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lunes, 11 de octubre de 2010

EL EVANGELIO DE LA VENGANZA DEL SALVADOR



EL EVANGELIO DE LA VENGANZA DEL SALVADOR
(Vindicta Salvatoris)
El judío Nathan habla al rey Tito de los milagros de Jesús
I 1.En tiempo de Tiberio César, emperador, siendo Herodes tetrarca de Galilea, el Cristo fue entregado a Poncio Pilatos, gobernador de Judea, por los judíos. 2. En aquella época, Tito era  un pequeño rey, que, bajo la dominación de Tiberio, mandaba en el país de Aquitania, y que había puesto su corte en una ciudad de Libia, que se llama Burgidalla. 3. Y Tito tenía una llaga en el rostro, a causa de un cáncer que se le había declarado en la fosa nasal derecha, y presentaba la fisonomía desgarrada hasta el ojo.
4. Y un varón, llamado Nathan, hijo de Naum, oriundo de Judea, y que era ismaelita, iba de país en país, y de mar en mar, y visitaba todas las extremidades de la tierra. 5. Y Nathan fue enviado de Judea hacia el emperador Tiberio, a fin de llevarle el pacto concluido entre los judíos y la ciudad de Roma. 6. Tiberio era un insensato, lleno de fiebres y de úlceras, y con siete géneros de lepra en su cuerpo.
7. Y Nathan quería recalar lo antes posible en Roma. Pero sopló un viento del norte, que impidió su travesía, y que lo condujo al puerto de la ciudad de Libia. 8. Al ver llegar el buque, Tito comprendió que precedía de Judea, y todos quedaron sorprendidos, y dijeron que jamás se había visto a un buque llegar de aquella comarca.
9. Y Tito ordenó a un piloto que fuese cerca del navegante, y que le preguntase quién era. Y él le contestó: Soy Nathan, hijo de Naum, de la raza de los ismaelitas, y estoy sometido, en Judea, a Poncio Pilatos. Y he sido enviiado a Tiberio, emperador de los romanos, para llevarle el pacto hecho con Judea. Pero un gran viento se hizo sentir sobre el mar, y me ha conducido a un país que no conozco.
10. Y Tito dijo: Si puedes encontrar algún remedio, sea un ungüento o una hierba, que haga desaparecer la llaga que tengo en el rostro, como ves, de modo que quede curado, y que recobre mi antigua salud, te daré grandes riquezas.
11. Y Nathan repuso: No sé, ni nunca he sabido hallar eso que me pides. Pero, si hubieses vivido en jerusalén, habrías encontrado a un profeta, elegido de Dios, que tenía por nombre Emmanuel, y que curaba al pueblo de sus pecados. Y fue su primer milagro transformar el agua en vino, en Caná de Galilea. Y con su palabra curaba a los leprosos, devolvía la vista a los ciegos, sanaba a los paralíticos, y expulsaba a los demonios. Y resucitó tres muertos, y salvó a una mujer sorprendida en delito de adulterio, y que los judíos habían condenado a ser lapidada. Y otra mujer, llamada Verónica, padecía de doce años atrás un flujo de sangre, y, habiéndose aproximado a él por su espalda y tocado la franja de su vestidura, fue curada. Y con cinco panes y cinco peces alimentó a cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños, y aun quedaron trozos bastantes para llenar doce canastos. Y todas estas cosas y otras muchas se cumplieron antes de su pasión. Y, después de su resurrección, nosotros lo hemos visto en su forma carnal, como antes estaba.
Curación milagrosa de Tito
II 1.Y Tito preguntó: ¿Cómo es que resucitó de entre los muertos, si estaba muerto también? Y dijo Nathan, contestándole: Él estuvo de cierto muerto, y prendido de la cruz, de la que fue descendido, y durante tres días, permaneció en el sepulcro. Y resucitó luego de entre los muertos, y descendió a los infiernos, y libertó a los patriarcas, a los profetas y a todo el género humano. Y luego se apareció a sus discípulos, y comió con ellos, y ellos lo vieron subir al cielo. Y todo lo que digo es la verdad. Yo lo he visto con mis ojos, y toda la casa de Israel también. 2. Y dijo Tito: Malhaya tú, emperador Tiberio, lleno de úlceras y envuelto en lepra, pues que escándalo tal pasó bajo tu reinado, y pues que has hecho leyes tales en la Judea, en la tierra de la natividad de Nuestro Señor Jesucristo, donde se ha prendido y dado muerte al rey y al soberano de todos los judíos, y no se lo ha dejado venir a nosotros, para curarme de la lepra, y librarme de mi enfermedad. Y, si esos judíos estuvieran ante mí, yo los mataría con mis propias manos, y los haría pender de cruces, pues que han destruido a mi Señor, y mis ojos no han sido dignos de ver su faz.
3. Y, cuando Tito hubo hablado así, la llaga de su rostro desapareció, y se encontró perfectamente curado. Y cuantos enfermos estaban presentes fueron curados al mismo tiempo. 4. Y Tito, con todo el pueblo, exclamó en alta voz: Mi Dios y mi rey, tú, a quien nunca he visto, y que me has curado, dispón que yo vaya por el mar a la tierra donde naciste, a fin de que tome venganza de tus enemigos, y ayude, Señor, a destruirlos y vengar tu muerte, y entrégalos en mis manos.
5. Y, cuando hubo hablado así, se hizo bautizar, para lo cual llamó a Nathan y le dijo: ¿Cómo has visto tú bautizar a los que creen en el Cristo? Ven a mí, y bautízame en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Porque yo creo firmemente, con todo mi corazón y con toda mi alma, en nuestro Señor Jesucristo, porque no hay en el mundo otro que me haya creado, y que me haya curado. 6. Y, cuando hubo dicho esto, envió emisarios a Vespasiano, pidiéndole que viniese a toda prisa con soldados muy valerosos y bien equipados para la guerra.
7. Y Vespasiano, con cinco mil hombres armados, fue a juntarse a Tito. Y, cuando hubieron llegado a la ciudad de Libia, preguntó a Tito: ¿Por qué me has hecho venir? Y Tito contestó: Sabe que Jesús ha venido al mundo, que nació en Judea en un lugar que se llama Bethlehem, y que fue entregado a los judíos, y azotado y crucificado en el Calvario. Y que al tercer día resucitó de entre los muertos, y sus discípulos lo vieron en la misma cama en que había nacido, y se manifestó a ellos, que creyeron en él. Y nosotros queremos ser discípulos suyos. Vamos, y destruyamos a sus enemigos, para que se sepa que nada es comparable a Dios Nuestro Señor sobre la faz de la tierra.
Venganza de Tito y de Vespasiano
III 1.Y, habiendo celebrado consejo, salieron de la ciudad de Libia, que se llama Burgidalla, y entraron en los buques, y llegaron a Jerusalén y atacaron el reino de los judíos, y comenzaron a destruirlo. Y, oyendo los reyes de los judíos las depredaciones que hacían, tuvieron gran pavor y se turbaron extremadamente. 2. Entonces Arquelao se turbó en su discurso, y dijo a su hijo: Hijo mío, recibe mi reino y dirígelo, y aconséjate con los demás reyes que existen en la tierra de Judá, para que podáis escapar de vuestros enemigos. 3. Y cuando hubo hablado así, sacó su espada, e inclinándose hacia abajo, se clavó en el pecho su aguda punta, y murió.
4. Y su hijo se unió a los otros reyes que estaban bajo su jerarquía, y celebraron consejo, y fueron a Jerusalén con los jefes de aquellos que en dicho consejo se hallaban, y allí estuvieron siete años.
5. Y Tito y Vespasiano tomaron el acuerdo de bloquear la ciudad, y lo hicieron. Y, cuando pasaron siete años, el hambre se hizo extremada, y los sitiados, faltos de pan, comenzaron a comer tierra.
6. Y los soldados, que obedecían a cuatro reyes, se reunieron entre sí y dijeron: ¿No hemos de morir? ¿Qué hará Dios por nosotros, y qué nos importa la vida, ya que los romanos han venido a tomar nuestro país, y a destruir nuestra nación? Preferible es que nos matemos unos a otros a que los romanos puedan decir que nos han dado ellos la muerte, y que han logrado plena victoria sobre nosotros. 7. Y sacaron sus espadas, y se hirieron, y así murieron doce mil de aquellos hombres. Y los cadáveres extendieron una gran infección por toda la ciudad.
8. Y los reyes sintieron un espanto de muerte, y no podían soportar el hedor de los cadáveres, ni sepultarlos, ni arrojarlos fuera de la ciudad. 9. Y dijeron: ¿Qué hemos de hacer? Hemos entregado el Cristo a la muerte, y ahora somos entregados a la muerte nosotros. Humillemos nuestras cabezas, y demos a los romanos las llaves de la ciudad, puesto que Dios nos ha entregado a la muerte. 10. Y subieron a las murallas, y dijeron a gran voz a Tito y a Vespasiano: Recibid las llaves de la ciudad, que os son donadas por el Mesías, a quien llaman el Cristo.
11. Y se pusieron en manos de Tito y Vespasiano, diciéndoles: Juzgadnos, pues que nosotros hemos juzgado al Cristo, y lo hemos llevado a la muerte sin motivo ninguno. 12. Y Tito y Vespasiano hicieron lapidar a parte de ellos, y a otros los crucificaron, con los pies hacia arriba y la cabeza hacia abajo, y los hirieron a lanzadas. 13. Y vendieron a otros como esclavos y se repartieron a los demás, haciendo cuatro divisiones, como ellos con las vestiduras del Señor. 14. Y Tito y Vespasiano dijeron: Ellos vendieron a Cristo por treinta dineros de plata, y nosotros venderemos treinta de ellos por un solo denario. Y lo hicieron así, y luego tomaron Jerusalén y todas las tierras de Judea.
15. Y empezaron a buscar la faz de Cristo. Y hallaron a una mujer, llamada Verónica, que la tenía. 16. Y apresaron a Pilatos, y lo pusieron en prisión, encargando a cuatro piquetes de once soldados cada uno que lo guardaran y vigilaran la puerta de su encierro.
17. Y mandaron emisarios a Tiberio, emperador de Roma, pidiéndole que les enviase a Velosiano. 18. Y Tiberio le dijo: Toma cuanto sea preciso para andar por el mar, y baja a Judea, y busca a uno de los discípulos de aquel que se llamaba el Cristo y el Señor, para que venga a mí y, en nombre de su Dios, me cure de la lepra y de las enfermedades, que me afligen cada día más, y de las llagas, que cada día me atormentan más vivamente. Y lleva contra los reyes de los judíos que están sometidos a mi imperio todas tus fuerzas y terribles máquinas de guerra, y condénalos a muerte, ya que ellos han matado a Jesucristo, Nuestro Señor. Y si encuentras un hombre que me pueda curar de mi enfermedad, yo creeré en Cristo, hijo de Dios,  y me haré bautizar en su nombre. 19. Y Velosiano dijo: Señor emperador, si yo encuentro un hombre que pueda ayudarnos, y libertarnos de las enfermedades, ¿qué recompensa le prometeré? Y dijo Tiberio: Yo le donaré la mitad de mi Imperio, y él la tendrá en sus manos.
20. Y Velosiano se puso en camino y, tomando un buque, se dio a la vela, y navegó a través del mar. Y estuvo en el mar un año y siete días, después de cuyo plazo llegó a Jerusalén. 21. Y ordenó que ciertos judíos vinieran a rendirle homenaje, y procuró informarse con ciudado de los actos de Nuestro Señor Jesucristo.
22. Y José de Arimatea y Nicodemo se reunieron allí. Y dijo Nicodemo: Yo lo he visto, y sé que verdaderamente era el Salvador del mundo. Y dijo José: Y yo lo he descendido de la cruz, y lo he puesto en un sepulcro reciente, que había sido tallado en la roca, y los judíos me tuvieron encerrado el día dr Pascua hasta la tarde, y mientras yo estaba preso, la casa fue sostenida por los cuatro rincones, y yo vi al Señor Jesucristo resplandeciendo con una luz como la de las estrellas. Y caí por tierra lleno de terror. 23. Y él me dijo: Mírame, soy Jesús, a quien tú has enterrado en su tumba. Y yo le dije: Muéstrame el sepulcro en que yo te he colocado. Y Jesús, tomando mi mano con la suya derecha, me condujo al lugar en que yo lo había depositado.
24. Y vino la mujer llamada Verónica, y dijo: Yo, entre la multitud, toqué la franja de su vestido, porque padecía desde doce años antes un flujo de sangre, y me curé. Y entonces Volosiano dijo a Pilatos: Impío y cruel, ¿por qué has hecho morir al hijo de Dios? 25. Y Pilatos respondió: Las gentes de la nación y los pontífices Anás y Caifás me lo habían entregado. Y dijo Velosiano: Impío y cruel, mereces la muerte y una pena severa. Y lo hizo entrar de nuevo en la prisión.
26. Y Velosiano preguntó por el rostro o la faz del Salvador. Y cuantos allí estaban dijeron: La mujer que se llama Verónica es la que tiene en su casa la faz del Salvador. 27. Y él ordenó que la condujesen ante sí. Y le preguntó: ¿Tienes la faz del Salvador en tu casa? Y ella lo negó. 28. Y Velosiano ordenó que se le diese tormento hasta que entregase la imagen del Señor. Y, cediendo a la violencia, Verónica dijo: Yo la tengo en un lienzo, y la adoro a diario. Y diciéndole Velosiano: Muéstramela, ella mostró el rostro del Señor. 29. Y viéndola, Velosiano, se posternó en tierra y, con fe sincera y corazón encendido, la tomó, la envolvió en una tela dorada, la cerró en una caja, y la selló con su anillo. E hizo un juramento: Por el Dios vivo y por la salud del César, que no verá su faz nadie hasta que vea yo la de mi señor, Tiberio.
30. Y, cuando hubo hablado así, los jefes de la Judea tomaron a Pilatos para conducirlo a un puerto de mar. Y Velosiano, con el rostro del Señor, y seguido de todos sus discípulos y satélites, se embarcó el mismo día.
31. Y Verónica abandonó, por el amor de Cristo, cuanto poseía, y siguió a Velosiano. Y él le dijo: Mujer, ¿qué buscas, o qué quieres? 32. Y ella contestó: Busco la faz de Nuestro Señor Jesucristo, que me ha iluminado no por mis merecimientos, sino por su piadosa misericordia. Devuélveme la imagen de Nuestro Señor Jesucristo, porque me mata el dolor de no tenerla. Si no me la devuelves, yo no te abandonaré hasta que no vea dónde la has depositado, pues quiero, miserable de mí, servirla todos los días de mi vida. Porque creo que es mi redentor, y que vive en la eternidad.
33. Y Velosiano ordenó que se admitiese a Verónica con él en el buque. Y, desplegando las velas, comenzaron a navegar en el nombre del Señor y avanzaron a través del mar. Y Tito y Vespasiano habían quedado en Judea sometiendo el país a su dominación. 34. Pasado un año, Velosiano llegó la ciudad de Roma. Y orientó su barco hacia el río que llaman el Tíber, y entró en ella. Y despachó un emisario a su señor el emperador Tiberio, para anunciarle su feliz llegada.
Conversión de Tiberio
VI 1.Y Tiberio, oyendo al emisario, fue invadido de extremada alegría, y ordenó que Velosiano se presentara ante él. 2. Y le dijo a Velosiano: ¿Cómo has venido, y qué has visto en el país de Judea, que concierna al Señor Cristo y a sus discípulos? Indícame cómo debo curarme de la lepra, y yo pondré todo mi imperio en tu poder y en el suyo.
3. Y Velosiano dijo: Mi señor y emperador, yo he encontrado en Judea a tus servidores Tito y Vespasiano, temerosos del Señor, y están curados de sus úlceras y dolencias. Y he hallado que, por orden de Tito, todos los príncipes y soberanos de la Judea habían sido crucificados. Anás y Caifás han sido lapidados. Y a Pilatos yo mismo lo he enviado a Damasco, encadenado, y prisionero bajo una buena guardia. Y me he informado de que los detestables judíos hirieron a Jesús con espadas y con palos, y que lo hicieron crucificar, a él, que vino a salvarnos. Y José de Arimatea y Nicodemo vinieron llevando aceite de olivar y mirra, con un peso de cerca de cien libras, para ungir el cuerpo de Jesús, y lo descendieron y lo sepultaron en un sepulcro nuevo. Y al tercer día resucitó de entre los muertos, y se mostró a sus discípulos en la misma envoltura carnal en que había nacido. Y cuarenta días más tarde lo vieron elevarse al cielo. Y Jesús hizo muchos milagros antes de su pasión y después de ella. Cambió el agua en vino, curó leprosos, resucitó muertos, hizo ver a los ciegos y oír a los sordos, sanó paralíticos, expulsó demonios, y devolvió el habla a los mudos. Y resucitó a Lázaro, que llevaba muerto y sepultado cuarenta días, y curó a Verónica, que sufría de doce años antes un flujo de sangre, y que tocó el borde de su vestidura. Y plugo al Señor de los cielos que el Hijo de Dios, que ha sido enviado a este mundo y ha muerto sobre la tierra, enviase a un ángel, y diése órdenes a Tito y a Vespasiano, a quienes yo he conocido aquí mismo, donde está tu trono. Y plugo a Dios Todopoderoso que ellos fuesen a Judea y a Jerusalén, y apresasen a sus altos dignatarios, y los sometiesen a juicio, como ellos habían hecho a Jesús.
4. Y Vespasiano dijo: ¿Qué haremos de los que quedan? Y Tito repuso: Ellos han crucificado a Nuestro Señor sobre un madero verde, y lo han herido con una lanza. Colguémoslos nosotros de un madero seco, e hirámoslos con una lanza. Y así lo hicieron. Pero dijo Vespasiano: ¿Qué haremos con los que quedan aún? Y respondió Tito: Ellos dividieron en cuatro partes la túnica de Nuestro Señor Jesucristo. Apresémoslos nosotros, y dividámoslos en cuatro partes: una para ti, otra para mí, otra para tus soldados y otra para mis hijos. Y lo hicieron así. Y dijo Vespasiano: ¿Qué haremos con los que quedan aún? Y Tito respondió: Los judíos vendieron a Nuestro Señor por treinta monedas de plata. Y lo hicieron de esa guisa. 5. Y prendieron a Pilatos, y me lo entregaron, y yo lo encerré en una prisión en Damasco. Y puse cuatro centuriones para guardarlo. Y envieron comisarios para buscar con gran interés el rostro del Señor, y encontraron una mujer llamada Verónica, que poseía la efigie del Señor.
6. Y el emperador Tiberio dijo a Velosiano: ¿Dónde tienes esa efigie? Y contestó Velosiano: La tengo en un lienzo de tela de oro, envuelta en un manto. Y el emperador Tiberio le dijo: Extiéndela ante mí, para que yo me ponga de hinojos, y la adore en tierra. 7. Y Velosiano desplegó su manto, que envolvía la tela de oro en que iba la imagen del Señor. Y el emperador Tiberio la vio. 8. Y adoró con ferviente corazón la imagen del Señor, y su carne curó, y fue como la de un niño pequeño. Y todos los ciegos, los leprosos, los cojos, los mudos, los sordomudos y cuantos sufrían distintas enfermedades fueron curados y librados de sus males.
9. Y el emperador Tiberio, con la cabeza baja y dobladas las rodillas, exclamó: Feliz el vientre que te ha llevado y el seno que te ha nutrido. Y se dirigió al Señor, con gemidos y lágrimas, diciendo: Dios del cielo y de la tierra, no permitas que yo peque, sino confirma mi alma y mi cuerpo, y llévame a tu reino, que yo pondré siempre toda mi confianza en tu nombre. Líbrame de todos mis males como libraste a los tres jóvenes hebreos de los suyos en un horno ardiente.
10. Y el emperador Tiberio preguntó a Velosiano: ¿Has visto hombres que hayan conocido al Cristo? Y Velosiano repuso: Los he visto. Y Tiberio dijo: ¿Has preguntado cómo se bautiza a los creyentes en Jesús? 11. Y Velosiano le dijo: Señor, tenemos aquí uno de los discípulos del Cristo. Y Tiberio ordenó que Nathan viniese a él. Y Nathan vino, y lo bautizó en el nombre del padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
12. Y, cuando el emperador Tiberio se halló curado de todos sus males, subió a su trono y dijo: Bendito seas, Señor, Dios omnipotente y digno de alabanza, tú, que me has libertado de la muerte, y que me has purificado de todas mis miserias, porque yo he pecado mucho en tu presencia, y no soy digno de ver tu faz. Y así el emperador Tiberio fue instruido plenamente, y creyó con sinceridad en todos los artículos de la fe.
 
Fuente: Los Evangelios Apócrifos

sábado, 24 de julio de 2010

LEYENDA BÍBLICA DE LOS EVANGELIOS APÓCRIFOS MUSULMANES



LEYENDA BÍBLICA DE LOS EVANGELIOS APÓCRIFOS MUSULMANES
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Tenemos pocas referencias del extraño Evangelio Apócrifo Musulmán que ofrecemos a continuación. Proviene del Dicctionnaire des Apocryphes del Padre Migne, donde aparece en el segundo volumen, a modo de nota en el apartado dedicado al «Evangelio de la Infancia».
Al lector le corresponde juzgarlo.

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LEYENDA BÍBLICA DE LOS MUSULMANES

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Caminando Jesús un día, cerca del Mar Muerto, encontró un cadáver que yacía en tierra; rogándole sus discípulos que volviera a la vida ese vestigio de cuerpo humano. Jesús dirigió sus súplicas a Dios, luego fue hacia el cráneo y le dijo: «Reanímate, por voluntad de Dios, y cuéntanos lo que has encontrado en la tumba más allá de la muerte».
El cráneo volvió a tomar la forma de hombre viviente y dijo: «Sabe, oh profeta de Dios, que tomé un baño después de divertirme un día con mi mujer, hace ahora cuatro mil años, siendo atacado por una fiebre que durante siete días resistió todos los remedios. Al cuarto día me encontraba tan fatigado que todos mis miembros temblaban y mi lengua estaba pegada al paladar. Entonces el ángel de la muerte se me apareció bajo una figura espantosa: su cabeza llegaba hasta el cielo, mientras que sus pies tocaban la profundidad más remota de la tierra. Sostenía una espada con la mano derecha y una copa con la izquierda. Cerca de él habían otros dos ángeles que parecían ser sus servidores. Quise lanzar un grito que habría podido llegar a todos los habitantes del cielo y de la tierra, pero ellos se precipitaron sobre mí, me sujetaron la lengua y examinaron todas mis venas para hacer salir mi alma del cuerpo. Yo les dije: "Ángeles temibles, daría todo lo que poseo por conservar la vida". Pero uno de ellos me golpeó tan fuerte en la cara que mi
mandíbula quedó destrozada casi por completo; y me dijo: "¡Enemigo de Dios! Dios no acepta ningún rescate". Luego el ángel de la muerte levantó su espada por encima de mi cuello y me tendió la copa que debí vaciar hasta la última gota. Esta fue mi muerte.
Fui lavado, envuelto en un sudario y amortajado sin tener conocimiento. Cuando mi tumba estuvo cubierta de tierra, el alma volvió a mi cuerpo, y se apoderó de mi un gran espanto al encontrarme en la soledad. A continuación, vinieron dos ángeles con un pergamino y me recitaron todo lo que de bueno y malo había hecho durante mi vida, ordenándome firmarlo, atestiguando así la exactitud de su contenido. Cuando lo hube hecho, ataron esta hoja a mi cuello y me dejaron. Después aparecieron otros dos ángeles de un color azul negruzco, cada uno de ellos tenía en la mano una columna de fuego; si una brizna de este fuego cayese sobre la tierra, sería suficiente para incendiarla. Y me gritaron con voz parecida al trueno: "¿Quién es tu maestro?" El escalofrío me hizo perder la razón, y, tartamudeando, respondí: "Vosotros sois mis maestros", replicándome ellos: "Mientes, enemigo de Dios", dándome tal golpe con una de sus columnas que fui a caer a la séptima tierra. Cuando de nuevo me encontré en mi tumba dijeron: "Tierra, castiga a este hombre porque ha sido rebelde a su maestro".
Entonces la tierra hizo tal fuerza sobre mí que casi todos mis huesos fueron reducidos a polvo, y ella me dijo: "Enemigo de Dios, te odiaba cuando te paseabas sobre mi superficie, pero ahora que reposas en mi seno, me vengaré gracias a la potestad de Dios". Después los ángeles abrieron una puerta del infierno y dijeron: "Tomad un pecador que no creía en Dios y quemadle". Me ataron con una cadena de setenta varas de largo y me echaron en medio del infierno. Tantas veces como las llamas devoraban mi piel, recibía otra a fin de sufrir de nuevo el tormento de las quemaduras.
También padecía hambre, pero no recibía otro alimento más que el fruto apestado del árbol sukum, que no tan sólo aumentaba mi hambre, sino que me causaba una sed ardiente y crueles dolores por todo el cuerpo. Si pedía agua, me la daban hirviendo y me clavaban con tal fuerza en la boca el extremo de la cadena que me ataba manos y pies, que me salía por la espalda».
Cuando Jesús oyó estas palabras, lloró de compasión y ordenó a la cabeza de muerto describir con más detalle el Infierno; dijo la cabeza: «Sabe, profeta de Dios, que el infierno está constituido por siete pisos uno encima del otro. El piso superior es para los hipócritas, el segundo es para los judíos, el tercero para los cristianos, el cuarto para los magos, el quinto para quienes llaman mentirosos a los profetas, el sexto para los adoradores de los ídolos y el séptimo para los pecadores perteneciente al pueblo de Mahoma, profeta que debe aparecer en un tiempo más alejado. La estancia en este último es la menos atormentada de todas, y esos pecadores serán un día puestos de nuevo en libertad por la plegaria de Mahoma. Pero en los restantes, los tormentos de los pecadores son tan grandes, que si tu los vieses, oh profeta de Dios, derramarías lágrimas de piedad, llorando como una madre que ha perdido a su único hijo. El exterior del infierno es de cobre y el interior de plomo. El lugar es un suplicio creado por la cólera del
Todopoderoso. De todas partes sale fuego que no emite luz alguna, sino que es negro y derrama un humo espeso y pestilente; este fuego está alimentado con hombres y figuras de ídolos».
Jesús lloró largo rato y luego preguntó al cráneo, a qué raza había pertenecido durante su vida. Le respondió: «Desciendo del profeta Elías» - «¿Qué desearías ahora?» - «Que Dios me llamara de nuevo a la vida, a fin de que pudiese servirle con todo mi corazón, para hacerme digno del Paraíso».
Jesús dirigió su plegaria a Dios y dijo: «Señor, tú conoces a este hombre y a mí mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos, tú eres Todopoderoso». Y Dios le contestó: «Esto que él desea, desde hace tiempo yo ya lo había decidido; como que ha hecho muchos méritos y, sobre todo, se ha mostrado muy caritativo para con los pobres, volverá al mundo gracias a tu intervención, y si me sirve fielmente, todos sus pecados le serán perdonados». Entonces Jesús llamó al cráneo y le dijo: «Vuelve a ser un hombre perfecto por la potestad de Dios». Apenas hubo pronunciado estas palabras, se levantó un hombre, de apariencia aún más brillante que en su vida pasada, que dijo: «Yo soy testigo de que no hay más que un Dios, que Moisés hablaba con Dios, que Isaías es el espíritu y la palabra de Dios y que Mahoma será el último enviado de Dios. Reconozco que la resurrección es tan cierta como la muerte y que el infierno y el cielo existen realmente».
Este hombre después de su resurrección vivió sesenta y seis años, pasó los días ayunando y las noches rezando, y hasta su muerte no se desvió ni por un instante del servicio del Señor.
Cuantos más milagros hacía Jesús ante los ojos del pueblo, más crecía la incredulidad de los judíos, pues todo aquello que no podían comprender, lo miraban como efectos de la magia, en lugar de ver en ello el signo de la misión de Dios. Incluso los mismos doce apóstoles, a los que él había elegido a fin de expandir su doctrina, no eran de fe inquebrantable, y un día le pidieron hiciera descender del cielo una mesa de alimentos. «Tendréis una mesa», respondió una voz que venía del cielo, «pero aquel que después se mantenga en su incredulidad, recibirá un duro castigo».
Entonces descendieron dos nubes llevando una mesa de oro sobre la que había una bandeja de plata cubierta. Muchos de los israelitas que estaban presentes dijeron entre ellos: «Ved como el mago ha inventado un nuevo prestigio». De inmediato se convirtieron en cerdos. Cuando Jesús lo vio, oró diciendo: «Señor, haz que esta mesa sirva para curarnos y no para condenarnos». Y dijo luego a los apóstoles: «Que el más eminente de entre vosotros se levante y descubra el plato». Pero Simón, el más anciano de ellos, dijo: «Señor, tú eres el más digno de ver primero los platos del cielo». Entonces Jesús se lavó las manos, levantó la tapa y dijo: «En el nombre de Dios»; y apareció un pescado sin aletas ni escamas, que desprendía un olor suave como los frutos del paraíso. Alrededor del pescado habían cinco panecillos y por encima de él, sal, pimienta y otras especias. Simón preguntó: «Espíritu de Dios, ¿estos manjares son de este mundo o del
otro?». Jesús contestó: «¿Acaso tanto un mundo como el otro, así como todo lo que encierran, no son obra de Dios? Gozad con el corazón agradecido de las cosas que el Señor os da y no preguntéis de donde vienen; y que no os parezca suficientemente maravillosa la aparición de este pescado, pues aún veréis una maravilla mayor». Se dirigió al pez y le dijo: «Vive por la voluntad del Señor», y el pescado empezó a moverse, con lo que los apóstoles, sobrecogidos de espanto, echaron a correr; pero Jesús les volvió a llamar diciendo: «¿Porqué huís ante aquello que deseáis?». Y dijo al pescado: «Que seas como antes eras». Y al punto el pescado quedó asado y en el estado que presentaba al descender del cielo. Los apóstoles rogaron a Jesús que comiera el primero, pero les dijo: «Yo no lo he deseado; que ahora coma de él aquel que lo haya deseado». Como se negaran los apóstoles a comer de él, ya que creían que su petición no estaba exenta de pecado, Jesús llamó a los a muchos ancianos, mudos, enfermos, ciegos y cojos, y les invitó a comer del pescado. Mil trescientos vinieron a comer de este pescado, pero así como un pedazo era cortado, al instante era repuesto, de suerte que el pescado permanecía entero como si nadie lo hubiese tocado. Además, los invitados no tan sólo quedaron saciados, sino que fueron curados de todas sus enfermedades. Los viejos fueron rejuvenecidos, los ciegos recuperaron la vista, los sordos el oído, los mudos la palabra y los cojos sus pies. Cuando los apóstoles vieron estos casos se arrepintieron de no haber comido del pescado.
Cuando por segunda vez, por orden de Jesús, una mesa semejante descendió del cielo, todo el pueblo, ricos y pobres, jóvenes y viejos, sanos y enfermos, acudieron a participar de los manjares de la mesa celeste; lo que duró cuarenta días: al despuntar el alba, la mesa, transportada por unas nubes, descendía en presencia de los hijos de Israel, y antes de ponerse el sol, volvía a elevarse y desaparecer entre las nubes. Sin embargo como mucha gente dudara que realmente hubiese descendido del cielo, Jesús no oró más para que volviera y amenazó a los incrédulos con el castigo del Señor. Pero fue destruida toda duda del corazón de los apóstoles sobre la misión de su Señor, y recorrieron toda Palestina, ya sea solos o acompañándole, predicando la fe en Dios y en Cristo, su profeta, y, en conformidad con la nueva revelación, permitiendo el uso de muchos alimentos que estaban prohibidos a los hijos de Israel.
Pero cuando Jesús quiso enviarles a otros países para enseñar el Evangelio, se excusaron debido a su ignorancia de las lenguas extranjeras. Jesús se quejó ante el Señor de su falta de docilidad, y he aquí al día siguiente habían olvidado su propio lenguaje, y cada uno de ellos solo podía hablar la lengua del pueblo al que Jesús quería enviarlo, por lo que ya no tenían ningún motivo para no cumplir sus órdenes.
Pero mientras que en el extranjero la verdadera fe encontraba muchos partidarios, iba el aumento el odio a Jesús de los hijos de Israel, y sobre todo de los patriarcas y jefes del pueblo, hasta que, finalmente, cuando tenía treinta y tres años, decidieron quitarle la vida. Pero Dios desbarató todas sus artimañas, y lo elevó hacia él en el cielo, mientras que otro, a quien Dios había dotado de un parecido perfecto con Jesús, fue muerto en su lugar.
Las circunstancias de los últimos momentos de este profeta son explicadas de diversas maneras por los sabios espíritus en las tradiciones. En su mayoría cuentan, al respecto, lo siguiente: Los judíos detuvieron a Jesús y sus discípulos la tarde de la fiesta de Pascua y los encerraron juntos en una casa, con la intención de juzgar públicamente a Jesús a la mañana siguiente. Pero Dios le habló de la siguiente manera: «Debes recibir la muerte por mi causa, pero también debes elevarte hacia mí y ser liberado del poder de los infieles». Jesús retuvo su aliento y permaneció durante tres horas como muerto. A la cuarta hora se le apareció el ángel Gabriel y se lo llevó al cielo por una ventana, sin que lo viera nadie. Pero un judío incrédulo, que se había colocado dentro de la casa para vigilar a Jesús, a fin de impedir que se escapara, se le parecía tanto que los mismos apóstoles le tomaron por su profeta; apenas llegado el nuevo día, fue apaleado por los judíos y llevado por las calles de Jerusalén. Todo el pueblo corría detrás de él gritando: «Tú que puedes resucitar a los muertos, ¿por qué no rompes tus ataduras?». Muchos le golpeaban con ramas espinosas, otros le escupían en la cara, hasta que llegó al lugar de las ejecuciones donde fue crucificado, sin que nadie pensase que no era el Cristo.
Pero como María estaba a punto de sucumbir al dolor que le causaba la muerte ignominiosa de su hijo, Jesús, bajando del cielo, de le apareció y le dijo: «No te aflijas a causa de mí, Dios me ha elevado hacia él, y en el día de la resurrección nos reuniremos. Consuela a mis apóstoles y diles que dispongo de un lugar afortunado en el cielo, y que, si son firmes en la fe, obtendrán a su vez un lugar cerca de mí. Cuando se acerque el último día, seré enviado de nuevo sobre la tierra, y mataré al falso profeta Dadjal y al puerco salvaje, que han extendido la impiedad sobre la tierra; comenzará entonces el estado de paz y concordia sobre la tierra, y se verá pastar juntos al cordero y a la hiena. Quemaré entonces el Evangelio falsificado por sacerdotes impíos, así como la cruz adorada como un ídolo; y someteré la tierra entera a la doctrina del profeta Mahoma, que debe ser enviado más tarde».
Después de que hubo hablado, fue de nuevo elevado al cielo en una nube. María vivió unos seis años más, teniendo fe en Dios, en su hijo Jesús y en Mahoma, el profeta del que Jesús, así como Moisés con anterioridad, han anunciado la venida.

viernes, 23 de julio de 2010

TRADICIÓN DE PILATO (Paradosis)




TRADICIÓN DE PILATO
(Paradosis)
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I. Llegó a Roma la carta y fue leída al César en presencia de no pocas personas. Y todas quedaron atónitas al oír que, a causa del delito de Pilato, las tinieblas y el terremoto habían afectado a toda la tierra. Y, montando el César en cólera, envió soldados y ordenó que llevaran preso a Pilato.
II. Conducido que fue a Roma y enterado el César de que había llegado, se sentó éste en el templo de los dioses a la cabeza del senado, acompañado de todo el elemento militar y de la multitud que integraba sus fuerzas. Entonces dio órdenes de que avanzara delante de Pilato y quedara de pie. Y a continuación le dijo: «¿Por qué has tenido la osadía de hacer tales cosas, monstruo de impiedad, después de haber visto prodigios como los que hacía aquel hombre? Por atreverte a cometer tal villanía, has acarreado la ruina a todo el universo».
III. Mas Pilato replicó: «¡Oh emperador!, yo no soy culpable de esto; los incitadores y responsables son la turba de los judíos». César dijo: «¿Y quiénes son éstos?» Respondió Pilato: «Herodes, Arquelao, Filipo, Anás, Caifás y toda la turba de los judíos». Repuso César: «¿Y por qué secundaste tú el propósito de aquéllos?» Dijo Pilato: «Su nación es levantisca e insumisa; no se somete a tu imperio». A lo que replicó César: «Nada más entregártelo debiste ponerlo a buen seguro y enviármelo a mí y no dejarte persuadir por ellos a crucificar a un personaje como éste, que era justo y que hacía prodigios tan buenos como hacías constar en tu relación. Pues señales como éstas bien daban a conocer que Jesús era el Cristo, el rey de los judíos».
IV. Y nada más decir esto César, cuando mencionóel nombre de Cristo, toda la caterva de dioses se desplomó y quedó reducida a una especie de polvareda que ocupó el recinto en que estaba sentado el César acompañado del senado. Y todo el pueblo que estaba en presencia del César, quedó todo amedrentado al oír pronunciar el nombre y ante la caída de aquellos dioses, y, sobrecogidos de temor, se fue cada cual a su casa, llenos de admiración por lo ocurrido. Entonces mandó el César que Pilato fuera sometido a una segura vigilancia, de manera que él pudiera conocer la verdad de lo que concernía a Jesús.
V. Al día siguiente se sentó César en el Capitolio juntamente con el senado en pleno y se propuso de nuevo interrogar a Pilato. Dijo, pues, el César: «Di la verdad, monstruo de impiedad, pues, por la acción impía que llevaste a cabo contra Jesús, tu mala conducta ha venido a ponerse aquí de manifiesto por el hecho de que los dioses se hayan desplomado. Dime, pues, ¿quién es aquel crucificado, ya que su nombre ha traído la perdición incluso de todos los dioses?» Pilato respondió: «Efectivamente, lo que de Él se menciona es verdadero; yo mismo, al ver sus obras, llegué a persudirme de
que aquel personaje era de mayor categoría que todos los dioses que nosotros veneramos». Preguntó entonces el César: «¿Cómo, pues, tuviste la osadía de hacer aquello contra Él, conociéndole como le conocías? ¿O es que maquinabas algún mal contra mi imperio?» Mas Pilato respondió: «Hice esto por la iniquidad y la sublevación de estos judíos si ley y sin Dios».
VI. Encolerizado entonces el César, se puso a deliberar con todo el senado y su ejército. Y mandó escribir un edicto contra los judíos concebido en estos términos: «A Liciano, gobernador de la provincia oriental, salud. He venido en conocimiento del hecho atrevido e ilegal que ha tenido lugar en nuestros tiempos por parte de los judíos que habitan en Jerusalén y las ciudades circunscritas, hasta el punto de que han obligado a Pilato a crucificar a cierto Dios llamado Jesús, crimen tan horrendo, que por él el universo, entenebrecido, iba a ser arrastrado a la ruina. Haz, pues, ánimo de presentarte a ellos con todoa tu premura, bien pertrechado de fuerzas, y declara la esclavitud por el presente edicto. Sé obediente a la consigna de atacarles y desparramarles por el mundo; redúcelos a servidumbre en todas las naciones y, después de expulsar de toda la Judea hasta la reliquia más insignificante de su raza, haz que no aparezca ni esto siquiera, llenos como están de maldad».
VII. Llegando este edicto al Oriente, Liciano obedeció al tenor terrible de la orden y dio al exterminio a la nación entera de los judíos; y a los que quedaron en Judea les echó a la diáspora de las naciones para ser esclavos, de manera que llegó a conocimiento del César lo que había hecho Liciano contra los judíos en Oriente, y le agradó.
VIII. Y el César se dispuso de nuevo a juzgar a Pilato. Luego mandó a un jefe llamado Albio que le cortara la cabeza, diciendo: «De la misma manera que éste levantó su mano contra aquel hombre justo llamado Cristo, de manera semejante caerá éste también sin remisión».
IX. Mas Pilato, cuando hubo llegado al lugar señalado, se puso a orar en silencio de esta manera: «Señor, no me pierdas en compañía de los perversos hebreos, pues yo no hubiera levantado mi mano contra ti si no hubiera sido por el pueblo de los inicuos judíos, pues se rebelaron contra mí; pero tú sabes que obré sin saber. Así, pues, no me pierdas por este pecado, sino sé benigno conmigo, ¡oh Señor!, y con tu sierva Procla, que está a mi lado en esta hora de mi muerte, a quien te dignaste designar como profetisa de tu futura crucifixión. No condenes también a ésta por mi pecado, sino perdónanos y cuéntanos entre la porción de tus escogidos».
X. Y he aquí que, depués de terminar Pilato su oración, vino una voz del cielo que decía: «Bienaventurado te llamarán las generaciones y patrias de las gentes, porque en tu tiempo se cumplieron todas estas cosas que habían sido dichas por los profetas acerca de mí; y tú has de aparecer como testigo en mi segunda venida, cuando vaya a juzgar a las doce tribus de Israel y a los que no han confesado mi nombre». Y sacudió el prefecto la cabeza de Pilato, y he aquí que un ángel del Señor la recibió. Y al ver
Procla, su mujer, al ángel que venía para recibir la cabeza de él, rebosante de alegría, entregó también su espíritu al instante y fue sepultada juntamente con su marido.

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