdadero» y que abandonasen «los templos de la mentira».135
Mientras los paganos de las provincias occidentales disfrutaban aún de una relativa tranquilidad, en Oriente las persecuciones empezaron después de la derrota definitiva de Licinio (324). Constantino prohibió que se erigieran nuevas estatuas a los dioses, que se rindiese culto a las existentes, que se consultasen los oráculos y todas las demás formas» del culto pagano; en 326, llegó a ordenar la destrucción de todas las imágenes, al tiempo que iniciaba en Oriente la confiscación de propiedades de los templos y el expolio de valiosas obras de arte. En su nueva capital, Constantino, bendecida el 11 de mayo de 330 después de seis años de obras financiadas en parte por el monarca gracias a los tesoros confiscados a los templos, quedaron prohibidos los cultos y las festividades del paganismo y se les retiraron las rentas a los templos de Helios, Artemis Selene y Afrodita. Constantino, calificado de «renegado» e «innovador y destructor de antiguas y venerables constituciones» por el emperador Juliano, pero alabado por muchos historiadores modernos en razón de su inteligente moderación, no tardó en prohibir la reparación de los templos paganos que amenazasen ruina y ordenó numerosas clausuras y destrucciones, «dirigidas precisamente contra los que más habían sido venerados por los idólatras» (Eusebio). Dispuso el cierre del Serapion de Alejandría, el del templo al dios Sol en Heliópolis, el derribo del altar de Mambre (con motivo de que el Señor en persona se había aparecido allí al padre Abraham, en compañía de dos ángeles), y el del templo de Esculapio en Aegae, cumpliéndose esto último con tanta diligencia «que no quedaron ni siquiera los fundamentos del antiguo desvarío» (Eusebio). Ordenó asimismo la destrucción del templo de Afrodita sobre el Góigota, por el «gran escándalo» que representaba para los creyentes; también le llegó el turno al de Aphaka en el Líbano, de cuyo santuario, «peligrosa telaraña para cazar almas» y que según el emperador «no merece que le alumbre el sol», no quedó piedra sobre piedra; y el muy famoso de Heliópolis, incendiado y reducido a escombros por un comando militar. Según el católico Ehrhard, sin embargo, «Constantino se abstuvo prudentemente de cualquier provocación contra los partidarios del culto antiguo»; la realidad es que el ejemplo de Elias, cuando fueron pasados a cuchillo los sacerdotes de Baal, sirvió de inspiración a «toda clase de desmanes» (Schulze). Constantino hizo quemar los escritos polémicos de Porfirio. A partir del año 330, en que fue prohibido el neoplatonismo, los cristianos abundaron en saqueos de templos y rotura de imágenes, como celebraron todos los cronistas cristianos y pese a haber sido prohibidas implícitamente tales actividades por el Concilio de Elvira. El santo Teófanes, en su cronografía ampliamente difundida durante la Edad Media, hace constar que «el piadoso Constantino» se había formado el propósito de «destruir las imágenes de los ídolos y sus templos, de tal manera que los mismos desaparecieron de muchos lugares, y todas sus rentas fueron asignadas a las iglesias del Señor».136
Los clérigos no anduvieron remisos en colaborar. El diácono Cirilo, que se había destacado especialmente por su fanática manía destructora —«lleno de santo celo», según Teodoreto—, sin embargo fue asesinado y descuartizado en tiempos de Juliano, aunque el castigo de Dios no tardó en alcanzar a los homicidas, que según se cuenta habían devorado incluso los hígados del santo varón. Bien es verdad que «no podían permanecer ocultos al ojo que todo lo ve [...]; los que habían tomado parte en aquel crimen horrible perdieron los dientes y sus lenguas se cubrieron de úlceras pustulosas, y por último acabaron perdiendo también la vista, de manera que los castigos padecidos sirvieron de testimonio acerca de la verdad de la religión cristiana» (Teodoreto).137
¡La historiografía cristiana!
En contra de lo que querrían hacernos creer los historiadores cristianos, al emperador, naturalmente, no le interesaba luchar cara a cara contra el paganismo que aún detentaba la mayoría en gran parte del imperio y conservaba parte de su fuerza; lo que por supuesto no quita que fuesen bien recibidas no sólo por las iglesias, sino también por el mismo emperador y su corte, «las pequeñas expropiaciones materiales» (Voelkl): las piedras, las puertas, las figuras de bronce, las vasijas de oro y plata, los relieves, «los valiosos y artísticos exvotos de marfil confiscados en todas las provincias», como destaca Eusebio. «Por todas partes andaban robando, saqueando y confiscando las imágenes de oro y plata [...] y las estatuas de bronce» (Tinnefeid). Constantino ni siquiera respetó los famosos trípodes de la pitonisa del santuario de Apolo en Delfos. El historiador Kornemann constata «un latrocinio de obras de arte como jamás se había visto en toda Grecia». Incluso san Jerónimo criticó que la ciudad de Constantinopla se hubiese construido con el botín de casi todas las demás ciudades. «En un abrir y cerrar de ojos desaparecerían templos enteros», se regocija Eusebio. El Olimpo entero quedó reunido en la «nueva Roma», en donde el emperador, aun sin atreverse a derruir los templos, hizo quitar de ellos todas las estatuas. Los dioses más venerados quedaron instalados en casas de baño, basílicas y plazas públicas; así ocurrió con la Hera de Samos, la Atena Lindia, la Afrodita de Cnido. Como era lógico, la nueva capital a orillas del Bosforo (caracterizada también por siete colinas y asimilada en todo por su fundador a la ciudad del Tíber, con sus catorce regiones, su senado, etcétera.) no tuvo ritos paganos, ni culto a Vesta, ni templo capitolino; lo que hizo Constantino fue conferirle «un rostro inequívocamente cristiano» y «el carácter de una contra-Roma cristiana» (Vogt), que debía servir como pública demostración de la victoria sobre el paganismo. A una estatua de Rea con dos leones, por ejemplo, le modificaron la postura de los brazos para que pareciese una orante. A una Tyché le marcaron la frente con una cruz. El Apolo deifico, que había sido el monumento más venerable del mundo helénico, fue reconvertido en un Constantino el Grande (como escribió Nietzsche;
«Constantino ha sido el venerado destructor del oráculo») mediante la adición de un orbe de oro coronado por una cruz en la mano, y una placa cuya epigrafía confirmaba la nueva advocación. En cambio, el centurión Balmasa, un ladronzuelo (los crímenes pequeños son los únicos que se pagan siempre) que había echado mano de una figura de Atenea Pallas, fue ajusticiado, mientras los metales nobles robados por el emperador pasaban a engrosar las finanzas de la Iglesia y del Estado, ya que en el año 333 se hizo perentoria la necesidad de poner de nuevo en funcionamiento las cecas. «Riquezas inmensas desaparecieron amonedadas o fueron a rellenar las arcas vacías de la Iglesia», nos recuerda Voelkl.138

La consabida profanación de los dioses también fue iniciada por Constantino, si hemos de prestar crédito al testimonio del obispo Eusebio. Ante todo, el emperador hizo «exponer públicamente en todas las plazas de la capital las imágenes durante tan largas eras veneradas por el engaño, de tal modo que ofreciesen un espectáculo aborrecible a todos cuantos las viesen [...] y que todos comprendieran que el emperador hacía de todos aquellos ídolos juguetes de la plebe y objeto de mofa». Lo mismo que se hizo en Roma por orden del soberano, aunque no pocos eruditos lo valoran como una medida de protección y embellecimiento. En las provincias, los emisarios del emperador «sacaron a la luz incluso las imágenes que habían permanecido escondidas y recubiertas de polvo, quitándoles a los dioses todos sus adornos, para que todos pudieran ver la fealdad que ocultaban las figuras pintadas. [...] Los dioses de los antiguos mitos se vieron así arrastrados con sogas de cáñamo».139
Si para los cristianos el ejemplo del emperador era ya casi una orden, lo mismo les sucedió a muchos paganos deseosos de evitar conflictos. De ahí que Eusebio nos cuente que los habitantes de la provincia fenicia «entregaron a las llamas numerosas imágenes de ídolos acogiéndose así a la ley salvadora. Y lo mismo en otras muchas provincias, prefiriendo el camino de la salvación, renunciaron a todas aquellas naderías. [...] Los templos y los santuarios, antes tan orgullosos, fueron destruidos sin que nadie lo ordenase, construyéndose en su lugar iglesias y cayendo en el olvido el viejo desvarío».140
Un desvarío a cambio de otro.
Considerados en conjunto, los primeros siglos de la Ecciesia triumphans bajo el primer emperador cristiano justifican la opinión del filósofo francés Helvecio (1715-1771), cuando dice que «el catolicismo propugnó siempre el latrocinio, el expolio, la violencia y el homicidio», y aún más es este otro juicio del mismo pensador sobre aquella época tan adornada por los cronistas de la posteridad: «¡Qué le importan a la Iglesia las acciones tiránicas de los reyes ensoberbecidos, con tal de participar en el poder de ellos!». Como había subrayado ya otro santo, Policarpo, «el anciano príncipe de Asia» (Eusebio), a quien es costumbre invocar contra dolores de oídos, a los cristianos se les enseña que «deben acatar a los príncipes y jefes que han recibido su autoridad de Dios, siempre y cuando ello no nos perjudique».141
En el año 337, Constantino se propuso lanzar una cruzada contra el rey de los persas y «bárbaro de Oriente» Sapur II; como de costumbre, según escribe el historiador Otto Seeck, no lo hizo por su propia voluntad, «sino obedeciendo una vez más al designio divino que le había elegido como instrumento para restaurar el imperio de Alejandro y llevar elmensaje del cristianismo hasta el último rincón del orbe». Aunque el persa envió embajadores en 337 para ofrecer la paz, no fueron escuchados por el emperador (como el mismo Seeck admite en la página siguiente). Así pues, el «héroe jamás derrotado» quería la guerra, la cruzada, asistida como era de rigor por «el necesario servicio religioso», según cuenta Eusebio, que relata asimismo cómo los obispos le aseguraron al emperador «que tomarían parte de muy buen grado en la expedición, sin retroceder jamás ante el enemigo y colaborando a la victoria con sus más fervorosas oraciones».142
Sin embargo, en la Pascua del mismo año, el soberano cayó enfermo. Primero buscó remedio en los baños calientes de Constantinopla, y luego en las reliquias de Luciano, patrono protector del arrianismo y discípulo que fue del propio Arrio. Por último recibió en su finca, Achyrona de Nicomedia, las aguas del bautismo, pese a su deseo de tomarlas a orillas del Jordán como Nuestro Señor. En aquel entonces (y hasta el año 400 aproximadamente) era costumbre habitual aplazar el bautismo hasta las últimas, sobre todo entre príncipes responsables de mil batallas y condenas a muerte. Como sugiere Voltaire, «creían haber encontrado la fórmula para vivir como criminales y morir como santos». Después del bautismo, que fue administrado por otro correligionario de Luciano llamado Eusebio Constantino fallecido el 22 de mayo del año 337. Así las cosas, resulta que el primer princeps christianus se despidió de este mundo como «hereje», detalle que origina no pocos problemas para los historiadores «ortodoxos», pero que le fue perdonado incluso por el enemigo más acérrimo del arrianismo en Occidente, san Ambrosio, «teniendo en cuenta que había sido el primer emperador que abrazó la fe y la dejó en herencia a sus sucesores, por lo que le incumbe el más alto mérito [magnum meriti]».143
Mientras los cristianos casi prescindían de su sentido común por elogiar a Constantino, lógicamente son muy pocos los testimonios de sus críticos que han llegado hasta nosotros, entre ellos los del emperador Juliano o los del historiador Zósimo, lo que dista de ser un hecho casual.144
La cruzada prevista por Constantino contra los persas fija nuestra atención en un reino que no tardaría en verse asediado por otros príncipes cristianos; en especial, consideraremos el caso de Armenia, el primer país del mundo que hizo del cristianismo la religión del Estado.



CAPITULO 6
PERSIA, ARMENIA Y EL CRISTIANISMO
«El origen y la fundación de esa Iglesia son típicamente armenios. Gregorio [el apóstol de Armenia] recorre violentamente el país, rodeado de tropas, destruye los templos y va cristianizando a la población. Era una cosa nunca vista hasta entonces en el mundo helénico.»
G.KUNGE1
«Los armenios pasaron a cuchillo todo el ejército persa, sin permitir que se salvase ni uno solo», «no dejaron hombre ni mujer con vida». «Vieron el baño de sangre perpretado entre las tropas derrotadas. Toda la región apestaba por el hedor de los cadáveres. [...] Así quedó vengado san Gregorio.»
FAUSTO DE BIZANCIO2
«Consolaos en Cristo, porque quienes murieron lo hicieron en primer lugar por la patria, por la Iglesia y por la gracia de la divina Religión [...1.» WRTHANES, PATRIARCA DE ARMENIA3
Desde hacía siglos, dos grandes potencias rivalizaban en el Próximo Oriente, el Imperio romano al oeste y el reino de los partos al este, aunque tampoco faltaron largos períodos de paz, e incluso de relaciones bastante amistosas, bajo Augusto y sus sucesores, bajo Adriano y durante la época de los Antoninos. Durante el período de los Severos, a comienzos del siglo lll, ambos Estados se otorgaron reconocimiento recíproco y el gran rey de los partos trataba de igual a igual con el emperador romano.4
Dicho estado de cosas terminó en el año 227 con la caída de los partos y el auge de la dinastía persa (de los sasánidas), enemiga muy peligrosa para Roma. Ambos bloques, el neopersa y el romano, tenían fuertes ambiciones imperialistas. Ambas potencias se enfrentaron en guerras ofensivas y defensivas, guerras de unas dimensiones mucho mayores de lo que comúnmente se piensa, y en ellas el cristianismo desempeñó un papel cada vez más importante.
Durante los siglos ni y IV, la nueva religión se propagó por toda Persia, difundida allí por romanos prisioneros de guerra que se quedaron en el país, sirios occidentales deportados y otras naciones. En 224, la comunidad cristiana contaba ya con dieciséis obispos. Pero así como los romanos persiguieron el cristianismo, en cambio ni los arsácidas ni los sasánidas organizaron pogromos anticristianos, según las noticias que nos han llegado. Pudieron darse persecuciones locales instigadas por algún mago, pero sin que fuesen ordenadas por el soberano. De ahí que, durante el siglo lll, Persia fuese tierra de asilo para muchos cristianos.5
Los sasánidas mantuvieron su política de tolerancia aun a pesar de haberse propuesto a fines de reordenación política la restauración del antiguo credo iraní, es decir, la renovación del mazdeísmo, la religión fundada por Zoroastro que, sin embargo, cayó luego al primer empuje del Islam. Durante un breve paréntesis, bajo Sapur I y su hijo, también fomentaron la religión de Mani. Y aunque el gran rey hizo ejecutar a una de sus mujeres, Estassa, que se había convertido al cristianismo, y desterró por igual motivo a la reina Siraran, hermana de aquélla, no obstante dejó mandado «que cada cual sea libre de profesar sin temor el culto que prefiera: los magos, los zándicos, los judíos, los cristianos y todas las demás sectas [...] en todas las provincias del reino persa».6
No era de ese parecer el gran rey Bahram I (274-277), que influido por el maestro mago Kartir combatió con energía todas las confesiones no mazdeistas e hizo encarcelar a Maní, por supuestos delitos contra la religión zoroástrica, en el presidio de la capital Bet-Lapat (Gundi-Sapur), donde falleció en 276. (Un siglo después, su seguidor Sisinio sería crucificado por orden de otro rey.) También Bahran II (277-293) hizo matar a su mujer, la cristiana Quandira, y permitió que los magos persiguieran a cristianos y maniqueos; al poco tiempo, la hostilidad se redujo a estos últimos mientras que los cristianos disfrutaron de tranquilidad a partir de 290, aproximadamente, cuando Papa accedió al obispado de la nueva capital, Ctesifonte. Y la situación continuó con pocos cambios cuando Nerses (293-303), sucesor de Bahran II, después de sufrir una tremenda derrota (en 297, que fue el principal acontecimiento de la época en materia de política internacional) a manos de Galerio, el yerno de Diocleciano, en 298 tuvo que ceder mediante tratado cinco provincias de la Mesopotamia, junto con la ciudad de Nisibis, y reconocer además el protectorado romano sobre Armenia, país de importancia estratégica como Estado-tampón situado entre las dos grandes potencias.7
El monarca armenio Trdat (Tirídates) III, dos veces expulsado por los persas y dos veces reinstaurado gracias a la ayuda de los romanos, emuló en Armenia las persecuciones de Diocleciano. Por lo visto, hacía bastante tiempo que vivían allí cristianos. Diocleciano recordó al armenio sus obligaciones en una larga epístola, a la que éste, muy servil, contestó que haría lo que le mandasen, pues no podía olvidar que debía su trono a los romanos. Pero poco después, y diez años antes de la subida de Constantino al trono imperial, el rey tomó las aguas del bautismo y se convirtió en el «Constantino de los armenios», siendo éste el primer país del mundo que hizo del cristianismo su religión oficial.8
San Gregorio destruye el paganismo armenio y funda un patriarcado hereditario
La conversión de Armenia fue obra de Gregorio el iluminador, el apóstol de los armenios. Converso al cristianismo en Cesárea, empezó a predicar la nueva religión hacia el año 280, cuando Trdat reconquistó Armenia. Tenía gran ascendiente sobre Khosrovidukht, una hermana del rey, gracias a lo cual acabó gozando de la privanza del soberano...,9 proceso bien característico, pues sabemos que el clero siempre se ha servido de las mujeres, las hermanas, las esposas o las queridas de los príncipes para llegar a dominar a éstos; por este procedimiento se logró la «cristianización» de naciones enteras. Persuadido por su hermana, el rey Trdat envió finalmente a la Cesárea una delegación encabezada por Gregorio; una vez allí, el ordinario Leoncio le hizo obispo y cabeza espiritual de la Iglesia armenia. Poco después se convirtieron Trdat y su esposo Arshken, promulgándose un edicto por el cual todos los subditos (como cuenta Sozomenos, historiador de la Iglesia) quedaron obligados a abrazar la religión del monarca;
se trata de la primera proclamación del cristianismo como religión oficial, aunque desde el siglo iv la fecha exacta de la disposición es objeto de controversias, debido sobre todo a que casi todos los cronistas eclesiásticos de la época silenciaron el caso sistemáticamente.10
Por extraño que eso pueda parecemos y mientras se sigue discutiendo la fecha, queda el hecho de que la proclamación del cristianismo como religión oficial de Armenia inicia un período de tremendas persecuciones contra el paganismo.
Respaldado y protegido por el rey, Gregorio se dedicó a destruir concienzudamente los templos para reemplazarlos por iglesias cristianas, que además fueron dotadas con generosidad. En Ashtishat, la antigua Artaxata, que había sido un centro destacado del politeísmo, «el maravilloso Gregorio» (Fausto de Bizancio) arrasó el templo de Vahagn (Hércules), el de Astiik (Venus) y el de Anahit; luego construyó una espléndida iglesia cristiana destinada a ser el nuevo «santuario nacional» de Armenia. Al mismo tiempo, Gregorio hizo construir un palacio para uso propio. Fue nombrado arzobispo, primer dignatario del reino después del rey y katholikos. Este título, adoptado también por los arzobispos de Persia, Etiopía, Iberia y Albania, resultaba muy significativo, ya que antiguamente era el que correspondía a un alto funcionario de la hacienda pública. Gregorio el iluminador, venerado como santo por la Iglesia armenia e incluido asimismo en el martirologio romano por el papa Gregorio XVI (su advocación se celebra el 30 de septiembre), no dejó de atender a las necesidades propias y de los suyos, utilizando las propiedades de la Iglesia en beneficio personal y de sus parientes. Nombró obispo y sucesor suyo en calidad de katholikos (325-333) a su hijo benjamín, Aristakes; y tan alta dignidad, que implicaba el mando sobre doce obispados y la primacía espiritual de la nación, se fue heredando en el seno de la familia hasta que falleció, sin dejar descendencia, su último representante, el katholikos Sahak (390-438), tras lo cual pasó a una rama próxima, la de la familia Mamikonia.n
Al principio, y esto es bien significativo, el cristianismo arraigó sólo entre la aristocracia, y podemos imaginar cuál sería la profundidad de sus convicciones. La ética del cristianismo no desempeñaba ningún papel en aquella corte real. El motivo de la conversión del monarca, y de la subsiguiente conversión a escala nacional, no fue otro sino la desconfianza y la enemistad frente a los persas. En esto coincidían los intereses de los armenios y los de los romanos, ya que éstos se veían en la necesidad de tener en cuenta la importancia estratégica del país y su constante política de juego a dos barajas entre las grandes potencias. De manera que se produjo la alianza y la cristiana Armenia, lo mismo que la cristiana Roma, se embarcó en una serie de campañas militares.12

El primer Estado cristiano del mundo:
una guerra tras otra «en nombre de Cristo»
El escritor bizantino Fausto, autor hacia el año 400 de una grandilocuente historia de Armenia, dedica docenas de capítulos a las sucesivas escabechinas que totalizaron 29 victorias a lo largo de treinta y cuatro años. Si hemos de creer lo que dice este autor cristiano (de veracidad bastante discutible), los persas armaron sucesivos ejércitos de ciento ochenta mil, cuatrocientos mil, ochocientos o novecientos mil y hasta cuatro o cinco millones de hombres. Y aunque los cristianos combatieron en inferioridad numérica de uno a diez, o incluso de uno a cien, exterminaron siempre a sus enemigos..., mujeres y niños incluidos. En 1978, un notable dignatario de la iglesia apostólica armenia, Mesrob Krikorian, se hace eco de esos ditirambos: «En cualquier caso, la religión cristiana asumió primordial importancia para Armenia y para todos los armenios de la época...»; en cualquier caso, Fausto subraya una y otra vez que «todos los soldados persas fueron pasados a cuchillo por las tropas cristianas, no salvándose ni uno solo de ellos», «ni siquiera las mujeres del séquito», «ni uno solo escapó con vida», «hicieron un baño de sangre general».13
¡Un nuevo y bello rostro!
La lectura de estas crónicas recuerda vivamente el Antiguo Testamento y las masacres y correrías de los israelitas. «Los armenios realizaron una incursión por las provincias persas», «regresaron cargados de tesoros, armas, joyas y cuantioso botín, cubriéndose de gloria imperecedera y enriqueciéndose sin cuento», «pasaron a fuego y hierro el país». En ocasiones, lucharon también contra la cristiana Roma, aliado o no con los paganos persas (y con éxito no menor, como ya se comprende);
así por ejemplo, según Fausto, «durante seis años seguidos asolaron las provincias griegas», «pasaron a cuchillo a todos los griegos de tal manera que ni uno solo se salvó», y «no hay medida ni cuenta de los tesoros que llevaron consigo.. .»14
Siempre, naturalmente, combatiendo bajo las banderas de Dios, fiando en Dios, venciendo en nombre de Dios; es Dios quien concede «la suerte de las grandes victorias», es «confiando en Dios» como se asalta el campamento de los persas. En los campos de batalla, al rey le acompaña siempre el katholikos, el «gran arzobispo de Armenia». «Y vieron el baño de sangre realizado con las tropas derrotadas. El hedor de los cadáveres apestaba toda la región [...]. Así quedó vengado san Gregorio en la persona del rey Sanesan y en su ejército, pues no sobrevivió ni uno solo para contarlo.»15

Claro es que, a veces, el servicio del Señor producía bajas en las propias filas. Para eso estaba entonces la Iglesia católica, para tranquilizar, consolar, arengar, dar ánimos, como hacía por ejemplo «el sumo sacerdote Wrthanes», otro de los hijos del «sumo Gregorio». Después de haber sufrido pérdidas especialmente graves, «sobre todo de personalidades de la aristocracia», el patriarca Wrthanes confortó a todos los afectados, al rey y a sus tropas, que como se nos cuenta con la habitual abundancia de hipérboles, «estaban presa de gran tristeza, con los ojos arrasados de lágrimas, cariacontecidos y con el espíritu vencido al considerar la desproporción entre el número de los fallecidos y el de los supervivientes».16
Era la hora de los sacerdotes; en aquel momento menudeaban ya las frases que no han dejado de repetir desde hace siglos: «Consolaos en Cristo, porque los que murieron han caído por la patria, por las iglesias y por el consuelo de la santa religión, a fin de que la patria no se vea vencida e invadida, que las iglesias no sean profanadas con desprecio de sus mártires, que los sacerdotes del Señor no caigan en manos de los impíos e incrédulos, que se preserve la santa fe y que los hijos del bautismo no sean llevados al cautiverio ni renegar de sus creencias para someterse al abominable culto de la idolatría. [...] No hay que llorarlos, sino honrarlos por lo que hicieron mediante leyes que proclamen por todo el país el deber de recordarlos como héroes de Cristo y celebrar su fiesta con alegría...».17
El katholikos Wrthanes dispuso, pues, la celebración anual del día de los caídos, de los «testigos de Cristo», los «héroes de Cristo», a fin de promover imitadores de su ejemplo. Y también promulgó que en adelante se recordase a los caídos en las misas, es decir, santos y héroes casi al mismo nivel, con el argumento de que «cayeron en la guerra como Judas y los macabeos Matatías y sus hermanos».18
Y como también cayó el general mismo, el patriarca y el rey ordenaron que el hijo del difunto (un niño todavía) «sea educado [...] de tal modo que viva en la fe de sus mayores y de su padre, y emprenda heroicas acciones [...] en nombre de Cristo Nuestro Señor sobre todo, que atienda a las viudas y los huérfanos, y que asuma durante toda su vida las funciones de valiente general y famoso caudillo de los ejércitos».19
El clero y la guerra... unidos en el primer Estado cristiano del mundo. Acciones heroicas «por Cristo Nuestro Señor». Sin duda, los armenios no necesitaban la bendición eclesiástica para ponerse a luchar y a matar. Pero el caso es que la bendición no les faltó, debidamente argumentada con toda clase de razones metafísicas, justificaciones bíblicas y evangélicas, etcétera. Y siguieron combatiendo, venciendo en unas batallas y perdiendo y desangrándose en otras, «como fieras salvajes, como leones», según el panegírico de Fausto, año tras año, decenio tras decenio. Luego se generalizó la fatiga; los combatientes desearon la paz y solicitaron la ayuda del sumo pontífice. Habían combatido durante treinta años, como él mismo sabía muy bien; treinta años sin descansar las armas, treinta años sudando y portando la espada, la daga y la lanza. «No lo soportamos más, y no queremos seguir luchando; mejor sería que nos sometiéramos al rey de los persas.. .»20
Pero fue el katholikos Nerses I, otro discípulo de aquel que dijo:
«Bienaventurados los mansos de corazón», quien se opuso, y aun sin ser demasiado amigo del rey invitó a seguir luchando por él. Fausto menciona con orgullo que el nuevo arzobispo, de pasado militar y funcionarial, «tenía aspecto de guerrero» y había demostrado «un envidiable vigor en los ejércitos de armas», además de fomentar siempre y en todas partes el cristianismo, como era natural. «La luz del orden de la Iglesia brilló en todo su esplendor, las relaciones entre las iglesias católicas quedaron armonizadas en el más bello orden, y se multiplicó el número de las santas ceremonias así como el de los servidores de la Iglesia. Hizo construir numerosos templos nuevos y reconstruir los antiguos. Muchas fueron también las vocaciones en el monacato. [...] Nunca tuvo la tierra armenia otro que pudiera comparársele.»21
Un hijo auténtico de su Iglesia, podríamos decir, nada deseoso de secundar los anhelos de paz de los armenios. El rey Arsakes o Arsaces «quería continuar la guerra» (Fausto), aunque fuese un gran pecador, como decía el patriarca (alabado todavía en el Lexikon für Theologie una Kirche como «gran renovador de la vida religiosa en Armenia»):
«Queréis entregaros a la esclavitud en manos de los idólatras, renegar de vuestra vida en Dios, abandonar a vuestros príncipes designados por Dios para servir a unos extranjeros, cuya errónea religión tenéis que abrazar; [...] pero, aunque Arshak fuese mil veces peor, al menos le reza al verdadero Dios; aunque sea un pecador, es vuestro rey, y tal como dijisteis en mi presencia, hace tantos años que combatís por vosotros y por vuestra vida, por la tierra, por vuestras mujeres e hijos, y lo que vale más que todo eso, por vuestras iglesias y por el juramento de vuestra fe en Nuestro Señor Jesucristo. ¡Y siempre os concedió el Señor la victoria en su nombre! Pero ahora no queréis vivir sometidos a la fe de Cristo, sino a la falsa religión de la magia y sus seguidores. [...] Quiera la ira del Señor arrancaros de raíz y lanzaros para toda la eternidad a la esclavitud oprobiosa de los paganos, de manera que no arrojéis nunca más de vosotros el yugo de la servidumbre...».22
Ni por ésas quisieron seguir peleando los armenios. Fausto cuenta que la arenga del patriarca fue acogida con un gran abucheo; se formó un tumulto «y todos retornaron a sus casas, porque no querían seguir escuchando tales palabras».23

Debido a sus excesivas simpatías para con la Cesárea romana, el katholikos Nerses I se vio relevado por el antikatholikos Cunak. Al acceder al trono el rey Pap, fue repuesto en su dignidad, pero murió envenenado en 373 por instigación del mismo soberano durante la festividad de la Reconciliación. Al año siguiente, sin embargo, Trajano, general de los ejércitos romanos de Oriente, hacía asesinar al rey Pap durante un banquete, por haber propugnado la independencia de la Iglesia armenia y la aproximación a Persia.24


Planes ofensivos de Constantino y las Disertaciones sobre la guerra del padre Atanasio
Las preferencias, como era natural, iban en el sentido de incorporar la cristiandad persa al imperium romanum. Durante el Concilio de Nicea, el historiador Eusebio —que había visto ya que «imperio» y «oikumene», imperium y orbis terrarum, eran nociones sinónimas— contemplaba con satisfacción la posibilidad de tener un obispo godo y otro persa, cuando se hubiera «logrado incorporar ambas naciones a la Iglesia imperial» (Von Stauffenberg).25
Apenas un decenio antes, probablemente en 314, el rey armenio había firmado con Licinio y Constantino un solemne pacto de alianza, que apenas sería otra cosa sino que pacto militar contra Persia encaminado a consolidar la comunidad de creencia. La misión de los obispos armenios por los reinos caucásicos, que tuvo lugar bajo el reinado de Chosrau II, sucesor de Trdat y también gran amigo de Roma, fue otra jugada del expansionismo imperial romano. Y en 334, cuando los persas pusieron en aprietos a los armenios, y los jinetes sasánidas hicieron prisionero al heredero de Trdat, fue Constantino quien envió tropas bajo el mando de su hijo Constancio; después de algunos reveses iniciales, los expedicionarios derrotaron al ejército invasor, cayendo en los combates el caudillo de éste, Narsch, un príncipe hermano del rey persa ShapurII.26
El alcance de los planes de Constantino lo demuestra el hecho que, en 335, nombró a su sobrino Anibaliano, hijo de su hermano Dalmacio, «rey de Armenia y de los pueblos que la rodean»; se trataba de asegurarse la posesión de Armenia, cuyo trono estaba en aquellos momentos vacante, así como las provincias limítrofes con el imperio por Oriente, y aun ampliarlas si fuese posible.27
Es evidente que las ambiciones con respecto a Oriente eran de tipo e-xpansionista. Y cuando Constantino, «obedeciendo sólo a su libre albedrío», como asegura el obispo Teodoreto, decidió «hacer suya la causa de los discípulos de la verdad cristiana en Persia» al enterarse de que «eran expulsados de sus tierras por los paganos, y el rey de éstos, esclavo del error, procuraba perjudicarlos por mil maneras»,28 escribió una carta a los persas en términos amenazantes, o mejor dicho, no una carta 8U10 un sermón, en una de aquellas patéticas profesiones de fe que viniendo de potentados cristianos no suelen augurar nada bueno.
En su epístola, Constantino reconoce sin empacho que «estoy entregado a este servicio de Dios. Apoyándome en mis campañas sobre el poder de este Dios, y comenzando en las orillas más alejadas del Océano^ he exaltado todo el orbe terrestre mediante la esperanza de la salvaron, de tal modo que todas las naciones que padecían bajo el poder de tan terribles tiranos, expuestas a toda clase de desgracias, al participar en e! mejoramiento general de las condiciones de gobierno han despertado a una nueva vida, por decirio así, como si se hubiesen beneficiado de una medicina prodigiosa. A ese Dios venero, y su símbolo es llevado a hombros por mis tropas, que van siempre allá donde las llama la justa causa del derecho, mereciendo en premio las más estupendas victorias».
Después de explicarle al gran rey que Dios mira con agrado las obras de los bondadosos y mansos de corazón, y ama a los seres de corazón puro y de alma sin mácula (a la cabeza de los cuales, sin duda, se contaba él mismo), tampoco le oculta que a los malos suele tratarlos de otras maneras muy diferentes, que la impiedad es castigada y los soberbios humillados y arrojados a las tinieblas por naciones enteras o incluso por varias generaciones. «Creo no equivocarme, hermano mío [...]», le escribe Constantino, expresando su alegría (no sin insinuar una cierta amenaza, una vez más) de que «los bellos paisajes de Persia también estén poblados de tantos cristianos». Y «que sean contigo todos los parabienes, lo mismo que con ellos, si así tú los tratas, pues de esta manera habrás merecido la benevolencia del Señor y dueño del mundo».29
Para Eusebio, como historiador de la Iglesia, este llamamiento al rey de los persas demuestra que todas las naciones del oikumene eran conducidas por Constantino a manera de timonel y preceptor de pueblos instituido por Dios. Precisamente, «una idea de imperio universal, "católicamente" determinada» es el tema principal de la biografía de Constantino, tal como la ve su panegirista Eusebio, «y todo conduce a ver en la prevista guerra contra los persas [...] la que había de ser su coronación definitiva» (Von Stauffenberg).30
En sus manifiestos religioso-políticos, el emperador reitera su vocación de salvar a la humanidad de la peste de las tiranías anticristianas, unificarla bajo el signo de la «verdadera fe» y plasmar esa unidad en un nuevo imperio cristiano universal. En el año 337, precisamente, cuando la muerte de Constantino truncó la gran campaña cuyos preparativos venían realizándose desde hacía varios años, Afrahat, el decano de los padres de la Iglesia siria, monje y probablemente obispo (y seguramente gran enemigo de los judíos, como su compatriota Efrén) escribió su tratado sobre las guerras, un opus «dictado totalmente por la impresión de los preparativos bélicos que se iniciaban en Occidente» (Blum). El padre Afrahat, «personalidad venerable, de gran seriedad ética» (Schühlein), hace en este escrito un llamamiento belicista a todos los cristianos, celebrando «el movimiento que se anuncia en estos tiempos», «los ejércitos que se reúnen para la batalla». Ve que «las tropas se alzan y vencen», «los ejércitos se han reunido para el juicio de Dios». Considera que el Imperio romano será como el macho cabrío y romperá los cuernos al carnero de Oriente, que representará al inminente reinado de Cristo y que será invencible «porque marcha con este ejército ese hombre fuerte llamado Jesús, cuyas armas llevan todas las legiones del imperio» .31
Jesús en el ejército, Jesús acaudillando las tropas, Jesús presidiendo batallas..., en el siglo IV como en el XX, en la primera guerra mundial, en la segunda, en la del Vietnam...

Shapur II (310-379), que se había mostrado tolerante al principio con los cristianos, lo mismo que sus predecesores Nerses (293-303) y Hormizd II (303-309), pasó a considerarlos como espías de los romanos y no eludió el conflicto. Pero antes quiso consolidar su reino en el interior, para lo cual recurrió a los mismos medios que Constantino; y así como éste había buscado la estabilidad interior en el cristianismo, Shapur lo hizo proclamando el mazdeísmo como religión de Estado. Y tal como, a efectos de la mencionada estabilización, Constantino hizo convocar el Concilio de Nicea, también Shapur organizó una conferencia religiosa, en la que el sumo mobed Aturpat estableció las diferencias entre el culto oficial del Estado y los disidentes, decretando que «ahora que hemos divisado la única [verdadera] religión de la Tierra, no permitiremos que nadie persevere en sus creencias falsas, y pensamos poner gran celo en esa misión».32
No sabemos contra quién se dirigiría primariamente ese concilio de los persas; pero lo cierto es que el gran rey se enfrentaba con un partido cristiano cada vez más numeroso. Los peligros no eran sólo externos, ya que los cristianos persas se envalentonaban al conocer el triunfo de su religión en el seno del Imperio romano.
En la capital, Seleucia-Ctesifonte precisamente, y a finales del siglo III, el obispo Sabía había pronunciado palabras tan encendidas sobre la «victoria de Nuestro Señor», la soberbia de los reyes y la vanidad de los poderes terrenales, que luego hubo de poner pies en polvorosa; otro obispo ambicioso. Papa BafAggai, provocó disturbios al pretender la primacía sobre los demás obispos y la autoridad sobre toda la comunidad de los cristianos persas, es decir la creación de una especie de patriarcado persa. Ello habría supuesto una consolidación, y al mismo tiempo la acentuación de la tendencia prooccidental de aquella Iglesia, motivo por el cual Papa contó con el apoyo de varios prelados occidentales, entre los que destacó el obispo de Edessa (la actual Urfa de Turquía), que era entonces uno de los baluartes de la acción misionera de los cristianos. Sin embargo. Papa, primero de la serie de los katholikoi y luego patriarcas de Seleucia-Ctesifonte, no dejaba de tener enemigos en las filas de su propio clero, el principal de ellos su archidiácono Simeón. La corte persa fomentaba esta oposición e incluso cosechó un notable triunfo a largo plazo, cuando la Iglesia persa bajo Dadisho se declaró definitivamente autocéfala (aunque esto no sucedió hasta los años 423 y 424), anulando el derecho de recurrir a los patriarcas occidentales e instituyendo que el «katholikos de Oriente» sólo era responsable «ante Cristo», autonomía que los dirigentes de la Iglesia persa mantuvieron siempre y hasta nuestros días, en que el actual máximo dignatario de la misma reside en San Francisco, (EE.UU).33
Pese a los apuros en que se veía Shapur II, pese a que se acercaba a las fronteras un Constantino cada vez más poderoso, pese al hecho de que la Iglesia persa era sospechosa de conspirar con el tradicional enemigo romano y que en el interior «judíos y maniqueos, los mayores enemigos del nombre de cristiano», según la crónica de Arbela, denunciaban ante los magos que «todos los cristianos eran espías de los romanos», a pesar de todo no hubo persecución oficial contra aquéllos. Cierto que se habla de dos pogromos locales (en 318 y 327), pero no están documentados y podrían ser apócrifos. En el año 337, sin embargo, cuando Constantino murió antes de entrar en campaña, el rey persa consideró que era el momento oportuno para recuperar las cinco provincias mesopotámicas perdidas en su día, junto con la capital Nisibis..., pero fracasó ante las fuertes murallas de ésta, que se defendió con buena fortuna bajo el mando de su obispo.34

Según la crónica de Arbela, fue justamente esta derrota la que desencadenó la persecución de Shapur contra las iglesias. «El rey emprendió la retirada entre amenazas, jurando que extirparía de sus reinos la fe de los romanos».
Dicha persecución comenzó en el año 340. Mediante un decreto, el
obispo de la capital, Simón Bar Sabba^e, «y todo el pueblo de los nazarenos» vieron duplicadas las tasas y alcabalas, a modo de multa por negarse a prestar el servicio militar. «Viven en nuestro país, pero están confabulados con el emperador nuestro enemigo.» También se les acusó de despreciar la religión (estatal) zoroástrica y de negarse a rendir culto al rey persa. Otros factores importantes fueron la gran cohesión de las comunidades, impulsada desde el sector occidental, así como la vieja enemistad entre cristianos y judíos; a esta última confesión se había convertido la madre de Shapur II, la reina Fphra Hormiz, mientras que, en el bando opuesto, Constantino cultivaba una política bastante antijudía, como hemos visto. De la primera persecución de Shapur fueron víctimas el katholikos Simón Bar Sabba'e (año 344), cinco obispos y 97 presbíteros y diáconos. Sin embargo, los motivos de esta campaña de exterminio, que duró varios decenios, «eran fundamentalmente políticos, aunque no sin un trasfondo importante de origen religioso, como es lógico» (Blum); además, «con sus actitudes, el clero cristiano se lo había buscado
sobradamente» (Rubín).35
Las guerras contra los persas prosiguieron.
Después de su fracaso ante Nisibis, en el año 338, Constancio, hijo de Constantino, nombró como primera providencia rey de Armenia a Arsaces, hijo del ciego rey Tiran. Al año siguiente cruzó varias veces el Tigris para realizar incursiones en Persia; pero en el año 344, en una gran batalla junto a Singara los romanos padecieron graves pérdidas. Sin embargo, también el ejército persa, constituido fundamentalmente hasta el siglo VI por la caballería y por una masa de siervos campesinos, quedó muy debilitado; el heredero del trono cayó prisionero y fue linchado por la soldadesca romana. En los años 346 y 350, los persas realizaron sendos intentos de recobrar Nisibis; en el segundo de estos asedios, el más prolongado ya que se mantuvo durante tres meses, el rey Shapur incluso hizo desviar el curso del cercano río Migdonio para lanzar la fuerza de las aguas contra las murallas de la ciudad, consiguiendo derribarlas en parte.36

San Efrén, que fue oriundo de Nisibis, celebró en una colección de cantares de gesta la resistencia de su maestro, el obispo Jacob, y de los demás defensores frente a los reiterados asedios de los persas. Y también Teodoreto, pastor principal de Ciro desde 423 contra su propia voluntad, elogió a Jacob, «protector y caudillo», «hombre de Dios». Cuando las aguas del río rompieron contra las murallas «como un ariete gigantesco», Jacob ordenó «que fuesen reparadas durante la noche y que subieran arriba las máquinas de guerra, para impedir nuevas aproximaciones de los atacantes; y todo esto lo consiguió sin acercarse para nada a las murallas, ya que permanecía confinado en el templo, donde oraba e invocaba la protección de Dios sobre sus conciudadanos». Véase cómo en el siglo iv los obispos habían aprendido ya a utilizar las máquinas de guerra y a ser «caudillos» sin mancharse las manos. «Brillaba a su alrededor el halo de la benignidad apostólica.»37
Pero luego el emperador Joviano, nada menos, él tan alabado por el clero, entregó a los persas esa posición clave, la inexpugnable ciudad de Nisibis..., a lo que el padre de la Iglesia Efrén, tremendamente defraudado, se retiró hacia Edessa diciendo que la ciudad había sido entregada por el apóstata Juliano (!). El regente cristiano, Joviano, incluso firmó un tratado prometiendo que dejaría de ayudar a su fiel cliente y aliado el rey Arsaces II de Armenia contra los persas.38
En el año 371, se enfrentaron de nuevo en Armenia un ejército romano a las órdenes del emperador Valente y otro persa bajo Shapur II, pero hubo parlamentos y cada uno se retiró hacia su territorio. También cuando Teodosio I, durante los años ochenta de aquel siglo, envió una vez más tropas a Armenia, se prefirió envainar las armas y dialogar, acordándose la división y reparto del país. Ni Shapur III (383-388) ni su sucesor, Bahram IV (388-399), quisieron renunciar a sus reivindicaciones frente a los vecinos occidentales.39
Los aires cambiaron, literalmente, para los cristianos persas y los entonces cuarenta obispos que los mandaban, durante el reinado de Jezdegerd I (399-420), enemigo declarado del mazdeísmo y del clero zoroástrico, por lo que ha ingresado en la tradición de éstos como «el pecador» por antonomasia, mientras que la bibliografía siriocristiana le tiene por «el ungido, el rey cristiano» no menos paradigmático. Jezdegerd tuvo por valido al obispo Maruta de Maiphkerat (Martirópolis), el reorganizador de la Iglesia persa, e incluso autorizó dos sínodos. En 420, una delegación encabezada por el obispo Acacio de Amid (ciudad del curso superior del Tigris) se presentó en la corte persa y declaró que todos los cánones de la Iglesia occidental regían también para la oriental, corroborando así la unidad del cristianismo por encima de todas las fronteras.
Pero en el último año del reinado de Jezdegerd, cuando los persas cris-
tianos, envalentonados por la protección oficial, quisieron combatir el culto al fuego y un obispo de los más fanáticos, san Abdas, hizo destruir el templo mazdeísta de Susiana, la corte les retiró sus favores. El obispo Abdas, «adornado por muchas y muy diversas virtudes», fue interpelado «con serenidad» por el soberano, pero como se negó a reconstruir el templo fue condenado a muerte y ejecutado (su martirio se conmemora el 5 de septiembre). Dícese que entonces se dispuso «la destrucción de todas las iglesias» (Teodoreto). Y en el año 421, cuando las provincias orientales romanas se negaron a entregar cierto número de cristianos fugitivos, estalló una nueva guerra entre ambos imperios, a la que un año después puso fin un tratado de paz que debía regir durante cien años, pero duró menos de veinte.40
Finalmente, la Iglesia armenia se independizó totalmente de las provincias romanas orientales y de su «Iglesia madre», la de Cesárea. Gregorio el iluminador, converso y ordenado allí, ordenó a su vez personalmente a sus hijos; y aunque toda la sucesión de katholikos hasta Nerses fue bendecida en Cesárea, a partir del patriarca Sahak (360438), hijo de Nerses, cesó esa costumbre. La Iglesia armenia tuvo un desarrollo autónomo, tanto en su organización como en su doctrina, hasta convertirse en una Iglesia nacional independiente tanto de los monofisitas sirios como de la misma Roma. Todavía hoy se considera equiparable al papado en categoría. Lo mismo que la Iglesia romana, se pretende de origen apostólico (por los apóstoles Tadeo y Bartolomé), e incluso retrotrae su fundación al mismo Jesucristo; aquí como allá, «santas mentiras» en todo momento.41

CAPÍTULO 7

LOS HIJOS CRISTIANOS DE CONSTANTINO Y SUS SUCESORES
«Desde Constantino, los emperadores fueron cristianos mucho más devotos de lo que habían sido nunca como paganos.»
FRANKTHIESS1
«De esta manera, el emperador cristianísimo es el patrono protector de todos los cristianos; defiende sus intereses, estén ellos donde estén,
y esta convicción y esta obligación las asumen todos los sucesores de Constantino como elementos constituyentes de la razón de Estado, y así lo cumplen.»
K.K.KLEIN2
«Durante los siglos IV y V, la alianza entre el cristianismo y el Imperium Romanum [...] proporcionó a los habitantes del imperio un sentido de las cosas finales, de la finalidad y el objeto de la propia
existencia..., una imagen del mundo totalmente nueva, en consecuencia, a la que fácilmente se habría augurado una larga duración. El imperio pudo considerarse como institución cristiana,
y si la meta del cristianismo era traer a todos los hombres la paz de Dios, por otro lado el imperio también persiguió metas que tendían hacia la paz.»
denys HAY3

Todo parecía muy prometedor: una idea nueva del mundo, el imperium como institución cristiana orientada hacia la paz, los emperadores convertidos en unos cristianos llenos de celo... Efectivamente, los hijos de Constantino, Constantino II, Constancio II y Constante, junto con el padre, fueron comparados por Eusebio con la Trinidad, de la que serían imagen terrenal ennoblecida por «la herencia de la fe», «la filiación divina», la «qualitas christiana». Por una parte, Constantino I había cuidado mucho su educación religiosa, haciendo de ellos «unos partidarios verdaderamente fanáticos de la nueva fe» (Browning); por otra parte, casi desde que comenzaron a andar estuvieron acompañados de experimentados prefectos, vestidos de púrpura, en las filas del ejército. Apenas tenían quince, doce, once años, tomaron parte en campañas que se desarrollaban en remotos frentes. Buenos cristianos, soldados intrépidos:
una combinación ideal, propugnada durante siglos por esa religión de la paz que jamás ha llevado la paz a parte alguna.4
La primera dinastía cristiana fundada sobre el exterminio familiar

La realidad es que el ejemplo del imperial padre hizo mucha escuela. Apenas hubo fallecido éste, Constancio II, que se consideraba un enviado de Dios y «obispo de obispos», y alguna vez practicó incluso la continencia sexual, inició en agosto de 337 el exterminio de casi todos los miembros masculinos de la casa imperial en Constantinopla: su tío Dalmacio, medio hermano de Constantino, que había vivido muchos años rodeado de espías, y el padre del emperador Juliano, Julio Constancio, muy odiado por la emperatriz santa Elena, amén de seis primos y otras personalidades cortesanas mal vistas. Entre éstas, el casi omnipotente Ablabio, prefecto de los pretorianos, cuya hija Olimpia fue prometida de niña a Constante. (Más tarde, Constancio la casó con el rey de los armenios, Arsaces III, y murió por obra de la anterior esposa del soberano, con la complicidad de un sacerdote que mezcló veneno en el vino de misa.) La misericordia cristiana sólo respetó a Juliano, que tenía cinco años (sería asesinado durante una campaña contra los persas); su hermanastro Gallo también se salvó porque se hallaba tan enfermo que parecía perdido de todas maneras (moriría en Istria el año 354). Constancio era cristiano, también lo era la mayoría de sus obedientes sicarios, soldados de su guardia; Juliano dedujo de todo ello que «no hay fiera tan peligrosa para el hombre como lo son los cristianos para sus compañeros de fe». Y así como ningún hombre de la Iglesia había criticado los asesinatos de parientes perpetrados por Constantino, tampoco nadie censuró los del devoto Constancio, «uno de ios príncipes cristianos más notorios del siglo» (Aland). Eusebio alude a la «inspiración de más arriba» para justificar la carnicería. En Constancio se podía contemplar a un Constantino redivivo, escribió el obispo, y no se equivocaba. Los elogios dedicados al múltiple parricida y belicoso Constancio son casi tan ditirámbicos como los que merece el caudillo militar y exterminador de parientes Constantino.5
Paradigma de la crueldad según Amiano, Constancio no tardó en mandar recado al obispo Eusebio de Nicomedia, el preceptor de Juliano, de que no le hablase jamás de los destinos de la familia. Y seis años después, hallándose Juliano y Gallo presos en Macellum, una siniestra fortaleza escondida entre montañas —«sin que se autorizase a nadie acercarse a nosotros, sin estudios dignos de tal nombre, sin conversaciones, aunque eso sí, rodeados de un espléndido servicio...», recuerda Juliano—, un agente secreto del emperador le sugirió a Gallo, el primogénito, que Constancio no era culpable de la muerte de su padre, y que el exterminio de su familia había sido un acto incontrolado de la soldadesca.6
Primeras guerras entre cristianos devotos
Después de la matanza, los hijos de Constantino se repartieron el botín. El mayor, Constantino II (337-340) se quedó con las provincias occidentales, la Galia, Híspanla, Britania, y estableció su residencia en Tréveris; el benjamín, Constante, las centrales, Italia, África y Grecia, con su capital en Sirmium (la actual Mitrovicz, en Servia). Constancio II (337-361), que los sobrevivió y heredó a todos, se adjudicó Oriente y residió en Antioquía hasta el 350..., cuando no estaba en campaña.
Pronto estalló la guerra entre el mayor y el benjamín por una cuestión de deslindamiento de fronteras. A principios de 340, Constantino II salió de la Galia e invadió por sorpresa Italia, pero cayó en una emboscada cerca de Aquileia, mientras intentaba forzar un paso alpino. Los generales de Constante le dieron muerte y arrojaron su cadáver al río Aisa. En aquellos momentos Constancio II, como veremos en el apartado siguiente, estaba muy ocupado con las querellas entre cristianos y sobre todo con las incursiones de los persas en Oriente, de manera que Constante pudo quedarse con las provincias occidentales sin discusión alguna.7

Aquel adolescente de diecisiete años, dueño de las dos terceras partes del inmenso imperio, era el único bautizado de entre los hijos de Constantino y había sido educado en la castidad, la máxima virtud cristiana, como sabemos. De hecho, rehuía a las mujeres pero solía gozar de la compañía de rubios efebos germanos, rehenes o esclavos, con los que salía a cazar por remotos bosques solitarios, mientras se declaraba públicamente enemigo de la pederastía. También fue enemigo de francos y alamanos, acaudilló campañas en la Panonia y en Britania, llenó de exvotos las iglesias católicas y no se mostró tacaño con los prelados que le rodeaban para mendigar sus favores. Saqueó el imperium todavía más que su padre; su incesante sed de dinero le indujo a la venta de los cargos públicos, además de abrumar a la población con impuestos, lo cual desencadenó una inflación monetaria que, como de costumbre, perjudicaba sobre todo a los pobres. Y mientras crecía su impopularidad a consecuencia de esta política financiera, así como por las rigurosas medidas disciplinarias que implantó en el ejército y por su carácter altanero y desdeñoso, procuraba ganar para la causa católica a su hermano Constancio, que simpatizaba más bien con los arríanos, utilizando a veces las amenazas como argumento.8
Dentro de los dominios de Constante, se producen en Roma las primeras destrucciones de templos, esporádicas al principio, así como una renovada persecución contra los donatistas. Como no se dejaban corromper por los dineros del emperador, que el anciano Donato había rechazado con brusquedad, Constante decidió expropiar a los clérigos insumisos y, mediante la fuerza de las armas, entregó las iglesias donatistas a los católicos. En 347 se produjo el sangriento aplastamiento de la insurrección de Bagai, donde fue asesinado el ordinario, otro Donato y el obispo Márculo, santo principal de los donatistas. Otros fueron atados a columnas y azotados por orden de Macario, el comisario imperial, alabado por los católicos como «abogado de la santa causa». Se empezó a hablar de «la persecución macariana»; algunos donatistas murieron torturados en las cárceles. Muchos huyeron y otros fueron desterrados. El mismo Donato murió, al parecer en el naufragio de la nave donde viajaba deportado. Los bienes de los exiliados fueron confiscados. En Numidia, los pogromos alcanzaron grandes proporciones y no cesaron hasta el año 362, en que se quebró la oposición y los católicos que habían llamado a las tropas imperiales pudieron alabar de nuevo a Dios por la unidad recobrada.9
Mientras tanto, el 18 de enero de 350, se produjo en Autun (Lyon) el pronunciamiento del general Magnencio, nacido en Amiens e hijo de una franca y de un bretón, que se apoderó de las provincias occidentales. Según algunas fuentes más tardías era pagano; sin embargo, las monedas que hizo acuñar sugieren lo contrario, es decir, que era cristiano. Los francos y los sajones le apoyaron en seguida, y cayeron en sus manos todas las ciudades y fortalezas del Rin. Britania, Galia, Italia y África se apresuraron a reconocerle como emperador. Sus tropas llegaron hasta Libia, y el obispo Atanasio, que «se propasaba más de lo que le autorizaba su dignidad, inmiscuyéndose incluso en los asuntos exteriores» (Amiano), escribió entonces una carta al usurpador cuyos soldados estaban ya entrando en su diócesis. Esta misiva cayó en manos de Constancio y fue negada por su autor en nombre de Dios y del Hijo unigénito junto con otros muchos sagrados juramentos, calificándola de falsificación perpetrada por los «arríanos». El santo no dejó piedra por remover para quitarse aquella mancha; dijo que Magnencio había sido un traidor, un perjuro, un nigromante y un asesino..., sin embargo, y eso sí que es sospechoso, más adelante dejó escrito que el insurrecto, el «Satán», había sido un rey y que Constancio lo asesinó. Odiado por todos, Constante trató de huir hacia Hispania, aunque allí era un desconocido, pero Magnencio envió a Gaiso en su persecución y fue cazado en una remota aldea de la Galia pirenaica, donde se había refugiado en una iglesia. Contra todo derecho de asilo, lo arrancaron de allí y le dieron muerte.10
Ciertamente, Magnencio, el primer anticésar germánico y el más peligroso de todos los usurpadores que amenazaron el trono de Constancio (hasta seis en total), no logró disfrutar de su victoria durante mucho tiempo. El emperador salió de los Balcanes hacia el Danubio, para iniciar la «guerra santa», con unos efectivos que duplicaban los de su contrario. Según Teodoreto, hasta los paganos del ejército tuvieron que bautizarse por orden de Constancio. En cuanto a Filostorgio, continuador de la historia eclesiástica de Eusebio, interpreta como guerra de religión la batalla del 28 de septiembre de 351 junto a Mursa (Esseg, la actual Sisak de Yugoslavia), que fue la más cruenta del siglo y sin duda una de las grandes hecatombes de la historia. Magnencio perdió seguramente porque el jefe de su caballería, el franco (y cristiano) Silvano se pasó a Constancio junto con la élite de sus jinetes antes de la batalla. Se dice que de los 116.000 soldados cayeron o se ahogaron en el Drau 54.000; de ellos, 24.000 estaban en el ejército de Magnencio y 30.000 en el de Constancio. Este último se guardó mucho de personarse en el campo de batalla. Después de haber atizado hábilmente el entusiasmo «religioso» de sus soldados, se retiró a una capilla apartada, para orar en compañía del obispo Valente de Mursa, al que durante la noche se le había aparecido un ángel para anunciarle la victoria. (Esta circunstancia le aseguró al prelado, hábil oportunista que cambió varias veces de bando teológico —de arriano a católico y luego, otra vez arriano— una gran influencia sobre aquel monarca tan creyente, y además supersticioso.) No fue hasta el día siguiente que su majestad hizo acto de presencia en el campo de batalla, para derramar unas lagrimillas a la vista de los montones de cadáveres; serían de alegría por la victoria. En cambio, Magnencio era expulsado de Italia en 352, fue derrotado también en las Galias y el 10 de agosto del año 353, viéndose cercado en su castillo de Lyon, se arrojó sobre la punta de su propia espada, no sin haber acabado antes con sus amigos más íntimos, su hermano Desiderio y su madre. Constancio hizo que pasearan la cabeza del enemigo por el país, y mandó cortar otras muchas. Sus esbirros recorrían todas las provincias occidentales; los acusados de rebeldía eran cargados de cadenas sin más averiguación previa y enviados a la corte para ser juzgados.n
Constancio y su gobierno de estilo cristiano
El emperador Constancio II, correoso y enérgico, aunque también bastante astuto y desconfiado, no cargó su conciencia sólo con esos crímenes judiciales contra los supuestos partidarios de unos rivales ya vencidos, o con la eliminación de generales sospechosos y de sus amigos o ayudantes. No contento con estas matanzas pérfidas, el «religiosissimus imperator» emprendió continuas guerras contra los alamanos, los sármatas, los persas y otras naciones; siempre muy precavido, lento pero concienzudo, preparando siempre las campañas a fondo, desde Mesopotamia hasta el Rin. A sus espaldas solía dejar sólo la tierra quemada.12
En unas recientes Investigaciones sobre la política exterior del imperio romano tardío, Stallknecht ha intentado documentar las intenciones pacíficas de este emperador, diciendo que se limitaba a realizar demostraciones de fuerza para salvaguardar las fronteras, prefiriendo siempre las estrategias que supusieran menos bajas. «Tan pronto como los bárbaros solicitaban la paz, él se avenía a negociar con ellos y cerraba el tratado a poco que ellos se avinieran a sus condiciones.» Pero ¿quién no firmará un tratado de paz cuando el enemigo se aviene a nuestras condiciones? Ante esta evidencia, el mismo Stallknecht se ve obligado a confesar que Constancio «interpretaba como rebeldía y contumacia la menor resistencia a aceptar sus condiciones», y castigaba tales actitudes del modo más cruento, titubeando sólo mientras la cuestión estaba en el alero, pero golpeando sin vacilar tan pronto como la falta de acuerdo se hiciese patente. A fin de cuentas, ese supuesto estudio sobre la política exterior del Imperio romano entre los años 306 y 395 (es decir, durante el primer siglo cristiano) se reduce a la crónica de un inacabable rosario de guerras. En ellas, Constancio gustaba de hacerse acompañar por capellanes que estuviesen en olor de santidad..., y es que «a su manera se tomaba en serio los mandamientos de la Iglesia cristiana» (Lietzmann).13
En efecto, aquel político de cuchicheo y gabinete, en cuya corte se reunió una extraordinaria acumulación de obispos, tenía relaciones muy intimas con la religión. «El primer gobernante que se consideró entronizado "por la gracia de Dios"» (Seeck), y que gustaba de llamarse oficialmente señor de toda la tierra y «mi eternidad» {aeternitatem meam), estaba convencido de ser un instrumento designado por el Altísimo y de que gozaba de la protección especial de un ángel, cuyos vagos y vaporosos contornos incluso creyó ver a veces, flotando en el aire. Practicó la castidad con más convicción que su hermano, el aficionado a los erebos. Inmediatamente después de su sangriento debut, hizo separar a los hombres de las mujeres en las cárceles. En cuanto a los matrimonios entre parientes consanguíneos que el clero condenaba, lo castigó con pena de muerte para los grados más próximos. En uno de sus decretos proclamaba: «Es nuestra voluntad vivir orgullosos de nuestra fe, en la convicción de que nuestro imperio se sostiene más por la religión que por las hazañas y trabajos y los sudores de los cuerpos».14
Lógicamente, este emperador favoreció a los sacerdotes cristianos todavía más que su padre, y confirmó, amplió y multiplicó los privilegios otorgados.
Si Constantino los había dispensado de la contribución artesanal, Constancio les perdonó la territorial y la tasa por uso del correo. En el año 355, dispuso que los obispos no pudieran ser juzgados por los tribunales comunes, «para evitar falsos testimonios promovidos por los espíritus fanáticos». Y no sólo los dispensó de los servicios comunes, sino que ellos «y sus mujeres e hijos así como sus sirvientes de ambos sexos serán exentos a perpetuidad de toda clase de impuestos y prestaciones por cuenta del Estado». Sin embargo, y esto es típico de toda la historia eclesiástica, tales concesiones sólo sirvieron para que el clero reclamase todavía más privilegios. Así por ejemplo, el Concilio de Rimini exigió «que los bienes raíces que aparezcan como propiedades de la Iglesia sean francos de cargas de todas clases y que se cancele la deuda fiscal pendiente», cosa que durante algún tiempo, por lo que parece, llegaron a obtener.15
Constancio, que no fue bautizado sino hacia el final de su vida, tal como había hecho su padre (y también en ese caso, siendo el oficiante un arriano, Eudocio de Antioquía), fue cristiano amano, lo que explica la «mala prensa» que encontró entre los padres de la Iglesia, obedeciendo muchas veces al móvil político que en algunos casos rayó en la alta traición. De ahí los improperios de Lucifer de Calaris, por ejemplo:
«Nosotros, los obispos consagrados por el Espíritu Santo, ¿hemos de respetarte a tí, que eres un lobo sanguinario? [...] ¿Quién más necio?...». El padre Hilario lo compara a Nerón, Decio y Maximiano, aunque se abstuvo de publicar su diatriba Contra Constancio antes del fallecimiento del criticado. El padre Atanasio, su principal adversario, lo incluye en la nutrida nómina de grandes pecadores bíblicos; le tilda de perjuro, injusto, irresponsable y peor que los emperadores paganos, caudillo de los impíos, cómplice de bandoleros y Anticristo. «Casi no caben insultos peores que los prodigados por Atanasio» (Hagel).16
Recientemente, Richard Klein ha intentado revisar «esa imagen panfletaria del princeps arianorum Constantius, trazada por una animadversión personal y aceptada por muchos pese a constituir una grosera falsificación de la realidad; por difundida que esté la noción de Constancio como arriano, no deja de corresponder a un cliché; nos parece más cierto que este emperador obedeció, como su padre, primordialmente a móviles políticos, que no religiosos, haciendo del clero instrumento del poder».17

Así lo pone de manifiesto la «misión» del indio Teófilo en Arabia, hacia el año 340.
Este personaje, exiliado en Roma a título de rehén, fue educado por Eusebio de Nicomedia, probablemente el mismo que le ordenó obispo poco antes de iniciar su expedición. Como jefe de la delegación imperial, apenas hizo labor misionera, sino política (aunque venga a ser lo mismo a fin de cuentas). El imperio tenía grandes intereses en la Arabia Félix, donde descargaban las naves portadoras de los preciados productos orientales de importación para continuar el transporte por la vía terrestre. El obispo Teófilo, que viajó allí con una gran flota mercante, fomentó dichos intereses mediante una táctica de sobornos a los jeques. No hizo conversiones, no fundó diócesis ni ordenó sacerdotes, y si hizo construir alguna «casa de Dios», fue atendiendo siempre a tangibles razones políticas o económicas. Así autorizó la erección de una iglesia en Tafaron, a orillas del mar Rojo, porque era la capital de la región, y otra en Adana, junto al océano Índico, porque era el puerto más importante para el comercio de los romanos con la India. Un tercer templo se alzó en la desembocadura del golfo Pérsico, donde interesaba ganarse a la población local. A Constancio le convenía influir sobre los árabes y sus príncipes, que soportaban mal la superioridad militar de los persas, y que en adelante las habituales expediciones de saqueo no recorriesen las provincias romanas limítrofes sino el territorio vecino. Incluso cabía la posibilidad de ganárselos como aliados, o cuando menos como simpatizantes, aunque neutrales, de cara a la inminente guerra contra los persas, principales enemigos de Roma en Oriente. Por eso, la expedición misionera del obispo no llevó como regalos, digamos, doscientas biblias, sino doscientos corceles de pura raza capadocia, en naves especialmente acondicionadas para transportarlos.18
Otro ejemplo de cómo la razón de Estado era la definitiva para Constancio nos lo proporciona el caso de Armenia, región cuyos problemas conocía de su época de cesar.
Cuando el katholikos Nerses promovió la fusión de la Iglesia armenia con la griega, entrando al mismo tiempo en la zona de influencia del Imperio romano, el emperador dio su visto bueno; pero cuando el mismo patriarca se dedicó a consolidar su posición militarizando cada vez más su séquito y poniéndose de parte de los señores feudales, y cuando censuró acremente al rey Arsaces por el asesinato de su sobrino Knel para poder casarse con Farantzem, esposa de éste, lo que motivó el relevo de Nerses por un (anti)patriarca llamado Tsunak, Constancio no respaldó en modo alguno al obispo legítimo, a quien antes había apoyado, sino que prefirió la amistad del rey Arsaces, que era el más importante de entre sus aliados en Oriente, demostrando con ello que valoraba más esta alianza frente al común enemigo persa que la legitimidad del katholikos. Nerses fue desterrado por Arsaces y no pudo regresar hasta nueve años más tarde.19
Lo mismo que su padre, Constancio utilizó el cristianismo como instrumento de su política y no al revés. Por eso, tan pronto como se vio emperador único/su primera preocupación fue la unidad de la Iglesia, aunque a diferencia de su progenitor prefirió buscarla en los arríanos. De ahí que fuese desterrando uno tras otro a numerosos patriarcas católicos, entre ellos Atanasio, Pablo de Constantinopla e Hilario de Poitiers. También otros, como el papa Liberio y Osio de Córdoba, sufrieron el peso de su autoridad: «Mi voluntad ha de ser ley para la Iglesia —explicó a los reunidos en Milán en 355—. Obedeceréis, o seréis desterrados». Al mismo tiempo continuaba la persecución contra los donatistas de África que no iniciara Constantino, e incluso procedió contra una secta del amanismo, la de los eunomianos, setenta de cuyos obispos se dice fueron exiliados por orden suya.20
Con los judíos, Constancio se mostró incluso más brutal que su padre. Una ley del año 339, que los tilda de «secta nefanda» y llama «mercados» {conciliábulo) a sus lugares de reunión, prohibe bajo pena de muerte en la hoguera poner dificultades a ningún judío que pretendiese convertirse al cristianismo. Ahora bien, y aunque los judíos estuviesen autorizados a hacerse cristianos, el cristiano que se convirtiera al judaismo arrostraba la «pena merecida», según el emperador, de confiscación de todos sus bienes. Prohibió los casamientos entre cristianos y judíos; en particular, persiguió el ingreso de las mujeres en las comunidades hebreas con la pena de muerte. Los judíos no podían comprar esclavos, ni aunque fuesen paganos, bajo pena de confiscación de bienes, o pena de muerte si se atrevían a circuncidarlos. En consecuencia, les vedaba cualquier actividad económica cuya explotación necesitase el empleo de esclavos; seguramente, fue entonces cuando empezó la dedicación de los judíos a las actividades financieras, que los hicieron todavía más odiados. La represión fue severa, sobre todo con los judíos de Palestina, tras una insurrección que fue sangrientamente aplastada.21
Muy dura fue asimismo la actitud de Constancio frente a los paganos, seguramente instigada por el partido cristiano.

Un padre de la Iglesia que predica el saqueo y la matanza

Y llegó la hora de Firmico Materno, quien manifestaba con alegría que «si bien en algunas regiones rebullen todavía los miembros moribundos de la idolatría, parece próxima la erradicación completa de tan perniciosa aberración en todas las provincias cristianas», lo que le servía para lanzar esta proclama a los emperadores cristianos: «¡Fuera todos los ornatos paganos de los templos! ¡A la ceca y al crisol con el metal de las estatuas idólatras, para que se fundan al calor de las llamas!». Y les recordaba la obligación que tenían de «corregir y castigar», de «perseguir por todas las maneras posibles a los seguidores del culto idólatra», prometiendo siempre a cambio «el premio celestial» y «cuantiosos beneficios. Obrad, por tanto, según está escrito y dispuesto...». Con razón ha escrito Schulze que la lucha del Estado contra la religión pagana, «desde sus comienzos bajo Constantino hasta su pleno desarrollo bajo Constancio, estuvo presidida por la anuencia y aun la colaboración de la Iglesia», que «ejerció una influencia activa en cuanto a la legislación» (Gottiieb).22
Julio Firmico Materno, siciliano de familia senatorial oriunda de Siracusa, según parece no efectuó su pública conversión al cristianismo hasta que quedó claro que los hijos de Constantino se pronunciaban en favor de dicha religión con más claridad que su padre. En la diatriba Sobre el error de las religiones paganas, redactada hacia el año 347, Firmico incita a los emperadores Constancio y Constante, llamados «sacratissimi imperatores» y «sacrosancti», al exterminio, sobre todo, de los cultos mistéricos, los competidores más peligrosos del cristianismo; se trataba de los cultos a Isis, Osiris, Serapis, Cibeles y Atis, Dionisio-Baco y Afrodita, y el culto solar del mitraísmo, el más pujante de la época, caracterizado por numerosos y sorprendentes paralelismos con la religión cristiana. El caso es que nuestro renegado fue persona instruida, de gran cultura, y tanto que siendo todavía pagano escribió un erudito y muy piadoso estudio sobre «los cultos sagrados» (Weyman), así como un tratado de astrología, Matheseos librí VIH, el más completo y voluminoso de la Antigüedad; en cambio, como cristiano polemizó acremente contra el culto a los elementos (agua, tierra, aire y fuego) habitual en las religiones orientales. Muchos autores católicos niegan todavía (pese a haberse demostrado incontestablemente en 1897) que Firmico fuese el autor de aquellas diatribas sanguinarias, que se desacreditan por su mismo estilo fanático y recargado de pleonasmos, prototipo de futuras retóricas panfletarias del catolicismo.23
Cristo, se congratula el padre de la Iglesia, «ha derribado la columna en donde tenía su imagen el demonio», que aparece así «casi vencido, convertido en fuego y cenizas». «Poco falta ya para que el diablo, totalmente avasallado por vuestras leyes, quede totalmente destruido poniendo fin al nefasto contagio, una vez exterminado el culto a los ídolos, ese veneno [...]. Celebrad con júbilo la aniquilación del paganismo, cantad a plena voz el aleluya [...], pues habéis vencido como soldados de Cristo.»24
Todavía no, sin embargo. Aún existían las religiones profanae, aún continuaban en pie casi todos los templos y aún acudían los paganos a sus santuarios. Por este motivo, el agitador reclama la confiscación de sus bienes, la destrucción de los centros de adoración. Que se ponga término a la necedad, exige con más énfasis que ningún otro cristiano antes que él. «Tollite, tollite, securi... Quitad, quitad sin temor, santísimo emperador, los ornatos de los templos. Fundid las figuras de los dioses y acuñad con ellas vuestra moneda; incorporad los exvotos al erario imperial. El Señor os ha llamado a empresas más altas, cuando hayáis coronado la tarea de aniquilar todos los templos. »25
La propagación del cristianismo, ésa era la empresa más alta, junto con la erradicación de las perniciosas doctrinas paganas. Claro está, los paganos no opinaban que fuese así, sino al revés. «Cobraba cada vez
más fuerza la opinión de que con la irrupción del cristianismo en el mundo había empezado una decadencia general de la especie humana» (Friedlander). Pero prescindiendo de que la vida y el pensamiento fuesen mucho más libres durante la época del paganismo, hay que tener en cuenta que éste conoció también —tal como ha señalado Kari Hoheisel en un voluminoso estudio sobre el tratado de Firmico—, «junto a los aspectos turbios de la agitación orgiástica, una aspiración ascética y una práctica de la castidad que eran la admiración de muchos cristianos. En aquel tiempo, los rasgos obscenos de la mitología habían desaparecido frente al rigorismo, o circulaban en todo caso bajo un disfraz secular. [...] Las religiones antiguas ofrecían refugio y consuelo a sus partidarios; les ayudaban a comprender la existencia, ordenaban las relaciones entre los hombres y daban un sentido a las cuestiones trascendentes de la existencia. [...] Casi todas las doctrinas sal vincas que estudió Firmico eran potencias espirituales de gran vitalidad».26
De ahí precisamente el fanatismo, la rabia frenética, la incitación al pogromo. Por eso los paganos sólo podían ser «necios», «infames», «apestados», y era preciso que «tales abominaciones sean erradicadas y exterminadas por nuestro santísimo emperador». Por eso el santo padre postula «leyes severísimas», el saqueo de los templos, la aplicación de «el fuego y el hierro», la persecución «por todos los medios». Siempre invocando al Yahvé del Antiguo Testamento, como es lógico; hasta entonces ningún cristiano se había reclamado con tanto énfasis heredero de las hecatombes bíblicas, ni había utilizado de manera tan sistemática el precedente para justificar el recurso a la brutalidad y al terror. Dios amenaza incluso a la familia y a los hijos de los hijos, «para que no sobreviva la semilla maldita, [...] y no quede ni rastro de las generaciones paganas». «Ni al hijo ni al hermano perdonará, e incluso traspasará con la espada el cuerpo de la esposa amada; al amigo perseguirá con noble intransigencia, y el pueblo entero se alzará en armas para destrozar a los infames.»27
Tan pronto como la Iglesia se encontró en una posición de fuerza, dejó de rechazar la violencia para pasar a ejercerla «por todos los medios», como dice el teólogo Cari Schneider. La vieja apologética que hablaba de libertad de cultos queda desplazada por el libelo y la diatriba; la ideología del martirio y las vidas ejemplares de los mártires no interesan ya, es la hora del fanatismo perseguidor, de «los poderosos llamamientos a la cruzada» por parte de un Firmico «denigrador de las religiones no cristianas como ningún otro antes que él» (Hoheisel). Los emperadores, ciertamente, eran quienes disponían de los medios para aplicar la coerción y la violencia; pero ellos también eran cristianos y no serán necesarias muchas pruebas para suponer que el libro de Firmico Materno, dedicado a los emperadores Constancio y Constante, no dejaría de influir en alguna medida sobre la política antipagana de los mismos, sus prohibiciones y sus amenazas. Y éstas, a su vez, determinarían la postura del autor de ese panfleto cristiano.28


Primeros asaltos a los templos. Torturas y terrorismo judicial bajo Constancio
Así se entiende mejor la santa ira contra el paganismo, que todavía tenía muchos seguidores entre los campesinos, los muchos retores y filósofos; también se conservaba entre la aristocracia cultivada, sobre todo las más rancias familias senatoriales, incluso entre las del imperio de Oriente.29
En el año 341, un decreto atribuido a Constante comenzaba no con la clásica exposición de motivos, sino con un grito propagandístico: «¡Que cese la superstición! ¡Que sea abolido el desvarío de los sacrificios!» (caesat superstitio sacrificiorum aboleatur insania}', consecuente con ello, el soberano dispuso en 346 el cierre, con efectos inmediatos, de los templos sitos en las ciudades; en 356, se ordenaba la clausura de todos los templos. La cuestión estribaba en impedir que los malvados (perditi) siguieran haciendo sus cosas malas, lo que desencadenó una oleada de asaltos contra los templos. La confiscación de bienes y la muerte por pisar un templo, o por participar en la «aberración» de los sacrificios o adorar una imagen, era uno de los puntos de las leyes de Constancio: «Quien tales cosas haga, sea abatido por la espada vengadora». También amenazaba con la confiscación de bienes a los gobernadores que no pusieran celo suficiente en el cumplimiento del decreto. Un año después, en 357, el regente amplió la pena de muerte a las prácticas adivinatorias y astrológicas. «Que callen ahora y de una vez para siempre.» En realidad, aún había muchos paganos incluso entre el alto funcionariado; en su mayor parte, la aristocracia romana vieja y el mundo de la cultura seguían fieles a la antigua fe, motivo por el cual muchas de estas leyes fueron, de momento, papel mojado. Pero eran síntomas del auge de la intolerancia, y mientras tanto los pastores cristianos iban aumentando el número de sus cabezas.30
Pero no siempre quedaron en papel mojado. Libanio, retor pagano de Antioquía, ha contado que Constancio heredó de su padre «la chispa de la inclinación a las malas acciones, convertida por él en un gran incendio, pues hace saquear los tesoros de los dioses, derriba los templos, anula los sagrados cánones». Libanio comenta que Constancio «generalizó a la retórica [logoi} el desprecio del culto pagano, y no es de extrañar, porque ambas cosas, el culto y la retórica, están emparentadas y van unidas»; el lector contemporáneo entenderá que con esto acusaba al emperador de ir al mismo tiempo contra la religión y contra la cultura del paganismo.31
Los cristianos más fanáticos atentaban ya contra los altares y los templos. El diácono Cirilo de Heliópolis, por ejemplo, se hizo famoso con sus acciones. En Aretusa de Siria, el sacerdote Marco hizo derribar un antiguo santuario (lo que luego, siendo obispo y durante la reacción pagana de Juliano, le valió una grave paliza). En Cesárea de Capadocia, la comunidad cristiana arrasó un templo de Zeus, patrono de la ciudad, y otro de Apolo. En Alejandría, el arriano Georgios destruyó toda una serie de lugares sagrados del paganismo. En una palabra, vemos que ya entonces hacía estragos «el mismo fanatismo religioso por el que unos cristianos tomaban las armas contra otros —como ha escrito Johannes Geffcken—, aunque algunos excesos obedecerían más bien al móvil de la codicia».32
Cierto que cuando Constancio visitó por primera vez Roma, en mayo de 357, toleró la subsistencia del panteón, el templo de Júpiter sobre el Capitolio donde residía la Tyche romana; impresionado por las tradiciones de la ciudad, toleró e incluso patrocinó los ritos paganos de la misma, confirmó los privilegios de las vestales y contribuyó con dinero a las festividades. Sin duda, se trataba de contemporizar con la poderosa aristocracia romana, pero estas demostraciones de favor producían resurgimientos del paganismo en toda Italia, posiblemente con la excepción de Sicilia. De manera que Roma siguió siendo una plaza fuerte de la religión antigua.33
Una generación más tarde, sin embargo, todo esto había cambiado bastante. Durante una visita del general en jefe de los ejércitos occidentales del emperador Teodosio, la esposa de aquél descubrió que la estatua de la Gran Madre lucía un precioso collar y se lo apropió para usarlo personalmente. Una anciana, la última vestal, que se atrevió a criticar el latrocinio perpetrado por la distinguida visitante, fue expulsada del templo y pronunció una maldición que, según cuenta Zósimo, se cumplió.34
Constancio persiguió a los acusados de prácticas mágicas aún más que a judíos y paganos, pues tenía un pánico cerval a cuanto oliese a brujería o artes diabólicas, aparte los prejuicios contra los paganos que daban el móvil religioso habitual.
En el año 357, el emperador decretó la pena de muerte contra adivinos, magos, clarividentes y arúspices. Los astrólogos y los intérpretes de sueños podían ser torturados ante el tribunal para obligarlos a confesar. Incluso un paseo nocturno por un cementerio podía constituir indicio de prácticas de magia negra {magicae artes). Bastaba con usar un amuleto para arriesgarse a perder la cabeza. La revelación de sueños de contenido equívoco podía dar lugar a una denuncia por alta traición. «El que consultase a un adivino [hariolus] acerca del chillido de un murciélago o porque se le hubiese cruzado un tejón en su camino u otras señales similares —asegura el contemporáneo Amiano Marcelino— era llevado ante los tribunales y reo de muerte.» Pero no se trata de un informante imparcial; Amiano suele exagerar las actuaciones del déspota a quien odiaba para sustanciar la acusación de terrorismo judicial.35
En el año 358, el emperador amenazaba con la tortura por prácticas de brujería y adivinación incluso a los antes privilegiados de su entorno y a los miembros del séquito del cesar. En caso de falso testimonio del «culpable», éste era condenado al suplicio del caballo de madera, consistente en desgarrar los flancos de la víctima con unas garras metálicas. Por lo visto, la fe del soberano, como la de otras muchas generaciones futuras de cristianos, era magníficamente compatible con la tortura y el ajusticiamiento. «La sinceridad de sus convicciones cristianas está por encima de toda duda. [...] El Símbolo de la Fe no era una simple fórmula para él, sino elemento regulador de todas sus acciones en materia de ética religiosa, de toda su personalidad» (Schuitze).36
Agobiado de miedo y de manía persecutoria, cargado de «manías de vieja» (Funke), Constancio II mantuvo una nutrida policía secreta. En otoño de 359, se produjo en Escitópolis (la actual Beth Sheab, de la Jordania occidental) un proceso por consulta de oráculos, celebración de sacrificios, uso de amuletos y visitas nocturnas a sepulcros; el emperador encargó la instrucción de la causa a un tal Paulo, motejado Tartareus (Paulo el infernal), «capaz de sacar negocio incluso de los trebejos del suplicio, lo mismo que cualquier tratante de esclavos», y que, según nos cuenta Amiano, inauguró en Palestina un auténtico régimen de terror.37
Paulo, oriundo de Híspanla y llamado también Catena (cadena, grillete), era posiblemente arriano. En la corte imperial, su cargo de notarius le asignaba competencias para misiones especiales, y sobre todo para la persecución de los delitos de alta traición, en todo el ámbito del imperio. Tal vez se trate del mismo Paulo que inició hacia el año 345, siendo todavía emperador Constante, la persecución contra los donatistas en el norte de África. En el año 353, se dedicaba a buscar en Britania a los partidarios del usurpador Magnencio; dos años más tarde, a los seguidores del usurpador Silvano. Este último, que era franco y cristiano, adversario de Constancio en la batalla de Mursa, había sido enviado a la Galia para luchar contra unos invasores germanos. Asediado por sus enemigos en la corte y acusado de alta traición mediante cartas falsas, el 11 de agosto de 355 se hizo proclamar emperador por las tropas galogermanas en Colonia. Pero pocas semanas después, mientras huía y estaba refugiado en una capilla, fue asesinado por sus bracchati y cornuti (cuerpos de ejército formados también, en parte, por germanos) que habían sido sobornados por Constancio. El soberano mandó supliciar a todos los amigos y colaboradores de Silvano. En verano de 359, Paulo estuvo en Alejandría, investigando a los partidarios de Atanasio, pero en 361 fue quemado vivo en Calcedonia por sentencia de Juliano, en el curso de las represalias ordenadas por éste contra los sicarios de su predecesor.38
El notario Paulo quedaba excluido del procedimiento judicial en las actuaciones contra los seguidores de Magnencio y de Silvano; lo mismo pasó en el proceso de Escitópolis, donde las fuerzas en litigio eran el poder estatal, por una parte, y los paganos por otra (sin duda serían paganos de los más decididos). Por eso, el Estado se saltó las competencias del juez ordinario, Hermógenes, prefecto de Oriente hacia 358 o 359, porque era también pagano, había consultado el oráculo en la corte por encargo de Licinio, y hacia 353 y 358, siendo todavía procónsul Archiae en Corinto, a menudo había pasado días enteros en el santuario de la Diké. En su lugar nombraron instructor al cristiano Modesto. La consecuencia fue que de entre los acusados, los más poderosos o influyentes salieron bien librados; en cambio, varios individuos desconocidos o de posición modesta fueron ejecutados por infracciones más bien banales, como por ejemplo llevar un amuleto contra las fiebres.39
Domicio Modesto, el comes Oriens, era otro personajillo repelente de la corte; lo mismo que Paulo, se hizo cristiano cuando accedió al poder Constancio II. Bajo el emperador Juliano se hizo pagano igual que el emperador, lo que le valió la prefectura de Constantinopla. A la muerte de Juliano se hizo bautizar por un sacerdote arriano, y en 370 ascendió a la prefectura imperial, uno de los cargos más importantes que podía nombrar el emperador arriano Valente, y que desempeñó persiguiendo sin tregua a los católicos; incluso se atrevió a meterse con Basilio, padre de la Iglesia, aunque luego tuvo correspondencia con él. Este reiterado transfuguismo de Modesto no sólo fue beneficioso para su carrera; aun siendo teóricamente «pobre» con su salario de comes Oriens, en tiempos de Valentiniano y de Valente se convirtió en propietario de grandes latifundios.40

Hecatombes bajo el piadoso Galo
En Palestina, escenario del proceso de Escitópolis, habían ocurrido poco antes los desmanes de Galo, un primo de Constancio que se salvó de la matanza dinástica del año 337. Encontramos aquí a otro buen cristiano, asiduo a la iglesia desde la infancia, gran lector de la Biblia y esposo supuestamente fiel de la anciana Constancia, hermana del emperador casada en segundas nupcias y notoria arpía, «una furia desatada —como escribió Amiano—, tan sanguinaria como su mismo esposo». Galo envió a su hermanastro Juliano varias cartas de reconvención, invitándole a regresar al cristianismo; en 351, año de su proclamación como cesar, escandalizó a los paganos llevando los huesos de san Babilas —la primera traslación bien documentada que conocemos, dicho sea de paso— al famoso santuario de Apolo en Dafne, que así quedó desnaturalizado.
El cristiano Galo, gran aficionado al pugilato (en aquel entonces el boxeo era muy cruento, con frecuentes roturas de huesos), se reveló como un pequeño tirano en su residencia, Antioquía, mediante arbitrariedades de todas clases y procesos por alta traición y brujería en los que se hizo burla de todas las normas jurídicas y que acarrearon una estela de confiscaciones, destierros, torturas horribles y ejecuciones. La lucha contra los paganos revestía tintes de verdadero fanatismo, y utilizaba una red de espías que abarcó toda la ciudad. El cesar Galo, de quien dice Teodoreto con énfasis que «fue ortodoxo a machamartillo hasta el día de su muerte», incluso indujo algunos linchamientos por parte de la plebe para librarse de ciertos conciudadanos incómodos. En 352, cuando los judíos sufrieron otro de sus periódicos ataques de excitación mesiánica y se rebelaron contra la prohibición de tener esclavos que no fuesen judíos, asaltando una guarnición romana para procurarse armas y nombrando rey a un tal Patricio, el piadoso Galo quemó ciudades enteras y degolló hasta los niños. De este régimen de terror tampoco se salvaban los altos funcionarios imperiales; así cayó el prefecto de Oriente, Talasio, responsable directo ante el emperador. Le sucedió Domiciano, que al poco de su llegada a Antioquía fue capturado por la soldadesca, arrastrado por las calles, colgado de las piernas y arrojado al río Orontes; el mismo fin padeció su cuestor, Monzo. Hubo otros asesinatos diversos, y hacia comienzos del verano de 354 la población se alzó «por variados y complicados motivos», como escribe Amiano, pero sobre todo a causa de la hambruna y la miseria general. El gobernador Teófilo resultó muerto y descuartizado. Constancio se vio en la necesidad de llamar a su primo, pese a haberle prometido inmunidad total, y le pidió que se hiciese acompañar por su mujer, «la encantadora Constancia», pues hacía tiempo que no la veía. Galo comprendió que había gato encerrado, pero confiaba en el apoyo de Constancia, la hermana del emperador. Pero esta valedora falleció en aquellos días de resultas de unas fiebres y el emperador hizo decapitar a su hombre de confianza una mañana de otoño de 354, en Flanona (cerca de la actual Pola, en Istria). Tras la ejecución procedió con el potro del suplicio, el hacha del verdugo o el destierro contra todos los amigos de Galo, sus oficiales y funcionarios, e incluso contra algunos religiosos.41
Sólo la muerte del soberano, a los cuarenta y cuatro años de edad, ocurrida en Mopsukrene el 3 de noviembre de 361, evitó la confrontación de éste con su primo Juliano.
La reacción pagana bajo Juliano
Al igual que su hermano Galo, también Juliano se salvó de la matanza de parientes, aunque como miembro de la dinastía imperial no dejó de estar estrechamente vigilado, primero en una fastuosa finca de Nicomedia, que había sido propiedad de su madre (Basilina, fallecida poco después del nacimiento de Juliano), y luego en la solitaria fortaleza de Macellum, sita en el corazón de Anatolia, donde también estuvo prisionero su hermano mayor. El desconfiado emperador tejió una tupida red de espías alrededor de ambos príncipes, para que le trasmitieran todas y cada una de las palabras de éstos. Vivían «como prisioneros en aquel castillo persa» (Juliano), prácticamente arrestados y seguramente amenazados de muerte. En Nicomedia, le pusieron a Juliano un preceptor, el obispo Eusebio, pariente de Basilina, eclesiástico y hombre de mundo ya conocido por aquel entonces, que siguiendo la costumbre de los prelados orientales solía teñirse las uñas con cinabrio y el pelo con henna, y que tenía instrucciones de educar severamente al niño en la religión cristiana, de impedirle todo contacto con la población y de «no hablarle jamás del trágico fin de su familia», aunque a sus siete años lo tenía bien presente y ello motivaba frecuentes accesos de llanto y terribles pesadillas nocturnas. En Macellum, donde estuvo confinado siete años sin apenas otra compañía que la de sus esclavos, tuvo por educador al arriano Jorge de Capadocia, encargado de formarle para el sacerdocio. Pero luego pudo salir y se instaló en Constantinopla, donde vivió las disputas entre arríanos y ortodoxos y conoció la vida real de aquel mundo de violentos tumultos y encendidas excomuniones mutuas. Hacia finales de 351, cuando contaba veinte años, Constancio ordeno que prosiguiera sus estudios en Nicomedia. Juliano visitó Pérgamo, Efeso y Atenas, donde tuvo maestros notables que le ganaron para el paganismo. Nombrado cesar en 355 por Constancio, y proclamado augustus por el ejército en París en 360, el mismo soberano, que no tenía descendencia, a la hora de la muerte le nombró sucesor..., cuando ya los dos ejércitos enfrentados marchaban el uno al encuentro del otro. Se produjo entonces una efímera restauración de las tradiciones politeístas, con el establecimiento de una «religión de Estado» helenística, cuya organización siguió en muchos aspectos el patrón de los cánones cristianos.42
Juliano intentó reemplazar la cruz y el nefasto dualismo de los cristianos por una fórmula compuesta de ciertas corrientes de la filosofía helenísticas y de un «panteísmo solar». Sin descuidar a los demás dioses del panteón pagano, hizo construir un templo al dios Sol —identificable seguramente con Mitra— en el palacio imperial; en numerosas ocasiones proclamó su veneración por el basileus Helios, el rey Sol, que era ya entonces una tradición bimilenaria: «Desde mi infancia, me inspiraron un anhelo invencible los rayos del dios, que siempre han cautivado mí alma, de tal manera que constantemente deseaba contemplarlo e incluso de noche, cuando me hallaba en el campo, lo olvidaba todo para admirar la belleza del cielo estrellado...».43
Hoy nos hemos acostumbrado a interpretar la reacción de Juliano como un movimiento nostálgico, un anacronismo romántico o el intento absurdo de volver hacia atrás las manecillas del reloj. Pero ¿por qué lo interpretamos así? ¿Acaso fue refutado, o podía serlo, en vez de ahogado en sangre? ¿Habría sido diferente la marcha de los acontecimientos? Quién sabe si un mundo no cristiano habría sido menos belicoso...;
¡aunque sepamos por los diecisiete siglos transcurridos desde entonces que el mundo no cristiano jamás ha sido tan guerrero, ni con mucho! Quién sabe si, al decaer el terrible mandamiento bíblico según el cual el hombre debe someter a la naturaleza, nos habríamos ahorrado las graves consecuencias que padecemos ahora en forma de destrucción del medio ambiente. Desde luego, no imaginamos que en un mundo pagano hubiese subsistido la hipocresía, esa plaga del cristianismo, ni la intolerancia religiosa.

Lo cierto e innegable es que el emperador Juliano (desde 361 hasta 363), llamado «el Apóstata» por los cristianos, fue muy superior a sus predecesores cristianos en cuanto a carácter, moralidad y espiritualidad.
Instruido en filosofía y literatura, que cultivó además activamente, de carácter serio y sensible aunque a veces bastante sarcástico en lo tocante a la religión cristiana. Juliano se había dado cuenta de que la «alta teología» (en la que, no lo olvidemos, él mismo había sido educado) se reduce en esencia a dos gestos, el de silbar para espantar a los espíritus malignos y el de persignarse. No sólo fue «el primer emperador auténticamente culto desde hacía más de un siglo» (Brown), sino que también mereció «un lugar destacado entre los escritores de la época en lengua griega» (Stein), y supo rodearse de los mejores pensadores de su tiempo. Celoso del cumplimiento de su deber y enemigo de toda molicie, ya que jamás tuvo queridas ni efebos, ni se emborrachó nunca, el emperador se ponía a trabajar desde la madrugada; intentó racionalizar la burocracia y colocar a intelectuales en los altos cargos gubernamentales y administrativos. Abolió los fastos de la corte, la tenencia de eunucos y bufones, y todo el sistema de aduladores, parásitos, espías y denunciantes, que fueron despedidos a millares. Redujo el servicio, rebajó en una quinta parte los impuestos, actuó con severidad contra los recaudadores infieles y saneó el correo estatal. También abolió el labarum, es decir, el estandarte del ejército con el anagrama de Cristo, y trató de resucitar los cultos antiguos, las fiestas, la paideia, la educación clásica. Ordenó la devolución de los templos antiguos o la reconstrucción de los que habían sido destruidos, e incluso la devolución de las estatuas y demás ornamentos sagrados que adornaban los jardines de los particulares que se los habían apropiado. Pero no prohibió el cristianismo; al contrario, permitió el retorno de los clérigos exiliados, lo que sólo sirvió para fomentar nuevas conspiraciones y tumultos. Los donatistas de África, al tiempo que elogiaban al emperador como parangón de la justicia, desinfectaron sus iglesias recién recobradas fregándolas de arriba abajo con agua de mar, lijaron la madera de los altares y el yeso de los muros, recuperaron la influencia perdida bajo Constante y Constancio II, y se dispusieron a disfrutar su venganza. Los católicos fueron convertidos a la fuerza, sus iglesias expropiadas, sus libros quemados, sus cálices y ostensorios lanzados por las ventanas y las hostias arrojadas a los perros;
algunos clérigos maltratados fallecieron. Hasta 391, los donatistas siguieron teniendo vara alta, al menos en Numidia y Mauritania.44
Juliano fue amigo de los judíos, lo que los hizo todavía más odiados, si cabe, por los predicadores cristianos. «Los judíos estaban fuera de sí, de tan entusiasmados», se burla Efrén, que asegura que los «circuncisos» adoraban las monedas acuñadas por Juliano con la figura de un toro, «en el que reconocen a su antiguo becerro de oro». Cierto que Juliano, como partidario del politeísmo, criticaba el Antiguo Testamento y su rigorismo monoteísta, así como la arrogancia del supuesto pueblo elegido, pero concedió a Yahvé un rango igual al de los demás dioses e incluso admitió alguna vez que el Dios adorado por los judíos era «el mejor y más poderoso de todos». Una delegación judía que en julio del año 362 le visitó en Antioquía, obtuvo la autorización para reconstruir el Templo de Jerusalén y la promesa de nuevos territorios, en una especie de anticipación del actual «sionismo», lo que motivó el júbilo de la diáspora. La reconstrucción del templo fue iniciada con gran afán la primavera siguiente, mientras Juliano emprendía su campaña en Persia, pero hacia finales de mayo un incendio, juzgado «providencial» por los cristianos, así como la muerte de Juliano, significaron el fin de las obras para siempre.45
Juliano se mostró siempre partidario de la tolerancia, incluso para con los cristianos. Si sus disposiciones en cuanto a los «galileos», dijo en cierta ocasión, eran benignas y humanitarias, ellos debían corresponder no molestando a nadie, ni tratando de imponer la asistencia a sus iglesias. En una carta a los ciudadanos de Bostra, escribió: «Para convencer y para enseñar a los hombres, es preciso emplear la razón y no los golpes, las amenazas y los castigos corporales. No me cansaré de repetirlo:
si sois sinceros partidarios de la verdadera religión, os abstendréis de molestar, atacar u ofender a la comunidad de los galileos, que son más dignos de lástima que de odio, puesto que andan equivocados en asuntos de tanto fuste y trascendencia».46
Hemos tenido ocasión de referirnos a los privilegios conseguidos por el clero bajo los emperadores cristianos, inaugurados por Constantino y ampliados por Constancio, al tiempo que emprendían medidas de presión contra los insumisos. Juliano no titubeó en llamar a estos exiliados ni en devolverles sus bienes, aunque les prohibió que usurparan funciones de jueces ni que inscribieran testamentos como si fuesen notarios, ni mucho menos «apropiarse de las herencias de otros registrándolas a su propio nombre».47 El patriarca Jorge no había sido, ni con mucho, el único en recurrir a semejantes procedimientos para hacerse rico.
Ahora bien, y por más que Juliano fuese partidario de la tolerancia, por mucho que procuraba que las sentencias no se viesen influidas por la confesión religiosa de los litigantes, por elevada que fuese la ética exigida a sus sacerdotes —filantropía, imparcialidad, justicia, bondad e incluso amor al enemigo—, ante la presencia del fanatismo él, que fue «pese a sus errores, uno de los personajes más nobles y más dotados de la historia universal, y quizá el más amable» (Stein), no pudo evitar el empleo de la violencia contra los violentos, los cristianos que se dedicaban a profanar e incluso destruir los templos recién reconstruidos en Siria y Asia Menor, así como las estatuas. Su legislación en materia de enseñanza suscitó muchos odios, por cuanto prohibía a los cristianos el estudio de la literatura griega (diciendo «que se queden en sus iglesias interpretando a su Mateo y su Lucas»), Asimismo, exigió la devolución de las columnas y capitales robados de los templos por los cristianos para adorno de sus «casas de Dios». «Si los galileos quieren tener ornato en sus templos, sea enhorabuena, pero no con los materiales pertenecientes a otros lugares de culto.» Cuenta Libanio cómo podían verse por todas partes «los barcos y los carros que devolvían sus columnas a los dioses saqueados». Y cuando se rrodujo^en Edessa un^ataque^e los amaños contra un pequeño núcleo sobreviviente (legñósticos valentinianos, Jufíano^procedió contrasellos argumentando con ironía que «no pretendía ptra^osa que ayudarles a encontrar el camino del cíelo». «Puesto que ellos tienen una ley, por todos los conceptos admirable, que los obliga a vender todo lo que tienen para dárselo a los pobres, a fin de emprender más ligeros el viaje a los reinos celestiales, yo el emperador para ayudarles en ese empeño he ordenado que todos los dineros de la Iglesia de Edessa sean repartidos entre los soldados.» El resto de las propiedades fue confiscado en beneficio del erario imperial mediante un decreto que, según parece, quedó como un caso aparte.48
El 22 de octubre de 362, los cristianos incendiaron el templo de Apolo en Dafne, que había sido restaurado por el soberano, y destruyeron la famosa estatua. En represalia, Juliano hizo arrasar la basílica de Antioquía y otras iglesias consagradas a diversos mártires. (Por cierto, los cristianos dijeron que el templo había sido herido por un rayo; según Libanio, no había nubes de tormenta la noche del incendio.) En Damasco, Gaza, Ascalón, Alejandría y otros lugares ardieron las basílicas cristianas, a veces con la colaboración de los judíos; algunos creyentes fueron torturados o muertos, entre ellos el obispo Marco de Aretusa, como ya hemos contado, por lo que entró en la nómina de los mártires. Pero, en líneas generales, «más ofendidos habían sido los derechos de los paganos» (Schuitze), y en cualquier caso dicho pogromo no fue más que una reacción frente a los excesos de los cristianos, sus abusos y sus diatribas contra el paganismo. Los verdaderos mártires cristianos (dejando de lado por ahora aquéllos cuya existencia es a todas luces apócrifa) pudieron contarse con los dedos de una mano: Juventino y Máximo, ejecutados por sedición, y los presbíteros Eugenio y Macario que, desterrados a Egipto, fallecieron allí cuarenta días después. Las protestas de los cristianos solían ser despachadas por el emperador con la frase: «Mi razón ha escuchado vuestra sinrazón». Juliano incluso consintió que permaneciese en Antioquía el obispo Melecio; al obispo Maris de Calcedonia, que había atacado públicamente al emperador llamándole traidor y ateo durante una audiencia, se limitó a contestarle con sarcasmo que prefería aplazar la guerra contra los «galileos» para cuando hubiese concluido su campaña en Persia.49
En todo el imperio, desde Arabia y Siria, pasando por Numidia, y hasta los Alpes italianos, Juliano era celebrado como «benefactor del Estado», «deshacedor de los entuertos pasados», «restaurador de los templos y del imperio de la libertad», «magnánimo inspirador de los edictos de tolerancia». En una epigrafía latina de Pérgamo, le llama «dueño del mundo, maestro de la filosofía, soberano venerable, emperador temeroso de los dioses, siempre vencedor augusto, defensor de las libertades republicanas». Otra inscripción, ésta en árabe, dice que «sólo hay un Dios y un emperador Juliano». El regente, que tenía lo que hoy llamanamos sensibilidad social, abolió muchos privilegios injustificados, rebajó impuestos y mejoró varias ramas de la economía. «¡Oh infelices labradores! —exclama después de su muerte el noble Libanio—. ¡Pronto volveréis a ser víctimas del fisco! Vosotros, los pobres, los oprimidos de siempre, ¿de qué os servirá ahora tanto clamar al cielo?» Incluso uno de los principales detractores intelectuales de Juliano, Gregorio Nacianceno, confesaba que le dolían los oídos de tanto escuchar elogios del liberal régimen de aquél, según Ernst Stein «uno de los más sanos que jamás llegó a tener el Imperio romano».50
Pero con eso no hizo felices a todos; los menos felices eran los cristianos, principalmente los de Antioquía. Habituados al fasto y al lujo, a fiestas, juegos y orgías, la severidad de Juliano los irritaba y contrariaba, así como su austeridad, su vestir desaliñado, sus comidas espartanas, sus largas vigilias e incluso su larga barba, lo que motivó que sacaran coplas y pliegos de cordel. El emperador Juliano, que estaba en situación de aplastar a los burlones con un simple gesto, se limitó a escribir una réplica titulada Misopogon {El enemigo de la barba), «un gruñido del león contra los mosquitos de la fábula», «un caso único en la historia de los reyes y de los pueblos» (Chateaubriand) .51
«Es cierto —replica Juliano en esta obra, muy admirada por numerosos literatos y cargada de ironía, tristeza, amargura y, lo que es más sorprendente por venir de quien viene, una burla de él mismo—. Es cierto, llevo barba y eso no gusta a mis enemigos. Dicen que así no se puede comer sin tragar un puñado de pelos con cada bocado. Pero voy a revelarles algo que todavía no saben: No la peino jamás; me gusta así de selvática y descuidada. Es el prado en donde apaciento a mis piojos. En cuanto a mi pecho, lo tengo velludo como un mono. También es verdad que no me baño jamás en agua de rosas ni en leche perfumada, y que despido un hedor repugnante. Es verdad que voy intencionadamente más sucio que un cínico o un galileo, y también que visto con descuido y como parcamente...
»Es cierto que normalmente prefiero el rancho de mis soldados, que duermo en un jergón colocado expresamente para la noche, y que dedico muchas vigilias al trabajo y a la meditación...
»Cuando me presenté aquí, me recibisteis como a un dios. No pedía yo tanto. Vuestro senado me expuso vuestras preocupaciones y yo las he atendido. He rebajado vuestros impuestos. Os he adelantado grandes sumas en oro y plata. He perdonado la quinta parte de los tributos. Más no podía hacer sin quitar a otros lo suyo.
»Para salvar vuestros apuros de aprovisionamiento, he traído trigo de Tiro y de Egipto, pagado por mí, pero ese trigo no se ha repartido entre los pobres, sino que se lo quedaron los poderosos de entre vosotros para revenderlo al triple de su precio, a fin de poder seguir celebrando alegremente sus fiestas. Todo eso, lo habéis olvidado.
»¿Que si me importa? Os consiento que sigáis cubriéndome de improperios, en lo que se manifiesta vuestra ingratitud. Os permito que me acuséis como yo mismo acabo de acusarme. Más aún, yo superaré todas las críticas que día a día me dirigís, pues soy tan necio que no había comprendido las costumbres de esta ciudad. ¡Ya podéis burlaros de mí! ¡Maltratadme! ¡Insultadme! ¡Hacedme trizas con vuestros colmillos! Por mi parte, os castigaré de una sola manera, no con ejecuciones, azotes, cadenas ni cárceles, ¿de qué serviría, puesto que no vais a corregiros? [...] He decidido dejar Antioquía y no volver aquí jamás. Prefiero establecer mi residencia en Tarso.. ,»52
Por segunda vez, el ejército iba a ser el factor decisivo en la caída del paganismo y el auge del cristianismo. Juliano había ordenado la exclusión de los cristianos, pero tropezó con la resistencia de éstos. Algunos soldados propusieron apuñalar al «Apóstata» durante un desfile. Los dos instigadores, unos oficiales llamados Juventino y Máximo, fueron ejecutados y, como hemos mencionado, convertidos así en nuevos «mártires».53
Durante la campaña en Persia, iniciada por el emperador desde Antioquía (que era la principal base de operaciones de los romanos contra los persas) el 5 de marzo de 363, se presentó una ocasión más favorable. Juliano, que no llevaba coraza, cayó al norte de Ctesifonte, a orillas del Tigris. ¿Por qué iba desarmado? ¿Fue herido por una lanza enemiga o, como afirman algunos, desde las propias filas? Nadie lo supo. Se rumoreó incluso que él mismo había pedido que lo traspasaran, supuestamente después de haber constatado la situación desesperada de su ejército. Libanio, que fue amigo de Juliano, asegura que el autor fue un hombre «que se negaba a rendir culto a los dioses». E incluso un historiador cristiano asegura que Juliano murió a medianoche del 26 de junio de 363, cuando tenía treinta y dos años y había gobernado durante veinte meses, víctima de un asesino a sueldo de los cristianos..., un héroe sin tacha, naturalmente, que «perpetró esta acción audaz en defensa de Dios y de la religión». (Los persas adujeron que no pudo ser uno de los suyos, porque estaban fuera de tiro cuando el emperador fue herido en medio de sus tropas.) «Sólo una cosa es segura —ha escrito Benoist-Méchin—, y es que no fue un persa.» Aunque tampoco aporta ninguna demostración definitiva. «Sea como fuere —escribió Teodoreto, padre de la Iglesia—, y fuese hombre o ángel quien esgrimió la espada, lo cierto es que actuó como servidor de la voluntad divina.»54


Cuentos de la vieja cristianos

Los cristianos, sin embargo, predicadores del amor al enemigo y de la doctrina de que toda autoridad emana de Dios, celebraron la muerte del emperador con grandes banquetes públicos, con fiestas en las iglesias y capillas y bailes en los teatros de Antioquía, la ciudad que, como dice Ernest Renán, «estaba plagada de titiriteros, charlatanes, actores, magos, taumaturgos, brujas y estafadores religiosos». La diatriba en tres volúmenes que Juliano había escrito poco antes de su muerte. Contra los galileas, fue prontamente destruida, pero cincuenta años más tarde, el doctor de la Iglesia Cirilo todavía se molestaba en polemizar contra ella: Pro sánela Christianorum religione adversas libros athei Juliani en treinta volúmenes, de los cuales han llegado diez hasta nosotros en su texto íntegro griego y otros diez en fragmentos griegos y siríacos. Naturalmente, un obispo como Cirilo, enemigo tan declarado de la filosofía que incluso pretendió prohibir su enseñanza en Alejandría, no pretende profundizar en el pensamiento de Juliano, sino sólo «aplastarlo con la máxima energía» (Jouassard). Los cristianos destruyeron también todos los retratos de Juliano y las epigrafías que conmemoraban sus victorias, sin escatimar medios para borrar de la memoria de los hombres su recuerdo.55
En vida de Juliano, los más famosos doctores de la Iglesia habían guardado un prudente silencio, pero poco después de su muerte y durante mucho tiempo más, se dedicaron a atacarle. Y mientras el mismo Agustín reconocía, entre las habituales perfidias, que Juliano había sido hombre «de cualidades no comunes», Juan Crisóstomo aseguraba que «todos hemos vivido en peligro mortal», ya que Juliano hacía sacrificar incluso a los niños, costumbre atribuida también a los judíos por el mismo santo, dicho sea de paso. También Gregorio Nacianceno dedicó dos diatribas al emperador muerto y enterrado, grotescas caricaturas en las que lo presenta como instrumento del diablo y «cerdo que se revuelca en el fango». «Reunía en su persona todos los vicios: la apostasía de Jeroboam, la idolatría de Acab, la dureza de Faraón, las inclinaciones profanadoras de Nabucodonosor, y todos ellos se resumían en el principal, el de su impiedad.»56
Efrén, otro santo cuyos cánticos odiosos eran repetidos por la feligresía de Edessa, dedicó todo un tratado a «Juliano el Apóstata», el «emperador pagano» y, según él, «frenético», «tirano», «embaucador», «maldito» y «sacerdote idólatra». «Su ambición le concitó la lanzada mortal» que «desgarró su cuerpo preñado de oráculos de sus magos» para enviarlo definitivamente «a los infiernos». Así muriesen destrozados todos los partidarios del paganismo: «El Galileo pasará por la rueda todo el rebaño de los magos y los arrojará a los lobos del desierto, mientras que el rebaño de los galileos se multiplicará y conquistará el mundo». No retrocede Efrén ante el embuste cuando asegura que fue Juliano quien entregó Nisibis a los persas «para eterno baldón suyo».57
En realidad, fue Joviano, el sucesor cristiano de Juliano, quien cedió esta fortaleza (Nusaybin) a los persas, y también otra posición clave para los romanos, la de Singara (Sinjar), amén de cinco provincias fronterizas a orillas del Tigris que habían sido conquistadas en 297 por Maximiano y Diocleciano. Avergonzado por esa traición, durante su retirada no se atrevió a pernoctar entre las murallas de Nisibis, sino que acampó ante las puertas y así él y su ejército pudieron presenciar, al día siguiente, la entrada de un alto funcionario persa que izó su bandera sobre las almenas. Pero el doctor de la Iglesia Efrén salió para darse el gusto de contemplar el cadáver de Juliano (que, embalsamado, era transportado por las tropas para ser luego enterrado a las afueras de Tarso —recordemos que Juliano quiso residir allí después de una victoria sobre los persas—, junto a la calzada romana que conducía a los desfiladeros del Tauro y frente a la sepultura de Maximino Daia). El santo Efrén observó al soberano muerto y cantó:
Me acerqué, ¡oh hermanos! y contemplé los despojos del impuro. En pie al lado del yacente me burlé de su paganismo.58
Efrén escribió además cuatro cantos de muchas estrofas «contra el emperador Juliano, que se hizo pagano, contra las doctrinas erróneas y contra los judíos, sobre la melodía del himno "honrad siempre a la verdad"».59
En estas producciones, con el estribillo para el coro: «¡Saludemos a quien lo destruyó y vistió de luto a los hijos del error!», Juliano es presentado como un lujurioso repugnante, en contradicción con Amiano, que alaba la sobriedad de sus costumbres. Le llaman mago, embustero, oscuro, malvado, tirano, lobo y cabrón. En la estrofa inicial, así se expresa la santa inquina: «Las bestias se alegraban al verle, los lobos se le acercaban, [...] incluso los chacales aullaban de satisfacción». En la quinta dice que: «El estiércol fermentó y parió serpientes de todos los tamaños y una gusanera de todas clases...». En la decimoquinta se manifiesta la óptica lamentablemente reducida, no sólo de aquel doctor de la Iglesia sino de toda su Iglesia, a blanco y negro: «Pues sólo la Iglesia fue su enemiga incondicional, así como él y todos los suyos fueron enemigos de ella. Lo cual demuestra sin lugar a dudas que sólo pueden existir dos partidos, con la Iglesia o contra ella».60
Los historiadores clericales del siglo v, que a veces también fueron juristas, como Rufino, Sócrates, filostorgio, Sozomeno, Teodoreto, hablan de Juliano en un tono todavía peor.
Teodoreto, padre de la Iglesia, afirma muy convencido que Juliano hizo colgar a una mujer con los brazos abiertos en el templo de Carrae (ciudad de Mesopotamia al sudeste de Edessa, que es la Harán de la Biblia) «abriéndole el vientre de una cuchillada para leer el porvenir en sus visceras, que naturalmente le prometieron una victoria sobre los persas. [...] Cuentan que en Antioquía se han encontrado muchas cajas llenas de cabezas en el palacio imperial, y pozos cegados de cadáveres. Son cosas que se aprenden en la escuela de los abominables dioses».61
Los cristianos empezaron a propalar durante el siglo V estos cuentos de la vieja que, como rasgo característico, suelen incluir una nota de perversión sexual. Así, dicen que en la Heliópolis libanesa Juliano hizo que desnudaran a unas monjas para afeitarles el vello, y luego las asesinaron y echaron sus visceras a los cerdos. Ningún contemporáneo del emperador cita ese caso, como es natural, y si hubo tropelías de la plebe o abusos de algún gobernador, fue sin su anuencia. Como ha escrito su biógrafo Robert Browning, «no tenía inclinación ni voluntad de violentar a nadie para hacerle cambiar de opinión». Y, sin embargo, sus enemigos se empeñan en calificarle de «cabrón maloliente», «renegado», «anticristo», y los religiosos cristianos le llaman «perro maldito» y «lacayo del diablo». Se tejió toda una serie de leyendas de rabia y odio alrededor del santo Mercurio, el supuesto asesino de Juliano. Se contó que también en Orontes, como en los sótanos del palacio imperial, se habían encontrado cadáveres de criaturas, vestigios de los sacrificios paganos de Juliano. En las leyendas grecosirias aparece como un ogro que arranca el corazón del pecho a los niños, con objeto de celebrar conjuros mágicos; y la bibliografía cristiana se enriquece con anécdotas en donde el emperador se entretiene en profanar reliquias de mártires y santos, abre el vientre a las embarazadas, jura fidelidad a la diosa de los infiernos Hécate, se hace rebautizar con sangre de cerdo y sacrifica cristianos «en honor de Júpiter». En todos los países cristianos aparecieron leyendas de falsos mártires, y eso que bajo su régimen apenas hubo tales.62
Mientras el mundo cristiano difamaba al «renegado», como suele hacer con sus enemigos, la Ilustración corrigió esa imagen en el sentido diametralmente opuesto.
En 1699, el teólogo protestante Gottfried Arnold, en su Historia imparcial de la Iglesia y de las herejías, rehabilitaba la figura de Juliano. Pocos decenios después, Montesquieu lo elogiaba como estadista y legislador. Voltaire escribió: «Así, ese hombre que nos ha sido descrito con los trazos de horrible fue quizá el más noble de todos, o por lo menos el segundo». Montaigne y Chateaubriand le cuentan entre las máximas figuras históricas. Goethe se alababa de comprender y compartir la animadversión de Juliano contra el cristianismo. Schiller quiso hacerle protagonista de uno de sus dramas. Shaftesbury y Fielding le ensalzaron y Gibbon considera que merecía haber sido dueño del mundo. Ibsen escribió César y Galilea, y Nikos Kazantzakis su tragedia Juliano el Apóstata, estrenada en París en 1948. Más recientemente, entre los años 1962 y 1964, el norteamericano Gore Vidal le dedicó una novela. El historiador francés André Piganiol considera, con razón, que la verdadera grandeza de la figura de Juliano está en el plano ético, aunque se equivoca al interpretar el fenómeno de la santidad, como muchos, cuando dice que el emperador le parece más «santo» que la mayoría de los teólogos de su época, lo que no es precisamente un elogio. El historiador Rubín opina que el emperador fue una autoridad en materia de religión y dice que «aunque gran escritor y gran caudillo militar, destaca más como personalidad». Y también Robert Browning, pese a la severidad de algunos juicios suyos sobre Juliano, concluye resumiendo que fue un literato brillante y que «poseía una nobleza de carácter que le hace destacar casi como un faro entre los numerosos oportunistas de su época».63

En cambio, el benedictino Baur (representativo, en esto, de muchos católicos actuales) sigue difamando a Juliano en pleno siglo xx, llamándole «soñador ajeno a la realidad», «"majestad" dudosa», y repetidamente «fanático», «fanático juvenil», «fanático resentido». Le parece falto de «tacto y dignidad», y sobrado en cambio de «obsesión», «vanidad sin límites», «ridiculez». En sus actos encuentra «el desvarío del fanatismo», «la intolerancia del ideólogo», «una extraordinaria falta de visión política y de comprensión». Dice que como hombre «no supo distinguir entre las aficiones personales y los deberes y cometidos de un gobernante», y que dio cargos «a filósofos y charlatanes de todas clases». Pero, si bien le acusa de «graves persecuciones», violaciones y muertes de cristianas y cristianos, a veces bajo «refinados tormentos», se contradice cuando afirma que si Juliano se hubiera sentido más fuerte, «sin duda habría procedido a una persecución sangrienta», o en otro pasaje, «la persecución sangrienta no se habría hecho esperar».64
Tras la muerte de Juliano, y habiendo renunciado el sucesor designado, Segundo Salutio, un filósofo pagano moderado y prefecto de los preteríanos de Oriente que había sido amigo personal de Juliano, en julio del año 363 y por un año accedió al trono el ilirio Joviano, un general de la guardia.


Joviano, Valentíniano I y Valente

Aunque «cristiano convencido», «cristiano y católico» (Baur), «an earnest Catholic» (The Oxford Classical Dictionary), aunque que se cuenta que fue insumiso cuando el ejército aún celebraba sacrificios paganos, en el momento de acceder al trono, Joviano mandó celebrar uno y consultar las visceras. Su primer acto de gobierno fue aquel tratado vergonzante con los persas, en el que hizo grandes concesiones territoriales al ceder todas las posesiones romanas de la otra orilla del Tigris así como una franja considerable de la suya, con varias ciudades importantes como Nisibis, cuyos habitantes le habían suplicado la autorización para defender sus murallas aun después de la retirada de las fuerzas romanas. Y mientras los persas izaban su pabellón sobre la ciudadela y los habitantes de Nisibis abandonaban la ciudad, los correos de Joviano ya volaban hacia Occidente para anunciar la gran victoria del emperador.65
Bien distinto del asceta Juliano, el emperador católico, de mediocre cultura aunque aficionado a dárselas de mecenas, celebrado por la Iglesia como «compañero de los santos», era amante del vino, las mujeres y las fiestas. Restableció el lábaro como estandarte imperial y no sólo hizo asesinar a un notario mayor del mismo nombre, al que temía como posible candidato al trono, sino que además depuso a numerosos funcionarios civiles y militares de los nombrados por Juliano, confiscando sus bienes y desterrándolos o ejecutándolos. Según Teodoreto, estas medidas sólo afectaron a los que habían cometido abusos contra cristianos o contra la Iglesia cristiana. A un tal Vindaonio Magno que había destruido una «casa de Dios» en Berytus lo condenó a muerte, pero luego le perdonó la pena a cambio de que pagase de su bolsillo la reconstrucción. El paganismo no fue especialmente perseguido, aunque se cerrase o destruyese algún que otro templo (como el de Corfú), se prohibiesen los sacrificios o se quemase en Antioquía una biblioteca establecida por Juliano en el templo del Trajano (por contener principalmente obras anticristianas). Un poco incapaz, pero obediente a las sugerencias del clero, tan pronto como pisó tierras romanas Joviano restituyó sus privilegios a los jubilosos sacerdotes, además de darles otros que antes no tenían. En el decurso del tiempo arrebataron muchos más. Los sacerdotes desterrados regresaron, los prelados se agolparon a montones en la corte, e incluso en Oriente revivió la fe nicena. El santo Atanasio, distinguido por el emperador con una epístola y triunfalmente recibido en Hierápolis, le profetizó a Joviano por escrito «un reinado largo y pacífico»..., sólo que ocho meses más tarde, el 17 de febrero de 364, el emperador fallecía en Dadastana (Bitinia), a la temprana edad de treinta y un años, «bellamente preparado para la muerte», según Teodoreto, pero en realidad intoxicado por un brasero de carbón. Lo enterraron en el templo apostólico de Constantinopla.66
De nuevo rechazó la púrpura Segundo Salutio, por lo que tras duras discusiones los dignatarios del imperio eligieron, a finales de febrero del año 364, a Valentiniano, descendiente de unos labradores de Panonia e hijo del general Graciano. El 28 de marzo, en el campo de Marte, el nuevo emperador nombró corregente para la parte oriental del imperio a su hermano Valente, «por unanimidad —ironiza Amiano—, puesto que nadie se atrevió a contradecirle», aunque se reservó para sí mismo lapotior auctoritas ,67
De Valentiniano y Valente, en cuya época se generalizó el uso de la palabra pagani para designar a los adeptos de la antigua religión, suele afirmarse que fueron «tolerantes» para con la antigua religión. Ciertamente, ostentaron todavía, como sus predecesores, el título depontifex maximus. Entre los altos cargos del ejército y de la administración predominaban todavía los paganos, aunque por última vez y por la escasa mayoría de 12 a 10. En la parte asignada a Valente, la nómina de los funcionarios conocidos nos da, junto a nueve politeístas, un maniqueo, tres arríanos y diez ortodoxos. Muchos senadores prestigiosos de la época de Juliano y de antes abandonaron el cargo, evidentemente por causa de sus creencias. Además, los corregentes promulgaron confiscaciones de propiedades de los templos (para incorporarlas a su peculio particular), castigos contra astrólogos y amenazas de pena capital para los practicantes de conjuros nocturnos.68
Ambos emperadores se mostraron cristianos confesos; se dice incluso que Valentiniano había sido represaliado por ello en tiempos de Juliano, mientras que no consta ninguna incidencia similar para el caso de Valente. Ambos anunciaron por decreto (suponiendo que sea auténtico) que «la Trinidad está constituida por una sola esencia y tres personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y ordenamos que así lo crean todos...». Pronto, sin embargo, hubo diferencias doctrinales entre ellos y cada uno se dedicó a fomentar la suya; mientras Valentiniano I, el emperador de Occidente, permanecía fiel al credo niceno, Valente, que «había sido ortodoxo al principio» (Teodoreto), impulsaba en Oriente las creencias arrianas; en cierto modo cabría decir que así se expresaba la eterna rivalidad entre el Este y el Oeste. Ambos, y sobre todo Valente, eran bastante incultos; ambos fueron brutales, en particular Valentiniano; y ambos tenían un pánico cerval a la brujería. Ambos fueron también emperadores-soldados, militares entronizados que, en consecuencia, fomentaron activamente la militarización y disputaron guerras internas y externas que desangraron provincias enteras. Ninguno de los dos retrocedió ante el perjurio ni ante el crimen; al contrario, demostraron una «notable falta de escrúpulos» (Stallknecht) en sus métodos políticos.69
Después de su proclamación, Valentiniano y Valente viajaron juntos a través de Tracia y Dacia, para separarse en Sirmium.70
Ríos de sangre bajo el católico Valentiniano I
El católico Valentiniano I (364-375), que residió con frecuencia en Milán y Tréveris, nacido en 321 en Cibalae, importante puesto militar de Panonia, era rubio y de ojos azules, diligente, osado y astuto. Oficial de la guardia personal de Juliano, y de cuarenta y tres años de edad en el momento de acceder al trono, le importaron poco los dogmas o las disputas del clero, e incluso combatió con leyes las tendencias adquisitivas de éste; en el decreto anteriormente citado decía: «Obispos, dejaos de utilizar como pretexto la autoridad del emperador y no persigáis a los verdaderos servidores de Dios...». Sin embargo, Valentiniano era muy supersticioso (antes habría renunciado a ser emperador que coronarse en un día bisiesto, por lo que retrasó un día su proclamación), y tenía muy en cuenta que se cumpliesen todos los ritos, incluidos los cristianos. En materia de religión, legisló unas treinta constituciones. Restableció los privilegios del clero creados por Constantino y prohibió que los cristianos fuesen condenados a pelear como gladiadores. Como católico puritano que era, sancionó el adulterio con la pena de muerte y él mismo fue un marido fiel (al menos con su segunda esposa, Justina, más joven que la primera, y que a su vez había estado casada en primeras nupcias con el usurpador Magnencio). En el año 357, siendo todavía tribuno, Valentiniano contrajo matrimonio con una tal Marina Severa, católica y madre del futuro emperador Graciano. Pero, en 369, la envió a las Galias para casarse con la bellísima Justina, que además era de familia aristocrática. Sólo después de la muerte de este emperador, en 375, se atrevieron los obispos a criticar ese divorcio. No obstante, en una ley del 17 de noviembre de 364, el emperador disponía que los jueces y funcionarios que hubiesen perjudicado intencionadamente a cristianos serían reos de muerde o confiscación de bienes. En 368, dispuso que los religiosos sólo fuesen juzgados por otros religiosos, cuando el litigio tocase a cuestiones de fe o de disciplina. En cambio, tanto Valentiniano como Valente fueron tolerantes con los judíos y otorgaron privilegios a sus teólogos.71
En líneas generales, este soberano ascendido de entre las filas del ejército y muy condicionado siempre por las prioridades de su política militar, prefirió evitar los conflictos religiosos, como lo demuestra la ocupación paritaria de los cargos públicos bajo su mandato. De esta manera, toleró a casi todas las sectas, y sobre todo se mostró de una indulgencia sorprendente para con Aujencio, el obispo arriano de Milán, aunque por otra parte fue el primer emperador cristiano que persiguió a los maniqueos, disponiendo contra ellos, en 372, el destierro y la confiscación de sus lugares de culto; en 373 hizo un baño de sangre entre los donatistas, que se habían rebelado.72
Provocados sobre todo por las brutales maneras de Romano, el comes Afrícae entre los años 364 y 373, en 372 un príncipe cliente llamado Firmio, católico romanizado a quien Valentiniano había nombrado dux Mauretaniae, se hizo proclamar emperador, siendo secundado por algunos destacamentos romanos. Los mauritanos, y sobre todo los donatistas —a quienes en tiempos de Agustín se motejaba todavía defirmiani—, cuyas prácticas anabaptistas acababan de ser prohibidas por Valentiniano, se sumaron entusiasmados al partido de Firmio. En Rusicade, el ordinario les abrió las puertas de la ciudad y aplaudió mientras las hordas mauritanas saqueaban las casas de los católicos. La zona de influencia de Firmio no quedó limitada a la Mauritania y la Numidia, ya que fue reconocido por algunas ciudades del África proconsularis. Entonces se puso en marcha contra Firmio el magister militum Teodosio, católico hispano y padre del futuro emperador; dos veces le ofreció la paz por mediación de varios obispos, y otras tantas rompió su promesa. Las tropas rebeldes eran pasadas a cuchillo después de rendirse, y pudieron considerarse afortunados los que se salvaban con sólo ambas manos cortadas. A los así engañados no les quedó más remedio que combatir con el vigor de la desesperación, de donde resultó una guerra terrible, de una crueldad poco usual, que asoló todo el norte de África. El general Teodosio no sólo hizo quemar vivos, o por lo menos mutilar a los soldados que desertaban hartos de combatir, sino que además practicó la táctica de tierra quemada sobre extensos territorios y exterminó las tribus mauritanas hasta hacer cientos de miles de víctimas. «El régimen severo del emperador Valentiniano I [...] creó las condiciones necesarias para la paz» (Neuss/Oedinger). Firmio, al verse acorralado, se ahorcó (entre 374 y 375); en cuanto a Teodosio, fue víctima de una intriga cortesana y decapitado en Cartago a comienzos de 376, arrastrando en su caída a su hijo del mismo nombre. En cambio, Romano, el comes Africae cuyos latrocinios habían provocado toda aquella rebelión, y que había sido encarcelado por Teodosio en 373, después del juicio celebrado en 376 quedó en libertad. Una vez aplastada la rebelión, el papa prohibió la celebración de los cultos donatistas, y el santo Opiato de Mileve, que por aquel entonces atacó a los donatistas en una obra de siete volúmenes (cuyo título no se ha conservado), seguramente no sin alguna que otra falsificación documental, exigió para ellos la pena de muerte, con apoyo de ejemplos del Antiguo Testamento: «Opiato escribe en tónica irenista», comenta el católico Martín; quiere decirse conciliadora.73
Valentiniano, en su condición de «cristiano convencido» (así lo califica Bigelmair, e incluso Joannou) no retrocedió ante el crimen judicial contra los magos, los adivinos y los «delincuentes sexuales». Su divisa:
la severidad y no la clemencia es la madre de la justicia. Sus jueces recibieron instrucciones de proceder con dureza, y la benignidad de algunas disposiciones quedó más que compensada por la falta de escrúpulos de muchos de aquéllos. «Los principios más elementales de la justicia fueron burlados mediante penas de muerte sin pruebas, o fundadas en confesiones arrebatadas mediante la tortura» (Nagí). El emperador, hijo de campesinos, odiaba a la antigua nobleza romana e hizo registrar sus casas en busca de recetarios de magia y filtros amorosos; hombres y mujeres de las mejores familias fueron desterrados o ejecutados, y confiscadas sus propiedades. En sus accesos de rabia, ordenaba ejecuciones sin pestañear; las faltas menores eran castigadas con la hoguera o la decapitación, las mayores con la muerte por tortura. Un paje que durante una partida de caza había soltado demasiado pronto a los perros fue muerto a latigazos, y no era un caso excepcional. Jamás ejerció su derecho de indulto.74
Los delincuentes a veces eran arrojados a dos osas, «Doradita» (mica áurea) e «Inocencia» que el soberano tenía en jaulas al lado de su dormitorio. En época reciente, Reinhold Weijenborg ha intentado rebatir esta anécdota referida por Amiano diciendo que «no puede ser cierta en su sentido literal». Así que se ha inventado una «segunda lectura», según la cual esas dos jaulas serían las habitaciones de las emperatrices, Marina Severa y Justina. Dice nuestro erudito que el historiador antiguo «tenía el humor vengativo», y había sido humillado por Valentiniano y además profesaba cierta antipatía contra Justina. Nos parece que Weijenborg intenta tomarnos el pelo, aunque eso sí, de manera científica. Valentiniano I prohibió celebrar ejecuciones los domingos. «Muchos, agradecidos, daban su nombre a los hijos» (Neuss/Oedinger).75
En el fondo, al emperador apenas le importó otra cosa que no fuera el ejército. Mientras apremiaba el cobro de los tributos con brutalidad, confiscaba fortunas enormes a través de las sentencias judiciales y toleraba una inmensa corrupción administrativa, que enriqueció a muchos de sus funcionarios (sólo eran denunciados y castigados los de escasa categoría), en lo militar, en cambio, Valentiniano demostró ser «un genio natural». Pasó los once años de su mandato casi siempre a orillas del Rin y del Mosela. Bajo su dirección, se construyó una gran red de castillos, cabezas de puente y torres de vigía, alabada incluso por Amiano; entre Andernach y Basilea creó fortificaciones y consolidó las defensas de las actuales Boppard, Alzey, Kreuznacir, Worms, Horburg, Kaiseraugst;
hizo construir cabezas de puente en Wiesbaden, Altrip (Alta Ripa), Alt-Breisach. Extendió el limes (fue el último emperador que se ocupó de reforzarlo) hasta el Rin y el Danubio, a cuyas fuentes llegó, así como hasta el Neckar y el valle del Kinzig. «Gran terror de los sajones», durante los años 368 y 369, el comes Teodosio (el futuro vencedor de Fir" mió) pacificó la Britania hasta la antigua muralla de Adriano siguiendo las instrucciones imperiales. Hizo frecuentes incursiones en la otra orilla del Rin. Guerreó dos veces contra los alamanos, aunque durante la segunda campaña éstos le infligieron graves pérdidas, hasta que su rey Vithicabio (cuyo padre, Vadomar, había prestado servicios a los romanos en tiempos de Juliano) cayó asesinado por unos sicarios enviados por Valentiniano. Asoló también con el fuego y la espada los territorios de francos y cuados; en 370, obtuvo de los sajones una retirada mediante tratado, para atacarlos luego a traición y exterminarlos.76
El emperador Valentiniano, que se tenía a sí mismo por una persona pacífica (error de perspectiva frecuente entre los de su clase y condición), murió de un ataque de furor. Estaba parlamentando con unos pobres cuados, a cuyo rey Gabinio había invitado en 374 su dux Valeriae, Marceliano, para asesinarlo de una puñalada por la espalda durante un banquete (véase el asesinato del rey de los alamanos, que acabamos de recordar), cuando habiendo montado en cólera se le puso el rostro congestionado, de color púrpura, y cayó como herido por el rayo. Tuvo un vómito de sangre y murió en seguida, el 17 de noviembre del año 375, en la ciudad fronteriza de Brigetio (frente a Komorn), siendo inhumado en Constantinopla.77

Temblor y crujir de dientes bajo el amano Valente

Su hermano Valente (364-378), el último emperador que apoyó oficialmente el arrianismo, había sido antes ortodoxo, pero se convirtió seguramente por influencia de su mujer Albia Domenica, «quien pronto fue presa del error arriano y le convenció, de tal modo que ambos se precipitaron en los abismos de la blasfemia»; esto favoreció en principio al patriarca Eudoxio, «que aún tenía en sus manos el timón de Constantinopla, pero no para llevar el barco a buen puerto, sino para hundirlo» (la cita es de Teodoreto), y luego a un sucesor más moderado, Demófilo. Instigado por Eudoxio, Valente actuó contra las sectas y demás desviacionismos, incluso contra los semiarrianos que luego, con tal de medrar, hicieron una vergonzosa abjuración en Roma.
Los católicos fueron muy duramente perseguidos durante los últimos años del régimen de este emperador, lo que enconó la resistencia e hizo que incluso los desterrados fuesen considerados mártires. Entre éstos figuraron los obispos Atanasio de Alejandría, Melecio de Antioquía, Pelagio de Laodicea, Eusebio de Samosata, Barsés de Edesa y otros muchos. Algunos católicos fueron ahogados en Antioquía, y también hubo martirios en Constantinopla. Incluso se cuenta que en el año del Señor 370, Valente envió cartas secretas a su prefecto Modesto, disponiendo que ochenta obispos y sacerdotes católicos fuesen conducidos con engaños a bordo de un barco, el cual fue quemado con todos sus pasajeros en alta mar; también se dice que huestes enteras de «partidarios de la verdadera fe» fueron arrojadas al Orontes. Y aunque san Afrahat, militante sirio, sanó a un caballo del emperador con agua bendita, dispersó una nube de langosta y reformó con el santo óleo a un casado demasiado aficionado a echar canas al aire, nada de esto sirvió para que Valente abandonase su «herejía».78
«Sobre nosotros ha caído una persecución, mis venerados hermanos, la más enconada de todas», se lamentaba, en 376, Basilio, doctor de la Iglesia, en carta a los obispos de Italia y de la Galia (aunque él personalmente no había sido molestado). Se cerraban casas de oración, se abandonaba el servicio de los altares, eran encarcelados los obispos bajo cualquier falso pretexto, y enviados de noche al destierro y a la muerte. «Es bien sabida —continúa Basilio—, aunque hayamos preferido silenciarla», la deserción de los sacerdotes y diáconos, la dispersión del clero; en una palabra, «se ha cerrado la boca de los creyentes, mientras que las lenguas blasfemas andan sueltas y se atreven a todo».79
Según Fausto de Bizancio, siempre tan exagerado, Valente mandó a todas las ciudades «pastores ateos» y «falsos obispos arríanos». «Todos los doctores de la verdadera fe fueron separados de sus partidarios, y suplantaron sus puestos los sirvientes de Satán. »80
A Valente le inspiraba tanto temor la brujería, que la castigó con pena de muerte desde el primer año de su mandato. Por este motivo, reanudó la persecución iniciada por Constantino contra los adeptos de la magia negra, los clarividentes, los intérpretes de sueños, desde el invierno de 371 y durante dos años «como una fiera en el anfiteatro. [...] Era tan grande su furor, que parecía lamentar el no poder prolongar el martirio de sus víctimas después de la muerte» (Amiano). En el año 368, el senador Abieno perdió ya la cabeza porque una dama con quien andaba en relaciones se sintió víctima de un encantamiento. El procurador Marino padeció pena de muerte porque se había procurado con artes mágicas la mano de una tal Hispanila. El cochero Atanasio murió quemado por ejercer las artes de la magia negra. El miedo se extendió por todo Oriente; eran miles los detenidos, torturados, liquidados, incluso altos funcionarios públicos, sabios filósofos; participantes o simples testigos eran quemados vivos, estrangulados, decapitados, como en Efeso, pese a hallarse enfermo, el filósofo Máximo, que había sido amigo y preceptor de Juliano. Se confiscaban sus bienes, se les extorsionaba con cuantiosas multas; bastaba una palabra imprudente, o haberse atrevido a fabricar un crecepelo. La demagogia hizo quemar bibliotecas enteras, afirmando que eran «libros de magia». Y como la maquinaria de la justicia era todavía demasiado lenta para Valente, las decapitaciones y las hogueras prescindieron de formalidades judiciales; al mismo tiempo, él se consideraba un soberano clemente, como su hermano Valentiniano, además de fiel cristiano, buen esposo y hombre casto. Nadie niega que imperase en su corte la «pureza de costumbres». Un verdugo que conducía a la ejecución una adúltera desnuda, fue también quemado vivo en castigo por tal desvergüenza.81
Procopio, de cuarenta años y pariente de Juliano, se alzó en Constantinopla, principalmente con el apoyo de los paganos; apenas logró hacerse con el usurpador, Valente lo hizo decapitar sin demora el 27 de mayo del año 366. El caso fue que durante esta insurrección Valente pasó mucho miedo y estuvo a punto de abdicar, desistiendo sólo a ruegos de su séquito. El castigo de los rebeldes fue despiadado; las fortunas de los condenados enriquecieron los bolsillos de Valente y sus principales funcionarios. Otro pariente de Procopio, Marcelo, que también creyó que podía llegar a ser emperador, fue eliminado con todos sus seguidores después de crueles suplicios; el mismo fin tuvo la conspiración de Teodoro, entre 371 y 372. Valente «perdió todo sentido de la medida» (Nagí), persiguió incluso a las mujeres de los sublevados, hizo quemar infinidad de libros y siguió enriqueciéndose junto con sus verdugos. Todo esto sucedía en medio de casi un decenio de conflictos con los persas. El rey de Armenia, como no era de fiar, fue asesinado por oficiales romanos durante un banquete; sin embargo la aristocracia romana permaneció fiel a Roma, «movida sobre todo por la común fe cristiana» (Stallknecht). En el año 367, el emperador inició además una campaña contra los ostrogodos, que habían ayudado a Procopio. Las operaciones discurrieron entre turberas y pantanos, y aunque se puso precio a las cabezas de los godos, la guerra terminó sin éxito en 369. El 9 de agosto de 378, en Adrianápolis, Valente perdió la batalla y la vida.82
Hemos visto, pues, cómo gobernaron aquel formidable imperio las primeras majestades cristianas: Constantino, sus hijos, y los emperadores Joviano, Valentiniano I, Valente. ¿Se comportaron, en tanto que «instituciones cristianas», de manera más benigna, más humanitaria, más pacífica que sus predecesores, o que el mismo Juliano el Apóstata?

Junto a las constantes matanzas en el interior del imperio, en las fronteras, en territorio enemigo, bajo condiciones de colosal explotación, intervenían las eternas querellas clericales. La política interior del siglo iv estuvo determinada por la lucha entre las dos confesiones principales, los arríanos y los ortodoxos. En el punto crucial se encontraba Atanasio de Alejandría, el obispo más destacado a caballo entre Constantino y Valente y uno de los más nefastos de todos los tiempos, cuya impronta se haría notar en tiempos venideros.





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